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lunes, 6 de marzo de 2023

LA TERRIBLE REALIDAD DEL INFIERNO. Parte X. Los que niegan el Infierno se condenan a terminar en él

  

               En repetidas ocasiones hemos dedicado este espacio para dar a conocer la devoción por las Benditas Ánimas del Purgatorio, aquellas Bienaventuradas Almas que por sus deudas pendientes con la Justicia de Dios, están retenidas en una Cárcel de Amor, donde a pesar de la separación temporal con Dios, tienen el consuelo de que en algún momento acabarán sus tormentos y podrán reunirse un día con Él, en la compañía de la Inmaculada Madre de Dios, de los Santos y Ángeles...

               Sin embargo, hoy queremos tratar sobre el destino de otras almas, aquellas que mueren enemistadas con Dios, que han renunciado amarle, que se han negado a pertenecer a Su Iglesia... y cuyo destino final es el Infierno.   

               Es Dogma de Fe Católica que los que mueren en pecado mortal, nunca han de ir al Cielo, sino que inmediatamente después de la muerte se precipitarán en el Infierno, por toda la eternidad, sin remedio alguno; igualmente, los que niegan esta Verdad, se apartan de Cristo y de Su Iglesia para vivir en la mentira y con un final incierto para su alma.

               El Infierno es un lugar de tormentos espantosos donde los condenados se ven privados de la visión de Dios y sufren, con los demonios, suplicios horribles que nunca jamás acabarán. Las penas del Infierno no se pueden comparar con las del Santo Purgatorio, donde no se pierde la esperanza; las almas condenadas en el Infierno no tienen la esperanza de salir de allí, jamás, pues su castigo será continuo e irremediablemente sin atenuación alguna. 




EL INFIERNO ES ETERNO 


               La Fe lo proclama, y Jesucristo Nuestro Señor lo asegura en más de quince pasajes del Evangelio entre los cuales bastará citar la sentencia que pronunciará en contra de los condenados: "Aparatos de Mí, malditos, id al fuego eterno" (Evangelio de San Mateo, cap. 25, vers. 41) y también "Nunca os conocí, apartaos de Mí, obradores de iniquidad" (Evangelio de San Mateo, cap. 7, vers. 23).

               Todas las objeciones contra el Infierno y su eternidad se estrellan contra la Palabra del Evangelio; tales objeciones proceden más de gente impía o de mal vivir; personas que, por lo mismo, están muy interesadas en que no haya Infierno.


LAS ALMAS DE LOS CONDENADOS
NUNCA VERÁN A DIOS


                  LAS ALMAS CONDENADAS AL INFIERNO SUFREN ETERNAMENTE dos penas: la PENA DE DAÑO, que consiste en la separación de Dios durante toda la eternidad; y la PENA DE SENTIDO, que consiste en estar sumergido en un fuego devorador que nunca se ha de apagar. En las palabras que Jesucristo ha de pronunciar en el Juicio Final viene indicada la doble pena del Infierno: "Apartaos de Mí, malditos", he aquí la pena de daño; "Id al fuego eterno", he aquí la pena de sentido.

              1- PENA DE DAÑO: Si el condenado pudiera, como en este mundo, estar separado de Dios sin sufrir por esta separación, su desgracia no sería tan dura; pero no es así: perdió a su Dios, a su Creador, a su Padre y a su Bienhechor en el tiempo, y había de ser su fin supremo y su dicha en la eternidad; y al perderlo, comprende su desventura, pues con las luces que tiene, conoce mucho mejor las perfecciones de Dios: su arrebatadora hermosura, su bondad inefable, sus riquezas incomparables, etc. Así como el hierro es atraído por el imán, el condenado es atraído por la Divinidad; pero el pecado es como una barrera infranqueable entre Dios y él. ¡Que suplicio, que desesperación! La estricta aplicación de la Justicia vengadora del Soberano Juez ha reemplazado a los amorosos llamamientos de la Divina Misericordia; y este conflicto de deseo y odio, de atracción y de repulsión, y sobre todo ese alejamiento definitivo y eterno de Dios, constituye la pena de daño.

            2- PENA DE SENTIDO: Esta pena es universal, de una violencia inconcebible, de una continuidad desesperante, dado que nunca ha de cesar, ni disminuir en su intensidad. "Arderán los condenados en un fuego inextinguible, en medio de las tinieblas, donde no habrá sino llanto y crujir de dientes" (Evangelio de San Mateo, cap. 22. vers. 13).

               Irán ahí todos los que mueran en pecado mortal. El momento de la muerte es decisivo. El alma permanece eternamente en el estado en que se halla en ese instante supremo: por consiguiente, si está en pecado mortal, va inmediatamente al Infierno y comienza su desgraciada eternidad (una muerte eterna).

               Las almas condenadas en el Infierno están fuera del alcance de nuestras oraciones: ya no se encuentran en esta Comunión de los Santos; por ellas no hay nada que hacer pues están eternamente separadas de Dios.



PARA EVITAR EL INFIERNO

               Debemos preservarnos del pecado y practicar la virtud, para lo cual es indispensable ser devoto e imitador de Nuestra Señora la Virgen María; este es el gran secreto para conservar la paz del alma durante la vida, y para alentarse en los momentos supremos y angustiosos de la muerte, con inmortales esperanzas y consuelos suavísimos. Acordaos, además, a menudo de los siguientes avisos de San Agustín:

          1- En vez de empeñarnos en evitar una muerte prematura, hagamos cuanto esté de nuestra parte para evitar el pecado que es causa de la muerte eterna.

          2- Aquél que carece de tiempo para pensar en la eternidad, tendrá en la eternidad tiempo sobrado para arrepentirse de ello.




lunes, 31 de agosto de 2020

SANTO DOMINGUITO DEL VAL, Mártir de los deicidas




               Domingo del Val nació en Zaragoza en 1243, era hijo de los infanzones Sancho del Val, notario de la ciudad, e Isabel Sancho. Piadoso monaguillo, asistía a diario a los cultos además de participar con otro niños en el coro de la Catedral de La Seo (Zaragoza, España).

               El Miércoles 31 de Agosto de 1250, pasaba por las estrechas calles del barrio judío de Zaragoza, cuando, de repente, Mosé Albayucet, un usurero judío según cuentan las antiguas versiones, se abalanzó sobre él y le raptó para llevarle a casa de uno de los rabinos principales de la ciudad. Allí le dijeron: «Querido niño, no queremos hacerte mal ningún, pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo». «Eso nunca. Es mi Dios. No, no y mil veces no», respondió con firmeza Dominguito. «Acabemos pronto», apremiaron los judíos mientras acercaban una escalera, un martillo y unos clavos para crucificar al niño, además de colocarle una corona de zarzas sobre su rubia cabellera, para que el parecido con Jesús fuera mayor. 

               Tras el crimen del inocente niño, los judíos procuraron hacer desaparecer el cuerpo. Le cortaron la cabeza y los pies, que lanzaron al pozo que tenían en la casa, mientras que el resto del cuerpo lo enterraron en la orilla del Ebro, muy cerca del actual pozo de San Lázaro junto al Puente de Piedra. Mientras, la ciudad se volcaba buscando al niño desaparecido, hasta que un día, dos pescadores que estaban en el río, vieron cómo un fuerte rayo de sol descendía de los cielos y comenzó a iluminar un punto concreto de la orilla. Los pescadores acudieron allí y empezaron a cavar hasta que encontraron los restos de Domingo. Se revelaba el misterio de qué había sido del niño, siendo una señal divina la que mostró dónde se encontraba su cuerpo. 

               Sin embargo, el milagro no se terminó ahí. De nuevo la intercesión celestial hizo que las aguas del río Ebro crecieran de forma anormal para aquella época del año y los pozos de las casas de la ciudad comenzaron a rezumar agua y a desbordarse, con lo que los pies y cabeza del niño salieron del pozo de la casa judía a la que fueron lanzados. Por fin se esclarecía el misterio y toda la ciudad vio que los responsables habían sido los judíos.

               Domingo de Val fue canonizado el 9 de Julio de 1808 por el Papa Pío VII, y declarado Patrón de los Infanticos (niños cantores de la Catedral de Zaragoza) y sus restos fueron enterrados en la misma Catedral donde acolitaba, en una magnífica capilla dedicada a él. 



sábado, 31 de agosto de 2019

SANTO DOMINGO DEL VAL, el niño martirizado por los judíos


«Y porque oímos decir que, en algunos lugares,
 los judíos hicieron y hacen el día del Viernes Santo
 remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio,
 hurtando los niños y poniéndolos en la cruz, o haciendo imágenes de cera
 y crucificándolas cuando no pueden conseguir niños.»

Rey Alfonso X el Sabio




               Se llamaba Domingo de Val, y era un niño de apenas siete años que pertenecía al coro de la Catedral de La Seo (Zaragoza, España), hijo de los infanzones Sancho del Val, notario de la ciudad, e Isabel Sancho. Piadoso monaguillo, asistía a diario a los cultos además de participar con otro niños en el coro.

               Cuenta la historia que el 31 de Agosto de 1250, cuando iba Dominguito de camino de la Catedral a su casa, fue engañado por un judío llamado Albayuceto quien lo condujo hacia la judería de la ciudad. Una vez llegados a una casa, un grupo de otros judíos les estaban esperando y comenzaron a torturar al pobre Domingo, al que clavaron en una cruz y le infringieron heridas hasta causarle la muerte.

              Tras el crimen del inocente niño, los judíos procuraron hacer desaparecer el cuerpo. Le cortaron la cabeza y los pies, que lanzaron al pozo que tenían en la casa, mientras que el resto del cuerpo lo enterraron en la orilla del Ebro, muy cerca del actual pozo de San Lázaro junto al Puente de Piedra. Mientras, la ciudad se volvía loca buscando al niño desaparecido hasta que un día dos pescadores que estaban en el río vieron cómo un fuerte rayo de sol descendía de los cielos y comenzó a iluminar un punto concreto de la orilla. Los pescadores acudieron allí y empezaron a cavar hasta que encontraron los restos de Domingo. Se revelaba el misterio de qué había sido del niño, siendo una señal divina la que mostró dónde se encontraba su cuerpo. 




                Sin embargo, el milagro no se terminó ahí. De nuevo la intercesión celestial hizo que las aguas del río Ebro crecieran de forma anormal para aquella época del año y los pozos de las casas de la ciudad comenzaron a rezumar agua y a desbordarse, con lo que los pies y cabeza del niño salieron del pozo de la casa judía a la que fueron lanzados. Por fin se esclarecía el misterio y toda la ciudad vio que los responsables habían sido los judíos.




               Domingo de Val fue canonizado el 9 de Julio de 1808 por el Papa Pío VII, siendo hoy en día Patrón de los infanticos (niños cantores de la Catedral de Zaragoza) y sus restos fueron enterrados en la misma Catedral donde acolitaba, en una magnífica capilla dedicada a él.