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miércoles, 29 de julio de 2026

SAN JOSÉ FUE CRECIENDO EN EL AMOR DE DIOS

 


                    Los padres de San José durante un tiempo fueron estériles, porque Dios quería que José fuera hijo de oración. A los 8 días de su nacimiento, como era costumbre entre los judíos, tuvo lugar la circuncisión y Dios concedió a José, además del Ángel de la Guarda, otro ángel que le fue hablando a lo largo de la vida muy a menudo, especialmente durante el sueño, instruyéndole en todo lo que debía hacer para agradar al Señor. 

                    Sus padres fueron al Templo de Jerusalén cuando llegó el tiempo en que por la Ley, las mujeres que habían dado a luz debían purificarse y ofrecer al niño; y luego rescatarlo según la Ley. 

                    El Demonio muchas veces intentó hacerle daño, pero estaba protegido por los dos ángeles que Dios le había asignado. El Ángel que le hablaba en sueños le advertía de todo lo que tenía que hacer ante las asechanzas del Maligno y José seguía fielmente sus órdenes. Así fue creciendo en el Amor de Dios, sintiendo desde niño un gran amor por Dios y deseando fervientemente la venida del Mesías prometido. 

                    Su madre tuvo una comunicación en sueños del Señor para que cuidara bien a su hijo José, porque tendría la gracia de ver al Mesías y conversar con él. Dios le concedió una inteligencia especial de modo que ya, desde que tenía 3 años, comenzó a leer para consuelo y alegría de sus padres. 

                    Cuando tenía 7 años, un día, mientras dormía, se le apareció el Ángel y le dijo cómo Dios había aceptado su propósito de conservarse virgen por todo el tiempo de su vida y le prometió su favor y ayuda especial. Otra vez entre otras, el Ángel le manifestó en el sueño que Dios le había destinado para hacerle un don muy grande y sublime, aunque no le dijo cuál sería. Pero Dios ya tenía previsto que lo iba a hacer padre adoptivo de Jesús y esposo de María. Él, por su parte, oraba intensamente para que Dios acelerara la venida del Mesías prometido. 

                    En otro sueño el Ángel le comunicó las virtudes que tendría el Mesías, cuando estuviera entre los hombres. Por Pascua iba con sus padres al Templo de Jerusalén y se preparaba con ayuno y oración, como lo instruía el Ángel. Precisamente, estando en el Templo, uno de los días cayó en éxtasis y así estuvo bastante tiempo, disfrutando de la alegría y del Amor de Dios. 

                    Por supuesto que Dios también permitió, como en la vida de todos los grandes Santos, que el Demonio lo tentara y molestara. En su casa fue por medio de algunos jóvenes libertinos, que se burlaban de él. Otra vez fue por medio de una mujer que iba a visitar a su madre y que le hablaba mal sobre José y por ello recibió algunos reproches de su madre, pero él lo ofrecía todo con paciencia al Señor. En alguna ocasión el Demonio lo tentó de vanagloria, como si fuera un Santo, y movía a algunos para que lo alabaran y exaltaran sus virtudes en público. El Demonio lo molestaba de diferentes maneras, pero nunca le fue permitido que lo tentara con respecto a la virtud de la pureza. 

                    Algo muy especial en su vida desde pequeño fue el amor que tenía hacia los enfermos y moribundos. Sabiendo lo compasivo que era, muchos acudían a él para que visitara a los enfermos graves, sobre todo si estaban ya en trance de morir. Una vez el Ángel le manifestó en sueños el gran peligro en el que estaban los moribundos y la necesidad que tenían de ser ayudados en sus últimos momentos. De hecho, los moribundos sentían gran consuelo cuando José los visitaba y oraba por ellos. Los demonios quedaban debilitados por sus oraciones y Dios le dio la gracia de que todos aquellos que en su muerte tuvieran la presencia de José no perecieran en el Infierno, sino que fueran al Limbo de los Justos o Seno de Abraham, aunque tuvieran que pasar por el Purgatorio. A veces, era avisado por su Ángel sobre la necesidad que tenía algún moribundo de sus oraciones y él se despertaba y enseguida se ponía a orar...


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora



miércoles, 8 de julio de 2026

EL ABOGADO DE LOS MORIBUNDOS

 


                    Llegó un momento en que José se enfermó y ya no podía trabajar. Estaba muy debilitado y caído de fuerzas. Jesús hacía sus veces en el taller y el pobre José le ayudaba en lo poco que podía. María le preparaba alguna comida especial y él permanecía mucho tiempo en oración y a veces, en éxtasis.

                    Un día se le presentó en sueños el Ángel y le manifestó que debía disponerse y prepararse para ofrecer los sufrimientos de su enfermedad. Tenía fuertes dolores de estómago y sufría desmayos y unos delirios causados, algunos por los dolores, otros por el amor ardiente que sentía hacia Dios. También tenía palpitaciones del corazón. Cuando Jesús se le acercaba y lo tomaba de la mano, José se tranquilizaba y caía fácilmente en éxtasis, no sintiendo durante ese tiempo mal alguno. Pero Dios lo probó con aridez de espíritu, quitándole el gusto interior por las cosas divinas. 

                    Una noche se sintió como abandonado de Dios. Pero Dios no lo abandonaba, solo lo estaba probando para que hiciera más méritos para la Eternidad. Uno de los días le fue revelado que su muerte estaba cercana. También le reveló que Dios lo había escogido y destinado a ser Abogado particular de los moribundos y quería que continuara esta caridad hasta el Fin del Mundo y que desde el Cielo realizase este oficio de asistente de ellos en su agonía.

                    Un día, después de un éxtasis, habló con Jesús y María. Les pidió perdón por todo lo que había faltado. Después Jesús lo tomó de la mano y él iba repitiendo continuamente: "Jesús, María", mientras Jesús le hablaba del Cielo y de Su Padre Celestial. Por fin, llegado su último momento, Jesús recibió su alma en Sus Santísimas manos y la hizo ver a María de modo que se consolara. Murió un Viernes, 19 de marzo, a la edad aproximada de 61 años. 

                    En esos momentos, Jesús tendría unos 30 años, listo para comenzar Su vida pública. Su cadáver fue acompañado por Jesús y María y algunos vecinos y piadosas mujeres del pueblo. También lo acompañaron los Ángeles que asistían a Jesús y María con cánticos de alabanza, aunque no eran vistos ni oídos por los presentes.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora