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sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



martes, 21 de julio de 2026

EXALTADA POR ENCIMA DE LOS COROS DE LOS ÁNGELES

 


                    "Te suplicamos, Señora Nuestra y Madre de Dios, exaltada por encima de los Coros de los Ángeles, que llenes el vaso de nuestro corazón con la Gracia celestial; que nos hagas resplandecer con el oro de la Sabiduría; que nos sostengas con la Potencia de Tu intercesión; que nos adornes con las preciosas piedras de Tus Virtudes y que derrames sobre nosotros, olivo bendito, el aceite de Tu Misericordia, con el que cubras la multitud de heridas de nuestros pecados; y así merezcamos ser elevados a las alturas de la Gloria Celestial y vivir eternamente dichosos con los Bienaventurados" 


San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia



jueves, 16 de julio de 2026

NUESTRA MADRE Y SEÑORA LA VIRGEN DEL CARMEN

  


                   En un momento de gran aflicción para la Orden del Carmen, el entonces Superior de la misma, San Simón Stock, suplicó a la Madre de Dios que le diese una señal de Su protección. Y el día 16 de Julio de 1251, en el Monasterio de Cambridge, en el Reino Unido, la Santísima Virgen se le apareció con el Divino Niño Jesús y le presentó un Escapulario, prometiéndole que todos los que con él muriesen no padecerían el fuego eterno. “Es, pues, una señal de salvación, salvaguardia en los peligros, alianza de paz y de protección sempiterna”, dijo la Madre de Dios, según la versión que nos transmite el General Grossi en su "Viridarium", escrito entre 1413 y 1426. No serían pocos los que pronto quisieron aprovechar esta Revelación de Nuestra Señora, entre ellos el propio Rey Eduardo II y Enrique, Duque de Lancaster, que vistieron el Escapulario del Carmen hasta la muerte.

                   El sentido de esta Promesa es que la persona que muere con el Bendito Escapulario recibirá de la Virgen María, a la hora de la muerte, la perseverancia en el estado de gracia si está en él, o, en caso contrario, el don de la conversión y de la perseverancia final.

                   La predilección de María Santísima por el Carmen fue confirmada de modo aún más maternal cuando se apareció al futuro Papa Juan XXII, entonces Cardenal Duèze, en Avignon, Francia. Allí Nuestra Señora, ampliaría la Promesa de salvación para los que vistiesen Su Escapulario, ya que le aseguró al futuro Papa que Ella daría una especial asistencia no sólo en esta vida, sino incluso más allá de ella, diciendo que los libraría del Purgatorio el primer Sábado después de su muerte.



CONDICIONES PARA RECIBIR EL BENDITO ESCAPULARIO

                   1ª- Que el Escapulario sea como prescribe la Iglesia, es decir, hecho con dos pedazos de lana (y no de otro material) unidos entre sí por cordones, de forma cuadrangular o rectangular y de color marrón.

                  2ª- Haber  recibido debidamente el Escapulario, es decir, impuesto por un sacerdote con poder para tal (actualmente cualquier sacerdote con uso legítimo de órdenes tiene ese poder).

                   3ª- Que una parte caiga sobre el pecho y otra sobre la espalda. (No es válido llevarlo en el bolsillo o carter

                   4ª- Guardar la castidad cada uno según su estado (perfecta para los solteros y matrimonial para los casados).

                   5ª- Rezar las oraciones prescritas: el Oficio Parvo de la Virgen o en su defecto, el rezo diario del Santo Rosario (al menos 5 Misterios).

                  6ª- OPCIONAL: guardar los días de ayuno propios de la Orden Carmelita, como son los Miércoles, Viernes y Sábados, aparte de la abstinencia de la carne; esta última condición no es obligatoria para los seglares, si bien pueden seguirla según sus circunstancias personales y siempre que cuenten con el beneplácito de un Director y no comprometan la salud corporal.




EL ESCAPULARIO DEL CARMELO ES SÍMBOLO DE LA
CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

                  En Sus recientes Manifestaciones, Nuestra Santa Madre ha querido recordar de alguna manera Su amor por el Escapulario; así por ejemplo la última Aparición de la Virgen en Lourdes tuvo lugar el 16 de Julio de 1858, Festividad del Carmen; también en Fátima, narra Sor Lucía Dos Santos que vio a Nuestra Señora en la Aparición del 13 de Octubre, vestida con el hábito del Carmelo; en 1961, sería en San Sebastián de Garabandal en donde la Madre de Dios volvería a manifestarse, con un Escapulario marrón pendiente del brazo...

                  Estas continuas referencias a Su Bendito Escapulario demuestran que la Virgen María desea que sigamos usando el Escapulario, como medio seguro de entregarnos a Ella y defensa contra los enemigos del alma. Así pues, el Escapulario no sólo es un sacramental, sino un símbolo tangible, una prueba palpable de nuestro amor y entrega a Nuestra Santa Madre, como lo sentenciaría el Papa Pío XII a mediados del siglo pasado:

                  "Todos los Carmelitas que forman por un especial vínculo de amor la misma familia de la Santísima Madre, reconozcan en este memorial de la Virgen (el Bendito Escapulario) un espejo de humildad y castidad; vean en la forma sencilla de su hechura un compendio de modestia y candor; vean sobre todo en esa librea que visten día y noche significada con simbolismo elocuente la oración con la cual invocan el auxilio divino; reconozcan, por fin en ella su Consagración al Corazón Sacratísimo de la Virgen Inmaculada..." (Pío XII, 11 de Febrero de 1950) 

                  Palabras claras del Papa, que serían confirmadas por la vidente de Fátima, Lucía Dos Santos:  "...ahora el Santo Padre lo ha afirmado así al mundo entero, diciendo que el Escapulario es signo de Consagración al Inmaculado Corazón. El Rosario y el Escapulario son inseparables" (Sor Lucía de Fátima, en una entrevista con el Padre Fray Howard Rafferty, O.C.D, el 15 de Agosto de 1950)




EL ESCAPULARIO DEL CARMEN, FUENTE DE INDULGENCIAS

              Indulgencias que podemos conseguir los que llevamos impuesto el Escapulario del Carmen y que podemos aplicar en favor de las Benditas Ánimas del Purgatorio:

             A) Indulgencias Plenarias

     1. El día que se impone el Escapulario y el que es inscrito en la Tercera Orden o Cofradía.

     2. En estas Fiestas de la Orden Carmelita:

a) Virgen del Carmen (16 de Julio)
b) San Simón Stock (16 de Mayo)
c) San Elías Profeta (20 de Julio)
d) Santa Teresa de Jesús (15 de Octubre)
e) Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (3 de Octubre)
f) San Juan de la Cruz (14 de Diciembre)
g) Todos los Santos Carmelitas (14 de Noviembre).

             B) Indulgencia Plenaria el día de Nuestra Señora del Carmen, 16 de Julio, o en la fecha que exactamente se celebre, tiene concedida una indulgencia plenaria.

             C) Indulgencia parcial: Se gana indulgencia parcial por vestir a diario el Santo Escapulario. Se puede obtener indulgencias además por por besarlo, así como por cualquier otro acto de afecto y devoción. Y no sólo al Escapulario Tradicional, el de tela, sino también a la medalla-escapulario.

    

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jueves, 2 de julio de 2026

LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA A SANTA ISABEL

 

                    La Fiesta de la Visitación es de origen franciscano, fue iniciativa del Doctor San Buenaventura; la instituyó el Papa Urbano VI en 1389 para impetrar el Cisma de Occidente; al año siguiente, el  nuevo Papa, Bonifacio IX promulgó la Bula Superni benignitas Conditoris,  con la cual extendía a toda la Iglesia la nueva festividad mariana.


            Porque ninguna cosa será imposible para Dios. Entonces María dijo: He aquí la Esclava del Señor; hágase Conmigo conforme a tu palabra. Y el Ángel se fue de Su presencia.

            En esos días María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y aconteció que cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre; e Isabel fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz y dijo: 

            ¡Bendita Tú entre las mujeres, y bendito el fruto de Tu vientre! ¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí?. Porque he aquí, apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó que tendrá[ab] cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor. 

            Entonces María dijo: Mi Alma engrandece al Señor, y Mi Espíritu se regocija en Dios Mi Salvador.


Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 37-47



                    Al mismo tiempo que el Ángel anunció a María la Encarnación del Hijo de Dios, le dio parte del preñado a Su prima Santa Isabel, que, aunque estéril y de edad muy avanzada, tenía en su vientre seis meses, había un hijo milagroso destinado a ser precursor del verdadero Mesías. 

                    Llenó de gozo a la Virgen esta noticia; y considerando la fortuna de aquella dichosa mujer escogida de Dios para madre del precursor de Su amantísimo Hijo, la obligación que tenía de ir cuanto antes a darle el parabien de aquella dicha, los vivos deseos que sentía de servirla, y dándole el Señor un claro conocimiento de las maravillas que quería obrar por Ella en aquella misteriosa visita, partió sin dilación para hacerla en aquel mismo día; porque como dice San Ambrosio, la caridad no sufre tardanzas ni dilaciones. 

                    El camino era dilatado y penoso; y había que viajar desde Nazaret a Hebron, ciudad sacerdotal situada en la parte meridional de Judá, sobre unas escarpadas montañas, a diez o doce leguas de Jerusalen, a treinta y ocho o cuarenta de Nazaret. No era viaje fácil a una doncella tan tierna como la Santísima Virgen; pero el celo y la caridad le allanaron las dificultades, sin acobardarla las fatigas del camino, porque toda Su ansia era seguir la divina inspiración y publicar las grandezas del Señor, como dice el mismo San Ambrosio.

                    Habiendo llegado a Hebrón, se encaminó directamente a la casa de Zacarías, a cuya puerta encontró a su prima que salía a recibirla. Abrazóla tiernamente, saludándola y apenas despegó los labios, cuando el niño de seis meses, que estaba en las entrañas de Isabel, se halló de repente iluminado con una luz celestial; conoció perfectamente la majestad y la grandeza de los huéspedes que le hacían tanta honra, y desde la oscura prisión del materno albergue, ya que no podía hablar, adoró a Jesús como pudo, dando dentro de él un prodigioso salto en señal, dice San Pedro Crisólogo, de su respeto y de su gozo. 

                    Notó Isabel tan alegre movimiento, y comunicándose en el mismo instante a la madre la luz sobrenatural que alumbraba al hijo, conoció el incomprensible Misterio de la Encarnación del Verbo, de manera que llena su alma del Espíritu Santo, no cabiendo el gozo en las estrechas márgenes del pecho, comenzó a exclamar en alta voz: "Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de Tu vientre." ¿De dónde a mí tanta dicha, que venga a visitarme la Madre de mi Dios y Señor? Favor que no soy capaz de agradecer dignamente, dejándome tan llena de asombro como de confusión. El mismo niño que tengo en mis entrañas ha conocido cuánto vale Tu celestial Presencia, saltando de alegría dentro de ellas luego que llegaron a  mis oídos las primeras palabras de Tu dulce salutación. Dichosa mil veces Tú, querida prima mía, que con noble sencillez y sin dar lugar a la menor duda, creíste humildemente cuando el Ángel Te anunció de parte de Dios. Sí por cierto, porque el Todopoderoso, que comenzó en Ti cosas tan grandiosas y tan altas, las acabará y las perfeccionará, como Tú lo has esperado. Él Te empeñó Su Palabra, pues Él Te la cumplirá.

                    La respuesta de la Virgen fue humilde y modesta. Ocultando cuanto podía ceder en su alabanza, rindió al Señor la Gloria de todo, y solo trató de lo obligada que estaba a Su Beneficencia. Animada del Espíritu Santo, de que estaba llena, prorrumpió entonces en aquel divino cántico, el primero del Nuevo Testamento, el cual solo hace infinitas ventajas a todos los del Antiguo; y tanto por el espíritu de devoción que respira en cada sílaba, como por la noble elevación de los pensamientos y por la majestuosa soberanía del estilo, es el más precioso monumento de la profunda humildad de María, el acto más auténtico y perfecto reconocimiento y el modelo más excelente para dar gracias al Cielo, que nos ha dejado el mismo que le inspiró.

                    "Engrandece, Alma Mía, al Señor, -dijo la Virgen-, obrador de tantas maravillas, y sea para solo Él toda la Gloria. No puedo pensar en ellas sin sentir todo Mi Corazón preocupado de alegría en aquel Señor que adoro como a Mi Dios, que venero como a Mi Salvador, y que amo como a Mi Hijo. Dignóse poner los ojos en Mi humildad, y elevó Su vil esclava a la Dignidad de Madre Suya. Bien sé que por esto Me admirarán tosas las naciones, y ensalzarán perpetuamente Mi dicha en los siglos venideros; pero si es que se halla en Mí alguna cosa grande y elevada, a Él solo Se le debe toda la Gloria, Él fue quien Me engrandeció, y a Él le debo todo cuanto soy. Nada soy por Mí Misma; Él es el Autor de las maravillas que todas las naciones admirarán y publicarán de Mi persona, las que ni aun Yo Misma puedo bastantemente engrandecer. Confesarán las mismas naciones que el Todopoderoso hizo en Mí cosas grandiosas, y que no es menos poderosa Su Omnipotente mano que Santo Su Nombre agradable. En mil ocasiones experimentaron nuestros padres los excesos de Su Misericordia. 

                    ¿Qué prodigios no hizo por defender a los que temían? Desplegó toda la fuerza de Su brazo, combatió por ellos, desconcertó los planes de Sus enemigos, derribó del trono a los soberbios monarcas que los amenazaban con Su total ruina; y como el Señor Se complace en abatir a los que se engríen, y en elevar a los que se humillan, después de haber abatido el orgullo de los tiranos, ensalzó a los humildes, y llenó de hartura a los pobres, mientras los ricos privados de sus riquezas perecían de hambre. Faraón sumergido, Saúl reprobado, humillado Roboam, Olofernes abatido, Amán desgraciado, y Nabucodonosor que presumía de deidad confundido con los brutos, mientras los más viles Siervos de Dios se veían exaltados; todo esto acredita cuánto ama el Señor a los humildes.

                    Y aunque es así que todos los verdaderos israelitas, todos los fieles siervos Suyos recibieron de Su mano gracias extraordinarias en todas las edades del mundo; pero en este tiempo muy particularmente la Misericordia de Dios ha hecho resplandecer Su Bondad en su favor. Viene a salvarlos, quiere vivir entre ellos y morir por ellos, no habiendo echado en olvido la promesa que hizo a Abraham y a los de su linaje, de derramar en sus hijos los tesoros de Sus misericordias."

                    De esta manera, con un portentoso rayo de luz sobrenatural descubrió, digámoslo así, de una sola ojeada la Santísima Virgen todas las antiguas promesas y profecías, con el pleno cumplimiento de todas ellas, mil veces más iluminada y más privilegiada Ella sola que todos los profetas juntos. Conocióse bien, dice San Ambrosio, en aquella admirable conversación de María y de Isabel que ambas profetizaban con un mismo espíritu duplicado, uno el que inspiraba a la madres, y otro el que llenaba a los hijos: Duplici miraculo prophetan Matres spiritu parvulorum.


Jean Croisset, "Año Cristiano"



sábado, 27 de junio de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO, la historia de un icono milagroso

  

ORIGEN DEL ICONO


                   Según una piadosa tradición del siglo XVI que ha llegado hasta nuestros días, un mercader de la isla de Creta robó una imagen milagrosa de una de las iglesias de la isla. La escondió entre sus cosas y zarpó hacia occidente. Gracias a la Divina Providencia se salvó de una terrible tempestad llegando a tierra firme. Después de un año, más o menos, llegó a Roma con la imagen robada.

                   En Roma cayó gravemente enfermo y fue en busca de un amigo que pudiera ayudarle. Cuando estaba a punto de morir, reveló al amigo su secreto sobre la imagen sagrada y le suplicó que la colocara en una iglesia. El amigo prometió hacerlo atendiendo sus deseos, pero también él murió sin haber cumplido la promesa.

                   Finalmente, la Bienaventurada Virgen se apareció a la pequeña hija de seis años de una familia romana diciéndole que indicara a su mamá y a su abuela que la imagen de la Virgen María del Perpetuo Socorro debía colocarse en la iglesia de San Mateo Apóstol, situada entre las Basílicas de Santa María Mayor y San Juan de Letrán.





           
                   La tradición cuenta cómo después de muchas dudas y diversas dificultades, "la madre obedeció y, tras consultar con el clero responsable de dicha iglesia, la imagen de la Virgen fue colocada en San Mateo el 27 de Marzo de 1499". Allí fue venerada durante 300 años. Enseguida comenzó la segunda etapa vinculada a la historia del icono. La devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro se extendió por toda Roma.

LA BENDITA IMAGEN QUEDA OLVIDADA

                   En 1798, Roma fue devastada por la guerra, y el monasterio y la iglesia fueron casi totalmente destruidos. Varios Agustinos permanecieron aún allí por algún tiempo pero, al final, también debieron marcharse. Algunos regresaron a Irlanda, otros se dirigieron hacia nuevas fundaciones en América, mientras que la mayor parte se trasladó a algún monasterio cercano. Fue este último grupo el que llevó consigo la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Comienza así la etapa de su historia, el tiempo de los "Años ocultos".

                   En Enero de 1855, los Misioneros Redentoristas (fundados por San Alfonso María de Ligorio) compraron "Villa Caserta", en Roma, convirtiéndola en Casa Generalicia de la Congregación Misionera que ya se había extendido por toda Europa occidental y por América del Norte. En esta misma propiedad, en Via Merulana, se encontraron las ruinas de la iglesia y del monasterio de San Mateo. Sin saberlo en aquel momento, compraron el terreno que, muchos años antes, había elegido la Virgen como santuario suyo, entre Santa María Mayor y San Juan de Letrán.

                   Cuatro meses después se comenzó la construcción de una iglesia en honor del Santísimo Redentor, dedicada a San Alfonso de Ligorio, Fundador de la Congregación. El 24 de Diciembre de 1855, un grupo de jóvenes comenzaba el Noviciado en esta nueva casa. 

                   Los Redentoristas demostraron tener un enorme interés por la historia de la propiedad adquirida; mucho más cuando, el 7 de Febrero de 1863, un famoso predicador jesuita, el Padre Francesco Blosi, hizo referencia en su sermón al tema del icono de María que "estuvo en la iglesia de San Mateo en Via Merulana y que era conocido como "La Virgen de San Mateo" o, más exactamente, como la "Virgen del Perpetuo Socorro".

                   En otra ocasión, el cronista de la Comunidad Redentorista, "examinando algunos autores que escribieron sobre la antigüedad romana, se encontró con referencias a la iglesia de San Mateo. Entre éstas, había una cita en que se hablaba de la iglesia (que había estado situada dentro del perímetro del jardín de la comunidad) y en la que había habido un antiguo icono de la Madre de Dios que gozó de gran veneración y fama debido a sus milagros". Luego, "tras contar todas estas cosas a la comunidad, se abrió un debate sobre cómo encontrar la imagen. El Padre Marchi se acordó de todo lo que le había contado Fray Agustín Orsetti y dijo a sus cohermanos que había visto aquel icono con mucha frecuencia y que sabía dónde se hallaba".




            
SE REANUDA EL CULTO AL ICONO Y COMIENZA SU PROPAGACIÓN

                    Con este nuevo conjunto de informaciones, el interés de los Redentoristas creció y quisieron saber aún más del icono y de cómo conseguirlo para su iglesia. El Superior General, Padre Nicolás Mauron, escribió una carta al Papa Pío IX pidiéndole a la Santa Sede que le concediera el icono del Perpetuo Socorro a fin de colocarlo en la nueva iglesia del Santísimo Redentor y San Alfonso que se había construido cerca del lugar en que se encontraba la antigua iglesia de San Mateo. El Papa accedió a esta petición y en el reverso de la misma solicitud escribió de su puño y letra justamente lo siguiente:


                   "El 11 de Diciembre de 1865: El Cardenal Prefecto de Propaganda debe llamar al Superior de la Comunidad de Santa María en Posterula diciéndole que es Nuestro deseo que la imagen de la Santísima Virgen, de la que se habla en esta petición, sea nuevamente colocada entre San Juan y Santa María Mayor. Los Redentoristas se encargarán de reemplazarla con otra imagen adecuada".

                   Según la tradición, fue entonces cuando el Papa Pío IX dijo al Superior General de los Redentoristas: "Dadla a conocer al mundo entero". En el mes de Enero de 1866, los Padres Michele Marchi y Ernesto Bresciani fueron a Santa María en Posterula para recibir la imagen de manos de los Agustinos.

                   Hubo que proceder a la limpieza y restauración del icono. La tarea se le confió al artista polaco Leopold Nowotny. Finalmente, el 26 de Abril de 1866, la imagen fue expuesta nuevamente a la pública veneración en la iglesia de San Alfonso en Via Merulana.

                   Con este hecho dio comienzo la más esplendorosa etapa de su historia: la difusión del icono por el mundo entero.


ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA
SANTA MARÍA DEL PERPETUO SOCORRO


                    Santísima y siempre Pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del Mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonáis, a ninguno despreciáis ni dejáis desconsolado a quien recurre a Vos con corazón humilde y puro.

                    No me desechéis por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandonéis por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me privéis de Vuestra gracia y de Vuestro amor, pues soy Vuestro hijo.

                    Escuchad a este pecador que confía en Vuestra misericordia y piedad: socorredme, Piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de Vuestro querido Hijo, Omnipotente Dios y Señor Nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de Vuestro amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

                    En los últimos momentos de mi vida, sed mi piadosa Auxiliadora y librad mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquél que por espacio de nueve meses llevasteis en Vuestro purísimo seno y con Vuestras manos reclinasteis en el Pesebre, Vuestro Hijo y Señor Nuestro Jesucristo, que es Bendito por los siglos de los siglos. Amén.





sábado, 20 de junio de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre Castísima

 

"El Espíritu Santo vendrá sobre Ti,
y el poder del Altísimo Te cubrirá
con su sombra; por eso, el Santo
que nacerá de Ti, será llamado
Hijo de Dios" 


Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 35



                    La Encarnación del Verbo no es solo un Misterio de nuestra Fe, sino también el mayor milagro que el poder de Dios haya realizado jamás.

                    Nada, en efecto, supera más los poderes de la naturaleza que la unión de una Persona divina, increada e infinita, con la naturaleza humana, creada y finita. Pero Dios quiso añadir otro milagro asombroso al primero: la concepción virginal de Jesús en el vientre de María, quien, por un privilegio singular, fue visitada por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra para que concibiera y diera a luz al Verbo de Dios.

                    Así como no puede haber mayor dignidad en una criatura pura que la de cooperar inmediatamente con el Espíritu Santo en la formación del cuerpo de un Dios, no es de extrañar que Dios haya dejado de lado las leyes de la naturaleza para salvaguardar la virginidad de su Madre.

                    ¡Maravilla indescriptible! ¡Qué vívidamente nos revela el amor del Espíritu Santo por su Esposa, y cómo realza ante nuestros ojos la sublime dignidad de la Madre de Dios!

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María, como toda otra obra maravillosa de Dios, debe atribuirse a la acción común de las Tres Personas Divinas, quienes, teniendo la misma naturaleza, se unen en todas sus obras ad extra . Sin embargo, es al Espíritu Santo a quien atribuimos esta concepción virginal, y esto por varias razones.

                    En primer lugar, la Encarnación es una obra de amor, puesto que Dios se hizo hombre por el amor que nos tuvo; ahora bien, el Espíritu Santo es precisamente, en la Santísima Trinidad, el amor consustancial del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre.

                    Además, por su unión con el Verbo, la santísima Humanidad de Jesús se convirtió en la mayor maravilla de la perfección espiritual, habiendo sido elevada, ennoblecida y glorificada por encima de todas las cosas creadas por la luz de la Divinidad: ahora bien, es al Espíritu Santo a quien atribuimos la obra de la gracia y todos los frutos de santificación que de ella emanan.

                    Finalmente, la Encarnación tuvo como fin la redención del género humano, al cual Jesucristo había de admitir a participar de las gracias, de las cuales poseía la plenitud. Ahora bien, esta santificación, que tiene su origen en Jesucristo, es precisamente obra del Espíritu Santo. Por lo tanto, es justo que atribuyamos la realización de este gran misterio a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

                    Por estas razones, María es el templo elegido, el santuario único del Espíritu Santo: un santuario tan hermoso, tan rico en dones divinos, que todos los demás santuarios palidecen en comparación.

                    Alégrate, alma mía, porque tales bendiciones nos han llegado por obra del Espíritu Santo en María. Repite con santa exultación estas palabras con las que el Esposo Celestial se complació en dirigirse a esta Madre incomparable: «Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres una fuente sellada: tus plantas son un paraíso de delicias».

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María no solo pone de relieve la Doctrina de la Maternidad Divina junto con la de la Divinidad de Jesucristo, sino que también es una prueba elocuente de que, más allá del orden natural, existe una vida sobrenatural, que es el fin de todas las cosas creadas.

                    Pues, si Dios quiso que semejante intervención milagrosa del Espíritu Santo tuviera lugar en la concepción del Redentor de la humanidad, podemos deducir de ello que el alcance de la Encarnación trasciende todo lo que el orden natural comprende. De hecho, Jesucristo se hizo hombre para concedernos la gracia en esta vida y la recompensa de la gloria en la venidera.

                    Demos gracias al Espíritu Santo por haber cubierto con su sombra a María y, de este modo, habernos concedido el conocimiento de esta gran verdad: que hemos sido creados para el cielo, y solo para el cielo.

                    Santa Isabel, hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposa de Luis, landgrave de Turingia, fue desde su más tierna juventud sumamente devota de la gloriosa Reina del Cielo. Siempre se complacía en venerarla y en que todos con quienes entraba en contacto la veneraran. Nunca se cansaba de recitar la Salutación Angélica en honor de la Madre de Dios.

                    Entre las virtudes más destacadas de Santa Isabel, se encontraba su amor por la santa pobreza. Esta la aprendió en la escuela de la Santísima Virgen María, pues la Reina del cielo y de la tierra practicó la pobreza durante toda su vida terrenal. Este espíritu de pobreza inspiró en Santa Isabel un profundo desprecio por las posesiones terrenales, al punto de detestar todo lo que no fuera estrictamente necesario, y ni siquiera conservaba lo que correspondía a su dignidad de reina. En una ocasión, en la Fiesta de la Asunción, mientras asistía a la solemne misa, se quitó la corona real ante todos los presentes y, apartando los cojines que le habían preparado, se arrodilló en el suelo, declarando que tales adornos no eran propios de una sierva de Jesucristo, puesto que Él, el Rey del cielo y de la tierra, había vivido siempre con humildad y había muerto coronado de amargas espinas.

                    Tras la muerte de su esposo, Isabel sufrió las más feroces persecuciones. Movida por la envidia y el odio de los grandes nobles, se corrió la voz de que, con sus limosnas, había malgastado el tesoro de la Corona. Por este motivo, fue expulsada de la corte, expuesta a toda clase de insultos y, finalmente, obligada a refugiarse en una pequeña cabaña, donde padeció terriblemente de hambre y de las inclemencias del tiempo. En medio de estas tribulaciones, siempre soportadas con heroica paciencia, recibió la amorosa ayuda de la Santísima Virgen, su dulce patrona, quien incluso se dignó a aparecerse ante ella y hablarle.

                    Finalmente, Santa Isabel recuperó su dignidad original. Pero en lugar de disfrutar plácidamente de los placeres y honores de su rango, renunció a todo lo mundano y pidió vestir el hábito de San Francisco. Durante el resto de su vida, se dedicó incansablemente a la penitencia y la humildad. Finalmente, invitada por su Esposo celestial al banquete nupcial del paraíso, cambió las lágrimas de su exilio por las alegrías del cielo, falleciendo en Marburgo, Alemania, el 19 de Noviembre de 1231.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


domingo, 26 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre del Buen Consejo

 

"Míos son el consejo y la justicia, 
mía la prudencia, mía la fuerza"


Libro de los Proverbios, cap. 8, vers. 14


                    Dios, que desea la salvación del hombre y que, por Su infinita Bondad, le provee los medios necesarios para alcanzar su fin último, nos ha provisto, en medio de las perplejidades de la vida, de un medio seguro para resolver nuestras dudas, al impartirnos el don del Consejo.

                    Por este don nos sentimos impulsados ​​a acudir al Espíritu Santo, a obtener de Él luz en nuestras ansiedades y un conocimiento claro de lo que debemos hacer para agradar a Dios y salvar nuestras almas. El Espíritu Santo, como un padre tierno, escucha el clamor de nuestro corazón y, en Su infinita generosidad, envía un rayo de Luz celestial para iluminar nuestra alma, disipar su oscuridad, mostrarle el camino que debe seguir y llenarla de seguridad y paz. Entonces nuestra alma puede clamar con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?. El Señor es el protector de mi vida; ¿de quién tendré miedo?». ¡Qué precioso es este don del consejo!. Pidámoselo a Dios con toda humildad y perseverancia.

                    Después de Jesús, María es esa criatura privilegiada que poseía en grado superlativo el don del Consejo. Su Alma, en efecto, siempre estuvo volcada hacia Dios, a cuyas inspiraciones respondía con prontitud. En Ella, mucho más que en ningún otro Santo, se cumplen plenamente las siguientes palabras: «Que el consejo te guarde y la prudencia te conserve». Y esta prontitud con la que María se volvía a Dios en todo y percibía las luces que Él le enviaba, preservó Su Alma santa en perfecta paz. Esta paz la acompañó siempre e impartió a cada una de Sus acciones un resplandor celestial.

                    Sin embargo, fue en dos circunstancias de su vida en particular donde María demostró poseer el don sobrenatural del consejo en un grado superior.

                    La primera fue en el momento de Su Presentación en el Templo. Entonces comprendió claramente lo grato que sería para Dios que se consagrara a Él mediante un voto de virginidad perpetua; y no esperó a tener más edad para cumplir este voto, demostrando así cómo Sus acciones estaban eminentemente caracterizadas por el don de Consejo que animaba cada una de ellas.

                    Nuevamente, en el momento de la Anunciación, este don resplandeció en María con un esplendor aún mayor. Aclamada por el Ángel como «llena de gracia» y exhortada por él a dar Su consentimiento para la realización de la Encarnación, la Santísima Virgen preguntó al Mensajero celestial acerca de las disposiciones de la Voluntad Divina respecto a ella; y al conocerlas, se ofreció sin reservas como humilde Sierva del Señor.

                    Oh Mujer sin igual, concédeme que, como Tú, pueda recurrir frecuentemente a las luces del Espíritu Santo, para que pueda conocer y cumplir en todas las cosas la Santa Voluntad de Dios, y para que en Ella encuentre la paz perfecta.

                    Así como quien recurre al consejo sabio se encamina hacia la seguridad, también quien descuida buscar consejo se expone a su propia ruina. El castigo que Dios suele infligir a los individuos y pueblos que, deliberadamente, pisotean Su Ley y violan Su Justicia, consiste en retirarles la guía del Espíritu Santo y dejarlos a merced de sus propias inclinaciones perversas: «Los dejo ir según los deseos de su corazón».

                    La consecuencia natural de la pérdida del don del Consejo es una temeridad obstinada, a la que vemos sucumbir en los impíos: esta insensatez suele ser precursora de la ruina y la muerte. El hombre carnal, que solo desea los bienes de este mundo y los placeres de los sentidos, se ve impulsado por un instinto ciego a buscar disfrutes; sin embargo, tarde o temprano, estas mismas cosas lo arrastran como un torbellino y perece miserablemente.

                    ¡Cuidado, alma mía, de despreciar la Luz del Espíritu Santo!. Recurre más bien al Autor de todo bien, diciendo con fe y humildad, como el Profeta: «Escucharé lo que el Señor me diga, porque Él anunciará la paz a su pueblo».

                    San Luis María Grignion de Montfort, llamado así por el castillo donde nació, manifestó desde temprana edad una gran devoción a la Santísima Virgen. Siendo aún niño, solía llamar a María con el dulce nombre de Madre y se alegraba al oír hablar de Sus virtudes y dignidad. Además, a veces le gustaba apartarse de sus compañeros para rezar el Rosario y cantar alabanzas a esta gloriosa Reina; y otras veces invitaba a otros a unirse a él en este piadoso acto.

                    Esta devoción se hizo más ferviente con el paso de los años, tanto que, al envejecer, sintió crecer en su interior un amor aún mayor por la Madre de Dios y de los hombres. Al ser ordenado Sacerdote, se entregó por completo a la obra de salvar almas, especialmente mediante las misiones, en las que nunca dejó de invocar la poderosa intercesión de María. Esta Reina celestial, como una madre amorosa, se dignó bendecir su labor con abundantes frutos, a pesar de las feroces persecuciones que sufrió.

                    En efecto, a María recurría en todas sus tribulaciones. A Ella consagraba todos sus trabajos y sufrimientos. Cada día, al terminar su labor, se postraba ante Su Altar como para obtener de Ella consuelo y alivio.

                    Tan ardiente era su deseo de incorporar a los Fieles al servicio de la Reina del Cielo, que, entre otros esfuerzos por propagar la devoción a Ella, pensó en establecer en todas partes la Cofradía del Santísimo Rosario.

                    Además, fundó una Congregación: los Misioneros de la Compañía de María, quienes se consagraron continuamente a esta santa obra. Fue principalmente gracias a esta singular devoción a la Madre de Dios que logró convertir a numerosos pecadores, santificar muchas almas y preservar al pueblo cristiano de la herejía del jansenismo, que se había infiltrado por doquier.

                    El nombre de San Luis María Grignion permanecerá siempre querido por los devotos de María gracias a un libro lleno de sabiduría celestial que escribió sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En este libro, el Apóstol de la Reina del Cielo enseña cómo consagrarnos por completo a Ella, poniendo en Sus manos todo lo que tenemos y todo lo que hacemos, para que sea nuestra Mediadora ante Su Hijo.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



sábado, 18 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Patriarcas


"En lugar de tus padres, tus hijos 
serán tu trono; los harás 
príncipes sobre toda la tierra"

Salmo 44:17


                    Por el Don de la Piedad, el Espíritu Santo nos inspira a amar a Dios como a Nuestro Padre, a quien rendimos el respeto, el honor y la adoración que un hijo obediente rinde al autor de sus días, según las palabras de San Pablo: «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba (Padre)!».

                    El Don de la Piedad actúa sobre nuestros corazones como el fuego sobre la cera. Los ablanda, de modo que se vuelven capaces de recibir las impresiones del Amor paternal de Dios; los llena de tierno afecto, mezclado con profunda reverencia por todo lo que pertenece al culto divino. Bajo la influencia de esta impresión, podemos decir con San Juan: «¡Mirad qué gran Caridad nos ha concedido el Padre, al llamarnos hijos de Dios!».

                    Este espíritu nos impulsa a abrir nuestros corazones a Dios, con toda confianza y sencillez, para mantener una dulce conversación con Él, caracterizada por el amor más ardiente y la libertad perfecta.

                    Ese amor filial y reverente que la Piedad engendra en nuestros corazones incluye, después de Dios, a todos aquellos que están más íntimamente unidos a Él: Ángeles, Santos, Sacerdotes, etc. La Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras, se convierte también, mediante la Piedad, en objeto de un Amor y respeto especiales.

                    Oh Señor, enriquece mi alma con este precioso don, porque nadie es tan padre como Tú, ni nadie tan tierno y compasivo: Tam pater nemo, tam pius nemo.

                    Si se nos concediera contemplar el Alma de María, nos dejaríamos llevar por la admiración ante los sentimientos de Amor Divino con los que el Don de la Piedad la inspiró, un espectáculo digno de llenarnos de Santa Alegría. ¡Qué dulzura de comunión con el Esposo de Su Alma!. ¡Qué confianza en Su abandono a la Providencia de Dios en medio de Sus dolores!. ¡Qué generosidad en Sus arrebatos de Amor!. ¡Qué elevada aspiración!. ¡Qué conformidad a la Voluntad Divina en las pruebas de la vida!. ¡Qué ardor y singularidad de propósito en Su búsqueda de la Gloria de su Maestro!. ¡Qué amargo dolor al ver los ultrajes infligidos a Su Bienamado!.

                    Fue este mismo Don de Piedad el que la impulsó a dedicar sus energías al servicio del Templo, considerándolo por encima de los palacios más espléndidos de los reyes. Asimismo, este don la inspiró una santa veneración por las Sagradas Escrituras, y sobre todo por las palabras de Su Hijo Jesucristo, pues leemos que «guardaba todas estas palabras en Su Corazón». Sentía también un amor y una reverencia especiales por su Ángel de la guarda. En definitiva, aunque veía a los Apóstoles muy inferiores a Ella en gracia y virtud, los estimaba como Ministros de Su Hijo y los amaba con un verdadero amor maternal.

                    El Don de la Piedad no solo nos lleva a amar y venerar a Dios como Nuestro Padre y a mostrar la más alta reverencia por todo lo que le está consagrado, sino que además nos impulsa a atender las necesidades de aquellos que sabemos que se encuentran en situación de desamparo corporal o espiritual.

                    Las obras de misericordia corporales son siete: dar de comer al hambriento y de beber al sediento; dar cobijo al desamparado; vestir al desnudo; visitar a los enfermos; consolar a los presos; redimir a los cautivos; enterrar a los muertos. – Las obras de misericordia espirituales también son siete: instruir al ignorante; amonestar a los pecadores; aconsejar al que duda; consolar al afligido; soportar con paciencia las ofensas; perdonar las ofensas; orar por los vivos y los muertos.

                    Resulta difícil discernir la perfección con la que María practicaba estas distintas obras de misericordia. Sin embargo, una cosa es segura: el vicio de la envidia, opuesto al Don de la Piedad, jamás penetró en Su Corazón Inmaculado.

                    El Beato Mateo Lazzari nació en Città della Pieve, en Umbría, a finales del siglo XIII. Siendo aún niño, decidió consagrarse por completo a Dios, en una de las Órdenes Religiosas aprobadas por la Iglesia, para agradar más a la Divina Majestad. Entre las distintas Órdenes que se le presentaron, escogió la de los Siervos de María, debido a la especial devoción que sentía por la Madre de Dios, deseando así consagrarse enteramente a Su servicio.

                    Por lo tanto, solicitó el ingreso en esta Orden, que poseía un monasterio en su ciudad natal. Fue admitido entre los estudiantes y, al comprobarse que poseía una capacidad intelectual extraordinaria, fue enviado a la célebre Universidad de París para estudiar Humanidades y Teología.

                    Se dedicó con tal ahínco al estudio que obtuvo el título de Doctor en Teología y regresó a su patria con el prestigioso reconocimiento del conocimiento teológico, al que se sumó una especial santidad. Por ello, su Orden le confió numerosos cargos importantes, que desempeñó con plena satisfacción, hasta que en 1344, el Sumo Pontífice Clemente VI lo puso al frente de la Orden, la cual gobernó hasta su muerte.

                    Era muy devoto de la Virgen María y le encantaba venerarla en el Misterio de Su Inmaculada Concepción. Defendía con fervor esta verdad. Mediante su predicación y conversación, solía proponer esta hermosa devoción a los Fieles. En las disputas públicas, siempre se ponía del lado de quienes creían en la Inmaculada Concepción de la Virgen. En su cargo de Superior General de la Orden, encontró la manera de inducir a un gran número de personas a compartir estos piadosos sentimientos de devoción a María, incluyéndolos en sus actos públicos e invocando su poderoso Patrocinio para el beneficio de sus hermanos religiosos. Además, solía usar la siguiente invocación al impartirles su bendición: «Que la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María sea vuestro amparo y protección».

                    Lleno de años y méritos, fue llamado a las alegrías del Cielo en el año de Nuestro Señor 1348. Inmediatamente después de su muerte, el pueblo lo invocó como "Beato", aunque su culto aún no ha sido reconocido por la Iglesia.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María