Hoy, en este mundo moderno, son muchos los que quieren se suprima toda mortificación, la mínima incluso; toda penitencia o reparación; en otras palabras, quieren suprimir la cruz y el espíritu de sacrificio, a los que se opone el espíritu de pseudo libertad o licencia y de placer sin ningún límite. Todos ellos resultan estériles. Nada grande, en efecto, se logra sin espíritu de sacrificio. El espíritu de placer sin limitación algun a lleva evidentemente a la perdición, según se comprueba por las dos últimas guerras, que no han traído la paz verdadera , porque los hombres no quisieron entender que se trataba de un a vida verdaderamente honesta y cristiana.
Por contraposición, el Espíritu Santo suscita en muchas almas el espíritu de reparación verdadera y fecunda. Son muchos hoy los que, viendo esta esterilidad, se preguntan: ¿Es preciso repensar de nuevo qué deben ser la vida sacerdotal y la vida religiosa para adaptarse a las exigencias del mundo moderno?. Queriendo repensar qué debe ser la vida religiosa, han animado que «es preciso disminuir su austeridad, inconciliable con las exigencias de hoy; ha de disminuirse el tiempo consagrado a la oración;, para poder entregarse de lleno a las obras externas».
Otros que han meditado qué debe ser la vida sacerdotal según la concepción moderna se expresan así: «Acaso sea más conveniente que el Sacerdote no use ya un vestido distinto, ni la tonsura, signo externo de su vida sacerdotal; ni siquiera la recitación del Breviario. Acaso, acaso no convenga hoy el celibato», y otras cosas por el estilo.
Ciertamente los protestantes dijeron esto mismo, y Lutero, al separarse de la Iglesia, renunció inmediatamente a los tres votos religiosos. Por el contrario, lo que se ha de afirmar es que «la esterilidad del apostolado nace de que muchos Sacerdotes y Religiosos no tienen una Fe sobrenatural suficientemente intensa, viva, penetrante e irradiadora. No pueden, en consecuencia, comunicarla al Pueblo Cristiano, agitado por tan gravísimos errores.
La esterilidad proviene de que muchos Sacerdotes no tienen una esperanza bastante firme en el Auxilio Divino, y Caridad ardiente, alma del apostolado. ¿Por qué falta el celo por la Gloria de Dios y la salvación de las almas?. Porque falta espíritu de sacrificio; porque el Sacerdote ignora que debe ser Hostia con Cristo, que debe salvar las almas por los mismos medios que Cristo.
Sólo el espíritu de sacrificio arranca del alma sacerdotal y religiosa todo el desorden, haciendo que en ella prevalezca la Caridad, de la que nacen la paz y el gozo. Si se quita toda mortificación desaparece con ella el gozo, porque la vida afectiva de nuestro corazón, si se apega a lo sensible, se vuelve incapaz de elevarse hasta Dios.
Fuera, pues, los intentos de repensar cuál debe ser la esencia de la vida religiosa y sacerdotal; es el mismo intento de los modernistas queriendo descubrir de nuevo qué es un dogma. Lo que se ha de hacer es meditar, no histórica ni especulativamente, sino práctica y vitalmente, qué hicieron e intentaron los verdaderos Santos, sean Fundadores de Órdenes o pertenecientes simplemente al clero diocesano. Ver qué es lo que han pensado en todos los tiempos la Iglesia y los Romanos Pontífices sobre la vida sacerdotal y religiosa.
En especial, Pío X ha hablado del espíritu de sacrificio en las Exhortaciones al Clero Católico. Decía: «No desempeñamos el Ministerio Sacerdotal en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo. Así, pues, júzguenos el hombre, ha dicho el Apóstol, como Ministros de Cristo y dispensadores de los Misterios de Dios. Somos legados de Cristo. Por eso Cristo nos cuenta no en el número de los siervos, sino en el de los amigos: «Ya no os llamaré siervos. A vosotros os he llamado amigos porque todas las cosas que oí al Padre os las he dado a conocer...; os he elegido y colocado para que vayáis y consigáis mucho frutos. Por consiguiente, hemos de representar la persona de Cristo y desempeñar la legación por Él encomendada, de tal suerte que lo que Él ha intentado lo consigamos nosotros. Y puesto que una estrecha amistad pide querer las mismas cosas y rechazar otras de común acuerdo, nosotros, como amigos de Cristo, estamos obligados a sentir en nosotros lo que siente Cristo-Jesús, el cual es Santo, Inocente, Inmaculado.
Como legados Suyos debemos conciliar la Fe de los hombres con Su Ley y Sus Doctrinas, guardándolas nosotros escrupulosamente; como partícipes de Su Poder es preciso que luchemos por librar las almas de los lazos de la culpa, no sea que nosotros nos veamos implicados en ellos. Y principalmente como Ministros Suyos en el Sacrificio preciosísimo de la Misa, que se renueva para la vida del mundo con perenne virtud, debemos configurar nuestro ánimo con aquella disposición que Él tuvo al ofrecerse en la Cruz como Hostia inmaculada».
Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima",
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.











