domingo, 2 de agosto de 2026

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Obispo, Fundador, Doctor de la Iglesia

   


                   Nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Septiembre de 1696. Sus padres fueron José de Ligorio, Capitán de la Armada naval y Ana Cabalieri, ambos pertenecientes a la aristocracia napolitana.

                   San Alfonso fue el primogénito de siete hermanos; cuando aún era niño sus padres recibieron la visita del misionero jesuita San Francisco Jerónimo, que bendijo a Alfonso y profetizó: "Este chiquitín vivirá 90 años, será Obispo y hará mucho bien".

                   Siendo un muchacho, San Alfonso ingresaría en la Hermandad de la Nobleza, donde comenzó su formación intelectual aprendiendo varios idiomas: español, francés, griego y latín. A los 16 años, obtuvo el grado de Doctor en Derecho Civil y Canónico.

                   Su padre deseaba hacer de él un brillante político, estudió varios idiomas y aprendió música, artes y detalles de la vida caballeresca. En su profesión de abogado iba obteniendo grandes triunfos. Todo esto no le dejaba satisfecho por el gran peligro que hoy existe en el mundo de ofender a Dios. A sus compañeros les repetía: "Amigos, en el mundo corremos peligro de condenarnos".

                   Más tarde escribió: "Las vanidades del mundo están llenas de amargura y desengaños. Lo sé por propia y amarga experiencia".

                   Su noble padre quería que se casase con alguna joven, de familia muy distinguida, para que formara un hogar de alta clase social. Pero cada vez que le preparaban algún noviazgo, la "novia" de turno terminaba por exclamar: "Muy noble, muy culto, muy atento, pero... ¡vive más en lo espiritual que en lo material!

                   Hubo un pleito entre el Doctor Orsini y el gran Duque de Toscana. El joven Doctor Alfonso defendía la causa de Orsini. Su exposición fue maravillosa, brillante. Sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acercó el jefe de la parte contraria, le alargó un papel y le dijo: "Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae de su base ante este documento".

                   Alfonso lo lee, y exclama: "Señores, me he equivocado", y sale de la sala diciendo en su interior: "Mundo traidor, ya te he conocido. En adelante no te serviré ni un minuto más". Se encierra en su cuarto y está tres días sin comer. No hace sino rezar y llorar.

                   Después se dedicará a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables le parece que Jesús le dice: "Alfonso, apártate del mundo y dedícate sólo a servirme a mí". Emocionado le responde: "Señor, ¿qué queréis que yo haga?".

                   Y se dirige luego a la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced y ante el Sagrario hace voto de dejar el mundo. Y como señal de compromiso deja su espada ante el Altar de la Purísima Virgen.

                   Pero tuvo que sostener una gran lucha espiritual para convencer a su padre, el cual cifraba en este hijo suyo, brillantísimo abogado, toda la esperanza del futuro de su familia. "Alfonso mío - le decía llorando - ¿Cómo vas a dejar tu familia? - y él respondía: Padre, el único negocio que ahora me interesa es el de salvar almas".

                   Al fin, el 21 de Diciembre de 1726, cuando San Alfonso contaba 30 años de edad, es ordenado Sacerdote de Cristo. Desde entonces se dedica trabajar con la gente de los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la gente humilde, al aire libre y les enseña Catecismo.

                   Su padre que gozaba oyendo sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones sacerdotales. Pero un día entra por curiosidad a escucharle una de sus pláticas, y sin poderse contener exclama emocionado: "Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios". Y esto lo repetirá después muchas veces.

                   El 13 de Mayo de 1731, junto a la Venerable María Celeste Crostarosa, San Alfonso fundó la rama femenina de la Congregación del Santísimo Redentor; se le reunieron otros Sacerdotes y con ellos, el 9 de Noviembre de 1732, fundó en la localidad de Scala (Nápoles) la Congregación de los Padres Redentoristas. Y a imitación de Jesús Nuestro Señor se dedicaron a recorrer ciudades, pueblos y campos predicando el evangelio. Su lema era el de Jesús: "Soy enviado para evangelizar a los pobres". El 25 de Febrero de 1749, el Papa Benedicto XIV aprueba la Regla de la naciente Comunidad.​




                   Durante 30 años, con su equipo de Misioneros, recorre campos, pueblos, ciudades, provincias, permaneciendo en cada sitio 10 o 15 días predicando, para que no quedara ningún grupo sin ser instruido y atendido espiritualmente.

                   La gente al ver su gran espíritu de sacrificio, corría a su confesionario a pedirle perdón de sus pecados. Solía decir que el predicador siembra y el confesor recoge la cosecha.

                   Es admirable como a San Alfonso le alcanzaba el tiempo para hacer tantas cosas. Predicaba, confesaba, preparaba misiones y escribía. Hay una explicación: Había hecho votos de no perder ni un minuto de su tiempo. Y aprovechaba este tesoro hasta lo máximo. Al morir deja 111 libros y opúsculos impresos y dos mil manuscritos. Durante su vida vio 402 ediciones de sus obras.

                   Su obra ha sido traducida a 70 lenguas, y ya en vida llegó a ver más de 40 traducciones de sus escritos.

                   Para su libro más famoso, "Las Glorias de María", empezó San Alfonso a recoger materiales cuando tenía 38 años de edad, y terminó de escribirlo a los 54 años, en 1750. Su redacción le gastó 16 años.

                   En 1762 el Papa lo nombró Obispo de Santa Águeda, cargo que aceptó por obediencia al Papa con estas palabras "Cúmplase la Voluntad de Dios. Este sufrimiento por mis pecados" - exclamó - y aceptó. Tenía entonces 66 años.

                   Durante los trece años de su Episcopado en Santa Águeda visitó cada dos años los pueblos. En cada pueblo de su diócesis hizo predicar misiones, y él mismo predicaba el sermón de la Virgen o el de la despedida.

                   Vino el hambre y vendió todos sus utensilios, hasta su sombrero y anillo episcopal y la mula y el carro del Obispo para dar de comer a los hambrientos. Enfermo, presentó su renuncia como Obispo y al ser ésta aceptada exclamó: "Bendito sea Dios que me ha quitado una montaña de mis hombros".

                   Dios lo probó con enfermedades. Fue perdiendo la vista y el oído. "Soy medio sordo y medio ciego - decía - pero si Dios quiere que lo sea más y más, lo acepto con gusto".

                   La delicia de nuestro Santo era pasar las horas junto al Santísimo Sacramento. A veces se acercaba al Sagrario, tocaba a la puertecilla y decía: "¿Jesús, me oyes?".

                   Durante su convalecencia le encantaba que le leyeran Vidas de Santos. Un hermano tras otro pasaban a leerle por horas y horas. Preguntaba con frecuencia: ¿Ya rezamos el Rosario? Perdonadme, pero es que del Rosario depende mi salvación. "Traedme, a Jesucristo", decía, pidiendo la Sagrada Comunión.

                   San Alfonso entregó el alma a Dios Todopoderoso el 1 de Agosto de 1787, a mediodía, con el rezo del Ángelus; alcanzó los 90 años de vida terrenal. Sería Beatificado el 15 de Septiembre de 1815 por Pío VII. El Papa Gregorio XVI lo canonizó en 1839 y el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia en 1875.



sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María