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domingo, 29 de marzo de 2026

QUISISTEIS ENTRAR SOLEMNEMENTE EN JERUSALÉN

 

"Dicite filiae Sion: Ecce Rex tuus venit tibi mansuetus, 
et sedens super asinam, et pullum filium subiugalis"

(St. Matthaeus 21, 5)



                    Al acercarse el tiempo de Su Pasión, Jesús sale de Betania y se encamina a Jerusalén. Consideremos aquí la humildad de Jesucristo, que, a pesar de ser el Rey de la Gloria, quiere entrar en aquella gran ciudad montado en un pollino. ¡Jerusalén, Jerusalén!, sal a esperar a tu Rey, que se acerca lleno de humildad y mansedumbre; no temas que se valga de Su Imperio y Señorío para apoderarse de tus riquezas; mira que viene rebosando amor y piedad para salvarte y rescatarte, a costa de su vida, de la esclavitud que padeces. 

                    Entre tanto, el pueblo, que desde hacía mucho tiempo le veneraba por los milagros que obraba, y señaladamente por la resurrección de Lázaro, que todavía andaba por boca de todos, salió a su encuentro; y mientras unos tienden sus vestidos sobre el camino por donde debía pasar, cubren otros las calles con ramas de árboles, en señal de vasallaje. ¿Quién hubiera podido predecir entonces que este Príncipe, recibido con tanta pompa y majestad , sería dentro de pocos días condenado a muerte como un criminal y conducido al Calvario con la Cruz al hombro?. 

                    Amadísimo Jesús, quisisteis entrar solemnemente en Jerusalén para que la ignominia de Vuestra Pasión y Muerte contrastasen con la Honra y Gloria que aquel día recibisteis. Pronto se trocarán en maldiciones e injurias, las alabanzas y vítores con que hoy os aclaman. 

                    Hoy dicen: Hosanna, salud y gloria al Hijo de David; bendito sea el que viene en Nombre del Señor (Evangelio de San Mateo, cap. 21, vers. 9). Dentro de algunos días alzaran la voz diciendo: Quita, quítale de en medio, crucifícale (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 6). Pilato, exclamarán, quita de nuestra presencia a ese malhechor; crucifícalo pronto, no vuelvas a presentarlo a nuestra vista. 

                    Ahora se despojan de sus vestidos, y después os despojarán, Jesús mío, de los Vuestros para azotaros y crucificaros. 

                    Ahora tapizan de ramos las calles que habéis de atravesar, y luego tomaran manojos de espinas que traspasen Vuestra frente. 

                    Ahora os colman de bendiciones, y después no se cansaran de ultrajaros e insultaros. 

                    Alma mía, sal al encuentro de tu Dios y dile con afecto y agradecimiento: Bendito sea el que viene en Nombre del Señor. Amado Redentor mío, seáis para siempre bendito, ya que para salvarme habéis bajado del Cielo; todos estábamos perdidos sin remedio si Vos no hubierais venido a la tierra. Al llegar cerca de Jerusalén, dice San Lucas, poniéndose a mirar esta ciudad lloró sobre ella. Derramó lágrimas sobre Jerusalén, ora considerase su ingratitud, ora previese su próxima ruina... 

                    Ah Señor mío, mientras llorabais sobre la ingrata Jerusalén, llorabais también sobre la ingratitud y ruina de mi alma. Amado Redentor mío, llorabais los daños que yo acarree a mi alma al arrojaros de ella por el pecado y al obligaros a condenarme al Infierno, después de haber muerto para librarme de él. 

                    Ah, yo, yo soy quien debiera derramar lágrimas sin consuelo por el grave daño que hice a mi alma ofendiéndoos y separándome de Vos después de haberme dado tantas pruebas de amor. 

                    Eterno Padre, por las lágrimas que entonces derramó Vuestro Hijo sobre la ruina de mi alma, dadme gran dolor de mis pecados. Y Vos, tierno y amoroso Corazón de mi Jesús, tened compasión de mí, pues detesto cordialmente los disgustos que os he dado y propongo firmemente amaros con todas mis fuerzas. 

                    Después de su entrada en Jerusalén, Jesús pasó todo el día en predicar y curar enfermos; pero al llegar la noche tuvo que retirarse a descansar en Betania, porque no hubo en Jerusalén quien le invitase a hospedarse en su casa. 

                    Benignísimo Señor mío, si los demás hombres no os reciben, jamás yo os arrojaré de mi corazón; hubo, sin embargo, un tiempo en que mi ingratitud os arrojó de mi alma; pero ahora tengo a mas honra el vivir unido con Vos que ser dueño de todos los reinos del mundo. Oh Dios mío!, quién podrá jamás separarme de vuestro amor?


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




domingo, 24 de marzo de 2024

DOMINGO DE RAMOS, Dominica in palmis de Passione Domini

   

          "Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y de Betania, al pie del monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos diciéndoles: «Vayan a ese pueblo que ven enfrente; apenas entren encontrarán un burro amarrado, que ningún hombre ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta: ¿Por qué hacen eso?, contesten: El Señor lo necesita, pero se lo va a devolver aquí mismo.» Se fueron y encontraron en la calle al burro, amarrado delante de una puerta, y lo desataron.




          Algunos de los que estaban allí les dijeron: «¿Por qué sueltan ese burro?» Ellos les contestaron lo que les había dicho Jesús, y se lo permitieron. Trajeron el burro a Jesús, le pusieron sus capas encima y Jesús montó en él. Muchas personas extendían sus capas a lo largo del camino, mientras otras lo cubrían con ramas cortadas en el campo. Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!. ¡Ahí viene el bendito reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». Entró Jesús en Jerusalén y se fue al Templo. Observó todo a su alrededor, y siendo ya tarde, salió con los Doce para volver a Betania."


Evangelio de San Marcos, capítulo 11, versículos 1-10


          Antes de prestarse a ser crucificado, Jesucristo desea ser proclamado Rey por el mismo pueblo deicida, y por eso entra hoy triunfante en Jerusalén. La Liturgia de este día es una mezcla de alegría y de tristeza. Hay que notar en ella tres particularidades: la Bendición de los Ramos; la Procesión, y la Santa Misa.

 La Bendición de los Ramos

          Precede a la Misa: una vez benditos los ramos, el celebrante los rocía con agua bendita y los inciensa, y al compás del canto de las antífonas “Pueri hebraeorum”, que recuerdan los vítores de los niños hebreos, se hace la distribución. Al recibirlo, los Fieles han de besar el ramo y la mano del Sacerdote.

          El rito de la Bendición de los Ramos responde fielmente al tipo antiguo de las colectas o reuniones de oraciones litúrgicas, tenidas, a imitación de las celebradas por los judíos en sus sinagogas, para la recitación del Oficio Divino, para la edificación e instrucción de los Fieles.

 La Procesión

           Acabada la distribución, se forma y desfila la procesión, que semeja un paseo triunfal. Es de origen muy antiguo y una como continuación de la que, ya en el siglo IV, se realizaba en Jerusalén.

          Todos los que toman parte en la procesión, llevan en sus manos las palmas o ramos benditos, y los cantores entonan cánticos alusivos al Triunfo de Jesucristo. Al llegar, de regreso, a las puertas del templo, la comitiva las encuentra cerradas; se detienen ante ellas, y oye que en el interior voces infantiles entonan un himno, cuyo estribillo repiten los de afuera, como entrelazándose en un porfiado diálogo en alabanza de Cristo Rey.




 La Misa

          Con la procesión se extingue la nota alegre y triunfante de este día, y se apodera del templo y de los oficios litúrgicos un sentimiento de profundo dolor. Éste llega a su colmo en el canto de la Historia de la Pasión según San Mateo, que reemplaza al pasaje acostumbrado del Evangelio.

          En señal de duelo no se inciensa el Misal ni los acólitos llevan ciriales como de ordinario. Los Fieles están de pie y con las palmas y ramos benditos en las manos, como para vitorear a Cristo mientras los judíos lo escarnecen.

 La Pasión puede cantarse o rezarse

          Está distribuida en forma de diálogo, en el que intervienen como actores: Jesucristo, el Cronista y la Sinagoga, por la que habla el tercer Diácono siempre que media en la conversación un personaje aislado, y el coro o asamblea de Fieles cuando son varios o todo el pueblo en tumulto. Al anunciar el Cronista la muerte del Señor, el Clero y los Fieles se prosternan en tierra, por breves instantes, “para adorar al Redentor”. Prosiguiendo el relato de lo sucedido después de la muerte, reservando la última parte para el Diácono de oficio, a quien corresponde el canto del Evangelio en todas las Misas Solemnes.