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jueves, 7 de noviembre de 2024

PRIMER JUEVES. EL CAUTIVO DEL AMOR, por el Padre Mateo Crawley- Boevey

 


               ¿Habéis pensado alguna vez en esta frase, insondable en el Misterio de Caridad que entraña: "Jesús cautivo, Jesús encarcelado por amor en el Sagrario?".

               Miradle a través de esa reja, tras los muros del Tabernáculo, está Jesús prisionero, vencido por Su propio Corazón... Así, hace veinte siglos, el Jueves Santo, por la noche, se dejó conducir maniatado, del Huerto de la agonía, a la prisión en que le arrojó el inicuo juez...Y esa noche afrentosa, horrenda en soledad y desamparo del Maestro, y lejos, muy lejos de todos los que Él amaba, se prolongaba en todos los Sagrarios de la tierra...

               La blasfemia, la negación, la indiferencia, la impureza, la soberbia, el sacrilegio... todo ese clamoreo deicida, todo ese torrente de fango y de ignominia tiene el triste privilegio de llegar hasta sus plantas, de subir hasta Su Rostro y profanarlo como el beso del traidor...

               ¡Y Jesucristo no se va!... ¡Es el Cautivo del Amor, Su Corazón Le ha traicionado! ¡Está ahí, envuelto en el ultraje humano...; está ahí, sentado en el banquillo de reos...; tiene un gran delito: haber amado con pasión de Dios, al hombre!...¡Vedlo, así le paga éste...con olvido y soledad!..

               El Apostolado interior es ya muy grande, pero hay una nota todavía más divina. El amor se paga con sangre: la sangre de los Mártires es semilla de Cristianos. Predicad el Amor en el sufrimiento; sed Apóstoles: tenéis el deber de sufrir para hacer amar al Amor que no es amado; debéis predicarle con la Cruz en un Martirio de Amor. No es posible hacer de otro modo. La nota dominante del Apostolado es la Cruz...


Padre Mateo Crawley- Boevey



jueves, 6 de junio de 2024

OS LLAMA A GRANDES VOCES DESDE EL SAGRARIO

  

               ¿Hemos penetrado alguna vez por nuestra meditación en el significado profundo de la hermosísima Fiesta de Epifanía?…

               ¡Oh, qué cuadro embelesador aquél; en una cuna pajiza tirita de frío el Rey de los Cielos…, sostenido en los brazos de María, el más rico de Sus tronos, sonríe dulcísimo y bendice amabilísimo, Aquél, cuyos dominios comprenden el Universo!

               Se acercan ya los Reyes Magos… Han hecho una larga travesía, han salvado enormes distancias, pues vienen a cumplir con un deber imperioso: quieren reconocer de rodillas al gran Libertador, al Rey de reyes, al Conquistador, tanto tiempo esperado, de las almas, de las sociedades y de los pueblos, en la persona del Divino Infante…

               Antes que los Magos del Oriente, ya el Cielo mismo había aclamado con cantares de victoria la realeza de victoria de ese Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre… Y después de los ángeles, los dichosos pastores habían acudido a su vez para presentarle el homenaje por excelencia, el de su amor, besando con ternura sus pies divinos y estrechándolo sobre sus pechos con sencillo abandono….

               No falta, pues, sino un trono, más regio por cierto que esa cuna miserable…, y también una púrpura, más espléndida aún que el manto de la Virgen-Madre…



               Vedlo ya en su verdadero trono, por Él mismo elegido: ¡la Cruz!

               Contempladlo, realzada ahí Su hermosura celestial, levantado así por encima de todas las potestades de Cielos y de tierra… ¡Qué hermoso, qué dominador, qué dulce este Rey, cubierto con la púrpura escarlata de Su Sangre Preciosísima!…

                No falta ahora sino la reproducción indispensable de una Nueva Epifanía; aquella en que las almas y las naciones, herencia que Su Padre le ha confiado, vengan a postrarse ante Su Altar, y reconociendo Su Realeza Divina, se sometan a Su Imperio de Luz, de Paz, de Misericordia y de Amor…

               Pero ¡qué!… Su Reinado ha comenzado ya hace veinte siglos y Su Victoria se ha extendido desde entonces como un piélago de luz esplendorosa y profunda… que ha penetrado la humanidad regenerada, y la ha informado de un alma nueva, de una hermosura divina… Esa Victoria la va acentuando de día en día el Pentecostés permanente de la Iglesia, a medida que ésta arraiga en la tierra la Soberanía del Señor Crucificado…

               Pero he aquí que un acontecimiento sobrenatural viene dando, desde hace cosa de tres siglos, un impulso decisivo al carro victorioso del Rey de Amor… Un Pentecostés de fuego se ha levantado… parte de Paray-le-Monial y parece envolver ya y abrasar el mundo, transformando las almas y las sociedades… reanimando a los apóstoles…, confirmando las esperanzas y enardeciendo los anhelos de la Iglesia…

               ¡Oh, qué hermoso grito de Victoria y de Amor aquél que llena ya los ámbitos de la tierra, del uno al otro polo, grito de júbilo y plegaria de esperanza que dice: “Corazón Divino de Jesús, venga a nos Tu Reino!”.

               Ya viene, ¡oh, sí!, se acerca triunfante el Rey de Amor… Mirad cómo ostenta sobre el pecho, enardecido por la Caridad, Su Corazón Divino como un Sol que siembra incendios en su carrera… Ved cómo avanza bendiciendo con dulzura… Ved cómo atrae, cómo llama con un gesto de ternura imperiosa, irresistible…

               Y si dudáramos todavía que la hora de un Triunfo Divino parece acercarse, oíd trémulos de santa emoción, una palabra de Jesús, armonía que hace saltar de júbilo a Sus Apóstoles y amigos, a la vez que provoca el espanto entre los secuaces del Infierno…

               Jesús ha hablado, el Señor lo ha dicho, el Rey Divino lo ha afirmado: “¡Yo quiero reinar por Mi Sagrado Corazón y reinaré!…”. Transportados de gozo, respondamos nosotros esta tarde, en nombre de nuestros hogares, en nombre de nuestra Patria, y haciendo eco a la voz de la Iglesia: “¡Hosanna al Hijo de María, al Rey de Amor!…”.

                Tú, Maestro adorable, que lees en el fondo de nuestras almas, sabes con qué lealtad y con cuánto ardor no sólo Te amamos, sino que queremos a nuestra vez verte amado, extendiendo Tu Reinado en las almas y en la sociedad… Te lo decimos, Jesús, con el corazón en los labios.

               Con este fin, Señor, Te hemos pedido esta cita; con este único objeto nos hemos congregado ante este Trono de Gracia y de Misericordia… Venimos, pues, a recabar las órdenes para el combate, resueltos como estamos a darlo todo, a sacrificarlo todo, con tal de entronizarte victorioso, preparando y precipitando la hora de Tu Reinado de Amor…

                ¡Ah! La victoria será ciertamente nuestra; pues Tú, el Omnipotente, eres nuestro Prisionero…, más cautivo aún, si cabe, de Tus amigos, que no lo fuiste en Getsemaní, de Tus verdugos… Pero esta vez, Jesús amado no querrás, por cierto, renovar el milagro con que hace siglos escapaste de las manos de veleidosos entusiastas e interesados que, en beneficio propio, Te querían proclamar su Rey… No así en esta Hora Santa, en la que Tus servidores leales y Tus Apóstoles abnegados Te aclaman Rey para Tu propia Gloria… ¡No romperás, pues, las cadenas de amor, Tú, el Cautivo del Amor!… Tu Gloria que es la única nuestra… y Tus intereses, nuestros solos intereses, Te lo exigen, Dios de Caridad… Manda, reina e impera aquí como Rey; díctanos Tu Voluntad, ya que son tantos los que de palabra y de obra niegan Tu soberanía y Tus derechos…

               Algo y mucho hemos aprendido, ciertamente, por Tu confidente y nuestra hermana Margarita María… Pero, ¿no querrás Tú mismo, Señor, mostrarnos… no fuera sino un destello de aquel Sol de Tu Corazón, que le revelaste a ella?… Tenemos hambre de conocerte mejor, de amarte y de hacerte amar… Danos, pues, si no todo el banquete de Paray-le-Monial, que no merecemos… ¡oh!… danos siquiera una migaja sabrosa, empapada en el cáliz de Tu Corazón…, y que nos revele Sus designios… Sus misericordias y ternuras… 

               Jesús… que porque eres Rey de Amor, eres espléndido como no lo fue jamás rey alguno de la tierra… Y ahora queremos oírte… Háblanos, Jesús…

(Mucho recogimiento y silencio)

               Voz de Jesús:

               “Quid dicunt de Me?” “¿Qué dicen de Mí?”…  (Evangelio de San Mateo, cap. 16, vers. 13) ¿Qué opinan los hombres de vuestro Maestro, hijos del alma?…

               ¿Pensáis que creen de veras en Mi Verdad y en Mi Justicia? ¿Pensáis que creen, sobre todo, en Mi Amor; que creen en él con fe inmensa?… Porque debéis saber, ante todo, amigos y apóstoles de Mi Sagrado Corazón, que el primer reinado que quiero establecer es un reinado íntimo en la conquista de vuestros corazones… Sí, ahí… donde sólo Yo puedo penetrar…, ahí quiero, ante todo, echar los fundamentos sólidos de Mi Soberanía Divina…

               Vuestro interior, ese debe ser Mi Reino por excelencia… Reino todo él de Luz, de claridad inefable, puesto que Yo Soy la Luz bajada a la tierra…, a fin de que todo aquél que cree en Mí no ande en tinieblas…

(Lento y marcado)

                Los hombres creen candorosa y firmemente en la sabiduría de los sabios y en la sinceridad de infelices intrigantes…

               Creen en la amistad deleznable de las criaturas y en la lealtad del corazón humano…

              Creen en las promesas y en las adulaciones engañosas e interesadas de los grandes…

               Sí, creen fácilmente en la nobleza moral, en la rectitud y en la bondad de los hombres; siendo así que día a día sufren sorpresas y decepciones matadoras… Cosa extraña, sangra todavía la herida abierta por la deslealtad humana, y en esa misma llaga, todavía fresca, reflorece, como por encanto, la fe, la confianza en otra criatura… ¡Así no creéis en Mí, vuestro Jesús!

               ¡Ah, qué proceder tan distinto observa el hombre Conmigo, su Señor!… Yo, que Me dejé herir para evitaros tantas heridas mortales… Yo, que Soy el único Amigo fiel y fidelísimo… Yo, que Soy la Verdad que no miente y la Sabiduría que no engaña… Yo, el Amor Infinito de un Dios que jamás olvida… sí, Yo, que consentí en ser clavado a un patíbulo para aguardar en los umbrales de un Paraíso al verdugo arrepentido…, ¡sólo Yo no encuentro aquella gran fe que debiera reconocerme como al Señor de las inteligencias y como al único Legislador de las conciencias!

               Y, sin embargo, sólo Yo Soy y Seré, a través de los siglos, la Luz indefectible, la única Luz de los mortales…

               ¡Ah!… Si supierais cuánto anhelo obtener esta Victoria de Luz Divina, de inmensa luz en vuestras almas, pobres de fe… ¡Oh, dadme esa Victoria; ella no depende sino de vosotros! ¿Por qué motivos clarean tanto a veces las filas de aquellos que vienen con hambre de amor en busca Mía al comulgatorio?… ¡Ah!… Yo los quisiera mil veces más numerosos; pero la falta de fe viva los aleja de Mi Sacrosanta Eucaristía…

               ¡Oh dolor!… La ignominia y también un respeto mal entendido, detienen a tantos por falta de fe en el camino que los llevará a Mi Corazón…

               ¡Pobrecillos!… Sufren de sed y no vienen al manantial de aguas vivas, que Soy Yo… ¡Qué distinto sería, hijitos Míos, si creyerais con fe ardiente en Mi Amor!… ¡Ah! Entonces aquel temor infundado que agosta y esteriliza vuestro afecto y que lastima Mi Divino Corazón, no sería capaz de deteneros cuando oís que os llamo….

               ¡Aumentad la luz del alma; creced en fe, amigos Míos!… Si supierais quién es Aquel que os aguarda en este Altar… Quien Aquel que os llama a grandes voces desde el Sagrario… ¡Oh, qué de secretos íntimos os revelaría, con qué fuerza de Caridad abrasaría y transfiguraría vuestras almas pobrecitas, si os dejarais iluminar, arrastrar y penetrar por las claridades de una fe ardiente!… ¿Queréis embriagaros de Mi hermosura?… ¿Deseáis embelesaros en las magnificencias de Mi Amor y de Mi Misericordia?

               Dejadme, entonces, saturar de Luz Divina vuestras almas… Creed, ¡oh!, creed en Mí… Sí, creed en Mí, vosotros los hijos de Mi Sagrado Corazón; pero no con una fe cualquiera; creed con una fe ardorosa… Creed, sobre todo, en el Amor de Mi adorable Corazón…

               Y si de veras deseáis, como me lo decís, que Yo me establezca como Soberano en vuestras almas con una victoria de intimidad… pedidme, ante todo, que aumente el don de vuestra fe…


          (Si de esta Hora Santa no sacáramos más provecho práctico que el de renovar nuestra fe tan lánguida, habríamos dado un gran paso para Gloria del Sagrado Corazón… No olvidemos que uno de los mayores males de la época actual, no es tanto la incredulidad de los infelices negadores, cuanto la fe anémica, tímida, de los amigos del Señor… Pidamos esta gracia incomparable de una gran fe al Sagrado Corazón).


Extracto de "La Hora Santa" del mes de Junio, del Padre Mateo Crawley-Boevey 



jueves, 27 de octubre de 2022

JESÚS REY DE AMOR, por el Padre Mateo Crawley-Boevey. Parte V

  


               He aquí al efecto una bellísima historia o leyenda sobre un Crucifijo milagroso. Llora, confesándose a sus pies, un gran pecador que se encuentra sinceramente arrepentido... Eran tantos sus pecados, que el Confesor vacila un momento en darle la absolución. Mas, vencido por las lágrimas, "Yo te absuelvo —le dice—, ¡pero cuidado con recaer!» 

               Al cabo de bastante tiempo regresa el penitente. —He luchado con denuedo, pero... he tenido un momento de vértigo, de flaqueza, he recaído... Confundido, retorna en el acto a reconciliarse con Dios. —No —le dice el confesor—, ¡esta vez no puedo absolverte! —Pero, Padre, ¡téngame piedad!, piense que soy apenas un. convaleciente de grave y larga enfermedad..., ¡piedad, soy sincero! A duras penas, y después de severas recriminaciones, volvió a darle la absolución. 

                El penitente estaba de veras arrepentido, pero el hábito de tantos años de pecado, la naturaleza toda resentida, envenenada por el vicio, dan por tierra una tercera vez con sus propósitos, después de largo tiempo de perseverancia... Acude con sencillez y confianza al confesor, pues quiere rehabilitarse. —¡No! —le dice el Confesor—. ¡Esta vez sí que no! ¡No estás arrepentido, no te doy la absolución! En vano llora, suplica, argumenta de rodillas el pobre enfermo: «Soy débil, no malo... —dice—; quiero ser fiel, lo prometo...; pero, cabalmente, para serlo, necesito el perdón que reclamo.» —No puedo —dice el Sacerdote, y se levanta para irse, procurando desasirse del penitente, que le detiene con ambas manos. En este momento se oye un gemido de inmenso amor y de inmensa compasión... 




               Los dos levantan al mismo tiempo los ojos y ¿qué ven?... El pecho del Crucifijo, henchido por un sollozo de emoción, los ojos llenos de lágrimas y más...!oh, prodigio!, la mano derecha desclavada. Y luego oyen su voz suavísima, que dice entre sollozos, al trazar la cruz: «¡Yo sí que te perdono, me costaste Mi Sangre!» No me detengo a averiguar si el hecho es histórico o legendario, ello me importa poco. El Señor es dulce y bueno, es compasivo y tierno, es misericordioso en grado... que no imaginamos, «¡porque a ese Jesús le costamos su Sangre!» Atrás, pues, atrás con las aberraciones del jansenismo, gas asfixiante, deletéreo que, a pesar de los anatemas, sigue haciendo estragos en casas religiosas y entre las almas más puras y delicadas. 

               Recordadlo siempre: el gran respeto es el grande amor; pero el amor, cuando es hondo y grande, trae siempre consigo inmensa confianza. Vivimos bajo el imperio de la ley de gracia, pues por felicidad inmerecida; por favor del Cielo no somos judíos de espíritu..., hemos nacido del lado de acá del Calvario. La falta de confianza es una gran ingratitud, y es una gran falta de sencillez y de abandono. Sed más niños con vuestro Padre que está en los Cielos... Reconoced vuestros defectos, sí, mas no os dejéis sofocar y desanimar por ellos; antes bien, haced como el Señor, sacad partido de la enfermedad y de la miseria, para su Gloria y vuestro bien. ¿Qué Santo hubo, con excepción de la Inmaculada, que no tuviera defectos? Arrojadlos en el brasero del Corazón de Jesús... y quemaos vosotros tras ellos.



jueves, 20 de octubre de 2022

JESÚS REY DE AMOR, por el Padre Mateo Crawley-Boevey. Parte IV

 

Jesús Rey de Amor 
un tiempo de intimidad con el Corazón 
que lo ha dado todo por nosotros




Aprended lo que significa: 
Misericordia quiero, y no sacrificio. 
Porque no he venido a llamar a justos, 
sino a pecadores, al arrepentimiento.

Evangelio de San Mateo, cap. 9, vers.13



               Leyendo con detención el Evangelio, se llega a creer que Jesús vivía hambriento de las misericordias humanas... Leamos meditando las páginas relativas al Buen Pastor y al Samaritano, las escenas de Magdalena y la mujer adúltera, las comidas con los publicanos, y dondequiera encontramos las palpitaciones violentas del Corazón Misericordioso de Jesús. Y esos publicanos no fueron, siguen siendo, somos nosotros, y Jesús se afana en buscarnos, cabalmente porque somos publicanos. 

               Comprendamos, pues, una vez por todas, que la única manera de pagar al Médico divino es, darle el corazón, henchido de confianza. ¡Jamás la tendremos bastante grande, decía Teresita, jamás!. Cuántos han hecho del Corazón de Jesús una novedad y una devocioncilla poética, nacida en Paray-le-Monial. No, esto no es verdad. Yo encuentro el Corazón de Jesús auténtico entero, maravilloso, sustancia doctrinal, Vida y Misericordia, Centro de corazones, en el Evangelio. Creo, por supuesto, en las grandes revelaciones hechas a Santa Margarita María, pero cabalmente, lo que más me conmueven en ellas, y lo que más me convence (después de la Autoridad de la Iglesia), es el encontrar tan perfectamente concordes el Evangelio y los manuscritos de Margarita María. 

               Pero ni ésta ni nadie me es indispensable para conocer aquel Corazón que se nos reveló en forma estupenda en Belén, en Nazaret, en el Calvario, y que sigue revelándoseme en el Sagrario. Paray ha arrojado, ¡oh, sí!, una luz, una gran luz, y es de veras una revelación, y las peticiones y promesas son un marco divino que dan relieve a la Doctrina. Pero ésta se encuentra en cada línea del Evangelio, ésta es la suprema y definitiva revelación del Corazón de Jesús. 

               El hecho de Paray reviste más bien otra importancia, capital por cierto. El Salvador regresa a esa tierra santa para condenar, con la afirmación de lo que había dicho ya en Palestina, la herejía horrenda, fatídica del jansenismo. En resumen: lo dicho por Jesús en Paray se condensa en esta frase: "Creed en Mi Amor, no temáis, Soy Jesús...; amadme, dándome el corazón, y hacedme amar, porque Soy Jesús". 

                Esto no era ninguna novedad, pero en los labios de Jesús y después en la pluma de la Iglesia, constituía el anatema de muerte contra el hipócrita jansenismo, herejía de esa época. Como los fariseos de Jerusalén, estos otros, no menos repugnantes y venenosos, no aceptaban que un Maestro en Israel, que un enviado del Altísimo, que un nuevo Profeta de buena ley, manifestase, como lo hacía Jesús, esas preferencias, esas flaquezas de ternura por los que ellos desdeñaban como la escoria moral. Y cabalmente, Jesús venía a recoger, con manos divinas, "esa escoria" para convertirla en tesoros de gloria eterna, enviado por el Padre para salvar. 

              ¡Qué hermoso y elocuente escándalo éste, que las criaturas y los que se llaman justos y conductores de almas, y conocedores de las Escrituras, no conciban un Dios, un Jesús que, siendo quien es, coma y converse con pecadores y que, por ellos, haya dejado a los Ángeles! 

               Jansenistas fueron ya, desde entonces, esa turba de fariseos soberbios e hipócritas..., y fariseos son todavía los mismos orgullosos, los 'mismos sepulcros blanqueados que no aceptan como auténtica y divina la Doctrina del Corazón de Jesús: "Quiero Misericordia", Misericordiam volo (Evangelio de San Mateo, cap.9, vers. 13). 

               Con qué vehemencia del alma maldigo ese jansenismo, que parece haberse cebado especialmente en las almas más ricas y generosas, herejía que, como un vampiro, les ha sorbido la sangre de nobleza y de generosidad, les ha disecado el corazón, los ha paralizado, convirtiendo en momias de terror y de aparente austeridad almas gigantes, que si hubieran amado, si hubieran desplegado las alas, si hubieran tenido por horizonte, más que sus miserias a Jesús, y mucho más que la obsesión del Infierno, el Amor, hubieran sido maravillas de Santidad. 

               ¡Oh!, jansenismo malvado, infecto, que se atrevió a convertir al Señor de toda Caridad y Misericordia en un Moloch feroz, en un Júpiter tonante, cruel y espantable. ¡Cuántas y cuántas víctimas de ese sistema sin luz, sin esperanza, sin amor he encontrado en mi camino! Pero, a Dios gracias, esos miasmas parecen ceder, después de un combate rudo, y hoy a la escuela jansenista, sin entrañas, sin piedad, sin Eucaristía, sucede ya, en el gobierno de las almas, la Escuela del Corazón de Jesús, radiante de hermosura, rica de Doctrina, entusiasta de Eucaristía, saturada de confianza evangélica. ¡Estamos ahora haciendo temblar, sí, pero de inmenso amor!. ¡Ah! No olvidaré jamás lo que me decía un jansenista, gran abogado, y que se creía un católico perfecto: "¡No me hable, Padre, de misericordia...; lo que es yo, pido y quiero que se me haga justicia a secas!" Infeliz de él. Si el Sagrado Corazón no hubiera sido mil veces más compasivo que riguroso, ya sabría a estas horas lo que es justicia inexorable, eterna. ¡Pero Jesús se venga... a lo Jesús! Y el tal jansenista murió abrazando con pasión de amor una imagen del Sagrado Corazón y pidiendo misericordia. ¿No se parece este estilo al de los Apóstoles, antes de ser instruidos y educados, cuando decían: "Señor, ¿queréis que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore?" (Evangelio de San Lucas, cap. 9, vers. 54). Todavía no habían ellos penetrado en el espíritu y en el Corazón del Maestro... Cuando el Espíritu Santo les abrió los ojos, y se dilataron sus almas, repararon dicha exclamación, mandando bajar fuego de Caridad para incendiar almas y pueblos en el amor de Jesucristo; ése fue su apostolado. 

               Los hay de aquellos para quienes se diría que no hay sino un solo atributo en Dios: el de una justicia siempre tremenda. Evidentemente, Dios, porque es Dios, ha de ser infinitamente justo... Pero precisamente porque lo es debe ser, mientras recorremos este camino escabroso de viadores, y conociendo el barro de que nos formó, mucho más bueno que riguroso, mucho más Salvador y Padre que Juez inexorable. Él vino, se ha quedado en la Eucaristía y en la Iglesia para salvar... Nosotros lo forzamos, por desgracia, a condenar, lo obligamos a ser Juez severísimo. Si no hubiese sino justicia, o si hubiese más justicia que misericordia, o... si hubiese tanta justicia como misericordia, en el gobierno providencial de las almas, ¿para qué, entonces, el Confesonario, el Sacerdocio, la Eucaristía y todo el sistema, mil y mil veces prodigioso, de Redención Misericordiosa?.

               Para quien tenga un poquitín la experiencia de las almas, la aplicación práctica y diaria de ese sistema redentor constituye el milagro de los milagros y milagro permanente. Cabalmente porque es justo, el Señor debe ser mucho más Padre y Madre que no Juez tremendo; cabalmente porque sabe quién soy, porque sabe dónde termina mi malicia y dónde comienza mi debilidad y mi ignorancia. De ahí lo que decía Teresita: "Yo me confío tanto a la Justicia de Dios, y espero tanto de ella como de su Misericordia". Y esto es eminentemente teológico. 

               Yo creo tanto más en la misericordia que predico cuanto creo más firmemente en la Justicia y equidad del Rey de la gloria. Porque justicia no quiere decir siempre, ni menos exclusivamente, (rigor y castigo), sino equidad. Es decir, que Dios, porque es justo,  debe darme a veces ternura y compasión, y otras castigo. Pero de hecho, por aquel orden establecido por un Dios Crucificado, Él es en este destierro mucho más Padre y compasivo que Juez inclemente. ¿Queréis una prueba sencilla y elocuente de esto? Si el lector de estas líneas ha cometido, supongo, un solo pecado mortal en su vida —y si acá abajo Dios fuera inexorablemente severo y riguroso—, ¿por qué esa alma no está ya en el Infierno, tan justamente merecido?... ¿Por qué está todavía saboreando el pan de miel, el pan de fortaleza de esta doctrina salvadora, por qué? 

               ¡Ah! Otra cosa será cuando, cerrando los ojos, caigamos del otro lado de la ribera eterna, ante el Tribunal Supremo... Allá arriba, consumada la obra de misericordia, se nos hará justicia a secas; pero entre tanto, "cuanto más abundó el pecado, tanto más ha sobreabundado la gracia y la misericordia".  (San Pablo a los Romanos, cap. 5, vers. 20)



jueves, 22 de septiembre de 2022

JESÚS REY DE AMOR, por el Padre Mateo Crawley-Boevey. Parte II

  

Jesús Rey de Amor 
un tiempo de intimidad con el Corazón 
que lo ha dado todo por nosotros



"Yo no quiero la muerte del pecador, 
sino que se convierta y viva" 

Profeta Ezequiel, cap. 33, vers. 11


               Notad para vuestro consuelo que el amor con que Jesús os ama no es enteramente el mismo amor con que ama a su Madre, toda Ella pura, santa, perfecta, inmaculada, única. Ésta es, diríamos, un amor aparte. Ni es tampoco el amor con que ama a sus ángeles, espíritus perfectos, siempre fieles, purísimos. Recordad que el Verbo los dejó a ellos, los noventa y nueve fidelísimos, por... la ovejita descarriada que eres tú, quien estás leyendo esto. Y más todavía: el amor de que te estoy hablando no es en cierto sentido aquel con que amó al grupito de almas de nieve y de fuego, almas-lirios, criaturas privilegiadas, que han sido y serán siempre en la Iglesia el oasis del Corazón de Jesús, el «rebañito pequeño» que le sigue, cantando un cántico que ningún otro podrá cantar.... 

               Estas almas, preciosas por su fidelidad heroica y constante, por su pureza sin tacha, merecieron las caricias del Rey de Amor. En tanto que el amor con que ama y colma a la inmensa mayoría de pecadores, miserables e ingratos, es el Amor Misericordioso, o sea el de una condescendencia infinita. Es el Verbo, Dios-Salvador, que bajó al lodazal para convertir el fango en estrellas, con tal que el fango se humille y crea en la misericordia del Señor. 

               Ya comprendéis por qué hemos establecido las diferencias anteriores, pues era preciso poner de relieve lo que Teresita llama el Amor-Misericordioso de Jesús, y hacéroslo apreciar, en cuanto sea posible, en su valor exacto. 

              Una cosa es, en efecto, el amor, que con dardo de fuego dora y diviniza la nieve, y otra el amor que con torrentes de sangre purifica y realza la bajeza del fango. ¿En qué y cuándo merecimos esta condescendencia del Amor Misericordioso? ¡Jamás! Hemos pecado, hemos obrado la iniquidad, hemos crucificado y muerto, con más culpabilidad que los verdugos, al Señor de la vida... ¡Todos pusimos en El nuestras manos, tintas en su Sangre, todos! Y El nos tiende los brazos, nos ofrece su perdón, su amistad, su Corazón. ¿No es esto el colmo de colmos, la locura de locuras del amor de un Dios? 

               Por esto es inconcebible el pecado de temor, de desconfianza, iba a decir es casi... imperdonable. ¿Es posible que su Corazón busque con afán el nuestro —los dos abismos que se atraen— y que nosotros, hundidos en el nuestro de miseria moral, nos neguemos, por falta de confianza, a dar entrada a Aquel que quiere y pide y ruega el colmar nuestro abismo de muerte con su Corazón, abismo de perdón y vida? 

               A sus instancias contestamos con el argumento manoseado de indignidad y de respeto, como si Él no lo supiera al brindar el tesoro (le sus ternuras..., como si Él fuera el monopolio de los justos, o de los que creyesen merecedores de sus gracias... Se diría que estos tales pretenden enmendarle la plana a un Dios que parece exagerar al querer confundir su vida inmortal con la nuestra. De ahí que, cuando Él avanza, esas almas retroceden; cuando Él dice: «Venid todos», ellos parecen repetir lo que el endemoniado del Evangelio: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, ¡oh Jesús, Hijo de Dios?... Has venido con el fin de atormentarnos». ¡Y los infelices huyen!... ¡Ah! Olvidan estos tales que entre el Padre Justiciero y nosotros los rebeldes se ha interpuesto como puente de esperanza, por el cual llegaremos los culpables perdonados hasta el Padre de Clemencia, ¡el Hijo Misericordioso! 

               «Pasad, hijitos míos, dice, pasad por ese puente, que soy el Crucificado; no temáis, pasad, pues Yo soy el Camino... ¿Por qué tembláis?... Pasad meditando en mi Cruz, en mi Calvario, en mi Eucaristía; avanzad en paz y con plena confianza. Yo quiero colmar el abismo de vuestro pánico con el abismo de mi ternura; pero, por favor, hijitos míos, no reabráis el abismo de distancias y recelos que Yo mismo he suprimido con mi Encarnación y mi Eucaristía.» Almas pusilánimes y de poca fe, qué, ¿no veis que la mayor de vuestras faltas, que la fuente de muchas de ellas y la que más lastima al Señor es vuestra falta de confianza?

               A cuántas de vosotras, almas tembladoras, que jamás estáis satisfechas de vuestras confesiones, que estáis siempre dudando del perdón de pecados cien veces acusados, se podría aplicar la historia siguiente: Una de tantas almas que parecen considerar a Jesús como un tirano, se está preparando a hacer una confesión general por la centésima vez. Inquieta, turbadísima, pasa su retiro escribiendo los pecados de toda su vida; no medita, no reza, está toda engolfada en un examen que la sofoca. Llega, por fin, al confesonario; lee, acusa, repite diez veces, explica siempre temblando, azorada... 

               Cuando, por fin, cree haber terminado, el confesor le dice con voz tristísima y suave: —Has olvidado algo muy importante. — Ya me lo imaginaba yo —replica ella sobresaltada, aprontándose a volver sobre sus pasos y a repetir la lectura de sus cuartillas... —No —dice entonces el confesor—, no busques lo que no has escrito: tu pecado no está en tus papeles, y me lastima mucho más que todo lo que has acusado: la causa sobre todo tu falta de confianza! Se levanta; esa voz la conmueve; quiere cerciorarse si es realmente la de su confesor... El confesonario está vacío... ¡Jesús había venido a darle una lección suprema!. 

               No censuramos, por cierto, las confesiones generales, muy provechosas en determinadas ocasiones, sino aquella falta de confianza, aquel sistema de sobresalto, aquel temblor exagerado que es un ultraje a la bondad del Salvador.

               Un sistema semejante desfigura a Jesús, lo disminuye. Si los ciegos, los leprosos y paralíticos curados por Jesús hubieran razonado de este modo y hubieran dudado de su curación por llamarse indignos, hubieran merecido, ciertamente, el recaer, y con mayor gravedad, en sus enfermedades, en castigo de su ingratitud y del orgullo que es siempre, en el fondo, el pecado de desconfianza. 

               ¿A qué bajó el Verbo? A establecer una ley nueva, portentosa, ley positiva y fundamental del Cristianismo, ley imperecedera y salvadora, la de Misericordia... Por esto la desconfianza le traspasa el Corazón. 

              ¿Sabéis cuál fue, en realidad, el mayor delito de Judas, más aún que la traición y más que el suicidio?... ¡Haber rehusado creer en aquella Misericordia que Jesús le ofreció de rodillas, al lavarle los pies en la última Cena! No cambiemos el Evangelio, pues no hay jamás derecho para ello. 

               El Señor bajó, no para los justos y los sanos, sino para los pecadores y los enfermos. Y el pago que Él pide en cambio de una dignación semejante es un amor de confianza, el cual es siempre el más sincero y el más humilde de los arrepentimientos. ¡Quien esto no comprende, no ha comprendido aún lo más delicado y hermoso del Corazón de Jesús! Nada ni nadie debe impediros el acercaros a su Costado herido, nada. 



jueves, 6 de junio de 2019

HORA SANTA DEL MES DE JUNIO... "Tus tristezas son un Cielo..."


"Mi Alma está triste hasta el punto de morir; 
quedaos aquí y velad conmigo" 

Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 38 




              La devoción de la HORA SANTA tuvo su origen en la oración que Jesús hizo en el Huerto de Getsemaní, la víspera de Su muerte en la noche del Jueves al Viernes Santo.

              Su institución se debe a Nuestro Señor mismo, que la pidió a Su fiel Santa Margarita María de Alacoque, religiosa de la Orden de la Visitación, en estos términos: 


                    “Todas las noches del Jueves al Viernes, te haré participante de aquella mortal tristeza que quise sentir en el Huerto de Getsemaní… Y para acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a Mi Padre, te levantarás entre once y doce de la noche; y prosternada, pegando el rostro con la tierra, procurarás no sólo aplacar la Ira Divina pidiendo gracia para los pecadores, sino también endulzar de alguna manera, la amargura que sentí por el abandono de Mis Apóstoles, a quienes reprendí por no haber podido velar una hora conmigo”.


                El compromiso formal es de una hora de Adoración Nocturna al mes; pero muy numerosos son los que la hacen dos veces y aun cada semana. Esto por la santificación del Hogar y la conversión de pecadores.

                La idea dominante que inspira todo el hermoso ejercicio de la Hora Santa y de la Adoración Nocturna es éste: Jesús Agonizante en Getsemaní está triste hasta la muerte y pide a los tres Apóstoles preferidos que velen con Él una hora, que le consuelen. Y como los apóstoles soñolientos, así a Margarita María, Jesús le dice en tono de súplica: ¡levántate, ven y consuélame!.

                Consolar al Corazón dolorido de Jesús, poner en la Llaga de su Costado, bálsamo de
amor y ternura, y esto con mortificación, con generosidad en el sacrificio, ¡tal es el sublime ideal de nuestra vela nocturna! 

                La Hora Santa es, pues, una hora de deliciosa intimidad entre el Adorable Agonizante de Getsemaní y nosotros, sus confidentes y amigos. 



MEDITACIONES del Padre Mateo Crawley
 para LA HORA SANTA

(Busquemos la intimidad con Jesús en Getsemaní; apaguemos la televisión,
 el teléfono móvil...alejemos de nuestra mente preocupaciones mundanas 
pues no hay nada más reconfortante que descansar en el Corazón de Jesús)

               Te adoramos, ¡oh Dios Sacramentado!, te bendecimos, Redentor del mundo: te amamos, Jesús, en la hermosura de Tu Corazón agonizante… Sólo Tú eres grande, Tú sólo Santo en esta humillación de la Divina Hostia… Tú sólo altísimo en este Misterio de incruento sacrificio… ¡Gloria, pues, a Ti, que siendo el Dios del Cielo, vives en el Getsemaní del Santo Tabernáculo!… 

              ¡Gloria a Ti, Jesús-Eucaristía, en las alturas de Tus Ángeles…; alabanza a Ti, en el corazón de los humanos!… En nombre de todos ellos y, en especial, en nombre de todos los que sufren con amor y fe, adoramos las lágrimas, la soledad, el tedio, las angustias, todas las amarguras, las agonías todas de Tu Sagrado Corazón. Creemos que Tú eres el Cristo, el Hombre-Dios de todos los dolores.

          (Pausa)

          (Muy lento y cortado)

              LAS ALMAS: El abismo de Tu Corazón nos ha arrastrado, Jesús, con la fuerza de Tu Amor y de Tus lágrimas… Tus tristezas son un Cielo… ¡Qué misterio impenetrable y qué suavísimo consuelo, saber que Tú has llorado!… ¡Cuán elocuente es Tu palabra de paz, cuando al salir de Tus labios, temblorosos de emoción, ha debido pasar entre sollozos, y ha brotado de lo íntimo de Tu Alma, mortalmente entristecida!… Aquí nos tienes, pues, trayéndote, Señor, muchos dolores, y también las aflicciones de tantos infortunados y dolientes que te adoran… ¡Qué bien puedes comprender, Tú, Jesús, ese mar de penas, cuyas aguas amarguísimas sumergieron Tu Alma benditísima!…

              Y mira, Maestro, te nombro en primer lugar a los que sufren pobreza y enfermedades… Aquí mismo, entre los que hemos venido a acompañarte en esta Hora Santa, o entre sus queridos deudos, hay tal vez enfermos y hay necesitados… ¡Con cuánta compasión miraste siempre a los enfermos!… ¡Con qué ternura buscaron Tus ojos la lepra, las heridas, los miembros paralizados, los ojos sin luz, para sanarlos con una sonrisa y con una bendición de amor!… 

              Y si ellos no podían ir en busca tuya, Tú te adelantabas, hendías la turba… Tú pasabas por el camino en que yacían… los mirabas… les tendías la mano y te seguían, sanos de cuerpo y de conciencia… ¡Ah!, pero mucho más numerosos que ellos, son los pobres… los que trabajan rudamente y que sufren penurias… necesidades de pan, de abrigo, de remedios, de solaz… ¿Qué podemos decirte a Ti, el Pobre Divino, de los sufrimientos de los pobres, que no lo sepas ya, Nazareno, encantador en Tu pobreza?… Tuviste hambre… sentiste frío… ¡Ah!, y, más que todo, sufriste el desdén y la posposición con que el mundo trata a los que no tienen ni casa, ni campos, ni dinero… ¿Qué podías saber Tú, decían Tus acusadores, qué podías pedir con derecho en Israel?… ¿Qué podías pretender en Nazaret, señalado como el hijo de un humilde carpintero?… 

              Acuérdate en esta Hora Santa de semejante humillación y pon los ojos en tantos pobres que padecen…, en tantos enfermos que sufren… Te pedimos para todos ellos el don de Tu paz y el obsequio de Tu bendición milagrosa… Dales la recompensa de su resignación… ¡Oh, sí, y, en cuanto convenga a la gloria de Tu Corazón, da también el alivio temporal a tantos enfermos… inválidos, pobres, necesitados y menesterosos!… Tú que cuidas, con desvelos, de la espiga del campo y de la avecita de la montaña… bendice ahora, con particular ternura, desde esta Hostia, a los afligidos para quienes pedimos las aguas vivas y la fortuna de Tu adorable Corazón…

     (Ofreced esta Hora Santa a su Corazón herido, agonizante, como un homenaje de resignación y amor, en nombre vuestro y de todos los que sufren).


(Para leer el texto completo sólo tiene que tocar AQUÍ)




jueves, 11 de abril de 2019

LA HORA SANTA: velar con Jesús en Getsemaní


               La devoción de la HORA SANTA tuvo su origen en la oración que Jesús hizo en el Huerto de Getsemaní, la víspera de Su muerte en la noche del Jueves al Viernes Santo.

              Consiste en pasar una hora entera en oración, de las once a las doce de la noche de ese día todas las semanas. Su institución se debe a Nuestro Señor mismo, que la pidió a Su fiel Santa Margarita María de Alacoque, religiosa de la Orden de la Visitación, en estos términos: 

                    “Todas las noches del Jueves al Viernes, te haré participante de aquella mortal tristeza que quise sentir en el Huerto de Getsemaní... Y para acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a Mi Padre, te levantarás entre once y doce de la noche; y prosternada, pegando el rostro con la tierra, procurarás no sólo aplacar la Ira Divina pidiendo gracia para los pecadores, sino también endulzar de alguna manera, la amargura que sentí por el abandono de Mis Apóstoles, a quienes reprendí por no haber podido velar una hora conmigo”.




              Resulta, pues, de estas palabras que la Hora Santa es una de las prácticas más queridas del Sagrado Corazón de Jesús. Tiene por objeto consolarle de la ingratitud de los hombres; reparar las ofensas de los pecadores, obtener gracias particulares para los agonizantes, para las personas afligidas y en fin, excitarnos a una viva contrición.

             Se puede hacer la Hora Santa delante del Santísimo Sacramento, o transportándose en espíritu al pie de un Tabernáculo, porque no se debe consolar sólo la agonía dolorosa de Getsemaní, sino también la agonía incesante, si podemos decirlo así, del Dios de la Encarnación; pues el mismo que sufrió la primera, soporta la segunda, abandonado en los Sagrarios-Calvarios.

             No hay prescripta para emplear devotamente en la Hora Santa, ninguna meditación particular; pero las palabras de Nuestro Señor, indican que conviene meditar su dolorosa agonía, sus profundas humillaciones y su amor, pagado con tantas ingratitudes; así como deplorar el perdón de nuestros pecados, y los ultrajes hechos a la Majestad divina en el discurso de los siglos.

             El Ejercicio de la Hora Santa se hace el Jueves antes de medianoche, en la Iglesia o en cualquier otro lugar. Para pasar devotamente la Hora Santa se desprende de las palabras de Nuestro Señor, que conviene meditar Su Dolorosa Agonía, Sus profundas humillaciones, Su Amor pagado con tanta ingratitud y deplorar nuestros pecados y todos los ultrajes hechos a la Majestad Divina en el curso de los siglos.

             Recomendamos las Meditaciones para este fin compuestas por el Padre Mateo Crawley-Boevey, de la Congregación de los Sagrados Corazones y que poco a poco iremos compartiendo (si Dios quiere) los próximos Jueves...