jueves, 16 de abril de 2026

Aniversario de la muerte de Santa Bernardita Soubirous

 


                       En un día como hoy, el 16 de Abril de 1879, a la edad de 35 años, y después de 12 años de Profesión Religiosa, moría a este mundo para nacer en el Cielo Santa Bernardita Soubirous.

                      Su último aliento le llegó rezando el Santo Rosario, asegurando entonces: "La he visto otra vez... ¡Qué hermosa es!. Madre, ruega por mí que soy pecadora". Bernardita fallecía después de padecer las consecuencias de un cruel tumor óseo, que le afectó gravemente una rodilla, impidiéndole caminar y participar regularmente de las actividades de la Comunidad.

                      Los funerales de Bernardita fueron notables; las palabras que corrieron en boca de todos fueron: "La Santa ha muerto". Inhumada en la Capilla de San José en el Convento de San Gildard de Nevers, que abrieron las hermanas para que la muchedumbre de toda Francia pudiera rezar ante el cuerpo de Santa Bernardita, lugar donde ocurrieron varias conversiones y curas milagrosas.

                      La Pastorcita de Tarbes sería beatificada el 14 de Junio de 1925 y posteriormente canonizada el 8 de Diciembre de 1933, ambas ceremonias presididas por el Papa Pío XI. 

                      Con motivo del proceso de Canonización, el virginal cuerpo de Bernardita sería exhumado en tres ocasiones: la primera fue el 22 de Septiembre de 1909, la segunda el 3 de Abril de 1919 y la última el 18 de Abril de 1925; en las tres ocasiones encontraron el cadáver intacto; aún hoy día lo podemos ver, ya que está colocado para la veneración en un relicario de cristal, en la Capilla de las Hermanas de la Caridad de San Gildard de Nevers.

                     Santa Bernardita se llevaría consigo tres Secretos que le confió Nuestra Señora; providencialmente, a pocos meses de su muerte, otra Vidente de Nuestra Señora, Melanie Calvat, daba a conocer al mundo el Secreto de la Salette, publicado el 15 de Noviembre de 1879... 


TE DEBE DOLER SOBRE TODO DOLOR EL ABANDONO QUE PADEZCO EN EL SAGRARIO, por el Obispo Manuel González

 


                    Dejad que el Cura aquel os vuelva a contar las cosas que decía al Amo de su Sagrario en las horas que ante Él se pasaba: llenar mi Parroquia, Señor, cuánto lo ansiol ¡qué alegría verla con las puertas abiertas de par en par, para que los Fieles que no caben dentro rebosen hacia fuera y todo el pórtico tenga que convertirse en Iglesia!. ¡Mi iglesia llena, Señor!. 

                    Y parece que le respondían desde allá dentro: ¿Llena?. ¡Cuando tú quieras!. Mira yo no me pago de la grandeza del número de los hombres, sino de grandeza de sus virtudes, y de sus obras buenas, Yo no vine a levantar ejércitos que asustaran a los hombres, sino a sembrar y fecundar virtudes, obras buenas que purificaran la tierra y embalsamaran el Cielo. 

                    Yo no me siento acompañado con número sino con la calidad. Muchas veces veo Mis Iglesias llenas de pueblo y Me siento sólo y tan abandonado como en el Huerto... despreocúpate tú de la sugestión del número y preocúpate más de la calidad. Más que llenarme de gente Mis Iglesias, preocúpate en llenármela de buen olor de Comuniones fervorosas, de Adoraciones rendidas, de suspiros de amor, de aspiraciones de esperanza, de inspiraciones de Fe, de oraciones bien rezadas, de lágrimas de pecadores, de propósitos eficaces de enmienda, de vida intensamente eucarística. Déjame a Mí multiplicar la gente cuando tú con Mi Gracia multipliques la alegría que en Mí y en ti ha de producir el olor de esas cosas buenas. 

                    Llena Mi templo de olor de cosas buenas y Yo te prometo que ese olor se extenderá por las calles y las casas de tu feligresía y verás como la Iglesia tuya será pequeña y tendrás que levantar más Iglesias para los que han de venir. Pero sabe que no puede haber cosas buenas con Mi Sagrario cerrado. Mira que hombres y obras que no pasen por el Sagrario abierto no pueden oler bien y al fin y a la postre olerán a muerto. Mira que si te duelen las injusticias que padecen los pobres, las penas de los enfermos, los escándalos de los niños... te debe doler sobre todo dolor el abandono que padezco en el Sagrario, que es la injusticia de más urgente y trascendental reparación y la pena que más escarnece y el escándalo que más ruinas trae a las almas. 

                    Mira que un Sagrario abandonado es para Mi Corazón la más cruel de todas las contrariedades, y para sus vecinos la fuente de todas sus desdichas. Sí, dedica tu celo y tu industria a buscarme un grupo de almas, tres, dos, una siquiera que se pongan de verdad a amarme y acompañarme en Mi Sagrario... que se vuelvan locas de amor... un loco hace cientos... ¡Que se abran muchas veces las puertas de Mi Sagrario y verás lo que sale por ellas!.


Manuel González, Obispo de Palencia
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938



martes, 14 de abril de 2026

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. MARTES 5º: LA LONGANIMIDAD

      


            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 5º: LA LONGANIMIDAD 


            ¡Oh, generoso Abogado de los pobres, San Antonio! Haced que yo me enamore de la longanimidad para merecer de Dios mayores gracias y mercedes y obtener la Eterna Felicidad.    

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




lunes, 13 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (III)

 


                    El Padre Marcos, Capellán de la Madre Ana de Monteagudo, dice que un año, estando cercana la Fiesta de San Nicolás de Tolentino, la Madre Monteagudo no tenía dinero alguno para hacer los sufragios para las Almas del Purgatorio y se fue al Coro de la iglesia conventual a pedirles que mandaran todo lo necesario. 

                    Al poco rato, llegó a la portería el Obispo Monseñor Gaspar de Villarroel y Ordóñez, e hizo abrir las puertas, pues ya estaban cerradas. El Prelado hizo llamar a la Madre Ana y le preguntó qué estaba haciendo. Ella le respondió que encomendándose a Dios para que moviese a alguien para darle lo necesario para los sufragios de las Almas del Purgatorio en la Fiesta de su Patrón, San Nicolás. El Señor Obispo le dijo que, mientras estaba rezando el Oficio Divino, le habían quitado el breviario de las manos sin saber cómo, quedando asombrado. Inmediatamente, le vino a la mente la Sierva de Dios y sus Almas. Por eso, sin esperar más, había acudido al Monasterio para saber qué necesitaba. 

                    La Madre Ana de Monteagudo le dijo que necesitaba 200 escudos, y el Obispo, sin vacilar, se los dio. Así pudo celebrar bien la Fiesta. Por ello, les pidió a las Almas que se mostraran agradecidas al Obispo, aumentándole los bienes materiales y espirituales. Entonces, se le hicieron presentes algunas Almas con una bandeja en la que había cruces resplandecientes. Ella les dijo que le dieran las cruces para adornar a su Patrono, pero le respondieron que eran de Monseñor Villarroel, quien iba a ser nombrado Arzobispo de La Plata. Pero, después de más de un año, se tuvo noticia de que otro había sido nombrado para ese cargo. 

                    El Obispo Villarroel fue al Convento a decirle que por qué le había engañado. La Madre Ana le respondió que no podía ser, porque sus Almas nunca le engañaban. El Obispo le hizo jurar que así iba a suceder. Hizo el juramento y, pasados algunos días, la Madre Monteagudo le mandó decir al Obispo el día y la hora en que recibiría la noticia de su nombramiento para que estuviese preparado. Así fue, pues llegó un soldado a caballo al palacio del Obispo con los documentos de su promoción al Arzobispado de La Plata, con lo que el Obispo quedó maravillado.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



domingo, 12 de abril de 2026

DOMINICA IN ALBIS

 

                   El nombre de «Dominica in albis» es uno de los más antiguos. En realidad es «in albis vestibus depositis», es decir, cuando los neófitos (los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual), asistían dicho Domingo a la celebración de la Santa Misa, habiendo ya depuesto (en las vísperas del sábado de la Octava) sus albas o vestiduras blancas, recibidas aquella noche en que renacieron a la vida eterna y que habían vestido durante toda la Octava.

                   Es también Domingo «de Quasimodo», ya que, como otros domingos importantes del Año Litúrgico (por ejemplo, Domingo «de Laetare» – IVº de Cuaresma), toma el nombre de las primeras palabras de la antífona del Introito (o canto de entrada). En este caso, la antífona es un texto de la 1ª Carta de San Pedro, cap. 2, vers. 2: Quasimodo geniti infantes, alleluia: rationabiles, sino dolo lac concupiscite, alleluia,alleluia, alleluia. "Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura".



                   Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.

                  Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

                  Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre Me envió, también Yo os envío.

                  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

                   Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en Sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en Su costado, no creeré.

                   Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira Mis manos; trae tu mano y métela en Mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

                    Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.

                   Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.

                   Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en Su Nombre.


Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 19-31



sábado, 11 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Consoladora de los afligidos

 

"Santa María,
socorre a los desdichados,
anima a los desanimados,
reconforta a los afligidos" 

Antífona del «Magníficat» en las Primeras 
Vísperas del Oficio de Nuestra Señora


                    La aflicción, compañera inseparable del hombre durante su peregrinación terrenal, es la consecuencia natural de los males que nos sobrevienen, ya sean internos o externos. El duelo, la pérdida de la fortuna, la calumnia, las malas prácticas en nuestra contra, son solo algunas de las causas de la aflicción exterior. La enfermedad, la tentación, las dificultades y, sobre todo, el pensamiento de haber ofendido a Dios con el pecado y el peligro de volver a ofenderlo: estas y otras cosas similares dan origen a sufrimientos interiores.

                    Los bienes terrenales son insuficientes para consolarnos en medio de tantos males. Quizás alivien nuestra amargura en parte, pero al final, solo dejan un vacío en nuestros corazones y son incapaces de protegernos contra nuevas desgracias.

                    Como compensación a los males de la vida, la infinita Bondad de Dios nos ha preparado, en la siempre presente ayuda de la Santísima Virgen, una abundante fuente de consuelo, por la cual debemos estar agradecidos. Basta con recurrir a esta Madre de Misericordia para tener la certeza de recibir de Ella un pronto alivio en los dolores de la vida, un bálsamo para el corazón herido, un consuelo en las aflicciones y calamidades que nos abruman.

                    Así como Jesucristo nos invitó a buscar nuestro consuelo en Él, cuando dijo: «Venid a Mí todos los que estáis cansados ​​y agobiados, y yo los aliviaré», así también María nos ofrece, en medio de las tristezas de esta vida, el consuelo más reconfortante: «Venid a Mí todos los que Me desean, y sean saciados con Mis frutos».

                    El Poder de María para consolar a los afligidos proviene principalmente de que Ella, más que nadie, conoció el dolor. Como compañera inseparable de Jesús, durante los treinta y tres años de Su vida mortal, María compartió todos Sus sufrimientos. Con Él sintió la aflicción de la pobreza, experimentando toda clase de privaciones. Los reproches de quienes reprochaban a Jesús recayeron también sobre Ella; y cuando los Discípulos abandonaron a su Divino Maestro uno a uno, María lo siguió fielmente hasta el Calvario, donde bebió con Él hasta la última gota de Su amargo cáliz. Incluso después de que el Salvador terminara Su vida mortal de trabajo y esfuerzo, María continuó viviendo y sufriendo, hasta que Dios quiso llamarla a Su lado.

                La fe y la constancia de María, unidas a Su inquebrantable adhesión a las enseñanzas de Su Hijo, son en sí mismas fuente de consuelo. Pues esta Madre Divina nos enseña, con Su ejemplo, a no desesperar jamás de la ayuda divina. Nos anima a perseverar en nuestras buenas obras, cualesquiera que sean las dificultades que se nos presenten. Al obtener para nosotros, mediante Su Mediación, una gran participación en la virtud de la Cruz, transforma nuestras penas en gozosos intensos, como antaño la leña que Dios señaló a Moisés transformó las amargas aguas del desierto en dulces.

                    Si recurrimos a María en tiempos de aflicción, no solo recibiremos de Ella consuelo en nuestros dolores, sino que también aprenderemos por Su ejemplo a valorar como se merecen las cruces con las que Nuestro Señor se digna visitarnos.

                    El tiempo de sufrimiento es, sin duda, el más preciado de esta vida; pues es entonces cuando se presenta la oportunidad de practicar las más elevadas virtudes. Estas virtudes son: la Fe en el sabio orden de la Divina Providencia, la Confianza en la ayuda del Cielo y la Caridad, tanto hacia Dios, que permite que seamos afligidos, como hacia nuestro prójimo, que tal vez sea la causa de nuestros sufrimientos. El tiempo de aflicciones es entonces sumamente valioso, aunque, ¡ay!, a menudo lo subestimamos. «Si hubieras sabido, y que en este tu día, las cosas que te traerán paz».

                    ¡Cuidado, alma mía, de murmurar o perder la paciencia!. Soporta todo con paz y alegría, en compañía de Jesús Crucificado y de Su Madre afligida. Recuerda estas palabras reconfortantes de Nuestro Salvador: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

                    La Beata Bionda Foschi, dueña del antiguo castillo de Verrucchio, era una dama noble y piadosa, dotada de las más preciadas virtudes de la mente y el corazón, y venerada y amada no solo por sus dependientes, sino también por todos aquellos con quienes entraba en contacto.

                    Siendo aún muy joven, se casó con el Conde Foschi, pero pronto tuvo la desgracia de perderlo. A esta pérdida le siguió otra, pues toda la familia cayó en la pobreza y la indigencia a manos de una facción rival. Sin embargo, Bionda aún conservaba un consuelo: su pequeño hijo, a quien amaba profundamente. Le inculcó con gran esmero la Piedad y el Temor de Dios.

                    Dio la casualidad de que sus enemigos, no satisfechos con la venganza que habían ejercido sobre el resto de la familia, dirigieron su odio contra este niño inocente, al que finalmente dieron muerte.

                    ¡Qué angustia y desolación sintió Bionda al verse tratada con tanta crueldad después de tantas desgracias!. Pero, ¿qué debía hacer ahora?. ¿Debía sucumbir a la desesperación o vengarse de sus enemigos?. No hizo ninguna de las dos cosas. Dirigió su mirada a Nuestra Señora de los Dolores, a quien siempre había profesado una tierna devoción. Al contemplar a María al pie de la cruz, acompañándola con dolor en la muerte de Su Divino Hijo, Bionda encontró consuelo en su aflicción. Sintió en su alma la calma de la paz celestial y su corazón exhaló un generoso perdón para sus enemigos. Dominando sus sentimientos, perdonó a sus adversarios, y este perdón resultó ser más valioso para su corazón que cualquier venganza.

                    Este heroico sacrificio de Bionda fue sumamente grato a Dios, quien escudriña los corazones de los hombres. A cambio, le concedió comprender la vacuidad de este mundo y se dignó llamarla a una vida de perfección entre las Siervas de su Santísima Madre. En su nuevo estado, Bionda se consagró por completo al camino de la perfección y, con la ayuda de la Gracia Divina, alcanzó tal grado de santidad que mereció obrar muchos milagros durante su vida y también después de su muerte. El pueblo la invocaba siempre como Bienaventurada.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


jueves, 9 de abril de 2026

LA NOVENA DE LOS 24 GLORIAS. 9 DE ABRIL: SANTA TERESITA ENTRA EN EL CARMELO DE LISIEUX

  

Entre los días 9 al 17 de cada mes

únete a la oración mundial en honor de Santa Teresita del Niño Jesús


                    La devoción a Santa Teresita del Niño Jesús se ha esparcido de una manera impresionante a través de toda la Iglesia. Durante su corta vida, Teresita no sobresalió por encima de las otras monjas del convento de Carmelitas Descalzas en Lisieux. Pero inmediatamente después de su muerte, muchos milagros y favores fueron concedidos a través de su intercesión. 

               La Santa cumplió la promesa de hacer caer una lluvia de rosas después de su muerte, es decir, una lluvia de beneficios hacia todos los que la invocan. "Lo que me impulsa a ir al Cielo es el pensamiento de poder encender en amor de Dios una multitud de almas que le alabarán eternamente", decía Teresita. Su gran anhelo es que aquellos que la invocan amen a Dios con un amor abrasador.

               Por medio de sus cartas, los testimonios de aquellos que la conocieron, y especialmente su autobiografía, "La Historia de un Alma", millones han llegado a conocer sus grandes dones y virtudes. Incontables peregrinos visitan el convento carmelita de Lisieux, donde, tal día como hoy, el 9 de Abril de 1888, María Francisca Teresa Martín, la hija menor del relojero Luis Martín, se convirtió en la novicia más joven. Tenía sólo quince años. Estaban ya allí dos de sus hermanas: María, la mayor, se había ido cuando Teresita tenía nueve años, y Paulina, que había cuidado de la familia después de morir su madre, entró cuando Teresita tenía catorce años. Impaciente por seguirlas, fue a Roma en una peregrinación con su padre, y rompiendo la regla del silencio en presencia del Papa, le pidió permiso de entrar al Carmelo a los quince años. "Entrarás si es la Voluntad de Dios", le contestó el Papa León XIII, y Teresita terminó la peregrinación con el espíritu lleno de esperanza. Al terminar el año, el permiso que anteriormente la había sido negado, le fue concedido por el obispo y Teresita entró al Carmelo.

               Teresita había sido la hija preferida de su padre; era tan alegre, atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento de la separación. Pero no le cabía la menor duda de que ésa era su vocación y desde el principio se determinó a ser santa. Aunque la salud de Teresita era muy delicada, no deseó ninguna dispensa de la austera regla y no le fue dada ninguna. Sufría intensamente por el frío y por el cansancio de cumplir con algunas de las penitencias físicas y exteriores que la Regla acostumbraba. "Soy un alma muy pequeña, que sólo puede ofrecer cosas muy pequeñas a Nuestro Señor," dijo en una ocasión, "pero quiero buscar un camino nuevo hacia el Cielo, muy corto, muy recto, un pequeño sendero… Estamos en la era de los inventos. Me gustaría encontrar un elevador para ascender hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir los empinados escalones de la perfección…"



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120 ANIVERSARIO de la Aparición de NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO, en Chauchina (Granada)

 


                    Chauchina es una localidad de la provincia de Granada, en España. En tal punto del sur de la Península Ibérica aconteció, a principios del siglo pasado, una manifestación celestial poco conocida pero de gran alcance espiritual. 

                    Era el 9 de Abril de 1906, Lunes Santo en aquel año, una virtuosa anciana llamada Rosario Granados Martín, apoyada en el respaldo de una silla, por no poder caminar de otra manera, se dirigía muy de mañana a las afueras del poblado para curarse las llagas purulentas que hacía más de tres años padecía en la pierna y cuyo estado nauseabundo movía a compasión a cuantas personas la encontraban. 

                    Abrumada iba la triste anciana, cuando vio que hacia ella venía una dama enlutada, llevando en sus manos un modesto rosario negro, la cual se detuvo a preguntarle qué le sucedía. Le contestó Rosario que estaba casi desesperada, porque ni Dios ni la Virgen se dignaban oírla. Le mandó entonces la Señora que siguiera Sus pasos hacia el cementerio, oído lo cual, la anciana soltó la silla que le servía de sostén y con tanta agilidad lo hizo, que sorprendió a los que la vieron; Rosario siguió a la Señora por la angosta vereda, hasta llegar a un arroyo donde la Señora le dio la mano para ayudarle a pasar, y Rosario alargó la suya para asir la de la Señora; cerca de la escena, un joven campesino, que no veía a la Señora, observando en tal actitud a la anciana creyó que la mujer había perdido el juicio.

                    Una vecina de las últimas casas del pueblo la invitó a descansar y como rehusara hacerlo por ir siguiendo a una Señora de “ojos hermosísimos y cara llena de gracia”, la tomó por ilusa. Llegó por fin al cementerio y la Señora enlutada le dijo con acento de compasión y tristeza “Oremos por los desgraciados del mundo que no temen la Divina Justicia”. 

                    Enseguida y puestas ambas de rodillas en el umbral del cementerio, comenzaron el rezo del Rosario observando la anciana la reverencia y devoción con que la Señora pronunciaba el Nombre de Dios Padre. No había terminado el Rosario, cuando la anciana sintióse adormecida por dulcísimo éxtasis, a cuyo despertar se sintió completamente curada. Corrió presurosa preguntando por la Señora y nadie supo darle razón de Ella. 

                    El pueblo se conmovió a la vista de la prodigiosa curación, la prensa granadina comentó el hecho y Chauchina y los pueblos comarcanos se persuadieron de que la misteriosa enlutada fue la Santísima Virgen, conocida bajo la advocación del Espino, por el arbusto junto al cual se apareció primeramente y de los Dolores, por las negras vestiduras que llevaba la misteriosa aparecida.

                    Una pobre estampa, rodeada de rústicas piedras, fue el primer monumento de gratitud que Rosario ofreció a la Santísima Virgen. A iniciativa del pueblo se hizo una pequeña hornacina en donde se colocó un sencillo cuadro de la Virgen de los Dolores, ante el cual se rezaba constantemente el Rosario y se pedía consuelo a la Madre afligida. Velas y lámparas de aceite permanecían encendidas de día y de noche, dando guardia de honor al cuadrito y mostrando a todos la creencia segura en la presencia de la Madre de Dios. Más tarde se levantó una pequeña Ermita con la limosna de los fieles. Para todos esta tierra estaba consagrada por el contacto de los pies de la Santísima Virgen. Y así, para distinguir el camino por donde anduvo la Señora hasta el cementerio, cortaron frondoso ramaje de los árboles próximos clavando las floridas ramas a uno y otro lado del camino. Sin atreverse a pisar el sagrado camino, llorando de alegría, pasaban de rodillas besando aquella tierra.

                    Un matrimonio costeó la construcción de una capilla, espléndidamente dotada para el culto; y junto a esa capilla ya ampliada porque era incapaz de contener las multitudes, que en fervorosas romerías acuden de muchos pueblos, se levanta la esbelta silueta de un monasterio de Capuchinas, llevado allí por la piedad del Cardenal-Arzobispo Vicente Casanova y Marzol, para que adorando al Santísimo Sacramento y viviendo en perpetua oración y penitencia por los pecados del mundo, cumpliesen los deseos de la Santísima Virgen. En efecto, antes de morir manifestó Rosario a un Padre Capuchino que la Santísima Virgen le había dicho: "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




LA VIDENTE DE NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO


                    Rosario Granados Martín es una mujer sencilla que nació en Chauchina el 25 de Abril de 1839; el 4 de Abril de 1859 contraerá matrimonio con Manuel de Cantos Romero; muy pronto quedará viuda con 3 hijos: José, Diego y Francisco, a los que procuraba educar cristianamente y daba buenos ejemplos, enseñándoles las oraciones y la práctica de la caridad cristiana. 

                    Rosario ayuda a su nuera Magdalena en los trabajos de la casa y en la crianza de los niños que le van naciendo; atiende a los pobres que pasan, pidiendo un pedazo de pan, así como también a los vecinos que necesitan unas palabras de consuelo, unas muestras de cariño; y mantiene trato amistoso con todas sus vecinas y personas del pueblo que hablan muy bien de ella, como una mujer sencilla, una anciana que pasa desapercibida.

                    Rosario tuvo en su vida una ocasión de ejercitar en grado heroico el mandamiento del Señor de perdonar, y es que unos años antes de la Aparición, uno de sus hijos es asesinado por un hombre en la taberna de Arenas del Rey, pueblo de Granada donde Rosario y sus hijos viven como porteros de un cortijo. El asesino escapando de la justicia se esconde precisamente en casa de Rosario, él dice a Rosario que en una riña ha matado a un hombre y que lo quieren ahora matar a él; Rosario esconde a este hombre y al poco rato llega el otro hijo de Rosario, comunicando la muerte de su hermano y Rosario en lugar de delatar al hombre se lamenta diciéndole una vez que su hijo se ha marchado en su búsqueda: “Ya ves lo que has hecho… pero yo no te denunciaré… te perdono… También la Virgen perdonó a los verdugos de Su Hijo en el Calvario… Anda, y que Dios te acompañe por el mundo…”. Incluso Rosario le da de comer. 

                    No tardó el asesino en ser apresado. Rosario, pensando que él tendría madre, rogaba al Señor que no se viera obligada a testificar contra él ante un tribunal. Y su oración fue atendida: ocho días antes de la fecha señalada para el juicio, falleció el homicida, dando muestras de sincero arrepentimiento. 

                    Rosario murió para este mundo el 24 de Septiembre de 1921, siendo enterrada en el Cementerio de Chauchina, pero 40 años después, sus restos se trasladan a la cripta que, con permiso del Arzobispo de Granada, se le construyó junto al Camarín de la Virgen en la Iglesia conventual. 


EL SECRETO QUE CONFIÓ LA VIRGEN 
A ROSARIO GRANADOS


                    Como en otras apariciones, la Virgen en Chauchina también reveló un Secreto a la vidente. Ángeles Díaz García, amiga de Rosario y vecina también de Chauchina, de edad aproximadamente igual a la de Rosario, nos cuenta que Rosario le confío que había recibido de la Señora enlutada que vio el Lunes Santo del 1906, una confidencia misteriosa que debía guardar en secreto. Más adelante en 1921, Rosario se siente agotada y próxima a morir. Un sobrino de Rosario fue a visitarla en su enfermedad y atendió a su tía en su petición: «Que venga mi confesor, el Padre Francisco de Sevilla - un sacerdote de la Orden de los Capuchinos que residía en Granada- pues tengo que comunicarle una cosa antes de morir». El sobrino se dirigió raudo hacia Granada, para ir al Convento de los padres Capuchinos y buscar al Padre Francisco.

                    Mas no necesitó ir al Convento, ni siquiera detenerse en Granada.  La gran Providencia de Dios dispuso que cuando su tranvía llegaba a la que entonces llamaban Estación de Andaluces, viese que en aquel momento el Padre Francisco de Sevilla acababa de llegar en tren. Le contó el ruego de su tía Rosario, y el caritativo fraile fue a tomar el primer tranvía con dirección a Chauchina; entró en casa de la enferma; la escuchó en Confesión y recibió el Secreto con permiso de darlo a conocer después de que ella falleciera.

                    Aquel Secreto contenía una profecía, un anuncio para el tiempo futuro:

                    "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




                    Como los deseos del Cielo buscan diversos canales para ser cumplidos, nos encontramos que a menos de 20 kilómetros del lugar de aquella Aparición, en el Monasterio de las Capuchinas de San Antón (Granada capital), era abadesa Sor Trinidad del Inmaculado Corazón de María, devotísima de Jesús Sacramentado; aquella alma se sentía inspirada por Dios a tener en la Iglesia de su Comunidad el Santísimo Sacramento expuesto durante todo el día y adorado por las Religiosas Capuchinas en turnos de una hora. Sus deseos fueron aprobados por el Cardenal Arzobispo de Granada, Monseñor Vicente Casanova y Marzol, sin embargo, no todas las Capuchinas de la Comunidad veían con claridad ese deseo y proyecto de recargar la Regla Capuchina, ya muy austera por sí misma.

                    Es entonces cuando el Padre Francisco de Sevilla, le sugiere a la Madre Abadesa Sor Trinidad, la idea de ir a fundar a Chauchina, ya que la Virgen así lo ha pedido y coincide, la celestial petición con la inspiración de la piadosa monja.

                    El 11 de Abril de 1925, Sábado Santo, el Cardenal de Granada, junto con su Clero, reciben en Chauchina a la Madre Trinidad, que junto con otras 11 monjas, llegan a la localidad para iniciar la vida recoleta de las Capuchinas en la ermita de la Virgen del Espino, convertido desde entonces en Santuario Monasterio.



martes, 7 de abril de 2026

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. MARTES 4º: LA PACIENCIA

     


            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 4º: LA PACIENCIA 


            ¡Oh, sacrificado siervo del Altísimo, San Antonio! Conseguidme por vuestros ruegos la paciencia que necesito para llevar la cruz de mis obligaciones, la cual me abra las puertas del Cielo.

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




domingo, 5 de abril de 2026

LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: EL ARGUMENTO SUPREMO DE NUESTRA FE

 


                    La Resurrección representa el Triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de Sus adversarios y el argumento supremo de nuestra Fe. San Pablo afirma que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra Fe sería vana. Es en el espíritu sobrenatural de la Resurrección donde se fundamenta toda la estructura de nuestras creencias. 

                    Mucho se ha dicho… y se ha soñado con la resistencia de Santo Tomás a admitir la Resurrección. Quizás haya algo de exageración en esto. Lo que está claro es que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. De hecho, Santo Tomás dijo que necesitaba tocar a Nuestro Señor con sus manos para creer. Pero, cuando lo vio, creyó inmediatamente, antes de tocarlo. San Agustín ve en esta dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial: el Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero está suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad al aceptar las razones para creer, sirve como garantía a todas las almas temerosas de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, que no es fruto de imaginaciones desbordadas.

                    Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía con la Santa Iglesia Católica. En la Historia de la Iglesia vemos a menudo que, cuando parecía irremediablemente perdida y todos los síntomas de una catástrofe inminente apuntaban a la debilidad de su organismo, siempre ocurrían acontecimientos que la mantenían viva contra todo pronóstico.

                    Resulta curioso que a veces no sean los amigos de la Santa Iglesia quienes acuden en su ayuda, sino sus propios enemigos. En una época muy delicada para el Catolicismo, como lo fue durante el reinado de Napoleón, se contó mil veces el curioso episodio en el Cónclave para elegir al Papa Pío VII, que tuvo lugar bajo la protección de tropas de los rusos, cismáticos, lideradas por un soberano cismático. En Rusia, la práctica de la Religión Católica se veía obstaculizada de mil maneras, sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un Pontífice Soberano, precisamente en el momento en que la vacante de la Sede de Pedro había provocado la indignación de aquellos que -humanamente hablando- quizás nunca resucitarían.

                    Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que tiene el gobierno supremo de todas las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia deba su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria o a las tropas rusas: aun cuando parezca completamente abandonada, e incluso cuando parezca faltar el medio más indispensable para la victoria en el orden natural, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia -aparente, enfatizamos, porque la muerte de la Iglesia jamás será real-, más gloriosa será la victoria.

                    En estos años turbulentos y tristes que vivimos, confiemos. Pero no confiemos en tal o cual poder, en tal o cual hombre, en tal o cual corriente ideológica, para que obre la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino que debemos confiar en la Divina Providencia, que volverá a abrir los mares, moverá montañas y sacudirá la tierra entera si es necesario, para el cumplimiento de la divina promesa: "Las puertas del Infierno prevalecerán contra ella". 


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira