lunes, 19 de octubre de 2026

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Reformador de la Orden Franciscana



                    Juan de Garavito y Vilela de Sanabria nació en 1499 en  Alcántara, provincia de Cáceres, España. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos que se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano. A los pocos días de nacer, el futuro reformador franciscano recibió el Bautismo en la Iglesia de Santa María de Almocóvar. 

                    Mientras estudiaba en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se enamoró de la vida de los Frailes Franciscanos y pidió ser admitido en el convento de San Francisco de los Majarretes, donde estaban los religiosos más observantes y estrictos. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre de pila por el de "Fray Pedro"; sería destinado a distintas labores: portero, hortelano, barrendero y cocinero.

                    Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.

                    Tras ser ordenado Sacerdote en 1524 ejercería como superior de varios conventos, en los que siempre resultó ser un modelo a seguir en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla Franciscana. Dios le concedería la gracia de conmover a los oyentes en la predicación de la Verdades de Fe; muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos dejasen su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre ya que al Santo le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.

                    En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el San Pedro de Alcántara, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo. 

                    A mediados de la década de 1550 conoció la obra "Libro de la oración y meditación", del dominico Fray Luis de Granada; vio en aquel texto un tesoro espiritual enorme, pero demasiado denso para el pueblo llano, por lo que decidió hacer un compendio y reelaboración adaptado a su propia experiencia mística; redactó entonces el "Tratado de la oración y meditación", una cuidada y práctica síntesis de la obra del fraile dominico.

                    En 1556, con el bendito deseo de que los religiosos franciscanos fueran más apegados al espíritu de su Fundador, particularmente en la mortificación y en la oración, fundó en el eremitorio de El Pedroso (Sevilla) una nueva rama de a Orden, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Sumo Pontífice Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantas incomprensiones su nueva comunidad floreció notablemente, en gran medida por su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, que le valió numerosas adhesiones de la Nobleza española a la causa de los frailes alcantarinos.

                    En 1560, San Pedro Alcántara conoció a Santa Teresa de Jesús en la casa de Doña Guiomar de Ulloa, una noble amiga común de ambos; la reformadora del Carmelo vivía entonces muy angustiada: algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del Demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, Pedro de Alcántara entendió perfectamente el caso de la Santa y la tranquilizó, asegurándole que sus visiones venían de Dios. Santa Teresa, en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella:

                    "Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo le conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Carmelitas Descalzas, y dicen que buena parte de los éxitos que la Santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de las Carmelitas Descalzas.

                    Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".

                    En Arenas, provincia de Ávila (hoy día llamada Arenas de San Pedro) entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.

                    Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    San Pedro de Alcántara sería beatificado en 1622 por el Papa Gregorio XV y canonizado en 1669 por el Papa Clemente IX; el 23 de Diciembre de 1675 fue declarado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria por el Papa Clemente X.



domingo, 18 de octubre de 2026

SAN LUCAS, Apóstol y Evangelista

 

Medicus carnis, factus 
est medicus animarum

Médico de la carne, fue 
hecho médico de las almas

(San Jerónimo, "De Viris Illustribus", VII)




                    Nacido en la célebre ciudad de Antioquía de Siria -cuna donde por primera vez los discípulos del Crucificado fueron llamados «cristianos» (Hechos de los Apóstoles, cap. 11, vers. 26)-, Lucas no pertenecía según la carne a la estirpe de Abraham. Provenía del mundo pagano helenizado y poseía una refinada formación literaria y científica.

                    Ejercía la medicina («Lucas, medicus carissimus», Colosenses, cap. 4, vers. 14), profesión de gran estima en la antigüedad clásica. Su conversión a la Verdad no fue fruto del testimonio de los sentidos durante la vida terrena de Nuestro Señor, sino del anuncio apostólico y del auxilio de la Gracia que abre el entendimiento a la Luz Divina.

                    Unido indisolublemente al Apóstol de las Gentes a partir de su segundo viaje misionero, San Lucas se convirtió en su más fiel colaborador, médico y amanuense. Acompañó al Gran Pablo en sus viajes por Macedonia, Acaya y Asia Menor, hasta compartir con él las cadenas de su primer y segundo cautiverio en Roma.

                    En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)

                    Inspirado por el Espíritu Santo, San Lucas redactó el Tercer Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Su obra, dedicada al ilustre Teófilo, destaca por un rigor metodológico excepcional, superior al de los historiadores profanos de su tiempo. Como él mismo señala en su célebre prólogo redactado en el más elegante griego koiné: «Visum est et mihi, mesequuto a principio omnibus diligenter, ex ordine tibi scribere, optime Theophile...» (San Lucas, cap. 1, 3)

                    Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).

                    Junto con su labor de pluma, una antigua y venerable tradición patrística -atestiguada desde los primeros siglos de la Cristiandad- atribuye a San Lucas la factura de los primeros retratos de la Santísima Madre de Dios con el Niño en brazos, legando a la Iglesia la veneración de la Santa Imagen como sacramental de la Encarnación.

                    Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.

NOTA

            1) Su cuerpo reposa en un sarcófago de mármol en el transepto izquierdo de la Basílica de Santa Justina.



viernes, 16 de octubre de 2026

LOS MEDIOS SOBRENATURALES Y PRÁCTICOS PARA EVITAR EL PECADO Y CUSTODIAR LA GRACIA

 


                    En un mundo secularizado que busca anestesiar las conciencias y negar la existencia de las Verdades Eternas, la doctrina tradicional de la Santa Madre Iglesia se mantiene inalterable: el pecado es el mayor de todos los males, pues separa al alma de Dios, su Creador y Fin Último, privándola de la vida divina y exponiéndola a la perdición eterna.

                    Para quien desea mantener encendida la lámpara de la Fe y asegurar la salvación de su alma, no le basta con aborrecer la culpa en teoría; es imperativo poner por obra los medios tradicionales, efectivos y seguros que las Sagradas Escrituras, los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia han enseñado ininterrumpidamente para resistir a las tentaciones y evitar la caída.


I. La huida radical de las ocasiones próximas de pecado

                    El primer principio de la prudencia cristiana es reconocer la propia fragilidad. Enseña el Divino Espíritu Santo: «El que ama el peligro, en él perecerá» (Libro de Eclesiástico, cap. 3, vers. 27).

                    Huir de las personas, conversaciones, espectáculos, lecturas, lugares o entornos digitales que incitan al mal no es muestra de cobardía, sino de sana humildad y verdadero deseo de enmienda. San Jerónimo, al tratar sobre la guarda de la pureza y las tentaciones del mundo, enseñaba con firmeza «En esta lucha, solo vence el que huye».

                    Nadie puede considerarse tan fuerte como para exponerse voluntariamente al peligro y salir ileso. Quien no evita la ocasión próxima, demuestra que tampoco desea evitar el pecado. Asimismo, San Agustín advierte a las almas confiadas en sus propias fuerzas:«No quieras confiar en tu propia virtud; si te expones al peligro, Dios te abandonará en tu temeridad».


II. El recurso incesante a la oración y la vigilancia

                    Nuestro Señor Jesucristo fue categórico al advertir a los Apóstoles durante Su agonía en el Huerto de Getsemaní sobre la fragilidad de la naturaleza humana caída:

                    «Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 41).

                    La oración no es un adorno o una práctica facultativa, sino un medio de absoluta necesidad para la salvación. Ante el asalto del enemigo o las sugestiones de la concupiscencia, la invocación confiada de los Santísimos Nombres de Jesús y de María desbarata el poder de la tentación.

                    Santo Tomás de Aquino y San Alfonso María de Ligorio coinciden en que la gracia para vencer las pruebas arduas se concede únicamente a quien la pide con perseverancia y humildad: «Quien ora, ciertamente se salva; quien no ora, ciertamente se condena» (San Alfonso María de Ligorio).

                    «Para no caer en pecado se requiere el auxilio divino, el cual no se da sino a los que velan y lo piden con la oración» (Santo Tomás de Aquino).


III. La mortificación de los sentidos y la guarda del corazón

                    El pecado se engendra antes en los afectos y pensamientos que en las obras externas. San Jerónimo y San Juan María Vianney (el Santo Cura de Ars) recordaban con frecuencia que la disipación de los sentidos es la puerta por donde se cuela el enemigo, por eso debemos cuidar los ojos, el oído y la lengua y con ello formaremos una muralla defensiva, indispensable para el alma.

                    Santo Tomás de Aquino detalla que para frenar las pasiones desordenadas es preciso mortificar el cuerpo y habituar la voluntad al sacrificio mediante pequeñas renuncias cotidianas: «El alma que no refrena sus sentidos y se entrega a la curiosidad desmedida, se vuelve incapaz de resistir el embate de las tentaciones».

                    El Apóstol San Pablo resume esta lucha continua en sus cartas, exhortándonos a no condescender con las inclinaciones de la carne: «Sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1ª Carta a los Corintios, cap. 9, vers. 27).


IV. La frecuencia sacramental: Confesión y Eucaristía

                    La vida sobrenatural en el alma no puede sostenerse únicamente con propósitos humanos: Dios ha instituido en la Iglesia los cauces ordinarios de su gracia medicinal y santificadora a través de los Santos Sacramentos.

                    La Confesión frecuente: no solo borra las faltas cometidas y reconcilia el alma con Dios, sino que confiere una gracia sacramental específica para sanar las debilidades y fortalecer la voluntad frente a las tentaciones futuras.

                    La Sagrada Eucaristía: recibida con las debidas disposiciones y en estado de gracia de Dios, es el Pan de los fuertes y el antídoto contra nuestras flaquezas diarias.

                    En palabras de San Juan Bosco a la juventud para conservar la pureza y la gracia: «Queréis que el Señor os dé muchas gracias? Visitadlo a menudo. ¿Queréis que os dé pocas gracias? Visitadlo raras veces. ¿Queréis que el Demonio os asalte? Id raras veces a la Santa Misa y a la Comunión. ¿Queréis que el Demonio huya de vosotros? Visitad a menudo a Jesús Sacramentado».

                    Conclusión: Combatir con perseverancia hasta el último día

                    No nos engañemos ni contemporicemos con la tibieza o la mediocridad espiritual; la lucha contra el pecado y la concupiscencia dura tanto como nuestra peregrinación terrenal, pero la victoria está prometida a quienes, apoyados en los sacramentos, en la oración constante y en la filial devoción a la Santísima Virgen María, combaten con resolución y firmeza.

                    «Combate el buen combate de la Fe, aférrate a la Vida eterna a la que has sido llamado.» 1ª Carta a  Timoteo, cap. 6, vers. 12.


Nuestra Señora, Refugio de los pecadores 
y Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros



jueves, 15 de octubre de 2026

SANTA TERESA DE JESÚS, Virgen, Fundadora y Mística

  



NACIMIENTO E INFANCIA

                 Nació en la ciudad española de Ávila, el 28 de Marzo de 1515. Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila de Ahumada.


                 A los siete años era muy devota de leer vidas de Santos, en especial de Mártires, cosa que la motivó a "huir" de la casa paterna, junto a su hermano Rodrigo, para irse a tierra de misión y ser mártires de la Fe, pero la aventura les duró poco: un tío les encontró y los devolvió a los brazos de su madre. Cuando fueron reprendidos, Rodrigo acusó a Teresa como inventora de la idea del martirio.

                 Después de aquél martirio frustrado, los piadosos hermanos resolvieron convertirse en ermitaños, por lo que empezaron a construir una celda en el jardín de la casa.

                 En su habitación, la cándida Teresa, tenía un cuadro que representaba a Nuestro Señor hablando con la Samaritana; lo contemplaba con fervor y le repetía frecuentemente: "Señor, dame de beber para que nunca más tenga sed".

                 Con apenas catorce años, sufrió la pérdida de su madre; inmersa en inmensa tristeza, acudió ante una imagen de Nuestra Señora y, como nos cuenta la misma Santa, "le rogué con muchas lágrimas, que me tomase por hija suya". Así, teniendo a la Madre de Dios como Madre y Señora, nunca se volvería a sentir huérfana, ni de carne, ni de espíritu.

                 Fue por aquél entonces que Teresa y su hermanito Rodrigo se aficionaron por las lecturas de novelas caballerescas; en su autobiografía, la Santa reconocería cuánto mal le produjo: “Aquellos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto por vestirme bien, a preocuparme mucho por el cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición.” Este cambio preocupó mucho a su padre, que decidió enviarla a estudiar con las agustinas de Ávila, con apenas quince años.

                 Al poco tiempo, Teresa se enfermó y tuvo que volver a la casa paterna; fue allí donde reflexionó y se resolvió a hacerse religiosa carmelita en el Convento de la Encarnación, donde tenía un a buena amigo, Juana Suárez. Su padre, que al principio no aceptó la decisión de su hija, como la viese tan feliz y decidida, permitió que siguiese su camino como esposa de Cristo. Sin embargo, la delicada salud de Santa Teresa, la obligó a ponerse en manos de médicos y curanderas que no acertaban con los remedios necesarios. Tras tres largos años de padecimientos, recobraría su maltrecha salud.

EN EL CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN

                 Por aquél entonces, la mayoría de los conventos, vivían de forma algo disipada; en la mayoría de ellos, se podía recibir a cualquier visita. Nuestra Santa, viendo aquello como normal, pasaba muchas horas de coloquio con los hombres, descuidando el diálogo amoroso de la oración; no pocas veces se excusaba a sí misma poniendo como pretexto su delicada salud. Años más tarde, consciente de la ligereza de su juventud, Santa teresa escribiría: “El pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre, son más importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades se puede hacer la mejor oración, y es un error pensar que sólo se puede orar en la soledad”.

                 Pero aquella pérdida de tiempo en charlas sin sentido, quedó atrás cuando la Santa, que era muy devota de las imágenes de Nuestro Señor representado en Su Pasión, se detuvo un día ante un Crucificado muy sangrante; piadosamente le preguntó: “¿Señor, quién te puso así?”. Entonces, cuenta ella misma que sintió una voz que le respondía : “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. Desde aquél momento, abandonó las conversaciones vanas y se dedicó con empero a la oración y el recogimiento.

EXPERIENCIAS MÍSTICAS

                Desde que Santa Teresa se retirase a la vida de oración, el Señor la bendijo con la gracia de múltiples apariciones, que a pesar de estar convencida de ser ciertas, algunos sacerdotes trataron de disuadirla de que eran engaños del demonio. Sin embargo, el Señor quiso poner en su camino al Padre Baltasar Álvarez, que le explicó que aquellas manifestaciones eran ciertamente divinas y no obra del maligno; le aconsejó que diariamente recitase el himno “Veni Creator Spiritus”, a fin de pedir el auxilio del Espíritu Santo y hacer siempre lo que fuese más agradable a Dios. Precisamente cuando recitaba un día esta oración, fue arrobada en éxtasis y escuchó, en el hondo de su alma, que el Señor le pedía “No quiero que converses con hombres, sino con los Ángeles”.

                Sin embargo, todos esos consuelos y gracias espirituales, fueron motivo de recelos y persecuciones aún por parte de aquellos que compartían con Teresa el hábito del Carmen. Por desgracia, su confesor el Padre Álvarez, era un hombre cobarde, que si bien no dejó de confesarla, jamás la defendió ante quienes la atacaban con saña. Pese a todo, el Señor no quiso dejarla sola, por eso, en 1557, San Pedro de Alcántara, la visitó en Ávila y dio testimonio de la veracidad de las gracias sobrenaturales con que Dios bendecía a Santa Teresa, aunque le advirtió que la persecución no cesaría en los años venideros.




LA TRANSVERBERACIÓN

                 Uno de los momentos más cruciales en la vida de Santa Teresa tuvo lugar cuando fue transverberada en 1559. Escuchemos el episodio que ella mismo escribió: “Vi a mi lado un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido, como si fuese uno de los ángeles más altos, que son todo de fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines. Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.”

                 Al año siguiente, en 1560, Santa Teresa, recordando la gracia de la Transverberación, hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Es de justicia reseñar aquí, que tras su muerte, cuando se hizo la autopsia al cuerpo de la Santa, se constató que su corazón tenía la cicatriz de una herida larga y profunda.

INICIA LA REFORMA DEL CARMELO

                 Como ya dijimos más arriba, en pleno siglo XVI la mayoría de los conventos vivían de forma relajada; la Orden del Carmen no era la excepción, por eso vemos que el Convento de la Encarnación, las monjas salían de la clausura con cualquier pretexto, pasaban horas en la sala de reuniones, algunas monjas tenían doncellas a su servicio… para colmo, el elevado número de monjas (casi 140) no ayudaba a crear un espíritu de recogimiento.

                 Santa Teresa llevaba veinticinco años viviendo en la Encarnación, cuando una sobrina suya, que también era monja del mismo convento, le sugirió crear un convento más pequeño, con un número reducido de monjas. La Santa entendió en aquellas palabras que el Señor la llamaba a volver a la Primitiva Regla Carmelitana y por eso se puso a la labor de fundar un convento reformado. Tuvo el apoyo espiritual de San Pedro de Alcántara, de San Luis Beltrány del Obispo de Ávila; ante semejantes amigos, el Padre Gregorio Fernández, Provincial de los Carmelitas, dio su consentimiento para la fundación del nuevo convento, pero ante las presiones que se generaron a raíz de la idea reformadora de Santa Teresa, retiró el permiso poco tiempo después.

                 Pese a las negativas, el Padre Ibáñez, dominico, alentó a Santa Teresa a continuar con la Reforma del Carmelo; una piadosa viuda, Doña Guiomar, ofreció su ayuda económica y Doña Juana de Ahumada, hermana de la Santa, comenzó a construir un convento en Ávila, con la excusa de que sería una casa para su retiro. Por ese mismo entonces, llegó de Roma el permiso para fundar, lo que valió a San Pedro de Alcántara, a Francisco de Salcedo y al Dr. Daza para conseguir el favor del Obispo de Ávila, que de nuevo ofreció su apoyo a Santa Teresa.

                 El nuevo convento quedó fundado el día de San Bartolomé de 1562; durante la Misa que se celebró por primera vez en la capilla, tomaron el velo de novicias la sobrina de la Santa y tres jóvenes más. Pero a los pocos días, la Superiora de la Encarnación, mandó a llamar a Santa Teresa y allí la retuvo con la autoridad del Provincial. Es entonces cuando Francisco de Salcedo y otros seglares que apoyaban el proyecto de la Reforma, enviaron a un sacerdote ante el Rey para que mediase por Santa Teresa, al tiempo que los Padres Dominicos Ibáñez y Báñez, ganaron el favor del Obispo de Ávila y del Provincial Carmelita. Gracias a estas gestiones, la Santa Fundadora pudo regresar al Convento de San José, pero esta vez, se le unieron otras cuatro religiosas del Convento de la Encarnación.

                Fue precisamente este primer convento de la Reforma Descalza, el que sería baluarte y señal del espíritu de Santa Teresa: estableció una estricta clausura y un silencio casi perpetuo; el convento carecería de rentas y en él reinaría la más estricta pobreza. Usarían sandalias en lugar de zapatos (de ahí que fuesen conocidas como “Descalzas”) y sólo comerían carne las enfermas. La Santa Fundadora dispuso que como mucho, cada convento sólo admitiría 21 monjas.

                 En muy poco tiempo, la Reforma del Carmelo se extendió por toda España; la Santa, calificada por el Nuncio como “mujer inquieta y andariega”, obtuvo del Padre Juan Bautista Rubio, Superior General de los Carmelitas, licencia para fundar en Castilla dos conventos para la rama masculina, conocidos como Carmelitas Contemplativos. Pese a la gran labor que se le encomendó, Santa Teresa nunca dejó de desempeñar las labores más humildes, como las de limpieza o en la cocina.

FUNDACIONES

                En Agosto de 1567, se trasladó a Medina del Campo, donde fundaría el segundo convento de Carmelitas Descalzas. Después, a petición de la Condesa de la Cerda, fundó el de Malagón, al que siguieron los de Valladolid y Toledo.

                Cuando en Medina del Campo, Santa Teresa conoció a Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), fundó para los Padres Carmelitas el Convento de Duruelo y el de Pastrana; el resto de las fundaciones masculinas las llevaría a cabo San Juan de la Cruz, fiel hijo y hermano del espíritu de la Santa.

                 En 1570 se fundarían nuevos conventos en Segovia y Salamanca.

                 El Papa San Pío V, enterado de la Reforma Descalza, nombró a Santa Teresa Priora del Convento de la Encarnación; la Santa obedeció pese a la natural repugnancia que le conllevaba por ser aquél lugar de donde más ataques recibía. Poco a poco, las religiosas de La Encarnación la fueron aceptando, a ella y su Reforma Descalza.

                 En Beas, Santa Teresa conoció al Padre Gracián, fraile de la Reforma, que la convenció para que fundase un nuevo convento en Sevilla; éste sería, junto con el San José, el que causaría enormes problemas a la Santa, y es que una novicia que finalmente fue despedida del convento de Sevilla, denunció a Santa Teresa por “iluminadas” y otras horribles calumnias.

SEPARACIÓN ENTRE CARMELITAS CALZADOS Y DESCALZOS

                 Por desgracia, hasta entre los que aman a Dios, se dan las miserias humanas más crueles; en la vida de Santa Teresa no faltaron las persecuciones, calumnias y difamaciones. Así, los carmelitas de Italia y los que en España no habían sido reformados, estaban recelosos de la Reforma iniciada por la Santa, por eso instigaron a las autoridades eclesiásticas y civiles para frenarla.

                 Esas presiones contra Santa Teresa y su Reforma se plasmaron en un capítulo de la Orden Carmelita, donde se tomaron medidas para evitar que se siguiese extendiendo la obra de la Fundadora del Carmelo Descalzo. Al tiempo, el Nuncio Felipe de Sega, destituyó al Padre Gracián como visitador de los Carmelitas Descalzos y mandó a encarcelar a San Juan de la Cruz en Toledo, mientras que ordenó a Santa Teresa que se retirase al convento que ella eligiese y que no fundase más.

                 Sin embargo, Santa Teresa, que era perseguida por aquellos que más debieran amarla, gozaba de la simpatía y hasta de la devoción de muchos seglares, que consiguieron que el propio Rey Felipe II intercediese a su favor.

                 Por fin, en 1580, obtuvo una orden de Roma que segregaba a los Carmelitas Descalzos de los Calzados; la misma Santa dejó escrito: “Esa separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco años nuestra Orden había sufrido más persecuciones y pruebas de las que yo podía escribir en un libro. Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a distraernos del servicio de Dios.”





ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA

                 Cuando se consumó la separación de los carmelitas, Santa Teresa contaba ya con sesenta y cinco años y se encontraba sumamente débil a consecuencia de las múltiples fundaciones, que en total fueron diecisiete.

                 El Señor no la dejó de bendecir con la Cruz bendita del dolor ni en estos últimos días; su propia sobrina, que era priora del convento de Valladolid, fundado por la Santa, no la quiso recibir en él por motivos de herencia tras la muerte de su padre, Don Lorenzo, hermano de Santa Teresa. Uno de los abogados de la familia, trató con cierta crueldad a la Fundadora, que con sagacidad le respondió: “Quiera Dios trataros con la caridad que vos me habéis tratado a mí”.

                Tras la fundación del convento de Burgos, que fue la última que hizo, Santa Teresa se dispuso a volver a Ávila, pero tuvo que cambiar el itinerario hacia Alba de Tormes, llamada por María Henríquez, Duquesa de Alba. Nada más llegar al convento, tuvo que guardar cama debido a su delicadísimo estado. La Beata Ana de San Bartolomé, fidelísima hija y acompañante en sus fundaciones, refiere que la Santa le dijo: “Por fin hija mía, ha llegado la hora de mi muerte”. El Padre Antonio de Heredia, le dio los últimos sacramentos y aprovechó para preguntarle dónde quería ser sepultada. Santa Teresa, que en estos últimos años había padecido la incomprensión y hasta el desprecio por parte de algunos hijos, respondió: “¿Tengo que decidirlo yo?, ¿me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?”.

                 Cuando el mismo Padre de Heredia le dio la Sagrada Comunión como viático, la Santa se pudo incorporar en la cama y exclamó: “Oh Señor, por fin ha llegado el momento de veros cara a cara”. Así, llena del Amor de Dios, murió en los brazos de la Beata Ana de San Bartolomé, a las nueve de la noche del 4 de Octubre de 1582.

                 Como al día siguiente entraba en vigor la reforma del Calendario Gregoriano, su Fiesta quedó fijada para el 15 de Octubre. El Papa Urbano la declaró Copatrona de España, el 21 de Julio de 1627, a petición del Rey Católico Felipe III de España.

                 Fue sepultada en Alba de Tormes; una buena parte de sus restos han sido repartidos, como preciosas reliquias, por todo el Orbe Católico.




miércoles, 14 de octubre de 2026

EL VIRGINAL DESPOSORIO DE LA VIRGEN MARÍA Y SAN JOSÉ



                    Cuando tenía ya 30 años, llegó el tiempo en el cual Dios había decretado darle como esposa a la Virgen María. Ella tenía 14 años. El Ángel, una noche, mientras dormía, le hizo saber que se preparara para recibir una de las gracias más sublimes del Altísimo, aunque no le comunicó de qué se trataba. Dios le manifestó que la doncella María oraba mucho por él y cómo las oraciones de la misma eran muy gratas y agradables a Dios. Nunca vino a su mente pensamiento alguno de que podría serle dada María como esposa, aunque la misma estuviera ya en la posibilidad de casarse y de que alguien debía tener el privilegio de cuidar de ella. Sin embargo, ya sabía que ella había consagrado a Dios su virginidad como él lo había hecho. 

                    Al llegar el momento en que la santa doncella tenía que casarse, se hizo la convocatoria a todos los que eran de la estirpe de David para que fueran al templo. A quien Dios manifestara Su Voluntad, se la darían por esposa. José también se presentó, pensando que tan bella suerte no le tocaría a él, tanto más que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, se encomendaba mucho a Dios y le pedía su favor y ayuda en este asunto de tanta importancia. 

                    Después de acabar el mes de preparación, José estaba ansioso. Al llegar el día en el que se debía escoger al esposo para la santa doncella María, la noche anterior el Ángel le dijo: "José, a Dios le agradó tu preparación" y le puso en la mano una cándida paloma, diciéndole: "Toma este regalo que Dios te hace. Tú serás el guardián de su pureza. Tenla como muy querida, porque ella es la delicia del Corazón de Dios, es la criatura más amada y agradable que nunca ha existido ni existirá en el mundo". José recibió la blanca paloma en sus manos y todo alegre por la gracia recibida se despertó y se encontró totalmente encendido de amor hacia Dios, pero no podía comprender el significado de ese sueño. 

                    Por la mañana se preparó para ir al templo al concurso con los otros descendientes de la estirpe de David. Se sintió deseoso de poder ver a María, a quien por años había ayudado con sus oraciones y por medio de la cual había obtenido muchas bendiciones. Se reunieron los otros descendientes de David. Cada uno tenía una vara seca y debía orar para que Dios la hiciera florecer a aquel a quien estaba destinado para ser su esposo. La vara de José fue la que floreció y se cubrió de hermosas flores y todos admiraron el prodigio. Por lo cual fue designado a ser su esposo. 

                    A continuación quiso Dios también dar otra señal clara del castísimo desposorio, haciendo que todos vieran una cándida paloma bajar del cielo y posarse sobre la cabeza de José, haciendo que todos quedaran admirados y asegurados de que Dios lo había escogido entre todos como esposo de la santísima doncella. 

                    Se mandó llamar a María de modo que el sacerdote la desposara con José y todos se quedaron para ver. Se presentó María con los ojos fijos en el suelo, cubierta con un admirable y virginal pudor. Cuando José la vio, quedó estático por el asombro y lloró de alegría. Vio José un gran resplandor en el rostro virginal de María y sintió en su corazón la voz de Dios que le decía: "José, fiel siervo Mío, he aquí que te hago el don prometido y te doy por esposa a la más querida criatura que haya sobre la tierra. Te entrego este tesoro de modo que seas su guardián. Esta purísima paloma será tu compañera fiel". 

                    Después el sacerdote los desposó y en el acto del desposorio vieron los santos esposos salir de sus corazones una llama que se juntó, formándose una sola y voló hacia el Cielo. Cuando terminó la función, todos se fueron del Templo, quedando los dos santos esposos orando, arrebatados durante unas horas en éxtasis, donde Dios les reveló altísimos misterios: José fue informado de las grandes virtudes de su purísima esposa y María conoció claramente las virtudes de Su santo esposo y ambos agradecieron a Dios. 

                    Toda esa noche la pasaron en sagradas conversaciones y al amanecer María dijo a José que ella vivía en una pequeña casita en Nazaret y que podía ser apta para ellos. Quedaron de acuerdo en ir al Templo a orar para que Dios les manifestase Su Divina Voluntad. Dios manifestó su voluntad, que consistía en ir a vivir a Nazaret.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora



martes, 13 de octubre de 2026

"YO QUIERO VIVIR EN EL DOLOR, PARA QUE VIVA Y REINE EN TODAS LAS ALMAS EL AMOR", Alexandrina Da Costa

  

               Alejandrina María da Costa nació el 30 de Marzo de 1904, Miércoles de la Semana Santa, en Balazar, una localidad de Póvoa de Varzim, Oporto, al norte de Portugal; sería bautizada en la Iglesia de Santa Eulalia unos días después, el 2 de Abril. Sus padres eran campesinos muy devotos y trabajadores. Su padre muere poco tiempo después de su nacimiento. Alejandrina creció con su hermana mayor, Deolinda, en un ambiente de rústica sencillez y piedad.




               Junto a la Iglesia de Santa Eulalia había ocurrido un milagro: apareció una cruz sobre la tierra que no se podía borrar. En los escritos de Alejandrina da Costa se hacen tres referencias a esta cruz, la última con fecha del 14 de Enero de 1955. Estando en éxtasis, escuchó la voz de Nuestro Señor que le revelaba:

               "Un siglo atrás mostré a esta amada aldea la cruz que viene a recibir a la víctima. ¡Oh Balazar, si no respondes!... Cruz de tierra por la víctima que se entregó para nada... La víctima que es acogida por Dios y que siempre ha existido en Su designio eterno. Víctima del mundo, pero mas favorecida por bendiciones celestiales, quien ha dado todo al Cielo y por el amor a las almas, acepta todo. Confía, cree, hija mía, Yo estoy aquí!. Toda tu vida está escrita y sellada con una llave de oro..." (1)

               Durante sus primeros años de vida se fascinaba con las procesiones religiosas tan llenas de colorido que atravesaban la aldea en días de gran celebración. A los tres años de edad, cuando reposaba una tarde junto a su madre, vio un frasco de pomada en una mesa cercana.

               Cuidadosamente, para no despertar a su madre, se levantó para agarrar el frasco y justamente en ese momento su madre la llama. Tal fue su sorpresa que el frasco cayó al suelo, rompiéndose en muchos pedazos. Perdiendo el balance, Alejandrina cayó al piso, lastimándose el borde de su boca en la cual llevó una cicatriz por el resto de su vida. La niña fue llevada al dispensario clínico más cercano. Su madre, María Ana, ansiosamente limpiaba la sangre que brotaba por su boca. Una gentil asistente se acercó para calmar a la niña con una bolsa de dulces, a lo que Alejandrina respondió con patadas, gritos y golpes. "Esta fue mi primera ofensa", escribió años más tarde en su autobiografía, dictada a su hermana Deolinda, por orden de su Director Espiritual. Alejandrina fue una niña muy alegre, atractiva y llena de vida, pero sin comprometer jamás, con su jovialidad y espontaneidad, su precoz espiritualidad.

               Una de sus experiencias más formativas fue vívidamente descrita por ella años después: "Al morir nuestro tío, Deolinda y yo nos quedamos en la casa de su familia por siete días después de su muerte para asistir a las Misas de Difunto. Una mañana se me pidió que fuera a buscar una bolsa de arroz en la habitación donde se encontraba el cuerpo de mi tío. Cuando llegué a la puerta no tenía el coraje para entrar. Estaba aterrorizada, por lo que mi hermana tuvo que buscar el arroz. Esa misma noche me ordenaron que fuera y cerrara la ventana de ese cuarto. Mientras me acercaba a la puerta, sentí mis rodillas temblar y, nuevamente, no pude entrar. Así que me dije a mi misma: Tengo que luchar en contra de esto, tengo que sobrepasar este miedo, abrí la puerta y lentamente caminé por el cuarto donde yacía mi tío. Desde ese día, y con la ayuda de Dios, he sido capaz de manejar mis miedos".

               Para el tiempo de hacer su Primera Comunión, a los siete años de edad, Alejandrina ya había adquirido un profundo amor a la Sagrada Eucaristía, visitando el Santísimo Sacramento con inusual frecuencia y haciendo Comuniones Espirituales en las ocasiones en las cuales no le era posible asistir a Misa diaria. En una ocasión, una tía de Alejandrina que sufría de cáncer le pidió que se acordara de ella en sus oraciones. La niña respondió con tal perseverancia y fervor, que el hábito de la oración permaneció, desde entonces, en su joven alma...

               Escribió años más tarde: "Siempre he tenido gran respeto por los Sacerdotes. Algunas veces me sentaba sobre las escalinatas en la entrada del pueblo y veía a los Sacerdotes caminar por la calle... Acostumbraba a levantarme con respeto cuando ellos pasaban frente a mi. Ellos se quitaban el sombrero y decían el tradicional "¡Que Dios te bendiga!". Me di cuenta que las personas me miraban por lo que algunas veces me sentaba en el mismo lugar, a propósito, para poder levantarme en el momento apropiado y mostrar mi reverencia por los Sacerdotes".

               Debido a las privaciones de la vida rural de aquellos días y después de sólo 18 meses asistiendo a la escuela, Alejandrina, a los nueve años de edad, fue enviada a trabajar en el campo. Era un trabajo forzoso y estaba expuesta al mal comportamiento y el vocabulario penoso de quienes compartían sus labores. Al cabo de tres años, un empleado del lugar trató de atacarla y acosarla, lo que el Señor impidió dotándola de una fuerza inexplicable que provino mientras ella sostenía su rosario.

               Después de este serio incidente, la niña fue llevada de regreso a su casa. Esto le dio la oportunidad de renovar su amor y devoción al Santísimo Sacramento. Más adelante, ese mismo año, se enfermó peligrosamente con tifoidea; su madre le daba el crucifijo para que lo besara, Alejandrina inmediatamente movió su cabeza y murmuró: "quiero a Jesús en la Eucaristía".

               Finalmente se recuperó y fue trasladada a un sanatorio de Povoa, en la acogedora costa Atlántica. Su salud permaneció precaria y al regresar a Balazar todavía se encontraba débil y virtualmente invalida. Alejandrina se dedicó a la costura en compañía de Deolinda.

               En 1918 ocurrió un acontecimiento que marcó la vida de Alejandrina para siempre: estando en una habitación de la planta alta de su casa en compañía de Deolinda y otra joven, tres hombres se acercaron y exigieron con voz sugestiva que les dejaran pasar. Al Alejandrina asomarse por la ventana reconoció a unos de los hombres que había sido quien la acosara años atrás cuando trabajaba en el campo. Rápidamente cerró la puerta pero los hombres lograron entrar por una puerta de escape que había en el techo. Deolinda y la otra joven pudieron escapar pero Alejandrina quedó acorralada por este hombre en el esquinero de la habitación. Ella gritaba: "¡Jesús, ayúdame!", a la vez que trataba de azotar con su rosario al agresor. Detrás de ella había una ventana, a unos cuatro metros de altura sobre la planta baja. Resultando ser su única salida, prefirió lanzarse a una posible muerte antes que consentir a la pasión baja de aquel hombre.

               El golpe de la caída fue muy severo y el dolor era agudo. Rechinando sus dientes agarró un trozo de madera y se arrastró hacia la casa. Su columna vertebral fue lastimada irreparablemente. Alejandrina tenía 14 años. Fueron largos los años de un dolor que aumentaba incesantemente, la incapacidad y la depresión se incorporaron, pero jamás consintió la desesperación o el desfallecimiento.

               Completamente paralizada, el 14 de Abril, de 1924 quedaría postrada en cama de por vida, con tan sólo 20 años de edad. Su familia desconsolada oraba por ella todas las noches: se reunían alrededor de su cama, prendían dos velas a la estatua de la Santísima Virgen y rezaban el Rosario de rodillas. Alejandrina pasaba el día meditando, orando y clamando a Nuestra Señora por la sanación; le pedía a Jesús "Su bendición desde el Cielo y desde todos los tabernáculos del mundo".

               Por su creciente amor a la oración abandonó sus distracciones. Empezaba a añorar una vida en mayor unión con Jesús. Esta unión que ella percibía sólo se podía dar orientando toda su incapacidad y enfermedad al amor de Jesús. La idea de que el sufrimiento fuera su vocación no tardó en suscitarse. Al final de ese mismo año, Alejandrina se encontraba sumergida en un deseo inefable de ofrecerse a Dios como Alma Víctima por la conversión de los pecadores.

               Después de haber orado y discernido, se sintió confiada de que Nuestro Señor le estaba llamando a vivir una vida de amor y reparación, ofreciendo voluntariamente todos sus sufrimientos al Amado, por la conversión de los pecadores. Como San Pablo, Alejandrina podía decir "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Carta a los Colosenses, cap. 1, vers, 24).

               Ya llegaban a la aldea noticias de la Aparición de Nuestra Santísima Madre en Fátima, a unas 200 millas hacia el sur. Eran muchas las curaciones milagrosas reportadas en el lugar. Inmediatamente se organizó una peregrinación desde Balazar. Alejandrina, quien profesaba un profundo amor a Nuestra Santa Madre, deseosa de estar completamente segura de la Voluntad del Señor en relación a su llamado al sufrimiento, le pidió a Nuestra Señora que le permitiera acompañar a los peregrinos. El Párroco y su médico insistieron que la travesía sería suicida debido a su condición y la peregrinación tuvo que marchar sin ella.

               Cuando ya casi toda la aldea había partido hacia Fátima, Alejandrina cerró sus ojos y comenzó a orar, ofreciéndole al Señor el sacrificio de su abandono y desolación. Mientras oraba sus pensamientos se transportaban hacia el Santísimo Sacramento en la Iglesia de Santa Eulalia. Inesperadamente vino una iluminación. Pudo entender que Nuestro Señor también se encontraba prisionero en el Tabernáculo. Este eslabón con Jesús le permitió visitarle en espíritu y permanecer constantemente en Su Presencia, amándole incesantemente, orando, ofreciéndose como inmolación para consolar Su Sagrado Corazón y obtener la conversión de los pecadores. Sumamente conmovida y sobrecogida en lágrimas, Alejandrina suplicó a Nuestro Señor le permitiera sufrir hasta el límite de su tolerancia si esto ayudaba a los pecadores a librarse del fuego del Infierno.

               No pudo ir a Fátima pero la Virgen María consiguió para ella poder entender y vivir en la forma más perfecta Sus mensajes, uniéndose estrechamente con el deseo de la Virgen expresado en aquel lugar. Alejandrina, ofreciendo así su pasión se convierte en Alma Víctima por amor a la Eucaristía y la consagración al Inmaculado Corazón.

               En respuesta a su valiente petición, los dolores se empezaron a agudizar hasta convertirse en casi insoportables. Noche tras noche, con fiebre muy alta, Alejandrina permanecía despierta, recostaba la cabeza sobre su almohada y con sus manos apretaba fuertemente el rosario como exprimiendo alivio de sus cuentas: "Oh, Jesús", exclamaba en sollozos repitiendo la oración enseñada por Nuestra Señora en Fátima, "es porque Te amo, por la conversión de los pecadores y en reparación por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María".

                Alejandrina experimentó alrededor de 180 éxtasis de la Pasión, que eran precedidos por muchas horas de terror que se hacían sobrecogedoras a medida que el mediodía del Viernes Santo se acercaba. El miedo era generalmente acompañado por una inmensa tristeza, náusea y una sensación de terrible aislamiento. Durante siete años no pudo olvidar su primera crucifixión. Ella misma lo describiría así: "Todo parecía estar presente frente a mí, sentía el miedo y el horror de esas horas amargas, la ansiedad de mi Director Espiritual a mi lado y las lágrimas de mi familia aterrorizada".

               Minutos después del mediodía del 3 de Octubre, de 1938, Nuestro Señor la invitó a sumergirse en Su Pasión: "Ves hija Mía, el Calvario esta listo, ¿aceptas?". Alejandrina valientemente aceptó. Testigos aguantaban la respiración mientras ella entraba en éxtasis y, recobrando el uso de sus miembros paralizados, casi levitó de la cama y emprendió los movimientos de agonía del Getsemaní al Calvario.

               Al terminar uno de los éxtasis a las 3 de la tarde, Alejandrina levantó sus brazos en acción de gracias e inmediatamente, agotada en horror, lloró: "¡No Jesús, no Jesús, crucifícame!". ¡Perdón, perdón, perdón! Ellos tienen el mismo derecho que tengo yo, porque Tú moriste en la cruz por ellos, como lo hiciste por mí. Jesús, no quiero que ningún alma vaya al Infierno. Te amo por ellos. Perdónalos, Jesús, acuérdate de mí en mi crucifixión. El Infierno es la más terrible bajeza". Este relato nos recuerda uno de los diálogos de la mística Santa Gema Galgani a fines del siglo XIX.




               Días después, Alejandrina sufrió dolores atroces, empezó a vomitar sangre y fue torturada por una sed tan fogosamente intensa que el agua no saciaba; no podía ni siquiera tragar una gota. Empezó a percibir, literalmente, el "fuerte olor del pecado": "Eran olores increíblemente repugnantes" recuerda en su autobiografía. "Me traían violetas y perfumes para acercarlos a mi nariz, pero los apartaba porque todavía estaba atormentada por ese vil olor. Sólo el recuerdo de estas cosas me hacen sufrir".

               Un día escuchó la voz del Señor que le decía: "No te alimentarás más con comida en la tierra. Tu comida será Mi Carne, tu bebida será Mi Divina Sangre, tu vida será Mi Vida. Tú la recibes de Mí cuando uno Mi Corazón al tuyo. No tengas miedo, ya no serás más crucificada como en el pasado, ahora nuevas pruebas te esperan que serán las más dolorosas. Pero al final Yo te llevaré al Cielo y la Santísima Madre te acompañará".

               El 27 de Marzo de 1942 en la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, acontecía su último éxtasis de la Pasión. Durante los últimos trece años de su vida, Alejandrina no comió, ni bebió nada. Se alimentaba únicamente de la Sagrada Eucaristía. Su sed sólo podía ser saciada por Dios mismo. Fue sometida a muchos estudios médicos, el último firmado por el Profesor Joao Marques, maestro de Ciencias Médicas en la Universidad de Pernambuco, conferencista calificado para la facultad de dicha institución, profesor de la rama de nutrición de la Escuela de Servicio Sociales y Presidente de la Sociedad de Gastroenterología y Nutrición en Pernambuco.

               Alejandrina compartió a su Director Espiritual lo que Nuestro Señor le había dicho: "Estás viviendo sólo de la Eucaristía porque quiero mostrarle al mundo entero el Poder de la Eucaristía y el Poder de Mi vida en las almas".

               Durante su larga agonía escuchó la voz del Señor que le decía: "Dame tus manos porque quiero clavarlas con las Mías. Dame tu cabeza porque quiero coronarte con Mis espinas como Me hicieron a Mí. Dame tu corazón porque quiero traspasarlo con una lanza, como Me traspasaron el Mío. Abandónate completamente en Mí... Ayúdame el la redención de la humanidad".

               Alejandrina murió poco después de recibir la Sagrada Eucaristía, el 13 de Octubre de 1955, en el 38 aniversario del Milagro del Sol en Fátima. Sus últimas palabras, entre murmuraciones, antes de morir fueron: "No lloren por mí, hoy soy inmensamente feliz... por fin me voy al Cielo". Y a los Sacerdotes, peregrinos y periodistas que abarrotaban el lugar, les dio un mensaje que debe mover a toda la humanidad: "No pequen más. Los placeres de esta vida valen nada. Reciban la Comunión; recen el Rosario todos los días. Esto, lo resume todo".

               Poco antes de morir, Alejandrina pidió que se le enterrara mirando hacia el tabernáculo de la Iglesia, diciendo: "En la vida siempre deseé estar unida a Jesús en el Santísimo Sacramento y mirar hacia el Tabernáculo cuantas veces me fuera posible, después de mi muerte quiero seguir contemplándole, teniendo por siempre mi mirada fija en Nuestro Señor Eucarístico".

               También dictó a su hermana Deolinda su epitafio, el que actualmente se encuentra gravado sobre su tumba: "Pecadores: Si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvarte, acércate. Si es necesario pisotéalas hasta que desaparezcan pero no peques nunca más. No ofendas más a Nuestro amado Señor. Conviértete. No pierdas a Jesús por toda la Eternidad. ¡Él es tan bueno!.



NOTA

               1) El 21 de Junio de 1832, Jueves del Corpus Christi, los Fieles que iban a Misa se percataron de una misteriosa cruz, aparecida en el suelo, cerca a la iglesia. El Párroco de Balazar, Padre Leopoldino Mateus, envió una carta al Arzobispo de Braga contándole que "la tierra que mostraba esta cruz era de un color más blanco que la otra, y parecía haber caído el rocío en toda la tierra, menos en el sitio donde estaba la cruz... Pedí que barrieran todo el polvo y la tierra que estaba dispersa en ese lugar y continuó apareciendo como antes en ese mismo sitio, con la misma forma de la cruz. Mandé que le echaran agua en abundancia para que la cruz y la tierra se borraran. Entonces la tierra que mostraba la forma de la cruz tomó un color negro que se conserva hasta el presente". 

               En el lugar de la aparición de la cruz se construyó una capilla, poco a poco fue creciendo la veneración y se empezó a dar cuenta de algunos milagros. 



EL MILAGRO DEL SOL DE FÁTIMA, "No ofendan más a Dios..."

  



               El 13 de Octubre de 1917 aconteció la última de las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima; como las otras veces, los niños videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. Entonces, la mayor de los tres videntes, Lucía Dos Santos, entabla conversación con la Madre de Dios:

               Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

               Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en Mi honor. Que Soy la Virgen del Rosario y que continuéis rezando el Rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.

               Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...

                Nuestra Señora: A unos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.

               Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el Sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el Sol.

               En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el Sol!.

               Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los Misterios Gozosos del Rosario, después los Dolorosos y finalmente los Gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).

               Aparecieron, al lado del Sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.

                Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.

               Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del Cielo y de la Tierra, con el Niño Jesús en los brazos.

               Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud, -de 50 a 70 mil espectadores- asistía al Milagro del Sol: había llovido durante toda la Aparición. Al terminar el coloquio de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el Sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el Sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. La inmensa bola de fuego comenzó a “bailar”.



El diario filomasónico O Seculo dejó constancia de todo lo acontecido 
el 13 de Octubre en la aldea de Fátima; toca sobre la imagen para verla
en su tamaño original


                Cual gigantesca rueda de fuego, el Sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el Cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.

                 Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el Sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días. El ciclo de las Apariciones de Fátima había terminado.

               Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.

               El Milagro del Sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las Apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.