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sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



martes, 7 de octubre de 2025

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina del Santísimo Rosario

 

“Me senté bajo la sombra de su deseo, 
y su fruto fue dulce a mi paladar; 
me metió en la bodega del vino.” 

Cantar de los Cantares, 2: 3,4



                    No hay para nosotros, en esta vida, acción más noble ni más santa que la oración. Mediante la oración elevamos nuestra alma a Dios y entramos en comunicación con Él, con el fin de rendir homenaje a Su Divina Majestad, rendirle el culto que le corresponde, agradecerle sus innumerables beneficios, implorar perdón por nuestros pecados y, en definitiva, pedirle los favores espirituales y temporales que necesitamos.

                    En verdad, no se puede imaginar nada más excelente que la oración. Nos la enseñó Nuestro Divino Salvador mismo: pues leemos de él que solía retirarse solo al monte a orar, y que pasaba noches enteras en oración. Sobre todo, esto fue así cuando se acercaba el momento de Su amarga Pasión, cuando, como leemos en el Evangelio de San Lucas, «oraba más largamente».

                    No contento con darnos ejemplo de oración, Nuestro Señor se dignó también enseñarnos su excelencia, entregándonos una fórmula que contiene, en resumen, todo lo que necesitamos pedir para nuestro bienestar espiritual y temporal. Este es el Padrenuestro, sin duda la mejor de todas las oraciones.

                    Oh alma mía, da gracias a tu Creador por haberte dado en la oración un medio tan eficaz para obtener todo lo que necesitas, y pídele la gracia de no descuidar nunca una práctica tan santa y útil.

                    Después de Jesucristo, ningún Santo nos enseñó con su ejemplo la excelencia de la oración tan bien como la Virgen María, pues podemos decir con certeza que Su vida fue una oración ininterrumpida. ¿Dónde encontrar palabras para expresar las fervientes aspiraciones de Su Corazón cuando, siendo aún niña, suspiraba por la venida del Mesías, diciendo con David: «¡Levántate, oh Gloria mía, levántate, salterio y arpa!». Incluso se podría decir que María, con el ardor de Sus deseos, apresuró la Venida del Redentor.

                    Pero fue especialmente cuando el Verbo se hizo carne en Su Seno, que la vida de la Madre de Dios se convirtió en una oración constante y ardiente, que continuó casi ininterrumpida hasta que Su Alma, en un éxtasis de amor, rompió los lazos de la carne y abandonó Su cuerpo sagrado para ir a unirse a Su Bienamado en el transporte de la Visión Beatífica.

                    Y ahora que María está unida a Dios en la Gloria, no renuncia a interceder por Sus fieles siervos, que luchan aquí en medio de todo tipo de peligros: junto con Su Hijo, que «siempre vive para interceder por nosotros», la Santísima Virgen ofrece al Padre Eterno Sus oraciones y súplicas. ¿Es de extrañar, entonces, que María se digne a veces aparecer a Sus fieles Siervos en actitud de oración, manifestando así Su deseo de que los Fieles, con la mayor frecuencia posible, sigan Su ejemplo en el uso de este poderoso medio de santificación?.

                    De todas las formas de oración, el rezo del Rosario es la más fácil y, a la vez, la más eficaz. Es el llanto del niño que no deja de llamar a su madre hasta obtener lo que desea; es la voz humilde del pobre que no se aparta de la puerta del rico hasta recibir una generosa limosna.

                    Orar es bueno; pero debemos orar correctamente si queremos obtener el fruto de nuestras oraciones. Nuestras necesidades son innumerables, y en consecuencia, también innumerables son los favores que podemos pedir a Dios. Sin embargo, debemos pedir sobre todo dones espirituales; en cuanto a las cosas temporales, también podemos orar a Nuestro Señor por ellas, pero solo en la medida en que nos ayuden a obtener la Gracia Divina.

                    También podemos orar por nuestro prójimo; aunque con esta diferencia, que cuando oramos por nosotros mismos estamos seguros de ser escuchados, mientras que no tenemos la misma certeza con respecto a nuestras oraciones por los demás.

                    Finalmente, para que nuestra oración surta efecto, debe ir acompañada de fe, humildad, confianza y perseverancia. «Debemos orar siempre y no desmayar», dice Nuestro Señor.

                    Detalle del políptico de San Vincenzo Ferreri, de Giovanni Bellini, 1464-1468, Basílica dei Santi Giovanni e Paolo, Venecia, Italia. En la vida de San Vicente Ferrer se narra que un hombre, que había llevado una vida desordenada, se encontró al borde de la muerte y fue desahuciado por los médicos. Escuchó con horror esta terrible sentencia, y al pensar en la Eternidad, que se le apoderó de la mente, lo invadió el remordimiento por sus faltas pasadas. Sin embargo, desconfiando de la Misericordia de Dios, se dejó llevar por la desesperación, creyéndose indigno de perdón.

                    Al enterarse de esto, San Vicente Ferrer se acercó al lecho del moribundo e intentó impulsarlo al arrepentimiento, animándolo a confiar en la Misericordia Divina. Le recordó que Jesucristo murió por cada uno de nosotros y que, como Padre misericordioso, recibió al hijo pródigo en Sus brazos; que perdonó a Zaqueo, a María Magdalena y al Buen Ladrón en la Cruz, y que aunque sus pecados fueran tan numerosos como los granos de arena de la orilla del mar, la Misericordia de Dios jamás sería vencida, porque es Infinita y Eterna.

                    Tales palabras, que habrían bastado para ablandar el corazón más duro, solo incitaron a este miserable pecador a blasfemias aún mayores. Rechinó los dientes, protestando que no buscaría el perdón de Jesucristo, sino que moriría en sus pecados para desagradarle y ofenderle aún más. Ante estas palabras, San Vicente no perdió el ánimo, sino que, iluminado por una inspiración del Cielo, respondió: «Debes convertirte, para que la Infinita Misericordia de Dios brille más en ti».

                    Dirigiéndose entonces a los presentes, comenzó a rezar el Santo Rosario. ¡Y qué maravilla!. María, quien, en palabras de San Bernardo, es la esperanza de los desesperados, escuchó la oración que se le dirigió por este infeliz. Apenas había terminado de rezar el Rosario, cuando aquel pecador obstinado se transformó en otro hombre. En un abrir y cerrar de ojos se volvió manso como un cordero, e invitando al Santo a acercarse a él, pronunció el Dulce Nombre de María. Entonces, derramando lágrimas a mares, confesó sus pecados como el Buen Ladrón en la Cruz. Recibió los Sacramentos y murió con todos los signos de una conversión edificante.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



lunes, 7 de octubre de 2024

EL SANTO ROSARIO: UN TORRENTE INCALCULABLE DE BENDICIONES

  


            No hay duda alguna de que el Rosario ocupa un papel muy privilegiado en la historia de la Piedad Católica. En primer lugar, porque une el fiel a Nuestra Señora y atrae toda clase de gracias celestiales. En segundo lugar, porque ahuyenta al demonio. Satanás tiene odio y terror al Rosario. Si alguien está siendo blanco de una tentación, tome fervorosamente el Rosario en las manos y se verá fortalecido contra la embestida del enemigo de nuestras almas.

            Excelente medio de venerar a la Madre de Dios, el Rosario es la causa de un torrente incalculable de bendiciones derramadas sobre la Cristiandad. Por eso los Papas -así como otras autoridades eclesiásticas- no se cansan de elogiarlo, enriqueciéndolo con muchas indulgencias. Por si no fuese suficiente, la Santísima Virgen, queriendo Ella misma incentivar esa devoción, más de una vez se apareció llevando el piadoso instrumento en sus manos virginales.

           El Rosario es la oración de los fuertes y la súplica de los batalladores, porque es un conjunto de oraciones de una eficacia tal que hace avanzar el bien y retroceder el mal.

            Véase, por ejemplo, el episodio de la conversión de los albigenses. La herejía promovida por éstos -cuyo nombre deriva de la ciudad de Albi, en Francia- se difundió más o menos por toda Europa.

             Durante tres días, solo, Santo Domingo no hizo sino rezar y ayunar, suplicándole a Nuestra Señora que Ella venciese la dureza de alma de los albigenses y los incitase a la conversión. Finalmente, sin alcanzar ninguna respuesta del Cielo, cae desfallecido, elevando a la Santísima Virgen una última oración: "Madre mía, no tengo más fuerzas, pero continúo confiando en Ti. Tú sabrás qué hacer de mis pobres oraciones". Y continuaba rezando, mientras sus labios pudiesen articular alguna palabra.

            En ese momento de extrema angustia, Nuestra Señora se le aparece y le revela, de una vez, la grandeza y la magnificencia del Rosario. En seguida anima a Santo Domingo a la lucha contra la herejía. Munido de la poderosa arma que le confió la Madre de Dios, el Santo corre a la Catedral y comienza a predicar. El Cielo lo prestigia: primero, las campanas comienzan a tocar por las manos de un ángel; después, rayos y truenos hicieron estremecer al pueblo allí presente.

            ¡Cómo el temor prepara para el amor! Son dos escaleras que, juntas, conducen al hombre a la unión con Dios. Una, de noble granito, el temor. Otra, de oro, el amor.

           Deseando la Providencia preparar a aquellas almas endurecidas para amar a Dios en la palabra inflamada de Santo Domingo, les infundió antes el terror de la ira divina. Después, a medida que Santo Domingo hablaba, sucedió lo mismo que cuando Nuestro Señor ordenó que la tempestad amainase. La borrasca cesó y los oyentes comprendieron que la palabra de aquél hombre era poderosa delante de Dios. La Providencia le había conferido el duplo poder de desencadenar y de suspender los castigos, así como también le había dado la fuerza de tomar las almas arrepentidas, trémulas y avergonzadas, y llevarlas al perdón, a la contrición y al amor de Dios.

            ¿Qué predicó Santo Domingo? Predicó el Rosario.

            Según la historia de la Iglesia, a partir del momento en que el Rosario se comenzó a difundir, la herejía albigense fue perdiendo terreno, porque había sufrido un golpe irremediable en lo que tenía de más vital.

            El Rosario representa, así, una magnífica arma de guerra. De esa forma de guerra muy importante en la cual el Católico lucha por los intereses de la Verdadera Iglesia de Dios y la Causa de Nuestra Señora, combate al demonio y a los enemigos de su propia salvación.



            La práctica del Rosario, por lo tanto, debe ser una característica del católico de todos los tiempos, sobre todo de los que viven en este paganizado siglo XX, en el cual todo conspira contra la virtud y la Fe. Tan eficaz en los días de Santo Domingo, victorioso contra los albigenses, el Rosario lo será aún más contra la impiedad de este fin de milenio. Pues no hay ninguna razón para pensar que perderá su fuerza en una época en que se hace más necesaria.

            El Rosario es el arma de la Ortodoxia Católica, el arma del Ultramontanismo, y la Devoción por la cual aplastamos las raíces del mal espíritu que pueda haber en nosotros, y derrotamos la herejía y el mal espíritu y la lucha que estos mueven contra nosotros. De manera que el Rosario es una práctica típica para nosotros, y es por esta razón que insistimos tanto sobre ella. De tal manera que se debe considerar que la vida de un contra-revolucionario sólo es normal y sólo está en regla, cuando, entre otras cosas, reza diariamente las tres partes del Rosario.


Plinio Corrêa de Oliveira


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lunes, 13 de mayo de 2024

REZAD EL ROSARIO TODOS LOS DÍAS, la primera Aparición de Nuestra Señora en Fátima

  


                  Mientras que Europa y medio mundo vivían sumergidos en medio de la Gran Guerra, Nuestra Señora quiso manifestarse a tres niños, naturales de una aldehuela portuguesa llamada Aljustrel, en la región de Fátima; eran dos hermanos,  Jacinta (7 años) y Francisco Marto (8 años), y su prima Lucía Dos Santos (10 años). De familias sumamente humildes pero muy cristianas, los niños eran analfabetos y pese a su corta edad y a fin de paliar las necesidades de la maltrecha economía familiar, ejercían como pastores.

                  Aunque los tres fueron propiamente videntes -ya que vislumbraron a Nuestra Señora como gracia espiritual- tan sólo Lucía conversaba con Ella; la pequeña Jacinta la veía y la podía escuchar pero no era capaz de hablarle, al tiempo que su hermano Francisco, tenía que conformarse con la contemplación de la bella Señora, pero no la escuchaba, ni podía tampoco hablar con Ella, por lo que Lucía destacaría como la principal interlocutora y testigo fiel de aquellas celestiales revelaciones.


DEL RELATO DE LAS APARICIONES
según las "Memorias" de Sor Lucía Dos Santos


PRIMERA APARICIÓN DEL ÁNGEL (en la Primavera de 1916)

               Por este tiempo, Francisco y Jacinta pidieron y obtuvieron permiso de sus padres para comenzar a guardar sus rebaños. Entonces acordamos pastorear nuestros rebaños en las propiedades de mis tíos y de mis padres, para no juntarnos en la sierra con los otros pastores.

               Un bello día fuimos con nuestras ovejas a una propiedad de mis padres, situada al fondo de dicho monte, mirando al saliente. Esa propiedad se llama «Chousa Velha». Alrededor de media mañana comenzó a caer una lluvia fina, algo más que orvallo. Subimos la falda del monte seguidas por nuestras ovejas, buscando un resguardo que nos sirviese de abrigo.

               Allí pasamos el día, a pesar de que la lluvia había cesado y el sol había aparecido, hermoso y claro. Comimos nuestra merienda, rezamos nuestro Rosario, y no recuerdo si no fue uno de aquellos Rosarios que solíamos rezar, cuando teníamos ganas de jugar, pasando las cuentas y diciendo solamente las palabras: "Padre nuestro y Ave María". Terminado nuestro rezo, comenzamos a jugar a las chinas. Hacía poco tiempo que jugábamos, cuando un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar la vista para ver lo que pasaba, pues el día estaba sereno. Vemos, entonces, que, desde el olivar  se dirige hacia nosotros un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros, dijo: 

               – ¡No temáis!. Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo.

               Y arrodillándose en tierra, dobló la frente hasta el suelo y nos hizo repetir por tres veces estas palabras: 

               – ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman

              Después, levantándose, dijo: 

              – Rezad así. Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas

              Sus palabras se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados. Nadie pensó hablar de esta Aparición, ni recomendar secreto a los demás; el silencio se imponía por sí mismo. Era una gracia tan íntima, que no era fácil decir de ella la menor palabra.


SEGUNDA APARICIÓN DEL ÁNGEL (en el Verano de 1916)

              Pasado bastante tiempo, en un día de verano, en que habíamos ido a pasar el tiempo de siesta a casa, jugábamos al lado de un pozo que tenía mi padre en la huerta. De repente vimos junto a nosotros la misma figura o Ángel, como me parece que era, y dijo: 

               – ¿Qué hacéis? Rezad, rezad mucho. Los Sangrados Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de Misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios

               – ¿Cómo nos hemos de sacrificar? – le pregunté. 

               – En todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio como acto de reparación por los pecados con que El es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad, con sumisión, el sufrimiento que el Señor os envíe



TERCERA APARICIÓN DEL ÁNGEL (entre Septiembre u Octubre de 1916)

              Pasó bastante tiempo y fuimos a pastorear nuestros rebaños a una propiedad de mis padres, que queda en la falda del mencionado monte, un poco más arriba que los Valinhos. Es un olivar al que llamábamos «Pregueira». Después de haber merendado, acordamos ir a rezar a la gruta que queda al otro lado del monte; para lo cual, dimos una vuelta por la cuesta y tuvimos que subir un roquedal que queda en lo alto de la «Pregueira». Las ovejas consiguieron pasar con muchas dificultades. 

               Después que llegamos, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo, etc. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando vimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos levantamos para ver lo que pasaba y vimos al Ángel, que tenía en la mano izquierda un Cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de Sangre dentro del Cáliz. El Ángel dejó suspendido en el aire el Cáliz, se arrodilló junto a nosotros, y nos hizo repetir tres veces: 

               Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios de la tierra, en reparación por las iniquidades, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de Su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.

              Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: 

               – Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios

              Y, postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: "Santísima Trinidad... etc.", y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa.


LA APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA, DOMINGO 13 DE MAYO DE 1917

               Estando jugando con Jacinta y Francisco encima de la pendiente de Cova de Iría, haciendo una pared alrededor de una mata, vimos, de repente, como un relámpago. 

             – Es mejor irnos ahora para casa –dije a mis primos–, hay relámpagos; puede venir tormenta. – Pues sí. Y comenzamos a descender la ladera, llevando las ovejas en dirección del camino. 

              Al llegar poco más o menos a la mitad de la ladera, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago; y, dados algunos pasos más adelante, vimos sobre una carrasca una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Nos detuvimos sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que nos quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que Ella irradiaba. Tal vez a metro y medio de distancia más o menos. Entonces Nuestra Señora nos dijo: 

              – No tengáis miedo. No os voy a hacer daño.

              – ¿De dónde es Vd.? – le pregunté.

              – Soy del Cielo.

              – ¿Y qué es lo que Vd. quiere?

              – Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí aún una séptima vez (1).

               – Y yo, ¿también voy al Cielo?

               – Sí, vas.

               – Y, ¿Jacinta?

               – También.

               – Y ¿Francisco?

               – También; pero tiene que rezar muchos Rosarios.

               Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías e iban a mi casa a aprender a tejer con mi hermana mayor.

                – ¿María de las Nieves ya está en el Cielo?

                – Sí, está. (Me parece que debía de tener unos dieciséis años).

                – Y, ¿Amelia?

                – Estará en el Purgatorio hasta el Fin del Mundo. (Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años).

               –¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

               – Sí, queremos.

               – Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la Gracia de Dios será vuestra fortaleza.



               Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etc...) cuando abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como un reflejo que de ellas se irradiaba, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos íntimamente: 

               – Oh Santísima Trinidad, yo os adoro. Dios mío, yo Te amo en el Santísimo Sacramento. 

               Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió: 

             – Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra

               Enseguida comenzó a elevarse suavemente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la lejanía. La luz que la rodeaba iba como abriendo camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que habíamos visto abrirse el Cielo...


NOTAS ACLARATORIAS

              1- Esta "séptima vez" tuvo lugar la mañana del día 16 de Junio de 1921, cuando Lucía se despedía de la Cova de Iría. Se trataba de una Aparición particular y personal.


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sábado, 7 de octubre de 2023

EL ROSARIO ES LA CAUSA DE INCALCULABLES BENDICIONES

 


              No hay duda alguna de que el Rosario ocupa un papel muy privilegiado en la historia de la Piedad Católica. En primer lugar, porque une el fiel a Nuestra Señora y atrae toda clase de gracias celestiales. En segundo lugar, porque ahuyenta al demonio. Satanás tiene odio y terror al Rosario. Si alguien está siendo blanco de una tentación, tome fervorosamente el Rosario en las manos y se verá fortalecido contra la embestida del enemigo de nuestras almas.

            Excelente medio de venerar a la Madre de Dios, el Rosario es la causa de un torrente incalculable de bendiciones derramadas sobre la Cristiandad. Por eso los Papas -así como otras autoridades eclesiásticas- no se cansan de elogiarlo, enriqueciéndolo con muchas indulgencias. Por si no fuese suficiente, la Santísima Virgen, queriendo Ella misma incentivar esa devoción, más de una vez se apareció llevando el piadoso instrumento en sus manos virginales.

           El Rosario es la oración de los fuertes y la súplica de los batalladores, porque es un conjunto de oraciones de una eficacia tal que hace avanzar el bien y retroceder el mal.

            Véase, por ejemplo, el episodio de la conversión de los albigenses. La herejía promovida por éstos -cuyo nombre deriva de la ciudad de Albi, en Francia- se difundió más o menos por toda Europa.

             Durante tres días, solo, Santo Domingo no hizo sino rezar y ayunar, suplicándole a Nuestra Señora que Ella venciese la dureza de alma de los albigenses y los incitase a la conversión. Finalmente, sin alcanzar ninguna respuesta del Cielo, cae desfallecido, elevando a la Santísima Virgen una última oración: "Madre mía, no tengo más fuerzas, pero continúo confiando en Ti. Tú sabrás qué hacer de mis pobres oraciones". Y continuaba rezando, mientras sus labios pudiesen articular alguna palabra.

            En ese momento de extrema angustia, Nuestra Señora se le aparece y le revela, de una vez, la grandeza y la magnificencia del Rosario. En seguida anima a Santo Domingo a la lucha contra la herejía. Munido de la poderosa arma que le confió la Madre de Dios, el Santo corre a la Catedral y comienza a predicar. El Cielo lo prestigia: primero, las campanas comienzan a tocar por las manos de un ángel; después, rayos y truenos hicieron estremecer al pueblo allí presente.

            ¡Cómo el temor prepara para el amor! Son dos escaleras que, juntas, conducen al hombre a la unión con Dios. Una, de noble granito, el temor. Otra, de oro, el amor.

           Deseando la Providencia preparar a aquellas almas endurecidas para amar a Dios en la palabra inflamada de Santo Domingo, les infundió antes el terror de la ira divina. Después, a medida que Santo Domingo hablaba, sucedió lo mismo que cuando Nuestro Señor ordenó que la tempestad amainase. La borrasca cesó y los oyentes comprendieron que la palabra de aquél hombre era poderosa delante de Dios. La Providencia le había conferido el duplo poder de desencadenar y de suspender los castigos, así como también le había dado la fuerza de tomar las almas arrepentidas, trémulas y avergonzadas, y llevarlas al perdón, a la contrición y al amor de Dios.

            ¿Qué predicó Santo Domingo? Predicó el Rosario.

            Según la historia de la Iglesia, a partir del momento en que el Rosario se comenzó a difundir, la herejía albigense fue perdiendo terreno, porque había sufrido un golpe irremediable en lo que tenía de más vital.

            El Rosario representa, así, una magnífica arma de guerra. De esa forma de guerra muy importante en la cual el Católico lucha por los intereses de la Verdadera Iglesia de Dios y la Causa de Nuestra Señora, combate al demonio y a los enemigos de su propia salvación.



            La práctica del Rosario, por lo tanto, debe ser una característica del católico de todos los tiempos, sobre todo de los que viven en este paganizado siglo XX, en el cual todo conspira contra la virtud y la Fe. Tan eficaz en los días de Santo Domingo, victorioso contra los albigenses, el Rosario lo será aún más contra la impiedad de este fin de milenio. Pues no hay ninguna razón para pensar que perderá su fuerza en una época en que se hace más necesaria.

            El Rosario es el arma de la Ortodoxia Católica, el arma del Ultramontanismo, y la Devoción por la cual aplastamos las raíces del mal espíritu que pueda haber en nosotros, y derrotamos la herejía y el mal espíritu y la lucha que estos mueven contra nosotros. De manera que el Rosario es una práctica típica para nosotros, y es por esta razón que insistimos tanto sobre ella. De tal manera que se debe considerar que la vida de un contra-revolucionario sólo es normal y sólo está en regla, cuando, entre otras cosas, reza diariamente las tres partes del Rosario.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira


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lunes, 31 de julio de 2023

AGOSTO, EL MES DEDICADO AL DOLOROSO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


                    La Piedad Católica ha consagrado el mes de Agosto al Doloroso e Inmaculado Corazón de María Nuestra Señora; lo hace como tributo de amor a un Corazón de Madre, que conmemoraremos el próximo Martes 22 de Agosto; amor éste que no se conforma con celebrar un día determinado, sino que le manifiesta su devoción cada día: animamos a nuestros amigos y lectores a que desde mañana mismo, busquen cada día unos minutos para acompañar al Corazón Purísimo de María, en la intimidad del hogar, desde el corazón y por el amor sincero a Nuestra Santa Madre. Seguro podrán resultar de ayuda las oraciones y la Meditación diaria que ya en su día publicamos y que ahora, volvemos a compartir para aumento del fervor de los devotos de este Doloroso Corazón.

               No queremos dejar de reseñar que en la última entrevista fiable que se realizó a Sor Lucía, ésta volvería a reafirmar su Misión de propagar la Devoción al Inmaculado Corazón de María; fue el Padre Agustín Fuentes Anguiano, quien el 26 de Diciembre de 1957, en calidad de Postulador de la Causa de Canonización de Francisco y Jacinta, tuvo acceso a hablar con Sor Lucía, en un locutorio de la clausura del Monasterio de San José de Coimbra, donde ahora vivía la que fue vidente de Fátima como Carmelita Descalza.

               Sor Lucía desveló al Padre Fuentes que "mis primos Francisco y Jacinta se sacrificaron porque vieron siempre a la Santísima Virgen muy triste en todas Sus Apariciones. Nunca se sonrió con nosotros, y esa tristeza y angustia que notábamos en la Santísima Virgen, a causa de las ofensas a Dios y de los castigos que amenazaban a los pecadores, nos llegaban al alma..." También aseguró Sor Lucía que "el Demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen y una batalla decisiva, es una batalla final en donde se va a saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota. Así que ahora, o somos de Dios, o somos del Demonio; no hay término medio."

               El Padre Agustín Fuentes dijo que Sor Lucía le aclaró que la Virgen "me dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo; el Santo Rosario y la Devoción al Inmaculado Corazón de María. Y, al ser los últimos remedios, quiere decir que son los últimos, que ya no va a haber otros."



sábado, 10 de junio de 2023

EL ROSARIO y EL ESCAPULARIO son las insignias de los Esclavos de María

 

               Fue por revelación privada a San Simón Stock que Nuestra Señora le entregara el Bendito Escapulario, símbolo característico y bandera de todos los Carmelitas; también mediante una aparición, la misma Virgen María enseñó a Santo Domingo de Guzmán el rezo del Santo Rosario, la mejor de las oraciones para honrar a la Madre de Dios. En uno y otro caso, la Santísima Virgen prometió Su asistencia y auxilio a todos cuantos vistiesen con piedad Su Escapulario así como grandes beneficios espirituales a quienes la buscasen a diario por medio del rezo de Su Rosario.

         


                    ¿Cuál es la relación entre Nuestra Señora de Fátima y Nuestra Señora del Monte Carmelo, puesto que Ella se apareció con el hábito carmelita en una de las apariciones? Ustedes saben que en las apariciones de Fátima, nuestra Señora normalmente llevaba un vestido blanco con un borde dorado y un cinturón de oro en la cintura. Pero durante la aparición a los niños cuando ocurrió el milagro del sol, Ella se apareció con el hábito carmelita en la representación de los Misterios gloriosos del Rosario.

                   En Fátima la Virgen también se apareció como Nuestra Señora del Carmen. Nuestra Señora no hace nada sin alguna razón, por lo que la primera pregunta nos lleva a otra: ¿Cuál es la relación entre la Virgen del Carmelo y Nuestra Señora de Fátima?

                    La invocación de Nuestra Señora del Carmelo tiene su origen en el Monte Carmelo en Tierra Santa, donde solían vivir los ermitaños en la época de la Antigua Alianza orando y esperando a una Virgen-Madre que vendría a traer la salvación a toda la raza humana. Ellos estaban siguiendo el ejemplo de Elías, el profeta, que estuvo en el Monte Carmelo rezando por la salvación de Israel, que estaba pasando por una terrible sequía, cuando él vio una pequeña nube en el horizonte lejano. Él creyó la que esa pequeña nube traería la lluvia tan necesaria a Israel. La pequeña nube creció en tamaño y cubrió todo el cielo, y, finalmente, la tan esperada lluvia vino a salvar al pueblo.

                    Elías entendió que esta nube era un símbolo de la Virgen que vendría, en relación con las profecías de Isaías que hablaban de la Virgen. Los que siguieron su ejemplo también oraron por la venida de la Virgen que sería la Madre del Mesías. En tiempos de la Antigua Alianza, por lo tanto, los ermitaños del Monte Carmelo tuvieron la misión espiritual de prever la venida de la nuestra Señora y rezaron por ello. Ellos fueron perseguidos por gente malvada, y también por los miembros de la decadente Sinagoga; no obstante, los ermitaños del Monte Carmelo se mantuvieron fieles.

                    Finalmente, Nuestra Señora vino, y Ella recibió la mayor glorificación que cualquier criatura viva haya recibido y recibirá: en Ella el Verbo Divino, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne. Ella se convirtió en la Esposa del Espíritu Santo...

                    La Cristiandad hoy en día está de nuevo en decadencia. Nuestra Señora vino a Fátima para advertir de esta decadencia, del castigo, y la victoria con la famosa frase: “Al final Mi Corazón Inmaculado triunfará”. En ese mismo conjunto de apariciones en las que Ella anunció Su victoria, Ella deseó aparecerse con el hábito de la Orden Carmelita, como una forma de confirmar Su antigua predilección por ella e indicar que esta Orden será parte de Su Glorioso Reinado. Con el hábito, Ella realizó simbólicamente una síntesis del pasado y el futuro, en el mismo momento en que Ella anunció el fin de una era y el comienzo de otra.

                    Glorifiquémosla y pidámosle que nos prepare, a quienes somos Carmelitas en espíritu, para pasar por el castigo y ser piedras vivas en el Reino de María.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira...



domingo, 21 de mayo de 2023

LOS SACRAMENTALES, poderosa y eficaz ayuda contra los enemigos del alma

  


               En estos días de oscuridad espiritual, de confusión e incertidumbre, los Católicos debemos en todo momento ENCOMENDARNOS a la Divina Providencia, la que nos sostiene y alimenta; la mejor manera es hacerlo por medio de María, Nuestra Santa Madre, que nunca desampara a quien a Ella se acoge con total confianza.

              No olvidemos que la Iglesia ha aprobado diferentes medios materiales, llamados  Sacramentales, por los que podemos alcanzar méritos, indulgencias y también PROTECCIÓN frente a los enemigos del alma y del cuerpo. Existen también sacramentales espirituales, como el rezo del Viacrucis, las Tres Avemarías y en general, cualquier práctica piadosa aprobada e indulgenciada por la Iglesia.

               Los Sacramentales nos obtienen gracias temporales si son convenientes para nuestra salvación, como por ejemplo la salud corporal, defensa contra las tempestades, mitigación de la influencia demoníaca, etc.

               Los Sacramentales físicos NO SON AMULETOS ni objetos mágicos, sino que sirven para enriquecer nuestra Vida Espiritual, por lo que precisan que usemos de ellos con Fe sincera y según estipula la Santa Iglesia, siempre con un firme propósito de llevar una Vida Cristiana ejemplar. Hacer uso de los Sacramentales con desgana o irreverencia, sin intención de adelantar en la Vida Espiritual, es pecado y ningún fruto obtendremos de ello. 

               Debemos tratar los Sacramentales con mucho respeto y estar conscientes de lo que significan; los usaremos con dignidad, sin ostentación, procurando no mezclarlos con objetos profanos.

               "¿No crees que si ciertas Almas del Purgatorio hubieran usado los Sacramentales, el Agua Bendita y otros, estarían ya ahora en el Cielo? Emplea esos medios que Yo instituí para vosotros." Nuestro Señor a la mística Gabrielle Bossis, el 8 de Febrero de 1938.




ALGUNOS SACRAMENTALES
que nos previenen y sanan 
de males espirituales y corporales
(toca sobre el nombre para ampliar la información)


               EL AGUA BENDITA (Agua y sal exorcizadas y bendecidas por un Sacerdote según el Ritual Romano; enseña Santa Teresa que "...
por propia experiencia que no hay nada mejor que el agua bendita para expulsar al demonio de nuestro lado". Es ideal usarla por la mañana para santiguarnos, también en momentos de tentación; podemos rociar la casa con ella de vez en cuando; en estado de gracia, santiguarnos con agua bendita perdona los pecados veniales, atrae sobre nosotros la gracia divina y aleja al Demonio. Lleva siempre contigo una ampolla o un frasco pequeño con agua bendita)

              EL SANTO ROSARIO (La Virgen prometió Su ayuda incondicional a los que a diario la honren con el rezo del Rosario; es recomendable llevar siempre con nosotros un Rosario, en una bolsa o cartera, aparte de los objetos profanos)

               EL DETENTE DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (Poderoso escudo con el símbolo del Amor de Cristo por las almas; hazlo bendecir por un Sacerdote y colócalo en tu billetera, o en la cartera; puedes ponerlo en el coche, en la puerta de casa, en la mesa de trabajo, para que siempre te acompañe el recuerdo y protección del Sagrado Corazón) 

               EL BENDITO ESCAPULARIO DEL CARMEN (La librea de los Hijos de María, el escudo de los que a Ella están consagrados y que por tanto disfrutan de la protección de la Virgen; mejor siempre en tela, sobre el pecho y la espalda; la Medalla Escapulario se emplea para el aseo personal y para cuando realicemos labores de especial rudeza, para evitar que se dañe el escapulario de tela) 

               LA MEDALLA MILAGROSA (Regalo de María Purísima a Santa Catalina Labouré; recordatorio de las enormes gracias que podemos recibir por manos de la Madre de Dios si a Ella recurrimos en nuestras angustias) 

              LA MEDALLA DE SAN BENITO (Donde se encierran varias oraciones de exorcismo contra los espíritus malignos) 

               EL CRUCIFIJO DEL PERDÓN (El Crucifijo del Perdón es un poderoso Sacramental que nos anima a meditar la Pasión de Nuestro Señor y de la Virgen Dolorosa; es precisamente por esa unión con los padecimientos de Jesús y María, que este Crucifijo, si lo veneramos adecuadamente, nos puede alcanzar numerosas indulgencias)

               EL ESCAPULARIO DE SAN JOSÉ (El uso piadoso de este Sacramental nos recuerda tres virtudes especiales del Glorioso San José: humildad, modestia y pureza. También nos invita a recurrir a San José en nuestras necesidades, pidiéndole, particularmente, que ruegue por la Iglesia Católica) 




                EL ESCAPULARIO VERDE (poderoso instrumento para la conversión de almas, particularmente aquellas que no tienen Fe; por medio de él, la Santísima Virgen obtendrá para ellos, mediante Su Hijo, la gracia de una muerte en gracia de Dios. Fue revelado por Nuestra Señora a la Hermana Justina Bisqueyburu; fue aprobado por el Papa Pío IX en 1870)

               EL ESCAPULARIO ROJO DE LA PASIÓN (El Escapulario de la Pasión, nos lleva a honrar el Corazón de Cristo, inseparablemente unido al Corazón de María que es quien nos lo dio, es acudir precisamente a la expresión más profunda de la Misericordia de Dios)

               EL ESCAPULARIO DEL SAGRADO CORAZÓN (En la fiesta de la Inmaculada Concepción, 8 de Diciembre de 1876, la Virgen hizo su décimo quinta y última visita visible a Estelle Faguette, en Pellevoioson, Bourges, al sur de Paris. La Virgen le dijo: "Mira las gracias que Yo otorgo sobre aquellos que lo usan con confianza, y quienes ayudan a propagarlo")

               EL ESCAPULARIO QUÍNTUPLE (En 1886 el Papa León XIII dio permiso para bendecir e inscribir los cinco escapularios acumulativamente: el Escapulario Rojo o de la Pasión, el azul de la Inmaculada, el Escapulario Negro de los Siete Dolores, el Escapulario Marrón del Carmelo y el blanco por la Orden de la Santísima Trinidad)




               LA MEDALLA DE LA SANTA FAZ ( Revelada a la mística Madre Pierina de Micheli: "Este escapulario es un arma de defensa, un escudo de fortaleza, una prenda de amor y de misericordia que Jesús le quiere dar al mundo en estos tiempos de sensualidad y odio contra Dios y la Iglesia...")

               EL ESCAPULARIO DE BENDICIÓN Y PROTECCIÓN (Según el relato de la Mística Marie Julie Jahenny la Virgen Santísima le enseñó un nuevo escapulario, igual al tradicional en cuanto formas, pero cargado de simbología que nos lleva a meditar la cruenta Pasión de Cristo y a sumergirnos en el provecho de Su Pasión y de Su Sangre)

               LA CRUZ DE LOS HIJOS DE LA LUZ ("Yo deseo que Mis siervos y hasta los más pequeñitos se puedan revestir de una cruz. Esta cruz será pequeña pero en medio llevará como una llamita blanca. Indicará esta llamita que son Hijos de la Luz". Revelación de Nuestro Señor a la Mística Marie Julie Jahenny, el 20 de Julio de 1882)

               LA MEDALLA DE NUESTRA SEÑORA DEL BUEN AMPARO ("Esta medalla llevará estas palabras: Oh Tú, Virgen Santa, que aplastaste la cabeza de la Serpiente, guarda nuestra Fe y la inocencia de nuestros hijitos" Revelación de Nuestra Señora a Marie Julie Jahenny, en 1882)

               EL CORDÓN DEVOCIONAL DE SANTA FILOMENA (Esta costumbre piadosa, nacida espontáneamente entre los devotos de la Santa fue muy extendida por San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars; aprobada por la Sagrada Congregación de Ritos, el 15 de Septiembre de 1883, más adelante, el 4 de Abril de 1884, el Papa León XIII enriqueció el Cordón de Santa Filomena con preciosas indulgencias)