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jueves, 19 de febrero de 2026

EL SACERDOTE, UNIDO A DIOS POR LA SANTIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    El Sacerdocio es tanto más excelente cuanto el Sacerdote está más unido: 1) con Dios; 2) con una Víctima más pura, de más valor y más consumida; 3) con el Pueblo por el que el Sacrificio se ofrece. Este fundamento brota de la misma definición de Sacerdote mediador entre Dios y los hombres para ofrecer sacrificios. El Sacerdote, por tanto: 1) Debe estar unido a Dios por la Santidad, a fin de suplir las deficiencias en la adoración de los Fieles, en la oración, reparación y acción de gracias. 2) Tanto más perfecto es el Sacerdocio cuanto la Víctima ofrecida en sacrificio es más pura, de más alto valor -para expresar la pureza del alma arrepentida- y más se consume la Víctima, expresando la elevación de toda el alma a Dios (1) . 

                    Asimismo por razón de la Víctima es más perfecto el Sacerdocio en el que más se unifican Sacerdote y Víctima, ya que la oblación e inmolación exterior de la Víctima son signos de la oblación e inmolación interior del corazón del Sacerdote, como se dice en el Salmo (Salmo 51, vers. 18): «Porque no es sacrificio -externo- lo que Tú quieres; si no Te lo ofrecería: ni quieres tampoco holocaustos. El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito. Tú, ¡oh Dios!, no desdeñas un corazón contrito y humillado». Por eso Dios no aceptó el sacrificio, puramente externo, de Caín. 3) Es más perfecto el Sacerdocio en el que el Sacerdote está más unido con el Pueblo, y mayor cuanto más numeroso, pues el Sacerdote, como mediador de los hombres para ofrecer sacrificios a Dios, debe unificar las oraciones todas de los Fieles, las súplicas, las reparaciones, la acción de gracias, en una elevación de la mente a Dios, que sea como el alma de la oración de todo el pueblo. 

                    Por tanto, el Sacerdocio es tanto más perfecto cuanto más íntimamente se une con un Pueblo más numeroso. Tal Sacrificio es entonces más agradable a Dios y su efecto es más universal. Así sucedía cuando el Santo párroco Juan María Vianney ofrecía el Sacrificio por su pueblo y por los numerosos Fieles llegados en peregrinación. La prueba de este principio es sumamente fácil, aplicado al Sacerdocio de Cristo. Su altísima perfección resplandecerá de tal modo que no puede concebirse otro más perfecto.

                    Cristo, en efecto, como Sacerdote, no sólo es más Santo que todos los otros sacerdotes, sino que Es la misma Santidad, es el Verbo de Dios encarnado. Es Santo también como hombre, primordialmente por la gracia increada de la unión con el Verbo, por la que se consagra Su Humanidad. Por su parte, la Santidad formal y primaria de Cristo no es adquirida, sino innata; no es accidental, sino substancial; no es creada, sino increada. Las acciones humanas sacerdotales de Cristo son teándricas por razón de la Persona Divina del Verbo. De ahí que tuvieran por sí mismas un valor infinito para merecer y satisfacer y, hoy, para adorar y dar gracias. No bastaba la Gracia capital para conferir este valor infinito, por ser una gracia habitual creada. Aún más: Cristo es Santo por la plenitud de la Gracia habitual y de la Caridad creadas. 

                    Ahora bien, en Cristo, dado el Poder absoluto de Dios, la Gracia habitual creada y la Caridad podían aumentar; por el contrario, la Gracia de la unión hipostática no puede ser mayor. Se confirma así que el Sacerdocio de Cristo -no cabe concebir otro más perfecto- se constituye formalmente por la gracia de unión. 

                    Finalmente, Cristo tenía la potestad de excelencia para instituir los Sacramentos y el Sacerdocio indefectible hasta el Fin del Mundo. Por razón de la Santidad o Unión indefectible con Dios, el Sacerdocio de Cristo no puede ser más perfecto, ya que no puede darse una gracia mayor que la de Unión, aunque, dado el Poder absoluto de Dios, podrían darse una Gracia habitual y Caridad mayores que las que recibía el Alma Santísima de Cristo.   


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


NOTAS

                    1) Así vemos que por parte de la víctima el más perfecto de todos los sacrificios de la Antigua Ley fue el sacrificio de Abraham, ofreciendo a su hijo muy amado, quien, como figura de Cristo, se entregó obedientemente, sin resistencia alguna, antes bien orando y alabando a Dios. 



jueves, 8 de enero de 2026

LOS SACERDOTES, TROPA ESCOGIDA PARA LA BATALLA ENTRE LA VERDAD Y EL ERROR

 


                      El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros» (1), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (2).

                       Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado (3), declarándose estar constituido Sacerdote eterno según el Orden de Melquisedec (4), ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía» (5).

                       Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (6), por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

                       Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

                       La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»...

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del Buen Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo Yo recoger» (7), y ver «los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse» (8), sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable?. 

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de Cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin Pastor, que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al Corazón del Hijo de Dios?. 

                       Nos referimos al Sacerdote que sabe que en sus labios tiene la Palabra de Vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del Sacerdote Católico; contemplamos y vemos a nuestros Obispos y los Sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el Reino de Dios y el reino de Satanás.


Papa Pío XI 
Extractos de "Ad Catholici Sacerdotii", del 20 de Diciembre de 1935


NOTAS

1) Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21
2) Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14
3) 1 Corintios, cap. 11, vers. 23 y ss.
4) Salmo 109, vers. 4
5) Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 19; 1 Corintios, cap. 11, vers. 24
6) Profeta San Malaquías, cap. 1, vers. 11
7) Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 16
8) Evangelio de San Juan, cap. 4, vers. 35



jueves, 6 de noviembre de 2025

PRIMER JUEVES. EL SACERDOTE, INSTRUMENTO PARA CONTINUAR SU OBRA REDENTORA

 

Iam non dicam vos servos: quia servus nescit 
quid faciat Dominus ejus. Vos autem dixi amicos: quia 
omnia quaecumque audivi a Patre Meo, nota feci vobis.


Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe 
lo que hace su Señor; pero os he llamado amigos, porque 
todas las cosas que oí de Mi Padre os las he dado a conocer.


Evangelio de San Juan, cap. 15, vers. 15



               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros», prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía».

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas —exclama con razón San Juan Crisóstomo—, admirables y que nos llenan de estupor


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 




                El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor; y cuando el cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...



Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935



jueves, 17 de abril de 2025

JESÚS NUESTRO SEÑOR INSTITUYE EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los Fieles, por los que creerán en Él por Su Palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 5 de septiembre de 2024

EL SACERDOCIO, DIGNIDAD POR ENCIMA DE LOS ÁNGELES


...si su sublime dignidad los eleva por encima
de los Ángeles, no por ello son hombres 
menos débiles y frágiles… 


Santa Teresita de Lisieux



              El Jueves es el día tradicionalmente dedicado a recordar a los Sagrados Ministros de Dios; día elegido por Nuestro Señor Jesucristo el Jueves Santo, cuando instituyó el Sacerdocio, y con él y por él, la Sagrada Eucaristía, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, que se renueva por todo el orbe cada día, sin cesar. 

              Práctica particularmente laudable es la de los Primeros Jueves de Mes, en el que se hacen especiales ejercicios de piedad para pedir por los Sacerdotes y Religiosos, así como por las vocaciones, para que el Señor envíe operarios a Su mies y extiendan Su Reino en el mundo entero.

              El Sacerdote ordenado tiene un carácter indeleble, que lo hace ontológicamente Hombre-Sacerdote: su ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “Sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El Sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia, aunque no se encuentre ejerciendo su Sacerdocio. Y seguirá siendo Sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.

              Sin los Sacerdotes estaríamos desamparados espiritualmente. No tendríamos la Misa ni los Sacramentos, es decir que no dispondríamos de los medios ordinarios para salvarnos. La Vida Católica no podría desarrollarse normalmente sin ellos. Allí donde han faltado o faltan por diversas circunstancias (por falta de clero, por persecución, por abandono) los Fieles sufren y languidecen espiritualmente, aunque ciertamente, Dios no abandona a Sus hijos. Por eso es tan importante rezar por las vocaciones y por la santificación y perseverancia del Clero: para que haya muchos Sacerdotes que santifiquen al Pueblo de Dios y lleven las almas al Cielo. La Santidad no es indispensable para que el Sacerdote Católico ejerza eficazmente su Ministerio: nuestra salvación no depende de la bondad o maldad de los Sacerdotes, que no son sino los instrumentos a través de los cuales Jesucristo actúa; ya darán cuenta a Dios de su vida personal. Pero qué duda cabe que un Sacerdote santo edifica, consuela y llama a la Santidad.

               El quinto Precepto General de la Santa Madre Iglesia manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia de Dios” (antiguamente se decía “pagar los diezmos y las primicias”, que viene a ser lo mismo). Quiere decir que los Fieles tienen el deber de mantener el Culto Católico y a sus Ministros, que es por quienes nos viene la gracia. Es natural, pues como dice San Pablo: “tiene el operario derecho a su salario” y los Sacerdotes son los operarios de la Viña del Señor. También dice el Apóstol de las Gentes que “quien sirve el Altar que viva del Altar”, por lo cual los Sacerdotes, que son los Ministros del Altar tienen el derecho a vivir de él, del cual, por cierto, nos beneficiamos todos.

               Ahora bien, contribuir al sostenimiento de la Iglesia se hace de dos maneras: material y espiritualmente. Se contribuye materialmente aportando dinero, bienes y trabajo en la medida de las posibilidades reales de cada quien. Debemos considerar siempre si en conciencia hacemos todo lo que podemos. Muchas veces no somos generosos con la Iglesia mientras somos capaces de gastarnos dinerales en caprichos, vicios o cosas superfluas. Tengamos siempre en cuenta que, como pasa con nosotros, los sacerdotes no viven del aire y que tienen necesidad de nuestra asistencia material. A cambio ellos nos dan los medios de salvación. Realmente, salimos ganando siempre porque los fieles les damos bienes perecederos, mientras ellos nos dan la posibilidad de ganar el bien duradero de la vida eterna.

               Pero también espiritualmente podemos sostener a la Iglesia y a sus Ministros: encargando Misas, ofreciendo nuestras oraciones y difundiendo propaganda a favor de las vocaciones. En esta categoría de limosna, entra la práctica de los PRIMEROS JUEVES DE MES, en los cuales invertimos una pequeña parte de nuestro tiempo para orar por los Sacerdotes, Religiosos, vocaciones y misiones, es decir, para mantener vivo el organismo de nuestra Religión Católica. 

               Acostumbrémonos a santificar los Jueves Sacerdotales, ofreciendo en ellos nuestras preces y nuestros pensamientos, el rezo meditado del Santo Rosario... Es la mejor manera de preparar el Primer Viernes, consagrado al Corazón Divino según el cual queremos que sean nuestros Sacerdotes. 



jueves, 14 de marzo de 2024

ELEVAR AL CIELO LA OFRENDA PURA

 

               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: "Así como el Padre Me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros", prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, "Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".




               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la Última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: "Haced esto en memoria Mía".

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: "Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse".


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas -exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 


                El Cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los Fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor...

               ...y cuando el Cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al Cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las Puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los Fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...


Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935



jueves, 18 de mayo de 2023

EL SACERDOTE, MAESTRO DE LAS ALMAS

  

               Jesús ha enseñado la Verdad a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Desde el príncipe de los sacerdotes hasta la pobre samaritana, todos fueron instruidos por Su Palabra, todos recibieron la verdad de Sus divinos labios. Con maravillosa adaptación de inteligencia e incomparable humildad, supo siempre adaptarse a la capacidad de aquellos a quienes debía instruir. 



               Con Nicodemo, doctor de Israel, es profundo, sublime y toca los misterios más elevados. Con los sacerdotes y escribas, Sus enseñanzas se apoyan siempre en la Ley, los profetas y la Sagrada Escritura. Con el pueblo es sencillo, familiar, y se expresa con comparaciones sacadas de las labores campestres; tenemos así sus divinas parábolas: el sembrador, el grano de mostaza, la vid, etc. Se adapta siempre a su auditorio, sin caer nunca en lo vulgar, en lo afectado, en lo difícil de entender, aun en las materias más elevadas. ¡Qué encanto en las enseñanzas de Jesús, tan luminosas y simples, tan ricas de doctrina celestial y carentes de ornatos superfluos! ¡Qué dulce majestad en Sus menores palabras! ¡Qué gravedad afable, qué modesta dignidad, qué fuerza persuasiva, qué claridad de exposición, cuánta gracia! ¡Qué poesía penetrante y sublime en esos ejemplos tomados de la naturaleza! ¡Oh, si se pudieran estudiar detalladamente las inefables bellezas de Nuestro adorable Maestro! ¡Es el Verbo del Padre, el Maestro Divino, descendido del cielo para instruir a las almas! Con esto, ¿no está dicho todo?.

               También el Sacerdote debe enseñar a todos la Verdad. Si quiere ser verdadero Apóstol, verdadero Sacerdote de Jesús, debe hacerse, como Jesús, todo a todos. Su único fin debe ser comunicar la Verdad que posee y el Amor que le abrasa. Por tanto, que no aspire a un género particular, ni busque un método nuevo y personal que, a lo más, podrá interesar a algunos; sino que se esfuerce en adaptarse a su auditorio. 

               Siempre claro y exacto, que anuncie la Verdad sencillamente, con la única intención de hacer el bien. Entonces habrá encontrado el secreto de esa unción penetrante que viene del corazón y que el doble Amor de Jesús y de las almas derrama, como naturalmente, en los labios del Sacerdote. Al enseñar la Verdad, es necesario que dé lo mejor de sí mismo, y que sin despreciar a nadie, se entregue por entero a su misión sublime de Maestro de las almas.

               Cuando enseñaba, Jesús encontró muchos obstáculos, dificultades y sufrimientos y tuvo una Paciencia infinita. No se dejó descorazonar por la rudeza de los espíritus, ni por la lentitud en comprender, ni por las objeciones sin fundamento. Las críticas, las injurias, la doblez de aquellos a quienes trataba de instruir e iluminar, no lograron cansarlo. 

               En sus miras no figuró nunca la propia gloria; nunca buscó el éxito humano. Arrojó a manos llenas y de todo corazón la divina semilla en las almas, dejando al espíritu de Amor el cuidado de hacerla germinar y madurar. Sabía que enseñando Su moral, suave, es cierto, pero austera, muchos se alejarían de Él. Con Su Divina Presciencia sabía que muchos de aquellos a quienes instruía dejarían que ese germen de vida pereciera por negligencia, o incluso lo arrancarían con sus propias manos. Y no obstante eso, no dejó nunca de dar Sus Lecciones divinas, ni de abrir a todos los tesoros de Su Sabiduría. 

               La contradicción, los desprecios las dificultades de toda índole se encuentran también en el camino del Sacerdote; pero no debe dejarse abatir. Jesús, el Divino Maestro, ¿no está con él? ¿No tiene las divinas promesas de Jesús para consuelo y sostén? ¡Tome entonces la Cruz del Maestro y camine! Pero que se guarde, sobre todo, de alterar el Evangelio con el pretexto de conciliar entre sí el espíritu del mundo y el espíritu de Jesús y de formarse un Cristianismo de fantasía, para halagar las pasiones humanas. 

               Las verdades evangélicas se imponen por sí mismas y el Sacerdote debe tan solo presentarlas como son, iluminadas por los reflejos divinos de la Dulzura y de la Misericordia del Corazón de Jesús. Sí, que haga conocer bien los derechos de Dios, Sus Leyes justas y fuertes, y también Su Paciencia, Su Bondad, el inefable Amor del Redentor por las almas; pero que no descienda nunca a compromisos bajos, a procedimientos humanos, a la búsqueda culpable del éxito personal. 

               "Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas". Son las palabras que Jesús dirigía a Sus Apóstoles, a Sus Sacerdotes, al enviarlos a anunciar la Buena Nueva. ¡Cómo sabía unir el adorable Maestro, la prudencia y la sencillez en Su Enseñanza! ¡Qué prudente se mostraba cuando instruía individualmente a las almas! 

              Procedía gradualmente, soportando las debilidades, exigiendo a cada uno únicamente lo que podía dar, esperando con infinita paciencia, que se abriera a la gracia y respondiera a Sus misericordiosas prevenciones. Preparaba lentamente y con dulzura los espíritus antes de descubrirles la Verdad; fortalecía los ánimos abatidos y no exigía nada con dureza. ¡Y cuánta prudencia en Su enseñanza pública! Se mostraba siempre respetuoso hacia las autoridades legítimas y amigo de la paz. 

               Sabía desconcertar la astucia de Sus enemigos con Su Sabiduría y después de tres años de predicación durante los cuales enseñó una doctrina y dio leyes opuestas por completo a las del mundo, no se encontró ningún testigo que pudiera deponer en Su contra cuando se lo acusaba ante los jueces y los príncipes. 

                Cuando censuraba vicios y errores, nunca nombraba a los culpables. ¡Qué exquisita discreción en Su conducta ante la adúltera! ¡Qué reserva en Sus palabras cuando debía instruir a las gentes acerca de los más delicados preceptos de la moral, revelar la santidad del vínculo conyugal o los divinos encantos de la virginidad! Su prudencia en este punto es tan grande, Sus palabras tan puras, que el alma del niño más cándido y desconocedor del mal, puede leer y releer el Evangelio sin que nada pueda turbar su pensamiento o cubrirlo de sombra alguna. 

               El Sacerdote, según el ejemplo del Maestro, debe, pues, unir en su enseñanza la prudencia con la sencillez. Si quiere prodigar el bien en medio del mundo corrupto en el que debe vivir, es necesario que hable y proceda con Divina Sabiduría. Sea prudente en la predicación pública y más apóstol que polemista; con preferencia, más distribuidor de los dones de Dios y Ministro de Misericordia, que violento reformador del mundo. El odio se vence únicamente con amor; el pecado se destruye tan sólo con la Sangre de Jesús, manso y humilde de Corazón. Es innegable que a veces hay que ser fuerte, pero la prudencia debe regular la fuerza, presidir al justo rigor y orientar tanto el castigo como perdón.

               El Sacerdote debe ser prudente en su enseñanza privada; estudiar bien las almas antes de dirigirlas. Sea prudente al decidir la vocación de los demás; prudente al hacerles contraer ligaduras que puedan vincular su porvenir y tal vez turbar sus conciencias. Prudente sobre todo en la enseñanza impartida a los jóvenes y a las mujeres. ¡Son ya de por sí imprudentes en demasía! 

                Cuántas familias turbadas, cuántos esposos desunidos, cuántas almas desorientadas y a veces apartadas del camino de la Piedad a causa de un consejo imprudente, de unas palabras justas y santas en el fondo, sin duda, pero que pueden ser mal interpretadas en su forma. El Sacerdote debe rodearse de prudencia a ejemplo de su Divino Modelo. También él es Maestro, Maestro de almas, de Santidad y de Virtud. Que sus palabras sean, por tanto, un eco de las palabras de Jesús, impregnadas de sabiduría, de prudencia y de verdad.


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 4 de mayo de 2023

AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LA SANTA IGLESIA

  

               El Amor de Jesús por la Santa Iglesia es un amor de Esposo. Para unirse a ella abandonó las delicias del Cielo, se entregó por entero a ella. Le ha dado Su Alma, aplicándole sin medida ni restricciones Su Divina Inteligencia, Su Memoria y todas las operaciones de Su Espíritu. 



               Le ha dado Su Corazón, consagrándole un Amor fiel, ardiente, único, eterno. Le ha dado Su Cuerpo y ¡de qué modo tan inefable! La ha adornado con las joyas más valiosas. La ha rodeado de los cuidados más tiernos y vigilantes. La ha hecho grande, noble, digna de honor. La ha hecho fecunda. Le ha conservado una fidelidad inviolable. ¿Hubo alguna vez unión más estrecha, más indisoluble que la de Jesucristo con Su Iglesia? Entre esposos ¿reinó alguna vez amor más ardiente y fuerte, donación más completa y eficaz? La unión mística se consumó en la Cruz como en un lecho nupcial. 

               Desde entonces, desde aquellas divinas nupcias, siempre se han sido el uno para el otro. En la prosperidad y en la desgracia, en la persecución y en el honor, en la alegría y en la angustia, nunca se han separado. Cuando se despreció a Jesús, la Iglesia participó en el oprobio; cuando se abandonó a Jesús, la Iglesia, Su Esposa, conoció el abandono; cuando se alabó y amó a Jesús, la Iglesia participó en el gozo. Del mismo modo, todos los ultrajes hechos a la Iglesia hirieron a su Divino Esposo; todas las pruebas que debió sufrir, las compartió con Él. ¡Se encuentran tan estrechamente unidos y ligados que los golpes dirigidos contra Cristo por la impiedad de todos los tiempos, siempre han herido a la Iglesia; y el fango arrojado al manto de la Iglesia ha recaído siempre sobre las vestiduras de Cristo! 

               La primera lágrima de Jesús en la cuna bastaba para rescatar al mundo; más aún, el primer suspiro de Su Corazón al entrar en la vida hubiera sido rescate abundante. Entonces, ¿por qué tantos trabajos, tantos sufrimientos, tantas lágrimas y tanta sangre derramada? ¡Es el Amor de Jesús por Su Iglesia! Quería enriquecerla con tesoros divinos. Quería revestirla de púrpura y dio la propia Sangre para teñir su manto; quería rodear su cuello de perlas preciosas y derramó lágrimas; quería coronarla de honores e inmortalidad y dio Su propia Vida y Su propio Honor para formar su corona. ¿Puede el amor llegar más lejos? ¿Puede prolongarse más allá de la tumba? ¿Puede sobrevivir a la muerte? Cuando el esposo ha dado la vida por la esposa, ¿qué más puede darle? 

               Jesús dio más todavía. Volvió a tomar la Vida que había sacrificado, la transformó y, encerrándose con esta nueva Vida en un estrecho Sagrario, permanece, por amor a la Iglesia, en estado de Perpetuo Sacrificio hasta el Fin de los Tiempos. Y mientras todos los días se inmola así por ella, continúa colmándola de Sus dones: la ilumina con luces celestiales, la inflama con el fuego de Su Corazón, la nutre con un delicioso alimento, alimento que es Su mismo Cuerpo, ¡Su Carne Divina! La fortalece y la provee de armas en medio de los combates que ella debe sostener, ya que milita sobre la tierra. La consuela en sus angustias y le prepara un Triunfo definitivo para la Eternidad, una glorificación completa. 

               Si la Santa Iglesia es la Esposa de Cristo, lo es también del Sacerdote: es su Compañera elegida. En el momento en que debía entregar su corazón y tomar una decisión sobre su vida, el elegido de Cristo consideró en su alma el lugar hacia el cual dirigiría su destino y movido por el impulso suave de la Gracia Divina, iluminado por los dulcísimos rayos que el Amor Infinito esparcía en su corazón, eligió. 

               Desdeñando la hermosura que pasa, la gloria que perece y esa felicidad incierta que se va con el tiempo y que la muerte siempre destroza, elevándose por encima de los placeres pasajeros y falaces de los sentidos y la imaginación, mediante un acto libre, eligió a la Iglesia como única esposa. La tomó como su herencia y se entregó a ella por entero. El subdiaconado fue el día de la pedida de mano, el Sacerdocio el de la unión total. Desde entonces caminan juntos por la vida. Participarán de la misma fortuna, sufrirán y gozarán juntos; el honor de uno será el honor de la otra; ya no pueden separarse. ¡Es tan bella la Santa Iglesia que, con su juventud siempre renovada, desafía la sucesión de los siglos! ¡Es tan rica en tesoros celestiales! 

               Hija de Dios, nacida de Sangre Divina, ¡es tan noble y tan grande! ¡Con cuánto amor debe amarla el Sacerdote! ¡Con qué celo debe conservarla en su integridad! ¡Con qué santo ardor debe defenderla contra los enemigos perpetuamente aliados contra ella! ¡La Iglesia! ¡Debe ser la gran pasión del Sacerdote! Para hacerla libre y feliz, para verla irradiar desde el centro de su espléndida unidad hacia la universalidad de las almas, debe estar dispuesto a afrontar todas las fatigas y abrazar todos los sacrificios.

               Con sus dogmas tan ciertos, con sus enseñanzas tan luminosas, con su admirable Jerarquía y con las maravillas de virtud, de pureza, de abnegación y de genio que produce desde hace veinte siglos, la Iglesia bien merece que el hombre se entregue a ella con la plenitud de su alma, con todo el impulso de su corazón. ¡Ella sabe restituir tan bien y mejorar lo que se le da! Sabe dilatar tan bien las inteligencias, elevar los espíritus, inflamar los corazones. Cuando toma a una criatura humana, sabe muy bien transformarla, perfeccionar sus cualidades, ampliar sus horizontes y desarrollar su poder de ser y de conocer. ¡Ella es, con Dios, la gran reformadora de la humanidad, la maravillosa transformadora de las almas, de las sociedades, de las naciones! El Sacerdote debe amar a esta esposa incomparable como la amó Jesús: en las fatigas, en las persecuciones, ¡hasta la santa locura del Sacrificio y de la Cruz!


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 13 de abril de 2023

JESUCRISTO, MODELO DIVINO DEL SACERDOTE. Parte I

  

              Jesús es el Modelo en el que debe formarse cada hombre. Es la forma que deben adquirir los elegidos antes de ser admitidos a participar en el Reino de Dios. Pero, si es el Modelo sublime que deben reproducir todas las almas, si todos los hombres deben regular los latidos de su corazón según los del Corazón del Hombre–Dios, hay algunos de entre ellos que deben conformarse más especialmente aún al Divino Modelo. 



               Estos privilegiados, llamados a seguir más de cerca al Divino Maestro, estos afortunados que vivirán una vida en todo similar a la suya y que, alimentándose de su Palabra y reproduciendo sus ejemplos serán imágenes vivientes del Redentor en medio del mundo, son los Sacerdotes de Jesucristo. Jesús, Divino Sacerdote, continúa en la Gloria las obras de su Sacerdocio Eterno. Pero quiere que, a través de los siglos, otros Cristos continúen en el mundo su Obra Redentora. 

              Antes, Dios se había reservado la tribu santa para su culto. La había tomado como su porción, la había destinado y consagrado a su servicio. Del mismo modo, en la Ley de gracia y amor, Dios se ha destinado una tribu elegida. De entre la multitud de Cristianos extrae almas más especialmente amadas por Él. Las hace, más que a las otras, conformes a la imagen de su único Hijo; las favorece con mayores gracias, las enriquece con mayores dones, vierte en ellas más amor, las colma de privilegios divinos y revistiéndolas con parte de su poder, las hace, con la santa unción, Sacerdotes y Reyes, Ministros de su Justicia y Dispensadores de su Misericordia. El Sacerdote es otro Cristo: es el ungido del Señor. 

               Signado por un carácter sublime e imborrable, pasa en medio de los hombres dominándolos con toda la altura de su divina dignidad y descendiendo misericordiosamente hasta las miserias más abyectas. Pasa, como Jesús entre la multitud de las almas, haciendo el bien, curando toda enfermedad y flaqueza, derramando verdad en las inteligencias, consuelo en el dolor y perdón ante el arrepentimiento. Como Jesús, pasa por el mundo sin ser del mundo. Se roza con la fealdad y el fango, pero se conserva puro; encuentra mucho odio, pero sigue siendo bueno. Pasa sin mirar atrás, sin edificar nada temporal para el porvenir. 

              Dedicado por entero al presente, entrega su alma con caridad a las almas de los más débiles y menos felices. Pasa, sí, pero su acción queda. Si su alma, alma de Sacerdote, reproduce el alma de Jesús, si su corazón, corazón de Sacerdote, es conforme al Corazón de Jesús, ¡su acción no es ya la acción de la criatura enferma y limitada, sino la acción de Jesucristo, del Divino Sacerdote! ¡El corazón de Pablo es el Corazón de Cristo! ¡Ah! Si se pudiera decir siempre: el corazón del Sacerdote es el Corazón de Jesús, ¡qué frutos admirables produciría en las almas este Sacerdote de Cristo, qué milagros de gracia lograría a ejemplo del gran Apóstol de las gentes! 

                Mas, con demasiada frecuencia, ¡qué pena! la gracia de la Consagración no transforma al Sacerdote. Su corazón permanece frío, su alma sigue siendo muy humana, su espíritu no se eleva por encima del común de las gentes y en lugar de ser, por el esplendor de sus virtudes y la irradiación de su santidad, el faro luminoso que iluminando las tinieblas de la noche y dominando la tempestad, conduce las naves al puerto, no es sino una barca más a merced de las pasiones humanas. Este Sacerdote no se ha elevado a las alturas desde donde podría alumbrar a las almas sumidas en la perdición; no ha querido mantenerse sobre la roca, desde donde hubiera podido tender la mano a los náufragos de la vida. 

               Quizá, la espuma de las mareas le habría mojado a veces los pies, tal vez los vientos se habrían desencadenado en su contra, pero se habría mantenido inconmovible y fuerte con la fortaleza de Dios. Sin duda, el Sacerdote no debe retirarse a la soledad ni esconderse en la penumbra del templo. Es necesario que viva entre sus hermanos, en medio de ellos, siempre pronto a estrechar junto a su corazón, con éxtasis de caridad, todas sus miserias y todos sus dolores. Es necesario que permanezca allí, siempre entregado y oferente, como Jesús, semilla de amor ofrecida por la vida de todos...


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 6 de abril de 2023

DEL CORAZÓN DE CRISTO BROTÓ EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los fieles, por los que creerán en Él por su palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche