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viernes, 27 de marzo de 2026

EN LA SUPREMA AMARGURA, CONSERVABA LA PAZ. NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

 


                    Se equivoca quien piensa que la Santísima Virgen tuvo durante su vida apenas un episodio de dolor, en el supremo momento de la Pasión de su Divino Hijo. No fue ése un momento único, aunque haya sido el mayor dolor que jamás se haya sentido en el Universo, por debajo del dolor insondable de Nuestro Señor Jesucristo en su Humanidad Santísima. Fue un dolor tan grande, que recapituló todos los dolores del Universo y todo cuanto los hombres sufrieron desde la caída de Adán y sufrirán hasta el último momento en que haya hombres sobre la tierra.

                    Jesucristo fue llamado por el Profeta Isaías de Vir Dolorum, “Varón de Dolores” (Isaías, cap. 53, vers. 3). La Pasión de Cristo no fue un hecho aislado en su vida, sino el ápice de una secuencia enorme de dolores, que comenzaron desde el primer instante de su Ser y fueron hasta el momento en que, en medio de un diluvio de dolores, exhaló el terrible Consummatum est — “Todo está consumado” (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30).

                    La Santísima Virgen, siendo un espejo de la Sabiduría y de la Justicia, refleja en sí todo cuanto es de Nuestro Señor Jesucristo. Así, se puede afirmar que Ella fue la Mulier Dolorum, la Dama de los Dolores. Su vida entera fue invadida por el dolor. Fue sin embargo un dolor proporcional a las fuerzas incalculables que la Gracia le daba.

                    Como un dolor impuesto por la Providencia, por más lancinante que haya sido, no era de aquellos dolores que todo lo ponen en turbulencia, en probación y que devastan el alma. Eran dolores inmensos, pero muy arquitectónicos, sabios, y que fueron recibidos con una serenidad de alma admirable. En la suprema amargura, conservaba la paz. Así, también de la Virgen María se puede decir que estaba en paz en medio de una suprema amargura.

                    En medio de un océano de dolores, todo era equilibrado, raciocinado, cargado con amor y un equilibrio de alma incomparable, sin super emociones, aunque con una casi infinidad de sentimientos. Sin excitación, sin pánico, pero con mucho miedo, mucha angustia; y, en los debidos momentos, con un peso de dolor que llegaba casi a despedazar.

                    Durante la vida entera, Nuestra Señora fue una gran sufridora, pero a lo largo de ella tuvo también alegrías. Todas las alegrías del mundo —desde el primer instante en que el hombre nació en el paraíso terrenal hasta el último momento en que haya hombres sobre la tierra, todas ellas sumadas— no se comparan con las grandes alegrías de la Santísima Virgen. Esos dolores y alegrías se entrelazaron continuamente. Ella vivía soportando el fardo de los más tremendos dolores y al mismo tiempo aliviada por las más admirables alegrías.

                    ¿Cuáles fueron los Dolores de Nuestra Señora?Fundamentalmente, Ella comenzó a sufrir antes de saber que sería la Madre de Dios. Al haber sido concebida sin pecado original, pensaba y tenía un profundo conocimiento de todo lo que pasaba. Además, tenía tal celo por la gloria de Dios, que daría mil veces su vida para evitar un pecado mortal. Sin embargo pasaba por el tremendo dolor de ver a la humanidad entera inerte en el pecado. Aún más, Ella vio los pecados que se cometerían por ocasión de la Venida del Mesías y los que vendrían después del Mesías hasta el Fin del Mundo. Y esos pecados le causaban un tormento del cual simplemente no tenemos idea. San Ignacio de Loyola dijo que, si él tuviera que pasar una vida entera de sufrimientos simplemente para evitar que se cometiera un sólo pecado mortal, daría por bien empleados todos los sufrimientos de su existencia, de tal manera el pecado mortal es un mal insondable.

                    Pero si este Santo pensaba así, ¿qué no pensaría la Santísima Virgen, ante la cual el mayor santo es menos que una gota de agua comparada a todos los mares?. La Santidad de Nuestra Señora no tiene proporción con nada. No podemos calcular la desproporción entre la Santidad de María Santísima y la de todos los Ángeles y Santos reunidos. Entonces, ¿qué tormentos serían para Ella?.

                    Luego recibió la magnífica noticia de que sería la Madre del Verbo Encarnado. Imaginen la alegría que Ella sintió al adorar al Dios encarnado, en el primer momento en que fue concebido por Obra del Divino Espíritu Santo. Pero imaginen también el dolor, pensando en los sufrimientos inenarrables que su Divino Hijo padecería.

                    Imaginen la alegría que Ella sintió al adorar al Dios encarnado, en el primer momento en que fue concebido por Obra del Divino Espíritu Santo. Pero imaginen también el dolor, pensando en los sufrimientos inenarrables que su Divino Hijo padecería.

                    La Santísima Virgen pasó por los dolores de la Infancia del Niño Jesús, y en seguida por el dolor de su separación. Más tarde comienza a operar milagros, comienzan sus victorias, es el momento de la alegría. Pero, poco después, comienza la ingratitud de los hombres. Se comienza a preparar la tempestad de las injusticias que llevaron a Nuestro Señor hasta la Crucifixión. Ella fue sufriendo todo esto. Por ejemplo, al considerar la ingratitud de la que Él era víctima en todas partes.

                    En el momento de la Pasión, Ella contempla todo lo que Nuestro Señor en cada trance sufrió, y lo sufrió junto a Él. Si hay Santos que se desmayaron al recibir la revelación de lo que Nuestro Señor sufrió durante la Pasión, ¿cómo valorar lo que significaría para Nuestra Señora el menor episodio de la Pasión?.

                    Al final, viendo a su Hijo en lo alto de la Cruz, los Dolores de la Santísima Virgen alcanzan lo inenarrable. Ella está ante esta alternativa: por un lado, desear que Él muera pronto, para disminuir sus dolores; por otro lado, desear que su vida aún se prolongue, porque toda madre desea prolongar la vida de su hijo; pero también debido a la idea de que así Él sufriría más, y ello sería mejor para la remisión de los pobres pecadores. Ella se une a la Pasión, acepta la prolongación de ese sufrimiento, y mantiene el propósito de admitir que Nuestro Señor sea inmolado.



Estampa devocional, diseñada para uso privado o para hacer apostolado;
se puede imprimir y distribuir, sin fines lucrativos o comerciales

                    La Santísima Virgen deseaba tanto la salvación de nuestras almas, que aceptó que su Hijo pasara por todo aquello, por el bien del alma de cada uno de nosotros. Nuestra Señora ama tanto el alma de cada uno individualmente, que aunque hubiese uno solo que salvar a costa de aquel período de dolores, Ella aceptaría que su Hijo pasara por aquellos tormentos para salvar esa alma.

                    Imagínense a la Virgen María contemplando todos los tormentos. Por ejemplo, la corona de espinas penetrando en la frente de Nuestro Señor y produciéndole lesiones nerviosas, haciendo que todo su cuerpo se estremezca en medio de todos aquellos dolores; la corona de espinas que llega a alcanzar sus sagrados ojos; en la Cruz, sus brazos semi separados de los hombros; la sed tremenda; la sangre que escurría por todas partes; la fiebre altísima; los estertores de todo su cuerpo contorsionado por el dolor.

                    Ella sabía de esto, medía esto, sin embargo lo aceptaba todo. Deseaba que fuera así. Era como que un sacrificador, un sacerdote que inmola la Víctima Divina en lo alto del Calvario. Ella quería que aquello fuera así, pues si éste era el precio para salvar un alma, Ella quería que su Hijo sufriera lo que estaba sufriendo.

                    Aquí está la grandeza de la Santísima Virgen. No tanto por la enormidad de dolores que sufrió, sino por haber deseado sufrir lo que sufrió. Ella quiso que su Hijo hiciera ese sacrificio tremendo y admirable por amor a cada uno de nosotros, porque Dios quiso sacrificar por amor a nosotros a su Hijo Unigénito.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



lunes, 15 de septiembre de 2025

LOS SIETE DOLORES de MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Corredentora de las almas

 

"¿A qué Te compararé? ¿A qué Te asemejaré, 
oh hija de Jerusalén? ¿A qué Te igualaré 
para consolarte, oh Virgen Hija de Sión? 
Porque grande como el mar es Tu destrucción" 

Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13



              ¿Quién es esta Virgen de la que habla el Profeta con un tono tan triste? ¿Por qué es Su dolor tan profundo, que no se compara con ningún otro? Ciertamente, dudaríamos en creer que Jeremías se refería a la Inmaculada Madre de Jesús, si no fuera por el relato evangélico, que la retrata junto a la Cruz de Su Hijo moribundo.

                    Sí, es María, la incomparable Virgen de Judá, cuya alma pura jamás fue manchada por la más mínima mancha de pecado, y sobre cuya cabeza, sin embargo, se acumularon innumerables sufrimientos. Al predestinarla a ser Madre del Verbo, Dios también decretó que se convirtiera en Reina de los Mártires, pues le correspondía compartir todos los dolores que Su Divino Hijo soportó durante los treinta y tres años de Su vida mortal, y unir Sus propios sufrimientos a los del Verbo Encarnado, por la salvación de la Humanidad.

                    Con Jesús, María experimentó las penas del exilio, y con Él bebió los últimos sorbos de aquella amarga copa preparada por la malicia de los hombres para el Redentor del mundo. Los ultrajes dirigidos contra el Dios-Hombre recayeron sobre Ella, y se convirtió, en verdad, en la más afligida de las madres. Ofreció a Dios en el Calvario la Santa Víctima, y ​​soportó sin pestañear la amargura de la muerte. Finalmente, Su último y supremo dolor fue acompañar el adorable Cuerpo de Su Hijo al sepulcro: entonces Su desolación alcanzó Su clímax: «Me ha dejado desolada, consumida de dolor todo el día».

                    Cuando nos detenemos a considerar las cosas de este mundo, percibimos que esta tierra es un lugar de trabajo y angustia, no de alegría y descanso. Los afligidos constituyen la mayor parte de la humanidad, y los escasos consuelos que nos llegan no están exentos de una pizca de amargura.

                    Para el hombre mundano, interesado únicamente en el placer y el disfrute, la ley del dolor parece extremadamente dura: no puede someterse a ella, lo irrita y siempre está en busca de la fugaz imagen de la felicidad que se escapa de su alcance.

                    El hombre de Fe, en cambio, acostumbrado a contemplar todas las cosas a la luz de la Gracia de Dios, reconoce una admirable disposición de la Providencia en la ley del sufrimiento. Lejos de rebelarse contra esta ley, se somete a ella, la adora y se humilla bajo la mano que castiga. Bendice esta mano paternal tanto cuando golpea como cuando concede favores y gracias. El hombre de Fe comprende que Dios solo golpea para sanar, que esta tierra no es nuestra verdadera patria y que el sufrimiento es necesario para expiar el pecado. Ahora bien, ¿no somos todos pecadores? No nos preguntemos, entonces, si estamos llamados a sufrir.

                    Oh María, compañera inseparable de Jesús Crucificado, enséñame el secreto de esta divina ley del dolor, para que, en Tu escuela, aprenda, en virtud de los méritos de Jesucristo y de los tuyos, a someterme con corazón dispuesto a las disposiciones de la Providencia sobre mí.

                    María, exenta de todo pecado, no estaba naturalmente sujeta a la ley del dolor; como Adán en el Jardín del Edén, sólo habría experimentado alegría y gozo. Y sin duda, así habría sido si hubiera sido una criatura común y corriente. Pero en los Designios de Dios, María estaba predestinada a ser la Obra Maestra de la Gracia, y le correspondía pasar por el sufrimiento para alcanzar la perfección a la que había sido llamada.



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                    Además, como Madre del Redentor, María debía cooperar, cuanto una criatura podía hacerlo, con Jesucristo en la Obra de nuestra Redención, así como Eva en el Paraíso Terrenal había tenido parte en provocar nuestra ruina; y como el Salvador debía restaurarnos mediante el sufrimiento, así María debía beber con Él el cáliz amargo.

                    Además, estando María destinada a ser Madre del Género Humano, era necesario que conociera el dolor, para poder compadecerse de las miserias de Sus hijos nacidos en la tierra.

                    El Alma de María, por tanto, se sintió abrumada y sumida en una amargura solo superada por la de Su Hijo. «¡Oh todos los que pasáis por el camino, prestad atención y ved si hay dolor como el Mío!»


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



viernes, 11 de abril de 2025

LA DOLOROSA CORREDENTORA DE LAS ALMAS

 


                    Corría el siglo V cuando el Papa Sixto III consagró la Basílica Liberiana en Honor de María Nuestra Señora y de los Santos Mártires; en su ábside mandó colocar un mosaico en el que se representaba a la Santísima Virgen como Reina de los Mártires, pues la íntima unión con Su Divino Hijo en el Calvario, la hizo merecedora de tal título, por soportar en Su Alma mayores dolores y sufrimientos que todos los Mártires. La devoción a la Virgen Dolorosa arraigó profundamente en el Pueblo Católico a partir del siglo XIII, momento en el que aparece la Orden de los Servitas, consagrados a los Dolores de la Madre de Dios, que pronto popularizaron el hábito negro mediante su Orden Tercera. El Papa Benedicto XIII extendió universalmente la celebración del “Viernes de Dolores” en 1727, situando la celebración para el anterior al Viernes Santo.


SOBRE LOS DOLORES DE MARÍA 

                    "La Santísima Virgen María, por el amor que nos dedicaba, estaba dispuesta a ver a Su Hijo sacrificado a la Justicia Divina por la barbaridad de los hombres. 

                    Este gran tormento, pues, que María soportó por nosotros, un tormento mayor de que mil muertes, merece nuestra compasión y nuestra gratitud. 

                    Si no podemos corresponder más a un tal gran amor, al menos dediquemos algunos momentos en este día de hoy para considerar cuan grandes fueron los sufrimientos por los cuales María se hizo Reina de los Mártires; porque los sufrimientos de Su gran martirio excedieron los de todos los Mártires, en primer lugar por ser los más largos, y en segundo lugar por ser los mayores en intensidad".


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia


                    "La Santísima Virgen es Dispensadora Universal de todas las gracias, tanto por Su Divina Maternidad, que las obtiene de Su Hijo, como por Su Maternidad Espiritual, que las distribuye entre Sus otros hijos, los hombres. Esto lo hace subordinada a Cristo, pero de manera inmediata. Y ello por una específica y singular determinación de la Voluntad de Dios, que ha querido otorgar a María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora, con alcance universal y para siempre"


Papa Pío X, Encíclica "Ed diem illum" , 2 de Febrero de 1904


                    "...que sean precisamente Tus dolores, que sean Tus lágrimas las que descendiendo sobre esa tierra fértil, hagan prosperar y madurar frutos de Perfección Cristiana y de Santidad. Es un pueblo que Te ama y que no quiere verte llorar más; es un pueblo dispuesto a llorar él sus pecados con tal de que Tú sonrías; es un pueblo de hijos Tuyos, de devotísimos hijos Tuyos que hoy Te ofrece esa corona, como prenda tangible de reconciliación, como memoria perenne del amor que Te profesa, como señal de reconocimiento de Tu soberanía maternal. Es un pueblo predilecto que, aunque Te haya costado lágrimas, puede asegurarte que no son lágrimas perdidas, sino que precisamente por ellas confía plenamente en Tu bondad y en Tu intercesión ante Tu Preciosísimo Hijo..."


Papa Pío XII, 1956



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INDULGENCIAS 
que podemos ganar meditando 
los Dolores de María Madre y Corredentora


                    El Papa Clemente XII, concedió en 1734, una INDULGENCIA PLENARIA y remisión de todos los pecados a quienes recen la "Corona de Los Siete Dolores" DIARIAMENTE por un mes continuo y luego confesando y comulgando, rogasen por las intenciones de la Santa Iglesia; al que verdaderamente arrepentido y confesado, o al menos con firme propósito de confesarse, rezare esta Corona, por CADA VEZ 100 AÑOS de indulgencia. Todas estas indulgencias son aplicables a las Benditas Almas del Purgatorio.



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domingo, 15 de septiembre de 2024

NUESTRA SEÑORA DE LOS SIETE DOLORES

  

               Cuando María se ofreció a Dios completamente, junto a Su Hijo en el Templo, ya participaba con Él de la dolorosa expiación a favor del género humano. Es, por tanto cierto, que Ella participó en las mismas profundidades de Su Alma con sus más amargos sufrimientos y con sus tormentos. Finalmente fue ante los ojos de María que se consumó el Divino Sacrificio, para el cual había dado a luz y criado a la Víctima.


( Papa León XIII, Encíclica Jucunda semper, 8 de Septiembre de 1894 )






               Ella estuvo en el Calvario por divina disposición. En comunión con Su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte, abdicó Sus derechos de Madre sobre Su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y para apaciguar la Ira Divina, y en cuanto de Ella dependía, inmoló a Su Hijo... Ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo.


( Papa Benedicto XV, Carta Apostólica Inter Sodalicia, 22 de Mayo de 1918 )


               Así pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y los que, como dice el Apóstol, somos miembros de Su Cuerpo, partícipes de Su Carne y de sus Huesos, hemos salido del Vientre de María, como partes del cuerpo que permanece unido a la cabeza. De donde, de un modo ciertamente espiritual y místico, también nosotros nos llamamos Hijos de María y ella es la Madre de todos nosotros. Madre en espíritu… pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo que somos nosotros. En efecto, si la Bienaventurada Virgen es al mismo tiempo Madre de Dios y de los hombres ¿quién es capaz de dudar de que Ella procurará con todas Sus fuerzas que Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, infunda en nosotros, Sus miembros, todos Sus dones, y en primer lugar que le conozcamos y que vivamos por Él?.

               A todo esto hay que añadir, en alabanzas de la Santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de Su Carne con la que se lograría una Hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el papel de custodiar y alimentar esa Hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el Ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la Vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta: mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis años. 

                 Efectivamente cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la Cruz de Jesús, Su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que Su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, Ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció Su Hijo.

               Y por esta comunión de Voluntad y de Dolores entre María y Cristo, Ella mereció convertirse con toda dignidad en Reparadora del orbe perdido, y por tanto en Dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con Su Muerte y con Su Sangre.

               Cierto que no queremos negar que la erogación de estos bienes corresponde por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han originado a partir de Su Muerte y Él por su propio poder es el Mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comunión, de la que ya hemos hablado, de Dolores y Bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen Augusta ser poderosísima Mediadora y Conciliadora de todo el orbe de la tierra ante Su Hijo Unigénito.

               Así pues, la fuente es Cristo y de Su plenitud todos hemos recibido; por quien el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren… va obrando su crecimiento en orden a su conformación en la Caridad. A su vez María, como señala San Bernardo, es el Acueducto; o también el cuello, a través del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza envía al cuerpo la fuerza y las ideas. Pues Ella es el cuello de nuestra Cabeza, a través del cual se transmiten a su cuerpo místico todos los dones espirituales..."


( Papa San Pío X, Carta Encíclica Ad diem illud laetissimum, 2 de Febrero de 1904 )





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viernes, 22 de marzo de 2024

CORONA DE LOS SIETE DOLORES

 


               La Corona de los Siete Dolores se compone de siete grupos, con siete cuentas por grupo, para así mejor honrar los Dolores padecidos por la siempre Virgen María; esta devoción se centra en los Misterios Dolorosos de María, que se meditan y contemplan acompañándola espiritualmente y poniendo nuestro corazón junto al de Nuestra Santa Madre, para comprender y compartir con Ella Su maternal dolor por los padecimientos de Su Hijo.

               El 14 de Febrero de 1607, el Papa Pablo V, mediante el breve "Cum Certas unicuique", concede indulgencias a este piadoso ejercicio, que practicaban los Siervos de María, (Servitas) . En esta época todavía no se rezaban las siete septenas de Ave María, sino que consistía en la recitación de siete Padrenuestros e igual número de Avemarías

               Es importante que a la hora de rezar esta Corona, nos situemos espiritualmente junto a la Madre Dolorosa, para así tratar de vivir en nuestro corazón lo que Ella experimentó en el Suyo en cada uno de aquellos amargos momentos...



Los Siete Dolores 
de Nuestra Santa Madre
       

           Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos Señor + Dios Nuestro.

           En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.

           Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

           Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.


1º. La Profecía de Simeón 

          ¡Dulce Madre mía! Al presentar a Jesús en el templo, la profecía del anciano Simeón Te sumergió en profundo dolor al oírle decir: “Este Niño está puesto para ruina y resurrección de muchos de Israel... y una espada traspasará tu alma”.  De este modo quiso el Señor mezclar Tu gozo con tan triste recuerdo. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.

2º. La persecución de Herodes y la huida a Egipto

          ¡Oh Virgen querida!, quiero acompañarte en las fatigas, trabajos y sobresaltos que sufriste al huir a Egipto en compañía de San José para poner a salvo la vida del Niño Dios. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e  Inmaculado de María, ruega por nosotros.


3º. Jesús perdido en el Templo, por tres días

          ¡Virgen Inmaculada! ¿Quién podrá pasar y calcular el tormento que ocasionó la pérdida de Jesús y las lágrimas derramadas en aquellos tres largos días? Déjame, Virgen mía, que yo las recoja, las guarde en mi corazón y me sirva de holocausto y agradecimiento para Contigo. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.


4º. María encuentra a Jesús, cargado con la Cruz

          Verdaderamente, calle de la amargura fue aquella en que encontraste a Jesús tan sucio, afeado y desgarrado, cargado con la Cruz que se hizo responsable de todos los pecados de los hombres, cometidos y por cometer. ¡Pobre Madre! Quiero consolarte enjugando Tus Lágrimas con mi amor. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.


5º. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor

          María, Reina de los Mártires, el dolor y el amor son la fuerza que los lleva tras Jesús, ¡qué horrible tormento al contemplar la crueldad de aquellos esbirros del infierno traspasando con duros clavos los pies y manos del Salvador! Todo lo sufriste por mi amor. Gracias, Madre mía, gracias. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.


6º. María recibe a Jesús bajado de la Cruz 

          Jesús muerto en brazos de María. ¿Qué sentías Madre? ¿Recordabas cuando Él era pequeño y lo acurrucabas en Tus brazos?. Por este dolor Te pido morir entre Tus brazos. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.


7º. La sepultura de Jesús 

          Acompañas a Tu Hijo al sepulcro y debes dejarlo allí, solo. Ahora Tu dolor aumenta, tienes que volver entre los hombres, los que Te hemos matado al Hijo, porque Él murió por todos nuestros pecados. Y Tú nos perdonas y nos amas. Madre mía perdón, misericordia. 

  Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y 1 Gloria.

  Terminamos con la jaculatoria Corazón Doloroso e Inmaculado de María, ruega por nosotros.


ORACIÓN FINAL


          Corazón Doloroso e Inmaculado de María, morada de Pureza y Santidad, cube mi alma con Tu protección maternal a fin de que, siendo siempre fiel a la voz de Jesús, responda a Su amor y obedezca a Su Divina Voluntad. Quiero, Madre Mía, vivir íntimamente unido a Tu Corazón, que está totalmente unido al de Tu Divino Hijo. Átame a Tu Corazón y al Corazón de Jesús con Tus Virtudes y Dolores y protégeme siempre. 

          Y terminamos signándonos en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.



NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES, REPARADORA DEL GÉNERO HUMANO

 


               He aquí el Amor que ya Le hace verlo morir de tristeza en el Huerto, desgarrado por los azotes y coronado de espinas en el Pretorio, finalmente colgado de un árbol de oprobio en el Calvario. ¡Mira, oh Madre, dijo amor, qué Hijo amable e inocente ofreces a tantos dolores, a tan horrible muerte!. ¿Y de qué os servirá quitárselo de las manos a Herodes y luego reservarlo para tan compasivo fin?

               Así María no sólo ofreció a Su Hijo en Su muerte en el templo, sino que lo ofreció en cada momento de Su Vida; desde que reveló a Santa Brígida que este dolor que San Simeón anunció nunca abandonó Su corazón hasta que fue llevada al Cielo... Por eso San Anselmo Le dice: Señora, no puedo creer que Tú, con tanto dolor, hubieras podido vivir un solo momento, si el mismo Dios, que da la vida, no Te hubiera consolado con Su Virtud divina. 

               Pero nos da testimonio San Bernardo, hablando precisamente de la gran angustia que María sintió en este día, que desde entonces Ella vivió muriendo a cada momento, porque a cada momento la asaltaba el dolor de la muerte de Su amado Jesús, que era más cruel que cualquier muerte.

               Por eso la Divina Madre, por el gran mérito que adquirió en este gran sacrificio que ofreció a Dios por la salud del mundo, fue llamada con razón por San Agustín "Reparadora del género humano". De San Epifanio, "la  Redentora de los esclavos". De San Idelfonso "la Reparadora del mundo perdido". De San Germano "el alivio de nuestras miserias". De San Ambrosio, "Madre de todos los Fieles". De San Agustín "la Madre de los vivos. Y de San Andrés Cretense "la Madre de la Vida". 

               En la muerte de Jesús, María unió Su voluntad a la de Su Hijo, tanto es así que ambos vinieron a ofrecer el mismo sacrificio, y por eso el Hijo y la Madre realizaron la Redención humana, obteniendo la salud para los hombres, Jesús al hacer satisfacción por nuestros pecados, María al pedirnos que tal satisfacción nos sea aplicada. 



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               Y por eso el Beato Dionisio Cartujo afirma igualmente que la Divina Madre puede ser llamada  "Salvadora  del mundo", ya que por el dolor sufrido al compadecerse del Hijo -sacrificado voluntariamente por Ella a la Justicia Divina- mereció que se comunicaran a los hombres los Méritos del Redentor.

               Puesto que María fue hecha, por el mérito de Sus sufrimientos y del ofrecimiento de Su Hijo, Madre de todos los redimidos, es justo creer que sólo por Su mano se les da la leche de las gracias divinas, que son frutos de los Méritos de Jesucristo, y los medios para alcanzar la Vida Eterna. Y a lo que alude San Bernardo es a que Dios puso en manos de María todo el precio de nuestra Redención. Con estas palabras el santo nos hace comprender que por intercesión de la Santísima Virgen se aplican a las almas los Méritos del Redentor, mientras que por Su mano se dispensan las gracias que son precisamente el precio de los Méritos de Jesucristo.

              Y si Dios apreció tanto el sacrificio de Abraham por haberle ofrecido a su Isaac, que se obligó como recompensa a multiplicar su descendencia como las estrellas del Cielo, ciertamente debemos creer que el sacrificio más noble que le hizo la gran Madre de Su Jesús fue mucho más agradecido al Señor; y por eso se le ha concedido que a través de Sus oraciones se multiplique el número de los elegidos, y en consecuencia de Sus devotos.


Extraído del "Libro de Oro de María Santísima", 
por San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia



viernes, 15 de septiembre de 2023

LOS DOLORES DE NUESTRA SEÑORA, PRUEBA DEL AMOR DE DIOS. Por el Doctor Plinio Corrêa de Oliveira

 


La imagen corresponde a Nuestra Señora de los Dolores,
según Sus Apariciones en la Codosera (Badajoz, España)


                Dios, habiendo amado con Amor Infinito a Su Verbo Encarnado, Nuestro Señor Jesucristo, y habiendo amado a Nuestra Señora con un amor inferior a ese, le dio todo cuanto existe de mejor. Y por eso le dio aquella inmensidad de cruces que es representado por el número siete. Son siete dolores, es decir, son todos los dolores. Y Nuestra Señora de los Dolores podría ser llamada con propiedad Nuestra Señora de todos los Dolores, porque no hubo dolor que Ella no sufriese.

               Por eso, si es verdad que todas las generaciones la llamarán Bienaventurada, a un título menor, pero inmensamente real, todas las generaciones la podrían haber llamado “infeliz”. Si esto es así, deberíamos comprender mejor, cuando el dolor penetra en nuestra vida, que es una prueba del Amor de Dios. Y que mientras el dolor no penetre en nuestra vida, no tendremos todas las pruebas del Amor de Dios. Y yo agregaría, no tendremos la principal prueba del Amor de Dios.

               ¿Qué quiere decir esto? Yo veo las fisonomías de muchas personas. Y en ellas percibo que les falta todavía sufrimiento. Les faltan una nota de madurez, una nota de estabilidad, una nota de racionalidad, una elevación que sólo tiene quien sufrió, y que sufrió mucho; y quien lleva una vida sin sufrimiento, lleva una vida en que esa nota no trasparece en la fisonomía, y lo que es mucho peor, no trasparece en el alma.

               Debemos comprender esto y, cuando comiencen a aparecer los contratiempos, las dificultades en nuestro apostolado, malentendidos con los amigos, malentendidos con nuestros jefes, la salud que anda mal, los negocios que no van bien, problemas dentro de casa, no deberíamos tomar en eso como un absurdo, con el estado de espíritu de las películas de Hollywood, es decir como una cosa que no debería acontecer. ¿Cómo ocurrió una cosa así? … ¡No Señor!

               Quien no sufre es quien debería preguntar: ¿cómo me está ocurriendo esto, ya que no estoy sufriendo nada? Porque lo normal es sufrir. A quien Dios ama, a quien Nuestra Señora ama, éste sufre, porque Dios no va a recusar a este hijo, aquello que dio en abundancia a los dos seres que más amó, que son Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora.

               Sin duda, debemos pedir a la Providencia que nos libre de las privaciones, de las pruebas, de las crisis nerviosas y de toda clase de cosas penosas, pero si está en los planos de la Providencia que seamos sometidos a la prueba, debemos bendecir a Dios y bendecir a Nuestra Señora, por estar sufriendo.

               Entonces ustedes tienen la frase estupenda de Bossuet, con respecto a Nuestro Señor Niño, ‘ese niño incómodo’. ¡Como todos los que quieren seguir a nuestro Señor son incómodos! A veces tenemos la sensación experimental de esto. Comenzamos a dar un consejo, un ejemplo, comenzamos a pedir un sacrificio, y el semblante de nuestro interlocutor va denunciando que nos está considerando incómodos. ¡Cómo sería más fácil decir un chiste alegre, hacer una broma, terminar todo con una palmada en la espalda y dispensar de una obligación!

               Pues bien, el peso de ser incómodos es uno de los mayores pesos, y también debemos cargarlo. En nuestras familias nos encuentran incómodos porque les recordamos el deber. La resignación alegra esa incomodidad. El coraje de ser incómodos en todas las circunstancias; dar nuestra amistad de modo preferente a nuestros amigos incómodos, cuando su incomodidad consiste en recordarnos el deber, son virtudes que, en el día de los Siete Dolores de Nuestra Señora, debemos pedirle.

               Ella que también tuvo un hijo que le trajo tantas divinas incomodidades y que, invitándonos a meditar sobre Su dolor, nos convida a meditar sobre la seriedad y la sublimidad de Su existencia y de la nuestra, y de ese modo es también para nosotros maternal y estupendamente incómoda. 


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viernes, 31 de marzo de 2023

LAS LÁGRIMAS QUE MERECEN LA GRATITUD MÁS SINCERA

  


               Lloró la Virgen, pero ¿no llorará acaso también hoy, y quién sabe si por culpa nuestra?. Y ¿quién podrá dudar de que fueron aquellas angustias y aquellas tristezas las que impetraron del cielo las fuerzas necesarias para poner un dique a las potencias del mal y preparar esta primavera de las almas, cuyos frutos ahora vosotros tenéis el gozo de contemplar?

               ...Son lágrimas, pero lágrimas preciosas, que bien merecen, hijos amadísimos, vuestra gratitud más sincera; son dolores, pero dolores cuyos frutos vosotros estáis gozando y en los que justamente habéis de ver una singular manifestación de amor maternal. Bien están, pues, las fiestas y el júbilo, bien la corona de oro, aunque todo os recuerde una vez más aquel contraste sublime, que hace de las alegrías de la maternidad una fuente de lágrimas, y que convierte a toda madre, consciente de su misión, en una heroína del deber.



               ...que sean precisamente Tus dolores, que sean Tus lágrimas las que descendiendo sobre esa tierra fértil, hagan prosperar y madurar frutos de perfección cristiana y de santidad. Es un pueblo que te ama y que no quiere verte llorar más; es un pueblo dispuesto a llorar él sus pecados con tal de que Tú sonrías; es un pueblo de hijos tuyos, de devotísimos hijos tuyos que hoy te ofrece esa corona, como prenda tangible de reconciliación, como memoria perenne del amor que Te profesa, como señal de reconocimiento de Tu soberanía maternal. Es un pueblo predilecto que, aunque te haya costado lágrimas, puede asegurarte que no son lágrimas perdidas, sino que precisamente por ellas confía plenamente en Tu bondad y en Tu intercesión ante Tu preciosísimo Hijo...


Papa Pío XII, 1956



viernes, 23 de marzo de 2018

NUESTRA SEÑORA DE LOS SIETE DOLORES la Reina de los Mártires

   “La Santísima Virgen María, por el amor que nos dedicaba, estaba dispuesta a ver Su Hijo sacrificado a la Justicia Divina por la barbaridad de los hombres. Este gran tormento, pues, que María suportó por nosotros – un tormento mayor de que mil muertes – merece nuestra compasión y nuestra gratitud. 

          Si no podemos corresponder más a un tal gran amor, al menos dediquemos algunos momentos en este día de hoy para considerar cuan grandes fueron los sufrimientos por los cuales María se hizo Reina de los Mártires; porque los sufrimientos de Su Gran Martirio excedieron los de todos los Mártires, en primer lugar por ser los más largos, y en segundo lugar por ser los mayores en intensidad”

San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia




          Jesucristo Mismo reveló a la Beata Verónica de Binasco, que Él se complace más que nos compadezcamos de su Madre que de Él mismo. Le dijo: ‘Hija mía, mucho me agradan las lágrimas que se derraman por mi Pasión; pero amando yo con amor inmenso a mi Madre María, me agrada más aún la meditación de los dolores que Ella padeció en Mi muerte.’ He aquí por qué son muy grandes las gracias prometidas por Jesús a los devotos de los dolores de María

          Nuestra Señora se dolió con Santa Brígida porque muy pocos tenían piedad de Ella y la mayor parte de sus hijos vivían sin pensar en ellos: “Miro a todos los que están en la tierra, para ver si acaso hay alguien que me compadezca y medite sobre mis Dolores, y encuentro muy pocos. Por eso, hija mía, aunque muchos me olviden, tú, sin embargo no te olvides de mí; contempla mis Dolores y compadécete cuanto puedas.”  “Por esta razón la Bienaventurada Virgen Misma apareció en el año 1239 al fundador del Orden de los Servitas, o siervos de María, a pedirles instituir un orden religioso para conmemorar Sus dolores”.

          En Fátima, en 1916, el Ángel de la Paz apareció a los tres pequeños videntes, Lucía, Francisco y Jacinta, y después de animarlos a rezar y de enseñarles una oración de adoración, dijo: “Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas.” En Fátima, el 13 de junio de 1917, Nuestra Señora, después de informar los tres pastorcitos de que Jacinta y Francisco irían en breve al Cielo, pero que Lucía quedaría en la tierra algún tiempo más – dijo a Lucía: Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar”, Nuestra Señora dijo entonces: “El quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón…” En Fátima, el 13 de julio de 1917, después de que los pastorcitos habían sido aterrorizados por la visión del infierno, Nuestra Señora les dijo: “Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas (las almas de los pobres pecadores).

          "Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz...” Jesús explicó más Su voluntad a Sor Lucía. En respuesta a su pregunta sobre la razón para no convertir a Rusia sin el Papa haciendo la Consagración de Rusia, Jesús dijo: Porque quiero que toda Mi Iglesia reconozca esa Consagración como un triunfo del Inmaculado Corazón de María, para después extender su culto y poner, al lado de la devoción de Mi Corazón divino, la devoción a este Corazón Inmaculado.






Gracias y promesas que se reciben de esta devoción en honor

 de los Dolores de la Santísima Virgen María

          Según San Alfonso de Ligorio (en su libro Las Glorias de María), fue revelado a Santa Isabel que, a pedido de Nuestra Señora, Nuestro Señor prometió cuatro gracias principales para los devotos de Sus Dolores:

     1. Todos los que, a la hora de la muerte, invoquen la Divina Madre en nombre de Sus Dolores obtendrán un verdadero arrepentimiento de sus pecados.

     2. Él protegerá todos los que han tenido esta devoción en sus tribulaciones, y los protegerá especialmente a la hora de la muerte.

     3. Grabará en sus mentes la Memoria de Su Pasión.

     4. Colocará estos siervos devotos en las manos de Su Madre María, para que Ella haga de ellos cuanto desee y obtendrá para ellos todas las gracias que le pidan.

          Además de estas cuatro gracias, hay aún SIETE PROMESAS  por la práctica de rezar siete Ave Marías diariamente, mientras se medita en las Lágrimas y Dolores de Nuestra Señora. Estas Siete Promesas fueron reveladas a Santa Brígida de Suecia: 

   1. “Concederé la paz a sus familias”. 

   2. “Serán iluminados sobre los Misterios Divinos”. 

   3. “Los consolaré en sus dolores y los acompañaré en su trabajo”. 

   4. Les daré lo que piden, si no contraría la Voluntad adorable de Mi Hijo Divino y la santificación de sus almas”. 

   5. “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal, y los protegeré en todos los instantes de sus vidas”.

   6. “Los ayudaré visiblemente a la hora de su muerte, ellos verán la faz de su Madre”.

   7. “Obtuve de Mi Divino Hijo esta gracia: que quien propaga esta Devoción a Mis Lágrimas y Dolores será llevado directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna, porque todos sus pecados serán perdonados y Mi Hijo será su consuelo y alegría eternales”. 




ROSARIO DE LOS SIETE DOLORES
de Nuestra Señora la Virgen María


     Se reza mediante un rosario compuesto por siete grupos de siete cuentas cada uno, separados por medallas que representan cada uno de los Siete Dolores. 

     En lugar del pequeño crucifijo de la corona dominica, la corona servita (nombre que recibe este rosario) lleva una medalla que representa la imagen de la Virgen Dolorosa en el anverso y la escena del Calvario en el reverso. Así pues, el Septenario consta de siete Padrenuestros y cuarenta y nueve Avemarías, a los que suele añadirse una Salve y el Pater, Ave y Credo por la Restauración del Papado.


Por la señal de la Santa Cruz + 
de nuestros enemigos + 
líbranos Señor + Dios Nuestro.

          Señor mío, Jesucristo, me arrepiento profundamente de todos mis pecados. Humildemente suplico vuestro perdón y, por medio de vuestra gracia, concededme ser verdaderamente merecedor de vuestro Divino Amor, por los méritos de vuestra Pasión y Muerte y por los Dolores de vuestra Madre Santísima. Amén.

          Virgen Inmaculada, Madre de Piedad, llena de aflicción y amargura, os suplico ilustréis mi entendimiento y encendáis mi voluntad para que con espíritu fervoroso contemple vuestros Santos Dolores y pueda conseguir las gracias prometidas a los que reflexionen sobre vuestros sufrimientos. Amén.





1º. La profecía de Simeón  

     ¡Dulce Madre mía! Al presentar a Jesús en el templo, la profecía del anciano Simeón te sumergió en profundo dolor al oírle decir: “Este Niño está puesto para ruina y resurrección de muchos de Israel... y una espada traspasará tu alma”.  De este modo quiso el Señor mezclar Tu gozo con tan triste recuerdo. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

2º. La persecución de Herodes y la huída a Egipto

     ¡Oh Virgen querida!, quiero acompañarte en las fatigas, trabajos y sobresaltos que sufriste al huir a Egipto en compañía de San José para poner a salvo la vida del Niño Dios. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

3º. Jesús perdido en el Templo, por tres días

     ¡Virgen Inmaculada! ¿Quién podrá pasar y calcular el tormento que ocasionó la pérdida de Jesús y las lágrimas derramadas en aquellos tres largos días? Déjame, Virgen mía, que yo las recoja, las guarde en mi corazón y me sirva de holocausto y agradecimiento para contigo. 
Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

4º. María encuentra a Jesús, cargado con la Cruz

     Verdaderamente, calle de la amargura fue aquella en que encontraste a Jesús tan sucio, afeado y desgarrado, cargado con la Cruz que se hizo responsable de todos los pecados de los hombres, cometidos y por cometer. ¡Pobre Madre! Quiero consolarte enjugando Tus Lágrimas con mi amor. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

5º. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor

     María, Reina de los Mártires, el dolor y el amor son la fuerza que los lleva tras Jesús, ¡qué horrible tormento al contemplar la crueldad de aquellos esbirros del infierno traspasando con duros clavos los pies y manos del Salvador! Todo lo sufriste por mi amor. Gracias, Madre mía, gracias. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

6º. María recibe a Jesús bajado de la Cruz 

     Jesús muerto en brazos de María. ¿Qué sentías Madre? ¿Recordabas cuando Él era pequeño y lo acurrucabas en Tus brazos?. Por este dolor te pido morir entre Tus brazos. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.

7º. La sepultura de Jesús 

     Acompañas a Tu Hijo al sepulcro y debes dejarlo allí, solo. Ahora Tu dolor aumenta, tienes que volver entre los hombres, los que te hemos matado al Hijo, porque  Él murió por todos nuestros pecados. Y Tú nos perdonas y nos amas. Madre mía perdón, misericordia. Rezar 1 Padrenuestro, 7 Avemarías y Gloria.


INDULGENCIAS que podemos lucrar rezando LOS SIETE DOLORES DE NUESTRA SEÑORA

          El Papa Clemente XII, concedió en 1734, una Indulgencia Plenaria y remisión de todos los pecados a quienes recen la Corona de Los Siete Dolores diariamente por un mes continuo y luego confesado y comulgando, rogase por la Santa Iglesia; al que verdaderamente arrepentido y confesado, o al menos con firme propósito de confesarse, rezare esta Corona, por cada vez 100 años de indulgencia.