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jueves, 17 de abril de 2025

JESÚS NUESTRO SEÑOR INSTITUYE EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los Fieles, por los que creerán en Él por Su Palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 25 de mayo de 2023

QUE EL SACERDOTE VIVA DE JESÚS

 


               ...el hombre tiene necesidad de Dios. Su debilidad debe de apoyarse en la fuerza divina; su pobreza reclama los tesoros del Cielo; su nada tiene continua necesidad de acercarse a la fuente del ser. En cambio, el pecado lo aleja de la Santidad divina. ¡Dios es tan grande, tan puro, está tan elevado en la altura inaccesible de la Verdad y la Justicia!... Es necesario un mediador entre Dios y el hombre; este mediador es Jesucristo. 

               Pero el hombre es tan miserable que necesita otro mediador entre Jesucristo y él, ¡y este mediador es el Sacerdote! Y el Sacerdote ofrece el Sacrificio. Toma entre sus manos consagradas la Víctima divina, la eleva hacia el Cielo y, ante su vista, Dios se inclina hacia la tierra, la Misericordia desciende, el Amor Infinito se desborda con más abundancia del seno del Eterno Ser.

               ¡El Creador y su criatura se acercan, se abrazan en Cristo, se reúnen en el Amor! Estas son las magníficas funciones que cumple el Sacerdote en favor de la humanidad: enseña, perdona, consuela, ofrece el Sacrificio. ¡Jesús, el Sacerdote Eterno, las había realizado antes que él y con qué suma perfección! Si hubiera sido posible, habría querido ejecutarlas siempre directamente Él mismo; pero convenía que, después de experimentar el sufrimiento, Jesús volviera a entrar en la Gloria. Por eso Su Amor Misericordioso formó al Sacerdote en el cual Él mismo se perpetúa y revive incesantemente Su Vida de Amor por los hombres, Sus hermanos. 

               Por medio del Sacerdote continúa instruyendo, purificando, consolando y acercando a Dios todas las generaciones que se suceden sobre la tierra. En la dolorosa fase que atraviesa ahora el mundo, la Humanidad desviada siente más que nunca necesidades inmensas; más que nunca, reclama ser nutrida por la Verdad, alejada del mal, consolada en sus tristezas, acercada a Dios y caldeada por el Amor. Parece que Jesucristo debería volver otra vez a la tierra. 

               Pero no, Su Humanidad resucitada puede permanecer en la Gloria. Él ya ha provisto a todas las necesidades del mundo; ¡le ha dejado Su Eucaristía y Su Sacerdocio! Con la Eucaristía el hombre puede alimentar su alma con la Verdad Eterna y el Amor Infinito y, en cierto modo, divinizar su carne enferma y sus sentidos inclinados al pecado. En el Sacerdocio puede encontrar los auxilios que continuamente necesita en el transcurso de su pobre vida. Sin embargo, si en la Eucaristía Jesús es siempre el mismo, eternamente vivo, en el Sacerdote, Su Vida divina puede ser más o menos intensa; no porque Él no se dé siempre con la misma abundancia, sino porque el Sacerdote puede aprovecharse más o menos de esta abundancia. 

               Para que Jesús reviva en el Sacerdote, es necesario que el Sacerdote viva de Jesús. El Amor Infinito, al desbordarse del Ser Divino, había creado al hombre; este mismo Amor, rebosando del Corazón de Jesús, ha creado al Sacerdote; y así como el hombre no encuentra su verdadera vida y la perfección de su ser sino volviendo a Dios, su eterno principio, así el Sacerdote no puede poseer la plenitud de la vida y la perfección de su ser sacerdotal, sino yendo al Corazón de Jesús. 

               Por esto, en estos tiempos en los que las santas funciones del Sacerdote son tan necesarias para el mundo, Jesús llama a los Sacerdotes a Su Corazón para que en esta Divina Fuente se nutran de nuevas gracias y, sumergiéndose en este océano de Amor de donde han salido, encuentren en Él una renovación y un acrecentamiento de vida sacerdotal. 

               ¡Que el Sacerdote vaya, por tanto, a Jesús, que se una estrechamente a Él! ¡Su misión es tan grande y su acción puede ser tan fecunda! ¡Que considere las acciones de este Divino Modelo, que escuche Sus palabras, que penetre en Sus pensamientos, que lo siga paso a paso en el Santo Evangelio, que aprenda de este Maestro adorable a cumplir dignamente las sagradas funciones del Sacerdocio! 

              Jesús ha sido el primero en ejercerlas; el Sacerdote no tiene más que seguir sus divinas huellas. Revestirse de Cristo es imitar a Cristo, reproducir Sus adorables virtudes, Sus acciones santas, hasta Sus mismos gestos divinas. Y si todos deben revestirse de Cristo, ¿no debe hacerlo más que nadie el Sacerdote, que debe dar a Jesucristo al mundo? 

               SÚPLICA: ¡Oh Jesús, Pontífice eterno, divino Sacrificador! Tú, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, dejaste brotar de tu Corazón Sagrado el Sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando en tus sacerdotes las ondas vivificantes del Amor Infinito.

               Vive en ellos, transfórmalos en Ti; hazlos, por tu gracia, instrumentos de tu misericordia; obra en ellos y a través de ellos y haz que, después de haberse revestido de Ti por la fiel imitación de tus adorables virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizas para la salvación del mundo. 

               Divino Redentor de las almas, mira cuán grande es la multitud de los que aún duermen en las tinieblas del error; cuenta el número de las ovejas descarriadas que caminan al borde del precipicio; considera la muchedumbre de pobres, hambrientos, ignorantes y débiles que gimen en el abandono. Vuelve, Señor, a nosotros, por medio de tus sacerdotes; revive realmente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo enseñando, perdonando, consolando, sacrificando, reanudando los sagrados vínculos del Amor entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Así sea. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 18 de mayo de 2023

EL SACERDOTE, MAESTRO DE LAS ALMAS

  

               Jesús ha enseñado la Verdad a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Desde el príncipe de los sacerdotes hasta la pobre samaritana, todos fueron instruidos por Su Palabra, todos recibieron la verdad de Sus divinos labios. Con maravillosa adaptación de inteligencia e incomparable humildad, supo siempre adaptarse a la capacidad de aquellos a quienes debía instruir. 



               Con Nicodemo, doctor de Israel, es profundo, sublime y toca los misterios más elevados. Con los sacerdotes y escribas, Sus enseñanzas se apoyan siempre en la Ley, los profetas y la Sagrada Escritura. Con el pueblo es sencillo, familiar, y se expresa con comparaciones sacadas de las labores campestres; tenemos así sus divinas parábolas: el sembrador, el grano de mostaza, la vid, etc. Se adapta siempre a su auditorio, sin caer nunca en lo vulgar, en lo afectado, en lo difícil de entender, aun en las materias más elevadas. ¡Qué encanto en las enseñanzas de Jesús, tan luminosas y simples, tan ricas de doctrina celestial y carentes de ornatos superfluos! ¡Qué dulce majestad en Sus menores palabras! ¡Qué gravedad afable, qué modesta dignidad, qué fuerza persuasiva, qué claridad de exposición, cuánta gracia! ¡Qué poesía penetrante y sublime en esos ejemplos tomados de la naturaleza! ¡Oh, si se pudieran estudiar detalladamente las inefables bellezas de Nuestro adorable Maestro! ¡Es el Verbo del Padre, el Maestro Divino, descendido del cielo para instruir a las almas! Con esto, ¿no está dicho todo?.

               También el Sacerdote debe enseñar a todos la Verdad. Si quiere ser verdadero Apóstol, verdadero Sacerdote de Jesús, debe hacerse, como Jesús, todo a todos. Su único fin debe ser comunicar la Verdad que posee y el Amor que le abrasa. Por tanto, que no aspire a un género particular, ni busque un método nuevo y personal que, a lo más, podrá interesar a algunos; sino que se esfuerce en adaptarse a su auditorio. 

               Siempre claro y exacto, que anuncie la Verdad sencillamente, con la única intención de hacer el bien. Entonces habrá encontrado el secreto de esa unción penetrante que viene del corazón y que el doble Amor de Jesús y de las almas derrama, como naturalmente, en los labios del Sacerdote. Al enseñar la Verdad, es necesario que dé lo mejor de sí mismo, y que sin despreciar a nadie, se entregue por entero a su misión sublime de Maestro de las almas.

               Cuando enseñaba, Jesús encontró muchos obstáculos, dificultades y sufrimientos y tuvo una Paciencia infinita. No se dejó descorazonar por la rudeza de los espíritus, ni por la lentitud en comprender, ni por las objeciones sin fundamento. Las críticas, las injurias, la doblez de aquellos a quienes trataba de instruir e iluminar, no lograron cansarlo. 

               En sus miras no figuró nunca la propia gloria; nunca buscó el éxito humano. Arrojó a manos llenas y de todo corazón la divina semilla en las almas, dejando al espíritu de Amor el cuidado de hacerla germinar y madurar. Sabía que enseñando Su moral, suave, es cierto, pero austera, muchos se alejarían de Él. Con Su Divina Presciencia sabía que muchos de aquellos a quienes instruía dejarían que ese germen de vida pereciera por negligencia, o incluso lo arrancarían con sus propias manos. Y no obstante eso, no dejó nunca de dar Sus Lecciones divinas, ni de abrir a todos los tesoros de Su Sabiduría. 

               La contradicción, los desprecios las dificultades de toda índole se encuentran también en el camino del Sacerdote; pero no debe dejarse abatir. Jesús, el Divino Maestro, ¿no está con él? ¿No tiene las divinas promesas de Jesús para consuelo y sostén? ¡Tome entonces la Cruz del Maestro y camine! Pero que se guarde, sobre todo, de alterar el Evangelio con el pretexto de conciliar entre sí el espíritu del mundo y el espíritu de Jesús y de formarse un Cristianismo de fantasía, para halagar las pasiones humanas. 

               Las verdades evangélicas se imponen por sí mismas y el Sacerdote debe tan solo presentarlas como son, iluminadas por los reflejos divinos de la Dulzura y de la Misericordia del Corazón de Jesús. Sí, que haga conocer bien los derechos de Dios, Sus Leyes justas y fuertes, y también Su Paciencia, Su Bondad, el inefable Amor del Redentor por las almas; pero que no descienda nunca a compromisos bajos, a procedimientos humanos, a la búsqueda culpable del éxito personal. 

               "Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas". Son las palabras que Jesús dirigía a Sus Apóstoles, a Sus Sacerdotes, al enviarlos a anunciar la Buena Nueva. ¡Cómo sabía unir el adorable Maestro, la prudencia y la sencillez en Su Enseñanza! ¡Qué prudente se mostraba cuando instruía individualmente a las almas! 

              Procedía gradualmente, soportando las debilidades, exigiendo a cada uno únicamente lo que podía dar, esperando con infinita paciencia, que se abriera a la gracia y respondiera a Sus misericordiosas prevenciones. Preparaba lentamente y con dulzura los espíritus antes de descubrirles la Verdad; fortalecía los ánimos abatidos y no exigía nada con dureza. ¡Y cuánta prudencia en Su enseñanza pública! Se mostraba siempre respetuoso hacia las autoridades legítimas y amigo de la paz. 

               Sabía desconcertar la astucia de Sus enemigos con Su Sabiduría y después de tres años de predicación durante los cuales enseñó una doctrina y dio leyes opuestas por completo a las del mundo, no se encontró ningún testigo que pudiera deponer en Su contra cuando se lo acusaba ante los jueces y los príncipes. 

                Cuando censuraba vicios y errores, nunca nombraba a los culpables. ¡Qué exquisita discreción en Su conducta ante la adúltera! ¡Qué reserva en Sus palabras cuando debía instruir a las gentes acerca de los más delicados preceptos de la moral, revelar la santidad del vínculo conyugal o los divinos encantos de la virginidad! Su prudencia en este punto es tan grande, Sus palabras tan puras, que el alma del niño más cándido y desconocedor del mal, puede leer y releer el Evangelio sin que nada pueda turbar su pensamiento o cubrirlo de sombra alguna. 

               El Sacerdote, según el ejemplo del Maestro, debe, pues, unir en su enseñanza la prudencia con la sencillez. Si quiere prodigar el bien en medio del mundo corrupto en el que debe vivir, es necesario que hable y proceda con Divina Sabiduría. Sea prudente en la predicación pública y más apóstol que polemista; con preferencia, más distribuidor de los dones de Dios y Ministro de Misericordia, que violento reformador del mundo. El odio se vence únicamente con amor; el pecado se destruye tan sólo con la Sangre de Jesús, manso y humilde de Corazón. Es innegable que a veces hay que ser fuerte, pero la prudencia debe regular la fuerza, presidir al justo rigor y orientar tanto el castigo como perdón.

               El Sacerdote debe ser prudente en su enseñanza privada; estudiar bien las almas antes de dirigirlas. Sea prudente al decidir la vocación de los demás; prudente al hacerles contraer ligaduras que puedan vincular su porvenir y tal vez turbar sus conciencias. Prudente sobre todo en la enseñanza impartida a los jóvenes y a las mujeres. ¡Son ya de por sí imprudentes en demasía! 

                Cuántas familias turbadas, cuántos esposos desunidos, cuántas almas desorientadas y a veces apartadas del camino de la Piedad a causa de un consejo imprudente, de unas palabras justas y santas en el fondo, sin duda, pero que pueden ser mal interpretadas en su forma. El Sacerdote debe rodearse de prudencia a ejemplo de su Divino Modelo. También él es Maestro, Maestro de almas, de Santidad y de Virtud. Que sus palabras sean, por tanto, un eco de las palabras de Jesús, impregnadas de sabiduría, de prudencia y de verdad.


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



domingo, 14 de mayo de 2023

Venerable Sor María Luisa Margarita Claret de la Touché (1868-1915): Apóstol del Amor Infinito

 



               Su nombre de pila era Marguerite-Céline Claret de la Touche; nació el 15 de Marzo de 1868 en la localidad francesa de Saint - Germain en Laye. Destinada a tener una vida regalada, ya que su familia pertenecía a la alta burguesía, no impidió que sus padres la educaran en una profunda religiosidad que marcaría su vida futura.

               De joven, estudió arte y disfrutaba de fiestas mundanas y de muchas frivolidades, si bien su moral fue siempre intachable; pero pronto sintió la necesidad de abrazar la vida religiosa. El 20 de Noviembre de 1890, a sus veintidós años, ingresó en el Monasterio de la Visitación de Romans-sur-Isère y dos años después profesó como Religiosa Salesa. 

               Su vida era entonces plena, en un lugar que había elegido, lejos del mundanal ruido. Pero en 1906, las leyes anticlericales que imperaban en Francia, obligaron a las monjas a abandonar su hogar y refugiarse en Italia. Instaladas en Turín, la hermana Luisa Margarita fue elegida Superiora, cargo que asumió durante seis años. De alma viva y espíritu fuerte, la Madre Luisa Margarita tuvo que hacer grandes esfuerzos por encauzar su carácter y ponerlo al servicio de Dios y de su Comunidad.

               El 6 de Junio de 1902, Fiesta entonces del Sagrado Corazón de Jesús, cuando estaba en adoración ante Jesús Sacramentado, empezó a tener sus primeras experiencias místicas y a concretar su Apostolado en favor del Clero Católico. La Madre Luisa Margarita tuvo unas visiones en las que Jesús la instaba a rezar y ofrecerse de continuo por los Sacerdotes, diciéndole "Te dará almas de hombres, almas de Sacerdotes... Te inmolarás por Mi Clero".

               Estas experiencias místicas fueron pronto conocidas por su Director Espiritual, el jesuita Padre Alfredo Charrier, que le aconsejó escribiera aquellas nociones celestiales. Entre sus varios escritos destacan los dedicados al Sacerdocio, recogidos en el libro "El Sagrado Corazón de Jesús y el Sacerdocio".



               Luisa Margarita describió el Sacerdocio como una misión clave y por eso, los hombres llamados a dicha misión debían tener una serie de cualidades determinadas. En este sentido, decía que necesitaban "sentir las debilidades, las luchas, los dolores, las tentaciones, los temores, las rebeldías del hombre; debe tener experiencia de la propia miseria para poder ser misericordioso, y también es necesario que sea fuerte, puro, santo para poder santificar. Mi Sacerdote tiene que tener el corazón grande, tierno, ardiente, fuerte para amar".

               Según Luisa Margarita, el Sacerdote debía ser piadoso, misericordioso, sacrificado, su vida ha de ser modelo y ejemplo para el resto de Cristianos.

               "Es el Sacerdote a quien Jesús ha confiado el cuidado de difundir y alimentar el Fuego Divino de la Caridad. Para hacerlo capaz de su misión sublime, le ha abierto más que a ningún otro, los tesoros de su amor indefectible".

               El Sacerdote debía ser reflejo de la Vida de Jesús y modelo para toda la humanidad: "El hombre tiene necesidad de Dios. Su debilidad debe de apoyarse en la fuerza divina; su pobreza reclama los Tesoros del Cielo; su nada tiene continua necesidad de acercarse a la fuente del Ser". Y añadía: "He aquí la obra del Sacerdote: hacer conocer a Jesús bajo el aspecto más amable, dulce y atrayente; hacer penetrar en las almas el conocimiento de la Misericordia; abrir los corazones a la Confianza y al Amor. ¡Qué consoladora misión!"

               En 1914, la Madre Luisa Margarita fundaba el Monasterio de la Visitación en Vische, cerca de Turín, donde falleció apenas unos meses después, tal día como hoy, el 14 de mayo de 1915, cuando contaba 47 años de edad. En 1937 la Iglesia permitía el inicio de su proceso de beatificación.



Consigue el libro 
"El Sagrado Corazón de Jesús y el Sacerdocio"
De la Madre Luisa Margarita Claret de la Touche


Tel. 629 792 949 / 676 059 594 / 609 283 706




jueves, 4 de mayo de 2023

AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LA SANTA IGLESIA

  

               El Amor de Jesús por la Santa Iglesia es un amor de Esposo. Para unirse a ella abandonó las delicias del Cielo, se entregó por entero a ella. Le ha dado Su Alma, aplicándole sin medida ni restricciones Su Divina Inteligencia, Su Memoria y todas las operaciones de Su Espíritu. 



               Le ha dado Su Corazón, consagrándole un Amor fiel, ardiente, único, eterno. Le ha dado Su Cuerpo y ¡de qué modo tan inefable! La ha adornado con las joyas más valiosas. La ha rodeado de los cuidados más tiernos y vigilantes. La ha hecho grande, noble, digna de honor. La ha hecho fecunda. Le ha conservado una fidelidad inviolable. ¿Hubo alguna vez unión más estrecha, más indisoluble que la de Jesucristo con Su Iglesia? Entre esposos ¿reinó alguna vez amor más ardiente y fuerte, donación más completa y eficaz? La unión mística se consumó en la Cruz como en un lecho nupcial. 

               Desde entonces, desde aquellas divinas nupcias, siempre se han sido el uno para el otro. En la prosperidad y en la desgracia, en la persecución y en el honor, en la alegría y en la angustia, nunca se han separado. Cuando se despreció a Jesús, la Iglesia participó en el oprobio; cuando se abandonó a Jesús, la Iglesia, Su Esposa, conoció el abandono; cuando se alabó y amó a Jesús, la Iglesia participó en el gozo. Del mismo modo, todos los ultrajes hechos a la Iglesia hirieron a su Divino Esposo; todas las pruebas que debió sufrir, las compartió con Él. ¡Se encuentran tan estrechamente unidos y ligados que los golpes dirigidos contra Cristo por la impiedad de todos los tiempos, siempre han herido a la Iglesia; y el fango arrojado al manto de la Iglesia ha recaído siempre sobre las vestiduras de Cristo! 

               La primera lágrima de Jesús en la cuna bastaba para rescatar al mundo; más aún, el primer suspiro de Su Corazón al entrar en la vida hubiera sido rescate abundante. Entonces, ¿por qué tantos trabajos, tantos sufrimientos, tantas lágrimas y tanta sangre derramada? ¡Es el Amor de Jesús por Su Iglesia! Quería enriquecerla con tesoros divinos. Quería revestirla de púrpura y dio la propia Sangre para teñir su manto; quería rodear su cuello de perlas preciosas y derramó lágrimas; quería coronarla de honores e inmortalidad y dio Su propia Vida y Su propio Honor para formar su corona. ¿Puede el amor llegar más lejos? ¿Puede prolongarse más allá de la tumba? ¿Puede sobrevivir a la muerte? Cuando el esposo ha dado la vida por la esposa, ¿qué más puede darle? 

               Jesús dio más todavía. Volvió a tomar la Vida que había sacrificado, la transformó y, encerrándose con esta nueva Vida en un estrecho Sagrario, permanece, por amor a la Iglesia, en estado de Perpetuo Sacrificio hasta el Fin de los Tiempos. Y mientras todos los días se inmola así por ella, continúa colmándola de Sus dones: la ilumina con luces celestiales, la inflama con el fuego de Su Corazón, la nutre con un delicioso alimento, alimento que es Su mismo Cuerpo, ¡Su Carne Divina! La fortalece y la provee de armas en medio de los combates que ella debe sostener, ya que milita sobre la tierra. La consuela en sus angustias y le prepara un Triunfo definitivo para la Eternidad, una glorificación completa. 

               Si la Santa Iglesia es la Esposa de Cristo, lo es también del Sacerdote: es su Compañera elegida. En el momento en que debía entregar su corazón y tomar una decisión sobre su vida, el elegido de Cristo consideró en su alma el lugar hacia el cual dirigiría su destino y movido por el impulso suave de la Gracia Divina, iluminado por los dulcísimos rayos que el Amor Infinito esparcía en su corazón, eligió. 

               Desdeñando la hermosura que pasa, la gloria que perece y esa felicidad incierta que se va con el tiempo y que la muerte siempre destroza, elevándose por encima de los placeres pasajeros y falaces de los sentidos y la imaginación, mediante un acto libre, eligió a la Iglesia como única esposa. La tomó como su herencia y se entregó a ella por entero. El subdiaconado fue el día de la pedida de mano, el Sacerdocio el de la unión total. Desde entonces caminan juntos por la vida. Participarán de la misma fortuna, sufrirán y gozarán juntos; el honor de uno será el honor de la otra; ya no pueden separarse. ¡Es tan bella la Santa Iglesia que, con su juventud siempre renovada, desafía la sucesión de los siglos! ¡Es tan rica en tesoros celestiales! 

               Hija de Dios, nacida de Sangre Divina, ¡es tan noble y tan grande! ¡Con cuánto amor debe amarla el Sacerdote! ¡Con qué celo debe conservarla en su integridad! ¡Con qué santo ardor debe defenderla contra los enemigos perpetuamente aliados contra ella! ¡La Iglesia! ¡Debe ser la gran pasión del Sacerdote! Para hacerla libre y feliz, para verla irradiar desde el centro de su espléndida unidad hacia la universalidad de las almas, debe estar dispuesto a afrontar todas las fatigas y abrazar todos los sacrificios.

               Con sus dogmas tan ciertos, con sus enseñanzas tan luminosas, con su admirable Jerarquía y con las maravillas de virtud, de pureza, de abnegación y de genio que produce desde hace veinte siglos, la Iglesia bien merece que el hombre se entregue a ella con la plenitud de su alma, con todo el impulso de su corazón. ¡Ella sabe restituir tan bien y mejorar lo que se le da! Sabe dilatar tan bien las inteligencias, elevar los espíritus, inflamar los corazones. Cuando toma a una criatura humana, sabe muy bien transformarla, perfeccionar sus cualidades, ampliar sus horizontes y desarrollar su poder de ser y de conocer. ¡Ella es, con Dios, la gran reformadora de la humanidad, la maravillosa transformadora de las almas, de las sociedades, de las naciones! El Sacerdote debe amar a esta esposa incomparable como la amó Jesús: en las fatigas, en las persecuciones, ¡hasta la santa locura del Sacrificio y de la Cruz!


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 27 de abril de 2023

JESUCRISTO, MODELO DIVINO DEL SACERDOTE. Parte III

  


               En el Seno de Dios hay una desbordante plenitud de Amor, que es Su Esencia, Su Vida, Su Movimiento, Su Fecundidad. Esta Plenitud tiene una continua necesidad de extenderse, de difundirse; va hacia la criatura, hasta el hombre en particular, por una inclinación natural. El Amor necesita llenar el vacío de la criatura y vivificarlo todo. 

               A veces, el corazón del hombre siente el Amor Infinito, pero su inteligencia humana lo conoce menos. Por eso hay tantas sombras en la inteligencia humana, sobre todo en lo que respecta al conocimiento de Dios, de Sus Misterios y de las Verdades sobrenaturales. El Amor no debe ser para el hombre sólo un sentimiento que experimenta sensiblemente, sino un conocimiento recibido por sus facultades intelectuales. 

               En la misma medida en que una persona conciba el Amor Infinito en su mente y su corazón, también concebirá el conocimiento de las Verdades eternas y de todos los Misterios de Dios. El Amor Infinito, como fuego divino, es calor para el corazón del hombre y luz para su inteligencia. Si el hombre se aleja del foco del Amor, su corazón se enfría y su espíritu se oscurece. 

               Miremos el movimiento sublime que se realiza en Dios para atraer hacia Sí a Su amada criatura: es movimiento de Amor y de Misericordia. En primer término abraza al Sacerdocio para estrecharlo junto a Su Corazón y empaparlo de Su Amor; luego, por medio de Sus Sacerdotes, abraza a todas las almas. Los Sacerdotes deben, pues, entrar en un conocimiento profundo y enteramente renovado del Amor Infinito. El mundo no puede recibir directamente esta revelación de Amor ni recoger sus frutos de gracia y salvación. 

               El Sacerdote, más cercano a Dios y ya consagrado, es quien recibe esta manifestación del Amor y la comunica al mundo. Por el Corazón de Jesús, estudiado en el Misterio de Sus divinas virtudes, e imitado, entrará en la plena posesión del Misterio del Amor Infinito. 

               El Sacerdote no debe contentarse con recibir la devoción al Corazón de Jesús, con profesarla él mismo y comunicarla a las almas. Esto es necesario, no hay duda, pero Jesús pide más. Por este Corazón Sagrado, el Sacerdote debe entrar en el conocimiento íntimo de Jesucristo: es como una puerta por la que debe pasar para penetrar en el interior de Cristo, y, después de bañarse e impregnarse de Él, debe convertirse como en un brillante espejo en el cual el Amor Infinito pueda reflejarse. 

              El Amor Infinito es un sol; si directamente proyectase Sus rayos sobre el mundo, las almas se deslumbrarían y serían consumidas por ellos, porque no están suficientemente elevadas y no son bastante puras. Es necesario que este Divino Sol se refleje en un espejo y la reflexión de Sus rayos en este espejo iluminará al mundo y lo calentará. Este espejo, es el Alma del Sacerdocio; pero es preciso que sea puro, que sea transparente. 

               El alma del Sacerdote debe hacerse conforme al Alma de Cristo. Cuando el Sacerdote es verdaderamente otro Jesucristo, se convierte en este espejo tersísimo que refleja los divinos rayos del Amor Infinito. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 20 de abril de 2023

JESUCRISTO, MODELO DIVINO DEL SACERDOTE. Parte II

 

               ...si el Sacerdote debe vivir entre los hombres, no debe vivir como un simple hombre. Para que sus hermanos tengan confianza en él y puedan apoyarse en él, es necesario que le vean superior a ellos, más fuerte que ellos, más iluminado, más puro, más libre, mejor y realmente Santo. 



               El Sacerdote de Jesús llegará a transformar su corazón estudiando el de su Divino Modelo y apropiándose sus virtudes. Por eso, que vaya a ese Corazón Divino, que entre en Él con la meditación amorosa, y, sobre todo, que se deje penetrar de las influencias vitales que de Él emanan. Trate de pensar como su Divino Maestro, amar como Él, vivir como Él; que con la unión, llegue a ser un mismo Sacerdote con Jesús, un mismo corazón con Su Corazón. 

               Jesucristo, Dios y Hombre, encierra en Sí la plenitud de dones y virtudes. Pero de todas las perfecciones que posee, algunas pueden ser llamadas más especialmente perfecciones de Su inteligencia, otras, perfecciones de Su Corazón, otras, perfecciones externas. Por ejemplo, Su Ciencia Divina, Su Sabiduría, son más bien perfecciones de Su Espíritu y de Su Inteligencia, mientras que Su Caridad y Misericordia parecen perfecciones de Su Corazón, y la incomparable Modestia y atractivo de Su Divina Persona pueden considerarse perfecciones externas. 

               Sin embargo, si consideramos a Su Sagrado Corazón como el símbolo, órgano y tabernáculo de Su Amor Infinito, si pensamos que este Amor es principio y motor de Sus actos, de Sus palabras y de Su Vida de Salvador, ya no temeremos llamar virtudes y perfecciones de Su Corazón a todo lo que admiramos en Él. 

               Cuando Jesús llama a los Sacerdotes hacia Su Corazón, los llama a la Fuente del Amor, los invita a que vayan a beber en las fuentes de la Caridad Divina; pero quiere también con ello atraerlos al estudio de Sus divinas perfecciones. Quiere a Sus Sacerdotes, a Sus predilectos, semejantes a Él, Santos como Él, buenos como Él, realmente formados en Su Corazón. 

               Entre las adorables virtudes de ese Divino Corazón, algunas parecen ser particularmente las virtudes sacerdotales de Jesús. Las practicó en sus relaciones de Sacerdote con el Padre Celestial y con las almas; e incluso algunas las practicó sólo para servir de ejemplo a quienes, después de Él, debían continuar Su Obra de Sacerdotes y Apóstoles en el mundo. 

               Oh, Jesús, Maestro adorado, descubre Tú mismo a los Sacerdotes Tus admirables virtudes. Son adorables porque son divinas, pero pueden imitarse porque son también humanas. Con la fortificante unción de Tu gracia, las has hecho accesibles a la debilidad del hombre, y cuando marcas a Tus elegidos con el Carácter Sagrado que Contigo los hace Sacerdotes por toda la Eternidad, al mismo tiempo los revistes de luz y fuerza. Deja reposar en Tu Corazón a quienes quieres asociar a Tu Obra, y concédeles que sientan Tus sagrados latidos. Es más, hazlos entrar en la intimidad de Tu Corazón mediante una santa contemplación. Que beban en esta Divina Fuente de Amor y de verdad el espíritu del Sacerdocio: espíritu de oración y sacrificio, espíritu de celo y dulzura, espíritu de humildad y pureza, de misericordia y amor. ¡Así sea!.


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche


jueves, 13 de abril de 2023

JESUCRISTO, MODELO DIVINO DEL SACERDOTE. Parte I

  

              Jesús es el Modelo en el que debe formarse cada hombre. Es la forma que deben adquirir los elegidos antes de ser admitidos a participar en el Reino de Dios. Pero, si es el Modelo sublime que deben reproducir todas las almas, si todos los hombres deben regular los latidos de su corazón según los del Corazón del Hombre–Dios, hay algunos de entre ellos que deben conformarse más especialmente aún al Divino Modelo. 



               Estos privilegiados, llamados a seguir más de cerca al Divino Maestro, estos afortunados que vivirán una vida en todo similar a la suya y que, alimentándose de su Palabra y reproduciendo sus ejemplos serán imágenes vivientes del Redentor en medio del mundo, son los Sacerdotes de Jesucristo. Jesús, Divino Sacerdote, continúa en la Gloria las obras de su Sacerdocio Eterno. Pero quiere que, a través de los siglos, otros Cristos continúen en el mundo su Obra Redentora. 

              Antes, Dios se había reservado la tribu santa para su culto. La había tomado como su porción, la había destinado y consagrado a su servicio. Del mismo modo, en la Ley de gracia y amor, Dios se ha destinado una tribu elegida. De entre la multitud de Cristianos extrae almas más especialmente amadas por Él. Las hace, más que a las otras, conformes a la imagen de su único Hijo; las favorece con mayores gracias, las enriquece con mayores dones, vierte en ellas más amor, las colma de privilegios divinos y revistiéndolas con parte de su poder, las hace, con la santa unción, Sacerdotes y Reyes, Ministros de su Justicia y Dispensadores de su Misericordia. El Sacerdote es otro Cristo: es el ungido del Señor. 

               Signado por un carácter sublime e imborrable, pasa en medio de los hombres dominándolos con toda la altura de su divina dignidad y descendiendo misericordiosamente hasta las miserias más abyectas. Pasa, como Jesús entre la multitud de las almas, haciendo el bien, curando toda enfermedad y flaqueza, derramando verdad en las inteligencias, consuelo en el dolor y perdón ante el arrepentimiento. Como Jesús, pasa por el mundo sin ser del mundo. Se roza con la fealdad y el fango, pero se conserva puro; encuentra mucho odio, pero sigue siendo bueno. Pasa sin mirar atrás, sin edificar nada temporal para el porvenir. 

              Dedicado por entero al presente, entrega su alma con caridad a las almas de los más débiles y menos felices. Pasa, sí, pero su acción queda. Si su alma, alma de Sacerdote, reproduce el alma de Jesús, si su corazón, corazón de Sacerdote, es conforme al Corazón de Jesús, ¡su acción no es ya la acción de la criatura enferma y limitada, sino la acción de Jesucristo, del Divino Sacerdote! ¡El corazón de Pablo es el Corazón de Cristo! ¡Ah! Si se pudiera decir siempre: el corazón del Sacerdote es el Corazón de Jesús, ¡qué frutos admirables produciría en las almas este Sacerdote de Cristo, qué milagros de gracia lograría a ejemplo del gran Apóstol de las gentes! 

                Mas, con demasiada frecuencia, ¡qué pena! la gracia de la Consagración no transforma al Sacerdote. Su corazón permanece frío, su alma sigue siendo muy humana, su espíritu no se eleva por encima del común de las gentes y en lugar de ser, por el esplendor de sus virtudes y la irradiación de su santidad, el faro luminoso que iluminando las tinieblas de la noche y dominando la tempestad, conduce las naves al puerto, no es sino una barca más a merced de las pasiones humanas. Este Sacerdote no se ha elevado a las alturas desde donde podría alumbrar a las almas sumidas en la perdición; no ha querido mantenerse sobre la roca, desde donde hubiera podido tender la mano a los náufragos de la vida. 

               Quizá, la espuma de las mareas le habría mojado a veces los pies, tal vez los vientos se habrían desencadenado en su contra, pero se habría mantenido inconmovible y fuerte con la fortaleza de Dios. Sin duda, el Sacerdote no debe retirarse a la soledad ni esconderse en la penumbra del templo. Es necesario que viva entre sus hermanos, en medio de ellos, siempre pronto a estrechar junto a su corazón, con éxtasis de caridad, todas sus miserias y todos sus dolores. Es necesario que permanezca allí, siempre entregado y oferente, como Jesús, semilla de amor ofrecida por la vida de todos...


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 6 de abril de 2023

DEL CORAZÓN DE CRISTO BROTÓ EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los fieles, por los que creerán en Él por su palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 30 de marzo de 2023

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, HOSTIA DE AMOR, PRISIONERO EN EL SAGRARIO

  


               San Juan, queriendo hacernos conocer el Ser divino, queriendo resumir en un sólo término todas las grandezas, todas las bellezas, todos los atributos de Dios, dice: ¡Dios es Caridad!, ¡Dios es Amor! Y si queremos describir a Jesucristo, Dios y Hombre, con una sola palabra, si queremos todo lo que es en un solo vocablo, todo lo que hace y hasta Su razón de ser, podemos decir: ¡Jesucristo es Su Corazón, es el Sagrado Corazón!

               La Caridad divina, el Amor Infinito, es Dios todo entero; Dios, lo que es en Sí mismo y lo que hace hacia el exterior; Dios con Su Poder, Su Bondad, Su Justicia, Su Sabiduría; Dios que Es, Dios que crea, Dios que redime, Dios que ilumina y recompensa; Dios sin división, sin exclusión, sin reserva, espléndidamente resumido en una magnífica expresión: Deus Caritas est! ¡Dios es Amor!

               El Sagrado Corazón es Jesucristo en Su integridad, Dios y Hombre, Verbo Encarnado. No es sólo Su Corazón de carne que late en Su pecho, ese Corazón humilde y manso que adoramos como el símbolo y órgano de su incomparable Amor; es todo Su Ser divino y humano; Su Sivinidad, Su Alma, Su Cuerpo, cada uno de Sus sagrados miembros, todos Sus pensamientos, Sus actos, Sus divinas palabras. El Sagrado Corazón, es Dios hecho hombre, es Jesucristo humillado, vendido, crucificado, agonizante; es Jesús Eucaristía, inefable Hostia de Amor, Jesús inmolado en el Altar, Jesús prisionero en el Sagrario. 

               Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y alabanzas, y ¿dónde iremos a buscarlo si no es en la Eucaristía donde está eternamente vivo? Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este Divino foco.

               Pero para llegar a este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el Cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la Gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al Sagrario, tomaremos la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, sentiremos al Corazón Divino latir verdaderamente al lado de nuestro corazón.


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



miércoles, 29 de marzo de 2023

ACTO DE ADORACIÓN Y ENTREGA AL AMOR INFINITO

  


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               Oh Amor Infinito, Dios Eterno, Principio de Vida, Fuente del ser, yo Te adoro en Tu Soberana Unidad y en la Trinidad de Tus Personas. Te adoro en el Padre, Creador Omnipotente de todas las cosas. Te adoro en el Hijo, Sabiduría Eterna por quien todo ha sido hecho, Verbo del Padre, encarnado en el tiempo en el seno de la Virgen Madre, Jesucristo, Redentor y Rey. Te adoro en el Espíritu Santo, Amor substancial del Padre y del Hijo, en quien residen la luz, la fuerza y la fecundidad.

               Te adoro, Amor Infinito, oculto en todos los Misterios de nuestra Fe, resplandeciente en la Eucaristía, rebosante en el Calvario y vivificante a la Santa Iglesia por medio de los Sacramentos, canales de la gracia. 

               Te adoro palpitante en el Corazón de Cristo, Tu inefable Sagrario y me consagro a Ti. Me entrego a Ti sin temor, con todo mi corazón; toma posesión de mi ser, penétralo totalmente. Soy una nada incapaz de servirte, es cierto, pero Tú, Amor Infinito, has dado vida a esta nada y la has atraído hacia Ti.

               Heme aquí, oh Jesús, dispuesto a cumplir Tu Obra de Amor; para difundir todo lo que me sea posible, en Tus Sacerdotes y por ellos en el mundo entero, el conocimiento de Tus Misericordias infinitas y de las sublimes ternuras de Tu Corazón.

               Quiero hacer Tu Voluntad, cueste lo que costare, hasta la efusión de mi sangre, si no fuera indigna de correr por Tu Gloria.

               Oh María, Virgen Inmaculada, que el Amor Infinito hizo fecunda, por Tus manos virginales yo me entrego y me consagro al Amor Infinito. Obtenme la gracia de ser humilde y fiel, y de entregarme sin reserva a los intereses de Jesucristo, Tu adorable Hijo, y trabajar para que Su Sagrado Corazón sea amado y glorificado. Así sea.



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