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jueves, 30 de julio de 2026

ABOLIRÁ DE MODO COMPLETO LA SANTA MISA

 


                    La Venida Segunda es imprevisible y es previsible a la vez… Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo… no diré cierta, pero sí, como dicen, «inminente». Se olerá en el aire, como las tormentas; pero no por todos, ciertamente, sino por muy pocos...

                    El Anticristo no será un demonio sino un hombre demoníaco, tendrá “ojos como de hombre” levantados con la plenitud de la ciencia humana y hará gala de humanidad y humanismo; aplastará a los santos y abatirá la Ley, tanto la de Cristo como la de Moisés; triunfará tres años y medio hasta ser muerto sirte manu, no por mano de hombre; hará imperar la “abominación de la desolación'’, o sea, el sacrilegio máximo; será soberbio, mentiroso y cruel, aunque se fingirá virtuoso; fingirá quizás reedificar el templo de Jerusalén para ganarse a los judíos, pero para sí mismo lo edificará y para su ídolo Maozím; idolatrará la fuerza bruta y el poder bélico, que eso significa Maozím: fortalezas o munimentos; y quizás adorando ai mismo personal demonio Mavorte o Mane, que adoraron los paganos; pero él será ateo y pretenderá él mismo recibir honores divinos; en qué forma no lo sabemos: como Hijo del Hombre, como verdadero Mesías, como encamación perfecta y flor de lo humano soberbiamente divinizado, como Fuhrer, Duce, Caudillo y Salvador de los hombres, como Resucitado de entre los muertos. Fingirá quizás haber resucitado de entre los muertos; ¿usurpará fraudulenta la personalidad de un muerto ilustre? ¿O restaurará un imperio antiguo ya muerto?

                    ...El Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación del Apocalipsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos, porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado. 

                    Abolirá de modo completo la Santa Misa y el culto público durante 42 meses, 1.260 días. Impondrá por la fuerza, por el control de un estado policíaco y por las más acerbas penas, un culto malvado, que implicará en sus actos apostasíay sacrilegio; y en ninguna región del mundo podrán escapar los hombres a la coacción de este culto. Tendrá por todas partes ejércitos potentes, disciplinados y crueles. Impondrá universalmente el reino de la iniquidad y de la mentira, el gobierno puramente exterior y tiránico, una libertad desenfrenada de placeres y diversiones, la explotación del hombre, y su propio modo de proceder hipócrita y sin misericordia. Habrá en su reinado una estrepitosa alegría falsa y exterior, cubriendo la más profunda desesperación. En su tiempo acaecerán los más extraños disturbios cósmicos, como si los elementos se desencuadernaran; que él pretenderá dominar en su potencia. 

                    La humanidad estará en la más intensa expectativa, y la confusión más grande reinará entre los hombres. Rotos los vínculos de familia, amistad, lealtad y consorcio, los hombres no podrán fiarse de nadie; y recorrerá el mundo, como un tremor frío, un universal y despiadado sálvese quien pueda. Se atropellará lo más sagrado y ninguna palabra tendrá fe, ni pacto alguno vigor, fuera de la fuerza. La caridad heroica de algunos fieles, transformada en amistad hasta la muerte, sostendrá en el mundo los islotes de la Fe; pero ella misma estará de continuo amenazada por la traición y el espionaje. Ser virtuoso será un castigo en sí mismo, y como una especie de suicidio...


Extraído de "El Apokalipsis de San Juan", 
cuad. III, visión 11, del Padre Leonardo Castellani 



NOTA BIOGRÁFICA

            El Padre Leonardo Castellani nació el 16 de Noviembre de 1899 en Reconquista, Santa Fe, Argentina. En 1913 se incorporó al colegio "La Inmaculada", de los Padres Jesuitas, en donde cursó bachiller en 1917. El 27 de Julio de 1918 ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. En 1929 viajó a Roma y allí fue ordenado Sacerdote, el 27 de Julio de 1930. Cinco años después, ya terminados sus estudios en Psicología, Filosofía y Teología, regresó a Argentina. Se dedicó a la docencia y al periodismo, mientras consolidaba su prolífica vocación de escritor: más de 60 títulos, varios de ellos aún inéditos, que abarcan todos los géneros y temáticas. Entregó su alma a Dios el 15 de Marzo de 1981.



jueves, 2 de abril de 2026

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, DONDE JESÚS NUESTRO SEÑOR DERRAMÓ TODAS LAS RIQUEZAS DE SU AMOR

 


                    Sabiendo Jesús que era llegada Su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo Nuestro amable Redentor en la última noche de Su Vida que era ya llegado el tiempo de morir por el hombre, por el que tanto había suspirado, no pudo Su amoroso Corazón consentir en dejarnos solos en este valle de lágrimas. Para no separarse, pues, de nosotros ni aún por la muerte, quiso quedarse y dársenos a Sí Mismo en alimento en el Sacramento del Altar, haciéndonos entender con esto, que después de este Don Infinito nada más tenía ya que darnos para probarnos Su Amor. 

                    Hasta el fin los amó. Es como si hubiera querido decir, los amó con un Amor sin fin y sin medida. Jesús en este Sacramento hizo el último esfuerzo de Amor para con los hombres, como dice el Abad Guerrico. Pero todavía fue mejor explicado esto por el Santo Concilio de Trento, el que hablando del Sacramento del Altar, dice que Nuestro Salvador derramó en él, por decirlo así, todas las Riquezas de Su Amor para con nosotros. 

                    Tenía, pues, razón el angélico Santo Tomás en llamar a este Sacramento, Sacramento del Amor, y Prenda del Amor más admirable que un Dios pudo dar a los hombres. San Bernardo lo llama Amor de los Amores; y Santa María Magdalena de Pazzi decía que el alma después de la Comunión podía decir: Todo está consumado; esto es, dándoseme Dios a Sí Mismo en esta Comunión, nada más tiene que darme. Preguntando un día esta Santa a una de sus novicias en qué había pensado después de la Comunión, ella le respondió: En el Amor de mi Jesús. Sí, replicó la Santa, cuando se piensa en este Amor, en ninguna otra cosa se puede pensar; sino que es una necesidad el detenerse en él.

                    El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en Él. San Dionisio Areopagita dice que el amor propende siempre a la unión con el objeto amado, y por cuanto el alimento viene a hacerse una misma cosa con el que le come, por eso quiso el Salvador hacerse nuestro alimento, a fin de que recibiéndole en la Santa Comunión vengamos a ser una misma cosa con Él. 

                    Tomad y comed, dice Jesús, este es Mi Cuerpo; como si hubiera querido decir, observa San Juan Crisóstomo: ¡Oh hombres! alimentaos de Mí, para que de vosotros y de Mí se haga una misma cosa. Así como de dos pedazos de cera fundidos, dice San Cirilo de Alejandría, se hace uno solo, así el alma que comulga se une de tal suerte con Jesús, que Jesús está en ella, y ella en Jesús. ¡Oh mi tierno Salvador! exclama aquí San Lorenzo Justiniano, ¿cómo habéis podido llegar a amarnos hasta querer unirnos de tal modo a Vos, que de vuestro Corazón y del nuestro se haga un solo corazón?.

                    Ved además el deseo inmenso que tuvo el Salvador toda Su Vida de ver llegar esta Noche, en la que había resuelto dejarnos una Prenda tan preciosa de Su Amor; pues que en el momento de instituir este Augusto Sacramento, dice: He deseado con ardiente deseo comer esta Pascua con vosotros, palabras con las que manifiesta el vivísimo deseo y el ansia que tenía de unirse a nosotros en la Comunión, comprimido Su Corazón por el amor que nos tenía. Esta palabra, dice San Lorenzo Justiniano, es la expresión de la más encendida Caridad. Pues este mismo deseo conserva todavía Jesús a todas las almas que le aman. Las abejas, dijo un día a Santa Matilde, no se arrojan con tanta vehemencia a las flores para extraer de ellas la miel, como Yo desciendo impelido de Mi Amor al alma que Me desea. 

                    ¡Oh Amor de mi corazón!, ¡oh Sacramento Santísimo!, ¡que yo me acuerde siempre de Vos, a fin de olvidar todo lo demás, y de amaros a Vos solo siempre y sin reserva!.

                    ¡Ah Jesús mío!: Vos habéis llamado tantas veces a la puerta de mi corazón que al fin habéis entrado en él , así lo espero; pero puesto que en él habéis entrado, arrojad de él, os ruego, todas las afecciones que no se enderecen a Vos: apoderaos de tal suerte de mí, que pueda yo también, como el Profeta, decir en adelante con verdad: ¡Dios mío !, ¿qué otra cosa deseo yo sino a Vos, ni en el Cielo ni en la tierra?. Vos solo sois y seréis siempre el único Dueño de mi corazón y de mi voluntad, y sólo Vos debéis ser toda mi herencia, toda mi riqueza en esta vida y en la otra.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 15 de enero de 2026

ASISTIR A TODAS LAS SANTAS MISAS

 


                    Santa Margarita María de Alacoque, la confidente más destacada del Sagrado Corazón de Jesús, amó con todo su alma el Santo Sacrificio de la Misa; desde muy corta edad intuía su importancia, tal vez por eso, siendo apenas una niña, hizo voto de castidad durante una Santa Misa, justo en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia.

                    Siempre que acudía a una iglesia -y luego siendo ya religiosa de la Visitación- buscaba el lugar más cercano al Sagrario, como arrimándose al Corazón de Aquél que era su vida entera. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía:

                    "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a Mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura".

                    Para Santa Margarita María la Misa cotidiana le sabía frente a sus ansias de amar a Jesús Sacramentado, por esa hubiera querido asistir a todas las Santas Misas que se celebraban en el mundo entero. Desde lo más íntimo de su alma se unía en espíritu a todas las Misas del día; ese deseo lo transmitiría a las jóvenes religiosas a las que animaba a emularla en su santo deseo diciéndoles: “Ofrezcan a Dios todas las Misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus Santos Ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

                    La Santa confidente del Sagrado Corazón nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía: “No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en Su Presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”



Estampa preparada para ser impresa a doble cara.
Se permite su copia y difusión, sin fines comerciales.



jueves, 8 de enero de 2026

LOS SACERDOTES, TROPA ESCOGIDA PARA LA BATALLA ENTRE LA VERDAD Y EL ERROR

 


                      El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros» (1), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (2).

                       Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado (3), declarándose estar constituido Sacerdote eterno según el Orden de Melquisedec (4), ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía» (5).

                       Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (6), por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

                       Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

                       La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»...

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del Buen Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo Yo recoger» (7), y ver «los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse» (8), sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable?. 

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de Cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin Pastor, que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al Corazón del Hijo de Dios?. 

                       Nos referimos al Sacerdote que sabe que en sus labios tiene la Palabra de Vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del Sacerdote Católico; contemplamos y vemos a nuestros Obispos y los Sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el Reino de Dios y el reino de Satanás.


Papa Pío XI 
Extractos de "Ad Catholici Sacerdotii", del 20 de Diciembre de 1935


NOTAS

1) Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21
2) Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14
3) 1 Corintios, cap. 11, vers. 23 y ss.
4) Salmo 109, vers. 4
5) Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 19; 1 Corintios, cap. 11, vers. 24
6) Profeta San Malaquías, cap. 1, vers. 11
7) Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 16
8) Evangelio de San Juan, cap. 4, vers. 35



jueves, 6 de noviembre de 2025

PRIMER JUEVES. EL SACERDOTE, INSTRUMENTO PARA CONTINUAR SU OBRA REDENTORA

 

Iam non dicam vos servos: quia servus nescit 
quid faciat Dominus ejus. Vos autem dixi amicos: quia 
omnia quaecumque audivi a Patre Meo, nota feci vobis.


Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe 
lo que hace su Señor; pero os he llamado amigos, porque 
todas las cosas que oí de Mi Padre os las he dado a conocer.


Evangelio de San Juan, cap. 15, vers. 15



               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros», prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía».

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas —exclama con razón San Juan Crisóstomo—, admirables y que nos llenan de estupor


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 




                El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor; y cuando el cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...



Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935



miércoles, 10 de septiembre de 2025

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, Patrón de las Almas del Purgatorio

  

“El corazón que una vez gustó de Dios, ya nada 
encuentra en la tierra que le plazca; no hay que 
amar la vida, sino porque nos conduce a la muerte; 
en poco tiempo podemos ganar la Eternidad”

San Nicolás de Tolentino



                     San Nicolás de Tolentino nació en San Angelo, pueblo que queda cerca de Fermo, en la Marca de Ancona, hacia el año 1245. Sus padres, muy pobres pero sumamente cristianos, lo bautizaron con ese nombre en honor a San Nicolás de Bari, al que se había encomendado la madre para quedarse embarazada. Desde niño fue un alma mortificada, que ayunaba tres veces por semana a base de pan y agua, que en no pocas ocasiones compartía con los pobres, por los que sentía especial afecto.

                    Siendo muy joven, San Nicolás fue escogido para el cargo de canónigo en la Iglesia de Nuestro Salvador. Esta ocupación iba en extremo de acuerdo con su inclinación de ocuparse en el servicio a Dios. No obstante, el santo aspiraba a un estado que le permitiera consagrar directamente todo su tiempo y sus pensamientos a Dios, sin interrupciones ni distracciones.

                    Con estos deseos de entregarse por entero a Dios, escuchó en cierta ocasión un sermón, de un fraile o ermitaño de la orden de San Agustín, sobre la vanidad del mundo, el cual lo hizo decidirse a renunciar al mundo de manera absoluta e ingresar en la Orden de aquel santo predicador. Esto lo hizo sin pérdida de tiempo, entrando como religioso en el convento del pequeño pueblo de Tolentino.

                    Nicolás hizo su Noviciado bajo la dirección del mismo predicador e hizo su Profesión Religiosa antes de haber cumplido los 18 años de edad. Lo enviaron a varios conventos de su orden en Recanati, Macerata y otros. En todos tuvo mucho éxito en su misión. En 1271 fue ordenado Sacerdote por el Obispo de Osimo, en el Convento de Cingole.

                    Su aspecto en el Altar era angelical. Las personas devotas se esmeraban por asistir a su Misa todos los días, pues notaban que era un Sacrificio ofrecido por las manos de un Santo. Nicolás parecía disfrutar de una especie de anticipación de los deleites del Cielo, debido a las comunicaciones secretas que se suscitaban entre su alma tan pura y Dios en la contemplación, en particular cuando acababa de estar en el Altar o en el confesionario.

                    Durante los últimos treinta años de su vida, Nicolás vivió en Tolentino y su celo por la salvación de las almas produjo abundantes frutos. Predicaba en las calles casi todos los días y sus sermones iban acompañados de grandiosas conversiones. Solía administrar los Sacramentos en los ancianatos, hospitales y prisiones; pasaba largas horas en el confesionario. Sus exhortaciones, ya fueran mientras confesaba o cuando daba el catecismo, llegaban siempre al corazón y dejando huellas que perduraban para siempre en quienes lo oían.

                    También, con el Poder del Señor, realizó innumerables milagros, en los que les pedía a los recipientes: "No digan nada sobre esto. Denle las gracias a Dios, no a mí." Los fieles estaban impresionados de ver sus poderes de persuasión y su espiritualidad tan elevada por lo que tenían gran confianza en su intercesión para aliviar los sufrimientos de las Almas en el Purgatorio; por sus oraciones, penitencias y por la Santa Misa que con tanta piedad celebrara, muchas Almas fueron libradas del Purgatorio, como fue el caso de su primo Gentil de Guidiani, el cual llevaba una vida culpable; fue muerto por un rival en el Castillo de Aperana, y San Nicolás rogó por él: "¡Ay, cuánto temo que el desgraciado se haya perdido para siempre", luego no contentándose con esto, aumentó sus penitencias, oraciones y celebró la Santa Misa por el alma de su pariente. Transcurridas apenas dos semanas, San Nicolás oyó de repente una voz que decía: "Hermano mío, hermano mío, da gracias al Señor Jesús. Él ha mirado con ojos de benevolencias tus oraciones y tus lágrimas; yo debería estar condenado, pero me han salvado tus oraciones". 

                    En otra ocasión Nicolás estaba durmiendo en su celda cuando oyó la voz de uno de sus compañeros frailes, fallecido recientemente. El fraile le dijo a Nicolás que estaba en el Purgatorio y le pidió que celebrara la Santa Misa por él y por otras almas que estaban allí, para que fueran liberadas por la Misericordia de Cristo. Después de que Nicolás celebrara la Santa Misa por esta intención durante siete días, el fraile volvió a manifestársele, esta vez para darle las gracias y asegurarle que muchas almas, incluyendo la suya, ya gozaban de la Visión Beatífica.

                    Hacia los últimos años de su vida, cuando estaba pasando por una enfermedad prolongada, sus superiores le ordenaron que tomara alimentos más fuertes que las pequeñas raciones que acostumbraba ingerir, pero sin éxito, ya que, a pesar de que el santo obedeció, su salud continuó igual. Una noche se le apareció la Virgen María, le dio instrucciones de que pidiera un trozo de pan, lo mojara en agua y luego se lo comiera, prometiéndole que se curaría por su obediencia. Como gesto de gratitud por su inmediata recuperación, Nicolás comenzó a bendecir trozos de pan similares y a distribuirlos entre los enfermos. Esta práctica produjo favores numerosos y grandes  sanaciones.

                    En conmemoración de estos milagros, el Santuario del Santo conserva una distribución mundial de los "Panes de San Nicolás" que son bendecidos y continúan concediendo favores y gracias.

                    La última enfermedad del Santo duró un año, al cabo de la cual murió el 10 de Septiembre de 1305. Su Fiesta Litúrgica se conmemora el mismo día. San Nicolás fue enterrado en la iglesia de su convento en Tolentino, en una capilla en la que solía celebrar la Santa Misa.

                    A los cuarenta años de su muerte, su cuerpo fue hallado incorrupto y fue expuesto a los fieles. Durante esta exhibición los brazos del santo fueron removidos, y así se inició una serie de extraordinarios derramamientos de sangre que fueron presenciados y documentados.

                    El Santuario no tiene pruebas documentadas respecto a la identidad del individuo que le amputó los brazos al Santo, aunque la leyenda se ha apropiado del reporte de que un monje alemán, Teodoro, fue quien lo hizo; pretendiendo llevárselos como reliquias a su país natal. Sin embargo, sí se sabe con certeza que un flujo de sangre fue la señal del hecho y fue lo que provocó su captura. Un siglo después, durante el reconocimiento de las reliquias, encontraron los huesos del santo, pero los brazos amputados se hallaban completamente intactos y empapados en sangre. Estos fueron colocados en hermosas cajas de plata, cada uno se componía de un antebrazo y una mano.

                    San Nicolás de Tolentino fue canonizado por el Papa Eugenio IV, en el año 1446. Hacia finales del mismo siglo XV, hubo un derramamiento de sangre fresca de los brazos, evento que se repitió veinte veces; el más célebre ocurrió en 1699, cuando el flujo empezó el 29 de Mayo y continuó hasta el 1 de Septiembre. El monasterio agustino y los archivos del Obispo de Camerino (Macerata) poseen muchos documentos en referencia a estos sangramientos.

                    San Nicolás fue uno de los Santos (junto a San Juan Bautista y San Agustín), que vinieron del Cielo para llevar a Santa Rita al convento; fue proclamado Patrón de las Almas del Purgatorio en 1884 por el Papa León XIII.



jueves, 28 de agosto de 2025

LA VIRGEN MARÍA PRESENTE EN EL CALVARIO MÍSTICO DEL ALTAR

 


                    El Padre Pío fue y aún es un caso excepcional en la Historia de la Mística Católica, ya que hasta el día de hoy ha sido el único Sacerdote estigmatizado; tras recibir en 1918 las Llagas de Cristo Nuestro Señor, cada Santa Misa que celebró  era ya no sólo la renovación incruenta del Drama del Calvario, sino que el mismo Sacerdote sufriría agudos dolores y sangraciones durante la liturgia, convirtiéndolo en un crucificado sin Cruz.

                    Si la Pasión de Jesús fue su principal amor, la devoción filial y tierna a Nuestra Santa Madre ocuparía el resto de su corazón  sacerdotal. La entrega total a la Virgen María le llevaría a ser apóstol incansable de la Madre de Dios, hasta el punto de asegurar ante sus hermanos frailes "me gustaría tener una voz tan fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a Nuestra Señora. Ella es el océano que debemos cruzar para llegar a Jesús.”

                    El Padre Pío fue siempre extremadamente reservado con todo lo referente a su vida interior, nunca presumió ni hizo alarde de los muchos dones místicos y gracias sobrenaturales con los que el Cielo le bendecía; no obstante, esa discreción suya a veces se veía alterada por las preguntas de no pocas almas que a él se arrimaban, como en cierta ocasión que alguien le preguntó si la Santísima Virgen María estaba presente durante la Santa Misa, a lo cual el Padre Pío respondió con sencillez: 

                    “Sí, Ella se pone a un lado, pero yo la puedo ver, qué alegría. Ella está siempre presente. ¿Como podría ser que la Madre de Jesús, presente en el Calvario al pie de la Cruz, que ofreció a Su Hijo como Víctima por la salvación de nuestras almas, no esté presente en el Calvario místico del Altar?”. 



jueves, 14 de marzo de 2024

ELEVAR AL CIELO LA OFRENDA PURA

 

               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: "Así como el Padre Me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros", prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, "Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".




               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la Última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: "Haced esto en memoria Mía".

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: "Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse".


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas -exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 


                El Cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los Fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor...

               ...y cuando el Cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al Cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las Puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los Fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...


Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935



lunes, 13 de marzo de 2023

MARÍA NUESTRA SEÑORA DESCIENDE AL PURGATORIO

 


               San Pedro Damiano refiere que habiendo muerto una mujer llamada Marozia, se apareció a una comadre suya, y le dijo, que en el día de la Asunción de María  fue librada por Ella del Purgatorio junto con tantas Almas que excedían el número de pueblo romano. San Dionisio Cartujano afirma que lo mismo acontece en la Festividad de la Navidad y de la Resurrección de Jesucristo, diciendo que en tales días desciende María al Purgatorio seguida de un Coro de Ángeles y libra a muchas Almas de aquellas penas; lo que Novarino cree se repite en todas las Fiestas Solemnes de la Santísima Virgen.

               Además es bien sabida la Promesa que hizo María al Papa Juan XXII, cuando, apareciéndose le ordenó que participase que en el Sábado después de su muerte libraría del Purgatorio a cuantos llevasen el Santo Escapulario del Carmen; lo que declaró el mismo Pontífice, según refiere el Padre Crasset, en la Bula que publicó y fue después confirmada por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XII y Pablo V, el cual, en el año de 1612 en una Bula dijo: 

              “El Pueblo Cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen ayudará con Su continua intercesión, y con Sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente en el día de Sábado -consagrado por la Iglesia a la misma Virgen María- a las Almas de los hermanos de la Cofradía de Santa María del Monte Carmelo, que hayan salido de este mundo en gracia, y hayan llevado Su Escapulario, observando castidad según su estado, y hayan rezado el Oficio Parvo de la Virgen, y si no han podido recitarlo, habiendo observado los ayunos de la Iglesia”. 

               Y en el Oficio Solemne de Santa María del Carmen se lee que se ha de creer piadosamente, que la Santísima Virgen consuela con amor de Madre a los cofrades del Carmen en el Purgatorio, y con Su intercesión los lleva pronto a la Patria Celestial.




               ¿Por qué no hemos de esperar también nosotros las mismas gracias y favores de esta Divina Madre?. Y si Le sirviéramos con amor especialísimo, ¿por qué no podemos esperar también la gracia de ir al Cielo inmediatamente después de haber fallecido, sin entrar en el Purgatorio, según aquello que la misma Virgen envió a decir por Fray Abondio al Beato Godofredo: "Di a Fray Godofredo que adelante en la virtud, que así será de Mi Hijo y Mío; y cuando su alma se separará del cuerpo, no permitiré que vaya al Purgatorio, sino que la tomaré y la ofreceré a Mi Hijo"?

               Y si deseamos ofrecer sufragios a las Almas del Purgatorio, roguemos a la Santísima Virgen en nuestras oraciones, aplicando por ellas especialmente el Santísimo Rosario, que les sirve de gran alivio.



San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia
LAS GLORIAS DE MARÍA



lunes, 31 de octubre de 2022

NOVIEMBRE, EL MES DEL BENDITO PURGATORIO. La Caridad con nuestros Difuntos

 

Entre las obras de sufragio por las Almas Benditas del Purgatorio, 
hay tres que tienen un efecto maravilloso, tres sencillas maneras de dar 
consuelo, alivio y hasta conseguir su liberación:
 
la Oración, 
el Santo Sacrificio de la Misa
 y las Indulgencias




PRIMER CONSUELO: LA ORACIÓN


                    Es como un refrigerio que de nuestra alma sube al Cielo. También una simple invocación, una jaculatoria, un sacrificio, un acto breve de amor a Dios, tienen una eficacia extraordinaria  de  sufragio.  Entre  las  oraciones  que podemos rezar prevalecen: el “Oficio de los Difuntos”, el Salmo 50, el Vía Crucis, y sobre todo, el Santo Rosario. A todas estas u otras oraciones hay que agregar la Santa Confesión y Comunión Sacramental ( o espiritual, que se puede hacer siguiendo el modelo de la estampa "Comunión Espiritual, de este blog); es necesario además, que en ocasión de la muerte de una persona querida, todos los parientes se confiesen y comulguen por el alma.


SEGUNDO CONSUELO: EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA


                    Para las Benditas Ánimas del Purgatorio, una sola Misa es de infinito valor. Los teólogos dividen en tres partes el fruto espiritual del Sacrificio del Altar:

         - Una parte va en beneficio de todos los miembros.

         - Otra parte va en ventaja del Sacerdote que celebra.

         - La tercera parte va en provecho de por quien se celebra, y esta parte es  aplicable a las Almas Purgantes. Pero no basta celebrar una sola Misa por los Difuntos, es necesario hacer celebrar muchas.


TERCER CONSUELO: LAS INDULGENCIAS


                    La Indulgencia es una remisión de una pena temporal, adeudada por los pecados, que la Iglesia concede bajo ciertas condiciones al alma en gracia, aplicándole los méritos y las satisfacciones abundantes de Nuestro Redentor Jesucristo, de la Virgen Nuestra Señora y de los Santos, los cuales constituyen su Tesoro y por lo cual anulan sobre la tierra en todo o en parte la deuda de un alma anulándola también en el Cielo. Hay indulgencia “Plenaria” y “Parcial”. Para ganar la indulgencia es necesario estar en estado de gracia y tener la intención de ganarla. Por la Comunión de los Santos podemos socorrer a los Difuntos, la Iglesia nos da la facultad de aplicarles este inmenso tesoro de misericordia, reduciendo así sus penas que son la satisfacción de las culpas cometidas durante la vida presente.



domingo, 11 de septiembre de 2022

LA SANTA MISA, MISTERIO DE LA REDENCIÓN

  


               La Santa Misa… es fecundísima fuente de santificación y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: “Yo les he dado de la gloria que Tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amándoles a ellos como a mí me amaste” (Evangelio de San Juan, cap. 17, vers. 22-23)

                El espíritu del mal nada teme tanto como una Misa, sobre todo cuando es celebrada con gran fervor y cuando muchos se unen a ella con Espíritu de Fe. Cuando el enemigo del bien choca con un obstáculo insuperable, es que en una iglesia, un Sacerdote, consciente de su propia debilidad y de su pobreza, ha ofrecido la Omnipotente Hostia y la Sangre Redentora. 

               Hay que recordar el caso de Santos que, asistiendo a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, han visto desbordarse la Preciosa Sangre y deslizarse por los brazos del Sacerdote, y los Ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a aquellos que tienen mayor necesidad de participar en el Misterio de la Redención.

               No puede, pues, darse en la tierra un culto más grande, más santo, más litúrgico, en el que mejor se practiquen para con Cristo -oculto bajo las especies sacramentales-, las virtudes de Fe, de Esperanza, de Caridad, de Religión, de humildad, y los dones correlativos del Espíritu Santo, todos los cuales constituyen la perfección sacerdotal.


Padre Reginald Garrigou Lagrange O.P.





domingo, 13 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 5: Del gran provecho espiritual que conseguimos al escuchar la Santa Misa con devoción


               Nos dice Santo Tomás que un día, durante la Santa Misa, vio a Jesucristo con las manos llenas de tesoros, buscando a quién repartirlos, y que, si acertásemos a asistir con frecuencia y devoción a la Santa Misa, alcanzaríamos muchas y mayores gracias que las que poseemos, ya en el orden espiritual ya en el temporal.

               Os he dicho que el buen ladrón nos instruiría acerca de la manera como hemos de portarnos durante los momentos de la Consagración y Elevación de la Sagrada Hostia, momentos en los cuales hemos de ofrecernos a Dios junto con Jesucristo, teniéndonos por participantes de aquel Augusto Misterio.




               Mirad cómo se porta aquel feliz penitente en la hora misma de su ejecución; ¿no veis cómo abre los ojos del alma para reconocer a su libertador?. Pero ved también los progresos que hace durante las tres horas que pasa en compañía del Salvador agonizante. Está amarrado a la Cruz, sólo le quedan libres el corazón y la lengua, y ved con qué diligencia ofrece uno y otro a Jesucristo: le hace entrega de todo lo que tiene, le consagra su corazón por la Fe y la esperanza, le pide humildemente un lugar en el Paraíso, es decir, en Su Reino Eterno. Le consagra su lengua, publicando su inocencia y santidad. A su compañero de suplicio le habla de esta manera: «Es justo que a nosotros se nos castigue: pero Él es inocente» (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 41). En la hora en que los demás se entretienen ultrajando a Jesucristo con las más horribles blasfemias, él se convierte en su panegirista; mientras Sus Discípulos le abandonan, él abraza su partido; y su caridad es tan grande, que no omite esfuerzo alguno por convertir a su compañero. No nos admire el ver tanta virtud en este buen ladrón, puesto que nada hay tan a propósito para mover nuestro corazón como la vista de Jesucristo agonizante; no hay momento en que se nos conceda la gracia con tanta abundancia, y, sin embargo, somos testigos de tal acontecimiento todos los días. 

               ¡Ay!, si en el feliz momento de la Consagración tuviésemos la dicha de estar animados de una viva Fe, una sola Misa bastaría para librarnos de los vicios en que estamos enredados y convertirnos en verdaderos penitentes, es decir, en perfectos Cristianos. ¿De dónde viene, pues, me diréis, que, asistiendo a tantas Misas, continuemos siendo siempre los mismos? Ello proviene de que sólo estamos presentes corporalmente, mas nuestro espíritu está en otra parte, con lo cual no hacemos otra cosa que completar nuestra reprobación a causa de las malas disposiciones con que asistimos a tan Santa Misa. ¡Ay!, ¡cuántas Misas mal oídas, que, en vez de asegurarnos nuestra salvación, nos endurecen más y más! 

              Habiéndose aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo: “Has de saber, hija mía, que los Santos asistirán a la muerte de todos aquellos que habrán oído con devoción la Santa Misa para ayudarlos a morir bien, para defenderlos de las tentaciones del demonio y para presentar sus almas a Mi Padre”. ¡Qué dicha la nuestra, la de ser asistidos, en aquellos temibles instantes, por tantos Santos cuantas sean las Misas que habremos oído bien!...

               No temamos jamás que la Santa Misa nos cause perjuicio en nuestros negocios temporales; antes al contrario, hemos de estar seguros de que todo andará mejor y de que nuestros negocios alcanzarán mejor éxito….. ¿No recordáis, en efecto, lo que nos aconseja Jesucristo en el Evangelio, que busquemos primero el Reino de los Cielos, y lo demás se nos dará por añadidura ?” ….. id a preguntárselo, y Él os enseñará la manera de vivir prósperamente sin trabajar más de lo ordinario, con sólo oír la Santa Misa todos los días”.

               Tal vez esto os extrañe, más a mí no. Esto es lo que vemos todos los días en los hogares donde hay verdadera piedad y devoción: los negocios de los que asisten con frecuencia a la santa Misa prosperan mucho más que los de quienes dejan de asistir por falta de fe o por pensar que no van a tener tiempo. ¡Ay! ¡Cuánto más felices seríamos, si depositáramos en Dios toda nuestra confianza y tuviésemos en nada nuestro trabajo!

               No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa; ahora vais a verlo. Un santo ermitaño llamado Pablo vio a un joven muy bien vestido, entrar en una iglesia acompañado de gran número de demonios; pero, terminada la Santa Misa, lo vio salir acompañado de una multitud de Ángeles que marchaban a su lado.” ¡Oh, Dios mío!, exclamó el Santo, cuán agradable os debe ser la Santa Misa!”

               Nos dice el Santo Concilio de Trento que la Misa aplaca la Cólera de Dios, convierte al pecador, alegra al Cielo, alivia las Almas del Purgatorio, da Gloria a Dios y atrae sobre la tierra toda clase de bendiciones (Sesión XXIII y XXII). ¡Oh!, si llegásemos a comprender la que es el Santo Sacrificio de la Misa, ¿con qué respeto no asistiríamos a ella?...


               El Santo Abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la Santa Misa, veía a una multitud de Ángeles bajando del Cielo para adorar a Jesús sobre el Altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir a Jesucristo presente sobre el Altar.

               ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovecharse de esta Doctrina, sus hijos no serían tan miserables, ni se alejarían tanto de los caminos que al Cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!. 

Continuará...




Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina