martes, 22 de marzo de 2022

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. Segundo Martes

  



            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 2º: GOZO ESPIRITUAL

            ¡Oh, fidelísimo observador de los divinos preceptos y de la Regla Seráfica, San Antonio! Otorgadme el gozo espiritual en el cumplimiento de mis deberes y seré feliz en este mundo y en el otro.     

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.



lunes, 21 de marzo de 2022

SAN BENITO DE NURSIA, Padre del Monacato

  

                Según el Calendario Católico Tradicional, conmemoramos hoy a San Benito de Nursia; exponemos esta hermosa del Santo escrita por el Padre Jean Croisset:

               San Benito, tan célebre en todo el Orbe Cristiano, luz del desierto, apóstol del monte Casino, restaurador de la vida monástica en el Occidente, uno de los más ilustres y de los mayores santos de la Iglesia, nació por los años de 480 en las cercanías de Nursia, del ducado de Espoleto. Su nobilísima casa, una de las más distinguidas de Italia, se hacía respetar en toda ella, así por sus enlaces como por su grande riqueza. El padre, que se llamaba Eupropio, se cree que fue de la casa de los Anicios, y su madre, llamada Abundancia, era condesa de Nursia. San Gregorio, que escribió la vida de nuestro Santo, dice que no sin misterio le llamaron Benito, por las grandes bendiciones con que le previno el Señor desde su nacimiento.




               Nada hubo que hacer en inclinarle a la piedad, porque las primeras lecciones que se le dieron hallaron ya un corazón formado para la virtud. Desde luego se descubrió en él un buen ingenio, nobles inclinaciones, un natural tan dócil y tales señales de devoción, que a los siete años de su edad le enviaron sus padres a Roma para que se criase en aquella corte a vista del Papa Félix II, que también se cree haber sido de la misma familia.

               Hizo asombrosos progresos en las ciencias humanas por espacio de siete años que se dedicó a ellas; pero fueron mucho más asombrosos los que hizo en la ciencia de la salvación. Ya desde entonces se miraba como especie de prodigio su frecuente oración, su inclinación al retiro, su circunspección y las penitencias que hacía en una edad que sólo toma gusto a las diversiones y a los entretenimientos.

               Pero sobre todo sobresalía en Benito la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios. Venérase todavía en el oratorio de San Benito de Roma la imagen de la Santísima Virgen, en cuya presencia pasaba muchas horas en oración todos los días; y asegura el Beato Alano que delante de ella recibió del Cielo extraordinarios favores.

            Habiendo observado las licenciosas costumbres de los jóvenes de su edad y de su esfera, y conociendo los grandes peligros a que estaba expuesta su salvación quedándose en el mundo, resolvió buscar seguro asilo a su inocencia en el retiro del desierto, y, lleno del espíritu de Dios que le guiaba, salió de Roma, siendo de solo quince años; llegó cerca de una aldea llamada Afilo, donde, habiendo hecho un milagro con el ama que le había criado y no había querido apartarse de él, halló medio para escaparse secretamente de ella, y por sendas descaminadas se fue á esconder en el desierto de Subiaco, a quince leguas de Roma.

            Todo conspira á inspirar horror en aquella soledad: los peñascos escarpados, cuyas puntas se escondían á la vista; los precipicios espantosos, y un terreno seco, estéril é infecundo; pero el animoso Benito halló en ella dulces atractivos. Habiéndole encontrado cierto monje llamado Romano, le preguntó qué buscaba por aquellos desiertos, y respondióle Benito que un sitio donde sepultarse en vida para no pensar más que en Dios; admirado Romano, le enseñó cierta gruta abierta en una roca, parecida á una sepultura. En ella se enterró Benito, y Romano le trajo de su monasterio un hábito de monje, cuidando también de traerle algunos mendrugos de pan una vez á la semana.

            No se pueden comprender las excesivas penitencias que hizo aquel esforzado joven, héroe de la religión cristiana, desde los primeros pasos de su penosa carrera. Su ayuno era continuo, su oración casi perpetua, y como si no bastase para mortificación de aquel cuerpecito tierno y delicado no tener más cama que la dura peña, ni apenas otro alimento que insípidas y agrestes raíces, se echó á cuestas un áspero cilicio, de que no se desnudó en toda la vida.

               Estremecióse el Infierno al ver tantas virtudes en el joven solitario, y desde luego comenzó el enemigo común a valerse de todo género de artificios para desalentarle. Dio principio a la batalla haciendo pedazos una campanilla pendiente de una cuerda larga, con que Romano prevenía a Benito para que acudiese a recoger los mendrugos de pan que le descolgaba; pero la caridad, que es ingeniosa, halló arbitrio para continuar en su ejercicio. A esto se siguieron ruidos, fantasmas y otras cien estratagemas, que, habiéndolos experimentado igualmente inútiles, acudió por último recurso a la tentación más vehemente, y también más peligrosa.

               Burlábase Benito, lleno de confianza en Jesucristo, de todos los vanos esfuerzos del demonio, cuando la memoria ó la imagen de una doncella que había visto en Roma se le imprimió tan vivamente en la imaginación, le inquietó tanto y le apuró con tal vehemencia, que para librarse de ella se desnudó el santo joven con animoso denuedo, y, corriendo a arrojarse entre una espinosa zarza, en ella se revolcó hasta que el extremo dolor que sentía mitigó del todo los ímpetus del deleite con que el tentador había querido derribarle. Quedó para siempre vencido y avergonzado el espíritu impuro, y premió el Cielo la generosa fidelidad de su siervo concediéndole el singular privilegio de que no volviese a experimentar en adelante semejantes tentaciones.

               Hacía tres años que Benito vivía en el desierto, más como ángel que como hombre, cuando quiso el Señor darle a conocer al mundo. A legua y media de su gruta o de su cisterna habitaba un santo clérigo que en la víspera de Pascua había hecho disponer comida algo más abundante para el día siguiente, en honor de tanta festividad. Aquella noche se le apareció el Señor en sueños, y le dijo que al otro día buscase a su siervo en el desierto y le llevase de comer; hízolo así el buen sacerdote, y quedó atónito cuando se halló con un mancebo tan delicado y vio la espantosa penitencia que hacía; y sin poderse contener, publicó lo que había visto; siendo ésta la ocasión de que comenzase la fama de Benito a divulgarse y hacer ruido en el mundo.

               Murió por este tiempo el abad del monasterio de Vicovarre, entre Subiaco y Tívoli; y habiendo nombrado los monjes a Benito por superior suyo, aunque se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones, no fue oído y le obligaron a encargarse del gobierno del monasterio. Pero apenas comenzó el santo abad a querer enderezarlos por el camino estrecho de su profesión, cuando se arrepintieron de la elección que habían hecho, negáronle la obediencia y aun intentaron quitarle la vida con veneno que le echaron en la bebida; mas, al tiempo de sentarse el Santo a la mesa, echó la bendición como acostumbraba, y al punto se hizo pedazos el vaso que contenía el veneno.

               Conociendo Benito la perversa intención de aquellos monjes, y pidiendo á Dios los perdonase, renunció la abadía y se volvió a retirar a su amada soledad, aunque no estuvo solo mucho tiempo; porque á la fama de su rara santidad, concurrió de todas partes tan prodigioso número de gente con deseo de entregarse a su dirección y gobierno, que sólo en el desierto de Sublago fundó doce monasterios, dándoles la regla que acababa de componer, dictada, digámoslo así, por el Espíritu Santo.

               Creciendo cada día la reputación de su virtud, venían a verle y a consultarle los más autorizados senadores de Roma, entre los cuales Tertulo trajo consigo a su hijo primogénito Plácido, de edad de siete años, y Equicio á Mauro, que tenía doce, rogando a Benito que se encargase de educarlos. Aplicóse a ello con tanto cuidado, que en poco tiempo, de aquellos dos queridos discípulos suyos, hizo dos grandes santos, habiendo Plácido derramado su sangre por Jesucristo, y siendo Mauro como el segundo fundador de la religión benedictina en el reino de Francia.

               No hay virtud sin persecución. Gobernaba la parroquia inmediata al desierto de Subiaco un mal sacerdote llamado Florencio, que, no pudiendo sufrir tan heroicos ejemplos de virtud, como muda reprensión de los desórdenes secretos de su estragada vida, no contento con desacreditar cuanto podía el nuevo instituto, ni con perseguir al padre y a los hijos, intentó con diabólicos artificios armar infames lazos a la pureza de los monjes. Juzgó el Santo que dictaba la prudencia ceder a la tempestad; y desamparando el desierto de Subiaco se fue al Monte Casino, donde el Cielo le tenía prevenida una mies más abundante y donde, a título de fundador de una orden religiosa tan célebre entre todas las que ilustran a la Iglesia del Señor, había de añadir el de apóstol.

              Habíanse como atrincherado entre las inaccesibles montañas del Casino algunas miserables reliquias de paganismo, adorando impune y públicamente al dios Apolo, en cuyo honor se conservaba un templo y algunos bosques sagrados a vista de la misma Roma cristiana. Encendido Benito de aquel espíritu que anima y forma los héroes del Evangelio, ataca a la idolatría en sus mismas trincheras, derriba el templo, hace pedazos el ídolo, abrasa los bosques consagrados a las mentidas deidades, levanta sobre las mismas ruinas del templo y del altar dos capillas, una en honra de San Juan Bautista y otra en la de San Martín, y en pocos días convierte a la fe a todos aquellos pueblos.

               Armóse, dice San Gregorio, todo el Infierno junto para detener las rápidas conquistas de nuestro Santo. Espectros horribles, aullidos espantosos, terremotos, amenazas, incendio, granizo, piedra, de todo se valió el enemigo de la salvación; pero de todo inútilmente. Sobre la eminencia de aquella montaña fundó Benito el famoso monasterio de Monte Casino, venerado siempre como solar y centro de aquella célebre religión que brilla tanto en la Iglesia de Dios más ha de mil doscientos años, habiendo dado a los altares más de tres mil santos, a las diócesis un número casi infinito de insignes prelados, al Sacro Colegio más de doscientos cardenales, a la Silla Apostólica cuarenta Sumos Pontífices, donde hasta el día de hoy se admiran y se veneran en las célebres Congregaciones de Cluni, de Monte Casino, de San Mauro, de San Vanes, de San Columbano (sin que a ninguno ceda la de España e Inglaterra), tan grandes ejemplos de virtud y escritores tan hábiles y tan sobresalientes en todo género de letras.




               Aún no se había acabado el nuevo monasterio, cuando fue menester levantar otros muchos, siendo éste el tiempo en que San Benito, compuso, ó a lo menos perfeccionó aquella Santa Regla, cuya prudencia, sabiduría y perfección alaba tanto San Gregorio, habiendo merecido no sólo la aprobación, sino el respeto de toda la Iglesia.

               Movida Santa Escolástica, hermana de San Benito, así de los grandes ejemplos de virtud como de las maravillas que obraba el Señor por medio de su santo hermano, determinó dejar el mundo; y encerrándose con otras doncellas en un monasterio distante algunas leguas de Monte Casino, fue también, con la dirección de nuestro Santo, fundadora de la vida monacal en el Occidente, respecto de las mujeres.

               No es fácil referir todo lo que hizo Benito los trece ó catorce años que vivió en Monte Casino, ni todos los prodigios que se dignó Dios obrar por su ministerio. No sólo poseía el don de milagros, sino que lo comunicaba a sus monjes, como lo experimentó Mauro, que se metió por una laguna, sin hundirse en ella, a sacar a San Plácido por orden de su maestro.

               De todas partes concurrían tropas de gente a venerarle. Y deseando Totila, rey de los godos en Italia, conocer a un hombre de quien publicaba la fama tantas maravillas, vino a verle; pero al mismo tiempo, para probar si estaba dotado del don de profecía que tanto se celebraba, mandó a un caballerizo suyo que se vistiese de los adornos reales y de todas las insignias de la majestad; mas luego que Benito le vio con aquel equipaje, le dijo con dulzura: Deja, hijo mío, esas insignias que no te convienen, y no te finjas el que no eres. Asombrado Totila de la maravilla, corrió a arrojarse a los pies del Santo, a los que estuvo postrado hasta que Benito le levantó; y habiéndole reprendido respetuosamente los horribles estragos que había hecho en Italia, le pronosticó cuanto le había de suceder por espacio de nueve años, exhortándole á convertirse, y diciéndole que al décimo iría a dar cuenta a Dios de toda su vida. Verificó el suceso toda la profecía del Santo, y, procediendo Totila en adelante con mayor moderación y humanidad, no cesaba de publicar la virtud del Siervo de Dios.

               Siendo San Benito la admiración de todo el mundo, y respetándole los sumos pontífices, los emperadores y los reyes como el asombro de su siglo, vivía en el monasterio como si fuera el último de los monjes. Sólo se valía de su autoridad para ejercitarse en los oficios más humildes, y para exceder en mucho la austeridad de la regla. No obstante que el Señor parece había puesto debajo de su dominio á todo el Infierno, y que la misma muerte le obedecía, era, con todo eso, humildísimo, teniéndose por el más mínimo de todos los monjes, y acreditando con su proceder que así lo creía. Pronosticó el día de su muerte, y se dispuso para ella con nuevo fervor y ejercicios de penitencia. Seis días antes mandó abrir la sepultura; y, en fin, el sábado antes de la Dominica de Pasión, a los 21 de Marzo del año 543, siendo de solos sesenta y tres años no cumplidos, pero consumido de los trabajos y mortificaciones; lleno de méritos, y logrando el consuelo de ver extendida su orden religiosa en Sicilia por San Plácido, en Francia por San Mauro, y en España, Portugal, Alemania y hasta en el mismo Oriente por otros discípulos suyos, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador, en la misma iglesia de Monte Casino, donde se había hecho conducir para recibir el Santo Viático.

               En el mismo punto que expiró, dos monjes que vivían en dos monasterios muy distantes vieron un camino muy resplandeciente que daba principio en Monte Casino y terminaba en el Cielo, y al mismo tiempo oyeron una voz que decía: Este es el camino por donde Benito, Siervo amado de Dios, subió a la Gloria. El cuerpo del Santo estuvo por algunos días expuesto a la veneración de sus hijos y de todo el pueblo, y después fue enterrado en la sepultura que él mismo había mandado abrir, donde se conservó hasta el año 580, en que fue destruido el Monasterio de Monte Casino por los lombardos, como lo había profetizado el mismo Santo, quedando sepultadas entre sus ruinas aquellas preciosas reliquias. Dícese que el año 660, habiendo pasado a visitar el Monte Casino San Algulfo por orden de San Momol, segundo Abad del Monasterio de Fleuri, llamado hoy San Benito sobre el Loyva, tuvo la dicha de desenterrar aquel tesoro, y, trayéndole a Francia, le colocó en su Monasterio, donde se tiene con singular veneración, honrando el Señor las sagradas reliquias con los innumerables milagros que hace cada día.




La Medalla de San Benito
es una auténtica confesión de Fe 
y de Amor a Cristo, 
y una renuncia al diablo


               Las investigaciones históricas sobre el origen de la Cruz-Medalla de San Benito han determinado que su difusión comenzó probablemente en la región de Baviera hacia el año 1647. En esa época, durante el proceso judicial seguido a unas hechiceras, éstas declararon que no habían podido dañar a la cercana Abadía de Metten, porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz. En dicho monasterio se hallaron pinturas con representaciones de la Cruz junto con las iniciales que acompañan hoy a la Medalla. Pero las misteriosas letras no pudieron ser interpretadas hasta que en un manuscrito de la biblioteca se encontró la imagen de San Benito y la oración compuesta por las iniciales. En realidad, un manuscrito anterior (siglo XIV), que aún se conserva, procedente de Austria, parece haber sido el origen de la imagen y de la oración. En el siglo XVII un importante autor la tuvo por supersticiosa, debido justamente a los enigmáticos caracteres que acompañan a la imagen. Pero, en el año 1742 el Papa Benedicto XIV decidió aprobar el uso de la Cruz-Medalla de San Benito, y mandó que la oración usada para bendecirla se incorporase al Ritual Romano.

EL DISEÑO DE LA MEDALLA

               En el siglo XIX se dió un renovado fervor por la Medalla de San Benito. En los trabajos escritos de Dom Prosper Guéranger, abad de Solesmes, y de Dom Zelli Iacobuzzi, de la Abadía de San Pablo Extramuros (Roma), se estudia detenidamente el origen y la historia de la Medalla. Desde este último monasterio, convertido en verdadero foco de irradiación benedictina en aquella época, se difundió también la devoción a la Medalla. La representación más popular de la misma es la llamada "Medalla del Jubileo", diseñada en la Abadía de Beuron (Alemania), y acuñada especialmente para el Jubileo Benedictino del año 1880, conmemoración del XIV Centenario del Nacimiento de San Benito. Los Abades benedictinos de todo el mundo se reunieron para aquella ocasión en la Abadía de Montecasino, y desde allí la Medalla se diseminó por todo el mundo.

INDULGENCIAS DE LA MEDALLA

               El 12 de Marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la Medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa.  Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito. 

               Número de indulgencias parciales: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

               Quienes lleven la Medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

¿DÓNDE LLEVARLA?

              La Medalla de San Benito se puede llevar colgando del cuello por una cadena, sujeta a la ropa interior, prendida en el Rosario. También es recomendable colocarla en el interior de las puertas, de manera que al salir, nos encomendemos con el corazón a la intercesión de San Benito. Se puede colocar también a mascotas o animales domésticos. ES NECESARIO que esté bendecida por un Sacerdote y según el Ritual Romano. 



domingo, 20 de marzo de 2022

SALVAGUARDAR LA INTEGRIDAD DE LA FE

 


               Los Sacerdotes deben estar en guardia contra esta hipocresía que intenta introducirse en el aprisco de Cristo, que predica la caridad y la prudencia, como si fuera caritativo dejar que el lobo destroce al rebaño, y como si ella fuera una virtud, esta prudencia de la carne reprobada por Dios y de la cual se ha escrito "Yo dispersaré la sabiduría de los sabios y confundiré la prudencia de los prudentes". 

               Los Sacerdotes deben saber que, especialmente en nuestra época, no pueden ser llamados Ministros de Dios aquellos que se niegan a sacrificar sus propias comodidades y sus ventajas por salvaguardar la Integridad de la Fe. Pues bien, ésta está amenazada, más que por la negación abierta del incrédulo, por la astucia y la mentira de este pérfido catolicismo liberal. 

              Los Sacerdotes se guardarán bien de aceptar ninguna de las ideas del Liberalismo que, bajo la máscara del bien, pretende conciliar la justicia con la iniquidad… Los católicos liberales son lobos cubiertos con piel de oveja. El Sacerdote consciente de su misión debe descubrir sus tramas pérfidas, sus malvados designios. (…) Sed fuertes, no cedáis donde no hay que ceder. Vosotros debéis combatir, no a medias, sino con valor: no en secreto, sino en público; no a puertas cerradas, sino a cielo abierto.

 

Extractos de la Carta Pastoral que el Cardenal 
Giuseppe Sarto dirigió a los Sacerdotes de Venecia, 
el 3 de Septiembre de 1894



sábado, 19 de marzo de 2022

SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA, PADRE ADOPTIVO DE JESÚS, por Plinio Corrêa de Oliveira

  

               Elegida por la Santísima Trinidad para ser la Madre Admirable del Verbo Encarnado, Nuestra Señora es la más perfecta de todas las meras criaturas. Incluso si tuviéramos que considerar, en un solo grupo, las excelencias de los Ángeles, los Santos y los hombres que existieron, existen y existirán hasta el fin del mundo, no tendríamos ni una vaga idea de lo celestiales perfecciones de María, que resplandecieron a los ojos de Dios desde el primer momento de su Inmaculada Concepción.

               Para cumplir los designios eternos de la Divina Providencia en cuanto a la Redención de la humanidad, fue necesario que, en un momento determinado, esta exaltada criatura contrajera matrimonio legítimo. Así pudo Ella, sin perjuicio de su reputación, milagrosamente concebir y dar a luz al Hijo del Altísimo.



               Ahora bien, entre marido y mujer debe haber cierta proporcionalidad: uno no puede ser demasiado superior al otro. Era necesario, pues, que surgiera un hombre que, por su amor a Dios, por su justicia, pureza, sabiduría, en fin, por todas sus cualidades, fuese igual a aquella augusta esposa. Aún más. También es conveniente que el padre sea proporcional al hijo. Por tanto, era necesario que este mismo hombre, con toda dignidad, cargara con el honor de ser el Padre adoptivo del Verbo hecho carne.

               Y hubo un solo hombre creado para esta sublime misión, un hombre cuya alma recibió del Padre Eterno todos los adornos y predicaciones que lo adecuaran enteramente a su vocación. Este hombre, elegido entre todos porque estaba en proporción con Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo, era San José.

               A él recayó esa gloria, ese pináculo inimaginable de ser Esposo de la Virgen Madre y Padre legal del Niño Jesús. Como legítimo consorte de Nuestra Señora, San José tenía plenos derechos sobre el Fruto de Sus entrañas inmaculadas, aunque este Fruto había sido engendrado por el Espíritu Santo. En otras palabras, fuera de la misma maternidad divina, ¡no se puede concebir una vocación más extraordinaria! Es una grandeza inconcebible.

              Pensemos, por ejemplo, en los momentos en que san José llevaba en brazos al Niño Jesús, o en aquellos en los que le veía realizar los actos de la vida común en la santa casa de Nazaret, o incluso en los momentos en que contemplaba Él inmerso en conversaciones con el Padre Eterno…

               Consideremos cuán puros debieron ser sus labios y cuán insondable su humildad para conversar con el Divino Infante, responder sus preguntas o darle consejos cuando se los pedían. ¡Un simple ser humano, formado y moldeado por las manos del Creador, enseñando a Dios!

               Pensemos también en la relación transmitida de elevación y respeto entre San José y Nuestra Señora, cuando Ella se arrodilló ante él para servirlo. Ve a esa Criatura, que es el Cielo de los Cielos, inclinándose ante él y acepta sus servicios. Por si fuera poco, la Esposa también consulta con él, intercambia opiniones y obedece sus órdenes.

               En una palabra, fue el hombre que tuvo la sabiduría y la pureza suficientes para gobernar a Dios ya la Virgen María. ¡ Entonces se comprende cuán inimaginable es la grandeza de San José!

              Para trazar el verdadero perfil moral del jefe de la Sagrada Familia, habría que saber interpretar el Rostro Divino de la Sábana Santa de Turín y, a modo de suposición, deducir algo de la personalidad de quien fue el educador de ese rostro que está allí, y el esposo de su Madre.

             Casado con el que se llama el “Espejo de la Justicia”, padre adoptivo del “León de Judá”, San José debía ser modelo de fisonomía sapiencial, de castidad y de fortaleza.

              Un hombre firme, lleno de inteligencia y discreción, capaz de cuidar el Secreto de Dios. Un alma de fuego, ardiente, contemplativa, pero también impregnada de cariño.

             Descendía de la dinastía más augusta que hubo en el mundo, es decir, la de David. Según São Pedro Julião Eymard, Fundador de la Congregación de los Padres Sacramentinos, los judíos reconocieron en São José al hombre con derecho al trono real, si se restablecía la monarquía legítima en Tierra Santa. Este derecho que Nuestro Señor Jesucristo heredó de su padre legal, y por eso fue aclamado como “el hijo de David” cuando entró en Jerusalén. Es decir, no era un descendiente cualquiera del Rey Profeta, sino el primogénito pretendiente al trono. Y San José fue el hombre a través del cual se transfirió esta dignidad al mismo Hijo de Dios.

               La Providencia quiso ennoblecer a la clase obrera, haciendo también al padre adoptivo de Jesús un trabajador manual, trabajando como carpintero. De este modo, San José reunió los dos extremos de la escala social en la armonía interior de la santidad y de su persona. Estuvo en su apogeo como príncipe de la Casa de David, pero fue un príncipe empobrecido, que sacó de su trabajo artesanal el sustento de la Sagrada Familia.

              Como trabajador, supo ser humilde y respetar debidamente a los que eran superiores a él. Como príncipe, también conoció la misión de la que estaba imbuido, y la cumplió magníficamente, contribuyendo a la conservación, defensa y glorificación terrena de Nuestro Señor Jesucristo. ¡En sus manos el Padre Eterno había confiado este Tesoro, el más grande que haya existido y existirá en la historia del universo! Y tales manos sólo podrían ser las de un auténtico líder y dirigente, un hombre de gran prudencia y profundo discernimiento, así como de elevado afecto, para rodear al humano Hijo de Dios de la necesaria dulzura adoradora y veneradora. Al mismo tiempo, un hombre dispuesto a afrontar, con perspicacia y firmeza, cualquier dificultad que se le presente: sea de carácter espiritual e interior, el héroe de la confianza

               Consideremos, por ejemplo, la tremenda prueba que le sobrevino, al comienzo mismo de su matrimonio con María Santísima. En el Antiguo Testamento, la mayor felicidad que podía esperar un judío era contarse entre los antepasados ​​del Mesías. Ante esto, la gran mayoría del pueblo elegido buscaba casarse y tener hijos, y no era raro considerar la esterilidad como un signo de desprecio y reproche.

               Pero San José, movido por la gracia, no había querido casarse, para conservar su virginidad. Llevaba su vida apacible de hombre casto y puro, cuando, inesperadamente, recibió un llamado: todos los descendientes directos de David debían presentarse ante una Virgen llamada María, para poder elegirle marido.

               Obediente, San José se presenta junto a sus parientes, confiado en la voz de la gracia que le había hecho abrazar la virginidad. En su corazón alimentaba la certeza de que el elegido sería otro.

               Como en aquella época se viajaba con el apoyo de un staff, cada uno actuaba con el suyo. El sacerdote encargado de la ceremonia determinó: aquel en cuyo bastón brota una flor, será el elegido para unirse a María.

               San José mira su bastón… ¡y ve aparecer una flor en él! Todos sus anhelos de virginidad desaparecieron de repente. ¿Cómo será ahora? Él confía. Es un milagro que lo obliga a casarse con María. Sin embargo, en el fondo de su alma, ¡quiere permanecer virgen! Sereno y valiente, acepta la disposición divina.

               Entra en confabulación con la joven y descubre que ella también había hecho voto de virginidad. La dificultad parecía resuelta: ambos permanecerían intactos. ¡Que felicidad! Sus anhelos permanecieron vivos. Con el paso de los días, se da cuenta de la incomparable riqueza de alma de esta Virgen que fue puesta en su hogar. Piensa: “La protegeré magníficamente. Estoy aquí para defenderla en el esplendor de su personalidad contra todo tipo de ataques”.

               En cierto momento, sin embargo, sucede lo impensable: se da cuenta de que la Virgen está esperando un Hijo. La perplejidad se instaura en el espíritu de san José. No podía entender lo que estaba pasando, después de tantos milagros... El florecimiento de la vara, el encanto con que los dos se comunicaban su mutuo deseo de perpetua virginidad, la alegría del alma que sentían entonces: “¡Claro! Dios nos ha puesto en el mismo camino. ¡Él prometió y está cumpliendo la promesa!”

               Pero ahora, lo incomprensible… San José está pasando por un calvario indecible, y también Nuestra Señora, ya que era plenamente consciente del sufrimiento de su esposo. Angustia tanto más intensa cuanto que sabía que una traición por parte de aquella Virgen incomparable era imposible. Ahora bien, según la ley judía, si una esposa hacía algo malo, el esposo estaba obligado a expulsarla de su hogar.

               Pero San José estaba seguro de que María no había cometido ningún pecado. No queriendo tomar una actitud injusta hacia esta Santísima Virgen, y no pudiendo encubrir esa situación desesperada, San José decide dejar inadvertida la casa de Nazaret. Ante el largo viaje que le esperaba, decidió descansar para reponer fuerzas. A la mañana siguiente partiría, llevando simplemente su bastón, algo de comida y la carga de un gran desconocido, más pesado que el Monte Everest: ¿Cómo sucedió esto? ¡Dios mío, Dios mío… confío en tu promesa!

               A pesar de su aflicción, su alma estaba tan confiada y tan serena que se durmió. Y mientras dormía, soñaba. En el sueño tuvo esta recompensa: Dios le dijo que ese Niño formado en el claustro virginal de María era el Verbo Encarnado, Hijo del Divino Espíritu Santo.

               Cuando San José despertó, la paz reinaba en su alma. Y Nuestra Señora, al ver el rostro luminoso de su esposo, supo que su calvario había terminado. Por ser un héroe de confianza, a San José se le encomendó la más grande y extraordinaria misión que tuvo un hombre en la Tierra. Era el consorte de la Virgen Madre, de Aquella que daría a luz al Hombre-Dios y Redentor del mundo. En esto floreció la promesa de virginidad que se le había hecho. Todo se había logrado más allá de lo inimaginable.

               Sin embargo, las dificultades no habían abandonado los caminos por los que caminaría São José. Baste recordar, por ejemplo, las negativas que recibió en las posadas de Belém, cuando buscaba refugio para la Virgen, a las puertas del nacimiento del Niño-Dios. O la huida a Egipto.

               “Huida a Egipto”… Cuatro palabras que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parecen banales: tomar un avión y en poco tiempo ir de Jerusalén a Egipto. No fue así en la época en que San José, al recibir la advertencia de que el cruel Herodes pretendía matar al recién nacido Rey de los judíos, se vio obligado a tomar a la Madre y al Niño y con ellos partir hacia la tierra de los faraones.

               Un viaje incierto y largo por desiertos donde se escondían todo tipo de peligros: desde bestias hambrientas hasta ladrones y salteadores, capaces no solo de robar y matar, sino también de llevar cautivos a los viajeros para venderlos en los mercados de esclavos. Y San José, con su corazón de fuego, su previsión y su fuerza varonil, afrontó todos estos obstáculos, llevando a Nuestra Señora sobre un burro y, en su regazo, al Niño Jesús, el Dios que quiso ser débil en brazos y manos de los glorioso Patriarca.

               Es costumbre apreciar y alabar con razón la vocación de Godofredo de Bouillon, el guerrero victorioso que, en la Primera Cruzada, comandó las tropas católicas en el nacido Rey de los judíos, se vio obligado a llevarse a la Madre y al Niño y con ellos a ir a la tierra de los faraones.

              Un viaje incierto y largo por desiertos donde se escondían todo tipo de peligros: desde bestias hambrientas hasta ladrones y salteadores, capaces no solo de robar y matar, sino también de llevar cautivos a los viajeros para venderlos en los mercados de esclavos. Y San José, con su corazón de fuego, su previsión y su fuerza varonil, afrontó todos estos obstáculos, llevando a Nuestra Señora sobre un burro y, en su regazo, al Niño Jesús, el Dios que quiso ser débil en brazos y manos de los Patriarca glorioso.

               Es costumbre apreciar y alabar con razón la vocación de Geoffrey de Bouillon, el guerrero victorioso que, en la Primera Cruzada, comandó las tropas católicas en la conquista de Jerusalén. ¡Es una hermosa hazaña! Es el cruzado por excelencia.





               ¡Sin embargo, mucho más que recuperar el Santo Sepulcro es defender al mismo Nuestro Señor Jesucristo! Y de esto fue encomendado gloriosamente San José, convirtiéndose en el caballero modelo en la protección del Rey de Reyes y Señor de Señores.

               Junto a todas las glorias que le han correspondido, San José recibió, en esta tierra, un premio inestimable: es el patrono de una buena muerte. En efecto, se diría que tuvo un fallecimiento que causaría envidia, ya que murió entre los brazos de Nuestra Señora y los de Nuestro Señor, quienes lo rodearon con todo el cariño y consuelo en su última hora. No se puede imaginar una muerte más perfecta, con Ellos allí, físicamente presentes. Por un lado, Nuestro Señor colmó de gracias cada vez mayores a su padre adoptivo, mientras el alma de San José continuaba santificándose en los últimos trances de la agonía. Nuestra Señora, en cambio, le sonrió respetuosamente y trató de aumentar su confianza:

          - ¡Mi esposo! Recuerda que todo llegará a pasar. ¡Coraje! ¡vamos adelante!

               En un momento, San José da su último aliento y el Limbo se abre a su alma. Allí permanecería hasta el momento, bendito entre todos, en que el Alma Santísima de Jesús, que había muerto crucificado, descendiera al encuentro de los elegidos, para poner fin gozoso a su gran espera. Algunos, Adán y Eva, por ejemplo, habían estado allí desde los albores de la humanidad, esperando durante milenios al Redentor que los conduciría a la Bienaventuranza eterna.

               Y vino el Mesías. Bien podemos imaginar que toda la cohorte del Limbo se reunió en torno a São José para recibir al Salvador. Y que éste, en cuanto se mostró allí, resplandeciente de gloria, habiendo perdonado y redimido al género humano, se manifestó de manera especial a San José, como exclamando: “¡Oh! ¡Mi padre!"

               Fue la culminación del cumplimiento de todas las promesas, el cumplimiento perfecto de una vocación que pasó por indecibles perplejidades y glorias incomparables. Y San José, Esposo de la Virgen María, Padre adoptivo de Jesús, declarado Patrono de la Iglesia, ocupa un lugar tan eminente en el Cielo que recibe el culto de la protodulía. Es decir, por debajo de Nuestra Señora, que merece la devoción de la hiperdulía, es el primero en ser venerado en la extensa Jerarquía de los Santos. Gran recompensa a la que tenía derecho este hombre que practicó en alto grado la virtud de la confianza.


Plinio Correa de Oliveira



viernes, 18 de marzo de 2022

LAS HORAS DE LA PASIÓN, de las Revelaciones de Luisa Picarretta. NOVENA HORA


"...quien piensa siempre en Mi Pasión 
forma en su corazón una fuente, 
y por cuanto más piensa tanto más 
esta fuente sea grande, y como las aguas 
que brotan son comunes a todos, 
esta fuente de Mi Pasión que se forma 
en el corazón sirve para el bien del alma, 
para gloria Mía y para bien de las criaturas." 


Revelación de Nuestro Señor a Luisa Picarretta, 
el 10 Abril de 1913


Preparación antes de la Meditación 


               Oh Señor mío Jesucristo, postrado ante Tu divina presencia suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. 

               Ah, dame Tu ayuda, Gracia, Amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...(primera, segunda, etc) y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligado dedicarme a mis deberes o a dormir. 

               Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar. 

               Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome todo en Tu Voluntad y en Tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en Tu Corazón empiezo...




DE LAS 1 A LA 2 DE LA MAÑANA 

NOVENA HORA 

Jesús, atado, es hecho caer 
en el torrente Cedrón


               Amado Bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vigilia y el sueño. ¿Cómo puedo abandonarme del todo al sueño si veo que todos te dejan y huyen de ti? Los mismos Apóstoles, el ferviente Pedro, que hace poco dijo que quería dar su vida por ti..., el discípulo predilecto que con tanto amor has hecho reposar sobre Tu Corazón, ah, todos te abandonan y te dejan a merced de tus crueles enemigos... Jesús mío, estás solo, y tus purísimos ojos miran a tu alrededor para ver si alguno de aquellos a quienes has hecho tanto bien, te sigue para testimoniarte su amor y para defenderte... Y al descubrir que ninguno, ninguno ha quedado fiel, el corazón se te oprime y rompes en amargo llanto, pues sientes aún más el dolor por el abandono de Tus más fieles amigos que por lo que están haciéndote tus mismos enemigos. No llores, Jesús mío, o haz que yo llore Contigo...

               Y mi amable Jesús parece que me dice: “Ah hija Mía, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a Mí y que por pequeñas pruebas o por incidentes de la vida no se ocupan de Mí y me dejan solo. Lloremos juntos por tantas otras almas tímidas y cobardes que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos Sacerdotes que al no hallar su propio gusto en las cosas santas, en la administración de los Sacramentos, no se ocupan de Mí..; por otros que predican, que celebran la Santa Misa o que confiesan por amor al interés y a su propia gloria, y mientras parece que están a mi alrededor, siempre me dejan solo... Ah hija mía. ¡Qué duro es para Mí este abandono! No solo me lloran los ojos sino que me sangra el Corazón. Ah, te ruego que mitigues Mi acerbo dolor prometiéndome que no me dejarás nunca más solo.” 

               ¡Sí, oh mi Jesús, te lo prometo, ayudada por Tu gracia y en la firmeza de Tu Voluntad Divina! Pero mientras lloras por el abandono de los Tuyos, Tus enemigos no olvidan ningún ultraje que puedan hacerte. 

               Oprimido y atado como estás, oh Bien mío, tanto que no puedes por Ti mismo dar un paso, te pisotean, te arrastran por esas calles llenas de piedras y de espinas; no hay movimiento que te hagan hacer en el que no te hagan tropezar en las piedras y herirte con las espinas... 

               Ah Jesús mío, veo que mientras te maltratan, vas dejando tras de Ti Tu Sangre Preciosa y los rubios cabellos que te arrancan de la Cabeza... Vida mía y todo mío, permíteme que los recoja, a fin de poder atar todos los pasos de las criaturas, que ni aún de noche dejan de herirte; al contrario, se aprovechan de la noche para herirte aún más, unos con sus encuentros, otros con placeres, con teatros y diversiones, otros se sirven de la noche hasta para llevar a cabo robos sacrílegos... Jesús mío, me uno a Ti para reparar por todas estas ofensas que se hacen en la noche... 

              Mas, oh Jesús, ya estamos en el torrente Cedrón, y los pérfidos judíos te empujan a él, y al empujarte te hacen que te golpee contra las piedras que hay ahí, y con tanta fuerza que de Tu boca derramas Tu Preciosísima Sangre, con la cual dejas selladas aquellas piedras... Después, tirando de Ti, te arrastran bajo aquellas aguas negras, a las que te entran por los oídos, en la nariz y en la boca... Oh amor incomparable, quedas todo bañado y como cubierto por un manto por aquellas aguas negras, nauseantes y frías. Y en ese estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando cometen el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicia que da asco al Cielo y a cualquiera que pudiese verlas, de modo que atraen sobre ellas los rayos de la Divina Justicia! 

               Oh vida de mi vida, ¿puede haber amor más grande? Para despojarnos de este manto de inmundicia permites que Tus enemigos te hagan caer en ese torrente, y para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente y que te obligan a que entres en sus corazones, peores que el torrente, y que sientas toda la náusea de sus almas, permites que esas aguas penetren hasta en Tus entrañas, tanto que Tus enemigos temiendo que te ahogues, y queriendo reservarte para mayores tormentos, te sacan fuera... pero causas tanta repugnancia que ellos mismos sienten asco de tocarte. 

               Mansísimo Jesús mío, ya estás fuera del torrente, y mi corazón no resiste al verte tan empapado por esta agua repugnantes. Veo que por el frío tiemblas de pies a cabeza; miras a Tu alrededor buscando con los ojos, lo que no haces con la voz, uno al menos que te seque, que te limpie y te caliente... pero en vano; no hay nadie que se mueva a compasión por Ti; los tuyos te han abandonado, y la dulce Mamá está lejos porque así lo dispone el Padre... Pero aquí me tienes, Jesús, ven a mis brazos. Quiero llorar hasta formarte un baño para limpiarte y lavarte, y con mis manos reordenarte los desordenados cabellos... 

               Amor mío, quiero encerrarte en mi corazón para calentarte con el calor de mis afectos; quiero perfumarte con mis deseos insistentes; quiero reparar estas ofensas y empeñar mi vida junto con la Tuya para lavar a todas las almas; quiero ofrecerte mi corazón como lugar de reposo, para poderte reconfortar en algún forma por las penas que has sufrido hasta aquí... Después continuaremos de nuevo el camino de Tu Pasión.



Ofrecimiento después de Cada Hora

 

                Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de Tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”. Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

               Gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”. 

               Ah Jesús, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de Tus gracias...

               Ah Jesús, estréchame a Tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” Tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti. 

               Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en Tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo. 

               Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que Tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a Tu Corazón, que Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo. Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer... 


LAS HORAS DE LA PASIÓN cuenta con aprobación eclesiástica:
Imprimatur dado en el año 1915 por Mons. Giuseppe María Leo,
Arzobispo de Trani-Barletta-Bisciglie, y con Nihil Obstat 
del Canónigo Aníbal María de Francia





jueves, 17 de marzo de 2022

PÍO XII, EL PAPA DE FÁTIMA, CONSAGRÓ EL MUNDO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 



Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre 
que haga, en unión con todos los Obispos del mundo, 
la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón,
 prometiendo salvarla por este medio. 
Tan numerosas son las almas que la Justicia de Dios 
condena por los pecados cometidos contra Mí, 
que he venido a pedir reparación. 
Sacrifícate y reza por esta intención 


Nuestra Señora a Sor Lucía de Fátima, el 13 de Junio de 1929, 
en la Capilla del Convento en Tuy, Pontevedra, España


             Nuestra Señora confió a Lucía: "Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz”. A pesar de que el Papa Pío XI fue informado de esta petición de Nuestra Señora, nunca dio el paso; pese a lo cual, en Octubre de 1930, dio por sobrenaturales las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima.


PRIMERA CONSAGRACIÓN 
AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA


             En Diciembre de 1940 Sor Lucía escribe a su Director Espiritual, Monseñor Ferreira, para que solicitase al Santo Padre la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María; Lucía lo narró así: "La noche del 5 de Marzo de 1942, Nuestro Señor pareció hacerme sentir más intensamente que se negaba a conceder la paz por los crímenes que ignoraban Su Justicia y también porque no se había obedecido a Sus peticiones, especialmente la de la Consagración al Inmaculado Corazón de María, aunque había movido el corazón de Su Santidad a cumplirla".




             Casi dos años después, el 31 de Octubre de 1942, en mitad de la II Guerra Mundial y cuando se cumplía el 25 Aniversario de las Apariciones de Fátima y a la vez de su Consagración Episcopal, el Papa Pío XII llevó a cabo una Consagración  del Mundo al Inmaculado Corazón de María, haciendo una mención velada de Rusia en los siguientes términos: "A los pueblos separados por el error y la discordia, y especialmente a los que profesan por Ti una devoción singular y entre los cuales no hubo casa que no honrara Tu venerable icono, hoy quizás escondido y reservado para mejores días, dales paz y llévalos de regreso al redil de Cristo, bajo el Único y Verdadero Pastor".

             En la primavera siguiente, como la guerra continuaba, Nuestro Señor dijo a la Hermana Lucía que la paz mundial no resultaría de esa Consagración del Papa, pero que la guerra se acortaría. El Papa repitió el mismo Acto Consagratorio el 8 de Diciembre de 1941.


SEGUNDA CONSAGRACIÓN


             Por fin, Pío XII consagró específicamente Rusia al Inmaculado Corazón de María en 1952.

          "… al igual como hace unos años, Nos, consagramos todo el género humano al Inmaculado Corazón de la Virgen María, Madre de Dios, así hoy Nos consagramos, y una manera más especial, encomendamos a todos los pueblos de Rusia a este Inmaculado Corazón…"

Papa Pío XII, Carta Apostólica "Sacro Vergente Anno", del 7 de Julio de 1952




FÓRMULA DE CONSAGRACIÓN 
DE LA IGLESIA Y DEL GÉNERO HUMANO 
AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA


               ¡Oh Reina del Santísimo Rosario, Auxilio de los Cristianos, Refugio del género humano, Vencedora de todas las batallas de Dios! Ante Vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de Vuestro maternal Corazón.

               En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a Vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.

               Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.

               Vos, oh Madre de Misericordia, impetradnos de Dios la Paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la Paz. Reina de la Paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la Paz por que suspiran los pueblos, la Paz en la Verdad, en la Justicia, en la Caridad de Cristo. Dadle la Paz de las armas y la Paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el Reino de Dios.

              Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la Paz y haced que brille para ellos el Sol de la Verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

              Dad la Paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen, hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos, y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el Único Verdadero Pastor.

               Obtened Paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la Vida Cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

               Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de Vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en Él todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a Vuestro Inmaculado Corazón, para que Vuestro Amor y Patrocinio aceleren el Triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen Bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a otro de la tierra, el eterno Magníficat de Gloria, de Amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.



martes, 15 de marzo de 2022

LA TERRIBLE REALIDAD DEL INFIERNO. Parte VII. En los sueños de San Juan Bosco (III)

  

               Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía: -Querido, las piernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. 

               Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: -Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: -Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: -¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? -Pues bien, sígueme- añadió el guía. Me levanté y continuamos bajando.




               El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún. San Juan Bosco preguntó al guía: -¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? -Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta -me respondió- , y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est Diabolo et angelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur. (Evangelio de San Mateo, cap. 25, vers. 41)

               Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: -¡Detente! ¿Qué haces? -Voy a tomar nota de esas inscripciones. -No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces. 

               Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: -¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera. -Corramos, detengámoslo, ayudémosle -gritaba yo tendiendo las manos hacia él. Y el guía: -No; déjalo. -¿Y por qué no puedo detenerlo? -¿No sabes lo tremenda que es la Venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor? 

               Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la Ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunté yo—. —Porque la Ira de Dios traspasa todas las puertas del Infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego.

              En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron.

               Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando... Vi precipitarse en el Infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. 

               —He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas (y malos programas de televisión e internet e impureza y pornografía y anticonceptivos y fornicación y adulterios y sodomía y asesinatos de aborto y herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. 

               Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. 

               —¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente.

               Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me eché atrás horrorizado. 

               Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.

               Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. 

               Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit. —Non est pax impiis. — Clamor et stridor dentium. 

               Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.

               Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina. Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse? Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.

               Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el Infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no querer abandonarlo, al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la Justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. —¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía...


Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo IX