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domingo, 26 de julio de 2026

SANTA ANA, MADRE DE LA PURÍSIMA VIRGEN MARÍA

 


                    Dice Jesús: - Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en Su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría. 

                    Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la Sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre: "Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa". 

                    Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud. Toda las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del Trono de Dios. 

                    Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la Sabiduría "amándola más que a cualquier otra mujer": la Sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa. Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias. Y, para ser el emblema de la "mujer fuerte", no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos, flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad. 

                    Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste "la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa", cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. 

                    Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían "palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas". Y la Sabiduría Eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos, María Santísima, la Madre Mía. Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios. Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: "Espéralo, espéralo... Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor". 

                    Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios. Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: "Por ella adquiriré gloria ante el pueblo... por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí". Pero, para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno. Virtud de Fe. Virtud de Caridad. Virtud de Esperanza. Virtud de Castidad. 

                    ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser castos. Los tálamos castos tienen por custodios a los Ángeles, y de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida. Mas ahora ¿dónde están? Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo.


"El Evangelio como me ha sido revelado", 
escrito por la mística María Valtorta
23 de Agosto de 1944



miércoles, 1 de julio de 2026

"...QUE NO SE DESPERDICIE ESTA SANGRE..."

 


                    Esta vez me mostraré a ti bajo otro vestido. La Eucaristía es Carne, pero es también Sangre. Heme aquí con el vestido de Sangre. Mira como transpira y brota en regueros sobre Mi rostro desfigurado, como corre a lo largo del cuello, sobre el tronco, sobre el vestido, doblemente rojo porque está empapado de Mi Sangre. Mira como moja las manos atadas y desciende hasta los pies, al suelo. Soy precisamente Aquél que exprime la uva de la que habla el Profeta, pero Mi Amor Me ha exprimido a Mí. De esta Sangre que he gastado toda, hasta la última gota, por la Humanidad, bien pocos saben valorar el Precio Infinito y disfrutar de los Méritos potentísimos.

                    Ahora Yo pido a quien lo sabe mirar y entender, que imite a la Verónica y seque con su amor el Rostro sangrante de su Dios. Ahora Yo pido a quien Me ama que cure con su amor las heridas que los hombres Me hacen continuamente. Ahora Yo pido, sobre todo, que no se desperdicie esta Sangre, que se recoja con atención infinita, hasta las más pequeñas gotitas, y se derrame sobre quien no se ocupa de Mi Sangre.

                    En el mes que está a punto finalizar, te he hablado mucho acerca de Mi Corazón y de Mi Cuerpo en el Sacramento. Ahora bien, en el mes de Mi Sangre, te haré rezarle a Ella. Di por tanto así:

            "Sangre Divinísima, que brotas por nosotros de las venas del Dios humanado, desciende como rocío de Redención sobre la tierra contaminada y sobre las almas a las que el pecado hace semejantes a leprosos. Heme aquí, yo Te acojo, Sangre de mi Jesús, y Te derramo sobre la Iglesia, sobre el mundo, sobre los pecadores, sobre el Purgatorio.

            Ayuda, conforta, limpia, enciende, penetra y fecunda, ¡oh Divinísima Savia de Vida!. Que la indiferencia y la culpa no pongan obstáculos a Tu fluir, antes, por los pocos que Te aman, por los innumerables que mueren sin Ti, acelera y difunde sobre todos esta Divinísima Lluvia, para que se acerquen a Ti confiados durante la vida, sean por Ti perdonados en la muerte, y lleguen Contigo a la Gloria de Tu Reino. Así sea".

                    Ahora basta. Yo ofrezco Mis venas abiertas a tu sed espiritual. Bebe en esta Fuente. Conocerás el Paraíso y el sabor de tu Dios, y ese sabor no te faltará nunca si siempre sabes venir a Mí con los labios y el alma lavados por el Amor. 




                    Mi Jesús había comenzado a hablar a las 4 de la mañana, entre las pausas de mi duermevela. Descendía la palabra como una gota de luz en los despertares y naufragaba en las vueltas al sueño porque estoy tan fatigada y cansada... es una visión interna (¿se dice así?) de mi Jesús herido y goteando sangre. No es el hermoso Jesús de blanco vestido, ordenado, majestuoso, de las otras veces, y no es el resplandeciente Infante de la última vez, sonriente desde el seno de María. Es un triste, tristísimo Jesús, cuyas lágrimas se mezclan con la sangre, magullado, despeinado, sucio, desgarrados los vestidos, con las manos atadas, con la corona bien apretada sobre la cabeza. Veo claramente la corona de gruesas espinas, no largas pero densas densas, que penetran y arañan las carnes. Cada cabello tiene su gota de sangre y la sangre desciende, en regueritos, desde la frente sobre los ojos, por la nariz, por la barba y el cuello, sobre el vestido, gotea sobre las manos y parece más roja tan pálidas están éstas, moja la tierra tras haber mojado los pies. Pero lo que es tristísimo de ver es la mirada... Pide piedad y amor, y manifiesta, bajo su resignada mansedumbre, un dolor infinito. 


Revelación de Jesús a María Valtorta, el 28 de Junio del 1943



miércoles, 24 de junio de 2026

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA, según la mística María Valtorta

 


                    La luz empieza a penetrar por la puerta entornada. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra mojada de rocío. Se siente un fuerte olor a tierra húmeda, a hierba verde, y se oyen los primeros trinos de los pájaros que se llaman de rama en rama. Zacarías y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela y la luz del alba les pone aún más pálidos. María se pone de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera atenta a ver si oye algo. Nada ha pasado. 

                    María va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber a Zacarías. Luego va a las palomas, regresa y entra en la misma habitación. Tal vez es la cocina. Inspecciona todo. Se le ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños. Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín mientras María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, porque los gritos de la parturienta son más agudos. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. 

                    Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo;  llora el pobre viejo. María se levanta y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de aquel hombre desolado y sobre él derrama sus consuelos. Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pinta de colores el aire matinal. Estando así, llega a sus oídos el feliz anuncio: “¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Es un varoncito! ¡Oh, padre feliz! Un varoncito como una rosa, hermoso como un sol, fuerte y sano como su madre. Alégrate padre a quien el Señor bendijo, para que le ofrezcas en su Templo un hijo. ¡Gloria a Dios que concedió un heredero a esta casa! ¡Bendición a ti y al hijo que nació! Pueda su descendencia perpetuar tu nombre por los siglos de los siglos, durante todas las generaciones, y siempre sea fiel a la alianza del Eterno Señor”. 

                    María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que le bendiga. Zacarías no va donde está Isabel; coge al niño que chilla con todos sus pulmoncitos. Pero no va donde está su mujer. María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre que va tras Ella, se percata de este hecho. “Mujer” dice a Isabel “tu niño se calló tan pronto la tomó Ella. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!”.  

                    María coloca al niñito junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris, y le dice en voz baja: “La rosa ha nacido y tú vives. Zacarías está dichoso”. Isabel pregunta: “¿Habla?”. Virgen: “Todavía no. Pero confía en el Señor. Descansa ahora. Yo estoy contigo”. 

                    Dice la Virgen María: “Si Mi presencia había santificado al Bautista, no canceló a Isabel la condena proveniente de Eva: “Darás a luz a tus hijos con dolor”. Solo Yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial, quedé libre de dar a luz con dolor. La tristeza y el dolor son frutos de la Culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era Corredentora. Pero no experimenté el dolor de dar a luz. No. Este sufrimiento no lo experimenté. Y, no obstante, créeme, hija, no hubo ni habrá un dolor de parturienta semejante al Mío de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho: el de Mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se Me moría. ¿Y qué madre hay que se vea obligada a dar a luz de esa manera? ¿Qué madre hay que se vea obligada a mezclar el suplicio del desgarro de las entrañas, que se rompen al estertor de Su Hijo agonizante, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror del deber de decir: «Os amo. Venid a Mí que Soy vuestra Madre» a los verdugos de ese Hijo nacido del más sublime amor que jamás el Cielo haya visto, del amor de Dios con una Virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz que se hicieron Carne y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios? Dijo Isabel: «¡Cuánto dolor para ser madre!». Mucho. Pero nada con respecto al Mío”.


Extraído de las revelaciones de la mística María Valtorta, 3 de Abril de 1944



jueves, 5 de febrero de 2026

TODO SACERDOTE SANTO ES UNA RED QUE ARRASTRA ALMAS HACIA DIOS

 


                    ...Por lo general, Dios ilumina siempre al Sacerdote. Digo "por lo general". Es iluminado cuando es un verdadero Sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero Sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo Mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero Sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.

                    ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos Caridad sobrenatural, orar por ellos.

                    Y Mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta Redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos Sacerdotes.

                    Descansa en la Palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo. Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

                    Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.

                    Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos?.

                    Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque -eso sí- igualmente dolorosa.

                    La obediencia salva siempre, recuérdalo; "y el respeto al Sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay -y Jesús lo ha dicho- ay de los Sacerdotes que pierden su llama apostólica!.

                    Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan Verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

                    Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo Sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un Sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

                    Vete en paz.


Palabras de Nuestra Santa Madre a María Valtorta, 
escrito el  8  de Junio de 1944



martes, 13 de enero de 2026

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, según los escritos de la mística María Valtorta. Doctrina tradicional sobre el Santo Bautismo

  


                    ...estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino solo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas. Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu...

                    Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

                    Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud. Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol. Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce, Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. 

                    Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos —es el único parecido— son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, vestido sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); la poca barba, negra y rala, que le cubre casi todo el rostro, no impide que se noten sus carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos vivaces; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados descarnados y dejando al descubierto el costado derecho cuya piel está tostada por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

                    Juan, después de haberle mirado atentamente con su ojo penetrante, exclama: “He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?”. Jesús responde lleno de paz: “Para cumplir el rito de penitencia”. Juan: “Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a Ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?”. Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: “Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el inicio de otro misterio mucho más alto y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo”.  Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica, y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada. Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada. 

                    Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor. Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y solo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. 


Escrito el 3 de Febrero de 1944


LA DOCTRINA TRADICIONAL
SOBRE EL SANTO BAUTISMO


                       "Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…" Concilio de Trento, Sesión 6

                      "Si alguno dijere que el Bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema..." Papa Paulo III, Concilio de Trento

                      "El primer lugar entre los Sacramentos lo ocupa el Santo Bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del Cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos...’ Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Bula "Exultate Deo", Noviembre de 1439

                     "Igualmente profeso, que el Bautismo es necesario para la salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención...” Papa Benedicto XIV, Encíclica "Nuper ad nos", Marzo de 1743

                      "...para entrar en este Reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la Fe y el Bautismo, Sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior..." Papa Pío XI, Encíclica "Quas primas", Diciembre de 1925

                       "Cristo también determinó que por el Bautismo, los que creyeren serían incorporados en el Cuerpo de la Iglesia... entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la Verdadera Fe" Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis", Junio de 1943




EL CATECISMO Y EL BAUTISMO


                 ¿A quién pertenece administrar el Bautismo?  Administrar el Bautismo pertenece por derecho al Obispo y a los párrocos; pero, en caso de necesidad, cualquier persona puede administrarlo, sea hombre o mujer, y aun hereje o infiel, con tal que cumpla el rito del Bautismo y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. 

                 ¿Quién deberá administrar el Bautismo cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes?  Cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes, debe bautizar el sacerdote si lo hay; en su ausencia, un eclesiástico de orden inferior; en ausencia de éste, el varón seglar con preferencia a la mujer, si ya la mayor pericia de la mujer, o la decencia, no demandasen otra cosa. 

                 ¿Qué intención debe tener el que bautiza?  El que bautiza debe tener intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.

                 ¿Cómo se administra el Bautismo?  Se administra el Bautismo derramando agua sobre la cabeza del bautizado o, si no se puede en la cabeza, en otra parte principal del cuerpo, y diciendo al mismo tiempo: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Quedaría bautizada la persona si uno vertiese el agua y otro dijese las palabras? Si uno vertiese el agua y otro pr onunciase las palabras, no quedaría la persona bautizada, porque es preciso que sea el mismo el que vierta el agua y el que pronuncia las palabras. 

                 Cuando se duda si la persona está muerta, ¿hay que dejar de bautizarla?  Cuando se duda si la persona está muerta, hay que bautizarla condicionalmente, diciendo: “Si estás vivo, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Cuándo hay que llevar a los niños a la Iglesia para que los bauticen?  Hay que llevar a los niños lo más pronto posible a la Iglesia para que los bauticen. 

                 ¿Por qué tanta prisa en bautizar a los niños?  Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo. 

                 ¿Pecarán, pues, los padres y las madres que por negligencia dejen morir a sus hijos sin Bautismo o lo dilatan?  Si, señor; los padres y madres que por negligencia dejan morir a los hijos sin Bautismo, pecan gravemente porque les privan de la vida eterna, y pecan también gravemente dilatando mucho el Bautismo, porque los exponen al peligro de morir sin haberlo recibido. 

                 ¿Qué disposiciones ha de tener el adulto que se bautiza?  El adulto que se bautiza ha de tener, además de la fe, intención de bautizarse, dolor a lo menos imperfecto de los pecados mortales que hubiere cometido, y suficiente instrucción religiosa. 

                 ¿Qué recibiría el adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados?  El adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados, recibiría el carácter del Bautismo, más no la remisión de los pecados ni la gracia santificante. Estos efectos quedarían en suspenso hasta que quitase el impedimento con el dolor perfecto o con el sacramento de la Penitencia.

                  ¿Es necesario el Bautismo para salvarse?  El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, habiendo dicho expresamente el Señor: El que no renaciere en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de los Cielos.

                 ¿Puede suplirse de alguna manera la falta del Bautismo?  La falta del Bautismo puede suplirse con el Martirio, que se llama Bautismo de sangre, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición que vaya junto con el deseo al menos implícito del Bautismo, y este se llama Bautismo de deseo. 




CATECISMO MAYOR
Prescrito por San Pío X el 15 de Julio de 1905

martes, 1 de julio de 2025

FESTIVIDAD DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 


               El Papa Pío IX cumpliendo una sugerencia del Padre Giovanni Merlini, tercer Moderador General de los Padres de la Preciosísima Sangre, una vez vencida la revolución que le había expulsado de la ciudad de Roma, instituyó la Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, mediante el Decreto "Redempti sumus", el 10 de Agosto de 1849; el Papa San Pío X, en 1914, asignó el 1 de Julio como la fecha fija de esta celebración, que sería elevada en 1934 al rango de Fiesta de rito doble de primera clase por el Papa Pío XI, con ocasión del decimonono centenario de la muerte de Nuestro Salvador.

               El Corazón de Jesús ha hecho que circulase por sus miembros esta Sangre adorable y por eso, el Evangelio de hoy nos hace presenciar la escena que se desarrolló en el Calvario, al ser atravesado el pecho del Divino Crucificado por la lanza, derramando enseguida Sangre y agua; se ha significado con ello la unión de los dos testimonios que el Espíritu Santo dio al Mesías al ser Éste bautizado en las aguas del río Jordán, y al ser bautizado con Su propia Sangre en la Cruz.

               La historia de la Devoción a la Preciosa Sangre de Nuestro Señor es la misma Historia de la Santa Iglesia Católica, porque Nuestro Señor, con el derramamiento de Su Bendita Sangre, desde la flagelación hasta la inmolación en la Cruz, nos ha redimido de nuestros pecados; en esta necesaria devoción se condensa la Predicación del Evangelio y la administración de los Sacramentos, especialmente en la confesión sacramental, donde místicamente, vuelve a rociarnos con esa Preciosa Sangre para lavarnos de la inmundicia del pecado.



El Padre Giovanni Merlini sugirió al Papa Pío IX que instituyera la Fiesta
a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; el Papa, exiliado de
Roma por la revolución de 1848, se refugió en el pueblo costero de Gaeta.
El 30 de Junio de 1849 declaró su intención de crear una fiesta en honor 
de la Preciosísima Sangre. La guerra pronto terminó y regresó a Roma 
poco después. El 10 de Agosto confirmó la institución de esta Festividad.


               Los Santos Padres fueron devotísimos de la Preciosa Sangre, como San Juan Crisóstomo en Oriente y San Agustín en Occidente. Entre las Santas, las revelaciones de Santa Gertrudis están llenas de las palabras más dulces y profundas acerca de la Preciosa Sangre.

               La Devoción de la Preciosa Sangre es inseparable del Santo Sacrificio de la Misa, donde Nuestro Señor se hace presente en el Altar con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad por medio de las palabras de la Consagración; sería ideal que todo buen católico, en el momento de la elevación del Cáliz, rogase para sí y para los suyos, ser lavados en esta Bendita Sangre; que pidamos al Buen Jesús, que si fuese necesario, también nosotros derramemos nuestra sangre para defender y transmitir la Fe Católica, como han hecho los innumerables Mártires que no dudaron en entregarse como Nuestro Señor lo hizo en la Cruz Redentora.

              En ese momento culmen de la elevación del Cáliz, no olvidemos a nuestras Hermanas las Almas del Purgatorio, y solicitemos también para Ellas, que la Preciosa Sangre de Cristo las libere -o al menos alivie- de sus tormentos purificadores.



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sólo tienes que tocar sobre ella y guardarla.
Se permite su copia y difusión, sin fines lucrativos

              Un rasgo distintivo de la Devoción a la Preciosa Sangre es el principio cristiano del sacrificio, palabra desterrada por el mundo moderno y hasta por los sectores más progresistas del catolicismo; y es que el sacrificio es el elemento cristiano de la santidad, ya que implica pisotear el amor propio y amar la humildad y el olvido de todo afecto que nos aparte del amor de Dios.

               No podemos contemplar a Cristo en la Cruz, llagado, ensangrentado, muerto por nuestros crímenes, y pretender vivir sin renunciar a un apego, rodeados de comodidades y lujos innecesarios. Los verdaderos devotos de la Preciosa Sangre, serán católicos fieles, sumisos a la Voluntad de Dios y a la Doctrina de la Iglesia, pero también almas piadosas y mortificadas, no en grandes penitencias, sino en el silencio de aquél que por ejemplo se priva de ver la televisión, de llamar por teléfono a un buen amigo o del que prefiere dar a una obra de caridad antes que comprarse un par de zapatos.



jueves, 6 de febrero de 2025

CADA SACERDOTE SANTO ES UNA RED QUE ATRAPA ALMAS PARA DIOS

 


               “Al Sacerdote generalmente Dios le ilumina... Es iluminado cuando es un verdadero Sacerdote. No es el hábito lo que consagra; consagra el almaPara juzgar si uno es verdadero Sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como ha dicho Jesús: «del corazón salen las cosas que santifican o que manchan», las que informan todo el modo de obrar de un individuoAsí, pues, cuando alguien es un verdadero Sacerdote, generalmente es inspirado por Dios. De los que no son verdaderos Sacerdotes, conviene tener una caridad sobrenatural y rogar por ellosPero Mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención y no digo más. Alégrate de sufrir para que aumenten los verdaderos Sacerdotes. Tú fíate de la palabra que te guía. Cree y obedece su consejo... 

               ¡Llamadle con vuestras oraciones y sacrificios, almas víctimas!. Salvar un alma sacerdotal es salvar un gran número de almas, porque cada Sacerdote santo es una red que atrapa almas para Dios. Y salvar a un Sacerdote, o sea, hacer que se santifique, es lo mismo que fabricar esta mística red. Cada una de sus capturas es un rayo de luz que se añade a vuestra eterna corona. Que la paz sea contigo”. 


Revelación de Nuestra Señora a María Valtorta,
el 8 de Junio de 1944





lunes, 27 de enero de 2025

LAS ROSAS DE SANTA TERESITA: ALMAS VÍCTIMAS, HIJAS ESPIRITUALES DE LA SANTA CARMELITA DE LISIEUX. MARÍA VALTORTA

 

               "Como un torrente, arrojándose con impetuosidad en el océano, arrastra consigo cuanto encuentra a su paso, de la misma forma, o Jesús mío, el alma que se sumerge en el océano sin riberas de Tu Amor arrastra con ella todos sus tesoros. Señor, Tú lo sabes, no tengo otros tesoros que las almas que Te complació unir a la mía; esos tesoros, Tú mismo me los has dado…" (Santa Teresita de Lisieux)



               María Valtorta (1897-1961): en 1909, cuando la Santa de Lisieux, fallecida algunos años antes, era conocida como "hermana Teresa del Niño Jesús", María Valtorta, que entonces contaba sólo con doce años, descubrió su autobiografía,"Historia de un alma", que se leía en el internado de Monza (Lombardía, Italia). Enseguida comprendió que "tenía que caminar por ese mismo camino para llegar a Jesús" y, después de muchos años, eligió a Teresita como su "madrina" para entregarse como alma víctima, como "hostia a Jesús". Así, siguiendo el ejemplo de Santa Teresita, el 28 de Enero de 1925 se ofreció como Víctima al Amor Misericordioso, renovando después cada día este acto de Ofrecimiento. 

               Desde el 1° de Abril de 1934, María Valtorta no se levantó ya más del lecho, dando inicio en un “intenso transporte de amor”, a su larga y penosa enfermedad. Se convirtió “en el instrumento de las manos de Dios”. Su misión era la de “sufrir, expiar y amar”. 

               En 1942, cuando hacía ya ocho años que estaba paralizada, conoció al Padre Romualdo M. Migliorini, un fraile servita ex misionero, que llegó en calidad de prior y párroco a Viareggio, donde la familia Valtorta se había establecido desde hacía tiempo, luego de varios cambios de residencia.

               El Padre Migliorini se convirtió en guía espiritual de María y la indujo a escribir sus memorias. Ella, en poco más de un mes, volcó en los cuadernos que el mismo religioso le había proporcionado un raudal de recuerdos y sentimientos, revelando un excepcional talento literario al narrar sin reticencias su historia apasionadamente humana y heroicamente ascética.

               Después de haber escrito desde su lecho de enferma la Autobiografía, comprendió cuál era el proyecto de Dios a su respecto. Ofreciendo sin reservas, junto con sus sufrimientos, sus dotes naturales, se convirtió en la "pluma del Señor" y en el instrumento de una manifestación sobrenatural que puede ser considerada única en la historia de la literatura cristiana.

               Escribió sin interrupción desde 1943 hasta 1947, y con intermitencias en los años siguientes hasta 1951. Usaba los cuadernos que el Padre Migliorini le seguía proporcionando, en los cuales escribía fluidamente de su propio puño con una pluma estilográfica. Aun en las fases agudas de su enfermedad y, a veces, entre dolores atroces, no dictó nunca, para no ser reemplazada ni siquiera en el acto de escribir. Ella misma había fabricado una carpeta que apoyaba sobre sus rodillas, de modo que sirviera de soporte al cuaderno.

               Su obra mayor es “El Evangelio como me ha sido revelado“ : en sus diez volúmenes narra el nacimiento y la infancia de María y de su hijo Jesús, los tres años de la vida pública de Jesús, su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Pentecostés, los albores de la Iglesia y la Asunción de María. Describe paisajes, ambientes, personas y acontecimientos con el brío de una representación. Delinea caracteres y situaciones con habilidad introspectiva. Expone alegrías y dramas con el sentimiento de quien es partícipe de ellos realmente. 

               Explica circunstancias históricas, ritos, costumbres, características ambientales y culturales sagradas y profanas, con datos y detalles que los especialistas exentos de prejuicios consideran irreprochables. Y, sobre todo, expone, a través de la extensa narración de la vida terrenal de Cristo, toda la doctrina del cristianismo que la Iglesia Católica nos transmite.

               Los escritos de María Valtorta documentan esta "historia de amor y amistad" con la Santa de Lisieux, como se aprecia en los siguientes fragmentos de su obra místico-literaria.

               "Cuanto más se acerca el místico con su deseo amoroso a Aquel a quien ama completamente, más se identifica su efigie espiritual con el Modelo. Mi pequeña gran Flor fue Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Y si Mi Rostro doloroso era el sol impreso en su corazón y que lo quemaba, para ustedes que aborrecen el dolor y que están consternados por la austeridad, tenía en su exterior espiritual el parecido con Mi dulce Infancia, la dulzura, la gracia, la sencillez... Esto es lo que quería y así la guié con inspiración, para darles un modelo que su incapacidad de hoy, su incapacidad espiritual, pueda seguir. Teresa es para todos. Todos pueden esforzarse por imitarla". (23 de Junio de 1944)

                 "Luego tres espíritus benditos, que entiendo que son mujeres, que me miran, asienten y sonríen. Parece que me están invitando. Son jóvenes. Pero ya me parece que los Bienaventurados son todos de la misma edad: jóvenes, perfectos y de igual belleza. Son copias menores de Jesús y María. No puedo decir quiénes son estas tres criaturas celestiales, pero como dos llevan palmas y una sólo flores (las palmas son el único signo que distingue a los mártires de las vírgenes), creo que no me equivoco al decir que son Inés, Cecilia y Teresa de Lisieux"(10 de Enero de 1944)



domingo, 12 de enero de 2025

LA SAGRADA FAMILIA, según los escritos de la mística María Valtorta

 


               La Sagrada Familia en una casa hospitalaria de Belén. José refiere a Zacarías sobre los primeros días en la gruta.

               Veo la larga sala, donde vi el encuentro de los Magos con Jesús y le adoraron. Comprendo que estoy en la casa hospitalaria que ha acogido a la Sagrada Familia. Asisto a la llegada de Zacarías. No viene Isabel. La dueña de casa sale presurosa afuera, por la terraza que circunda la casa, al encuentro del huésped que está llegando. Le lleva hasta una puerta y llama; luego, discreta, se retira. José abre y, al ver a Zacarías, lanza una exclamación de júbilo. Le pasa a una habitación pequeña, de las dimensiones de un pasillo. “María está dando de mamar al Niño. Espera un poco. Siéntate que estarás cansado”. 

               Y le hace lugar para que se siente en el lecho, a su lado. Oigo que José pregunta por el pequeño Juan, y que Zacarías dice: “Crece fuerte como un potro. Ahora sufre un poco por los dientes. Por esto no le trajimos. Hace mucho frío. Por esto no vino ni siquiera Isabel. No le podía dejar sin mamar. Lo ha sentido muchísimo. Pero ¡la estación está siendo muy dura!”. José contesta: “Sí, que lo es”. Zacarías: “Me dijo el hombre que enviasteis, que cuando nació, no teníais alojo. ¡Quién sabe cuánto debisteis sufrir!”. José: “Sí, mucho. Pero nuestro miedo era mayor que la incomodidad. Teníamos miedo de que fuese a hacer mal al Niño. Los primeros días tuvimos que pasarlos allí. A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores llevaron la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con presentes. Pero faltaba una casa, faltaba una habitación protectora, una cama… Y Jesús lloraba mucho, sobre todo de noche, por el viento que se colaba por todas partes. Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño… y así el frío seguía. Dos animales calientan poco, sobre todo donde el aire entra por todas partes. Faltaba agua caliente para lavarle, faltaban pañales para cambiarle. ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verle sufrir. Sufría yo… puedes imaginarte lo que Ella sufriría que es la Madre. Le daba leche y lágrimas, leche y amor. Ahora aquí estamos mejor. Había yo preparado una cuna muy cómoda y María había recubierto con un colchoncito suavísimo. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiese nacido allí, hubiera sido distinto!”. Zacarías: “Pero el Mesías tenía que nacer en Belén. Estaba profetizado”. 

               Entra María que oyó las voces. Viene vestida de lana blanca. No trae el vestido oscuro que trajo en el viaje y que tuvo en la gruta. Ahora trae uno blanco, como otras veces la he visto. No tiene nada en la cabeza, y en los brazos trae a Jesús que duerme, satisfecho de la leche, envuelto en sus blancos pañales.  Zacarías se levanta y se inclina con veneración. Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto. Se queda inclinado no tanto para verle mejor, cuanto por presentarle su adoración. María se lo ofrece, y Zacarías le toma con tal veneración que parece como si levantase una custodia. Y en realidad, lo que toma en sus brazos es la Hostia, la Hostia ya ofrecida y que será consumada cuando se dé a los hombres en alimento de amor y redención. Zacarías devuelve Jesús a María. 


"El Evangelio como me ha sido revelado", 
escrito por la mística María Valtorta
8 de Junio de 1944 



jueves, 21 de noviembre de 2024

LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN NIÑA EN EL TEMPLO, según las Revelaciones de María Valtorta


                Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén. Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y arrollada en un ligerísimo tejido que, por sus dibujos, de ramas y flores, más opacos que el tenue fondo, creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación. Lo único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.

                El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las partes del velo no adamascadas. Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene, obviamente hecho por su mamá, unas pequeñas azucenas bordadas en plata.




                El vestido, como he dicho, blanquísimo, le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar. Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve. Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro.

                Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas - tan marcadas hoy - de los lados de la nariz.

                Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

                Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María. 

                - ¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo! - dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: - Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías.

                Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

                - No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor - explica Ana entre lágrimas - ... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...

                - Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿verdad?.

                María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.

                Entra Zacarías y saluda diciendo:

                - A los justos la paz del Señor.

                - Sí - dice Joaquín -, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo.

                - Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no traspasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo! La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo - puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías - no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Elíseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?.... - Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María. Luego prosigue diciendo: - También yo velaré por Ella. Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla...

                -¡Oh, claro! Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno.

                Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta:

                -¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has hilado más muselina?.

                - Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar... Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades económicas son mucho menores... No me era lícito hacer gastos onerosos. Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después... porque creo que no seré yo quien la vista para la boda... Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia.

                -¡Oh, por qué tienes que pensar así?.

                - Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora... y ahora... el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa.

                - No digas eso. Queda Joaquín.

                - Tienes razón. Trataré de vivir para mi marido.

                Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

                - Estamos entre tercia y sexta. Creo que sería conveniente ponernos en marcha» dice Zacarías.

                Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.

                Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante:

                -¡Padre, Madre, vuestra bendición!.

                No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno sollozo, presenta más que nunca el tembloroso gemido de una tortolita. La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que - más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento - veré en el Calvario y ante el Sepulcro.

                Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla... Isabel llora en silencio. Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido.

                Salen. María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer...

                Ahora están dentro del recinto del Templo.

                - Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza. Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos... Ya están al pie del vasto cubo de mármol coronado de oro. Cada una de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol, que cae a plomo, ahora que es aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la solemne edificación, y llena el vasto espacio abierto y la amplia escalinata que conduce al Templo. Sólo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, está en sombra, y la puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.

                Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres. ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres! Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso. 

                Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

                Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla, recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los Diáconos, multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro; y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).

                El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

                El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.

                Luego... una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo... Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?

                Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta:

                - María de David, ¿conoces tu voto?

                Ante el «sí» argentino que le responde, él grita:

                - Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta.

                Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan... Ya no se la ve...

                La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.

                Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único: « ¡María! ¡Hija!». Luego dos gemidos invocándose mutuamente: « ¡Ana, Joaquín!». Luego, como final: «Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por sus caminos».

                Y todo termina así.

                Dice Jesús: El Sumo Sacerdote había dicho: "Camina en mi presencia y sé perfecta". El Sumo Sacerdote no sabía que estaba hablándole a la Mujer que, en perfección, es sólo inferior a Dios. Mas hablaba en nombre de Dios y, por tanto, su imperativo era sagrado. Siempre sagrado, pero especialmente a la Repleta de Sabiduría.

                María había merecido que la "Sabiduría viniera a su encuentro tomando la iniciativa de manifestarse a Ella", porque "desde el principio de su día Ella había velado a su puerta y, deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el amor perfecto y merecer tenerla como maestra".

                En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto. Y cuando, en el silencio del corazón, Dios le decía palabras sublimes, Ella, humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo, y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: "¡Piedad de tu sierva, Señor!".

                En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el alba de su día: "Dirigir a Dios su corazón desde los albores de la vida y velar para el Señor, orando ante el Altísimo", pidiendo perdón por la debilidad de su corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando la solicitud de perdón para los pecadores que haría al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo.

                "Luego, cuando el gran Señor lo quiera, Ella será colmada del Espíritu de inteligencia", y entonces comprenderá su sublime misión. Por ahora no es más que una párvula que, en la paz sagrada del Templo, anuda, "reanuda", cada vez de forma más estrecha, sus coloquios, sus afectos, sus recuerdos, con Dios. Esto es para todos.

                Pero, para ti, pequeña María (se dirige aquí a María Valtorta), ¿no tiene ninguna cosa particular que decir tu Maestro? "Camina en mi presencia, sé por tanto perfecta". Modifico ligeramente la sagrada frase y te la doy por orden. Perfecta en el amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir.

                Mira una vez más a la Madre. Y medita en eso que tantos ignoran, o quieren ignorar, porque el dolor es materia demasiado ingrata para su paladar y para su espíritu. El dolor. María lo tuvo desde las primeras horas de la vida. Ser perfecta como Ella era poseer también una perfecta sensibilidad. Por eso, el sacrificio debía serle más agudo; mas, por eso mismo, más meritorio. Quien posee pureza posee amor, quien posee amor posee sabiduría, quien posee sabiduría posee generosidad y heroísmo, porque sabe el porqué de por qué se sacrifica. ¡Arriba tu espíritu, aunque la cruz te doble, te rompa, te mate! Dios está contigo».


"El Evangelio como me ha sido revelado"(*) 
escrito por la mística María Valtorta 


               (*)"El Evangelio como me ha sido revelado" : en sus diez volúmenes María Valtorta narra el nacimiento y la infancia de María y de Su hijo Jesús, los tres años de la vida pública de Jesús, Su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo, Pentecostés, los albores de la Iglesia y la Asunción de María. Describe con detalle paisajes, ambientes, personas y acontecimientos con el brío de una representación. Delinea caracteres y situaciones con habilidad introspectiva. Expone alegrías y dramas con el sentimiento de quien es partícipe de ellos realmente. Gracias a las luces del Cielo, Valtorta explica circunstancias históricas, ritos, costumbres, características ambientales y culturales sagradas y profanas, con datos que los especialistas exentos de prejuicios consideran irreprochables. Y, sobre todo, María Valtorta expone, a través de la extensa narración de la vida terrenal de Cristo, toda la Doctrina del Cristianismo que la Iglesia Católica nos transmite.