La Iglesia Católica celebra el día 1 de Noviembre la Festividad de Todos los Santos, una Solemnidad de gran antigüedad que tiene por objeto honrar a los Bienaventurados que reinan con Cristo en el Cielo, incluidos aquellos cuya santidad no ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia.
Esta celebración no es una invención tardía ni una simple conmemoración de personajes ejemplares: tiene sus raíces en el culto que los primeros cristianos tributaban a los Mártires, y que se desarrolló progresivamente en la liturgia y quedó vinculada a la Doctrina Católica sobre la Gloria celestial, la intercesión de los Santos y la Comunión Espiritual entre los Fieles.
La Fiesta de Todos los Santos no es una mera evocación histórica. Su objeto es honrar a los Bienaventurados que gozan de la visión de Dios y recordar a los fieles la necesidad de orientar su vida hacia la salvación eterna.
Durante los primeros siglos no existía todavía una única fecha universal para honrar a todos los Santos, por lo que algunas Iglesias celebraban conmemoraciones colectivas en días distintos, mientras que otras conservaban calendarios propios.
Si bien en los primeros años del Cristianismo se recordaba tan solo a los Mártires la conmemoración se amplió para incluir a los Confesores de la Fe, las vírgenes y los demás Santos. La razón de esta ampliación es evidente: la Gloria celestial no está reservada a quienes derramaron su sangre por Cristo, sino que también alcanzan la bienaventuranza quienes, mediante una vida santa, la práctica de las virtudes y la perseverancia en la gracia, llegaron al término de su peregrinación terrena.
Esta Festividad común permite honrar, además, a innumerables Bienaventurados cuyos nombres no aparecen en los calendarios litúrgicos y cuya santidad no ha sido objeto de una declaración solemne de la Iglesia.
El Papa San Gregorio III dedicó en la basílica de San Pedro una capilla en honor de todos los Santos, y fue entonces cuando la celebración quedó vinculada al 1 de Noviembre. Posteriormente, bajo el Pontificado de Gregorio IV, la Festividad de Todos los Santos se extendió más ampliamente por la Iglesia occidental. Hacia el año 835, el emperador Luis el Piadoso promovió su observancia en sus dominios.
San Bernardo de Claraval, en su segundo sermón sobre Todos los Santos, plantea una cuestión que conserva toda su fuerza...
"¿De qué sirven a los Santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma Solemnidad que celebramos?. ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo?. ¿De qué les sirven nuestros elogios?.
Los Santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los Santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los Espíritus Bienaventurados, de convivir con la asamblea de los Patriarcas, con el grupo de los Profetas, con el senado de los Apóstoles, con el ejército incontable de los Mártires, con la asociación de los Confesores, con el coro de las Vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la Comunión de todos los Santos.
Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los Santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los Justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del Cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma.
Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los Santos, ambicionando ansiosamente la Gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su Gloria". (1)
La Solemnidad de hoy recuerda también el vínculo espiritual que une a los Fieles que militamos en este mundo con los Santos del Cielo; la Doctrina Católica distingue entre la Iglesia Militante, formada por quienes viven y luchan en la tierra; la Iglesia Purgante, constituida por las almas que, siendo salvas, necesitan purificación antes de entrar en la Gloria; y la Iglesia Triunfante, formada por los Bienaventurados (esta terminología expresa las distintas condiciones en que se encuentran los miembros de la Iglesia, no la existencia de tres Iglesias independientes).
El Papa Pío XII expuso la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo en su Encíclica Mystici Corporis Christi, publicada el 29 de Junio de 1943; el Pontífice recordó que la Iglesia no es una simple asociación humana, sino un cuerpo unido a Cristo, su Cabeza, por vínculos visibles y sobrenaturales: “...mientras la Iglesia Militante adora y ruega al Cordero sin mancha y a la Sagrada Hostia, en cierta manera parece responder a la voz de la Iglesia triunfante que perpetuamente canta: “al que está sentado en el trono y al Cordero: bendición y honor y gloria e imperio por los siglos de los siglos”. Esta enseñanza permite comprender por qué la Vida Cristiana no termina en la muerte y por qué la Iglesia mantiene la veneración de los Santos y la oración por los Difuntos.
Las obras prescritas son:
- El día 2 de Noviembre: visitar una iglesia u oratorio y rezar allí un Padrenuestro y un Credo.
- Desde el 1 al 8 de Noviembre: se puede ganar cada día una indulgencia plenaria, visitando un cementerio y rezando allí por los Difuntos.
Condiciones generales para ganar toda Indulgencia Plenaria: tener la intención al menos general de ganar la indulgencia. Confesión, que puede hacerse dentro de los ocho días anteriores o posteriores. Recibir la Sagrada Comunión en el día. No tener afecto actual a ningún pecado, ni siquiera venial. Cumplir con la obra particular prescrita. Rezar por la restauración del Papado un Padrenuestro y un Ave María (u otra oración).
NOTAS
1) San Bernardo de Claraval, "Sermones sobre Todos los Santos", Sermón II.


