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lunes, 29 de abril de 2024

LA REUNIÓN DE TODOS LOS BIENES Y HERMOSURAS, por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo VII, punto 39-40

 


               Es tan excesivamente hermoso e inmenso el bien del Cielo, tan encantador y superior a toda otra belleza, tan insoñable y delicioso sobre cuanto la inteligencia puede pensar y la imaginación fantasear, que las almas a quienes Dios mostró comunicaciones sobrenaturales de esa belleza inefable salen de sí mismas en éxtasis al sólo recordar tan maravillosa y deslumbrante delicia, que no se parece a nada visible. 

               El pensamiento de que verán a Dios infinito, de que estarán en Dios y vivirán la vida de Dios y su misma delicia y sabiduría y poder, les abstrae en gozo a veces días enteros, como lo leemos en sus biografías o ellos mismos lo dejaron escrito, y les hacía repetir constantemente: "Dios, Dios, Cielo, Luz, Verdad Eterna". 

               Sé ciertamente por la Fe y por la Teología que Dios es la Suma Bondad y la Omnipotencia; es el Amor infinito y la generosidad sin límites. Sé, Dios mío, que eres mi Padre y me has criado para el Cielo y has criado el Cielo, cúmulo o "juntura" de todos los bienes y delicias, para premiar, galardonar y obsequiar con toda la magnificencia de Tu largueza sin límites y con Tu Amor y Poder infinitos, a Tus hijos buenos, que te amaron, obedecieron y practicaron las virtudes en la tierra. 

               Amar es vivir la Voluntad de Dios. La ley que gobierna y alegra el Cielo es el amor glorioso y la compenetración. El Cielo no se parece a nada de la tierra. El Cielo es sobrenatural. El premio de la felicidad del Cielo es Dios mismo. Dios se da a los Bienaventurados y les comunica Su naturaleza gloriosa y Sus perfecciones, Su sabiduría y Su dicha. El Cielo infinito es Dios mismo, que se da a Sí mismo y produce el gozo sin término. El Cielo es la reunión de todos los bienes y hermosuras y el lugar donde Dios se da y se comunica a las almas y las hace felices. 

               Nada de la tierra puede compararse con las bellezas y encantos del Cielo, ni los encantos del lugar del Cielo con Dios. Dios se da gloriosamente y comunica Sus perfecciones a los Bienaventurados en proporción del amor que en la tierra le tuvieron y de las virtudes y obras buenas que practicaron. Ante Dios nada son ni la fama, ni los bienes, ni la sabiduría, ni el poder de la tierra, si no se emplearon para Dios. Dios no mira ni a la belleza del cuerpo, ni al atractivo de la persona, ni a la ignorancia o rudeza. Todo es don de Dios, y lo da para poder ganar más Cielo. La sabiduría, la hermosura, la habilidad y riqueza ante Dios y con los que se compra Cielo, son la gracia y el amor, que se acrecientan con las virtudes. 

               Los filósofos o literatos paganos describen y hablan de un cielo material muy semejante a esta vida de la tierra, aunque exento de dolencias. En ese cielo no tenían entrada los pobres ni los esclavos, como si no fueran criaturas de Dios. ¡Pobres doblemente los pobres según su enseñanza! ¡Llevaban aquí vida miserable y arrastrada y no podían tener cielo después de la muerte! ¡Cuán diferente es el pensamiento de Dios! 

               Todos somos hijos del Altísimo. Jesucristo empieza Su Doctrina diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, y los pacíficos, y los que lloran, y los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Aun en esta vida Dios ha hecho más frecuentemente sus maravillosas mercedes sobrenaturales a los pobres, a los desconocidos, a los que lo han renunciado todo por Él. Con las almas recogidas  y alejadas del trato de sociedad ha mostrado Sus especiales complacencias. Porque lo que vale ante Dios es la virtud, la limpieza de corazón, la humildad, la rectitud de intención. 

               Bien hizo Dante en no tomar por guía en el Paraíso a Virgilio, como le había tenido en las descripciones del Infierno y del Purgatorio. Virgilio, nacido en el paganismo, carecía de la luz de la Fe, y ni sus ojos ni su inspiración podían ver las maravillas sobrenaturales del Cielo sobrenatural que nos enseña la Revelación. Sólo sabe decir del Cielo que los hombres allí tienen las mismas diversiones y hacen los mismos ejercicios que cuando vivían en la tierra y conservan las mismas aficiones que en esta vida tuvieron a los buenos caballos, a los buenos carros en magníficas praderas (1). ¡Pobre hombre si viviera en la eternidad en tan bajo y mísero cielo!. 

               ¡Y aún es más mísero el estado de las almas en el cielo según la descripción que Ovidio hace con toda su fantasía juguetona! ¡Bendita sea la Fe, que enseña la felicidad sobrenatural del Cielo y la participación de la vida y perfecciones del mismo Dios en proporción de la virtud y del amor santo que en la tierra vivieron!.

               La filosofía romana, siguiendo la doctrina de Platón, aunque sin llegar a la belleza de su inspiración, dice por Marco Tulio que separar el alma del cuerpo es aprender a morir, y es mi consejo que nos despeguemos de las cosas corporales para que vayamos aprendiendo a morir..., y cuando lleguemos al Cielo, entonces sí que viviremos., porque esta vida presente más bien es muerte (2). En el Cielo de nada se carecerá, y el espíritu se sustentará de las mismas cosas que se sustentan y mantienen los astros (3). El Cielo, enseña, es la reunión de todos los bienes, y está exento de todos los males. La vida del Cielo será muy agradable y deliciosa, teniendo el trato y amistad con los hombres más grandes, más sabios y más agradables que han existido. Ese es todo el Cielo que se ha de gozar según el entender de Cicerón, aprendido de los filósofos griegos. No merece ni recordar el Cielo que promete y describe el Corán en las riberas de arroyos y en muy amenas praderas. No era más alta la idea que de la virtud tenía el que lo escribió. 

               Pero el Cielo es en verdad todo luz, todo belleza y delicia sobrenatural, todo sabiduría y contento. El Cielo es todo Amor. La ley que gobierna el Cielo y une las almas es el Amor, Amor glorioso, sobrenatural, por poseer ya a Dios y Sus perfecciones y en Dios todos los bienes y todas las perfecciones y alegrías. El Cielo es el amor fraternal, confidencial, íntimo, sin engaños ni equivocaciones, en el amor triunfal y esplendoroso de Dios. El Cielo es la reunión gloriosa de la gran familia humana y angélica, gozando en jubilosa unión en Dios de los triunfos que alcanzaron en la virtud. 

               El Cielo es la posesión en plenitud de la Sabiduría, del Poder y de la Bondad. Es el gozo de la verdad. No sabrá más el que tenía más ciencia y conocimientos en la tierra, sino el que amó más a Dios. No será más feliz el que conoce más cosas en el mundo, sino el que conoce más de Dios. Porque Dios es la Felicidad y el Cielo. Pero el que amó más a Dios en esta vida, conoce más de Dios y conoce también más verdades en la Verdad y hermosura de Dios. Seré dichoso, porque veré, conoceré y viviré a Dios.


NOTAS 

1) Virgilio: Eneida, lib. VI. 
2) Marco Tulio Cicerón: Tusculanae Disputationes, lib. I, cap. XXXI, núm. 75. 
3) Id., id., id.: cap. XIX, núm. 43




lunes, 22 de abril de 2024

SE PIENSA EN EL CIELO DONDE SE VIVE LA FELICIDAD PERFECTA, por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo VII, punto 37-38

 

               Mi pensamiento se pregunta: ¿Qué es el Cielo? ¿Dónde está el Cielo? ¿Cómo es el Cielo? Si el Cielo es mi deseo, si he sido criado para el Cielo, ¿no podré saber lo que es y dónde está y sus delicias antes de que Dios me lleve a él? ¿Qué noción o qué detalles puedo tener del Cielo? ¿Cómo viviré en el Cielo? ¿Qué hombre mortal no se hace esta misma pregunta y desea su aclaración?.



               Porque no son solos los Santos ni solos los Cristianos quienes piensan en el Cielo y discurren sobre el Cielo, y aun debiéramos pensar mucho más. También los paganos han pensado y discurrido sobre el Cielo, y lo han deseado. Sus filósofos han descrito el Cielo, aunque muy pobre y erróneamente, como era pobre y erróneo el concepto de los que ellos tenían por dioses, seres muy humanos y con pasiones desordenadas, como formados por la mente del hombre. No tenían la Verdad revelada en el Evangelio y habían recibido muy enturbiada la revelación primitiva. 

               Las potencias del hombre no pueden remontarse hasta lo sobrenatural si Dios no las levanta, ni pueden comprenderlo hasta que no lo posean en el Cielo. Ni los filósofos ni la gente sencilla podían tener una idea sobrenatural del Cielo. Sus conceptos y descripciones, por hermosos y levantados que fueran, no dejaban de ser humanos, naturales y a la manera humana natural. Sus descripciones del Cielo son de una belleza natural y de la satisfacción de las conversaciones con personas cultas y de recreos y diversiones placenteras. No podían concebir el Cielo sobrenatural que nos enseña la Fe a los Cristianos, ni conocían los adelantos de los inventos actuales para poder soñar con sus encantos. 

               Aun con la Fe y con la Revelación, muchos cristianos no conciben nada más que las delicias de un cielo material y social, no las sobrenaturales de Dios. Bellas y emocionantes ideas expuso Platón sobre la inmortalidad del alma y sobre la vida feliz que viviría después de la muerte. 

               Los Padres y Doctores de la Iglesia y la Teología Cristiana han recogido algunas ideas verdaderas de su filosofía para ayudarse con ellas a explicar el concepto sobrenatural de Dios y del Cielo. Pero ni la inteligencia de Platón ni la de Aristóteles, ni la de filósofo alguno, pudieron volar hasta percibir la Luz de la Verdad total y sobrenatural, como nos enseña la Fe. No lo ha alcanzado el hombre con sólo su discurso. Lo ha enseñado Dios. Es verdad revelada, y porque lo creen, lo saben hasta los niños que viven la Fe. 

               Los Santos, afianzados en la Fe, aun careciendo a veces de formación científica, llegaron a tener una idea inmensamente alta, clara y sobrenatural de la Luz purísima de Dios y juntamente del Cielo. Era luz especial comunicada por Dios. Porque tenían tan alto conocimiento de Dios, tenían ansias muy crecidas e incontenibles de ir al Cielo. Su belleza y rutilante claridad abstraía sus sentidos hasta perder, a veces, la sensación. 

               El Cielo es todo luz y belleza cautivadora, como la más hermosa imagen material creada de la infinita bondad y belleza increada de Dios. Mirarse envuelto en esa hermosura es vivir la idealidad de la belleza y del bien. Los Santos la vivían; por eso eran, en cierta manera, dichosos, y por eso también eran más vehementes las ansias de verla ya sin velos y vivirla gloriosos. 

               San Juan de la Cruz aconsejaba a un alma santa se mirase siempre envuelta en esa hermosura. La biografía de Fray Gil dice que la llevaba tan fascinadoramente bella dentro de sí mismo, que sólo nombrarle el Paraíso le producía el éxtasis. 

              Paseaba un día el estático San Miguel de los Santos en la huerta de su convento con unos conocidos suyos hablando de Dios. Uno de ellos dijo en la conversación: "¿Qué sucederá cuando las almas gocen de las delicias del Paraíso?; y apenas oírlo, quedó el Santo fuera de sí, arrobado" (1).

               ¿Cómo no recordar la cena de San Francisco y Santa Clara, en que, hablando de Dios, quedaron arrobados por largo tiempo y los que los acompañaban? ¿Y la conversación sobre Dios de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, terminando los dos en maravilloso éxtasis?.

               Tanta belleza se comunica al alma pensando en la soberana e infinita de Dios. Santa Teresa narra muy detalladamente el éxtasis que tuvo con los efectos especiales en el convento de Salamanca. Estaba en animada y santa recreación con sus monjas; en lo más animado, una religiosa joven y de bonita voz entonó una preciosa canción, como acostumbran, para avivar el fervor. Era la canción del amor y deseo de ver y estar ya con Dios. Al oír la Santa el hoy muy conocido cántico: Véante mis ojos, dulce Jesús bueno; véante mis ojos, muérame yo luego. Véome cautivo sin tal compañía; muerte es la que vivo sin Vos, vida mía. ¿Cuándo será el día que alcéis mi destierro? Véante mis ojos, muérame yo luego, etc. como tanto lo deseaba, sintió en su alma y en su cuerpo los efectos tan extraordinarios que ella misma nos dice: "Anoche, estando con todas, dijeron un cantarcillo de cómo era recio de sufrir vivir sin Dios... Fue tanta la operación que me hizo... que si el canto no cesara, que iba ya a salir el alma del gran deleite y suavidad que Nuestro Señor le daba a gustar, y así proveyó Su Majestad que dejase el canto quien cantaba, que la que estaba en esta suspensión bien podía morir, mas no podía decir que cesase... Aquí el alma no querría salir de allí, ni le sería penoso (morir), sino grande contentamiento, que eso es lo que desea. ¡Y cuán dichosa muerte sería a manos de este amor!" (2). Desmayada, sin sentido, traspuesta, la llevaron a su celda. El sentimiento de su soledad por verse lejos de Dios o sin ver a Dios, causó la suspensión de los sentidos y la puso en éxtasis. 

               Como entraba en éxtasis Santa Angela de Foligno y decía: "Dios no es conocido...", y ponía únicamente su esperanza en un bien secreto, muy secreto y escondido, que veía estaba en la grande oscuridad. En ella se deleitaba en todo Bien, y no viendo nada, veía todo Bien, absolutamente todo Bien (3). Y pedía a Dios, por la Virgen y Sus Ángeles, no la retardara ya más la muerte. 

               La inteligencia, la voluntad, la memoria y hasta la imaginación de estos Santos estaban divinamente obsesionadas y absorbidas con la hermosura y delicia del Cielo y toda el alma llena de ansias de Dios, infinitamente más hermoso que el Cielo, pues es el verdadero Cielo y felicidad y será siempre la ininterrumpida y jubilosa delicia. 


NOTAS

1) Isabel Flores de Lemus: Año Cristiano Ibero Americano, 6 de Septiembre.
2) Santa Teresa de Jesús. Cuentas de conciencia, 13, y Meditaciones, del C. 7, 8. 
3) Santa Ángela de Foligno: Le livre de la Bienheureuse Soeur Angela de Foligno, du Tiers Ordre de S. François. Documents originaux edités et traduits par le Pere Paul Doncoeur, IX. 




lunes, 15 de abril de 2024

AMOR DE DIOS REGADO CON DOLOR MÍO, por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo VI, punto 34-36

 


               Los escritores espirituales de los tiempos que nos precedieron resaltaban en sus reflexiones la grandeza del beneficio que Dios nos había hecho dándonos y conservándonos el ser que tenemos, por el cual deberíamos darle inmensas gracias. Hoy esta reflexión ni convence ni impresiona. Las muchas lágrimas, las desazones e inseguridades que nos oprimen, anublan los ojos y no dejan ver el beneficio cuando la Fe y la esperanza no iluminan la belleza del premio del Cielo. Lo que alegra la voluntad y la llena de gozo es saber que Dios me ha criado para la felicidad eterna del Cielo. Mi espíritu salta de contento pensando que veré a Dios y estaré y seré feliz con Su misma felicidad y viviendo en Él Su misma Vida, y la viviré y gozaré eternamente. Y tanta será mi felicidad cuantos sean los méritos que yo acumule. La tierra para mí es sólo lugar de paso, una mala noche en una mala posada, y el tiempo de sembrar lo que he de recoger en el Cielo. 

               Son muchos los trabajos, los sufrimientos y dolores de esta vida para ser apetecida si no está transformada por la esperanza del Cielo. Ya San Pablo hacía esta reflexión: los Cristianos, si sólo tenemos esperanza en Cristo mientras dura nuestra vida, somos los más desdichados de todos los hombres (Cor 15, 19), viviendo la vida de sacrificio que abrazamos. Loco y fuera de toda cordura es abrazar el sacrificio por el sacrificio. Eso está contra la naturaleza humana, que ha sido creada para la felicidad. Se abraza el dolor por una razón más alta y sobrenatural. Se abraza para merecer el Cielo y porque es semilla que producirá dicha eterna. Sin la esperanza del Cielo el hombre sería más desdichado que los animales. El pájaro y el cordero saltan contentos; la abeja vuela de flor en flor libando mieles sin pensar en la muerte ni en el dolor futuro. 

               El hombre vive el dolor del cuerpo y el más penoso aún del espíritu, y hasta el posible dolor futuro. Pero me has prometido, Dios mío, la felicidad del Cielo después de pasar por la muerte y eres mi Padre, y eres la Verdad y no me engañas. Estoy en la tierra para sembrar durante estos pocos días de vida la semilla de dicha perenne que recogeré en el Cielo. Y la semilla es Amor de Dios regado con dolor mío, vivificado por la gracia en la esperanza. No se siembra para tirar, sino para recoger multiplicada la semilla y transformada en Felicidad del Cielo. Y serán bienaventurados los que lloran y sufren para el Cielo. San Pablo también me dejó escrito: Lo que se siembre, eso se recogerá; el que siembra para el espíritu, del espíritu recogerá Vida Eterna (Gal 6, 8), y según sea la siembra será la recolección (Cor 9, 6). La tierra es valle de esperanza de Cielo. No esperaré en las criaturas, pero espero en el Criador. Viviré en el Criador, mi Dios, y viviré Su misma Vida y Su misma Felicidad.

               Los Santos fueron sabiamente avariciosos en sembrar buenas obras y están en el Cielo recogiendo ya dicha y recogerán delicia sin fin y sin interrupción. Sembraron para el Cielo. Con ellos debo hacerme esta reflexión: Un momento es el sufrir y eterno será el gozar. Con la gracia de Dios, que nunca les faltó, sufrieron los mártires sus tormentos tan terribles, que sin la especial gracia serían insufribles; pero veo a San Lorenzo saltar del fuego de las parrillas a las delicias del Cielo, y del fuego lento en que son quemados, atados a un madero, los mártires del Japón, son trasladados a los resplandores de los ángeles gloriosos. Condenan a la jovencita Alodia a la muerte que acaban de dar a su hermana Nunilona y, al extender ella gozosa su cabeza para que se la corten, la oigo decir: Espera un momento, hermana, para entrar juntas en el Cielo (1). 

               Durísimas penitencias hicieron muchos confesores, y apenas fallecido se aparece glorioso San Pedro de Alcántara a Santa Teresa de Jesús y le dice: Bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido (2). No le pesaba lo que había sufrido, sino que le alegraba y no se le acabará el gozar. Por la penitencia que abrazaron San Antonio y San Hilarión y Santa Taus y tantos otros millones de Santos y almas ofrecidas en silencio y sacrificio a Dios y por las terribles penitencias que practicaban, disfrutan ahora, y disfrutarán ya para siempre, de la compañía de Dios y de la de los Ángeles y Bienaventurados del Cielo, y están en continuos, insospechables y eternos goces. Viven ya en el para siempre gozar y para siempre estar en la exaltación de la sabiduría, de la alegría, de la jubilosa delicia de Dios. Porque no son de comparar los sufrimientos o penas de la vida presente con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18).

               Y Jesucristo, como buen Capitán que va a la cabeza de los Suyos, abrazó los terribles dolores y menosprecios de Su Pasión y ganó para siempre ser el Rey inmortal del Universo y de todas las criaturas por todos los siglos. Porque breve es el penar y eterno será el gozar, según nos enseña la Fe y la esperanza. Todo el que siembre en virtud, en amor de Dios, en sacrificio y oración, recogerá cien doblado y vida y felicidad eterna en proporción de sus obras y de su amor y entrega a Dios. No una felicidad como podemos soñarla ni aun desearla mientras vivimos ahora en la tierra, sino una felicidad sobrenatural como las facultades del hombre no pueden comprender ni imaginar. 

               Seremos felices con la  felicidad del mismo Dios. Nos lo ha prometido Él. Nos ha criado para la dicha. Viviremos en Dios la Vida gloriosa de Dios. Eso es el Cielo. ¡Oh grandeza y hermosura tan insoñable!. La felicidad está en el Cielo y después del paso de la muerte. La muerte es arco triunfal para entrar en el Cielo (3). 

               El Cielo es nuestro dichoso y último fin. Sembramos para recoger. Sembremos en espíritu para recoger vida eterna. Hemos sido criados para el Cielo pasando muy rápidamente desde las sombras de la tierra al sol indeficiente de la dicha, de la delicia y del gozo. Dios nos ha criado para la Felicidad del Cielo y exige que nosotros mismos, con Su gracia, sembremos la semilla de las virtudes y bien obrar y deseemos y procuremos y le pidamos el Cielo, la felicidad, la dicha cumplida. Alentadora es la frase de Fray Luis de Granada: No da Dios deseos a los suyos para atormentarlos, sino para cumplirlos y disponerlos para otros mayores (4). Y Santa Teresa se solazaba mirando al Cielo y diciendo: Con sólo mirar al Cielo recoge el alma (5).


NOTAS

1) Isabel Flores de Lemus: Año Cristiano Ibero Americano, 22, X. 
2) Santa Teresa de Jesús, Vida, 27, 19.
3) Un Carmelita Descalzo: Alegría de morir, caps. II. 4. 
4) Fray Luis de Granada: Tratado VII del Amor de Dios, cap. I, prf. II. 
5) Santa Teresa de Jesús: Vida, 38, 6.




lunes, 8 de abril de 2024

MI FELICIDAD PARA SIEMPRE. "YO EN DIOS o EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo VI, punto 33

 


               Se habla de cambiar los modos sociales del mundo para llegar a obtener un mundo mejor. Es la ilusión y el anhelo de todos: vivir un mundo mejor. Y está fomentado este estímulo y este deseo de la transformación del mundo en el deseo de ver y poseer a Dios, Sumo Bien, pues para Dios y para el Sumo Bien hemos sido criados todos los hombres. Sin la esperanza de la felicidad faltaría el atractivo para vivir esta trabajosa vida de la tierra tan llena de sinsabores y muy duras necesidades. 

               Vivimos "una mala noche en una mala posada". Esperamos el amanecer del mañana en el Palacio de Dios, Nuestro Padre, lleno de delicias y de todos los gozos sin límites, ni en el número, ni en el tiempo, ni en la intensidad y variedad. La tierra no es el centro de las almas. El centro de las almas y de la felicidad es Dios glorioso en el Cielo, donde le veremos y poseeremos. Dios es el Cielo verdadero y la felicidad cumplida. 

               Alma mía y cuerpo mío, habéis sido creados para disfrutar la dicha del Cielo en la Vida y en el Gozo de Dios. Aquí en la tierra estáis de paso para sembrar buenas obras y obtener méritos que disfrutaréis después en el Cielo para siempre. 

               Quiero cerrar estos ojos del cuerpo y recrearme en el esplendor y dicha del mañana del Cielo, que no tiene término. Quiero recrearme en lo que será mi felicidad para siempre, mirándolo con mirada de Fe. ¿Cómo será, Dios mío, mi felicidad?. Porque ahora estoy contra mi voluntad y mi deseo, viviendo y viendo vivir descontentos, desazones e intranquilidades. La vida de la tierra está llena de necesidades, de miserias, de quejas y de lágrimas. Aun los hombres que abundan en bienes y gozan de buena salud y de la estima y admiración de los demás están en continuas preocupaciones, en incertidumbres y no son de envidiar.

               San Hilario nació en el paganismo y fue criado y educado en la doctrina y en los modos de vida de la gentilidad, y se hacía esta reflexión: "Muy poco favor nos han hecho los dioses y nada tenemos que agradecerles por habernos criado para esta vida tan llena de dolores, de desgracias, de luchas y toda ella tan arrastrada e incierta". Hablaba en él la razón natural del hombre de talento. Cuando se convirtió al Cristianismo y aprendió que hemos sido criados para la felicidad del Cielo, y qué es el Cielo, comprendió la grandeza de haber nacido y el agradecimiento que por ello se debía a Dios. 

               No he sido criado para la tierra; sólo estoy de paso en la tierra, haciendo méritos que me premiarán eternamente con la felicidad del Cielo. La Fe y la Esperanza Cristiana hacen de la muerte el arco triunfal para entrar a tomar posesión del Cielo. Cuando falta la Fe y no luce la luz de la Esperanza que ilumina la puerta del Cielo y su atmósfera de felicidad indeficiente, se agolpan a la mente las lamentaciones e imprecaciones del doliente de Idumea para repetir su frase de "bienaventurados son los no nacidos" (Job 3, 16). Las desgracias de la vida, envueltas en negruras sin esperanza, han ofuscado a muchos y conducido a buscar el descanso dejando de existir sobre la tierra con una muerte violenta, no conociendo que iban a la desgracia perdurable. El suicidio es el fruto nocivo de no creer y de carecer de la esperanza del Cielo. 

               ¡Oh luz de la Esperanza! ¡Tú transformas en hermosura y en alegría todas las penas y sufrimientos míos mostrándome su premio en el Cielo!. Por eso los Santos estimaban los sufrimientos y las cruces como las más valiosas joyas. Aun sin la alegre aceptación que las almas héroes sentían por los dolores, enseñados por la Fe, cantaba y alababa a la muerte en dulces versos un poeta diciendo: 


Yo te saludo, oh muerte redentora, 
y en tu esperanza mi dolor mitigo. 
¡Oh, de un día mejor, celeste aurora!
Yo tu rayo benéfico bendigo, 
y lo aguardo impaciente de hora en hora. 
¡Ante las plagas del linaje humano 
lo que fuera la vida sin la muerte! (1). 


               Idea que expresaba ya siglos antes en versos vigorosos la fe de Quevedo, diciendo: 


Si agradable descanso, paz serena, 
la muerte, en traje de dolor, envía 
a rescatar piadosa viene 
espíritu en miserias añudado. 
Llegue rogada, pues mi bien previene, 
hálleme agradecido, no asustado; 
mi vida acabe y mi vivir ordene.


NOTA

1)  Federico Balart: Poesías. A la muerte



lunes, 1 de abril de 2024

UNA ALEGRÍA SERENA Y SIN NUBES. "YO EN DIOS o EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo 5, puntos 29-32

 


               No puedo decir lo que se siente cuando el Señor la da a entender secretos y grandezas suyas; el deleite tan sobre cuantos acá se pueden entender, que bien con razón hace aborrecer los deleites de la vida, que son basura todos juntos. Es asco traerlos a ninguna comparación aquí -aunque sea para gozarlos sin fin-, y de estos que da el Señor, sola una gota del agua del gran río caudaloso que nos está aparejado (1). 

               No se cansa Santa Teresa de repetir de mil modos diferentes, siempre encantadores, y en muchísimos lugares, esta idea que la dominaba. Tan sólo ya quiero trasladar ésta: El alma no sabe cómo ni por dónde -ni lo puede entender- le vino aquel bien tan grande. Sabe que es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten todos los deleites y gustos del mundo...; déos, nuestro Señor... a gustar... qué es el gozo del alma cuando está así... Allá se avengan los del mundo con sus señoríos, y con sus riquezas, y con sus deleites, y con sus honras y con sus manjares; que si todo lo pudiesen gozar sin los trabajos que consigo traen -lo que es imposible-, no llegara en mil años al contento que en un momento tiene un alma a quien el Señor llega aquí. San Pablo dice que «no son dignos todos los trabajos del mundo de la Gloria que esperamos». Yo digo que no son dignos ni pueden merecer una hora de satisfacción que aquí da Dios al alma, y gozo y deleite. No tiene comparación -a mi parecer- ni se puede merecer un regalo tan regalado de Nuestro Señor, una unión tan unida, un amor tan dado a entender y a gustar, con las bajezas de este mundo (2). 

               ¿Qué será el Cielo y qué tendrá Dios preparado para el bienaventurado? Mientras los Santos gustaban de estas regaladísimas mercedes que Dios les hacía, se sentían como en el Cielo, llenos de gozo y contento. Pero los Santos en la tierra no sólo no eran felices, aun cuando en esos momentos eran los más dichosos del mundo, sino que esas regaladas delicias les hacían más penoso el destierro de esta vida, y les producían ansias casi irresistibles de ir al Cielo, y de que Dios rompiera la tela de esta vida y los llevara ya al Cielo. Con esas delicias vividas deseaban más vehementemente ir a ver a Dios, a la felicidad verdadera y única. Se sentían en angustiosa soledad lejos de Dios. Con la brisa del Paraíso que oreó su rostro gustaron de gozos de Eternidad, cercanos a los Ángeles, y, al comparar con ellos los de la tierra, veían que los de la tierra eran como asco y estiércol, en frase de San Pablo y de Santa Teresa. ¿Cómo podían abrazarse y besar con gozo este asco de estiércol los que vieron el centellear de los ojos divinos y gozaron la delicia de su sonrisa? ¿Qué es el palpitar gozoso del corazón y la alegría de los contentos humanos en comparación con la hartura jubilosa del inexplicable e insoñable bien y delicia de la belleza sobrenatural? Los gozos de Dios inundan el alma. La esperanza confiada tiene fija la atención y el ansia en esos gozos. 

               El alma de amor, envuelta en la Luz de la Fe, y mucho más cuando ha recibido especiales luces y mercedes del Señor, desea vehementemente ir a Dios y nada de la tierra le llena. Esto hacía decir a San Pablo: Tengo deseo de verme libre de las ataduras del cuerpo y estar con Cristo (Filip 1, 23). Nada de la tierra llena al alma abrasada en amor de Dios. Sólo Dios, el Cielo, atrae su atención. Y tanto más la atrae y pone vacío y aun hastío de las cosas de la tierra cuanto se tiene más claro conocimiento de las Verdades sobrenaturales. 

               En esto, como en tantas otras verdades, tenemos el modelo clarísimo en la misma Santa Teresa. Modelo por los deseos de ver a Dios; modelo en lo pesado y largo que se la hacía el destierro de esta vida; modelo de la soledad y tristeza que sentía por no llenarla nada de las criaturas y querer sólo al Criador. En las "Exclamaciones" abre su corazón diciendo a Dios: ¡Oh deleite mío, Señor de todo lo criado y Dios mío! ¿Hasta cuándo esperaré ver vuestra presencia? ¿Qué remedio dais a quien tan poco tiene en la tierra para tener algún descanso fuera de Vos? ¡Oh vida larga! ¡Oh vida penosa! ¡Oh vida que no se vive! ¡Oh qué sola soledad! ¡Qué sin remedio! Pues ¿cuándo, Señor, cuándo, hasta cuándo? ¿Qué haré, Bien mío, qué haré? ¿Por ventura desearé no desearos? ¡Oh mi Dios y mi Criador!... Mas ¡ay, ay, Criador mío! Que el dolor grande hace quejar y decir lo que no tiene remedio hasta que Vos queráis; y alma tan encarcelada desea su libertad, deseando no salir un punto de lo que Vos queréis. Quered, gloria mía, o remediadla del todo. ¡Oh muerte, muerte! ¡No sé quién te teme, pues está en ti la vida! (3). 

               Muy conocidos y frecuentemente citados son los versos en los que expresa las ansias intolerables de salir de este destierro e ir a Dios...

Vivo sin vivir en mí. 
Y tan alta vida espero, 
que muero porque no muero. 
¡Ay qué vida tan amarga, 
do no se goza el Señor! 
Porque si es dulce el amor, 
no lo es la esperanza larga; 
quítame, Dios, esta carga 
más pesada que de acero, 
que muero porque no muero (4) 

               Las mercedes excepcionales y regaladísimas que el Señor comunicaba algunas veces a algunos Santos les hacían gozar de deliquios muy superiores a los que se pueden soñar y desear en las alegrías de la tierra, pero aumentaban su sed de felicidad verdadera, que es ir a ver y poseer gloriosamente a Dios, y mientras llegaba ese momento por la muerte, se veían desterrados en esta cárcel y estos hierros en que el alma está metida y consideraban la vida en la tierra como una mala noche en una mala posada, y aunque dos horas son de vida, y grandísimo el premio (5), se les hacían horas interminables y se veían en angustiosa soledad. 

               Es la tremenda soledad que nos dice Santa Teresa pasaba, en tanto grado que la privaba hasta del sentido y era superior a otro dolor. ¡Sólo suspiraba por Dios! Tenía esta soledad como merced muy grande de Dios, superior a los éxtasis que nosotros tanto admiramos. Como vehemente enamorada de Dios, nos describe los efectos que sentía con estas palabras tan impresionantes: Paréceme que está así (crucificada) el alma, que ni del Cielo le viene consuelo ni está en él, ni de la tierra le quiere ni está en ella, sino como crucificada entre el Cielo y la tierra, padeciendo sin venirle consuelo de ningún cabo. Porque el que le viene del Cielo -que es... una noticia de Dios tan admirable, muy sobre todo lo que podemos desear- es para más tormento, porque acrecienta el deseo de manera que... la gran pena algunas veces quita el sentido, sino que dura poco sin él. Parecen unos tránsitos de la muerte, salvo que trae consigo un tan gran contento este padecer, que no sé yo a qué comparar. Ello es un recio martirio sabroso, pues todo lo que se le puede representar al alma de la tierra, aunque sea lo que le suele ser más sabroso, ninguna cosa admite... Bien entiende que no quiere sino a su Dios, mas no ama cosa particular de Él, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere... Lo más ordinario, en viéndose desocupada, es puesta en estas ansias de muerte, y teme cuando ve que comienzan, porque no se ha de morir; mas llegada a estar en ello, lo que hubiere de vivir querría en este padecer; aunque es tan excesivo que el sujeto lo puede mal llevar (6). 

               Es muy cierta la verdad expresada por San Agustín que no es pequeña la alegría que produce la esperanza (7). La esperanza del Cielo es el bálsamo que todo lo suaviza y la luz que lo ilumina. Al mismo tiempo que llena del mayor gozo, produce también la mayor ansia mientras llega ese momento. Nada la satisface a la tal alma fuera de Dios, y se encuentra en la soledad de todo mientras llega la que espera: ver a Dios. Al alma abrasada en Divino Amor se la hace insufrible la espera y no puede menos de expresarlo y comunicarlo. Así decía y glosaba la misma Santa Teresa: ¡Cuán triste es, Dios mío, la vida sin Ti! Ansiosa de verte deseo morir (8). 

               No era menor el deseo de ir al Cielo y de estar ya con Dios el que sentía San Juan de la Cruz, ni lo expresaba con menor vehemencia a pesar de su dulcísima mansedumbre y del grandísimo dominio que de sí tenía. No sólo canta la muerte de amor y la alegría que sienten tales almas al conocer su anuncio, ni sólo dice que esas almas mueren de un ímpetu de amor, aun cuando parezca muerte de enfermedad, sino que en la poesía, similar a la de Santa Teresa, le dice al Señor que ya no puede llevar esta vida del destierro y que le lleve con Él. 

Esta vida, que yo vivo, es privación de vivir; 
y así es continuo morir, hasta que viva Contigo; 
oye, mi Dios, lo que digo: que esta vida no la quiero; 
que muero porque no muero. 
 
Estando ausente de Ti, ¿qué vida puedo tener, 
sino muerte padecer la mayor que nunca vi? 
Lástima tengo de mí, pues de suerte persevero, 
que muero porque no muero. 
 
Sácame de aquesta muerte, mi Dios, y dame la vida; 
no me tengas impedida en este lazo tan fuerte; 
mira que peno por verte, y mi mal es tan entero 
que muero porque no muero (9). 

               Dios era su único Amado y en Dios amaba todas las cosas. Sólo suspiraba por ver directamente a Dios en su esencia ya en el Cielo. Esta verdad le ilumina para escribir las bellísimas páginas de la más entusiasta alabanza a la muerte. Cuando se la anunciaron, recibió la alegría más grande y exclamó con las palabras del Salmo, como otros muchos Santos: Qué grande alegría he recibido con lo que me anuncian: ¡que voy a la casa de Dios! Voy al Cielo. 

               Siempre resalta la idea y recuerdo de la felicidad y del premio del Cielo, tanto en los Santos de los siglos pasados y lejanos como en los Santos de nuestros días. Todos sentían ansias del Cielo y se les hacía muy pesado y largo el destierro de esta vida. Santa Teresa del Niño Jesús, que vivió muy cercana a nosotros y nos la presentan siempre con la sonrisa y como la Santa de las rosas, ya de niña decía: Me parecía la tierra un lugar de destierro y soñaba con el Cielo... La tierra me parecía más triste y pensaba que sólo en el Cielo gozaría de una alegría serena y sin nubes. Y los Domingos, cuando la gente se divierte, un sentimiento de alegría embargaba mi alma... sentíase mi corazón desterrado en el mundo, suspirando por el descanso del Cielo (10). 

               Produce intensa emoción la lectura del hecho de Santa Catalina de Siena. En un rapto en que decía había llegado a las puertas del Cielo y oído ya sus armonías, cuando esperaba entrar, recibió de Dios el mandato de volver a la tierra para realizar la difícil y comprometida misión que se la encomendaba, y recuperada en sus sentidos, se deshacía en continuo llanto recordando que había estado a las mismas puertas de la felicidad, y ahora continuaba viviendo en la tristeza y amargura del destierro sin ver a Dios. ¿No era para llorar inconsolable y desear poseer a Dios, suma delicia? Pero era Voluntad de Dios que continuara en la lucha de la tierra y abrazaba Su Voluntad, aunque con las lágrimas en el corazón y en los ojos (11). Y no menos impresiona, enseña y anima lo que de sí misma dice Santa Angela de Foligno sobre estas ansias: Me sentí llena de amor, saciada de amor... Esta saciedad engendra un hambre inefable; mis miembros se rompían por la fuerza del deseo y yo languidecía... ¡Oh la muerte, la muerte! Porque la vida no se puede tolerar y pide a la Virgen y a los Ángeles digan a Dios, de rodillas, que no permita por más tiempo este martirio (12). Muere de deseos por volar al Cielo. Esta vida, decía, es una muerte. Como lloraba Doña Sancha de Carrillo, en plena juventud, porque aún la faltaba un año para morir e ir a ver a Dios, según la comunicó el Señor (13). 

               Las vidas de los Santos están llenas de estas conmovedoras escenas de Fe y ansias de ir a ver a Dios, que es el ansia de la felicidad y del Cielo, que todos sentimos aunque, de ordinario, remisa y equivocadamente, porque nos faltan las virtudes y el amor que ellos practicaban, y con los cuales hacían crecer la Llama de Amor que los quemaba. Si tan maravillosos efectos y ardientes deseos por ver a Dios producían los recuerdos del Cielo en esas almas privilegiadas, ¿qué será el Cielo? ¿Qué será Dios, pues Dios es el verdadero Cielo y quien produce la felicidad con sólo verle? Cuando una persona encuentra sus complacencias relativas en abrazarse con la tierra en las disipaciones y pasatiempos del mundo, huyendo del trato y amistad con Dios y no apreciando la grandeza de la vida espiritual, es indicio de la Fe lánguida y moribunda que tiene. Porque en estar con lo que se ama y mirar a lo que se ama, aun cuando no se sepa hablar, produce gozo y contento.


NOTAS

1) Santa Teresa de Jesús. Vida, 14, 5.
2) Id.: Conceptos del Amor de Dios o Meditaciones sobre..., 4, 4-5.
3) Santa Teresa de Jesús: Exclamaciones, 6ª. 
4) Id.: Poesías.
5) Id.: Camino de Perfección, 40, 9.
6) Santa Teresa de Jesús: Vida, 20, 11. 
7) San Agustín: Sermón 21
8) Santa Teresa de Jesús: Poesías.
9) San Juan de la Cruz: Poesías. Pena del alma por ver a Dios.
10) Santa Teresa del Niño Jesús: Historia de un alma, cap. II. 
11) Juan Jorgensen: Santa Catalina de Siena, lib. II, pf. IV. 
12) Le Livre de la Bienheureuse Soeur Angela de Foligno, du Tiers Ordre de S. François. Documents originaux edités et traduits par le Pere Paul Dancoeur, págs. 126-127, VII. Cy commence du cinquieme pas. 
13) P. Marín Roa: Vida y maravillosas virtudes de Doña Sancha de Carrillo, lib. II. cap. IX.




lunes, 5 de febrero de 2024

LA GRAN VERDAD DEL PREMIO DEL CIELO; "YO EN DIOS o EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo 5, puntos 25-28

 


               25- Cada época de la Historia tiene su especial apreciación de las cosas, y según la apreciación son los gustos y los modos de obrar. Pudieran asemejarse las épocas a los caracteres, cualidades y modos de ser de los hombres. Todos somos hombres, pero cada hombre tiene su especial carácter, su modo de ver y de ser y su propio gusto; todos parecidos, pero todos distintos aun entre los mismos hermanos de una familia. 

               En los hombres de Fe, y mucho más en los Santos, se ve brillar hermosa y atrayente, como estrella de segura orientación, la gran verdad del premio del Cielo. En proporción del fulgor que irradia esa esclarecedora verdad, son las acciones y el esfuerzo personal para practicar las obras rectas y dignas de la recompensa que Dios ha de dar en el Cielo. 

               Cuando se anubla la estrella de la esperanza del Cielo, se busca el paraíso en la tierra, con menosprecio de las obras buenas. Se pospone la virtud a la utilidad y al gusto. Como en lo misterioso de la soledad y en la noche serena se ve más fulgente el brillo de las estrellas, también cuando el alma reflexiona a solas con Dios o en silencio, impresiona más agradable y fuertemente el premio del Cielo. La noticia de la proximidad de la muerte, que a casi todos llena de pavor, alegra a muchas almas que han procurado agradar a Dios en su vida, porque ven acercarse el día del premio de sus obras en el Cielo y van a convivir con el Padre sumamente bueno y a ser ya felices con Él en toda delicia. 

               En boca del alma retirada en soledad con Dios se han puesto estas palabras: Aquí Dios "es mi gloria hasta que me llame, como se lo suplico y deseo no tarde. ¿Qué hago entre estos árboles sino estar con el pensamiento en el Cielo y, al mismo tiempo que amo a Dios y me ofrezco a Él, recordarle que le estoy esperando?... Dios llena mi corazón y estos riscos y quebradas cubiertas de verdura. Le canto al Señor el himno del deseo y de la alabanza unido a Sus Ángeles. Le digo que desfallezco por Él y jubiloso estoy esperándole. Creo que de un momento a otro ha de llegar, y, entre tanto, gusto de repetir con David: Todo mi gozo es vivir en el Señor (Salmo 103). Como brama el sediento ciervo por la fuente de aguas vivas, así, ¡oh Dios!, clama por Ti el alma mía" (Salmo 4. 1, 2) (1). 

               26- Hijo -decía Santa Mónica a su hijo Agustín-, no sé qué hago ya en la tierra. Siempre me da especial contento cuando en muchas vidas de Santos leo que, al comunicarles la inminencia de su muerte, exclamaron con David las palabras que tenían muy grabadas en el alma: "¡Qué hermosa noticia se me comunica! ¡Que me voy a la casa del Señor!" (Salmo 121, 1). Iban ya a recibir de las manos del Padre Amado en su palacio del Cielo el premio de todas sus obras buenas. Tenían ya prisa por ir a la Casa gloriosa del Padre, que es el Cielo, como la tiene la novia por celebrar el codiciado matrimonio. 

               Aunque la muerte siempre impone, tenían confianza en Dios, como Padre suyo, a quien siempre habían amado. Muchas son las almas ofrecidas a Dios, y fieles en su ofrecimiento, que han pedido a Dios abreviara su destierro, viniendo por ellos para llevarlos a la Patria a verle y gozarle y recibir el premio. 

               Cuando alguno ha sentido temor de presentarse a Dios como Juez, poniendo la confianza en Él, decían, como San Victoriano de Asán en sus últimos momentos: "Esta es la invitación del Señor de todas las cosas. Es forzoso pagar la deuda de la vida. Temo ciertamente la presencia del Juez, pero, confiando en la piedad del Padre, voy alegre a las bodas" (2). 

               Se ha de pasar por el túnel de la muerte; detrás está el Cielo. Muy santa vida hizo San Fructuoso en la soledad, y fundó numerosos monasterios para la multitud de jóvenes que le seguían; confiado, exclamaba en su última despedida: "No temo a la muerte, pues, aunque pecador, voy a la presencia divina" (3). Su aspiración había sido el Cielo, y del Cielo su conversación; tras de una vida de virtudes, penitencias y trato con Dios en retiro, se iba al deseado Cielo, al Palacio del Padre celestial, a la Patria de la Felicidad. 

               Los Santos eran sinceros y humildes. Dejaron escritos los dolores de las pruebas y purificaciones con que Dios acrisoló sus almas y las ansias que sentían de salir de la tierra, y también dijeron el gozo tan inefable que algunas veces, muy de corrida, experimentaron cuando el Señor quiso alentarlos a mayor perfección con alguna merced extraordinaria muy regalada. Nos dicen que los gozos terrenos que se puedan disfrutar o soñar no pueden compararse con los que Dios les dio a gustar, y con un solo momento que se gusten se ven las almas sobrepagadas de todos los sufrimientos y angustias que habían pasado y pudieran pasar. 

               27- Después del sobrenatural conocimiento y gozo que Dios le comunicó a San Pablo y de la celestial delicia con que envolvió e iluminó su espíritu, nos dijo el Apóstol muy alta y lacónicamente, lo más que se puede decir, explicando que "no es posible expresar lo que vio, gustó y oyó, porque ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman" (1 Cor. 2, 9). 

               No comparó gozos y alegrías de la tierra con los gozos y alegrías del cielo, porque no hay comparación posible, pues en nada se parecen; pero exaltó la excelencia y deslumbramiento del premio insospechado e insoñable que Dios dará por las virtudes y sacrificios vividos por Su amor, diciendo: "A la verdad, estoy firmemente persuadido de que los sufrimientos o penas de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros" (Rom. 8, 18). 

               Esta vida de la tierra es de sombra, y la del Cielo es de luz. El vivir de aquí ha de ser un continuo sembrar con trabajo y en noche para recoger en el Cielo con inefable y perdurable gozo. San Pablo no era feliz aquí, pero esperaba confiado lo sería sobre toda ilusión en el Cielo, y decía: "Mi única mira es... ir corriendo hacia el hilo para ganar el premio a que Dios me llama desde lo alto por Jesucristo" (Filip. 3, 13-14). 

               Los Santos tampoco eran felices, como no lo es hombre alguno sobre la tierra, pero no se cambiaban por nadie y sembraban para el Cielo, donde lo serían. San Agustín expresó sobre esta verdad, como sobre otras muchas, el sentimiento del corazón humano cuando escribe: "No sé cómo, pero todos tenemos conocimiento de lo que es la felicidad. Que si mi cuerpo vive de mi alma, mi alma vive de Ti, Dios mío. Hay quienes son felices en esperanza. Es un modo de ser felices muy inferior a serlo en realidad, pero es muy superior a aquellos que no son felices ni en la realidad ni en la esperanza" (4). 

               Algunas almas de grandes virtudes y mucho trato con Dios han recibido en la tierra mercedes sobrenaturales como caricias de brisas de Cielo, y experimentaron tan íntimo y regalado gozo, aunque sólo un momento, que se sentían con ellas llenas de felicidad. Estas mismas caricias de las brisas del Cielo en rapidísima mirada de Dios, aumentaban en ellas las ansias de ir al Cielo, a ver y poseer y gozar de Dios, que es la felicidad; de ir a "aquella vida de arriba, que es la vida verdadera" (5). 

               Y son mujeres santas la mayoría de los que han dejado escritas más detalladamente algunas mercedes muy íntimas y sobrenaturales, gozosas o penosas, que el Señor las comunicó. Las mujeres han sido más comunicativas y explícitas que los hombres en sus intimidades con Dios. Será por su mayor ternura o afecto natural o por su más perfecta entrega y confianza en Dios, o porque lo escribían y comunicaban para que sus Directores examinaran si eran o no mercedes de Dios, o porque los mismos Directores se lo mandaban. Pero el número de mujeres que nos han dejado descritas las intimidades inefables vividas de gozos o de pruebas, de comunicaciones y de hablas divinas es muy superior al de hombres. El hombre es de suyo más reservado -lo fuera para todo- y por eso lo habrá sido también en consignar las luces extraordinarias recibidas de Dios o las expone a modo doctrinal. 

               De sí misma escribe Santa Gertrudis que, aun cuando hubiera andado todo el mundo de Oriente a Occidente no hubiera nunca podido comprender la luz y el gozo que Dios, en un momento, la dio a gustar en tan subido grado que parecía hasta la médula de los huesos se la transformaba en dulzura (6)

               28- Santa Francisca Romana y Santa Brígida salían como de sí mismas para alabar a Dios y darle a conocer a todos, transportadas por la magnificencia de la comunicación divina, y crecían con ellas las ansias de ir al Cielo a verle ya con la luz de la gloria en Su Esencia y perfecciones. 

                 Más conocidas y admirables son las impresionantes manifestaciones de Santa Catalina de Siena y de Santa María Magdalena de Pazzis. Y Santa Catalina de Génova decía que una sola chispa del Amor Divino que recibía bastaba para convertir el Infierno en delicia, y a sus moradores en Bienaventurados. 

               Santa Teresa de Jesús, como la representación más expresiva y llena de luz de las mujeres santas que han manifestado regalos sobrenaturales, describe maravillosamente los gozos que su alma sentía, tan intensos y deliciosos, que llena de agradecimiento, dijo al Señor: "O ensanchase su flaqueza o no la hiciese tanta merced, porque cierto no parecía lo podía sufrir el natural" (7). ¡Y era sólo una gota de este río abundoso! ¿Cómo serán los gozos que experimenta el alma a quien Dios quiere dárselo? ¿Y cómo serán en el Cielo? Es imposible tener idea ni imaginarlos. A nada se parecen. Son gozos de otra especie de los que recibimos por los sentidos. Ni aun los que los recibieron podrán no decirlo, que es imposible; pero ni aun darnos una noción o comparación, aunque muy lejana, de la dulcísima realidad y de los súbitos deseos que despertaban en ellos. Son regalos especialísimos de Dios, y tan regalados que les hacían exclamar: ¿Qué dejáis, Dios mío, para el Cielo? 

                Santa Teresa escribe: "Un momento de aquel gusto no se puede haber acá, ni riquezas, ni honras ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este contentamiento, porque es verdadero y contento que se ve que nos contenta" (8). Y de los efectos de cierto modo de oración escribe: "Es tanto el gozo que parece algunas. veces no queda un punto para acabar el ánima de salir del cuerpo" (9), del deleite experimentado.


NOTAS

1) Un Carmelita Descalzo: Alegría de morir, cap. VIII
2)  Fray Justo Pérez de Urbel: Año Cristiano, 12 de Enero
3) Isabel Flores de Lemus: Año Cristiano Ibero Americano, 16 de Abril
4) San Agustín: Las Confesiones, lib. X, cap. 20. Ya citado en el cap. III, núm. 6
5)  Santa Teresa de Jesús: Poesías
6)  Santa Gertrudis: Libro de las Revelaciones, lib. II, capítulo XXIII
7) Santa Teresa de Jesús: Cuentas de conciencia, 25
8)  Id., Vida, 14, 5
9)  Id.: Vida, 17, 1




lunes, 29 de enero de 2024

EN LA SOLEDAD SE COMPRAN LAS ALMAS; "YO EN DIOS o EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo 4

 

               21- Con el mayor afecto que pude indiqué al religioso que, aun cuando le sirviera de un pequeño sacrificio, tuviera la bondad de contarme esa historia de Barlaam y Josafat, pues decía era tan instructiva, y yo, para instruirme, me había acercado hasta él. Empezó diciendo así: -En los Años Cristianos se escribe esta hermosa historia (1), hermosa y edificante en grado máximo. Pero esta historia no ha tenido realidad; es una leyenda o una novela religiosa, como diríamos hoy, atribuida al gran escritor y pensador San Juan Damasceno, y muy digna de él. La escribió un monje solitario de la Laura de San Sabas (2), uno de tantos monjes innominados y sabios como han vivido en los conventos y en las soledades. Tuvo grandísima influencia en los escritores medievales, como te decía, y la tuvo aún mayor en las almas consagradas a Dios y a alcanzar la perfección en los conventos. Es obra literaria como novela y es magnífica obra espiritual, apologética y aun histórica. Expone compendiosa y admirablemente las verdades del Cristianismo y sus pruebas y exalta con elegancia y viveza la grandeza de ánimo y los heroísmos de virtudes de las almas consagradas a Dios en la soledad, en el retiro y alejamiento del mundo, en una vida pobre y penitente y de íntima y extraordinaria comunicación con Dios, en oración continua y trato con el Cielo.



               Las almas retiradas con Dios en soledad, que han renunciado a todos los bienes materiales, a los altos y renombrados puestos de la sociedad y hasta del mismo trono, son almas excepcionalmente grandes y preclaras; realizan todos los heroísmos por Dios y por la esperanza del premio del Cielo; dejan las grandezas de la tierra por las más excelsas del Cielo, y renuncian al agradable trato de los hombres de sociedad y a sus pasatiempos por el trato con Dios y sus Bienaventurados y por la sobrenatural herencia del Cielo. Resalta en este libro el hermosísimo fruto del apostolado de la contemplación y la fortaleza en confesar la Fe cuando sobreviene la persecución. Deseando estoy -le dije- ver la doctrina y la acción de esos dos personajes que, siendo de ficción, han llegado a ser tenidos por Santos históricos; muy hermosa y de grande realismo tiene que ser esa creación para haber sido recibida con tanto aplauso por los grandes talentos y escritores medievales. Ciertamente lo es -me dijo-, y de muy sólida doctrina. El resumen te hará comprender mejor las palabras y sentencias que luego te citaré. 

                22- Barlaam es un solitario que vive en un desierto; vive sólo para Dios en vida muy santa. Es Sacerdote con eminente formación científica. Dios le ha comunicado en su soledad que el hijo único del rey es de una condición magnífica. Mucho deseó el rey aquel hijo, pues no tenía descendencia y mucho le ama. Ordena que su hijo no vea ninguna escena de tristeza ni de pena y le instala en un espléndido palacio con todas las comodidades para hacerle la vida feliz. Encarga su educación a Zardán, persona de toda su confianza. Abener, así se llama, es rey en la India de una nación que no se nombra; es pagano y perseguidor de los Cristianos. 

               Barlaam, inspirado por Dios, deja la soledad del desierto y se viene a vivir a la corte. Hombre de mucha ciencia y de excepcionales dotes de simpatía y atracción, se gana la voluntad de Zardán. Dios le inspira que vaya a la ciudad para hacerse cargo de la educación del hijo del rey. Zardán, encantado de las cualidades de Barlaam, le encarga la educación de Josafat, que éste es el nombre del hijo del rey. Nadie podrá hacerlo como Barlaam. Se cumple la voluntad de Dios y el fin para que inspiró a Barlaam ir a la corte. Barlaam impone a Josafat de un modo extraordinario en las ciencias y le forma en los modales que es un encanto; calladamente le ha inculcado también las razones de la verdad de la Religión Cristiana. El rey y Zardán están entusiasmados con la formación que Barlaam ha dado a Josafat. Aún ignoran que es Cristiano. 

               Un día llega a conocimiento del rey que su hijo es Cristiano. No puede explicárselo, pues sólo trata con él Zardán y el que le educa. Barlaam se ha vuelto a la soledad; ni Zardán ni el rey sabían que Barlaam era Cristiano; sólo veían un hombre sabio y admirablemente encantador. Intenta el rey hacer apostatar a su hijo del Cristianismo valiéndose de los hombres más sabios del reino; pero Josafat, que asimiló bien las razones de la verdadera religión y vive sus virtudes, convence a los sabios de la verdad y, lejos de apostatar él, se convierten ellos al Cristianismo. Después de muy complicados y difíciles percances, muy propios de la intriga de la novela, termina Josafat teniendo la alegría de convertir a su propio padre. El rey Abener, ya convertido, ha intentado reparar el mal que había causado antes con la persecución y ha constituido regente de una parte del reino a su hijo Josafat, que gobierna admirablemente y es la delicia de todos sus súbditos. 

               Cuando muere su padre, el rey, Josafat su hace cargo de todo el reino con general alegría. Barlaam se había vuelto a la soledad del desierto, pero dejó tan convencido y persuadido a Josafat de practicar la virtud y vivir la perfección como lo más hermoso y lo más importante, que, aun cuando Josafat estaba en el trono y gobernaba maravillosamente y con la admiración de todos, suspiraba por vivir santamente en la soledad como su maestro Barlaam y en su compañía. Quiere ser santo, estar consagrado a Dios, lejos de los peligros, y un día renuncia muy solemnemente al trono y nombra rey a Baraquías, un fervoroso Cristiano y un hombre de mucho valer, perseguido antes por su padre; y Josafat, entre las lágrimas de todos, se retira a la soledad, a vivir vida santa en compañía de su maestro y estar allí consagrado a Dios. En la soledad vivió muchos años muy santamente vida como de ángel, durante la vida de Barlaam y después de su muerte (3).

               23- Esta es la historia muy resumida; está escrita con mil intrigas y episodios muy interesantes. Pero si Josafat ha renunciado al trono y ha escogido la vida retirada y penitente de la soledad, ha sido por la esperanza del premio del Cielo y para asegurar el Cielo como su maestro le hizo comprender. 

               Perdona que haya sido algo extenso en referirla, pero es el gran argumento -como terminarás de ver, oyendo sus razones- de que obraron tan heroicamente por la esperanza del premio del Cielo, como obramos todos. La Fe y la esperanza fueron su victoria, moviéndole al heroísmo que realizó. Siempre es el premio del Cielo. Como lo fue en ellos, lo es actualmente en tantas almas heroicas, penitentes, recogidas y santas. Y es el Cielo lo que me mueve a mí también. -Si no ha sido breve la historia- le dije -me lo ha parecido a mí, y desearía conocer las razones que tenían, pues me agradarán no menos que la historia. -No dudo-añadió- que te agradarán y te enseñarán que abrazar esa vida no es algo estéril, sino el apostolado más fecundo y provechoso para la Iglesia y para la sociedad.

               Que en la soledad, con penitencia y oración, se compran las almas y se obtienen las Gracias del Cielo y, sobre todo, se asegura la propia salvación. Para asegurarla se preguntó a sí mismo Josafat: ¿Qué adelanta el hombre con ganar todo el mundo, si es a costa suya y perdiéndose a sí mismo? (Lc 9, 25). Su respuesta fue que voló a la soledad, a vivir el Amor de Dios, a santificarse, a inmolarse. Cuando Josafat llegó a la soledad santa y encontró a Barlaam, éste le saludó con alborozo y le dio el parabién de su huida del trono y de la llegada y abrazo a la soledad, y en su enhorabuena le salen de los suavísimos labios y de su cultísima y persuasiva inteligencia las mismas razones que tú has venido a pedirme a mí en este retiro, y te las voy a repetir, porque yo no puedo decírtelas con más encantadora viveza con que Barlaam se las dijo a Josafat. Piensa que el hombre siempre ha sido el mismo. Como es hoy, ha sido en los siglos que nos precedieron. 

               Como para obrar libre y desaprensivamente intenta hoy engañarse a sí mismo con razones aparentes, intentó engañarse en los tiempos pasados e intentará en los que han de venir. Si estudias al hombre individual y a la sociedad, observarás que el olvido de la Vida Eterna con sus premios a la virtud en el Cielo y sus penas al vicio en el Infierno, lleva a buscar el regalo y la comodidad en la tierra, o, como ahora dicen, al hedonismo. La falta de Fe o la crisis de Fe producen el olvido del Cielo o viene por el olvido del Cielo y del Creador del Cielo. Si no hay premio, ¿para qué practicar la virtud ni mortificarse? ¿Cómo se ha de tratar con Dios si no se le considera presente, y menos si no se cree en su existencia?. La Fe es la victoria del mundo y del extravío de los sentidos y del Demonio. 

               Instruyendo Barlaam a Josafat, le da la noción del Cielo como premio de la virtud para el cual hemos sido criados y adonde van los buenos para ser felices en Dios. El Cielo es la felicidad eterna; el Cielo es estar en la Vida de Dios y vivirla. Nos impiden ir al Cielo el desorden del mundo y el desorden del pecado. Huyendo del mundo se preserva de la ocasión y se trata con Dios. Se asegura la salvación y le da estas razones: Como es muy difícil que uno ande con el fuego y ni siquiera sienta la molestia del humo, es también sobremanera difícil que estando atado con los lazos de los negocios de este mundo y dedicado a sus cuidados, a sus confusiones y a vivir entre riquezas y delicias, pueda caminar, sin extraviarse, por el camino de los Mandamientos de Dios y conservarse puro e incólume... 

               Con esta determinación de guardar limpia el alma, se disponían los llamados por Dios a quitarse de todas las ocasiones y afectos torcidos y a limpiarse de toda mancha en el alma y en el cuerpo. Como veían que sólo podían realizar esto viviendo los Mandatos de Cristo y que era casi imposible vivirlos en medio del mundo, abrazaron para ellos un modo de vida diferente en todo al modo de vivir del mundo, pero muy conforme al consejo divino, que les ordenaba dejar todos los bienes que tuvieran, empezando por los padres o los hijos, los amigos y parientes, y luego las riquezas y regalos; que despreciaran todas las comodidades de este mundo; y se marcharon a las soledades y establecieron en ellas su morada como si fueran desterrados: "Vivían necesidad, angustiados, afligidos. 

               El mundo no era digno de estos hombres. Iban como perdidos por las soledades, por los montes; se recogían en las cuevas de la tierra" (Heb 11, 37) Se alejaban de las mundanas alegrías y regocijos y pasaban escasez en el pan y en el vestido. Dos causas les movieron a abrazar esta vida: una, para que, no viendo ninguna de las cosas que halagan el corazón, no sintieran ni aun tentación de ellas y se les borraran por completo de la memoria, y así limpios, creciera en su alma el amor y los deseos de los bienes celestiales y divinos. La otra, para ser Mártires de deseo y de obra por la mortificación del cuerpo y tener la corona del martirio verdadero, pues en cuanto de ellos dependía, habían abrazado la Pasión de Cristo y esperaban ser participantes de Su Reino. Pensando conseguir esto del modo más prudente y seguro, escogieron vivir la vida monástica y eremítica o solitaria (4). 

              El alma de Josafat estaba limpia y preparada para recibir la semilla de la virtud, y Barlaam la iluminó con la hermosura de la aspiración a la perfección, diciéndole: Estas almas nobles y valientes marchan juntas por el mismo camino para arribar a las moradas de la Gloria, que el Padre de las luces tiene preparadas para todos los que le amaron . 

               Cuántos se sienten abrasados por el deseo de alcanzar el Cielo, desprecian cuanto tienen de gloria humana o terrena y se esfuerzan por llegar muy pronto a la Presencia de Dios. Entusiasmado con esta nobilísima idea del Cielo y con el deseo de la vida santa de las almas consagradas y de que el gozo del Cielo está en proporción del Amor a Dios y de las virtudes, exclama: Verdaderamente, son Bienaventurados y mil veces benditos estos que, abrasados en Divino Amor e inflamados en la Caridad del Cielo, miraron todo lo demás como nada. Y si derramaron lágrimas y permanecieron día y noche en llanto, fue para asegurar la alegría eterna. Se humillaron a sí mismos en la tierra para ser grandemente ensalzados en el Cielo. 

               Afligieron su cuerpo con sed y con hambre y con prolongadas vigilias para ser en el Cielo colmados de las delicias y alabanzas del Paraíso. Por la pureza del corazón fueron en el desierto tabernáculo del Espíritu Santo, como lo dice la Divina Escritura: Pondré mi morada y me pasearé en ellos. Bienaventurados son y mil veces benditos ellos, porque, viendo claramente la vaciedad de estas cosas presentes y la inestabilidad e inconstancia de las prosperidades de los hombres, las renunciaron y llegaron a alcanzar aquella vida que nunca fenece, ni tiene entrada en ella el dolor o la muerte. 

               24- ¡Qué impresión tan cargada de luces de inmortalidad y de Cielo embarga el ánimo cuando, como un nuevo Simeón con Jesús en los brazos, abraza Barlaam a Josafat en el silencio de la soledad: 

...que convierte mi vivir 
en anticipo del Cielo 
que se empieza a presentir! (5). 

               Luz purísima de Gloria les envuelve y aleteos de Ángeles los acarician, y de sus labios brota, como en armonía de inmortalidad gloriosa, esta alabanza al heroísmo de Josafat en dejar el trono y vivir con Dios en soledad, esperando el Cielo: Magníficamente has hecho, amado hijo, en venir a esta soledad. Hijo, vuelvo a decir: hijo de Dios y heredero del Cielo, pues con toda cordura sobreestimaste y preferiste el Amor de Jesucristo a todos los bienes caducos e inseguros y los vendiste todos para comprar la preciosa margarita que supera a todo por su valor... El Señor te conceda los bienes eternos por los perecederos e inseguros que dejaste por Dios (6). 

               Esta es, muy resumida, la hermosísima leyenda. Para mí son más convincentes y más persuasivos las razones y los argumentos que me enseñan las historias que los meramente especulativos; aquí verás la aclaración a las dudas y a la confusión que tú traías por las actuales doctrinas y modos de vivir. Me pedías te lo explicara. No sé hacerlo con más perfección que ésta. -Ni podía presentarme otro argumento más convincente y eficaz que éste- le dije -ni sé cómo agradecérselo. Aquí oigo la voz de Jesús por Su Evangelio; aquí me hablan los Santos, y Dios hace milagros aprobando su conducta. Aquí veo cómo estos Santos tenían presente ganar el premio del Cielo, premio que excede toda ilusión; es el premio de la felicidad sin término, como de la infinita magnanimidad de Dios. 

               Muy agradablemente veo que Dios da ese Cielo en proporción de la generosidad con que se le entregaron las almas en amor, y vivieron para Él en la tierra teniendo por única aspiración hacer en todo Su Voluntad. ¿Cómo le agradeceré la bondad, el amor y la claridad con que me lo ha hecho ver? ¡Y cómo envidio este retiro y silencio en que vive y le admiro! 

               Muy gratamente impresionado y con muy clara luz en la inteligencia y mayor paz en el alma, y grande decisión y alegría en la voluntad, me despedí muy agradecido. Dentro de mí sentía como un gratísimo eco que me repetía: dejarlo todo por Dios para vivir a Dios. Ofrecerse todo a Dios para vivir el amor más hermoso y santificador. Ser todo de Dios en luz de Fe y esperanza del Cielo. Y la imaginación me presentaba llenos de luz a San Pablo el Ermitaño, subiendo al Cielo entre multitud de Ángeles, con los Profetas y con los Apóstoles, y a San Julián, de cuya boca ven salir la paloma blanquísima y subir al Cielo entre armonías sobrenaturales que todos oyen, y a Santa Teresa de Jesús, a quien vienen a buscar Jesús y la Virgen con las once mil vírgenes y con ellas entrar triunfante en la Gloria, y tantos Santos más que tuvieron muerte tan hermosa. Y el eco agradabilísimo continuaba repitiendo: el Cielo, el Cielo; todo lo hicieron por el Cielo, y al Cielo subieron y en el Cielo son felices. ¡Mil veces dichosos ellos! ¡Dios mío, que no salga yo del camino del Cielo! Dadme vuestro Cielo. Y la memoria insistente me repetía la frase de San Antonio, que "compraba oro con tierra", o sea Cielo con tierra. Y la respuesta de San Nivardo a sus hermanos cuando le comunicaron le dejaban todos los bienes para consagrarse ellos a Dios en el convento: "Me dejáis la tierra, y vosotros escogéis el Cielo; no es justo; yo también dejo los bienes"; y se consagró con sus hermanos a Dios.


NOTAS

1) P. Juan Crosset: Año Cristiano, 27 de noviembre; P. Ribadeneira: Leyendas de Oro, 27 de noviembre, 
2) Sancti Joannis Damasceni Opera; De Barlaam et Josaphat Historia. cap. XII. 
3) Id., id, cap. II.
4) Id., cap. XII. 
5) Poesía de una Carmelita Descalza de Duruelo. 
6) De Barlaam et Josaphat Historia. cap. XXXVIII.