lunes, 9 de febrero de 2026
ESTOY SEGURA QUE DIOS ME VA A ESCUCHAR... la Novena de los 24 Glorias para honrar y pedir una gracia a Santa Teresita de Lisieux
EL FUEGO DEL PURGATORIO ES EL MISMO FUEGO DEL INFIERNO, por San Juan María Vianney
Vengo en Nombre de Dios. ¿Por qué estoy hoy en el púlpito, queridos hermanos? ¿Qué les voy a decir? ¡Ah! Vengo en nombre de Dios mismo. Vengo en nombre de sus pobres padres, para despertar en ustedes el amor y la gratitud que les deben. Vengo a recordarles de nuevo todas esas bondades y todo el amor que les brindaron mientras estuvieron en la tierra. Vengo a decirles que sufren en el Purgatorio, que lloran y que exigen con fervor la ayuda de sus oraciones y sus buenas obras.
Me parece oírlos clamar desde lo más profundo de ese fuego que los devora: «¡Díganle a nuestros seres queridos, a nuestros hijos, a todos nuestros parientes cuán grandes son los males que nos hacen sufrir! Nos postramos a sus pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! ¡Díganles que desde que nos separaron de ellos, hemos estado aquí ardiendo en las llamas!».
¡Oh! ¿Quién sería tan indiferente ante los sufrimientos que estamos padeciendo? ¿Ven, mis queridos hermanos, escuchan a esa tierna madre, a ese devoto padre y a todos esos parientes que los ayudaron y cuidaron? «Amigos míos», claman, «líbranos de estos dolores; "Puedes hacerlo." Consideren, pues, mis queridos hermanos: (a) la magnitud de estos sufrimientos que padecen las almas del Purgatorio; y (b) los medios que tenemos para mitigarlos: nuestras oraciones, nuestras buenas obras y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa.
No quiero detenerme en este punto para demostrarles la existencia del Purgatorio. Sería una pérdida de tiempo. Nadie entre ustedes tiene la menor duda al respecto. La Iglesia, a la que Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo y que, en consecuencia, no puede equivocarse ni desviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera muy clara y positiva. Es cierto, muy cierto, que hay un lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidas en la gloria del Paraíso, que les está asegurada. Sí, mis queridos hermanos, y es un Artículo de Fe: si no hemos hecho una penitencia proporcional a la grandeza y enormidad de nuestros pecados, aunque hayan sido perdonados en el Santo Tribunal de la Penitencia, nos veremos obligados a expiarlos...
En la Sagrada Escritura hay muchos textos que muestran claramente que, aunque nuestros pecados puedan ser perdonados, Dios aún nos impone la obligación de sufrir en este mundo con penurias temporales o en el otro con las llamas del Purgatorio. Observen lo que le sucedió a Adán. Debido a su arrepentimiento tras cometer su pecado, Dios le aseguró que lo había perdonado, y aun así lo condenó a novecientos años de penitencia, una penitencia que supera cualquier cosa imaginable.
Véase también: David ordenó, en contra de la Voluntad de Dios, el censo de sus súbditos, pero, afligido por el remordimiento, vio su pecado y, postrándose en tierra, suplicó al Señor que lo perdonara. Dios, conmovido por su arrepentimiento, lo perdonó. Pero a pesar de eso, envió a Gad para decirle a David que tendría que elegir entre tres azotes que le había preparado como castigo por su iniquidad: la peste, la guerra o el hambre. David Dijo: «Es mejor que caiga en manos del Señor (pues Sus misericordias son muchas) que en manos de los hombres». Eligió la peste, que duró tres días y mató a setenta mil de sus súbditos. Si el Señor no hubiera detenido la mano del Ángel, que se extendía sobre la ciudad, ¡toda Jerusalén habría quedado despoblada! David, al ver tantos males causados por su pecado, imploró la gracia de Dios para que lo castigara solo a él y perdonara a su pueblo, que era inocente.
Vean también la penitencia de Santa María Magdalena; tal vez eso les ablande un poco el corazón. ¡Ay, mis queridos hermanos! ¿Cuántos años tendremos que sufrir en el Purgatorio, nosotros que tenemos tantos pecados, nosotros que...? ¿Con el pretexto de que los hemos confesado, no hacemos penitencia ni derramamos lágrimas?.
¿Cuántos años de sufrimiento nos esperan en la otra vida? Pero, cuando los Santos Padres nos dicen que los tormentos que sufren en este lugar parecen iguales a los sufrimientos que Nuestro Señor Jesucristo soportó durante Su dolorosa Pasión, ¿cómo puedo pintarles una imagen desgarradora de los sufrimientos que estas pobres almas padecen?. Sin embargo, es cierto que si el más mínimo tormento que sufrió Nuestro Señor hubiera sido compartido por toda la humanidad, todos morirían por la violencia de tal sufrimiento.
El fuego del Purgatorio es el mismo que el fuego del Infierno; la diferencia entre ellos es que el fuego del Purgatorio no es eterno. ¡Oh! Si Dios, en Su gran Misericordia, permitiera que una de estas pobres almas, que arden en estas llamas, apareciera aquí en mi lugar, rodeada por el fuego que la consume, y si ella misma les contara los sufrimientos que padece, esta iglesia, mis queridos hermanos, resonaría con sus llantos y sollozos, y quizás eso finalmente ablandara sus corazones.
¡Oh! ¡Cuánto sufrimos!, nos gritan. ¡Oh! Ustedes, nuestros hermanos, ¡líbranos de estos tormentos! ¡Pueden hacerlo! ¡Ah, si tan solo experimentaran el dolor de estar separados de Dios! ... ¡Cruel separación! ¡Arder en el fuego encendido por la Justicia de Dios! ... ¡Sufrir dolores incomprensibles para el hombre mortal! ... ¡Ser devorados por el arrepentimiento, sabiendo que tan fácilmente podríamos haber evitado tales dolores! ... ¡Oh! Hijos míos, lloran los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos tan fácilmente a nosotros, quienes los amamos tanto? ¿Pueden entonces dormir cómodamente y dejarnos tendidos en un lecho de fuego? ¿Tendrán el valor de entregarse al placer y la alegría mientras nosotros estamos aquí sufriendo y llorando noche y día? Tienen nuestras riquezas, nuestros hogares, están disfrutando del fruto de nuestro trabajo, y nos abandonan aquí en este lugar de tormentos, donde estamos sufriendo males tan espantosos durante tantos años! ... ¡Y ni una sola limosna, ni una sola Misa que ayudaría a liberarnos! ... Puedes aliviar nuestros sufrimientos, puedes abrir nuestra prisión, y nos abandonas. ¡Oh! ¡Qué crueles son estos sufrimientos!...
San Juan María Vianney
domingo, 8 de febrero de 2026
SEGUNDO DOMINGO DE SAN JOSÉ: "ENCONTRARON A MARÍA, A JOSÉ Y AL NIÑO"
En este tradicional septenario dedicado a Nuestro Padre y Señor San José, recordaremos sus principales siete Dolores y Gozos; en este año, 2026, comenzaremos el Domingo 1 de Febrero y concluiremos el Domingo 15 de Marzo.
En 1847 el Papa Pío IX se dignó conceder una Indulgencia Plenaria para cada uno de los Siete Domingos de San José, si se observan las condiciones de Confesión, Comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades del Sumo Pontífice y/o de la Santa Iglesia. No hay época señalada para practicar la devoción de los Siete Domingos, pero sí se exige que sean seguidos, sin interrupción.
PREPARACIÓN
Olvidáte por un momento de las preocupaciones cotidianas, deja a un lado todo aquello que te resta felicidad, sumérgete en el silencio interior e intenta adentrarte en espíritu en la humilde casa de Nazareth, y situado en medio de la Sagrada Familia, contempla la figura paternal de San José, que cuida al Niño, lo besa, lo educa, lo mima... ¿qué podrá negar Jesús Nuestro Señor al que así lo acunó en Su Santa Infancia?
a José y al Niño...
Por la señal + de la Santa Cruz, etc.
En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, (se golpea el pecho 2 veces) a mí me pesa, pésame, Señor, de todo corazón haberos ofendido; yo os propongo firmemente la enmienda de nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta.
Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como os lo suplico, así confío en Vuestra Divina Bondad y Misericordia infinita, me los perdonaréis, por los merecimientos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.
OFRECIMIENTO
Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros Siete Dolores y Gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y Su Madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo.
DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ
- Segundo Dolor: Al ver al Divino Niño Jesús en la pobreza
"Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (Evangelio de San Juan, cap. 1, vers.11)
- Segunda Alegría: Al escuchar la armonía del Coro de los Ángeles y observar la Gloria de esa noche.
"Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al Niño reclinado en el pesebre" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers.16)
Oh Bienaventurado Patriarca, Glorioso San José, escogido para ser Padre Adoptivo del Hijo de Dios hecho hombre: el Dolor que sentisteis viendo nacer al Niño Jesús en tan gran pobreza se cambió de pronto en Alegría celestial al oír el armonioso concierto de los Ángeles y al contemplar las maravillas de aquella Noche tan resplandeciente.
Ahora, reza con piedad un Padrenuestro, un Avemaría, el Ave de San José y un Gloria, para terminar diciendo
Jaculatoria: San José, Modelo y Patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.
Y terminamos este ejercicio piadoso haciendo la señal de la Cruz, en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.
sábado, 7 de febrero de 2026
PRIMER SÁBADO, día de especial reparación al Inmaculado Corazón de María
a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora
en los Primeros Sábados de mes..."
Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María no por un capricho humano sino por un URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.
Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes.
El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:
‘Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.’
Enseguida dijo la Santísima Virgen:
‘Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.’
viernes, 6 de febrero de 2026
PRIMER VIERNES, día de especial reparación al Sagrado Corazón de Jesús
Cristo Nuestro Señor quiso escoger a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), humilde monja visitandina del Monasterio de Paray-le-Monial (Francia), para revelarle los deseos de Su Corazón y para confiarle la tarea de dar a conocer al mundo esta Devoción, que la Providencia ha reservado para los Últimos Tiempos.
Según dejó escrito la Santa, entre los años 1673 y 1675, en la intimidad del alma, Jesús la hace reposar en Su Divino Pecho, donde descubre a Santa Margarita las maravillas de Su Amor y los secretos de Su Corazón. "Mi Divino Corazón -le dice- está tan apasionado de Amor a los hombres, que no pudiendo contener en Él las llamas de Su ardiente Caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con preciosos dones".
En otra ocasión, volvió Nuestro Señor a manifestarse a la religiosa para hacerle un pedido de Amor y Piedad hacia el Santísimo Sacramento; así lo dejó reflejado Santa Margarita en una misiva: "Un Viernes, en la Sagrada Comunión, me dijo el Señor estas Palabras:
Te prometo, en la excesiva Misericordia de Mi Corazón, que Su Amor Omnipotente concederá a todos los que comulguen Nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la Gracia de la penitencia final; no morirán en Mi desgracia y sin haber recibido los Sacramentos; Mi Divino Corazón será su Asilo seguro en el último momento." (Carta de Santa Margarita a la Madre Saumaise, de Mayo de 1688)
jueves, 5 de febrero de 2026
TODO SACERDOTE SANTO ES UNA RED QUE ARRASTRA ALMAS HACIA DIOS
...Por lo general, Dios ilumina siempre al Sacerdote. Digo "por lo general". Es iluminado cuando es un verdadero Sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero Sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo Mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero Sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.
¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos Caridad sobrenatural, orar por ellos.
Y Mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta Redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos Sacerdotes.
Descansa en la Palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo. Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.
Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.
Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos?.
Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque -eso sí- igualmente dolorosa.
La obediencia salva siempre, recuérdalo; "y el respeto al Sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay -y Jesús lo ha dicho- ay de los Sacerdotes que pierden su llama apostólica!.
Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan Verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.
Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo Sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un Sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.
Vete en paz.
SANTA ÁGUEDA DE CATANIA
Santa Águeda es una de las más ilustres mártires cristianas, venerada por su fe inquebrantable y su extraordinario coraje. Su historia se remonta al siglo III, en la isla de Sicilia.
A pesar de que la biografía de Santa Águeda no está completamente documentada, se cree con alta probabilidad que nació en Catania, aunque algunos sostienen que su lugar de nacimiento fue Palermo. Santa Águeda es recordada no solo por su extraordinaria belleza, sino sobre todo por su dedicación religiosa y el coraje con el que enfrentó las persecuciones.
Nacida en una noble familia cristiana, Águeda decidió desde su adolescencia consagrarse a Dios, haciendo voto de virginidad y recibiendo del Obispo de Catania el velo rojo, símbolo de las vírgenes consagradas. Este gesto representaba su determinación de vivir una vida de pureza y servicio al Señor.
Las persecuciones bajo el emperador Decio fueron devastadoras para los cristianos. En el año 250, la belleza de Águeda atrajo la atención del cruel procónsul Quinciano, quien intentó seducirla por todos los medios. Ante su rechazo, Quinciano la hizo encarcelar en un burdel, con la esperanza de doblegarla. Sin embargo, Águeda se mantuvo firme en su fe y fue acusada de desprecio a la religión del Estado y encarcelada.
A pesar de las torturas inhumanas a las que fue sometida, Águeda no cedió, mostrando un coraje extraordinario en la defensa de su virginidad y su fe. La tortura más cruel que le infligieron fue el desgarro de sus senos con tenazas. Encarcelada sin posibilidad de cuidados, Águeda, mutilada y sangrando, aceptó su destino con dignidad, sostenida por el amor al Señor.
Según la tradición, las oraciones de Águeda fueron escuchadas y San Pedro se le apareció durante la noche, curando milagrosamente sus heridas. Cuando Quinciano la convocó y vio las heridas cicatrizadas, fue presa de rabia y deseo de venganza. Ordenó que Águeda, desnuda y envuelta solo en el velo rojo de esposa de Cristo, fuera quemada en brasas ardientes. En ese momento, un poderoso terremoto sacudió Catania, y el pueblo interpretó el evento como una señal divina a favor de la joven mártir.
Santa Águeda, llevada de nuevo a su celda, exhausta por las torturas sufridas, murió el 5 de Febrero del año 251. Numerosos milagros son atribuidos a su intercesión. Entre los más conocidos está el milagro del velo, que se dice detuvo una corriente de lava del Etna que amenazaba Catania en el primer aniversario de su muerte. El velo es todavía hoy una de las reliquias de la Santa conservadas y veneradas en la catedral de Catania. Después del milagro de la lava detenida, Santa Águeda se convirtió en la Santa Patrona de Catania.
miércoles, 4 de febrero de 2026
SAN ANDRÉS CORSINI
Estos reproches le causaron honda impresión. Lleno de vergüenza, fue Andrés al día siguiente a la iglesia de los Frailes Carmelitas, y después de haber rezado fervorosamente en el altar de Nuestra Señora, la Gracia de Dios lo alcanzó de tal modo, que resolvió abrazar la vida religiosa en aquel convento. Todos los artificios de sus antiguos camaradas, y las solicitudes de un tío suyo, que trató de volverlo de nuevo al mundo, fueron inútiles para cambiar su propósito: nunca abandonó el primer fervor de su conversión.
Después de dedicarse algún tiempo a predicar en Florencia, fue enviado a París, donde asistió a las escuelas por tres años. Continuó sus estudios por un tiempo en Aviñón, con su tío, el Cardenal Corsini, y en 1332, cuando regresó a Florencia, fue electo Prior de su convento. Dios premió su virtud con el don de la profecía, y también se le atribuían milagros de curaciones. Entre los prodigios de orden moral y conquista de almas endurecidas, fue especialmente notable la conversión de su primo Juan Corsini.
Cuando el Obispo de Fiésole murió, en 1349, el Capítulo eligió por unanimidad a Andrés Corsini para ocupar la sede vacante. Sin embargo, tan pronto como le informaron de lo que estaba sucediendo, se escondió con los Cartujos de Enna. Los canónigos, desesperados ya por no encontrarlo, iban a proceder a una segunda elección, cuando su escondite fue revelado por un niño.
Después de su consagración como Obispo redobló sus anteriores austeridades. Diariamente se daba una severa disciplina mientras rezaba la letanía, y su cama era unas ramas de vid esparcidas en el suelo. Decía que la recreación de sus labores era el meditar y leer las Sagradas Escrituras. Evitaba lo más posible hablar con mujeres, y rehusaba escuchar aduladores o soplones. Su ternura y cuidado para con los pobres eran extremos, y era particularmente solícito en buscar a los que tenían vergüenza de que se supiera su desgracia; a estos ayudaba con toda discreción posible. San Andrés también tenía talento para aplacar disputas, y con frecuencia tenía éxito para restablecer el orden en donde brotaban disturbios populares. Por esa razón, el Papa Urbano V lo envió a Bolonia, donde la Nobleza y el pueblo se hallaban lastimosamente divididos. Después de sufrir muchas humillaciones los apaciguó, y permanecieron en paz durante todo el resto de su vida. Todos los Jueves lavaba los pies a los pobres, y nunca despachaba a ningún mendigo sin darle limosna.
Cuando cantaba la Misa de Navidad la noche de 1372, San Andrés cayó enfermo y murió en la Epifanía siguiente, cuando tenía setenta y un años de edad. Inmediatamente, por la voz del pueblo fue proclamado Santo, y el Papa Urbano VIII lo canonizó solemnemente en 1629.
Andrés fue sepultado en la iglesia del Carmen de Florencia. El Papa Clemente XII, que pertenecía a la familia Corsini, construyó y dotó una capilla en honor de su pariente en la Basílica de Letrán. El arquitecto de esta capilla, en la cual sepultaron al propio Clemente, fue Alejandro Galilei. En 1737, el mismo Papa añadió al Calendario general de la Iglesia occidental a San Andrés Corsini.
martes, 3 de febrero de 2026
SAN BLAS DE SEBASTE, Obispo y Mártir
PRIMEROS AÑOS COMO EREMITA
Nació en Sebaste, ciudad de Armenia, cuando corría la segunda mitad del siglo III. Allí hizo sus estudios y ejercicio la profesión de médico. Allí lo eligieron obispo y derramó su sangre.
El ejercicio de la medicina le hizo reflexionar sobre los límites y la caducidad del hombre. Acabó comprendiendo que las miserias y la fugacidad de la vida sólo se pueden superar en el horizonte de la Fe. Llegó a la conclusión de que los bienes eternos eran superiores a todo. Esto le movió a retirarse a una cueva solitaria en el cercano Monte Argeo, para dedicarse más intensamente a la oración, a la meditación y a la penitencia.
Falleció entonces el Obispo de Sebaste. El clero y los cristianos de la ciudad pensaron en Blas como nuevo Pastor de su diócesis. Se resistió al principio, pero, ante las insistencias, acabó aceptando. Recibió las órdenes sagradas de presbítero y luego de Obispo. Se entregó totalmente al pueblo cristiano repartiendo a manos llenas la palabra de Dios y el pan de la caridad. Su descanso era retirarse a su cueva en la montaña para leer la Sagrada Escritura y pasar horas interminables de oración y ayuno.
Los animales, cuyo instinto advierte quién se acerca a ellos con intenciones agresivas o pacíficas, acabaron sintiendo la bondad de aquel ermitaño. Poco a poco perdieron el miedo. Su natural desconfianza se fue suavizando. No huían al verle, sino que permanecían tranquilos, llegando al final a tomarle como un amigo que no los recibía con gritos o pedradas, sino con actitud suave y amable.
PROTECTOR DE LA GARGANTA
El pontificado de San Blas tuvo una etapa feliz, con la dirección cercana y cordial de los creyentes y con el retiro para darse a la oración y penitencia. Pero llegó la persecución con tortura, prisión y muerte para muchos cristianos. El Obispo atendía por la noche al culto y al servicio de la comunidad. Incluso logró visitar y dar el último auxilio a algunos presos.
La persecución se volvió más penosa y el Obispo San Blas fue capturado. Lo condujeron atado con cadenas hasta el gobernador romano. Cuando cruzaba doliente las calles de su ciudad natal, Dios hizo brillar su dolor con un milagro. Refiere el acta martirial que una madre angustiada se acercó al Santo con su hijo moribundo. Una espina le atravesaba la garganta con una infección que lo ahogaba. La madre desesperada, llevando en brazos al niño medio muerto, irrumpe por medio de la comitiva que conducía preso a San Blas, y se dirige a él con esta súplica: "Siervo de Jesucristo apiádate de mi hijo. Es mi único hijo". El mártir olvida sus cadenas, y va a remediar el dolor ajeno. Pone la mano sobre el niño agonizante; traza la señal de la cruz sobre su garganta. Durante unos instantes ora fervorosamente por él. El muchacho se reanima; arroja la espina que le ahogaba, y recupera la salud. De aquí arranca la devoción a San Blas como protector en los enfermos de la garganta.
TORTURADO POR SER FIEL A CRISTO
Al día siguiente el reo es conducido al tribunal. El prefecto le propone que abandone la fe cristiana y adore a los dioses paganos. San Blas se reafirma en la Fe Católica. Los verdugos le aplican la escalofriante serie de torturas que entonces se usaban para doblegar a los condenados. El Mártir no se deshace en gritos de dolor; se concentra en su interior alabando al Señor e identificándose con Cristo en la Cruz. Al fin lo conducen fuera de la ciudad y sobre un poyo de piedra le cortan la cabeza. Era el día 3 de Febrero del 316.
Amigos y devotos recogieron discretamente su cuerpo y lo enterraron con respeto. Sobre el sepulcro se levantó un templo. Desde allí su culto y sus reliquias se extendieron por todo el mundo. Su imagen preside altares y retablos. Se representa llevando la mano derecha hacia la garganta. Tal gesto expresa simbólicamente el patronazgo del Santo sobre los males que pueden afectar a esa parte del cuerpo.
lunes, 2 de febrero de 2026
NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO, para aplacar la Justicia Divina
Cinco hermanas profesas de la Orden de la Inmaculada Concepción fueron enviadas desde la Península Ibérica, como Madres Fundadoras del nuevo y primer Convento de la Orden de la Inmaculada Concepción en América. Les acompañaba una muchacha de apenas 13 años de edad, Mariana de Jesús Torres Berriochoa, sobrina de la Madre Superiora. Mariana era de aristocrática familia de Vizcaya, al norte de España, pero desde niña quiso consagrarse por entero a Dios y desde que supo de la fundación del Convento, insistió a sus padres que le permitiesen unirse al grupo fundador; con el tiempo se convertiría en la más conocida de las Madres Fundadoras, pero permaneció casi desconocida fuera de Ecuador hasta el siglo XX.
Las Madres Fundadoras llegaron a Quito el día 30 de Diciembre de 1576; en Enero de 1577, se fundó el Monasterio entregándose al Reverendo Padre Antonio Jurado, franciscano, el gobierno temporal y espiritual de las religiosas quien recibió los votos de obediencia de las Religiosas Concepcionistas.
La joven Mariana hizo un rápido avance en la vida espiritual y disfrutó de muchos favores del Cielo y gracias sobrenaturales. También practicaba la penitencia severa y fue elegida por Dios para sufrir como alma víctima.
Muchos de sus sufrimientos fueron ocasionados por sus Hermanas de Religión, que eran poco estrictas, y que se revelaban contra la forma austera de vida insistida por la Beata Beatriz de Silva y las Madres Fundadoras españolas, exigido por la Santa Regla de la Comunidad. En el año 1592 la Madre Mariana fue elegida para ser Abadesa en lugar de su tía, muy enferma entonces y que murió poco después.
Tal día como hoy, coincidiendo con la Fiesta de la Presentación de la Virgen, en la mañana del 2 de Febrero de 1594, con un corazón lleno de amargura y dolor, la Madre Mariana se hallaba en profunda oración, postrada en el suelo en el coro alto del Convento; suplicaba a Nuestro Señor, por intercesión de Su Madre Santísima, que terminara aquellas duras pruebas por las que pasaba la Comunidad y pusiera fin a los muchos pecados que se cometen en el mundo.
APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA
Durante este largo acto penitencial, la Madre Mariana de Jesús se percató de la presencia de alguien delante de ella. Su corazón estaba perturbado, pero una voz dulce la llamaba. Se levantó rápidamente y vio delante de ella una Dama muy bella que llevaba al Niño Jesús en su brazo izquierdo y, en su derecho, un pulido báculo de oro adornado con preciosas piedras de sobrenatural belleza.
Con el corazón lleno de alegría y felicidad, se dirigió a la aparición: "Bella Señora, ¿quién eres Tú y ¿qué quieres que haga? ¿No sabes que no soy yo más que una pobre Hermana, llena de amor a Dios, pero sin duda también desbordada de dolor?".
La Señora respondió: "Yo Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y la Tierra. Porque eres un alma religiosa llena de Amor de Dios y de Su Madre es que estoy hablando contigo ahora. He venido del Cielo para consolar tu corazón afligido. Tus oraciones, lágrimas y penitencias son muy agradables a Nuestro Padre Celestial. El Espíritu Santo que consuela tu espíritu y te sostiene en tus tribulaciones formó con tres gotas de la sangre de Mi corazón al Niño más hermoso de la humanidad. Durante nueve meses, Yo, Virgen y Madre, lo llevé en Mi seno purísimo. En el establo de Belén, le di a luz y lo acosté a descansar en la paja fría.
Como tu Madre, le traigo aquí, en Mi brazo izquierdo, para que juntas podamos restringir la Mano de la Divina Justicia, que está siempre dispuesta a castigar a este desdichado mundo criminal. En Mi brazo derecho llevo el báculo que ves, por el cual deseo gobernar este Convento como Abadesa y Madre.
Yo Soy la Reina de las Victorias y la Madre del Buen Suceso, y es bajo esta invocación que deseo ser conocida en todo tiempo... Mi Santísimo Hijo desea darte todo tipo de sufrimientos. Y para infundirte el valor que necesitarás, Me lo quito de Mis brazos. Recíbele en los tuyos. Mantenlo en tu corazón imperfecto..."
La Santísima Virgen puso el Divino Niño en los brazos de la feliz religiosa, que Le abrazó y acarició con cariño. Mientras lo hacía, sintió en su interior un fuerte deseo de sufrir.
LA VIRGEN LE PIDE QUE HAGA UNA IMAGEN SUYA
Más adelante, en una nueva Aparición que tuvo lugar el 16 de Enero de 1599, la Santísima Virgen le dio a conocer diversos hechos futuros. Al despedirse de la Madre Mariana de Jesús, Nuestra Señora le manifestó:
“Es Voluntad de Mi Hijo Santísimo que tú misma mandes a trabajar una estatua Mía, tal como Me ves y la coloques encima de la Silla de la Prelada, para desde allí gobernar Mi Convento [...] para que entiendan los mortales que Yo Soy poderosa para aplacar la Justicia Divina, alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que acuda a Mí con corazón contrito, porque Soy la Madre de Misericordia y en Mí no hay sino Bondad y Amor”.
En los años siguientes, la religiosa sufrió un terrible calvario. Sólo el 5 de Febrero de 1610 se pudo contratar al escultor designado por Nuestra Señora.























