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lunes, 11 de mayo de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (VI)

  


                    El Padre Fernando Colmenero fue un Sacerdote jesuita que actuó como un testigo clave y confidente de las experiencias místicas de la Madre Ana de los Ángeles de Monteagudo; tras la muerte de la religiosa declaró que la Madre Ana de Monteagudo le refirió que una mañana del día de la Resurrección del Señor, vio salir del Purgatorio muchas almas de todos los estados y Órdenes que iban al Cielo. Y habiéndole preguntado si había visto entre ellos algún religioso de la Compañía de Jesús, le dijo que sí. Dijo que había visto en el Purgatorio a un Sacerdote que murió en esta ciudad, llamado Isidoro Flores, a quien este testigo había confesado en su última enfermedad.

                    Por otra parte, el Padre Diego de Vargas, otro de los principales cronistas de la vida de la venerable religiosa, le contó al Padre Colmenero que en una ocasión la Madre Monteagudo vio un alma del Purgatorio que le preguntó si la conocía. La Madre le dijo que no... el alma añadió: "¿No te acuerdas de un herrero que vivía frente a tu casa?". Con este detalle, recordó haberlo conocido en su infancia. Y, echando cuentas de cuándo murió, había sufrido por 50 años.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 27 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (V)

 


                    La Madre Ana de Monteagudo tuvo la visita del alma de una religiosa dominica; había vivido en ese mismo monasterio, pero para su desgracia, había llevado una vida mundana con muchos perfumes y pomadas en el rostro y en las manos; se ocupaba incluso de perfumar su hábito, perdiendo mucho tiempo en adornos. La Madre Ana veía con espanto como el alma de la religiosa estaba sujeta por cuatro personas monstruosas que la atormentaban... 

                    El espanto de aquella visión hizo pensar a la Madre Ana de Monteagudo que el alma de aquella infeliz monja estaba condenada, pero aún así le preguntó por qué estaba con sufrimientos tan terribles. El alma purgante le respondió que había puesto mucho interés en adornarse y embellecerse sin haber guardado las normas de su estado; y que estaba en un lugar especial para que no pudiese disfrutar de los sufragios generales que se hacen en la Iglesia por las Almas del Purgatorio; sin embargo, había obtenido permiso de Dios para venir a pedirle ayuda. 

                    La Madre Monteagudo le contó dicha visión a otra religiosa, Sor Juana de Santo Domingo, explicándole que aquél encuentro con el alma de la monja vanidosa había durado una hora y que, inmediatamente, comenzó a ayudarla con sus oraciones, sobre todo por la intercesión de su Patrono San Nicolás. Después de muchas oraciones y sufragios, obtuvo que Dios usara de Su Misericordia para con el alma de la monja y la sacase de aquellas penas para llevarla a Su Presencia en el Cielo.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 20 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (IV)

 


                    En cierta ocasión, se presentaron ante la Madre Ana de Monteagudo varias Almas del Purgatorio; entre ellas, la religiosa vio un alma con corona que parecía pedirle ayuda. Ella preguntó quién era y las Almas le dijeron que era su Rey Felipe IV (providencialmente, el monarca había abrazado la espiritualidad de Santo Domingo de Guzmán, como Terciario Dominico). 

                    Ella le contó el caso a Don Antonio de Butrón y al licenciado Don Diego de Vargas y a otros clérigos para que encomendasen al Rey, que tenía muchos sufrimientos. Y así lo hicieron. Cuando llegó la noticia de la muerte del Rey, se dieron cuenta de que había sido el mismo día (17 de Septiembre de 1665) que ella lo había dicho. 

                    En otra oportunidad, le contó a Sor Juana de Santo Domingo que había visto el alma de Don Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, y que supo que estuvo en peligro de condenarse por los malos consejeros que tuvo en su gobierno como Virrey del Perú, pero por su gran devoción a la Inmaculada Concepción de María, se encontraba en vía de salvación. 

                    Fallecida la Madre Monteagudo, muchos que habían sido confidentes de la Venerable religiosa, sintieron la obligación de dar a conocer su prodigiosa vida mística, por eso, el jesuita Padre Alonso de Zereceda, en su oración fúnebre a los 10 días de su muerte, dijo ante el Obispo, las Religiosas Dominicas y el pueblo reunido para las solemnes exequias: "Muchas almas se le aparecían para pedirle ayuda. Se le apareció el alma del Rey e inclinó su cabeza hacia ella como pidiéndole humildemente ayuda... Y Dios le mostró que subía del Purgatorio a la Gloria por una escalera que iba desde la Tierra al Cielo, en cuya cima estaba María Santísima que lo esperaba. Subía lleno de luz y de esplendor, significando que había obtenido tanta Gloria por la devoción a María, que es la escala que lleva a sus devotos al Cielo". 


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 13 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (III)

 


                    El Padre Marcos, Capellán de la Madre Ana de Monteagudo, dice que un año, estando cercana la Fiesta de San Nicolás de Tolentino, la Madre Monteagudo no tenía dinero alguno para hacer los sufragios para las Almas del Purgatorio y se fue al Coro de la iglesia conventual a pedirles que mandaran todo lo necesario. 

                    Al poco rato, llegó a la portería el Obispo Monseñor Gaspar de Villarroel y Ordóñez, e hizo abrir las puertas, pues ya estaban cerradas. El Prelado hizo llamar a la Madre Ana y le preguntó qué estaba haciendo. Ella le respondió que encomendándose a Dios para que moviese a alguien para darle lo necesario para los sufragios de las Almas del Purgatorio en la Fiesta de su Patrón, San Nicolás. El Señor Obispo le dijo que, mientras estaba rezando el Oficio Divino, le habían quitado el breviario de las manos sin saber cómo, quedando asombrado. Inmediatamente, le vino a la mente la Sierva de Dios y sus Almas. Por eso, sin esperar más, había acudido al Monasterio para saber qué necesitaba. 

                    La Madre Ana de Monteagudo le dijo que necesitaba 200 escudos, y el Obispo, sin vacilar, se los dio. Así pudo celebrar bien la Fiesta. Por ello, les pidió a las Almas que se mostraran agradecidas al Obispo, aumentándole los bienes materiales y espirituales. Entonces, se le hicieron presentes algunas Almas con una bandeja en la que había cruces resplandecientes. Ella les dijo que le dieran las cruces para adornar a su Patrono, pero le respondieron que eran de Monseñor Villarroel, quien iba a ser nombrado Arzobispo de La Plata. Pero, después de más de un año, se tuvo noticia de que otro había sido nombrado para ese cargo. 

                    El Obispo Villarroel fue al Convento a decirle que por qué le había engañado. La Madre Ana le respondió que no podía ser, porque sus Almas nunca le engañaban. El Obispo le hizo jurar que así iba a suceder. Hizo el juramento y, pasados algunos días, la Madre Monteagudo le mandó decir al Obispo el día y la hora en que recibiría la noticia de su nombramiento para que estuviese preparado. Así fue, pues llegó un soldado a caballo al palacio del Obispo con los documentos de su promoción al Arzobispado de La Plata, con lo que el Obispo quedó maravillado.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 23 de marzo de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (II)



                    En el año 1676, el granadino Fray Juan de Calle y Heredia, mercedario, era trasladado como Obispo desde Trujillo a la ciudad de Arequipa. Cuando entró en la ciudad, estaban las Novicias y algunos seglares preparando la decoración para cuando llegara a visitar el Monasterio. La Madre Ana de Monteagudo les dijo: Hermanas, no se afanen, porque no lo hemos de ver. Y, cuando lo dijo, el Obispo estaba bien de salud, pero se enfermó antes de visitar a las Madres Dominicas y murió el 15 de Febrero de ese mismo año. Dos meses después de la muerte del Obispo, Don Juan de Meza y su esposa Francisca Manzo fueron a visitar a la Madre Ana de Monteagudo y ella le encomendó que dijera al sacerdote compañero del obispo que él tenía necesidad de muchos sufragios, a pesar de que este testigo le había mandado celebrar dos mil misas. La razón era, porque siendo Obispo en España, cuando todavía era muy joven, no había puesto mucha disciplina a los religiosos, siendo condescendiente con ellos. 

                    La noche del Corpus Christi de aquel año, aseguró la Madre Ana que el Obispo Fray Juan de la Calle había salido del Purgatorio y que, al mismo tiempo que salía el Obispo, entraba al Purgatorio un religioso de la Compañía de Jesús, que tenía la cara muy triste. Al salir el dicho Obispo, le encargó a la sierva de Dios que se interesara por un religioso mercedario llamado Ponce que llevaba ya 50 años en el purgatorio. 

                    Un día le refirió la Madre Ana de Monteagudo a Sor Juana de Santo Domingo que fue llevada a una sala muy grande donde vio que estaban penando, como en un círculo, muchas Almas. En una parte, estaban los Religiosos; en otra parte, las Religiosas o los Clérigos; y en el suelo del salón vio las Almas de los seglares. Observó que en ese salón había una puerta que daba a otra sala que parecía más horrorosa, de donde salía un rumor espantoso, donde conoció algunas personas. Y con esta visión se acentuó más en ella el fervor por las Almas. Y muchas de ellas venían a pedir oraciones y sufragios a la Sierva de Dios. 



lunes, 16 de marzo de 2026

LA MADRE ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (I)

 


                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.

                    Ana de Monteagudo -como sería llamada popularmente- conoció desde muy joven la vida de San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Almas del Purgatorio; quiso imitarlo en su vida y, concretamente, en su amor por las Almas Benditas que padecían el rigor de aquella Cárcel de Amor. Se dedicó en cuerpo y alma a orar por Ellas y a buscar limosnas para mandar celebrar Santas Misas en su sufragio: todos los años mandaba celebrar varios cientos de Misas para la Fiesta y Novena de San Nicolás de Tolentino. Por esa caridad, las Almas purgantes se le aparecían para pedirle sufragios, aunque en ocasiones le comunicaban sucesos futuros, la ayudaban en todo y además la protegían de las influencias del Demonio.

                    Las misma Ánimas del Purgatorio la escogieron, como a San Nicolás, como su Patrona y Abogada. Así lo afirma Sor Juana de Santo Domingo -compañera de la Madre Ana de Monteagudo- a quien le dijo la Sierva de Dios que un día vio a dos jovencitos muy bellos que la condujeron a una sala muy grande, donde sufrían muchísimas almas. Los jovencitos le pusieron una capa de coro y le dijeron que entonase la Salve Regina. Ella se disculpó respondiendo que tenía mala voz, pero las Almas le insistieron... la Madre Ana de Monteagudo entonó la Salve y después cantaron el Oficio de Difuntos; le dieron un hisopo para que echase agua bendita donde estaban sufriendo las Almas y así lo hizo. Ellas le dijeron que debía ser su Patrona y Abogada: la Sierva de Dios se lo prometió y, desde entonces, con mucha diligencia, aplicaba todas sus obras y oraciones por las Almas del Purgatorio, haciendo por Ellas muchos sufragios.

                    Doña María de Garmendia, certifica haberle oído a la Madre Ana de Monteagudo que muchas veces la llevaba San Nicolás de Tolentino al Purgatorio, especialmente el día de su Fiesta y de su Octava, y veía salir a las Almas como estrellas resplandecientes que subían al Cielo. Algunas veces eran tantas que llenaban el aire. 

                    Una vez, estando en el coro haciendo oración, vio que San Nicolás bajó a la iglesia y un alma purgante sacó las manos de su sepultura y se aferró al vestido del Santo y éste, sacando al alma, la llevó al Paraíso, brillando el alma más que el Sol. 

                    En otra oportunidad, estaba enferma y las Almas le dieron una bebida con la que mejoró. Decía que en aquella enfermedad, el Señor se dignó concederle la Comunión por manos del glorioso San Bernardo, de quien era también muy devota. 

                    Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de San Nicolás y pidió a las Almas Benditas que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el Obispo Pedro de Ortega y Sotomayor, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las Almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la Fiesta de San Nicolás. Y el Obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas Almas!. Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre Monteagudo te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el Obispo dio todo lo que necesitaba para la Fiesta.