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miércoles, 28 de junio de 2023

CÓMO SE HA DE CERCENAR LA DEMASÍA DE LAS PALABRAS, por Tomás de Kempis

 


               Excusa cuanto pudieres el bullicio de los hombres, pues mucho estorba el tratar de las cosas del siglo, aunque se haga con buena intención, porque presto somos amancillados y cautivos de la vanidad. Muchas veces quisiera haber callado, y no haber estado entre los hombres. 

               Pero ¿cuál es la causa por qué tan de grado hablamos, y platicamos unos con otros, viendo cuán pocas veces volvemos al silencio sin daño de la conciencia? La razón es, que por el hablar procuramos consolarnos unos con otros, y deseamos aliviar el corazón fatigado de pensamientos diversos; y de muy buena gana nos detenemos en hablar o pensar de las cosas que amamos, y aún de las que tenemos por adversas. Mas, ¡oh dolor!, que esto se hace muchas veces vanamente y sin fruto; porque esta consolación exterior es de gran detrimento a la interior y divina. 

               Por eso, velemos y oremos, no se nos pase el tiempo en balde. Si se puede y conviene hablar, sea de cosas edificantes. La mala costumbre, y la negligencia en aprovechar, ayuda mucho a la poca guarda de nuestra lengua; pero no poco servirá para nuestro espiritual aprovechamiento la devota plática de cosas espirituales, especialmente cuando muchos de un mismo espíritu y corazón se juntan en Dios.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo X



miércoles, 17 de mayo de 2023

DE LA OBEDIENCIA Y SUJECIÓN, por Tomás de Kempis

 



               Gran cosa es estar en obediencia, vivir bajo Prelado, y no tener voluntad propia. Mucho más seguro es estar en sujeción que en mando. Muchos están en obediencia más por necesidad que por amor; éstos tienen trabajo, fácilmente murmuran, y nunca tendrán libertad de ánimo, si no se sujetan por Dios de todo corazón. Anda de una parte a otra, no hallarás descanso sino en la humilde sujeción al Prelado. La idea de mudar de lugar ha engañado a muchos.

               Verdad es que cada uno se rige de buena gana por su propio parecer, y se inclina más a los que siguen su sentir. Mas si Dios está entre nosotros, necesario es que renunciemos algunas veces a nuestro parecer por el bien de la paz. ¿Quién es tan sabio que lo sepa todo enteramente? Pues no quieras confiar demasiado en tu opinión, mas gusta también de oír de buena gana el parecer ajeno. Si tu parecer es bueno y lo dejas por agradar a Dios y sigues el ajeno, más aprovecharás de
esta manera.

               Muchas veces he oído decir que es más seguro oír y tomar consejo que darlo. Bien puede también acaecer que sea bueno el parecer de uno; mas no querer sentir con los otros, cuando la razón o las circunstancias lo piden, es señal de soberbia y pertinacia.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo IX



miércoles, 10 de mayo de 2023

CÓMO SE HA DE EVITAR LA MUCHA FAMILIARIDAD, por Tomás de Kempis

  


               No manifiestes tu corazón a cualquiera, mas comunica tus cosas con el sabio y temeroso de Dios. Con los mancebos y extraños conversa poco. Con los ricos no seas lisonjero, ni desees parecer delante de los grandes. 

               Acompáñate con los humildes y sencillos, y con los devotos y bien acostumbrados, y trata con ellos materias edificantes. No tengas familiaridad con ninguna mujer, mas en general encomienda a Dios y a sus Ángeles, y huye de ser conocido de los hombres. 

               Justo es tener caridad con todos; mas no conviene la familiaridad. Algunas veces acaece, que la persona no conocida resplandece por su buena fama, mas a su presencia nos suele parecer mucho menos. Pensamos algunas veces agradar a los otros con nuestro trato, y al contrario los ofendemos, porque ven en nosotros costumbres poco arregladas.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo VIII



lunes, 24 de abril de 2023

CÓMO SE HA DE HUIR LA VANA ESPERANZA Y LA SOBERBIA, por Tomás de Kempis

  


               Vano es el que pone su esperanza en los hombres o en las criaturas. No te avergüences de servir a otros por amor de Jesucristo y parecer pobre en este mundo. No confíes de ti mismo, mas pon tu parte y Dios favorecerá tu buena voluntad. No confíes en tu ciencia, ni en la astucia de ningún viviente, sino en la gracia de Dios, que ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos. 

               Si tienes riquezas no te gloríes de ellas, ni en los amigos, aunque sean poderosos; sino en Dios que todo lo da, y sobre todo desea darse a sí mismo. No te alucines por la lozanía y hermosa disposición de tu cuerpo, que con una pequeña enfermedad se destruye y afea. No tomes contentamiento de tu habilidad o ingenio, porque no desagrades a Dios, de quien proviene todo bien natural que poseyeres. 

               No te estimes por mejor que los demás, porque no seas quizá tenido por peor delante de Dios, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus obras buenas, porque son muy distintos de los juicios de Dios los de los hombres, al cual muchas veces desagrada lo que a ellos contenta. 

               Si algo bueno hay en ti piensa que son mejores los otros, pues así conservarás la humildad. No te daña si te pospones a los demás, pero es muy dañoso si te antepones a solo uno. Continua paz tiene el humilde; mas en el corazón del soberbio hay emulación y saña muchas veces.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo VII


lunes, 20 de marzo de 2023

DE LOS DESEOS DESORDENADOS, por Tomás de Kempis

  


               Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, tantas pierde la tranquilidad. El soberbio y el avariento jamás sosiegan; el pobre y humilde de espíritu viven en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí mismo, con facilidad es tentado y vencido, aun en cosas pequeñas y viles. 

               El que es flaco de espíritu, y está inclinado a lo carnal y sensible, con dificultad se abstiene totalmente de los deseos terrenos, y cuando lo hace padece muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno lo contradice. Pero si alcanza lo que deseaba siente luego pesadumbre, porque le remuerde la conciencia el haber seguido su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que buscaba. 

               En resistir, pues, a las pasiones, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. Pues no hay paz en el corazón del hombre que se ocupa en las cosas exteriores, sino en el que es fervoroso y espiritual.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo VI



miércoles, 8 de marzo de 2023

DE LA LECCIÓN DE LAS SANTAS ESCRITURAS, por Tomás de Kempis

  


               En las Santas Escrituras se debe buscar la verdad y no la elocuencia. Toda la Escritura se debe leer con el mismo espíritu que se hizo. Más debemos buscar el provecho en la Escritura que la sutileza de las palabras. De tan buena gana debemos leer los libros sencillos y devotos, como los sublimes y profundos. No te mueva la reputación del que escribe, ni si es de pequeña o gran ciencia; mas convídate a leer el amor de la pura verdad. No mires quien lo ha dicho, mas atiende qué tal es lo que se dijo. Los hombres pasan, la verdad del Señor permanece para siempre. 

               De diversas maneras nos habla Dios, sin acepción de personas. Nuestra curiosidad nos impide muchas veces el provecho que se saca en leer las Escrituras, por cuanto queremos entender lo que deberíamos pasar sencillamente. Si quieres aprovechar, lee con humildad, fidelidad y sencillez, y nunca desees renombre de sabio. Pregunta de buena voluntad, y oye callando las palabras de los santos, y no te desagraden las sentencias de los ancianos, porque nunca las dicen sin motivo.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo V



lunes, 13 de febrero de 2023

DE LA PRUDENCIA EN LO QUE SE HA DE OBRAR, por Tomás de Kempis

  


               No se debe dar crédito a cualquier palabra ni movimiento interior, mas con prudencia y espacio se deben examinar las cosas según Dios. Mucho es de doler que las más veces se cree y se dice el mal del prójimo, más fácilmente que el bien. ¡Tan débiles somos!. Mas los varones perfectos no creen de ligero cualquier cosa que les cuentan, porque saben ser la flaqueza humana presta al mal, y muy deleznable en las palabras. 

               Gran sabiduría es no ser el hombre inconsiderado en lo que ha de obrar, ni tampoco porfiado en su propio sentir. A esta sabiduría también pertenece no dar crédito a cualesquiera palabras de hombres, ni comunicar luego a los otros lo que se oye o cree. Toma consejo con hombre sabio y de buena conciencia, y apetece más ser enseñado por otro mejor que tú, que seguir tu parecer. La buena vida hace al hombre sabio según Dios, y experimentado en muchas cosas. Cuanto alguno fuese más humilde y más sumiso a Dios, tanto será en todo más sabio y morigerado.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo IV


lunes, 6 de febrero de 2023

DE LA DOCTRINA DE LA VERDAD, por Tomás de Kempis

 


               Bienaventurado aquél a quien la verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces pasajeras, sino así como ella es. Nuestra estimación y nuestro sentimiento, a menudo nos engañan, y conocen poco. ¿Qué aprovecha la curiosidad de saber cosas obscuras y ocultas, que de no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es, que dejadas las cosas útiles y necesarias, entendamos con gusto en las curiosas y dañosas. Verdaderamente teniendo ojos no vemos. 

               ¿Qué se nos da de los géneros y especies de los lógicos? Aquél a quien habla el Verbo Eterno se desembaraza de muchas opiniones. De este Verbo salen todas las cosas, y todas predican su unidad, y él es el principio y el que nos habla. Ninguno entiende o juzga sin él rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y trajeren a uno, y las viere en uno, podrá ser estable y firme de corazón, y permanecer pacífico en Dios. 

               ¡Oh Verdadero Dios! Hazme permanecer unido Contigo en Caridad perpetua. Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas; en Ti está todo lo que quiero y deseo; callen los Doctores; no me hablen las criaturas en Tu Presencia; háblame Tú solo. 

               Cuanto más entrare el hombre dentro de sí mismo, y más sencillo fuere su corazón, tanto más y mejores cosas entenderá sin trabajo; porque recibe de arriba la luz de la inteligencia. El espíritu puro, sencillo y constante, no se distrae aunque entienda en muchas cosas; porque todo lo hace a honra de Dios y esfuérzase a estar desocupado en sí de toda sensualidad. ¿Quién más te impide y molesta, que la afición de tu corazón no mortificada? 

                El hombre bueno y devoto, primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer exteriormente, y ellas no le inducen deseos de inclinación viciosa; mas él las sujeta al arbitrio de la recta razón. ¿Quién tiene mayor combate que el que se esfuerza a vencerse a sí mismo? Esto debía ser todo nuestro empeño, para hacernos cada día más fuertes y aprovechar en mejorarnos. Toda perfección en esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna obscuridad. 

                 El humilde conocimiento de ti mismo es camino más cierto para Dios que escudriñar la profundidad de las ciencias. No es de culpar la ciencia, ni cualquier otro conocimiento de lo que, en sí considerado, es bueno y ordenado por Dios; mas siempre se ha de  anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa. Porque muchos estudian más para saber que para bien vivir, y yerran muchas veces y poco o ningún fruto sacan. Si tanta diligencia pusiesen en desarraigar los vicios y sembrar las virtudes como en mover cuestiones, no se verían tantos males y escándalos en el pueblo, ni habría tanta disolución en los monasterios.

               Ciertamente, en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán santamente hubiéramos vivido. Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros, que tú conociste cuando vivían y florecían en los estudios? Ya ocupan otros sus puestos, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su viviente parecían algo; ya no hay quien hable de ellos. ¡Oh, cuán presto pasa la gloria del mundo! Pluguiera a Dios que su vida concordara con su ciencia, y entonces hubieran estudiado y leído con fruto. ¡Cuántos perecen en el mundo por su vana ciencia, que cuidaron poco del servicio de Dios! 

               Y porque eligen ser más grandes que humildes, se desvanecen en sus pensamientos. Verdaderamente es grande el que tiene gran caridad. Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra. Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por basura para ganar a Cristo. Y verdaderamente s sabio aquél que hace la voluntad de Dios y renuncia la suya propia.


Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo III



martes, 18 de octubre de 2022

QUÉ DISPOSICIÓN SE DEBE TENER, Y CÓMO SE DEBE ORAR CUANDO SE DESEA OBTENER ALGUNA COSA, por Tomás de Kempis.

 

               Cristo: Hijo mío, pide así en toda ocasión: “Señor, que se haga esto, así, si es de Tu agrado. Señor, que en Tu Nombre se haga esto, si ha de ser para Tu Honra. Señor, si ves que esto me conviene, y sabes que me será provechoso, dámelo para hacer uso de ello en Tu Honor. Pero quítame este deseo, si conoces que lo que quiero no me ayudará a salvarme, y sí me dañará.”




               Porque no todos los deseos vienen del Espíritu Santo, aunque le parezcan al hombre razonables y buenos.

               Difícil es discernir con certeza si es el espíritu bueno o un espíritu extraño quien te impele a desear las cosas; o si quien te mueve es tu propio espíritu.

               Muchos se engañaron al fin, los cuáles al principio parecían guiados del espíritu bueno.

               Por eso, con temor de Dios y humildad de corazón se debe desear y pedir lo que se presente a la voluntad como deseable; y más que todo, se me deben encomendar todas las cosas, renunciando a la voluntad propia, orando de esta manera: “Señor, Tú sabes cuál de estas dos cosas es la mejor. Hágase la una o la otra, como Tú quieras. Dame lo que sabes que es lo mejor, lo que más te agrade y sea para Tu mayor Honra. Ponme donde quieras, y en todo haz de mí lo que quieras. Estoy en Tus manos: dame vueltas y revueltas como quieras. Soy Tu siervo, y estoy dispuesto a todo. No quiero vivir para mí, sino para Ti. ¡Ojalá viva con la Santidad que debo!”

               El discípulo: Concédeme, Jesús Misericordioso, que me visite Tu gracia, conmigo coopere y hasta morir me acompañe.

              Concédeme querer siempre y desear siempre lo que más te agrade, lo que más conforme sea con Tu Voluntad.

               Que Tu Voluntad sea la mía, que siempre siga la Tuya, y con ella se conforme perfectamente. Que Tu querer y no querer sean también mí querer y no querer. Que yo no pueda querer o no querer sino lo que Tú quieras o no quieras.

               Concédeme morir a todo lo del mundo y amar por Ti los desprecios y la obscuridad en esta vida.

               Concédeme descansar en Ti sobre todo bien, y hallar la paz de mi corazón en Ti.

               Porque Tú eres la paz verdadera del corazón y su único descanso. Fuera de Ti, todo es inquietud y amargura.

               En esta paz, esto es, en Ti, Bien sumo y eterno, descansaré y dormiré para siempre. Así sea.



jueves, 20 de agosto de 2020

LA GRANDEZA DEL SACERDOCIO CATÓLICO




               Grande es este Misterio, y grande es la dignidad de los Sacerdotes, a los cuales es dado lo que no es concedido a los Ángeles. Pues sólo los Sacerdotes ordenados en la Iglesia tienen poder de Celebrar y Consagrar el Cuerpo de Jesucristo. El Sacerdote es Ministro de Dios, cuyas palabras usa por Su Mandamiento y Ordenación; mas Dios es allí el principal Autor y obrador invisible, a cuya Voluntad todo está sujeto, y a cuyo Mandamiento todo obedece.

               ¡Cuán grande y honorífico es el Oficio de los Sacerdotes, a los cuales es concedido Consagrar al Señor de la Majestad con las palabras sagradas, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca, y distribuirle a los demás!


La Imitación de Cristo, por Tomás de Kempis