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jueves, 7 de mayo de 2026

EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO EN EL SACERDOTE, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    Hoy, en este mundo moderno, son muchos los que quieren se suprima toda mortificación, la mínima incluso; toda penitencia o reparación; en otras palabras, quieren suprimir la cruz y el espíritu de sacrificio, a los que se opone el espíritu de pseudo libertad o licencia y de placer sin ningún límite. Todos ellos resultan estériles. Nada grande, en efecto, se logra sin espíritu de sacrificio. El espíritu de placer sin limitación algun a lleva evidentemente a la perdición, según se comprueba por las dos últimas guerras, que no han traído la paz verdadera , porque los hombres no quisieron entender que se trataba de un a vida verdaderamente honesta y cristiana. 

                    Por contraposición, el Espíritu Santo suscita en muchas almas el espíritu de reparación verdadera y fecunda. Son muchos hoy los que, viendo esta esterilidad, se preguntan: ¿Es preciso repensar de nuevo qué deben ser la vida sacerdotal y la vida religiosa para adaptarse a las exigencias del mundo moderno?. Queriendo repensar qué debe ser la vida religiosa, han animado que «es preciso disminuir su austeridad, inconciliable con las exigencias de hoy; ha de disminuirse el tiempo consagrado a la oración;, para poder entregarse de lleno a las obras externas». 

                    Otros que han meditado qué debe ser la vida sacerdotal según la concepción moderna se expresan así: «Acaso sea más conveniente que el Sacerdote no use ya un vestido distinto, ni la tonsura, signo externo de su vida sacerdotal; ni siquiera la recitación del Breviario. Acaso, acaso no convenga hoy el celibato», y otras cosas por el estilo. 

                    Ciertamente los protestantes dijeron esto mismo, y Lutero, al separarse de la Iglesia, renunció inmediatamente a los tres votos religiosos. Por el contrario, lo que se ha de afirmar es que «la esterilidad del apostolado nace de que muchos Sacerdotes y Religiosos no tienen una Fe sobrenatural suficientemente intensa, viva, penetrante e irradiadora. No pueden, en consecuencia, comunicarla al Pueblo Cristiano, agitado por tan gravísimos errores. 

                    La esterilidad proviene de que muchos Sacerdotes no tienen una esperanza bastante firme en el Auxilio Divino, y Caridad ardiente, alma del apostolado. ¿Por qué falta el celo por la Gloria de Dios y la salvación de las almas?. Porque falta espíritu de sacrificio; porque el Sacerdote ignora que debe ser Hostia con Cristo, que debe salvar las almas por los mismos medios que Cristo. 

                    Sólo el espíritu de sacrificio arranca del alma sacerdotal y religiosa todo el desorden, haciendo que en ella prevalezca la Caridad, de la que nacen la paz y el gozo. Si se quita toda mortificación desaparece con ella el gozo, porque la vida afectiva de nuestro corazón, si se apega a lo sensible, se vuelve incapaz de elevarse hasta Dios. 

                    Fuera, pues, los intentos de repensar cuál debe ser la esencia de la vida religiosa y sacerdotal; es el mismo intento de los modernistas queriendo descubrir de nuevo qué es un dogma. Lo que se ha de hacer es meditar, no histórica ni especulativamente, sino práctica y vitalmente, qué hicieron e intentaron los verdaderos Santos, sean Fundadores de Órdenes o pertenecientes simplemente al clero diocesano. Ver qué es lo que han pensado en todos los tiempos la Iglesia y los Romanos Pontífices sobre la vida sacerdotal y religiosa. 

                    En especial, Pío X ha hablado del espíritu de sacrificio en las Exhortaciones al Clero Católico. Decía: «No desempeñamos el Ministerio Sacerdotal en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo. Así, pues, júzguenos el hombre, ha dicho el Apóstol, como Ministros de Cristo y dispensadores de los Misterios de Dios. Somos legados de Cristo. Por eso Cristo nos cuenta no en el número de los siervos, sino en el de los amigos: «Ya no os llamaré siervos. A vosotros os he llamado amigos porque todas las cosas que oí al Padre os las he dado a conocer...; os he elegido y colocado para que vayáis y consigáis mucho frutos. Por consiguiente, hemos de representar la persona de Cristo y desempeñar la legación por Él encomendada, de tal suerte que lo que Él ha intentado lo consigamos nosotros. Y puesto que una estrecha amistad pide querer las mismas cosas y rechazar otras de común acuerdo, nosotros, como amigos de Cristo, estamos obligados a sentir en nosotros lo que siente Cristo-Jesús, el cual es Santo, Inocente, Inmaculado. 

                    Como legados Suyos debemos conciliar la Fe de los hombres con Su Ley y Sus Doctrinas, guardándolas nosotros escrupulosamente; como partícipes de Su Poder es preciso que luchemos por librar las almas de los lazos de la culpa, no sea que nosotros nos veamos implicados en ellos. Y principalmente como Ministros Suyos en el Sacrificio preciosísimo de la Misa, que se renueva para la vida del mundo con perenne virtud, debemos configurar nuestro ánimo con aquella disposición que Él tuvo al ofrecerse en la Cruz como Hostia inmaculada».


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 26 de febrero de 2026

CRISTO FUE HOSTIA EN SU CUERPO Y EN SU ALMA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    El Sacerdocio de Cristo es también perfectísimo por razón de la unión con la perfectísima Hostia ofrecida. Él mismo es simultáneamente Sacerdote y Víctima. Ninguna otra hostia sería digna de Su Sacerdocio. Cristo, además, fue Hostia no sólo en Su Cuerpo, sino también en Su Alma, que llegó a sentir ansias de muerte. El sacrificio externo y el interno no podían unificarse más. Ni la Hostia podía ser más pura, más digna, más consumida.  El Sacrificio del Calvario fue un holocausto perfectísimo: se cumplieron las palabras de San Juan Bautista: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo» (Evangelio de San Juan, cap. 1, vers. 29). 

                    El Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por la unión de Cristo con el Pueblo Cristiano, con la Humanidad completa de todos los tiempos y razas, que formó y debe formar Su Cuerpo Místico. Cristo, en efecto, ha muerto por todos los hombres, sin excepción alguna. El pueblo por el que se ofrece el Sacrificio de la Cruz no puede ser más numeroso, espacial y temporalmente; tampoco la unión, por parte de Cristo, puede ser más íntima. 

                    Cristo, pues, influyó moralmente en Su Cuerpo Místico por vía de mérito y satisfacción durante su vida terrestre; actualmente influye moralmente todavía por la oración de intercesión y físicamente, como instrumento en cuanto nos comunica todas las gracias que recibimos.

                    Por tanto, el Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por un triple motivo: Por la unión de Cristo-Hombre con Dios, con la Hostia ofrecida y con el Pueblo inmenso por el que Se ofrece. Ya no puede concebirse unión mayor del Sacerdote con Dios. Así se confirma la sentencia que sostiene que el Sacerdocio de Cristo se constituye formalmente, no por la gracia habitual capital, que puede, por la virtud infinita de Dios, aumentar lo mismo que la Caridad, sino por la gracia increada de Unión, que es la misma Persona del Verbo en cuanto termina, posee y santifica la Humanidad de Cristo y funda el valor infinito del Sacrificio de la Cruz y, por ende, el de la Misa. 

                    Se desprende que el Sacerdocio de Cristo es tan perfecto que no puede pensarse otro mayor: porque la unión del Sacerdote con Dios no puede ser más íntima que la hipostática. Porque el Sacerdote no puede unificarse más con la Hostia. Cristo es a la vez Sacerdote y Hostia. Y fue Víctima, no sólo en el Cuerpo, sino también en el Alma, que sufrió la tristeza hasta el punto de muerte. Porque el Sacerdote no puede unirse más al Pueblo ni éste ser más extenso: Cristo es Cabeza de todos los hombres y por todos ofrece Su Sacrificio. 


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 19 de febrero de 2026

EL SACERDOTE, UNIDO A DIOS POR LA SANTIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    El Sacerdocio es tanto más excelente cuanto el Sacerdote está más unido: 1) con Dios; 2) con una Víctima más pura, de más valor y más consumida; 3) con el Pueblo por el que el Sacrificio se ofrece. Este fundamento brota de la misma definición de Sacerdote mediador entre Dios y los hombres para ofrecer sacrificios. El Sacerdote, por tanto: 1) Debe estar unido a Dios por la Santidad, a fin de suplir las deficiencias en la adoración de los Fieles, en la oración, reparación y acción de gracias. 2) Tanto más perfecto es el Sacerdocio cuanto la Víctima ofrecida en sacrificio es más pura, de más alto valor -para expresar la pureza del alma arrepentida- y más se consume la Víctima, expresando la elevación de toda el alma a Dios (1) . 

                    Asimismo por razón de la Víctima es más perfecto el Sacerdocio en el que más se unifican Sacerdote y Víctima, ya que la oblación e inmolación exterior de la Víctima son signos de la oblación e inmolación interior del corazón del Sacerdote, como se dice en el Salmo (Salmo 51, vers. 18): «Porque no es sacrificio -externo- lo que Tú quieres; si no Te lo ofrecería: ni quieres tampoco holocaustos. El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito. Tú, ¡oh Dios!, no desdeñas un corazón contrito y humillado». Por eso Dios no aceptó el sacrificio, puramente externo, de Caín. 3) Es más perfecto el Sacerdocio en el que el Sacerdote está más unido con el Pueblo, y mayor cuanto más numeroso, pues el Sacerdote, como mediador de los hombres para ofrecer sacrificios a Dios, debe unificar las oraciones todas de los Fieles, las súplicas, las reparaciones, la acción de gracias, en una elevación de la mente a Dios, que sea como el alma de la oración de todo el pueblo. 

                    Por tanto, el Sacerdocio es tanto más perfecto cuanto más íntimamente se une con un Pueblo más numeroso. Tal Sacrificio es entonces más agradable a Dios y su efecto es más universal. Así sucedía cuando el Santo párroco Juan María Vianney ofrecía el Sacrificio por su pueblo y por los numerosos Fieles llegados en peregrinación. La prueba de este principio es sumamente fácil, aplicado al Sacerdocio de Cristo. Su altísima perfección resplandecerá de tal modo que no puede concebirse otro más perfecto.

                    Cristo, en efecto, como Sacerdote, no sólo es más Santo que todos los otros sacerdotes, sino que Es la misma Santidad, es el Verbo de Dios encarnado. Es Santo también como hombre, primordialmente por la gracia increada de la unión con el Verbo, por la que se consagra Su Humanidad. Por su parte, la Santidad formal y primaria de Cristo no es adquirida, sino innata; no es accidental, sino substancial; no es creada, sino increada. Las acciones humanas sacerdotales de Cristo son teándricas por razón de la Persona Divina del Verbo. De ahí que tuvieran por sí mismas un valor infinito para merecer y satisfacer y, hoy, para adorar y dar gracias. No bastaba la Gracia capital para conferir este valor infinito, por ser una gracia habitual creada. Aún más: Cristo es Santo por la plenitud de la Gracia habitual y de la Caridad creadas. 

                    Ahora bien, en Cristo, dado el Poder absoluto de Dios, la Gracia habitual creada y la Caridad podían aumentar; por el contrario, la Gracia de la unión hipostática no puede ser mayor. Se confirma así que el Sacerdocio de Cristo -no cabe concebir otro más perfecto- se constituye formalmente por la gracia de unión. 

                    Finalmente, Cristo tenía la potestad de excelencia para instituir los Sacramentos y el Sacerdocio indefectible hasta el Fin del Mundo. Por razón de la Santidad o Unión indefectible con Dios, el Sacerdocio de Cristo no puede ser más perfecto, ya que no puede darse una gracia mayor que la de Unión, aunque, dado el Poder absoluto de Dios, podrían darse una Gracia habitual y Caridad mayores que las que recibía el Alma Santísima de Cristo.   


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


NOTAS

                    1) Así vemos que por parte de la víctima el más perfecto de todos los sacrificios de la Antigua Ley fue el sacrificio de Abraham, ofreciendo a su hijo muy amado, quien, como figura de Cristo, se entregó obedientemente, sin resistencia alguna, antes bien orando y alabando a Dios. 



jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTIMA DEL FUEGO DE LA CARIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    En orden a la vida espiritual, se ha de insistir en la dignidad del Sacerdocio de Cristo, la que se manifiesta inmediata y concretamente considerando que fue y es siempre y al mismo tiempo Sacerdote y Hostia. Se lee en la Epístola a los de Éfeso (v, 2): «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave». 

                    ¿Por qué fue y será siempre Sacerdote y Hostia al mismo tiempo?. Porque ninguna otra hostia era digna de Su Sacerdocio. Fue una Hostia perfectísima de infinito valor, como la Oblación del Sacrificio de la Cruz era subjetivamente de valor infinito por parte de la persona del Verbo. Aún más: fue Hostia en un triple aspecto: Hostia por el pecado para la remisión de los pecados, Hostia pacífica para la conservación de la Gracia, Hostia de Holocausto para redimir las almas y unirlas perfectamente con Dios en la Gloria... 

                    Cristo, es cierto, no se dio muerte a Sí mismo; consintió voluntariamente el ataque de sus enemigos, pudiendo rechazarlos fácilmente, como acaeció al derribarlos en tierra en el Huerto de Getsemaní. Él había dicho: «Nadie Me quita la vida; Soy Yo quien la doy de Mí mismo» (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 18). 

                    Dice Santo Tomás que el fuego que abrasó esta Víctima fue el ardor de la Caridad, cuyo origen era el Cielo; poco después se manifestó sensiblemente -por la gloriosa Ascensión y Resurrección- que Dios Padre aceptaba la Víctima ofrecida. Ha de notarse que la muerte voluntaria de Cristo difiere de la de los Mártires, en cuanto que fue un sacrificio verdadero en su sentido propio. Cierto que la muerte de los Mártires es voluntaria, pero causada por heridas mortales, no tienen libertad de dar o retener la vida; Cristo, por el contrario, podía, por un milagro, no morir, aunque las heridas fueran mortales; podría haberlo querido si el Querer del Padre no le señalase morir por nosotros. Además, que no todos los Mártires son Sacerdotes. Por tanto, su sacrificio no es un sacrificio propiamente tal, ofrecido por un Sacerdote. Cristo, pues, se ofreció como Víctima primero en la Cena, incruentamente, bajo las especies de pan y de vino, luego en la Cruz en Su propio Cuerpo, cruentamente. 

                    Pero, aun cuando no se hubiera celebrado la Cena, Su Muerte voluntaria en la Cruz sería un Verdadero y Perfecto Sacrificio, y no una parte sólo del sacrificio. En la crucifixión hubo no sólo inmolación cruenta, sino incluso oblación interna y externamente manifestada, principalmente en aquellas últimas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo Mi Espíritu»; «todo se ha cumplido» (Evangelio de Lucas, cap. 23, vers. 46). El efecto de este sacrificio es la expiación de nuestros pecados: «Tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Profeta Isaías, cap. 53, vers. 4).


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 29 de enero de 2026

CRISTO ES SACERDOTE Y HOSTIA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    Es de Fe que Cristo, Nuestro Salvador, es Sacerdote, el Sumo Sacerdote, y que Su Sacerdocio es eterno. «Tenemos un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios» (1) ; «Es Sacerdote para siempre» (2) ; «Vive siempre para interceder por nosotros» (3) . Lo mismo enseñan el Concilio de Efeso (4) y el Tridentino (5) . 

                    Cristo es Sacerdote como hombre, pues el oficio propio del Sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo; dar cosas sagradas al pueblo: dar la Doctrina Sagrada, la Gracia -mediación descendente-, y ofrecer a Dios las oraciones y el sacrificio del pueblo -mediación ascendente-. 

                    Todo esto le compete de un modo singular a Cristo en cuanto hombre, en cuanto que Su Humanidad, situada en un orden inferior a Su naturaleza divina, está unida personal o hipostáticamente al Verbo, y recibe además, como Cabeza de la Iglesia, la plenitud de la Gracia. En esto mismo se patentiza, ya que Su Sacerdocio se ordena a manifestar el amor de Dios para con nosotros. 

                    De ahí que Santo Tomás, preguntando (6) si convenía que. Cristo fuera sacerdote, cita estas palabras de San Pedro (7) : «Nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza». Así cumplió Su oficio de donar cosas santas: dio la Gracia, semilla de la Gloria o Vida eterna. En el mismo lugar Santo Tomás cita la Epístola a los colosenses (8) «Plugo al Padre que en Él -Cristo- habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas». Es, pues, Sacerdote y Mediador como hombre, siendo en este aspecto inferior a Dios. 

                    Mas aun como hombre es superior a los Ángeles, no por razón de la naturaleza, sino por la unión hipostática y por la plenitud de la Gracia y de la Gloria, ¿por qué se dice que Su Sacerdocio es eterno? 

                    Santo Tomás enseña (9)  que se dice eterno por un triple motivo: 

            1) Por razón de la unción imperecedera, es decir, por razón de la unión hipostática, a la que sigue la plenitud inadmisible de la gracia y de la gloria. 

            2) Se dice también eterno en cuanto no tuvo sucesor, sino que vive siempre para interceder por nosotros. 

            3) Por la consumación de Su Sacrificio, o sea por la perpetua unión de los hombres redimidos con Dios visto cara a cara. Este es el fruto eterno del Sacrificio del Salvador, la vida eterna. Por la cual se afirma en la Epístola a los hebreos (IX, 11) que Cristo «fue constituido Pontífice de los bienes futuros». 

                    Cristo es, finalmente, Sacerdote y Hostia, al mismo tiempo, en cuanto que Él mismo se ofreció por nosotros a Dios Padre, sufriendo la muerte. Esto es de Fe; está en la Sagrada Escritura (Eph., v, 2): «Se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave»; y en el Concilio Tridentino (Dz., 938): «Se ofreció a Sí mismo al Padre una vez en el Ara de la Cruz, sufriendo la muerte para alcanzarnos la Redención eterna (10). 

¿Cuál es el constitutivo formal del Sacerdocio de Cristo? 

                    El Sacerdocio de Cristo se constituye, según muchos teólogos, cada vez en mayor número, por la gracia de la unión hipostática. Se fundan en una triple razón: 

            - Por razón de la unión hipostática ofreció un Sacrificio de valor infinito, satisfaciendo y mereciéndonos la Vida eterna. 

            - Cristo, además, como hombre, es Sacerdote en cuanto ungido por Dios. Ahora bien: Su unción primordial es la gracia de unión. 

            - Cristo es por una misma gracia Santo y Santificador; como Santo lo es, en primer lugar, por la gracia, de unión, por la misma gracia ha de ser Santificador y Sacerdote.


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


REFERENCIAS

1 Hebr., iv, 14. 

2 Ib., VII, 3. 

3 Ib., VII, 25. 

4  Dezinger 122. 

5  Dezinger 938. 

6 III, 22, 1. 

7 II Petr., i, 4. 

8 Col., i, 19

9 III, 22, 5

10 Véase el Concilio Tridentino, Dz., 940: «Porque una misma es la Hostia (en el Sacrificio de la Cruz y en el de la Misa), uno mismo es hoy el oferente por el Ministerio de los Sacerdotes, que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, diversa únicamente la manera de ofrecerse», en cuanto que hoy la inmolación no es cruenta ni meritoria, sino aplicativa de los méritos conseguidos por su Pasión. 



jueves, 4 de julio de 2019

EL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS, el Amor encerrado en la Sagrada Eucaristía


               La Sagrada Eucaristía es la prueba más palmaria del Amor que Jesús Nuestro Señor tuvo y sigue teniendo a los hombres. En Ella tenemos el Memorial de Su Pasión y el Amor viviente de Jesús, que a diario se aplica a nuestras almas, pues Él mismo está corporalmente presente en todas las partes de la tierra.

               Por eso hoy la Santa Iglesia Católica honra de una manera especial al Sagrado Corazón de Cristo Jesús, en esta manifestación de Amor que compendia todas las demás.

              "La razón particular y el objeto de esta Fiesta... es conmemorar el Amor de Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía. Quiere la Iglesia por este medio excitar más y más a los fieles a que se acerquen confiados a este Santísimo Misterio, y que los corazones ardan cada día más y más en las llamas de la Divina Caridad que abrasan al Sagrado Corazón de Jesús, cuando, por Su infinito Amor instituyó la Santísima Eucaristía, en que Ése mismo Corazón, los guarda y los ama, viviendo y morando con ellos, como ellos viven y moran con Él. Porque en este Sacramento de la Divina Eucaristía, Jesús se ofrece y se da a nosotros como Víctima, Compañero, Alimento y Viático, y prenda de la Gloria futura."


Papa Benedicto XV, 9 de Noviembre de 1921




EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
Y EL SACERDOCIO
han brotado del Corazón Eucarístico de Jesús


               En todas partes de la tierra, donde hay una Hostia consagrada en un Tabernáculo, incluso en las misiones más lejanas, Él permanece con nosotros como "el dulce compañero de nuestro exilio".

               Él está en cada Tabernáculo "esperándonos pacientemente, solicitándo escucharnos, deseando ser escuchado por nosotros" .

               El Corazón Eucarístico de Jesús nos dio la Eucaristía como sacrificio, para perpetuar esencialmente el Sacrificio de la Cruz en los Altares hasta el fin del mundo y para aplicar los frutos sobre nosotros.

               Y en la Santa Misa, Nuestro Señor, que es el Sacerdote principal , continúa ofreciéndose por nosotros."El Cristo viviente no deja de interceder por nosotros", dice San Pablo (Carta a los Hebreos, cap. 7, vers. 25). Lo hace especialmente en la Santa Misa, donde, según el Concilio de Trento, es el Sacerdote mismo quien continúa ofreciéndose a través de Sus Ministros, de una manera no cruenta, después de haberse ofrecido cruentamente en la Cruz.

               Esta oblación interior, siempre viva en el Corazón de Cristo, es como el alma del Santo Sacrificio de la Misa y le da su valor infinito. Cristo Jesús continúa ofreciendo a Su Padre nuestras adoraciones, nuestras súplicas, nuestras reparaciones y nuestras acciones de gracia. Pero sobre todo, siempre es la misma Víctima pura que se ofrece, el mismo Cuerpo del Salvador que fue crucificado, y Su Sangre Preciosa se vierte sacramentalmente sobre el altar , para continuar borrando los pecados del mundo.

               El Corazón Eucarístico de Jesús, dándonos el Sacrificio Eucarístico, también nos dio el sacerdocio. Después de haberles dicho a Sus Apóstoles: "Vengan conmigo, los haré pescadores de hombres" (San Marcos, cap. 1, vers. 16) y " No me eligieron, pero los elegí y los nombré para que puedan ir y dar fruto..."(San Juan, cap. 15, vers. 16) les dio, en la Cena, el poder de ofrecer el Sacrificio Eucarístico, diciendo: "Este es Mi Cuerpo, que es dado por vosotros: haced esto en memoria mía" (San Lucas, cap. 22, vers, 19).

               Les dio el poder de la Santa Consagración, que renueva constantemente el Sacramento del Amor. De hecho, la Eucaristía, Sacramento del Sacrificio, no puede perpetuarse sin el Sacerdocio, y es por esta razón que la gracia del Salvador germina y florece en la sucesión de generaciones, después de casi dos mil años, de vocaciones sacerdotales. Será así hasta el Fin del Mundo.



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               Finalmente, el Corazón Eucarístico de Jesús nos es dado en la Sagrada Comunión. El Salvador Nos es dado como alimento, no porque lo asimilemos, sino para que nos hagamos más y más como Él, más vivificados, santificados por Él, incorporados a Él.

               Un día le dijo a Santa Catalina de Siena: "Tomo tu corazón y te entrego el Mío" , fue el símbolo sensible de lo que espiritualmente sucede en una Comunión ferviente, en la que nuestro corazón muere y su mezquindad, su egoísmo, a su amor propio, a expandirse y llegar a ser similar al Corazón de Cristo en pureza, fuerza, generosidad.

               Otra vez, el Salvador concedió a la misma Santa, la gracia de beber durante mucho tiempo en la Herida de Su Corazón: otro símbolo de una ferviente Comunión, en la que el alma bebe, para poder llamar espiritualmente al Corazón de Jesús ", Fuente de nuevas gracias "," Dulce refugio de la vida oculta "," Maestro de los secretos de la unión divina "," Corazón de quien duerme, pero que siempre vigila ".

               San Pablo había dicho (1 Corintios, cap. 10, vers. 16): " La copa de bendición que bendecimos, ¿no es una Comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es una Comunión con el Cuerpo de Cristo?" Y, como subraya Santo Tomás, el sacerdote en la Santa Misa, comunicándose con la Preciosa Sangre, se comunica para él y para todos los fieles.


Padre Garrigou Lagrange, OP