adheridas al rezo del Santo Rosario, libraré del Purgatorio a
sufragios sean ofrecidos a través de esta Mi corona afectuosa...
El Rosario es un lazo místico, una cadena invisible que une y hasta estremece simultáneamente el Cielo, la Tierra y el Purgatorio (1). Cuando un católico pronuncia con devoción el Avemaría, el eco de esa salutación no solo alegra a la Corte Celestial y fortalece al creyente en el mundo, sino que destila un rocío espiritual sobre las llamas purificadoras, aquellas que acrisolan a las almas retenidas en el Purgatorio, aportándoles consuelo y hasta la liberación misma para ir al Paraíso.
«Esta divina salutación derriba a los demonios y hace temblar el Infierno; es el martillo que los aplasta. Pero, al mismo tiempo, es la consolación de los Justos y la alegría de los Ángeles. Por ella, los pecadores obtienen el perdón, los Justos la perseverancia, y las Almas del Purgatorio encuentran alivio y refrigerio. La Santísima Virgen, que es la Madre de la Misericordia, posee un dominio amoroso sobre ese lugar de expiación, y a través del Salterio que lleva su nombre, aplica continuamente los Méritos de la Pasión de Su Hijo para disminuir el tiempo de castigo de Sus hijos sufrientes...»
«Yo Soy la Madre de los Ciudadanos del Cielo, de los Fieles de la tierra y de las Almas que padecen en el Purgatorio. Sabiendo el indecible tormento que sufren Mis hijos en ese estado de purificación, he dispuesto que Mis devotos les alcancen el perdón a través de sus plegarias. Por tanto, sabed que cada día, por el Poder de Mi intercesión y la virtud de las indulgencias adheridas al rezo del Santo Rosario, libraré del Purgatorio a las almas que Me hayan sido verdaderamente devotas y cuyos sufragios sean ofrecidos a través de esta Mi corona afectuosa».
«...refieren que una distinguida doncella, de nombre Alejandra -convertida milagrosamente e inscrita en la cofradía del Rosario por Santo Domingo- se apareció al Santo después de muerta para comunicarle que estaba condenada a setecientos años de Purgatorio a causa de los pecados que había cometido o hecho cometer a otros con sus vanidades mundanas. Le rogó que la aliviara e hiciera aliviar con las oraciones de los cofrades del Rosario. El Santo lo hizo y, quince días después, Alejandra se le apareció de nuevo, más resplandeciente que un sol. En tan corto tiempo había sido librada de la pena, gracias a las oraciones de los cofrades del Rosario hechas en favor suyo. Hizo también saber a Santo Domingo que venía de parte de las Almas del Purgatorio a exhortarle a continuar predicando el Rosario y hacer que los parientes de Ellas les hicieran partícipes de sus oraciones. Por lo cual Ellas les recompensarían abundantemente cuando llegaran a la Gloria».
de San Luis María Grignion de Montfort


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