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sábado, 21 de febrero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Trono de Sabiduría

 

“Yo, la sabiduría, habito 
en el consejo y estoy presente 
en los pensamientos sabios” 


Proverbios, cap. 8, vers. 12



                    La Sabiduría es el don más precioso del Espíritu Santo, pues es propiamente fruto de la Caridad, el tesoro más excelente que se puede poseer en esta vida.

                    Este Santo Don consiste en la disposición de nuestra mente para considerar y regular todas las cosas a la luz de la Ley Divina. Muchos dedican mucho tiempo a perfeccionarse en las ciencias humanas o las artes liberales. Trabajan día y noche para tener éxito en sus proyectos artísticos o científicos. Otros, entregados a la maldad, emplean toda su diligencia en encontrar ocasión para pecar con impunidad. Pero para conocerte, oh Dios mío, para discernir sabiamente entre Tus caminos que conducen a la Vida y los peligrosos caminos del mundo, no hay necesidad de tanto estudio ni de un trabajo tan arduo: un corazón recto, animado por Tu Gracia, es todo lo que se requiere, pues «la unción de Tu Espíritu le enseña todas las cosas».

                    El hombre que es enseñado por el Espíritu Santo se vuelve espiritual, es decir, su entendimiento es iluminado y sus emociones reguladas de tal manera, que “juzga todas las cosas”, no sólo discerniendo el bien del mal y la verdad de la falsedad, sino también ordenando cada una de sus acciones en referencia a su fin último, que es la consecución de la Vida Eterna.

                    Así como María poseía en grado sublime la virtud de la Caridad, de igual manera estaba adornada con el precioso don de la Sabiduría. Podía discernir, como por instinto, las cosas del Cielo de las del mundo, y dirigía todas Sus acciones hacia Dios con esa pureza de intención propia de las almas embriagadas de Amor Divino. Esta Sabiduría llenaba Su Alma de una dulzura incomparable y comunicaba a todas Sus acciones exteriores una dulzura celestial, pues de esta virtud está escrito que «su conversación no tiene amargura, ni su compañía tedio, sino alegría y gozo».

                    La verdadera Sabiduría lleva la impronta de siete cualidades sobrenaturales, que son, por así decirlo, otros tantos pilares sobre los que se asienta. Santiago describe así estas siete cualidades: «La Sabiduría que viene de lo alto -dice- es primeramente casta, luego pacífica, modesta, fácil de persuadir, consiente en lo bueno, llena de misericordia y buenos frutos, sin juzgar, sin disimulo».

                    Tales eran los apoyos sobre los que reposaba en María el precioso don de la Sabiduría. Como una torre majestuosa que se yergue hacia el Cielo, firme y fuerte, esta Virgen incomparable, llena de Sabiduría Divina, mantenía Su Espíritu constantemente elevado hacia las regiones sobrenaturales, donde contemplaba con agradecido asombro las palabras del Altísimo. Sus pensamientos estaban continuamente en el Cielo, donde, junto con los espíritus bienaventurados, adoraba los caminos del Señor para con Ella, conformándose en todo a Su Beneplácito. «¡La Sabiduría se ha construido una casa, ha labrado sus siete columnas!».

                    Así como la Sabiduría Celestial es hermosa y resplandeciente, tanto más lo es la sabiduría terrenal, a la que Santiago no duda en llamar «sensual, diabólica», oscura y desagradable. Esta sabiduría mundana está llena de celo, pero un celo venenoso, que siembra discordia y problemas por doquier. Busca las seducciones del sentido común; es altiva y arrogante, propensa a juzgar y pesar en la balanza de la malevolencia las acciones del prójimo; está llena de hipocresía y engaño; su fin es encender por doquier la llama de la discordia; conduce irremediablemente a la ruina eterna.

                    Así como el día difiere de la noche y la vida de la muerte, así también la Sabiduría Celestial difiere de la sabiduría de este mundo. A esta última se le pueden aplicar las palabras del Libro de Proverbios: «Hay camino que al hombre le parece justo, pero su fin lleva a la muerte».

                    Pidámosle a Dios que nos libre de tan gran mal. Roguémosle que llene nuestros corazones con el precioso don de la Sabiduría Celestial.

                    San Bernardo, el gran Doctor de la Iglesia y, como se le llama, el último de los Padres, fue famoso por la santidad de su vida y el esplendor de su doctrina. De modo especial, aventaja a todos los escritores sagrados por la dulzura y unción con que trata la grandeza y las prerrogativas de la Gloriosa Madre de Dios. Nació en Fontaine, Borgoña, en 1091, de padres piadosos y nobles, que le dieron una buena educación cristiana. Así, desde su juventud, llevó una vida virtuosa, llena de obras de Caridad.

                    Un año, en la Noche de Navidad, fue favorecido con una visión celestial. El Divino Niño se le apareció y se dignó instruirlo en el glorioso Misterio de la Encarnación, que la Iglesia celebra en esa época. De esta visión surgió en él esa tierna devoción y ardiente amor por la Madre de Dios, que el Santo luego infundió en los corazones de muchos, a través de los sermones que escribió en Su Honor. Nuestra Señora no dejó de corresponder a este amor de Bernardo por Ella mostrando una predilección especial por Su fiel sirviente. Le concedió favores extraordinarios. Y así, esta devoción a la Reina del Cielo, que es fuente de gran fruto para las almas, produjo en el corazón de San Bernardo este resultado: le hizo comprender que la sabiduría del mundo es locura ante Dios. Así, a la edad de veintidós años, dejó el hogar paterno y pidió ser admitido en la Orden Cisterciense.

                    Tan grande fue su fervor al consagrarse a Dios, que persuadió a muchos de sus parientes y conocidos a seguirlo en la vida religiosa, lo cual hicieron, aunque previamente se habían opuesto a su decisión. En religión, demostró ser un ejemplo perfecto de todas las virtudes. Al ser puesto al frente de su monasterio, restauró la disciplina y fundó numerosas abadías en las que se mantuvo la observancia regular durante mucho tiempo.

                    Como San Bernardo era muy dado al estudio de las Sagradas Escrituras y a la meditación de las Verdades Eternas, adquirió tal riqueza de conocimiento que mereció ser contado entre las luces más brillantes de la Iglesia. Los Romanos Pontífices le confiaron en repetidas ocasiones importantes y delicadas misiones, como pacificar las ciudades y reprimir el vicio y el desorden, todas las cuales el Santo llevó a cabo con éxito con la ayuda de María.

                    Finalmente, agotado por el cansancio y las excesivas penitencias, exhaló pacíficamente su alma hacia Dios, el día veinte de Agosto de 1174, a los sesenta y tres años de edad.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


miércoles, 20 de agosto de 2025

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor de la Iglesia, Fundador del Císter

 


                      San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

                     Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

                      En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

                      Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden; en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). El Obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux quien le ordenó Sacerdote el 15 de Agosto del mismo año y le nombró Abad.

                      A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

                      Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices. En 1142 estableció la gran Abadía de Mellifont. En 1148 recibió a su amigo el Arzobispo San Malaquías, que cayó enfermo y falleció en los brazos de San Bernardo.

                     El Santo Abad Bernardo entregó su alma a Dios en su Abadía  de Claraval, el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. No tardó en ser canonizado, en 1174, por el Papa Alejandro III; sería proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

                     El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.


EL DON DE LA MATERNIDAD DIVINA


                    "El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de Ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para Sí, entre todas, una madre tal cual Él sabía que había de serle conveniente y agradable.

                    Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, Él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.

                    Quiso que Su madre fuese humilde, ya que Él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la Maternidad Divina.



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                    De otro modo, ¿cómo el Ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en Ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia?. Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los Santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.

                    Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de Su Alma y de Su cuerpo, conocida en los Cielos por Su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre Sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al Mensajero celestial.

                    Fue enviado el Ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en Su cuerpo, virgen en Su Alma, virgen por Su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la Eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para Él mismo, guardada por los Ángeles, designada anticipadamente por los Padres antiguos, prometida por los Profetas".


San Bernardo de Claraval
"Homilías sobre las excelencias de la Virgen Madre"


domingo, 20 de agosto de 2023

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor Melifluo

 


          San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

         Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

          En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

          Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden; en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). El Obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux quien le ordenó Sacerdote el 15 de Agosto del mismo año y le nombró Abad.

          A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

          Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices. En 1142 estableció la gran Abadía de Mellifont. En 1148 recibió a su amigo el Arzobispo San Malaquías, que cayó enfermo y falleció en los brazos de San Bernardo.



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         El Santo Abad Bernardo entregó su alma a Dios en su Abadía  de Claraval, el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. No tardó en ser canonizado, en 1174, por el Papa Alejandro III; sería proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

         El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.



jueves, 20 de agosto de 2020

SAN BERNARDO, el Doctor Melífluo


              San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el Castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un Caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

             Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.





              En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

              Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden, en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). 

              A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

              Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices.

             Murió en su Abadía el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. Fue canonizado en 1174 por el Papa Alejandro III y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. Se le llamó el Doctor Melífluo por la dulzura con que llenaba los corazones con sus prédicas.

            El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.




¡Oh! tú, quien quiera que seas, 
que te sientes lejos de tierra firme, 
arrastrado por las olas de este mundo, 
en medio de las borrascas y tempestades, 
si no quieres zozobrar, 
no quites los ojos de la luz de esta estrella.

Si el viento de las tentaciones se levanta,
si el escollo de las tribulaciones se interpone en tu camino,
mira la estrella, invoca a María.

Si eres balanceado por las agitaciones del orgullo,
de la ambición, de la murmuración, de la envidia,
mira la estrella, invoca a María.

Si la cólera, la avaricia, los deseos impuros
sacuden la frágil embarcación de tu alma,
levanta los ojos hacia María.

Si perturbado por el recuerdo 
de la enormidad de tus crímenes, 
confuso ante las torpezas de tu conciencia,
aterrorizado por el miedo del Juicio,
comienzas a dejarte arrastrar por el torbellino de tristeza,
a despeñarte en el abismo de la desesperación, 
piensa en María.

Si se levantan las tempestades de tus pasiones,
mira a la Estrella, invoca a María.

Si la sensualidad de tus sentidos 
quiere hundir la barca de tu espíritu, 
levanta los ojos de la Fe, mira a la Estrella, 
invoca a María.




Si el recuerdo de tus muchos pecados 
quiere lanzarte al abismo de la desesperación, 
lánzale una mirada 
a la Estrella del Cielo y rézale a la Madre de Dios.

Siguiéndola, no te perderás en el camino. 
Invocándola no te desesperarás.
Y guiado por Ella llegarás al Puerto Celestial.

Que Su Nombre nunca se aparte de tus labios, 
jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro 
de Su intercesión, no descuides los ejemplos de Su Vida.
Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás,
pensando en Ella, evitarás todo error.

Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, 
nada tendrás que temer; 
si Ella te conduce, no te cansarás; 
si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.

Y así verificarás, por tu propia experiencia,
con cuánta razón fue dicho:
“Y el nombre de la Virgen era María”



jueves, 12 de septiembre de 2019

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA, salvación de todos los que la invocan


               Así como después de Navidad se celebra la Fiesta del Santo Nombre de Jesús, tras celebrar la Natividad de Nuestra Señora, es muy conveniente que honremos ahora el Santísimo Nombre de María, que parece significar "la Amada de Dios", tanto por su destino como Madre del Altísimo como por sus grandes y perfectas virtudes.

               San Bernardo fue uno de los más grandes propagadores de la Devoción al Dulce Nombre de María; para él no podía la Madre de Dios tener un nombre más propio, ni que significase mejor Su excelencia, Sus grandezas y Su alta dignidad, que el Nombre de María. 

               También otros Santos como Santa Brígida, San Bernardino de Siena, San Antonio de Padua, alababan y bendecían las glorias del Nombre de María y se constituyeron en resueltos propagadores de esta hermosa Devoción.

               La primera celebración litúrgica del Nombre de María tuvo lugar en España, en 1513, en la ciudad de Cuenca, después de que el Papa León X, concediera a la Catedral de la ciudad dedicar una Capilla con ese título. Debido a la promulgación del Misal de San Pío V en 1570, se hizo necesaria una nueva petición. Por esta razón, el Canónigo Juan del Pozo Palomino, pidió y obtuvo del Papa Sixto V, el 17 de Enero de 1587, poder seguir celebrando dicha Fiesta del Dulce Nombre de María en la Catedral, como Fiesta de la Octava de la Natividad de María y en 1588, logró que se le concediera a toda la Diócesis de Cuenca.






               Pero el fervor mariano de los españoles y en particular, del religioso trinitario Beato Simón de Rojas,  obtuvo de Roma el 31 de Mayo de 1622, el permiso para celebrar el Dulce Nombre de María en todas las casas y capillas de la Orden de los Trinitarios de Castilla, así como en la Diócesis de Toledo

               Meses más tarde, el 5 de Enero de 1623, su  Católica Majestad el Rey Felipe IV logró la extensión de la Fiesta a todas las provincias españolas, de tal modo que pudiesen rezar el Oficio del Dulce Nombre de María, todos los Sábados (menos en Cuaresma y Adviento).

               En 1671, el Papa Clemente X autorizó la celebración del Dulce Nombre de María en todos los dominios españoles

               En 1683, el Papa Inocencio XI formó una gran coalición cristiana con el Emperador Leopoldo I, el Rey Juan III Sobieki de Polonia y tropas húngaras para repeler a los mahometanos que amenazaban con invadir Europa. Los ejércitos cristianos conseguirán vencer a los turcos a las puertas de Viena en 1683 y reconquistar Budapest tres años más tarde, con lo que Hungría se verá libre de la presión turca. Como recuerdo por la victoria en Viena, el Papa Inocencio XI proclamó la Festividad del Dulce Nombre de María el 12 de Septiembre de ese mismo año, extendiendo su celebración a toda la Iglesia Universal.

              



                       El Augusto Nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. 

              Este Nombre fue elegido por el Cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan San Jerónimo, San Epifanio, San Antonino y otros. “Del Tesoro de la Divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el Nombre de María”. 

              De él salió Tu excelso Nombre; porque las Tres Divinas Personas, prosigue diciendo, te dieron ese Nombre, superior a cualquier nombre, fuera del Nombre de Tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado Tu Nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el Cielo, en la tierra y en el infierno. 

               Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al Nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta Santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

               En suma, llega a decir San Efrén, que el Nombre de María es la llave que abre la Puerta del Cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón San Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el Nombre de María que obtener la Salvación eterna.

               También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este Santo y Dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia



martes, 20 de agosto de 2019

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor de la Iglesia




             San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

            Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

             En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

             Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden, en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). 

             partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

             Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices.

            Murió en su Abadía el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. Fue canonizado en 1174 por el Papa Alejandro III y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

            El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de difundir el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.



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miércoles, 8 de mayo de 2019

MAYO, MES DEDICADO A NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN MARÍA. DÍA 8: "Medianera de todas las gracias"




EJERCICIO DEL MES DE MAYO 

en Honor de Nuestra Señora y Madre la Virgen María

           En el nombre el Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.

          Bendita sea Tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti, celestial Princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía, por Tu Pura Concepción, ni de noche ni de día hasta morir en Tu amor. Amén.


MEDITACIÓN DIARIA, DÍA 8 :

       "María es la Mediadora Universal de todas las gracias. Toda gracia que Dios da a los hombres, pasa de Dios a Cristo, de Cristo pasa a María y por María se nos da a nosotros . La Voluntad de Dios es que todo lo recibamos por medio de María..." (San Bernardo de Claraval, Sermón en la Natividad de María 4-7).


AHORA REZA, CON PIEDAD Y DEVOCIÓN




INDULGENCIAS que podemos ganar 
y aplicar a las Almas del Purgatorio


          Una Indulgencia Plenaria a perpetuidad, a ser ganada una vez en el mes de Mayo, el mismo día de la Comunión, por todos los fieles católicos, que, todos los días de este mes, honren especialmente a la Santísima Virgen, sea en público, sea en privado, mediante homenajes, ejercicios piadosos o actos de virtud.

          Una indulgencia parcial de trescientos días para cada día del mes en que se haya rendido a María Nuestra Señora un homenaje público o particular. Indulgencias otorgadas por el Papa Pío VII, el 21 de Marzo de 1815 y del 18 de Junio de 1822, respectivamente.

          Para conocer el sentido y valor de las Indulgencias sólo tiene que tocar AQUÍ.




lunes, 25 de febrero de 2019

NOVENA A LA SANTA FAZ de Nuestro Señor Jesucristo. Día 2


"No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente,
 despreciado y evitado por los hombres, 
como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado."

Del Libro de los Salmos, 26, 8-9


Reconstrucción de la Santa Faz de Nuestro Señor según 
la imagen impresa en la Sábana Santa de Turín



ORACIONES INICIALES

          Por la señal + de la Santa Cruz, etc.

          En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo

ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

            Te adoro, oh Jesús mío, Hijo de Dios vivo y de María Virgen, que por mi amor diste la vida en el Ara de la Cruz. A Ti me consagro con todo mi corazón, suplicando humildemente que te dignes imprimir en mi alma la imagen de Tu adorable Faz.

           ¡Oh Padre Eterno! Mira la Santa Faz de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo y por Sus méritos infinitos concédeme un ardiente deseo de reparar las injurias hechas a Tu Divina Majestad y la gracia que deseo obtener en esta Novena. Así sea. (Pídase aquí por la necesidad o gracia espiritual que se desea obtener)

ORACIÓN DEL DÍA SEGUNDO

             ¡Oh Víctima Divina, mi Buen Jesús! Tu Faz venerable pegada al suelo de Getsemaní y bañada en copioso sudor de sangre, me descubre la grandeza de Tus Dolores y la gravedad de mis pecados. Dame a mí y a todos los pecadores un sincero arrepentimiento con firmísimo propósito de nunca más pecar.

           A continuación reza despacio y con piedad un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

JACULATORIA

            ¡Muéstranos, Señor, Tu Santa Faz y seremos salvos!

ORACIÓN FINAL

          Oh Dios Omnipotente y Misericordioso, concede, te pedimos, que cuantos veneramos la Faz de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, desfigurada en la Pasión a causa de nuestros pecados, merezcamos contemplarla eternamente en el resplandor de la Gloria Celestial. Amén.

          Y terminamos en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.

SANTOS QUE FUERON DEVOTOS DE LA SANTA FAZ

      San Bernardo de Claraval (1090-1153), Maestro de la Vida Monacal, devoto de Nuestra Señora y de la Pasión de Cristo. Se le atribuye el siguiente Himno Iesus dulcis memoria del que compartimos un extracto:

           ¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón 
al expresar Tu bondad
me aprieta la Caridad.

Ya lo que busqué veo,
lo que deseé tengo
en el Amor de Jesús languidezco
y en el corazón me abraso todo.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre. Amén.




EL CULTO A LA SANTA FAZ  

              Esta tierna Devoción, que según la tradición parece haber instituido el mismo Señor, el día de Su Muerte, imprimiendo milagrosamente su Efigie ensangrentada en el Velo de la Verónica, ha sido conocida y practicada siempre en la Iglesia Católica. El Santo Sudario es venerado en Roma, con especiales muestras de amor y confianza y se expone varias veces durante el año al culto público, dándose con él la bendición solemne a los fieles. Los Soberanos Pontífices han concedido numerosas indulgencias a los que visitan devotamente esta insigne reliquia. 

       *Para conocer más sobre el origen de la Devoción a la Santa Faz sólo toque AQUÍ