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lunes, 8 de septiembre de 2025

LA NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA: BENDITO EL MOMENTO EN QUE VINO AL MUNDO LA CRIATURA VIRGINAL DESTINADA A SER MADRE DEL SALVADOR

    


                       El Nacimiento de la Virgen María aportó a la humanidad algo desconocido hasta ahora: una criatura exenta de cualquier mancha, un lirio de incomparable hermosura que debería alegrar a los Coros Angélicos y a la tierra entera. En medio del destierro del género humano corrompido, aparecía un ser inmaculado, concebido sin pecado original.

                       Traía Consigo todas las riquezas naturales que pueden caber en una mujer. Dios le concedió una personalidad valiosísima y Su Presencia entre los hombres representaba, también a ese título, un tesoro verdaderamente incalculable.

                       Ahora bien, si a los dones naturales le añadimos los inconmensurables tesoros de la gracia que la acompañaban -los más grandes que jamás hayan sido concedidos por Dios Nuestro Señor- podremos entender el enorme significado de Su venida al mundo. El nacimiento del sol es una pálida realidad en comparación con la resplandeciente aurora que fue la aparición de María Santísima en esta tierra.

                       La entronización más solemne de un rey o de una reina o los fenómenos más grandiosos de la naturaleza no son nada ante el nacimiento de la Virgen. En ese bendito momento, ciertamente saludado por la alegría de todos los Ángeles del Cielo, se puede conjeturar que hayan surgido inusuales sentimientos de júbilo en las almas rectas esparcidas por el Orbe; los cuales bien podrían ser expresados con una paráfrasis de las palabras de Job: «¡Bendito el día que vio nacer a Nuestra Señora, benditas las estrellas que la contemplaron pequeñita, bendito el momento en que vino al mundo la criatura virginal destinada a ser Madre del Salvador!».

                       Si es posible decir que la Redención de los hombres comenzó con el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, lo mismo se puede afirmar, guardadas las debidas proporciones, con relación a la Natividad de María, pues todo lo que el Salvador nos trajo empezó con aquella que lo daría al mundo.

                       Entonces se entienden las esperanzas de salvación, indulgencia, reconciliación, perdón y misericordia que se le abrieron a la humanidad en aquel bendito día en que María nació en esta tierra de exilio. Momento feliz y magnífico, fue el marco inicial de la existencia insondablemente perfecta, pura y fiel de quien estaba destinada a ser la mayor gloria del género humano de todos los tiempos, por debajo de Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado.

                       Muchos teólogos afirman que la Virgen, al haber sido concebida sin pecado original, fue dotada de uso de razón desde el primer instante de su ser. En el seno de Santa Ana, donde vivía como en un sagrario, ya tendría, por tanto, altísimos y sublimísimos pensamientos.

                       Se puede trazar un paralelismo entre esa situación y lo que narra la Sagrada Escritura con respecto a San Juan Bautista. Éste, que había sido engendrado en el pecado original, al oír la voz de Nuestra Señora mientras saludaba a Santa Isabel se estremeció de alegría en el vientre de su madre.

                       Por consiguiente, es probable que la Bienaventurada Virgen, con la altísima ciencia que había recibido por la gracia de Dios, hubiera comenzado a pedir ya en el seno materno la venida del Mesías y que se estableciera en Su espíritu el elevadísimo objetivo de llegar a ser, algún día, la Servidora de la Madre del Redentor.

                       De cualquier manera, su mera Presencia en la tierra era una fuente de gracias para los que se acercaban a Ella y a Santa Ana y lo sería aún más después de Su Nacimiento. Si de la túnica de Nuestro Señor, como narra el Evangelio, irradiaban virtudes curativas para quien la tocara, ¡cuánto más de la Madre de Dios, Vaso de elección!.

                       Si la Venida del Salvador derrotó al mal en el género humano, la Natividad de la Santísima Virgen marcó el inicio de la Victoria del bien y del aplastamiento del Demonio; él mismo percibió que parte de su cetro se habría roto irremediablemente. Nuestra Señora empezaba a influir en los destinos de la humanidad.

                       El mundo de entonces se hallaba hundido en el paganismo más radical, en una situación muy parecida a la de nuestros días: los vicios imperaban, las más variadas formas de idolatría habían dominado la tierra y la decadencia amenazaba a la propia religión judía, prenuncio de la Católica. En todas partes el error y el Demonio eran victoriosos.

                       Sin embargo, en el momento decretado por Dios en Su Misericordia Él derrumbó la muralla del mal, haciendo que María viniera al mundo. Del tronco de Jesé brotaría el Divino Lirio, Nuestro Señor Jesucristo. Con Su nacimiento había comenzado la irreversible destrucción del reino de Satanás.

                        Ese primer triunfo de Nuestra Señora sobre el mal nos sugiere otra reflexión. ¡Cuántas veces, en nuestra vida espiritual, nos vemos inmersos en la lucha contra las tentaciones, contorciéndonos y revolviéndonos en dificultades!. Y ni siquiera tenemos idea de cuándo vendrá el bendito día en que una gran gracia, un insigne favor, pondrá fin a nuestros tormentos y luchas, proporcionándonos, por fin, un gran progreso en la práctica de la virtud.

                       En ese momento se verificará como un nacimiento de la Santísima Virgen en nuestras almas. Surgirá en la noche de las mayores pruebas y de las tinieblas más espesas, venciendo desde el inicio las dificultades a las que nos estuviéramos enfrentando. Se levantará como una aurora en nuestra existencia, pasando a representar en nuestra vida espiritual un papel hasta entonces desconocido por nosotros.



                       Ese pensamiento nos debe llenar de alegría y de esperanza, y darnos la certeza de que Nuestra Señora nunca nos abandona. En las horas más difíciles, como que irrumpe entre nosotros, resolviendo nuestros problemas, aliviando nuestros dolores y dándonos la combatividad y el coraje necesarios para que cumplamos nuestro deber hasta el final, por más arduo que éste sea. El mayor consuelo que Ella nos trae es precisamente ese fortalecimiento de la voluntad, que nos permite emprender la lucha contra los enemigos de nuestra salvación.

                       La Virgen también nos da fuerzas para que nos convirtamos en celosos hijos de la Iglesia y defensores de la Religión Católica. Existen elementos históricos para afirmar que todas las grandes almas que combatieron las distintas herejías a lo largo de los siglos fueron especialmente suscitadas por Ella. Así lo insinúa de un modo muy bonito el blasón de los Claretianos, donde, además del Inmaculado Corazón de María, figuran San Miguel Arcángel y la divisa: «Sus hijos se levantarán y la proclamarán Bienaventurada».

                       ¿Ese levantarse de los devotos de la Santísima Virgen para glorificarla no es también una forma de Su Nacimiento, como magnífica aurora, en la trama de la Historia?

                       Así pues, los verdaderos hijos de Nuestra Señora deben desear y pedirle a Ella la gracia de ser indomables e implacables contra el Demonio y sus secuaces que, en nuestros días, tratan de cubrir de inmundicias la Gloria de la inmortal Iglesia de Cristo.



domingo, 8 de septiembre de 2024

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

  

               La Celebración de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María surgió en la Iglesia alrededor del siglo VII, siendo establecida por el Papa San Sergio I (687-701).

               Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Proto-evangelio de Santiago, nos ha transmitido los nombres de los padres de Nuestra Señora, San Joaquín y Santa Ana, que la Iglesia añadió en el Calendario Litúrgico. 

               La Tradición sitúa el lugar del Nacimiento de la Virgen María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la Ciudad Santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada "Casa de Santa Ana", muy cerca de la piscina Probática. Tal vez por esa piadosa Tradición la Liturgia Católica pone en labios de Madre de Dios aquellas palabras "me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está Mi potestad" (Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 15).




               El Nacimiento de la Madre de Dios que hoy recordamos, marcó el inicio de la Plenitud de los Tiempos, cuando las Promesas de Dios hechas a través de los Profetas del Antiguo Testamento comenzaron a cumplirse según estaba escrito. 

               Así, la Natividad de María Virgen es un suceso especialmente trascendental para los Cristianos, porque la Madre del Hijo de Dios, por esa unión de intereses salvíficos, se convierte en Medianera entre los hombres y Dios mismo, Sagrario viviente que le portó en el seno y lo dio a luz sin mácula en Su virginidad. María nació predestinada por el Altísimo a ser Madre, oficio divino que le fue confirmado por Su mismo Hijo en el momento del Calvario, cuando en la persona del discípulo adolescente, nos legó a María Virgen con aquél "Ahí tienes a Tu Madre" (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 34)



MARÍA 
LA OBRA MÁS GRANDIOSA Y DIGNA


               "Es cierto que el alma de María es la más bella que ha creado Dios después de la del Verbo Encarnado; ésta fue la obra más grandiosa y de por sí la más digna que realizó el Omnipotente en la tierra. “Una obra que sólo es superada por el mismo Dios”, dice San Pedro Damiano. La Gracia de Dios no se dio a María con medida como a los demás Santos, sino “como el rocío que humedece la tierra” (Salmo 71, vers. 6). Fue el Alma de María como lana que absorbió dichosa la gran lluvia de la Gracia sin perder ni una gota. “La Virgen –dice San Basilio– absorbió toda la gracia del Espíritu Santo”. Es decir, como explica San Buenaventura, poseyendo en plenitud todo lo que los demás Santos poseen en parte. San Vicente Ferrer, hablando de la Santidad de María antes de su nacimiento, dice que esa santidad sobrepasó la de todos los Ángeles y Santos juntos.

               Es el común sentir, que la Santa Niña, al recibir la gracia santificante en el seno de Su madre Santa Ana, recibió al mismo tiempo, la gracia de la Ciencia Infusa, que es una luz divina correspondiente a toda la gracia de que fue enriquecida. Así que bien podemos creer que desde el primer instante en que Su Alma se unió a Su Cuerpo, Ella quedó iluminada con todas las luces de la Divina Sabiduría con que conoció la Verdad Eterna, la belleza de la virtud, y sobre todo, la Infinita Bondad de Su Dios y cuánto merecía ser amado de todos, pero especialmente por Ella por razón de los especialísimos privilegios con que el Señor la había dotado, distinguiéndola sobre todas las criaturas, preservándola de la mancha del pecado original, dándole gracias tan inmensas, y destinándola para Madre del Verbo y Reina del Universo..."


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia


HOY ES EL DÍA INDICADO
PARA RENOVAR NUESTRO VOTO DE 
ESCLAVITUD MARIANA


               En su Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María, San Luis Grignión de Montfort enseña que "Antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo".

               Así es, y si no, basta recordar el reclamo del Apóstol San Pablo "¿Acaso no sabéis que no os pertenecéis?" (1 Cor. 6, 19). Y San Luis añade: "Somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda su Sangre".

               Teniendo en cuenta esto, el incansable misionero, San Luis Grignión, explica la diferencia entre el servidor asalariado y el esclavo: "Por la esclavitud, en cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida y debe servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como si fuera uno de sus animales sobre los que tiene derecho de vida y muerte".

               Por naturaleza, todos los seres son esclavos de Dios. Los demonios y los condenados también lo son por constreñimiento, y los justos y santos, por libre voluntad.

               Este tipo de esclavitud, enseña el Santo enamorado de la Virgen, es "la más perfecta y la más gloriosa para Dios, que escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa", porque por esta esclavitud el alma "opta por Dios y por su servicio, sin que importe todo lo demás, aunque no estuviese obligado a ello por naturaleza".

               Al final de su obra, San Luis aconseja algunas "prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección". Éstas consisten en hacer todas las acciones "por María, con María, en María y para María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo". 


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domingo, 8 de septiembre de 2019

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, la criatura más amada por Dios


"El día de la Natividad de la Madre de Dios 
es Festividad de alegría universal, 
pues a través de Ella 
se renovó todo el género humano, 
y la aflicción de la madre Eva 
se convirtió en alegría"

San Juan Damasceno





ORÍGEN DE LA NATIVIDAD
 DE MARÍA NUESTRA SEÑORA
de las primeras Festividades de la Iglesia Católica


               La Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María se comenzó a celebrar oficialmente con el Papa San Sergio (finales del siglo VII) al establecer que se celebraran en Roma cuatro Fiestas en Honor de Nuestra Señora: la Anunciación, la Asunción, la Natividad y la Purificación.

          Se desconoce el lugar donde nació la Virgen María. Algunos dicen que nació en Nazaret, pero otros opinan que nació en Jerusalén, en el barrio vecino a la piscina de Bethesda. Ahí, ahora, hay una cripta, en la Iglesia de Santa Ana que se venera como el lugar en el que nació la Madre de Dios.


          Si el nacimiento de la madre en una familia, señala una fecha de fiesta y regocijo, día de júbilo es también el presente para toda la Familia Católica, que tiene por Madre a la que es también Madre de Dios, la Santísima Virgen María.

          Y es que el nacimiento de la Purísima Virgen María tiene para el mundo entero una alta significación y trascendencia; al nacer Ella, despunta la aurora de la liberación del linaje humano, perdido por Eva, pero que será restaurado con ventaja por esta segunda Eva, que es verdadera Madre de los Vivientes, nacida libre del pecado original de nuestros primeros padres.


LA VIRGEN MARÍA NO FUE
 UNA MUJER CORRIENTE
pues fue elegida desde siempre 
para ser Madre del Redentor


          Aquella Niña era hermosa. Sus facciones proporcionadas y su cuerpo bello. Si Jesús Nuestro Señor, según canta el salmista, “fue el más hermoso de los hijos de los hombres” (1), ¿por qué no admitir lo mismo en favor de su Madre? De la extraordinaria belleza de Jesús es lógico deducir la extraordinaria belleza de María.

          María Santísima es inseparable de Su Hijo Jesús en el Plan Divino; en efecto, así como Cristo Nuestro Señor preside toda la Obra de la Creación, así preside en ella la Soberana Virgen María, porque habiendo sido escogida desde toda la Eternidad para darnos al Salvador, Ella con Su Hijo fue lo que Dios tuvo primero en vista al crear el mundo.

          Si Dios no ha negado a la Santísima Virgen gracia alguna de las que ha concedido a las criaturas, no puede negarse que María tuvo uso de razón y libre albedrío desde el instante de Su Concepción. Dotada de tal facultad adquirió inmediatamente el conocimiento de Dios, y por tanto, con un simple deseo de Su albedrío se lanzó con todo el afecto de Su Corazón Purísimo hacia Él, cumpliendo un acto perfectísimo de amor. De este modo, mediante Su acción personal, se dispuso a Su propia santificación.




          El Evangelio nos habla de este uso de razón en San Juan Bautista. Y si a él se lo dio, ¿le negaría Dios algo que le era debido a Su dignidad? ¿Permitiría que Su Madre fuese inconsciente de lo que el Altísimo obra en Ella?

         Si la Santísima Virgen tuvo el uso de razón y la libertad desde el momento de Su Concepción, es lógico que tuviera ciencia y, lo que es todavía mejor, que en ocasiones tuviera Visión Beatífica.

          Hay muchas opiniones sobre esta Visión Beatífica, pero coinciden los teólogos en que le fue concedida varias veces: al nacer, en la Encarnación, y en la Resurrección de Jesús.

          En cuanto a la ciencia infusa per se, le fue dada de una manera habitual y permanente. Así se explica que desde que nació y durante toda Su Infancia tuvo uso de razón acerca de las cosas divinas; que Su Alma desde Su creación no interrumpiese Sus actos de amor de Dios, y que aún durante el sueño tuviese altísima contemplación.

          También tuvo la Virgen María la gracia de la ciencia infusa per accidens, que es perfeccionamiento de la anterior, ya que la tuvo Adán desde su nacimiento y habitualmente. Recibió, infusas, desde Su Concepción, las virtudes morales naturales, las cuales necesitan para su perfeccionamiento de las virtudes intelectuales naturales.

          De la ciencia adquirida dicen los teólogos que, teniendo uso de razón desde el momento de su concepción pasiva, sus facultades sensibles se pondrían al unísono con las facultades intelectuales y desde que nació empezó a adquirir ciencia con su propio trabajo.


LA VIRGEN MARÍA JAMÁS 
COMETIÓ PECADO ALGUNO
ni hubo en Ella ningún error,
pues fue y es la criatura más amada de Dios


          Desde Su Concepción hasta la de Su Hijo no cometió tampoco pecado mortal ni venial, siendo así confirmada en el bien y en la gracia.

          La Santísima Virgen no tuvo imperfección voluntaria desde Su nacimiento, ya que ésta tiene parentesco con el pecado venial, y jamás lo cometió.

          Fue exenta del pecado original desde el primer instante de Su Concepción y recibió, por consiguiente, la gracia santificante, que actuó en Su Alma y la preparó para la Divina Maternidad.

          Ni los Ángeles ni los Santos recibieron en su concepción más gracias. Jamás amó Dios a nadie como a Ella, y como Él da tanta Bondad como Amor tiene a una persona, a María Santísima le dio más que a ninguna.

          La Virgen María recibió, desde Su Concepción, más gracia que la gracia final que recibiera cualquier Ángel o cualquier Santo.

          Recibió en su primera santificación todas las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo: la Fe, la Esperanza y la Caridad, así lo enseña el Concilio Tridentino, y lo mismo sucede con las “virtudes morales”.


NOTAS ACLARATORIAS


  (1) Salmo 45, vers. 2   "Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto Dios te ha bendecido para siempre".