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miércoles, 11 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, EJEMPLO VIVIENTE DE LA JUSTICIA CRISTIANA

 


                    ...para acelerar la Paz de Cristo en el Reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la actividad de la Iglesia Católica contra el comunismo ateo bajo la égida del poderoso Patrono de la Iglesia, San José.

                    San José perteneció a la clase obrera y experimentó personalmente el peso de la pobreza en sí mismo y en la Sagrada Familia, de la que era padre solícito y abnegado; a San José fue confiado el Infante Divino cuando Herodes envió a sus sicarios para matarlo. Cumpliendo con toda fidelidad los deberes diarios de su profesión, ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganarse el pan con el trabajo de sus manos, y, después de merecer el calificativo de "Justo", ha quedado como ejemplo viviente de la Justicia Cristiana, que debe regular la vida social de los hombres.

                    Nos, levantando la mirada, vigorizada por la virtud de la Fe, creemos ya ver los nuevos cielos y la nueva tierra de que habla nuestro primer antecesor, San Pedro. Y mientras las promesas de los falsos profetas de un paraíso terrestre se disipan entre crímenes sangrientos y dolorosos, resuena desde el ciclo con alegría profunda la gran profecía apocalíptica del Redentor del mundo: "He aquí que hago nuevas todas las cosas" (Libro del Apocalipsis, cap. 21, vers. 5).


Extractos de la Encíclica "Divini Redemptoris" 
del Papa Pío XI, 19 de Marzo de 1937



jueves, 25 de diciembre de 2025

EL REINO DE DIOS EN NOSOTROS, LA GRACIA ÚNICA QUE PEDIMOS EN NAVIDAD

 


                       El día de Navidad fue el primer día de vida de la Civilización Cristiana. Vida aún germinativa e incipiente, como las primeras claridades del sol que nace, pero vida que ya contenía en sí todos los elementos incomparablemente ricos de la espléndida madurez a la que estaba destinada.

                       En efecto, si es cierto que la civilización es un hecho social, que para existir como tal ni siquiera puede contentarse con influenciar un pequeño puñado de personas sino que debe irradiarse sobre una colectividad entera, no puede decirse que la atmósfera sobrenatural que emanaba del Pesebre de Belén sobre los circunstantes, ya estaba formando una Civilización.

                       Pero si, por otro lado, consideramos que todas las riquezas de la Civilización Cristiana se contienen en Nuestro Señor Jesucristo como en su fuente única, infinitamente perfecta, ya que la luz que comenzó a brillar sobre los hombres en Belén habría de extender cada vez más sus claridades hasta difundirse por el mundo entero transformando las mentalidades, aboliendo e instituyendo costumbres, infundiendo un espíritu nuevo en todas las culturas, uniendo y elevando a un nivel superior todas las civilizaciones, se puede decir que el primer día de Cristo en la tierra fue desde luego el primer día de una era histórica.

                       ¿Quién lo hubiese dicho? No hay ser humano más débil que un niño. No hay habitación más pobre que una gruta. No hay cuna más rudimentaria que un pesebre. Sin embargo, este Niño, en aquella gruta, en aquel pesebre, habría de transformar el curso de la Historia.

                       ¡Y qué transformación!. La más difícil de todas, pues se trataba de orientar a los hombres en el camino más opuesto a sus inclinaciones: la vía de la austeridad, del sacrificio, de la Cruz. Se trataba de convidar para la Fe a un mundo descompuesto por las supersticiones, por el sincretismo religioso y por el escepticismo completo. Se trataba de convidar para la justicia a una humanidad inclinada a todas las iniquidades. Se trataba de convidar al desapego a un mundo que adoraba el placer bajo todas sus formas. Se trataba de atraer hacia la pureza a un mundo en que todas las depravaciones eran conocidas, practicadas, aprobadas. Tarea evidentemente inviable, pero que el Divino Niño comenzó a realizar desde el primer instante en esta tierra, y que ni la fuerza del odio, ni la fuerza del poder, ni la fuerza de las pasiones humanas podría contener.

                       Dos mil años después del Nacimiento de Cristo, parecemos haber vuelto al punto inicial. La adoración del dinero, la divinización de las masas, la exasperación del gusto de los placeres más vanos, el dominio despótico de la fuerza bruta, las supersticiones, el sincretismo religioso, el escepticismo, en fin, el neo-paganismo en todos sus aspectos invadieron nuevamente la tierra. Y de la gran luz sobrenatural que comenzó a resplandecer en Belén muy pocos rayos brillan aún sobre las leyes, las costumbres, las instituciones y la cultura. Mientras tanto crece sorprendentemente el número de los que se rehúsan con obstinación a oír la Palabra de Dios, de los que por las ideas que profesan, por las costumbres que practican, están precisamente en el polo opuesto a la Iglesia.

                       Asombra que muchos pregunten cuál es la causa de la crisis titánica en que el mundo se debate. Basta imaginar que la humanidad cumpliese la Ley de Dios, que ipso facto la crisis dejaría de existir. El problema, pues, está en nosotros. Está en nuestro libre arbitrio. Está en nuestra inteligencia que se cierra a la verdad, en nuestra voluntad que, solicitada por las pasiones, se rehúsa al bien. La reforma del hombre es la reforma esencial e indispensable. Con ella, todo estará hecho. Sin ella, todo cuanto se hiciere será nada.

                       Y no terminemos sin descubrir una enseñanza más, suave como un panal de miel. Sí, hemos pecado. Sí, inmensas son las dificultades que nos deparan para volver atrás, para subir. Sí, nuestros crímenes y nuestras infidelidades atrajeron merecidamente sobre nosotros la Cólera de Dios. Pero, junto al pesebre, está la Medianera clementísima, que no es jueza sino Abogada, que tiene hacia nosotros toda la compasión, toda la ternura, toda la indulgencia de la más perfecta de las madres.

                       Puestos los ojos en María, unidos a Ella, por medio de Ella, pidamos en esta Navidad la gracia única, que realmente importa: el Reino de Dios en nosotros y en torno de nosotros. Todo lo demás nos será dado por añadidura. 


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



domingo, 26 de octubre de 2025

LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO

  

               El Papa Pío XI, durante el Jubileo del Año Santo de 1925, instituyó la Fiesta de Cristo Rey del Universo. El título y poder de Rey pertenecen en derecho propio a Nuestro Señor Jesucristo, como Dios y como hombre; es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con Su Sangre según se canta en el Introíto de la Misa de hoy; más como explica el Evangelio, Su Reino no es de este mundo, sino de las almas en las cuales Él estableció el Reino de Dios.

               Además, Jesucristo, como Dios, tiene soberanía sobre todas las cosas, que fueron precisamente creadas por el Verbo Eterno, la tiene sobre los Estados que han de regirse por las Leyes del que es Rey de Reyes.

               La Fiesta de Su Realeza se celebra el Domingo antes de la Fiesta de los Cortesanos de Su Gloria, que son todos los Santos.





Para esto Yo he nacido
 y para esto he venido al mundo, 
para dar testimonio de la Verdad. 
Todo el que es de la Verdad escucha Mi voz

Evangelio de San Juan, cap. 18, vers. 37


La enseñanza de los dos últimos Papas
sobre la Realeza de Cristo Nuestro Señor


               "Hay, además, otro motivo, que con grande urgencia exige que las falanges cristianas cuanto antes se unan y combatan bajo una sola bandera central los tempestuosos asaltos del enemigo infernal. ¿A quién no horroriza el odio y la ferocidad con que los enemigos de Dios, en muchos países del mundo, amenazan y tienden a destruir todo lo que es divino y cristiano? Contra sus confederadas milicias no podemos seguir divididos y dispersos, perdiendo el tiempo, todos los que señalados con el carácter bautismal, estamos destinados a combatir con valor los combates de Cristo".


("Sempiternus Rex Christus", Papa Pío XII, 8 de Septiembre de 1951)


               "...este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su Ley Santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

              ...no sólo exhortamos entonces a buscar la Paz de Cristo en el Reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el Reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del Reinado de Jesucristo.

               Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de Santos para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la Eterna Bienaventuranza del Reino Celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra...

               ...es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas..."


(Extractos de la Encíclica "Quas primas" del Papa Pío XI, 11 de Diciembre de 1925)




Consagración del Género Humano
al Sacratísimo Corazón de Jesús


                Dulcísimo Jesús, Redentor del Género Humano, miradnos humildemente postrados delante de Vuestro altar; Vuestros somos y Vuestros queremos ser y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a Vuestro Sacratísimo Corazón.

                Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando Vuestros Mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a Vuestro Corazón Sacratísimo.

                Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de hambre y de miseria.

                Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la Verdad y a la Unidad de la Fe, para que en breve, se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

               Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de Vuestro Reino.

                Mirad, finalmente, con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto: descienda también sobre ellos como bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

               Conceded, oh Señor, incolumnidad y libertad segura a Vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no suene sino esta voz:

                ¡Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud, a Él se entonen cánticos de Honor y de Gloria por los siglos de los siglos! Amén.



domingo, 27 de octubre de 2024

  

“¡Oh, Cristianos! Tiempo es de defender 
a vuestro Rey y de acompañarle 
en tan grande soledad, que son muy 
pocos los vasallos que le han quedado 
y mucha la multitud que acompaña 
a Lucifer; y lo que es peor, es que 
se muestran amigos en lo público 
y véndenle en lo secreto; 
casi no halla de quien se fiar”

Santa Teresa de Jesús




               Fue durante el Jubileo del Año Santo de 1925, que el Papa Pío XI instituyó esta Fiesta para toda la Iglesia Universal. El título y poder de Rey pertenecen en derecho propio a Nuestro Señor Jesucristo, como Dios y como hombre; es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con Su Sangre según se canta en el Introito de la Misa de hoy; más como explica el Evangelio, Su Reino no es de este mundo, sino de las almas en las cuales Él estableció el Reino de Dios.

               Además, Jesucristo, como Dios, tiene soberanía sobre todas las cosas, que fueron precisamente creadas por el Verbo Eterno, la tiene sobre los Estados que han de regirse por las Leyes del que es Rey de reyes.

               La Fiesta de su Realeza se celebra el Domingo último de Octubre, antes de la Fiesta de los Cortesanos de Su Gloria, que son todos los Santos.

             "Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de Santos para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra...  

               ...es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la Potestad, el Honor y el Reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas... 

               Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública Apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la Fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes?.

               En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el Nombre suavísimo de Nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los Derechos de Su Real Dignidad y Potestad."


Extractos de la Encíclica "Quas primas" del Papa Pío XI


Consagración del Género Humano 
al Sacratísimo Corazón de Jesús





"...que en ese día se renueve todos los años 
la Consagración de todo el género humano 
al Sacratísimo Corazón de Jesús, 
con la misma fórmula que nuestro predecesor, 
de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente" 



Papa Pío XI, Diciembre de 1925




domingo, 29 de octubre de 2023

CRISTO REY, por el Doctor Plinio Corrêa de Oliveira

  


               Al respecto de la Fiesta de Cristo Rey, hay que tener en cuenta que este Reinado se basa en tres títulos, cada uno de los cuales marca esta realeza con una cualidad especial. Primero, Nuestro Señor Jesucristo es Rey porque es Dios; en segundo lugar, se encarnó y, como Dios-Hombre, es la Cabeza natural de toda la humanidad; finalmente, porque es nuestro Redentor quien, muriendo en la Cruz, conquistó para nosotros la salvación eterna, lo que le da pleno derecho sobre nosotros, haciéndolo, en verdad, nuestro Rey.

               Sin embargo, el Reino de Nuestro Señor Jesucristo se establece sobre personas y no sobre territorios. Es un reino de almas donde cada familia, nación, orden religiosa, constituye una provincia. En la armonía de todos estos grupos humanos y familias de almas, así como de individuos, encontramos la realidad y la belleza del Reinado de Cristo.

               Nuestro Señor Jesucristo, como Rey, defiende a cada alma del ataque del adversario con un amor, un conocimiento del valor de esa alma y de lo que significa para la unidad de su Reino mucho mayor que el Rey de Francia, por ejemplo, defendería Auvernia, Lorena o Alsacia.

               Se trata de un valor de carácter moral y espiritual, y esto nos lleva a considerar que cada vez que Cristo Rey pierde o ve mermado el ejercicio efectivo de su realeza sobre un alma, tiene una tristeza semejante a la del rey que pierde una de sus provincias y, junto a ella, todo un orden de belleza ideal.

               Pero también, cada vez que un alma vuelve a Él, es un regreso con todas las alegrías de esa restitución.

               Estas alegrías y tristezas repercutieron en Él en su vida terrena y deben ser objeto de nuestra consideración en la fiesta de Cristo Rey haciéndonos la siguiente pregunta: ¿Se está realizando en nosotros el Reino de Nuestro Señor Jesucristo como desea el Divino Redentor?

               Por muy desfigurada y enlodada que se encuentre en nuestros días, la Santa Iglesia Católica es un jardín donde las flores brotan continuamente para Nuestro Señor. Quizás sólo en el día del Juicio podremos saber cuántos santos florecen, aislados y odiados, aquí, allá y más allá, en la ignorancia y el abandono, dando a Dios una gloria completa y magnífica.



              Todo esto, en conjunto, constituye el Reinado de Nuestro Señor sobre los hombres; realeza aún incompleta, pero marchando a ser completa y, por eso mismo, motivo continuo de gozo para Él.

               Pidamos, pues, a Cristo Rey, por medio de su Santísima Madre, que nos haga comprender todos los esplendores de la Iglesia Católica y del Reino de Nuestro Señor Jesucristo sobre aquellas almas que le son fieles, que, a la manera de un cielo maravilloso, tienen como estrella central al Inmaculado Corazón de María. Estrella más preciosa no puede haber. Entonces comprenderemos cuántas gracias hemos recibido y cuántas razones tenemos para esperar el perdón y la misericordia y para pedir muchos favores con plena confianza.


Conferencias del 21/10/1964 y del 29/10/1966



domingo, 30 de octubre de 2022

FESTIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

  

               "Sí, Yo soy Rey" -dijo Nuestro Señor Jesucristo a Pilatos- "Para eso precisamente he nacido y venido a este mundo, para dar testimonio de la Verdad." Es el Reino divino de la Santa Iglesia, en el que se proporciona la salud a los enfermos, la luz a los ciegos, la libertad a los cautivos. Sus habitantes tienen poder para hacerse hijos de Dios, para vivir una vida divina, para gozar de la libertad; aparta del yugo de Satanás y nos comunica los bienes sobrenaturales. Todo ello, en virtud de nuestra unión vital, de nuestra unidad de ser con Cristo, que es nuestra Cabeza, el Fundador de este Reino, el que lo constituyó con Sus Enseñanzas, con Sus ejemplos y, sobre todo, con Su Muerte de Cruz.

               Fue el Papa Pío XI el que durante el Jubileo de 1925, quiso instituir esta Fiesta de Cristo Rey. El título y poder de Rey pertenecen en derecho propio a Nuestro Señor Jesucristo, como Dios y como hombre; es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el Libertador de la Humanidad redimida con Su Sangre.    





Consagración del Género Humano 

al Sacratísimo Corazón de Jesús


"...que en ese día se renueve todos los años la Consagración 

de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, 

con la misma fórmula que nuestro predecesor, 

de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente" 


(Papa Pío XI, Diciembre de 1925)


                Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de Vuestro altar; Vuestros somos y Vuestros queremos ser y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a Vuestro Sacratísimo Corazón.

                Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando Vuestros Mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a Vuestro Corazón Sacratísimo.

                Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de hambre y de miseria.

                Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la Verdad y a la Unidad de la Fe, para que en breve, se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

                Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de Vuestro Reino.

                Mirad, finalmente, con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto: descienda también sobre ellos como bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.

               Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a Vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no suene sino esta voz:

                ¡Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud, a Él se entonen cánticos de Honor y de Gloria por los siglos de los siglos! Amén.