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jueves, 4 de junio de 2026

EL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI: "El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, permanece en Mí y Yo en él"

                


               La Santa Iglesia Católica después del Dogma de la Trinidad Santa, nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar al Sacramento por excelencia, que, sintetizando toda la Vida del Salvador, tributa a Dios Gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Redención.

               Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Sagrada Eucaristía la víspera de Su Muerte, quiso dejarnos en Ella un vivo recuerdo de Su Pasión. El Altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la Santa Misa "anuncia la Muerte del Señor". Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, bajo las Sagradas Especies, Jesús mismo ofrece a Su Padre, en unión con Sus Sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz, aunque sabemos que está todo entero bajo las dos especies. 

               Según la Tradición Católica, esta Fiesta tuvo su origen en el siglo XIII en la Abadía de Mont Cornillón en la región de Lieja, en Bélgica.

               Fue la religiosa agustina Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquel entonces priora de dicha Abadía, la que con sus visiones sobrenaturales, propició que se celebrase esta fiesta dedicada a la Santísima Eucaristía.

               Sor Juliana nació en Retines, cerca de Lieja, en el año 1193. Al quedar huérfana a los cinco años fue confiada a los cuidados de las Monjas Agustinas de Mont Cornillón, junto con su hermana Agnes, donde fueron cuidadas y educadas. A los catorce años sintió una fuerte vocación religiosa e ingresó en las mismas Agustinas donde llegó a ser Superiora de la Comunidad. Murió en Fosses el 5 de Abril de 1258, a la edad de  65 años, y fue enterrada en Villiers. Santa Juliana deseaba que hubiera una Fiesta especial en honor al Sacramento de la Eucaristía; este deseo se intensificó por unas visiones cuando apenas tenía 16 años: una luna llena y brillante atravesada por una franja oscura, lo que ella interpretó como la Iglesia (la luna) oscurecida por la ausencia de una especial conmemoración del Santísimo Sacramento.



               Sor Juliana comunicó estas visiones a Monseñor Roberto de Thorete, entonces Obispo de Lieja, también al docto dominico Hugh, quien sería más tarde Cardenal Legado de los Países Bajos y además al Archidiácono de Lieja Jacques Pantaleón, quien sería en 1261 el Papa Urbano IV. El Obispo Roberto, convencido por las visiones y por la  interpretación de las mismas y como en ese tiempo los Obispos tenían el derecho de ordenar Fiestas para sus diócesis, invocó un Sínodo en 1246 y ordenó que la celebración en honor al Sacramento de la Eucaristía se tuviera al año siguiente. 

               La celebración tuvo lugar en 1247 en la iglesia de San Martín en Lieja pero sin la presencia de dicho Obispo porque había fallecido. No obstante muchos consideraban las visiones de Sor Juliana como fruto de su imaginación y a la muerte de su protector fue desterrada a Namur en dos ocasiones. 

               Años más tarde, en 1263, en la ciudad de Bolsena, al norte de Roma, muy cerca de Orvieto, donde el Papa Urbano IV tenía la residencia papal, se produjo un hecho milagroso conocido como el Milagro de Bolsena; aconteció que el sacerdote Pedro de Praga viajaba de vuelta de una peregrinación que había hecho desde Bohemia hasta Roma. El sacerdote estaba afectado por varias dudas de Fe, pese a lo cual, siguiendo la norma eclesiástica, celebraba la Santa Misa a diario. 

               En el camino de retorno a su patria pasó por la pequeña cripta de Santa Cristina, en Bolsena, y allí decidió celebrar el Santo Sacrificio. Durante la Consagración, el sacerdote sintió dudas acerca del milagro de la Transubstanciación y fue justo ahí, en el momento de partir la Sagrada Forma, que el infeliz sacerdote vio salir de Ella sangre de la que se fue empapando el corporal y hasta la piedra ara del altar. Con la esperanza de ocultar a los presentes lo sucedido y con el deseo de pedir ayuda y explicación a la autoridad, resolvió suspender la celebración de la Santa Misa. Y recogidas las Sagradas Especies en paños, corrió a la Sacristía, sin reparar que, en el trayecto, algunas gotas de la Preciosísima Sangre habían caído sobre el mármol del pavimento.

                La venerada reliquia fue llevada en procesión a la presencia del Papa, en Orvieto, el 19 Junio de 1264. Allí, en Orvieto, se conservan aún los corporales manchados por la Sangre Milagrosa y también se puede ver la piedra ara del altar, manchada de sangre en Bolsena.

               El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios Obispos, hizo que se extendiera la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus", fechada el 8 Septiembre de ese año de 1264. La Fiesta se fijó para el Jueves después de la Octava de Pentecostés, otorgándose Indulgencias a todos los Fieles que asistieran ese día al Santo Sacrificio de la Misa.

               Poco después de la publicación del Decreto moría el Papa Urbano IV (el 2 de Octubre de 1264) lo que obstaculizó la difusión de la Fiesta. Pero en 1311 el Papa Clemente V en el Concilio General de Vienne, en Francia, ordenó una vez más la adopción de esta Fiesta.

                En 1317 el Papa Juan XXII promulga una recopilación de leyes y  extendió la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia. Ninguno de los Decretos habla de la Procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración, sin embargo estas procesiones fueron dotadas de Indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.



               Finalmente, el Sacrosanto Concilio de Trento, declaró que fuese introducida en la Santa Iglesia la costumbre de que todos los años se celebrase este Sacramento con singular veneración y solemnidad:

               "Después de la Consagración del pan y del vino se contiene en el saludable Sacramento de la Santa Eucaristía, verdadera, real y sustancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles..."

              "...por la Consagración del pan y del vino se convierte toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y toda la sustancia del vino en la sustancia de Su Sangre, cuya conversión ha llamado oportuna y propiamente Transubstanciación la Santa Iglesia Católica" 

               "...que todos los Fieles Cristianos hayan de venerar a este Santísimo Sacramento, y prestarle el culto de latría que se debe al mismo Dios".



domingo, 2 de noviembre de 2025

LOS FIELES DIFUNTOS, LAS ALMAS RETENIDAS EN EL BENDITO PURGATORIO

   

“En aquellos días oí una voz del Cielo que me decía:
Felices los muertos que mueren en el Señor.
Ya desde ahora, dice el Espíritu, 
que descansen de sus trabajos, 
puesto que sus obras los acompañan”


Libro del Apocalipsis, cap. 14, vers. 13



                   La piedad maternal de la Santa Iglesia Católica, que diariamente hace mención, singular y universal de los Fieles Difuntos, principalmente en el Santo Sacrificio de la Misa, después de la Fiesta de ayer, recuerda en sus plegarias a todos los Fieles que, destinados al Cielo, se hallan detenidos todavía en el Bendito Purgatorio.

                   Los sufragios van destinados a aquellos Difuntos por quienes nadie ruega. San Odilón, Abad de Cluny, en el año 998, introdujo tan caritativa costumbre en su monasterio.

                   No hay en el mundo nada más hermoso y más digno de poseerse que la verdadera Caridad. Éste es el Mandamiento Supremo del buen Cristiano: "Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos". Por eso, la Santa Iglesia, en el siglo XIV, decretó obligatoria esta obra de Caridad que es rezar por nuestros muertos.

                    No siempre podemos practicar en este mundo la Caridad tal y como gusta nuestro corazón, pero sí podemos ser todos GRANDES BENEFACTORES DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO. Mayores y pequeños, enfermos y sanos, todos podemos socorrerles con nuestras oraciones, Misas, Comuniones, limosnas...

                   Esta unión con nuestras Hermanas las Almas del Purgatorio se basa en una Verdad de Fe, en un Dogma que todo católico está obligado a creer: el Dogma de la Comunión de los Santos; vemos continuamente esa trabazón misteriosa que existe entre la Iglesia Triunfante (El Cielo), la Militante (Visible en la tierra) y la Iglesia Purgante, y nos sentimos envueltos en la red de ese doble deber de Caridad y de Justicia, que fluye naturalmente de nuestra misma incorporación al Cuerpo Místico mediante el Santo Bautismo.

                   No olvidemos pues, en este Mes del Purgatorio, a todas aquellas personas que un día pasaron por nuestra vida y que ya partieron... ¿cuántos estarán aún penando en el Purgatorio por sus culpas que no expiaron? Ten la caridad de hacer memoria de aquellas buenas personas, de tus familiares, amigos, conocidos... ¡cuántos habrán muerto sin total arrepentimiento, sin pagar sus culpas!. De ti depende su descanso eterno o que su castigo cese y vayan pronto a la Presencia de Dios, donde ten por seguro tendrán un recuerdo hacia ti. 

                    En algunas regiones de España estaba permitido celebrar dos Misas en este día tan señalado, y hasta tres en el siglo siguiente. El Papa Benedicto XV, después de la I Guerra Mundial, hizo extensible este Privilegio a todos los Sacerdotes del Mundo Católico, mediante la Bula "Incruentum altaris", sobre las celebraciones litúrgicas del Día de Difuntos.


LOS TRES CONSUELOS DEL PURGATORIO

que podemos ofrecer desde este mundo por las Benditas Ánimas del Purgatorio;
estos santos consuelos los concretaremos formulando de corazón y con piedad
el conocido como VOTO DE ÁNIMAS, mediante el cual ofreceremos a Dios, por 
medio de Su Santísima Madre todas las obras satisfactorias que podamos alcanzar 
en esta vida y aún después de nuestra muerte 




PRIMER CONSUELO: EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA 


                Para las Benditas Ánimas del Purgatorio, una sola Misa es de infinito valor. Los teólogos dividen en tres partes el fruto espiritual del Sacrificio del Altar:

     - Una parte va en beneficio de todos los miembros.

     - Otra parte va en ventaja del Sacerdote que celebra.

     - La tercera parte va en provecho de por quien se celebra, y esta parte es aplicable a las Almas Purgantes. Pero no basta celebrar una sola Misa por los difuntos, es necesario hacer celebrar muchas.

                    Procura a lo largo de este mes de Noviembre destinar cierta cantidad de dinero, según tus posibilidades, como estipendios para celebrar Misas por tus Difuntos y por las Almas del Purgatorio en general; es un dinero bien invertido, pues el valor del dinero es nada frente a la multitud de gracias que podemos conseguir para las Almas del Purgatorio y para nosotros que le hacemos la caridad de ayudarlas.


SEGUNDO CONSUELO: LA ORACIÓN


             Es como un refrigerio que de nuestra alma sube al Cielo. También una simple invocación, una jaculatoria, un sacrificio, un acto breve de amor a Dios, tienen una eficacia extraordinaria de sufragio. Entre las oraciones que podemos rezar prevalecen: el “Oficio de los Difuntos”, el Salmo 50, el Vía Crucis, y sobre todo, el rezo del Santo Rosario. A todas estas u otras oraciones hay que agregar la Santa Confesión y Comunión Sacramental ( o espiritual, que se puede hacer siguiendo el modelo de la estampa "Comunión Espiritual, de este blog); es necesario además, que en ocasión de la muerte de una persona querida, todos los parientes se confiesen y comulguen por el alma.


TERCER CONSUELO: LAS INDULGENCIAS


             La Indulgencia es una remisión de una pena temporal, adeudada por los pecados, que la Iglesia concede bajo ciertas condiciones al alma en gracia, aplicándole los méritos y las satisfacciones abundantes de Nuestro Redentor Jesucristo, de la Virgen Nuestra Señora y de los Santos, los cuales constituyen su Tesoro y por lo cual anulan sobre la tierra en todo o en parte la deuda de un alma anulándola también en el Cielo. Hay indulgencia “Plenaria” y “Parcial”. Para ganar la indulgencia es necesario estar en estado de gracia y tener la intención de ganarla. Por la Comunión de los Santos podemos socorrer a los Difuntos, la Iglesia nos da la facultad de aplicarles este inmenso tesoro de misericordia, reduciendo así sus penas que son la satisfacción de las culpas cometidas durante la vida presente.




viernes, 24 de octubre de 2025

NOVENA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO. Día 1º: LA EXISTENCIA DEL PURGATORIO, DOGMA DE FE CATÓLICA

  

INICIO


               Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos Señor + Dios Nuestro. En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN 


               Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque Os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

           Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.


MEDITACIÓN DIARIA




ORACIÓN AL PADRE ETERNO

Revelada a Santa Gertrudis

El Señor reveló  a la Santa que cada vez que fuese recitada
esta oración obtendría la liberación de 1.000 Almas del Purgatorio


               Padre Eterno, yo Te ofrezco la Preciosísima Sangre de Tu Divino Hijo Jesús, en unión con todas las Santas Misas celebradas hoy a través del mundo, por todas las Benditas Ánimas del Purgatorio, por todos los pecadores del mundo, por los pecadores en la Iglesia Universal, por aquellos de mi propia casa y los de mi familia.


SÚPLICA A MARÍA, REINA DEL PURGATORIO



               Santísima Virgen María, Reina del Purgatorio; vengo a depositar en Tu Corazón Inmaculado una oración en favor de las Benditas Ánimas que sufren en el lugar de expiación. Dígnate escucharla, Clementísima Señora, si es ésta Tu Voluntad y la de Tu Misericordioso Hijo. Amén.


          1- María Reina del Purgatorio, Te ruego por aquellas Almas por las cuales tengo o pueda tener alguna obligación, sea de Caridad o de Justicia.

          Dios te salve María…

     Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para Ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.


          2- María, Reina del Purgatorio, Te ruego por las Almas abandonadas, olvidadas y a las cuales nadie recuerda; Tú, Madre, que te acuerdas de ellas, aplícales los Méritos de la Pasión de Jesús, Tus Méritos y los de los Santos, y alcancen así el eterno descanso.

          Dios te salve María…

     Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para Ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.


          3- María, Reina del Purgatorio, Te ruego por aquellas Almas que han de salir más pronto de aquel lugar de sufrimiento, para que cuanto antes vayan a cantar en Tu compañía las Eternas Misericordias del Señor.

          Dios te salve María…

     Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para Ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.


          4- María, Reina del Purgatorio, Te ruego de una manera especial por aquellas Almas que han de estar más tiempo padeciendo y satisfaciendo a la Divina Justicia. Ten compasión de Ellas, ya que no pueden merecer sino sólo padecer; abrevia sus penas y derrama sobre estas Almas el bálsamo de Tu consuelo.

         Dios te salve María…

     Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para Ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.


          5- María, Reina del Purgatorio, Te ruego de un modo especial por aquellas Almas que más padecen. Es verdad que todas sufren con resignación, pero sus penas son atroces y no podemos imaginarlas siquiera. Intercede Madre Nuestra por Ellas, y Dios escuchará Tu oración.

          Dios te salve María…

     Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para Ellas la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.


ORACIÓN FINAL


               Virgen amada del Monte Carmelo, conduce y apiádate de Tus hijas, las Almas que claman a Ti desde el Bendito Purgatorio. Calma su sufrimiento y concédeles el descanso eterno, que la Luz perpetua brille para Ellas.          

               Bienaventuradas aquellas que se han librado del Purgatorio acogidas bajo Tu Manto, el Santo Escapulario: enciende para Ellas la Luz Divina y que esas Almas, compungidas y agobiadas, consigan así descansar en paz.

               Auxílialas desde Tu pedestal celestial para que, después de tanto tiempo en incertidumbre, puedan descansar en paz. Amén.



sábado, 11 de octubre de 2025

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Santa Madre de Dios

 

"Ella adoró a Aquel 
quien había engendrado"

Oficio de la Purificación



                    La mente humana jamás podrá comprender plenamente todo lo que encierra el título de «Madre de Dios». Es el título con el que los Fieles se dirigen a María, y la Iglesia lo ha sancionado con su autoridad infalible (1). Todas las bellezas de la naturaleza, todas las riquezas de la gracia, todos los esplendores de la gloria palidecen ante la majestuosa grandeza de un título como este. Pues, por el hecho mismo de haber concebido al Verbo hecho carne, María ha quedado unida a Dios por los mismos lazos que unen a una madre con su verdadero hijo.

                    Así como, por tanto, la dignidad de la naturaleza humana en Jesucristo se eleva inconmensurablemente por encima de todo lo creado, en razón de la unión hipostática con el Verbo Divino, así también la dignidad de María pertenece a un orden superior, por Su posición como Madre de Dios. Este título es precisamente la fuente y la medida de todos esos dones de naturaleza, Gracia y Gloria, con los que el Señor se complació en enriquecerla. «La Santa Madre de Dios ha sido elevada por encima de los Coros de Ángeles en el Reino Celestial».

                    Admira, oh alma mía, tan grande milagro del Poder del Altísimo, y ya que se ha dignado llamarte al servicio de tan gran Reina, dale gracias y promete a tu Soberano eterna fidelidad.

                    El título de Madre de Dios, con que la Iglesia Católica honra a María, no es sólo fuente de incomparable grandeza en Ella, sino también un potente medio para fundamentarnos firmemente en la posesión de la Verdadera Fe y llevarnos a un conocimiento más perfecto de los atributos divinos.

                    De hecho, el primer paso para reconocer a Jesucristo como Salvador del mundo, es la creencia en la Maternidad Divina: por el contrario, quien se niega a reconocer a María como verdadera Madre de Dios, ha naufragado por ese mismo hecho en la Fe.

                    Además, la Sabiduría Divina resplandece con mayor claridad por el hecho de que Dios se dignó elegir a María como Madre de Su Hijo. De todas las obras de Dios, la Encarnación es la más digna de la diestra del Altísimo; pero ¿cómo puedo admirar suficientemente los designios de Tu sabiduría, oh Dios mío, ya que has querido oponer a la obra de destrucción y muerte, iniciada en el pecado de Eva y completada en el de Adán, una obra de reparación, iniciada en la obediencia de María y consumada en el sacrificio de Jesús?.

                    ¡Cuánta Gloria le corresponde a la Bondad de Dios por la Divina Maternidad!. Pues, al predestinar a María para ser Madre del Verbo, Dios también decretó dárnosla como Madre nuestra. Quiso que Ella, en unión con Su Hijo, realizara la obra de nuestra Redención y que, al regenerarnos a la vida de la gracia, se convirtiera en nuestra Madre en el orden espiritual.

                    ¡Oh, la profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!. ¡Cuán incomprensibles son Sus juicios y cuán insondables Sus caminos!

                    La Divina Maternidad es, sin duda, el punto de partida de la obra de nuestra Salvación. Por lo tanto, es deber de todo Cristiano proclamar con valentía esta verdad. Al creer que María es la Madre de Dios, creemos también que el Verbo se hizo carne. Pero para que esta Fe no sea estéril, debe ir acompañada de un sincero culto, tanto interno como externo; un culto consistente en actos de homenaje, veneración y amor hacia esta criatura incomparable, unida a nosotros por tantos títulos.

                    El alma fiel no puede, pues, hacer nada mejor que seguir el ejemplo que nos da la Iglesia, que no se cansa de proclamar esta Verdad al Universo entero, ya sea mediante la erección de templos en honor de María, mediante el establecimiento de hermandades consagradas a Ella, mediante la aprobación de Órdenes Religiosas dedicadas a Su servicio, o mediante la institución de prácticas de piedad en Su honor.

                    Sí, María es verdaderamente digna de ser saludada con las palabras que antaño dirigió el líder judío Ozías a Judit: “Bendita seas tú, oh hija, por el Señor Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra”.

                    La devoción a Nuestra Señora Santísima está tan íntimamente ligada a todo el Depósito de la Divina Revelación, que no es posible negar las prerrogativas de esta gloriosa Virgen, sin ofender alguna Verdad de la Fe Católica.

                    San Cirilo, el gran Obispo de Alejandría, fue el glorioso defensor de la Divina Maternidad y, en consecuencia, del Sagrado Depósito de la Revelación Cristiana. Sus excelsas virtudes se proclaman no sólo en testimonios privados, sino también en las solemnes Actas de los dos Concilios Generales de Éfeso y Calcedonia. Ansioso por promover la devoción a nuestra Santísima Señora e impulsado por el celo por la salvación de las almas, San Cirilo no tenía otra preocupación que preservar a su rebaño de las lamentables herejías sobre la Divina Maternidad de Nuestra Santísima Señora, que en aquel entonces invadían algunas iglesias orientales.

                    Cirilo, tan versado en las ciencias sagradas como ejercitado en todas las virtudes, fue enviado por el Papa San Celestino para presidir el Concilio de Éfeso. En esta gran asamblea se condenó la herejía de Nestorio y se proclamó el dogma de la Divina Maternidad de Nuestra Señora. En esta ocasión, San Cirilo derramó su corazón en una ferviente oración en honor a la Madre de Dios en presencia de todos los Obispos reunidos para la ocasión. Esta oración es uno de los himnos de alabanza más bellos que jamás se hayan compuesto en honor a la gloriosa Reina del Cielo (2).

                    Pero no pasó mucho tiempo antes de que el santo Obispo tuviera que sufrir por este hecho, lo que le atrajo el odio implacable de los herejes, de quienes tuvo mucho que sufrir. Terminaron por expulsarlo de su diócesis. Sin embargo, esto no le impidió seguir defendiendo el augusto Dogma de la Divina Maternidad de María, de palabra y por escrito. Estaba más que feliz de sufrir por esta Verdad; pero Nuestra Señora no tardó en recompensar a Su fiel siervo con abundantes gracias celestiales. Finalmente, por Su intercesión, se le permitió regresar a su sede, donde fue recibido con gran alegría por su pueblo. Murió santamente el 28 de Enero del año 444, pasando su alma de la tierra al Cielo para alabar por toda la Eternidad a la gloriosa Madre de Dios, a quien tanto había honrado durante su vida.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


NOTAS 

                    1) "Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema." Papa San Clementino I, Concilio de Éfeso, año 431.

            El Dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Éfeso. Tiempo después, fue proclamado por otros Concilios universales, el de Calcedonia y los de Constantinopla.

                    2) De la Homilía de San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Éfeso: 

            "Salve, María, Madre de Dios, veneradísimo Tesoro de todo el Orbe, antorcha inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta Doctrina, Templo indestructible, habitáculo de Aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, Virgen y Madre por quien se nos ha dado el llamado en los Evangelios 'Bendito el que viene en nombre del Señor'.

            Salve, Tú que encerraste en Tu Seno virginal al que Es inmenso e inabarcable. Tú, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada. Tú, por quien la Cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el mundo. Tú, por quien exulta el Cielo, se alegran los Ángeles y Arcángeles, huyen los demonios, por quien el Diablo tentador fue arrojado del Cielo, y la criatura, caída por el pecado, es elevada al Cielo...

            ¿Quién de entre los hombres será capaz de alabar como se merece a María, digna de toda alabanza?. Es Virgen y Madre: ¡qué maravilla!. Este milagro me llena de estupor. ¿Quién oyó jamás decir que al constructor de un templo se le prohíba entrar en él?. ¿Quién podrá tachar de ignominia a quien toma a Su propia esclava por Madre?.

            Nosotros hemos de adorar y respetar la unión del Verbo con la carne, hemos de tener temor de Dios y dar culto a la Santa Trinidad, hemos de celebrar con nuestros himnos a María, la siempre Virgen, Templo Santo de Dios, y a Su Hijo, el Esposo de la Iglesia, Nuestro Señor Jesucristo. A Él la Gloria por los siglos de los siglos. Amén".



viernes, 15 de agosto de 2025

LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA a los Cielos en cuerpo y alma

 



                    Llegamos al coronamiento de los privilegios de Nuestra Señora la Virgen María: Su Gloriosa Asunción en cuerpo y alma al Cielo y Su Coronación en él como Reina y Señora de cielos y tierra. La Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un dogma de nuestra Fe Católica, expresamente definido «ex cathedra» por el Papa Pío XII. (1)

¿Murió realmente la Virgen María?

                    El Papa Pío XII rehusó intencionadamente pronunciarse, al menos en la fórmula dogmática, sobre la muerte o no muerte de la Virgen María, sobre si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte como todos los demás mortales (e incluso como el mismo Cristo). Ahora bien: ¿cuál de las dos posibilidades es la verdadera?. Los argumentos que se aducen en favor de una u otra no son tan decisivos como para llevar a una certeza absoluta sobre cualquiera de las dos. Sin embargo, la opinión que sostiene con firmeza la Asunción Gloriosa de María después de su muerte y resurrección, no solamente reúne los sufragios de la inmensa mayoría de los mariólogos, sino que nos parece objetivamente mucho más probable que la que defiende la Asunción sin la muerte previa de la Virgen.

                    En la misma Bula «Munificentissimus Deus», de Pío XII, se leen estas palabras, cuya importancia excepcional a nadie puede ocultarse: «Los Fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante Su peregrinación terrena, llevó una vida llena de ocupaciones, angustias y dolores, y que se verificó lo que el santo anciano Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de Su Divino Hijo, Nuestro Redentor. Igualmente no encontraron dificultad en admitir que María hubiese muerto del mismo modo que Su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abier­tamente que Su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto Tabernáculo del Verbo Divino».

                    Desde la más remota antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte de María. Las oraciones «Veneranda nobis...» (2) y «Subveniat, Domine» son claro y piadoso ejemplo de que la Iglesia reconocía que la Virgen María realmente murió.

                    Es cierto que María no contrajo el pecado original, pero tuvo el débito del mismo. Recibió, por tanto, la naturaleza caída de Adán, si bien con los privilegios ya conocidos. Ahora bien, la naturaleza caída de Adán estaba sujeta a la muerte. Luego para decir que María no murió habría que demostrar la existencia de ese privilegio especial para Ella, lo que no consta en ninguna parte.

                    Si Nuestra Señora dio al Redentor carne pasible y mortal, debió tenerla también Ella. Si nos corredimió con Su Hijo, debió participar de Sus Dolores y de Su Muerte. La muerte de la Virgen María tiene sentido corredentor, como complemento natural y lógico de Su compasión al pie de la Cruz. Sin Su muerte real faltaría algo al perfecto paralelismo entre el Redentor y la Corredentora.

                    Cristo murió, ¿y María sería superior a Él al menos en este aspecto relativo a la muerte corporal?. Aun suponiendo- como quieren algunos mariólogos- que la Virgen María tenía derecho a no morir (en virtud, sobre todo, de Su Inmaculada Concepción, que la preservó de la culpa y, por tanto, también de la pena correlativa, que es la muerte), sin duda alguna hubiera María Nuestra Señora renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse en todo— hasta en la muerte y resurrección— a Su Divino Hijo Jesús. 

                    María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con Su ejemplo los terrores de la muerte. La recibió con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible para aquel que vivió piadosamente y mereciéndonos la gracia de recibirla con santas disposiciones.




                    «María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, fue como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una palabra encantadora: la llama sueño (o dormición) de la Virgen» (3)

                    "Ella es -exclama San Bernardo- la que pudo decir con verdad: “He sido herida del amor”, porque la flecha del Amor de Cristo la transverberó de tal modo que en Su Corazón virginal cada átomo se incendió en un fuego soberano.

                    San Francisco de Sales decía: "Es imposible imaginar que esta verdadera Madre natural del Hijo de Dios haya muerto de otra muerte; muerte la más noble de todas y debida a la más noble vida que hubo jamás entre las criaturas; muerte que los Ángeles mismos desearían gustar, si fuesen capaces de morir."



NOTAS

            1) «Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para Gloria de Dios Omnipotente, que otorgó a la Virgen María Su peculiar benevolencia; para Honor de Su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la Gloria de la misma Augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la Autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser Dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de Su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria Celestial». Bula «Munificentissimus Deus», del Papa Pío XII, 1 de Noviembre de 1950.

            2) «Veneranda nobis, Domine, Huius diei festivitas opem conferat salutarem; in qua Sancta Dei Genetrix mortem subiit temporalem; nec tamen nexibus deprimi potuit quae Filium Tuum Dominum nostrum de se genuit incarnatum». («Ayúdenos con Su intercesión saludable, ¡oh Señor!, la veneranda festividad de este día, en el cual, aunque la Santa Madre de Dios pagó su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser humillada por su corrupción aquella que en Su seno encarnó a Tu Hijo, Señor nuestro).

            3) Louis Garriguet, experto mariólogo y Rector del Seminario de Aviñón.



sábado, 25 de enero de 2025

LA VOLUNTAD DE LA INMACULADA

 



               "La Inmaculada es el límite último entre Dios y la Creación. Ella es una imagen fiel de la Perfección de Dios, de Su Santidad. El grado de perfección depende de la unión de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios. Cuanto mayor es la perfección, más íntima es la unión. Ya que la Santísima Virgen superó con Su perfección a todos los Ángeles y Santos, por eso también Su voluntad está unida e  identificada de la manera más profunda con la Voluntad de Dios. Ella vive y obra únicamente en Dios y por medio de Dios. Así pues, por el hecho de cumplir la voluntad de la Inmaculada, estamos cumpliendo la Voluntad de Dios"


Padre Fray Maximiliano María Kolbe



domingo, 8 de diciembre de 2024

LA INMACULADA CONCEPCIÓN: LA PRIMERA Y EXCLUSIVA OBRA DE DIOS. En el 170 Aniversario del Dogma de la Inmaculada Concepción de María Nuestra Señora

  

"Tú y Tu Madre sois los únicos 
que en todo aspecto 
sois perfectamente hermosos; 
pues en Ti, Señor, no hay mancilla, 
ni mácula en Tu Madre" 


(San Efrén, Doctor de la Iglesia)



               En virtud del pecado original, la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.

               ...por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de Su Ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto a error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. 

               La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en Sí ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.

               Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquélla enriquecidas y super-enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O, mejor dicho, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de formarse una idea de lo que la Virgen era. 

                Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en Sus días. Y con ello sufrió amargamente. Pues cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.

                Ahora bien, María Santísima tenía en Sí abismos de amor a la virtud, y, por lo tanto, sentía forzosamente en Sí abismos de odio al mal. María era pues enemiga del mundo, al cual vivió ajena, segregada, sin ninguna mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.

               El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María. Pues no consta que le hubiese tributado admiración proporcionada a Su hermosura castísima, a Su gracia nobilísima, a Su trato dulcísimo, a Su Caridad siempre compasiva, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.

               ¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué comprensión podría haber entre Aquella que era toda del Cielo y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda Fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todos idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido perfecto de todas las cosas, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todos exceso, extravagancia, desequilibrio, sentido equivocado, cacofónico, contradictorio, hiriente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la Fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones, en que todas las verdades se mezclaban y se corrompían en la monstruosa interpenetración con todos los errores que les son contrarios?

               Inmaculada significa etimológicamente la ausencia de mácula, y pues de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la Fe y en la Virtud. Es por lo tanto la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible, la aversión completa, profunda, diametral a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien es la Ortodoxia, la pureza, al estar en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida al mal, odió sin medida a Satanás, a sus pompas y sus obras, al Demonio, al mundo y a la carne.

               Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y según tan razonablemente se cree, Ella pedía el Advenimiento del Mesías y la gracia de ser una Sierva de aquella que fuese escogida para ser Madre de Dios.

               Pedía al Mesías, para que viniese Aquel que podría hacer brillar nuevamente la Justicia sobre la faz de la Tierra, para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, golpeando por todo el mundo a las tinieblas de la impiedad y del vicio.

               Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los Justos que vivían en la Tierra encontrasen en la Venida del Mesías la realización de sus deseos y de sus esperanzas, que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los países, de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo a las más altas cumbres de la Santidad. Pues éstas son por excelencia las Victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del Demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.

               La Virgen quería la Gloria de Dios por esa Justicia, que es la realización en la Tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la Venida del Mesías, Ella no ignoraba que Él sería la piedra de escándalo, por la que muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador empedernido, este aniquilamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. “Ut inimicus Sanctae Ecclesiae humiliare digneris; te rogamus, audi nos” [Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia; te rogamos, óyenos], canta la Liturgia. Y antes que la Liturgia, por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles. Admirable ejemplo de verdadero Amor, de verdadero odio. 

               Dios quiere las obras. Él fundó la Iglesia para el Apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.

               Reina de todos los Apóstoles, Nuestra Señora es sin embargo principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en Sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en Sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior un cortaviento a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia. Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de Su Hijo infinitamente inocente y Santo? ¿Quién hizo más por los hombres que Aquella que consiguió que se realizase en Sus días la promesa del Salvador?



               Pero, confiando sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de Apostolado, haciendo de una y otra Su principal instrumento de acción? 

                Tanto valen a los ojos de Dios las almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero Amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer al mundo las gracias divinas.

               Estamos en una época parecida con la de la Venida de Jesucristo a la Tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que el espectáculo de las desgracias contemporáneas "es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora" (Encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8 de Mayo de 1928).

               Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer?. Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes que nada, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

                El ejemplo de Nuestra Señora, sólo se puede imitar con el Auxilio de Ella. Y el Auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, ¿qué mejor forma de devoción a María Santísima puede haber que pedirle, no sólo el Amor de Dios y el odio al Demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?.



sábado, 30 de noviembre de 2024

SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN, en el 170 Aniversario del Dogma

  




               En las actas del Martirio de San Andrés, Apóstol, se leen estas palabras que el Santo dirigió al Procónsul: "Y puesto que de tierra fue formado el primer hombre, quien por la prevaricación del árbol viejo trajo al mundo la muerte, fue necesario que, de una Virgen Inmaculada, naciera hombre perfecto el Hijo de Dios, para que restituyera la Vida Eterna que por Adán perdieron los hombres". 

               Aunque estas actas, como algunos opinan, no sean genuinas, es decir, contemporáneas de San Andrés, tienen una venerable antigüedad y nos atestiguan lo que entonces se pensaba de la Santísima Virgen.



domingo, 10 de noviembre de 2024

ACLARACIONES SOBRE LAS INDULGENCIAS

 


               Para comprender bien la Doctrina de la Iglesia sobre las Indulgencias, conviene distinguir dos cosas en el pecado: la culpa y la pena. La culpa es una mancha que el pecado produce en el alma, debilitando en ella la gracia santificante, o haciendo que la pierda enteramente. El pecado que debilita la gracia santificante, se llama pecado venial; y el que hace que se pierda enteramente, se llama pecado mortal. Si se echa una gota de agua sobre un hierro candente o sobre un carbón encendido, se debilita la actividad del fuego y se produce en él una pequeña mancha negra; pero si en vez de una gota, se echa una gran cantidad de agua, el hierro candente y el carbón encendido, se vuelven completamente negros y quedan del todo apagados. Esta clara y familiar comparación, servirá para hacernos entender que algo semejante pasa en el alma cuando comete pecados veniales o pecados mortales. Estos últimos extinguen en el alma la gracia santificante, y la hacen deforme a los Ojos de Dios. Los veniales, debilitan la gracia, y dejan en el alma manchas que desagradan a Dios. Este doble efecto se llama la culpa del pecado. 

               La pena del pecado, es el castigo que merece toda desobediencia a la Ley de Dios. Si se pudiera violar una ley humana impunemente, pronto dejarían todos de observarla, y el desorden se introduciría en la sociedad. Lo mismo sucedería con las Leyes Divinas, y por tanto, es necesario que haya un castigo para quienes las infrinjan. Cuando las leyes humanas son desobedecidas, los jueces ordenan que el culpable sea condenado a la pena que por ello merezca. En cuanto a las Leyes Divinas, la Providencia no siempre castiga en este mundo a los culpables de su infracción; ella les ordena que hagan penitencia y se castiguen por sí mismos, por medio de un dolor sincero de los pecados y por medio de privaciones voluntarias y de obras satisfactorias. 

               Los pecadores que se han hecho culpables de pecados mortales y que tienen un sincero dolor de ellos, obtienen el perdón confesándose: la absolución borra sus pecados en cuanto a la culpa y en cuanto a la nena que merecieron sufrir en el Infierno; cero ordinariamente, serán obligados a sufrir en el Purgatorio una pena temporal, que será tanto más larga y severa, cuanto más numerosos y enormes sean sus pecados, y cuanta mayor haya sido su negligencia para expiarlos. Doctrina es esta muy racional, y ella debería sugerir señas reflexiones a los que difieren su conversión; pues a más del peligro a que se exponen de ser sorprendidos por la muerte e ir al Infierno se preparan, cuando menos, largas expiaciones en el Purgatorio. Hemos dicho antes, ordinariamente, subrayando la palabra, porque hay pecadores cuya contrición es tan viva y cuyo amor de Dios es tan ferviente, que obtienen la remisión de la pena y de la culpa de sus pecados; pero estos casos son raros y no deben servirnos de norma. 

                Respecto de los pecados veniales de que no se ha hecho penitencia, pueden expiarse en el Purgatorio, tanto en cuanto a la pena, como en cuanto a la culpa, mas es conveniente hacer aquí una observación esencial, que dará a conocer mejor la naturaleza y el efecto de las Indulgencias, y es que la pena del pecado se perdona por las Indulgencias, mientras la culpa, no puede ser perdonada en la otra vida, sino por la expiación completa de las faltas cometidas. Observación muy propia para inspirarnos la contrición y el dolor sincero aun de las más pequeñas faltas, puesto que pagaremos tan caro en el purgatorio la negligencia que tenemos en corregirnos y obtener el perdón de las faltas veniales. Esta observación sirve para explicar por qué una indulgencia plenaria no siempre liberta a una alma del Purgatorio; las indulgencias no se aplican a la culpa del pecado. 

               Se llama indulgencia, el perdón de la pena temporal que el pecador debe a la Justicia de Dios por los pecados que le han sido perdonados en cuanto a la culpa y en cuanto a la pena eterna, si la merecían. Este perdón o remisión se hace por la aplicación de las satisfacciones contenidas en el Tesoro Espiritual de la Iglesia. 

               La Indulgencia no perdona ni los pecados mortales, ni los pecados veniales, ni los castigos eternos: ella no obra la justificación, sino que al contrario, la supone y la sigue.

               El Tesoro Espiritual de la Iglesia, de donde se sacan las indulgencias, está compuesto de las satisfacciones infinitamente sobreabundantes de Nuestro Señor Jesucristo, á las que se añaden las satisfacciones de la Santísima Virgen y de los Santos. 

               Las indulgencias no dispensan de la obligación de hacer penitencia; ellas suplen a las penitencias que no podemos hacer, y aumentan el mérito y valor de las que hacemos. 

               Todas las penas debidas al pecado, quedarían perdonadas por una indulgencia plenaria, si esta fuera ganada en toda su extensión, lo cual es difícil y no puede saberse en cada caso particular. Pero esto no impide que se pueda ganar siempre, al menos una parte, proporcionada al fervor con que se hayan llenado las condiciones prescritas. 

               Las indulgencias parciales, que son de un cierto número de años o de días, no remiten sino una parte de las penas. Ese perdón no significa, como muchos piensan, dejar de estar en el Purgatorio un tiempo equivalente a los años o días a que se refiere la indulgencia, sino que el número indicado corresponde al número de años o de días que duraba en otro tiempo la penitencia canónica. Así, cuando se dice, por ejemplo, siete años y siete cuarentenas, se significa: un perdón igual al que se obtendría con hacer la penitencia canónica antigua, durante siete años y siete cuaresmas. Por esta explicación, es fácil comprender que no es posible determinar la parte de las penas que se perdona con las indulgencias parciales; eso pertenece a los Secretos de Dios.


Por el Sacerdote Francisco de Sales Ginari,
de la Diócesis de León (México). Año 1888



sábado, 26 de octubre de 2024

SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN, en el 170 Aniversario del Dogma

 


               Ella, que aplasta al Dragón por Su Inmaculada Concepción y Su Maternidad virginal; Ella, que es glorificada hasta en Su cuerpo y que reina en los Cielos junto a Su Hijo; Ella domina como Soberana todos los tiempos de nuestra Historia, y, particularmente, el tiempo más temible para las almas: el tiempo de la venida del Anticristo, o aquel de la preparación de esta venida por sus diabólicos precursores. 

               María se manifiesta, no sólo como la Virgen poderosa y consoladora en las horas de angustia para la vida terrenal y corporal, sino especialmente en lo que la representa como la Virgen que socorre, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los tiempos de devastación de la Santa Iglesia y de agonía espiritual de Sus hijos. Ella es Reina para toda la Historia del género humano, no sólo para los tiempos de angustia, sino también para los Tiempos del Apocalipsis. 


Fray Roger-Thomas Calmel O.P.