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jueves, 2 de abril de 2026

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, DONDE JESÚS NUESTRO SEÑOR DERRAMÓ TODAS LAS RIQUEZAS DE SU AMOR

 


                    Sabiendo Jesús que era llegada Su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo Nuestro amable Redentor en la última noche de Su Vida que era ya llegado el tiempo de morir por el hombre, por el que tanto había suspirado, no pudo Su amoroso Corazón consentir en dejarnos solos en este valle de lágrimas. Para no separarse, pues, de nosotros ni aún por la muerte, quiso quedarse y dársenos a Sí Mismo en alimento en el Sacramento del Altar, haciéndonos entender con esto, que después de este Don Infinito nada más tenía ya que darnos para probarnos Su Amor. 

                    Hasta el fin los amó. Es como si hubiera querido decir, los amó con un Amor sin fin y sin medida. Jesús en este Sacramento hizo el último esfuerzo de Amor para con los hombres, como dice el Abad Guerrico. Pero todavía fue mejor explicado esto por el Santo Concilio de Trento, el que hablando del Sacramento del Altar, dice que Nuestro Salvador derramó en él, por decirlo así, todas las Riquezas de Su Amor para con nosotros. 

                    Tenía, pues, razón el angélico Santo Tomás en llamar a este Sacramento, Sacramento del Amor, y Prenda del Amor más admirable que un Dios pudo dar a los hombres. San Bernardo lo llama Amor de los Amores; y Santa María Magdalena de Pazzi decía que el alma después de la Comunión podía decir: Todo está consumado; esto es, dándoseme Dios a Sí Mismo en esta Comunión, nada más tiene que darme. Preguntando un día esta Santa a una de sus novicias en qué había pensado después de la Comunión, ella le respondió: En el Amor de mi Jesús. Sí, replicó la Santa, cuando se piensa en este Amor, en ninguna otra cosa se puede pensar; sino que es una necesidad el detenerse en él.

                    El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en Él. San Dionisio Areopagita dice que el amor propende siempre a la unión con el objeto amado, y por cuanto el alimento viene a hacerse una misma cosa con el que le come, por eso quiso el Salvador hacerse nuestro alimento, a fin de que recibiéndole en la Santa Comunión vengamos a ser una misma cosa con Él. 

                    Tomad y comed, dice Jesús, este es Mi Cuerpo; como si hubiera querido decir, observa San Juan Crisóstomo: ¡Oh hombres! alimentaos de Mí, para que de vosotros y de Mí se haga una misma cosa. Así como de dos pedazos de cera fundidos, dice San Cirilo de Alejandría, se hace uno solo, así el alma que comulga se une de tal suerte con Jesús, que Jesús está en ella, y ella en Jesús. ¡Oh mi tierno Salvador! exclama aquí San Lorenzo Justiniano, ¿cómo habéis podido llegar a amarnos hasta querer unirnos de tal modo a Vos, que de vuestro Corazón y del nuestro se haga un solo corazón?.

                    Ved además el deseo inmenso que tuvo el Salvador toda Su Vida de ver llegar esta Noche, en la que había resuelto dejarnos una Prenda tan preciosa de Su Amor; pues que en el momento de instituir este Augusto Sacramento, dice: He deseado con ardiente deseo comer esta Pascua con vosotros, palabras con las que manifiesta el vivísimo deseo y el ansia que tenía de unirse a nosotros en la Comunión, comprimido Su Corazón por el amor que nos tenía. Esta palabra, dice San Lorenzo Justiniano, es la expresión de la más encendida Caridad. Pues este mismo deseo conserva todavía Jesús a todas las almas que le aman. Las abejas, dijo un día a Santa Matilde, no se arrojan con tanta vehemencia a las flores para extraer de ellas la miel, como Yo desciendo impelido de Mi Amor al alma que Me desea. 

                    ¡Oh Amor de mi corazón!, ¡oh Sacramento Santísimo!, ¡que yo me acuerde siempre de Vos, a fin de olvidar todo lo demás, y de amaros a Vos solo siempre y sin reserva!.

                    ¡Ah Jesús mío!: Vos habéis llamado tantas veces a la puerta de mi corazón que al fin habéis entrado en él , así lo espero; pero puesto que en él habéis entrado, arrojad de él, os ruego, todas las afecciones que no se enderecen a Vos: apoderaos de tal suerte de mí, que pueda yo también, como el Profeta, decir en adelante con verdad: ¡Dios mío !, ¿qué otra cosa deseo yo sino a Vos, ni en el Cielo ni en la tierra?. Vos solo sois y seréis siempre el único Dueño de mi corazón y de mi voluntad, y sólo Vos debéis ser toda mi herencia, toda mi riqueza en esta vida y en la otra.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



domingo, 13 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 5: Del gran provecho espiritual que conseguimos al escuchar la Santa Misa con devoción


               Nos dice Santo Tomás que un día, durante la Santa Misa, vio a Jesucristo con las manos llenas de tesoros, buscando a quién repartirlos, y que, si acertásemos a asistir con frecuencia y devoción a la Santa Misa, alcanzaríamos muchas y mayores gracias que las que poseemos, ya en el orden espiritual ya en el temporal.

               Os he dicho que el buen ladrón nos instruiría acerca de la manera como hemos de portarnos durante los momentos de la Consagración y Elevación de la Sagrada Hostia, momentos en los cuales hemos de ofrecernos a Dios junto con Jesucristo, teniéndonos por participantes de aquel Augusto Misterio.




               Mirad cómo se porta aquel feliz penitente en la hora misma de su ejecución; ¿no veis cómo abre los ojos del alma para reconocer a su libertador?. Pero ved también los progresos que hace durante las tres horas que pasa en compañía del Salvador agonizante. Está amarrado a la Cruz, sólo le quedan libres el corazón y la lengua, y ved con qué diligencia ofrece uno y otro a Jesucristo: le hace entrega de todo lo que tiene, le consagra su corazón por la Fe y la esperanza, le pide humildemente un lugar en el Paraíso, es decir, en Su Reino Eterno. Le consagra su lengua, publicando su inocencia y santidad. A su compañero de suplicio le habla de esta manera: «Es justo que a nosotros se nos castigue: pero Él es inocente» (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 41). En la hora en que los demás se entretienen ultrajando a Jesucristo con las más horribles blasfemias, él se convierte en su panegirista; mientras Sus Discípulos le abandonan, él abraza su partido; y su caridad es tan grande, que no omite esfuerzo alguno por convertir a su compañero. No nos admire el ver tanta virtud en este buen ladrón, puesto que nada hay tan a propósito para mover nuestro corazón como la vista de Jesucristo agonizante; no hay momento en que se nos conceda la gracia con tanta abundancia, y, sin embargo, somos testigos de tal acontecimiento todos los días. 

               ¡Ay!, si en el feliz momento de la Consagración tuviésemos la dicha de estar animados de una viva Fe, una sola Misa bastaría para librarnos de los vicios en que estamos enredados y convertirnos en verdaderos penitentes, es decir, en perfectos Cristianos. ¿De dónde viene, pues, me diréis, que, asistiendo a tantas Misas, continuemos siendo siempre los mismos? Ello proviene de que sólo estamos presentes corporalmente, mas nuestro espíritu está en otra parte, con lo cual no hacemos otra cosa que completar nuestra reprobación a causa de las malas disposiciones con que asistimos a tan Santa Misa. ¡Ay!, ¡cuántas Misas mal oídas, que, en vez de asegurarnos nuestra salvación, nos endurecen más y más! 

              Habiéndose aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo: “Has de saber, hija mía, que los Santos asistirán a la muerte de todos aquellos que habrán oído con devoción la Santa Misa para ayudarlos a morir bien, para defenderlos de las tentaciones del demonio y para presentar sus almas a Mi Padre”. ¡Qué dicha la nuestra, la de ser asistidos, en aquellos temibles instantes, por tantos Santos cuantas sean las Misas que habremos oído bien!...

               No temamos jamás que la Santa Misa nos cause perjuicio en nuestros negocios temporales; antes al contrario, hemos de estar seguros de que todo andará mejor y de que nuestros negocios alcanzarán mejor éxito….. ¿No recordáis, en efecto, lo que nos aconseja Jesucristo en el Evangelio, que busquemos primero el Reino de los Cielos, y lo demás se nos dará por añadidura ?” ….. id a preguntárselo, y Él os enseñará la manera de vivir prósperamente sin trabajar más de lo ordinario, con sólo oír la Santa Misa todos los días”.

               Tal vez esto os extrañe, más a mí no. Esto es lo que vemos todos los días en los hogares donde hay verdadera piedad y devoción: los negocios de los que asisten con frecuencia a la santa Misa prosperan mucho más que los de quienes dejan de asistir por falta de fe o por pensar que no van a tener tiempo. ¡Ay! ¡Cuánto más felices seríamos, si depositáramos en Dios toda nuestra confianza y tuviésemos en nada nuestro trabajo!

               No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa; ahora vais a verlo. Un santo ermitaño llamado Pablo vio a un joven muy bien vestido, entrar en una iglesia acompañado de gran número de demonios; pero, terminada la Santa Misa, lo vio salir acompañado de una multitud de Ángeles que marchaban a su lado.” ¡Oh, Dios mío!, exclamó el Santo, cuán agradable os debe ser la Santa Misa!”

               Nos dice el Santo Concilio de Trento que la Misa aplaca la Cólera de Dios, convierte al pecador, alegra al Cielo, alivia las Almas del Purgatorio, da Gloria a Dios y atrae sobre la tierra toda clase de bendiciones (Sesión XXIII y XXII). ¡Oh!, si llegásemos a comprender la que es el Santo Sacrificio de la Misa, ¿con qué respeto no asistiríamos a ella?...


               El Santo Abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la Santa Misa, veía a una multitud de Ángeles bajando del Cielo para adorar a Jesús sobre el Altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir a Jesucristo presente sobre el Altar.

               ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovecharse de esta Doctrina, sus hijos no serían tan miserables, ni se alejarían tanto de los caminos que al Cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!. 

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domingo, 6 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 4: Los sentimientos de humildad nos predisponen al Sacrificio de la Misa


               Al entrar en el templo, penetraos de la gran dicha que os cabe, mediante un acto de la más viva Fe, y por un acto de contrición y arrepentimiento de vuestros pecados, los cuales os hacen indignos de acercaros a un Dios tan santo y excelso. En aquel momento, pensad en las disposiciones del publicano cuando entró en el templo para ofrecer a Dios el sacrificio de su oración. 

               Escuchad lo que nos dice San Lucas: “El publicano, se mantenía a la entrada del templo; con la mirada fija en el suelo, sin atreverse a dirigirla al altar, golpeándose el pecho y diciendo a Dios: Señor, tened piedad de mí, que soy un gran pecador” (Evangelio de San Lucas, cap. 18, vers 13). Ya veis, pues, que no entró con un aire arrogante y altanero, como lo hacen muchos cristianos; “los cuales parece, según dice el Profeta Isaías, que quieren acercarse a Dios cual si fuesen personas que nada tienen en su conciencia que pueda humillarlos delante de su Criador” (Profeta Isaías, cap. 58, vers. 2). 




                En efecto, fijaos en la manera de entrar de esos Cristianos, los cuales tienen quizá más pecados en la conciencia que cabellos en la cabeza; los veréis entrar con un aire altanero, o mejor, con una actitud que casi es de desprecio para la presencia de Dios. Toman el agua bendita de la misma manera que tomarían agua para lavarse al volver del trabajo; lo hacen sin devoción y, la mayor parte, sin pensar que el agua bendita, tomada con reverencia, nos borra los pecados veniales y nos dispone a oír bien la Santa Misa. 

               Mirad ahora al publicano: teniéndose por indigno de entrar en el templo, va a colocarse en el rincón más obscuro de su recinto; tan confuso se halla bajo el peso de sus pecados, que ni tan sólo se atreve a levantar al cielo sus ojos. Cuán diferente, pues, de aquellos cristianos de nombre, que nunca se hallan bastante cómodos, que únicamente sobre el asiento se arrodillan, que apenas inclinan la cabeza a la Elevación, que se sientan sin muestra alguna de corrección, y frecuentemente con las piernas cruzadas. 

                Y nada digo de aquellas personas que deberían venir a la iglesia, para llorar sus pecados, y se presentan aquí sólo para insultar con sus ostentaciones vanidosas a un Dios humillado y despreciado, sin pensar más que en atraer las miradas de la gente, o bien para avivar el fuego de sus criminales pasiones. 

               ¡Oh, Dios mío!, ¿quién se atreverá a asistir a la Misa con semejantes disposiciones? Mas nuestro publicano, nos dice San Agustín, golpea su pecho, para manifestar a Dios el pesar que experimenta de haberle ofendido» (Homilía sobre el evangelio de la dominica X. después de Pentecostés.). ¡Cuántas gracias, cuántos bienes alcanzaríamos los cristianos, si procurásemos asistir a la Misa con las disposiciones del publicano! ¡Regresaríamos tan cargados de riquezas celestes, como las abejas van cargadas de néctar al volver de un florido vergel! 

                Si el Señor nos hiciese la gracia de que al comenzar la Misa estuviésemos bien penetrados de la grandeza de Jesucristo ante quien estamos, y del peso de nuestros pecados, ¡cuán pronto alcanzaríamos el perdón y la gracia de perseverar!

                Sobre todo, debemos excitar en nosotros durante la Santa Misa grandes sentimientos de humildad, esto es lo que debe sugerirnos el ver al Sacerdote bajando del Altar para rezar el Confíteor, profundamente inclinado, él, que ocupando el lugar de Jesucristo, parece recibir sobre sus hombros todos los pecados de sus feligreses. ¡Ay!, si el Señor nos hiciese comprender de una vez lo que es la santa Misa, ¡cuántas gracias poseeríamos, de que ahora carecemos! ¡De cuántos peligros quedaríamos exentos si tuviésemos gran devoción al oír la Santa Misa...!


Continuará...




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domingo, 30 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 3: El necesario recogimiento para aprovechar la Santa Misa



               Hemos dicho que la Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, el cual no se ofrece a los Ángeles ni a los Santos, sino solamente a Dios. Sabéis ya que el Santo Sacrificio de la Misa fue instituido el Jueves Santo, al tomar Jesús el pan y transformarlo en Su Cuerpo y al tornar el vino y convertirlo en Su Sangre. Fue entonces cuando dio a los Apóstoles y a todos sus sucesores el poder de hacer lo mismo; a lo cual llamamos nosotros Sacramento del Orden. La Santa Misa se compendia en las palabras de la Consagración; y sabéis ya que los Ministros de la misma son los Sacerdotes.

              En el Santo Sacrificio de la Misa, Jesucristo es el Sumo Sacerdote y el Ministro principal. El Celebrante es verdaderamente Sacerdote y Ministro del Sacrificio. A este fin fue llamado y ordenado; de Jesucristo ha recibido la potestad. Es el Ministro de Jesucristo y ocupa el lugar del Salvador. Ofrece, pues, el Sacrificio por la acción y el ministerio ajenos a su persona. Lo ofrece sin que tenga verdadera necesidad de los asistentes.




LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES

               Los fieles no son estrictamente los ministros del Sacrificio. Si alguna vez se los llama ministros oferentes del Sacrificio, es hablando en sentido lato, ya que no lo ofrecen por sí mismos, sino por el Ministerio del Sacerdote, si unen su intención con la del Celebrante; de lo cual concluyo, que la mejor manera de oír la Santa Misa es unirse al Sacerdote en todo lo que él reza, y seguirle, en cuanto sea posible, en todas sus acciones, y procurar encenderse en los más vivos sentimientos de amor y agradecimiento: éste es el método más recomendable.

               En el Santo Sacrificio de la Misa podemos distinguir tres partes: la primera comprende desde el principio hasta el Ofertorio; la segunda, desde el Ofertorio hasta la Consagración; la tercera, desde la Consagración hasta el fin. Debo advertiros que, si nos distrajésemos voluntariamente durante una de estas tres partes, pecaríamos mortalmente; lo cual debe inducirnos a tomar la precaución de evitar que nuestro espíritu divague fijándose en cosas ajenas al Santo Sacrificio de la Misa. 

               Digo que, desde el comienzo hasta el Ofertorio, hemos de portarnos como penitentes penetrados del más vivo dolor de los pecados. Desde el Ofertorio hasta la Consagración debemos de portarnos como ministros que van a ofrecer Jesucristo a Dios Padre, y sacrificarle todo cuanto somos: esto es, ofrecerle nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestros bienes, nuestra vida y hasta nuestra eternidad. Desde la Consagración, hemos de considerarnos como personas que han de participar del Cuerpo adorable y de la Sangre Preciosa de Jesucristo y, por consiguiente, hemos de poner todo nuestro esfuerzo en hacernos dignos de tanta dicha.

               Para que lo comprendáis mejor, voy a proponeros tres ejemplos sacados de la Sagrada Escritura, los cuales os mostrarán la manera cómo habéis de oír la Santa Misa: es decir, en qué cosas debéis ocuparos en aquellos momentos tan preciosos para quien acierta a comprender todo su valor. El primero es el del publicano, y en el cual aprenderéis lo que debéis hacer al principio de la Santa Misa. El segundo es el del buen ladrón, que os enseñará cómo debéis portaros durante la Consagración. El tercero es el del centurión, que os dará la norma para el tiempo de la Comunión.

               Hemos dicho, primeramente, que el publicano nos enseña el comportamiento que hemos de observar al comienzo de la Santa Misa, acto tan agradable a Dios y tan poderoso para conseguir toda suerte de gracias. No hemos de esperar, pues, para prepararnos, haber entrado ya en la iglesia. Un buen Cristiano comienza ya a prepararse al abandonar el lecho, haciendo que su espíritu no se ocupe en otra cosa que en lo que se relaciona con tan alta ceremonia. Hemos de representarnos a Jesucristo en el Huerto de los Olivos, prosternado, con la Faz en tierra, preparándose al sangriento Sacrificio, del cual va a ser Víctima en el Calvario; así como hemos de tener también presente la grandeza de su caridad, que llegó hasta a decidirle a aceptar para sí el castigo que debíamos nosotros sufrir por toda una eternidad. En los primeros tiempos de la Iglesia, todos los Cristianos iban a Misa en ayunas (porque acostumbraban a comulgar en la Misa). 

               Conviene que, durante la madrugada, impidáis que vuestro espíritu se ocupe en negocios temporales, teniendo presente que, después de haber trabajado toda la semana para vuestro cuerpo, es muy justo que concedáis este día a los negocios del alma y a pedir a Dios la remisión de vuestros pecados. Al ir a la iglesia, procurad no conversar con nadie; pensad que seguís a Jesucristo llevando la Cruz hacia el Calvario, donde va a morir para salvarnos. Antes de la Santa Misa, debemos destinar unos instantes al recogimiento, a llorar nuestros pecados y a pedir a Dios perdón de ellos, a examinar las gracias de que estamos más necesitados, a fin de pedírselas durante la Misa...


Continuará...



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domingo, 23 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 2: La Grandeza infinita del Santo Sacrificio de la Misa


In omni loco sacrificatur et ofiertur 
Nomini Meo Oblatio Munda 

"En todas partes, es sacrificada y ofrecida 
en Mi Nombre una Oblación Pura" 


(Profeta Malaquías, cap. 1, vers.11)


Continuación del Domingo 16 de Agosto...


LA PARTE INICIAL DE LA SANTA MISA

                    El Introito representa el ardiente deseo que los Patriarcas tenían de la Venida del Mesías, y por esto se repite dos veces. Cuando el Sacerdote reza el Confíteor, se nos representa a Jesucristo cargando con nuestros pecados a fin de satisfacer a la Justicia de Dios Padre. El Kirie eleison que quiere decir: «Señor, tened piedad de nosotros», representa el miserable estado en que nos hallábamos antes de la Venida de Jesucristo. 

                    La Epístola significa la doctrina del Antiguo Testamento; el Gradual significa la penitencia que hicieron los judíos después de la predicación del Bautista; el Aleluya nos representa la alegría de un alma que ha alcanzado la gracia; el Evangelio nos recuerda la Doctrina de Jesucristo. Los diferentes signos de la Cruz que se hacen sobre el cáliz y sobre la hostia, nos recuerdan todos los sufrimientos que Jesucristo hubo de experimentar durante el curso de Su Pasión.

                     Antes de mostraros la manera cómo debéis oír la Santa Misa, he de deciros dos palabras sobre lo que se entiende por Santo Sacrificio de la Misa. 




LA GRANDEZA INFINITA DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA

                    Sabéis ya que el Santo Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz que fue ofrecido allá en el Calvario el Viernes Santo. Toda la diferencia está en que, cuando Jesucristo se inmoló sobre el Calvario, aquel Sacrificio era visible, es decir, se presenciaba con los ojos del cuerpo; Jesucristo fue inmolado a Su Padre, por manos de Sus verdugos, y derramó Su Sangre; por esto se le llama Sacrificio Cruento: lo cual quiere decir que la Sangre manaba de sus venas y se la veía correr hasta el suelo. Más, en la Santa Misa, Jesucristo se ofrece a Su Padre de una manera invisible; es decir, tal Inmolación la vemos con los ojos del alma pero no con los del cuerpo. Ved, en resumen, lo que es el Santo Sacrificio de la Misa. 

                    Mas, para daros una idea de la grandeza y excelsitud del mérito de la Santa Misa, me bastará deciros, con San Juan Crisóstomo, que la Santa Misa alegra toda la Corte Celestial, alivia a las pobres Almas del Purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, da más Gloria a Dios que todos los sufrimientos de los Mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos. 

                    Si me pedís la razón de esto, ella no puede ser más clara: todos estos actos son realizados por pecadores más o menos culpables; mientras que en el Santo Sacrificio de la Misa es el Hombre - Dios, igual al Padre, quien le ofrece los Méritos de Su Pasión y Muerte. Ya veis, pues, según esto, que la Santa Misa es de un valor infinito. Por eso hallamos en el Evangelio que, en el momento de la Muerte del Salvador, se obraron muchas conversiones: el buen ladrón recibió allí la seguridad de entrar en el Paraíso, muchos judíos se convirtieron y los gentiles golpeábanse el pecho reconociéndolo por Verdadero Hijo de Dios. Resucitaron los muertos, se abrieran las peñas y la tierra tembló.

LA SANTA MISA, EL MEJOR MEDIO DE VENCER AL DEMONIO

                    Si acertásemos a asistir a la Santa Misa con toda suerte de buenas disposiciones, aunque tuviésemos la desgracia de ser tan obstinados como los judíos, más ciegos que los gentiles, más duros que las rocas que se abrieron, es certísimo que alcanzaríamos nuestra conversión. En efecto, nos dice San Juan Crisóstomo que no hay momentos tan preciosos para tratar con Dios de la salvación de nuestra alma, como aquellos instantes en que se celebra la Santa Misa, en la que el mismo Jesucristo se ofrece en Sacrificio a Dios Padre, para obtenernos toda suerte de gracias y bendiciones. «¿Estamos afligidos, dice aquel gran Santo, pues hallaremos en la Misa toda suerte de consuelos. ¿Nos agobian las tentaciones? vayamos a oír la Santa Misa, y allí hallaremos la manera de vencer al demonio.» Y, de paso, voy a citaros un ejemplo. 

EL CABALLERO QUE SE SALVÓ POR LA SANTA MISA

                    Refiere el Papa Pío II que un Caballero de la provincia de Ostia estaba continuamente atormentado por una tentación de desesperación que le inducía a ahorcarse, lo cual había intentado ya varias veces. Habiendo ido a entrevistarse con un santo religioso para exponerle el estado de su alma y pedirle consejo, el Siervo de Dios, después de haberle consolado y fortalecido lo mejor que pudo, aconséjole, que tuviese en su casa un Sacerdote que celebrase allí todos los días la Santa Misa. Díjole el Caballero que lo haría gustosamente. Al mismo tiempo fue a recluirse en un castillo de su propiedad; allí un Sacerdote celebraba lodos los días la Santa Misa, que el Caballero oía con la mayor devoción. Después de haber permanecido allí por algún tiempo con gran tranquilidad de espíritu un día el Sacerdote le pidió permiso para ir a decir la Misa en una iglesia vecina en la que se celebraba una festividad extraordinaria; el Caballero no tuvo en ello inconveniente, pues se proponía ir también allí a oír la Santa Misa. Mas una ocupación imprevista le retuvo, sin que de ello se diese cuenta, hasta el mediodía. Entonces, lleno de espanto por haber perdido la Santa Misa, cosa que no le acontecía nunca, y sintiéndose otra vez atormentado por su antigua tentación, salió de su casa, y encontrose con un lugareño que le preguntó donde iba. “Voy, dijo el Caballero, a oír la Santa Misa.” “Es ya demasiado tarde, respondió aquel hombre, pues están todas celebradas.” Fue aquélla una noticia muy cruel para el Caballero, quien se puso a dar voces, diciendo: “¡Ay!, estoy perdido, pues se me escapó la Santa Misa”. Él lugareño, que era amigo del dinero, al verle en aquel estado, le dijo: “Si queréis, os venderé la Misa que he oído y todo el fruto que de ella he sacado”. El otro, sin reflexionar siquiera, lleno de pesar como estaba por haber faltado a la Santa Misa contestó: “Pues sí, aquí tenéis mi capa”. Aquel hombre no podía venderle la Santa Misa sin cometer un grave pecado. Al separarse, el Caballero no dejó, sin embargo, de proseguir su camino hacia la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al volverse a su casa, después de sus prácticas piadosas, halló a aquel pobre paisano colgado de un árbol en el mismo lugar donde le había aceptado su capa. Nuestro Señor, en castigo de su avaricia, permitió que la tentación del Caballero pasase al avaro. Movido por un tal espectáculo, aquel caballero dio gracias a Dios durante toda su vida, por haberle librado de un tan grande castigo, y no dejó nunca de asistir a la Santa Misa a fin de agradecer a Dios tantas bondades. A la hora de la muerte confesó que desde que asistía diariamente a la Santa Misa el demonio había dejado de inducirle a la desesperación.

                    Pues bien, ¿tiene razón San Juan Crisóstomo al decirnos que, si somos tentados, procuremos oír devotamente la Santa Misa, con la cual alcanzaremos la seguridad de que Dios nos librará de la tentación? Si tuviésemos la debida Fe, la Santa Misa sería para nosotros un remedio para cuantos males nos pudiesen agobiar durante nuestra vida. ¿No es, en efecto, Jesucristo, nuestro Médico de cuerpo y alma ?...



Continuará...



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domingo, 16 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 1: El Sacrificio debido a Dios y los Ornamentos Sacerdotales


In omni loco sacrificatur et ofiertur 
Nomini Meo Oblatio Munda 

"En todas partes, es sacrificada y ofrecida 
en Mi Nombre una Oblación Pura" 

(Profeta Malaquías, cap. 1, vers.11)



EL SACRIFICIO DEBIDO A DIOS

               Es innegable que el hombre, como criatura, debe a Dios el homenaje de todo su ser, y, como pecador, le debe una víctima de expiación; por esto en la Antigua Ley todos los días, en el Templo, era ofrecida a Dios tanta multitud de víctimas. Mas aquellas víctimas no podían satisfacer enteramente por nuestras deudas delante de Dios; era necesaria otra víctima más santa y más pura, la cual había de continuar sacrificándose hasta el fin del mundo, víctima que había de ser capaz de pagar lo que nosotros debemos a Dios: Esta Santa Víctima es el mismo Jesucristo, Dios como su Padre y hombre como nosotros. 





               Todos los días se ofrece en nuestros Altares, como se ofreció en el Calvario y, por esta oblación pura y sin mancha, rinde a Dios los honores que le son debidos, y satisface, por el hombre, todo lo que éste debe a su Criador; se inmola cada día, a fin de reconocer el Soberano Dominio que Dios tiene sobre Sus criaturas, quedando así plenamente reparado el ultraje que el pecado infiere a Dios Nuestro Señor. 

               
Ejerciendo Jesucristo de Mediador entre Dios y los hombres, nos alcanza, por este Sacrificio, cuantas gracias nos son necesarias; y habiéndose hecho al mismo tiempo Víctima de acción de gracias, tributa a Dios por los hombres todo el reconocimiento que ellos le deben. Mas, para hacernos participantes de todas estas ventajas, es preciso que pongamos algo de nuestra parte. Con el fin de haceros sentir mejor todo esto, intentaré ahora exponeros lo más claramente posible: 1º. La gran dicha de que somos participantes al asistir a la santa Misa; 2.° Las disposiciones con que a la misma hemos de asistir; 3.° Como asisten a ella la mayor parte de los cristianos.

LOS ORNAMENTOS SACERDOTALES

               No quiero detenerme en la explicación de lo que significan los ornamentos con que el sacerdote se reviste; creo que todos, o la mayor parte de vosotros, lo sabéis. Cuando el sacerdote se dirige a la sacristía para revestirse, representa a Jesucristo bajando del Cielo para encarnarse en el Seno de la Santísima Virgen, tomando un cuerpo como el nuestro, para sacrificarlo a Su Padre por nuestros pecados. 

               Al tomar el amito, que es aquella tela blanca que se pone sobre sus hombros, se nos representa el momento en que los Judíos vendaron a Jesús los ojos, dándole golpes y diciéndole: «Adivina quién te ha pegado». 

              El alba recuerda la vestidura blanca que por burla le mandó poner Herodes al devolverlo a Pilatos. 

              El cíngulo representa las cuerdas con que le ataron en el Huerto de los Olivos y los azotes con que desgarraron Sus carnes. 

              El manípulo, que lleva el sacerdote en el brazo izquierdo, nos representa las cuerdas con que fue atado Jesús en la columna al ser azotado; se pone el manípulo en el brazo izquierdo por ser el más cercano al corazón, lo cual nos muestra el exceso del Amor de Jesús, a impulsos del cual sufrió, por nuestros pecados, aquella cruel flagelación. 

               La estola nos recuerda la soga que le echaron al cuello al cargarle la Cruz a cuestas. 

               La casulla representa el vestido de púrpura, y la túnica sin costuras sobre la cual echaron suertes...




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lunes, 23 de septiembre de 2019

LA VISITA A JESÚS SACRAMENTADO: Amor con Amor se paga


"Os pido una limosna de cariño
 para Jesucristo Sacramentado…"(1)


          La Estación o Visita a Jesús Sacramentadocomo su nombre indica, consiste en realizar una visita, hacer un alto en el día, para acompañar a Nuestro Señor oculto en el Tabernáculo de nuestras iglesias. Apenas te llevará diez o quince minutos... depende de tu amor.

          Por desgracia, en los tiempos de Apostasía en los que vivimos, en la inmensa mayoría de los templos no se encuentra la Presencia Real de Jesús Sacramentado, no obstante, desde tu propio hogar, en un momento de tranquilidad, puedes recogerte y figurarte mentalmente frente al Sagrario (tal vez te ayude el recordar aquél Sagrario hermoso que viste en cierta ocasión y que tanta fe avivó en ti).



   

               Una vez transportado espiritualmente hasta el Tabernáculo, reconoce la verdadera Presencia de Nuestro Señor, con Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma y su Divinidad y agradecele por todos los beneficios recibidos. Si tienes tiempo, y siempre con la mente y el alma como si estuvieses realmente ante el Santísimo Sacramento, ábrele tu corazón y encomienda tu vida y preocupaciones por manos de María Nuestra Señora.

          Por último, ofrece este Santo Sacramento a la Augusta Trinidad, como reparación por las iniquidades que recibe Nuestro Señor en el Sagrario y al mismo tiempo, pide perdón de cuantas soledades padece Jesús oculto en los Altares.


MEDITACIÓN PREVIA

          "Si sufrimos penas y disgustos, Él nos alivia y nos consuela. Si caemos enfermos, o bien será nuestro remedio, o bien nos dará fuerzas para sufrir… Si nos hacen la guerra el demonio y las pasiones, nos dará armas para luchar, para resistir y para alcanzar la victoria. Si somos pobres, nos enriquecerá  con toda suerte de bienes en el tiempo y en la eternidad". (2)






ACTO DE FE EN JESÚS SACRAMENTADO

               "Dios está aquí, en la Hostia consagrada. Creo firmemente y proclamo que Jesucristo, Dios verdadero y Hombre verdadero, está aquí; Su Cuerpo real, vivo, glorioso, como está en el Cielo. 

          Está de modo insensible e invisible como no vemos ni sentimos la sustancia misma del pan. Jesucristo está real, vivo y glorioso en mi, dentro de mi pecho, cuando le recibo en la Sagrada Comunión. No es distinto del que está entre los Ángeles y entre los Bienaventurados del Cielo. 

          Calladamente obra en mi Su Obra como Dios y como Hombre... invisible, insensible, pero Todopoderoso. Yo creo firmemente que Jesucristo, el mismo del Cielo, está en la Sagrada Eucaristía, para que yo (decir aquí tu nombre) le recibiese, para alimento espiritual de mi alma, para darme la gracia divina y ser mi vida espiritual."(3) 


SÚPLICA A JESÚS OCULTO EN EL SAGRARIO

          Si hacemos la Visita a Jesús Sacramentado en compañía, uno dirigirá la primera parte de las oraciones y los otros la segunda, alternando, siendo I (inicio) y R (respuesta)

          - I     Soberano Señor Sacramentado  

          - R    Sea por siempre bendito y alabado

A continuación se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria 

Esta fórmula se repite tres veces 
-en Honor a la Santísima Trinidad- o bien, 
si se quiere emplear más tiempo, un total de cinco
 -para honrar a la vez
las Santas Llagas de Nuestro Señor. 




CONVERSACIÓN PERSONAL CON JESÚS, VÍCTIMA DE AMOR

          La mejor conversación es el silencio en íntimo recogimiento y atención a Jesús-Dios, que tenemos presente en el Sagrario; escucha a Jesús y mírale con amor callado, agradecido y suplicante. El alma santa acompaña a Jesús, le mira en el Sagrario y pide a Jesús haga de su pecho un sagrario vivo y perenne.

LA COMUNIÓN ESPIRITUAL

            La Comunión Espiritual NO sustituye la Comunión Sacramental que recibimos en la Santa Misa, sino que es como un anticipo de la misma, un deseo sincero de comulgar, de recibir a Jesús Sacramentado en nuestro corazón, por eso, y al igual que ocurre con la Comunión Eucarística, debemos tener preparación previa. Para leer más sobre la Comunión Espiritual toque aquí.

ACCIÓN DE GRACIAS Y DESPEDIDA

          Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, la médula de mi alma con el suavísimo y saludabilísimo dardo de Tu Amor; con la verdadera, pura y santísima Caridad apostólica, a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre sólo en amarte y en deseo de poseerte: que por Ti suspire, y desfallezca por hallarse en los atrios de Tu Casa; anhele ser desligada del cuerpo para unirse contigo. Haz que mi alma tenga hambre de Ti, Pan de los Ángeles, alimento de las almas santas, Pan nuestro de cada día, lleno de fuerza, de toda dulzura y sabor, y de todo suave deleite. 

          Oh Jesús, en quién se desean mirar los Ángeles: tenga siempre mi corazón hambre de Ti, y el interior de mi alma rebose con la dulzura de Tu sabor; tenga siempre sed de Ti, fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la Casa de Dios: que Te desee, Te busque, Te halle; que a Ti vaya y a Ti llegue; en Ti piense, de Ti hable, y todas mis acciones encamine a honra y Gloria de Tu Nombre, con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto, con perseverancia hasta el fin: para que Tú sólo seas siempre mi esperanza, toda mi confianza, mi riqueza, mi deleite, mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, mi paz, mi suavidad, mi perfume, mi dulzura, mi comida, mi alimento, mi refugio, mi auxilio, mi sabiduría, mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Amén.(4)




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NOTAS ACLARATORIAS

     1  Obispo Manuel González 
     2  San Juan María Vianney, Sermón del Jueves Santo
     3  Padre Valentín de San José
     4  San Buenaventura




martes, 3 de septiembre de 2019

SAN PÍO X, Custodio de la Integridad Católica


                “En la profunda visión que él tenía de la Iglesia como una sociedad, Pío X reconoció que era la Sagrada Eucaristía que tenía el poder de alimentar sustancialmente su vida íntima, y para elevarla por encima de todas las demás sociedades humanas. (…) ¡Qué ejemplo tan providencial para el mundo de hoy, donde la sociedad terrena está volviendo más y más un misterio para sí misma, y trata febrilmente de redescubrir su alma!. Que se vea, entonces, como modelo la Iglesia reunida alrededor de sus altares. Allí, en el sacramento de la Eucaristía la humanidad realmente descubre y reconoce que su pasado, presente y futuro son una unidad en Cristo”

Papa Pío XII, en la Canonización de San Pío X, el 29 de Mayo de 1954 




BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA
 DEL PAPA SAN PÍO X

               Giuseppe Melchiorre Sarto, quien luego sería el Papa Pío X nació el 2 de Junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, en Venecia. Sus padres fueron Giovanni Battista Sarto y Margarita Sanson. Su padre fue un cartero y murió en 1852, pero su madre vivió para ver a su hijo llegar a Cardenal. Luego de terminar sus estudios elementales, recibió clases privadas de Latín por parte del Arcipreste de su pueblo, Don Tito Fusarini, después de lo cual estudió durante cuatro años en Castelfranco Veneto, caminando de ida y vuelta diariamente.

               En 1850 recibió la tonsura de manos del Obispo de Treviso y obtuvo una beca de la Diócesis de Treviso para estudiar en el Seminario de Padua, donde terminó sus estudios filosóficos, teológicos y de los clásicos con honores. Fue ordenado Sacerdote en 1858, y durante nueve años fue Capellán de Tómbolo, teniendo que asumir muchas de las funciones del Párroco, puesto que éste ya era anciano e inválido. Buscó perfeccionar su conocimiento de la Teología a través de un estudio asiduo de Santo Tomás y el Derecho Canónico; al mismo tiempo estableció una escuela nocturna para la educación de los adultos, y siendo él mismo un ferviente predicador, constantemente era invitado a ejercer este ministerio en otros pueblos.

               En 1867 fue nombrado Arcipreste de Salzano, un importante municipio de la Diócesis de Treviso, en donde restauró la iglesia y ayudó a la ampliación y mantenimiento del hospital con sus propios medios, en congruencia con su habitual generosidad hacia los pobres; especialmente se distinguió por su abnegación durante una epidemia de cólera que afectó a la región. Mostró una gran solicitud por la instrucción religiosa de los adultos. En 1875 creó un reglamento para la catedral de Treviso; ocupó varios cargos, entre ellos, el de director espiritual y rector del seminario, examinador del clero y vicario general; más aún, hizo posible que los estudiantes de escuelas públicas recibieran instrucción religiosa. En 1878, a la muerte del Obispo Zanelli, fue elegido Vicario Capitular. El 10 de Noviembre de 1884 fue nombrado Obispo de Mantua, en ese entonces una sede muy problemática, y fue consagrado el 20 de Noviembre de ese mismo año.

               Su principal preocupación en su nuevo cargo fue la formación del clero en el Seminario, donde, por varios años, enseñó Teología Dogmática y, durante un año, Teología Moral. Deseaba seguir el método y la teología de Santo Tomás, y a muchos de los estudiantes más pobres les regaló copias de la “Summa Theologica”; a la vez, cultivó el Canto Gregoriano en compañía de los seminaristas. La administración temporal de la sede le impuso grandes sacrificios. En 1887 celebró un sínodo diocesano. Mediante su asistencia en el confesonario, dio ejemplo de celo pastoral.




               En el Consistorio Secreto celebrado en Junio de 1893, León XIII lo creó Cardenal, con el título de San Bernardo de las Termas; y en el Consistorio Público, tres días más tarde, fue preconizado Patriarca de Venecia, conservando mientras tanto el título de Administrador Apostólico de Mantua. El Cardenal Sarto fue obligado a esperar dieciocho meses, antes de tomar posesión de su nueva Diócesis, debido a que el gobierno italiano se negaba a otorgar el exequatur, reclamando que el derecho de nominación había sido ejercido por el Emperador de Austria. Este asunto fue tratado con amargura en periódicos y panfletos; el Gobierno, a manera de represalia, rehusó extender el exequatur a los otros obispos que fueron nombrados durante este tiempo, por lo que el número de sedes vacantes creció a treinta.

               Finalmente, el Ministro Crispi, habiendo regresado al poder, y la Santa Sede, habiendo elevado la misión de Eritrea a la categoría de Prefectura Apostólica en atención a los Capuchinos Italianos, motivaron al Gobierno a retractarse de su posición original. Esta oposición no fue causada por ninguna objeción contra la persona de Sarto. En Venecia el Cardenal encontró un estado de cosas mucho mejor que el que había hallado en Mantua.

               También allí puso gran atención en el Seminario, donde logró establecer la facultad de derecho canónico. En 1898 celebró el sínodo diocesano. Promovió el uso del Canto Gregoriano y fue gran benefactor del gran compositor Lorenzo Perosi; favoreció el trabajo social, especialmente los bancos en las Parroquias rurales; se dio cuenta de los peligros que entrañaban ciertas doctrinas y conductas de algunos Cristiano-Demócratas y se opuso enérgicamente a ellas. El Congreso Eucarístico Internacional de 1897, en el Centenario de San Gerardo Sagredo (1900), la Bendición de la primera piedra del nuevo campanario de San Marcos y la Capilla conmemorativa en el Monte Grappa (1901) fueron eventos que dejaron una profunda impresión en él y en su gente.

               A la muerte del Papa León XIII, los Cardenales se reunieron en Cónclave y, después de varias votaciones, Giuseppe Sarto fue elegido el 4 de Agosto, al obtener 55 de 60 votos posibles. Su coronación tuvo lugar el siguiente Domingo, 9 de Agosto de 1903.

              Sus esfuerzos se dirigieron a promover la Piedad entre los fieles, y a fomentar la recepción frecuente de la Sagrada Comunión, y, si era posible, hacerla diariamente, dispensando a los enfermos de la obligación de ayunar para poder recibir la Sagrada Comunión dos veces al mes, o incluso más. Finalmente, mediante el Decreto “Quam Singulari” (15 de Agosto de 1910), recomendó que la Primera Comunión en los niños no se demorara demasiado tiempo después de que alcanzaran la edad de la discreción.

               El 22 de Noviembre de 1903, promulgó un Motu Proprio sobre música sacra en las iglesias, y, al mismo tiempo, ordenó que el auténtico Canto Gregoriano se utilizara en todas partes, mientras dispuso que los libros de cantos se imprimieran con el tipo de fuente del Vaticano bajo la supervisión de una comisión especial. En la Encíclica “Acerbo nimis” (15 de Abril de 1905), planteó la necesidad de que la instrucción catequética no se limitara a los niños, sino que también fuera dirigida hacia los adultos, dando para ello reglas detalladas, especialmente en lo referente a escuelas adecuadas para la impartición de la instrucción religiosa a los estudiantes de escuelas públicas, y aun de Universidades. Promovió la publicación de un nuevo Catecismo para la Diócesis de Roma.




               Pero por sobre todas las cosas, la principal preocupación del Papa era la pureza de la Fe Católica. Por esta razón, en 1907, publicó el Decreto “Lamentabili” (llamado también el Syllabus de Pío X), en el que sesenta y cinco proposiciones modernistas fueron condenadas. La mayor parte de estas se referían a las Sagradas Escrituras, su inspiración y la Doctrina de Jesús y los Apóstoles, mientras otras se relacionaban con el Dogma, los Sacramentos, la Primacía del Obispo de Roma. Inmediatamente después de eso, el 8 de Septiembre de 1907, apareció la famosa Encíclica “Pascendi”, que exponía y condenaba el sistema filosófico del Modernismo.

              Una necesidad sentida durante mucho fue la de codificar la Ley Canónica, y con la intención de llevarla a cabo, el 19 de Marzo de 1904, Pío X creó una congregación especial de Cardenales; así las más eminentes autoridades en derecho canónico de todo el mundo, colaboraron en la formación del nuevo Código, que sería terminado en el Pontificado de su sucesor, Benedicto XV. En 1910 promulgó el Motu Proprio "Sacrorum Antistitum", conocido como "Juramento Antimodernista", que debía ser pronunciado por cualquiera que quisiera conservar o acceder a un oficio eclesiástico, incluida la docencia en teología.

               Profundamente afectado por el estallido de la Gran Guerra -que el había intentado por todos los medios evitar-, y debilitado por una crisis bronquial, su corazón cedió tras rápida enfermedad cuando contaba 79 años.

               Cuando el Padre Pío de Pietrelcina se enteró de la muerte de Pío X, empezó a llorar como un niño diciendo: “Esta guerra se ha llevado a la víctima más inocente, más pura y más santa: el Papa”, pues corrían rumores que el Santo Padre había ofrecido su vida para salvar a sus hijos del flagelo de la Guerra Mundial.

               El 29 de Mayo de 1954, Pío X era elevado a la Gloria de los Altares por otro Papa de nombre Pío y dotado del mismo espíritu antimodernista. Ese día, Pío XII recordaría la eterna condena al Modernismo: “Cualquier teoría, como el Modernismo, que separa la Fe y la Ciencia, en su fuente y en su objeto, oponiéndose una a la otra, produce en estas dos áreas vitales de un cisma, que es tan perniciosa “que un poco es más que la muerte”. (…) Con mirada vigilante Pío X observó la llegada de esta calamidad espiritual del mundo moderno, esta amarga desilusión que afectaba sobre todo a las clases cultas. Se dio cuenta de cómo una fe tan evidente, es decir, una fe no fundada sobre la revelación de Dios, sino que estén arraigadas en un terreno puramente humano, atraería a muchos al ateísmo. Así mismo, reconoció el destino fatal de una ciencia, que contrario a la naturaleza y en la limitación voluntaria, interceptó el camino a la verdad absoluta y el Bien, dejando al hombre, privado de Dios y se enfrentan a la oscuridad invisible en la que se encuentra en todo ser vestirte, sólo la actitud de la angustia o la arrogancia”