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sábado, 24 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Rosa Mística

 

“Yo soy la Madre del Amor Hermoso, 
del temor, del conocimiento 
y de la santa esperanza” 

Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 24


                    La Caridad, reina de todas las virtudes, nos une tan estrechamente a Dios, nuestro Bien Supremo y nuestro fin último, que solo el pecado es capaz de disolver esta unión. El pecado, por tanto, es el único obstáculo a la presencia de la Caridad Divina en nuestras almas.

                    La unión que la Caridad establece entre el alma y Dios está lejos de ser estéril: se manifiesta en actos de amor y, en determinadas ocasiones, inspira generosos sacrificios, en honor de este mismo Dios, que nos ama con un amor que sobrepasa todos los límites y que es Él mismo el objeto principal de la virtud de la Caridad.

                    El título de "Rosa Mística", que la Iglesia otorga a María, expresa bien la presencia de esta preciosa virtud en el Alma Santísima de Nuestra Madre celestial. María era inmaculada, consagrada por completo al Señor, Su Alma exhalaba sin cesar un perfume exquisito, como el de una dulce rosa. Por lo tanto, agradó al Rey de reyes hasta tal punto que le era más querida que todas las demás criaturas juntas.

                    ¿Qué lengua podría describir las flechas de amor que la Santísima Virgen envió hacia el Dios de Su Corazón, las ardientes aspiraciones de Su Alma, al repetir con el Esposo de los Cantares: «Muéstrame, oh tú a quien ama mi alma, dónde yaces al mediodía»?. Este amor de María no fue inactivo; se expandió en actos del más noble y sublime sacrificio. Estos actos alcanzaron su cumbre en el Calvario, cuando la Madre de Jesús ofreció a Dios la Víctima Divina por la salvación de la humanidad.

                    La Santa Caridad abraza con su amor no solo a Dios, sino también al prójimo. Amar a los hombres con verdadero amor, desear su bienestar, socorrerlos en sus necesidades, consolarlos en sus aflicciones, soportar sus defectos: tales son los efectos secundarios de la excelente virtud teologal de la Caridad.

                    Nadie, después de Jesús, practicó la Caridad hacia los hombres mejor que María. De hecho, ¿no ofreció esta amorosa Madre a Dios a Su propio Hijo para la salvación del mundo y, en vista de nuestra redención, se mostró dispuesta a compartir todos los sufrimientos que Él soportaría durante Su vida mortal?. ¿No la impulsó su caridad a acompañar al Calvario a Aquel a quien amaba por encima de sí misma y a ofrecerlo al Padre Eterno por nuestros pecados?. Y ahora que María ha sido coronada en el Cielo como Reina del Universo, no cesa de cobijarnos bajo el Manto de Su Caridad maternal, implorando a Dios consuelo para los afligidos, arrepentimiento para los pecadores y perseverancia final para los justos.

                    ¡Oh María, qué hermosa Te hace esta Caridad a los ojos de Dios y de los hombres!. El brillo plateado de la luna, el dorado sol, son sólo una débil imagen de la incomparable hermosura que esta ardiente Caridad hacia Dios y los hombres Te imparte. En verdad, eres «hermosa como la luna, brillante como el sol».

                    Fue por su inmensa Caridad que Dios amó a María más que a cualquier otra criatura, pues esta virtud divina consiste precisamente en un intercambio del más tierno y sincero amor y buena voluntad entre el amante y el amado. Las siguientes palabras dichas anteriormente sobre la reina Ester son, por lo tanto, perfectamente aplicables a la Madre de Dios: «El rey la amó más que a todas las demás mujeres; y ella contaba con favor y bondad ante él por encima de todos, y él le puso la corona real en la cabeza y la hizo reina en lugar de Vasti».

                    Procura, alma mía, corresponder al amor con que Dios te ama, amándolo con todo tu corazón y procurando crecer cada día en conformidad con Su Santa Voluntad; pues sólo así se manifiesta la Caridad Divina. Pero sobre todo, procura evitar el pecado con sumo cuidado; no solo el pecado mortal, que es un obstáculo insuperable para la posesión de esta santa virtud, sino también el pecado venial, que, al disminuir el fervor de la Caridad, lleva al alma poco a poco a cometer el pecado mortal.

                    El pecado, ah, es en verdad el enemigo de nuestras almas, el mayor mal que nos puede sobrevenir sobre la tierra.

                    Santa Rosa de Lima fue la primera flor de Santidad que floreció en Sudamérica. Recibió el nombre de «Rosa» porque, con tan solo unos meses de vida, su rostro se transfiguró milagrosamente como el de una rosa hermosísima, en señal de su pureza angelical y ardiente caridad.

                    Al alcanzar la edad de la razón y estar ya dotada de bendiciones celestiales, temía envanecerse del nombre que le habían dado, considerándose indigna de llevarlo. Pero Nuestra Señora se le apareció, asegurándole que este nombre era muy querido por Su Divino Hijo; y, además, en señal de su afecto, le pidió que en adelante se llamara Rosa de Santa María.

                    De la contemplación de Dios, su único Bien, Rosa concibió tan poca estima por las cosas de este mundo y un amor tan grande por el sufrimiento, que comenzó a llevar una vida de soledad y austeridad. Su penitencia conmovía a todos los que la conocían. Trataba su cuerpo con tanta dureza que desde la planta de los pies hasta la coronilla no se encontraba en ella salud alguna. En medio de sus más duros sufrimientos, solía exclamar: «Oh, mi Señor Jesucristo, aumenta mis sufrimientos, pero aviva también la llama de Tu Divina Caridad en mi corazón».

                    Como no podía salir de casa, se unió a la Tercera Orden Seglar de Santo Domingo para conformarse cada vez más a su Divino Esposo. Se hizo una pequeña celda en un rincón del jardín de su padre y allí pasaba sus días en continua oración, sin distracciones.

                    Tal unión con Dios mereció favores insignes, como el de escuchar de nuestro bendito Señor estas palabras: «Rosa, amada de mi Corazón, serás mi Esposa». A lo que ella respondió: «Oh Señor, solo soy tu sierva. Las marcas de mi servidumbre no me permitirán ser elevada a la dignidad de tu Esposa». Pero la Santísima Virgen se le apareció con su Hijo, asegurándole que, en verdad, por la caridad que reinaba en su corazón, era digna de ser llamada Esposa de Jesús.

                    Este glorioso nombre no era un simple título honorífico, pues le inspiraba un deseo aún más fuerte de sufrir para complacer mejor al Esposo de su alma. Finalmente, consumida por la penitencia, tras haber repetido dos veces «Jesús, quédate conmigo», murió santamente en el año 1617.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



martes, 30 de agosto de 2022

SANTA ROSA DE LIMA

 

Aparte de la Cruz 
no hay otra escalera 
con la que podamos 
llegar al Cielo

Santa Rosa de Lima



               Santa Rosa de Lima nació el 20 de Abril de 1586 en la vecindad del hospital del Espíritu Santo de la ciudad de Lima, entonces capital del virreinato del Perú. Era hija de Gaspar Flores (un arcabucero de la guardia virreinal natural de San Juan de Puerto Rico) y de la limeña María de Oliva, que en el curso de su matrimonio dio a su marido otros doce hijos. Recibió bautismo en la parroquia de San Sebastián de Lima, siendo sus padrinos Hernando de Valdés y María Orozco.

               En compañía de sus numerosos hermanos, la niña Rosa se trasladó al pueblo serrano de Quives (localidad andina de la cuenca del Chillón, cercana a Lima) cuando su padre asumió el empleo de administrador de un obraje donde se refinaba mineral de plata. Las biografías de Santa Rosa de Lima han retenido vivamente el hecho de que en Quives, que era doctrina de frailes mercedarios, la futura Santa recibió en 1597 el sacramento de la confirmación de manos del Arzobispo de Lima, Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, quien efectuaba una visita pastoral en la jurisdicción.

               Aunque había sido bautizada como Isabel Flores de Oliva, en la confirmación recibió el nombre de Rosa, apelativo que sus familiares empleaban prácticamente desde su nacimiento por su belleza y por una visión que tuvo su madre, en la que el rostro de la niña se convirtió en una rosa. Santa Rosa asumiría definitivamente tal nombre más tarde, cuando entendió que era "rosa del jardín de Cristo" y adoptó la denominación religiosa de Rosa de Santa María.

               Ocupándose de la biografía de Santa Rosa de Lima, correspondiente a sus años de infancia y primera adolescencia en Quives, Luis Millones ha procurado arrojar nueva luz mediante la interpretación de algunos sueños que recogen los biógrafos de la Santa. Opina Millones que ésa pudo ser la etapa más importante para la formación de su personalidad, no obstante el hecho de que los autores han preferido hacer abstracción del entorno económico y de las experiencias culturales que condicionaron la vida de la familia Flores-Oliva en la sierra, en un asiento minero vinculado al meollo de la producción colonial. Probablemente esa vivencia (la visión cotidiana de los sufrimientos que padecían los trabajadores indios) pudo ser la que dio a Rosa la preocupación por remediar las enfermedades y miserias de quienes creerían luego en su virtud.

               Ya desde su infancia se había manifestado en la futura santa su vocación religiosa y una singular elevación espiritual. Había aprendido música, canto y poesía de la mano de su madre, que se dedicaba a instruir a las hijas de la nobleza. Se afirma que estaba bien dotada para las labores de costura, con las cuales ayudaría a sostener el presupuesto familiar. Con el regreso de la familia a la capital peruana, pronto destacaría por su abnegada entrega a los demás y por sus extraordinarios dones místicos.

               Por aquel entonces, Lima vivía un ambiente de efervescencia religiosa al que no fue ajeno Santa Rosa: era una época en que abundaban las atribuciones de milagros, curaciones y todo tipo de maravillas por parte de una población que ponía gran énfasis en las virtudes y el ideal de vida cristiano. Alrededor de sesenta personas fallecieron en "olor de santidad" en la capital peruana entre finales del siglo XVI y mediados del XVIII. Ello originó una larga serie de biografías de santos, beatos y siervos de Dios, obras muy parecidas en su contenido, regidas por las mismas estructuras formales y por análogas categorías de pensamiento.

               En la adolescencia, Santa Rosa se sintió atraída con singular fuerza por el modelo de la dominica Santa Catalina de Siena (mística toscana del siglo XIV); siguiendo su ejemplo, se despojó de su atractiva cabellera e hizo voto de castidad perpetua, contrariando los planes de su padres, cuya idea era casarla. Tras mucha insistencia, los padres desistieron de sus propósitos y le permitieron seguir su vida espiritual. Quiso ingresar en la orden dominica, pero al no haber ningún convento de la orden en la ciudad, en 1606 tomó el hábito de terciaria dominica en la iglesia limeña de Santo Domingo.

               Nunca llegaría a recluirse en un convento; Rosa siguió viviendo con sus familiares, ayudando en las tareas de la casa y preocupándose por las personas necesitadas. Bien pronto tuvo gran fama por sus virtudes, que explayó a lo largo de una vida dedicada a la educación cristiana de los niños y al cuidado de los enfermos; llegó a instalar cerca de su casa un hospital para poder asistirlos mejor. En estos menesteres ayudó al parecer a un fraile mulato que, como ella, estaba destinado a ser elevado a los altares: San Martín de Porres.

               Fueron muy contadas las personas con quienes Rosa llegó a tener alguna intimidad. En su círculo más estrecho se hallaban mujeres virtuosas como doña Luisa Melgarejo y su grupo de "beatas", junto con amigos de la casa paterna y allegados al hogar del contador Gonzalo de la Maza. Los confesores de Santa Rosa de Lima fueron mayormente sacerdotes de la congregación dominica. También tuvo trato espiritual con religiosos de la Compañía de Jesús. Es asimismo importante el contacto que desarrolló con el doctor Juan del Castillo, médico extremeño muy versado en asuntos de espiritualidad, con quien compartió las más secretas minucias de su relación con Dios. Dichos consejeros espirituales ejercieron profunda influencia sobre Rosa.

               No sorprende desde luego que su madre, María de Oliva, abominase de la cohorte de sacerdotes que rodeaban a su piadosa hija, porque estaba segura de que los rigores ascéticos que ella misma se imponía eran "por ser de este parecer, ignorante credulidad y juicio de algunos confesores", según recuerda un contemporáneo. La conducta estereotipada de Santa Rosa de Lima se hace más evidente aún cuando se repara en que, por orden de sus confesores, anotó las diversas mercedes que había recibido del Cielo, componiendo así el panel titulado Escala espiritual. No se conoce mucho acerca de las lecturas de Santa Rosa, aunque es sabido que encontró inspiración en las obras teológicas de Fray Luis de Granada.

               Hacia 1615, y con la ayuda de su hermano favorito, Hernando Flores de Herrera, construyó una pequeña celda o ermita en el jardín de la casa de sus padres. Allí, en un espacio de poco más de dos metros cuadrados (que todavía hoy es posible apreciar), Santa Rosa de Lima se recogía con fruición a orar y a hacer penitencia, practicando un severísimo ascetismo, con corona de espinas bajo el velo, cabellos clavados a la pared para no quedarse dormida, hiel como bebida, ayunos rigurosos y disciplinas constantes.

               Sus biógrafos cuentan que sus experiencias místicas y estados de éxtasis eran muy frecuentes. Según parece, semanalmente experimentaba un éxtasis parecido al de Santa Catalina de Ricci, su coetánea y hermana de hábito; se dice que cada jueves por la mañana se encerraba en su oratorio y no volvía en sí hasta el sábado por la mañana. Se le atribuyeron asimismo varios dones, como el de la profecía (según la tradición, profetizó su muerte un año antes); la leyenda sostiene que incluso salvó a la capital peruana de una incursión de los piratas.

               Santa Rosa de Lima sufrió en ese tiempo la incomprensión de familiares y amigos y padeció etapas de hondo vacío, pero todo ello fructificó en una intensa experiencia espiritual, llena de éxtasis y prodigios, como la comunicación con plantas y animales, sin perder jamás la alegría de su espíritu (aficionado a componer canciones de amor con simbolismo místico) y la belleza de su rostro. Llegó así a alcanzar el grado más alto de la escala mística, el matrimonio espiritual: la tradición cuenta que, en la iglesia de Santo Domingo, vio a Jesucristo, y éste le pidió que fuera su esposa. El 26 de Marzo de 1617 se celebró en la iglesia de Santo Domingo de Lima su místico desposorio con Cristo, siendo Fray Alonso Velásquez (uno de sus confesores) quien puso en sus dedos el anillo simbólico en señal de unión perpetua.



               Con todo acierto, Rosa había predicho que su vida terminaría en la casa de su bienhechor y confidente Gonzalo de la Maza (contador del tribunal de la Santa Cruzada), en la que residió en estos últimos años. Pocos meses después de aquel místico desposorio, Santa Rosa de Lima cayó gravemente enferma y quedó afectada por una aguda hemiplejía. Doña María de Uzátegui, la madrileña esposa del contador, la admiraba; antes de morir, Santa Rosa solicitó que fuese ella quien la amortajase. En torno a su lecho de agonía se hallaba el matrimonio de la Maza-Uzátegui con sus dos hijas, doña Micaela y doña Andrea, y una de sus discípulas más próximas, Luisa Daza, a quien Santa Rosa de Lima pidió que entonase una canción con acompañamiento de vihuela. La virgen limeña entregó así su alma a Dios, el 24 de Agosto de 1617, en las primeras horas de la madrugada; tenía sólo 31 años.



viernes, 30 de agosto de 2019

SANTA ROSA DE LIMA, Flor de la Orden Dominica


             Santa Rosa de Lima nació en el Virreinato del Perú (Imperio Español) en 1586, siendo la cuarta hija de una prole de trece hermanos. Su padre era arcabucero de origen castellano y su esposa de origen peruano. En el bautizo le pusieron el nombre de Isabel Flores de Oliva, pero su madre, al ver que al paso de los años su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa. El día de su confirmación en el pueblo de Quives, el Arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, la llamó Rosa sin que alguien pudiese darle noticia al Arzobispo de este nombre tan particular e íntimo...

                Desde pequeñita Rosa tuvo una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: "Rosa conságrame a mí todo tu amor". Y en adelante se propuso no vivir sino para amar a Jesucristo. Tomó en Santa Catalina de Siena, su ejemplo a imitar y así fue, pues no pudiendo ser monja dominica se conformó con profesar como Terciaria de la Orden de Santo Domingo.

                 Con los años, fue renunciando a los pretendientes y al matrimonio para entregarse por completa a Nuestro Señor y se retiró a la soledad de una pequeña habitación, en donde viviría dedicada a la oración y a la penitencia; tan sólo abandonaba la celda para algún trabajo manual y para asistir a la Santa Misa.




                 En múltiples ocasiones, los mismos familiares la consideraban equivocada en su modo de vivir. Alguna vez le protestó amorosamente a Nuestro Señor Jesucristo por todo esto, diciéndole: "Señor, ¿y a dónde te vas cuando me dejas sola en estas terribles tempestades?". Y oyó que Jesús le decía: "Yo no me he ido lejos. Estaba en tu espíritu dirigiendo todo para que la barquilla de tu alma no sucumbiera en medio de la tempestad".

                 Su ayuno era casi continuo. Y su abstinencia de carnes era perpetua. Comía lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. Aún los días de mayores calores, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase, y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir aguantando su sed, por amor a Dios.

                Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada. Alguna vez que le empezaron a llegar deseos de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: "Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto". Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.

               Desde 1614 ya cada año al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de Agosto, demuestra su gran alegría. Y explica el porqué de este comportamiento: "Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi Redentor Jesucristo". Y así sucedió. El 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía, expiró con la alegría de irse a estar para siempre junto al Amadísimo Salvador. Tenía 31 años.

               El 5 de Abril de 1668 fue beatificada por el Papa Clemente IX, y 11 de Agosto de 1670, su sucesor, Clemente X, declaraba a Santa Rosa, siendo la primera católica del nuevo mundo en llegar a la Gloria de los Altares. El mismo Papa la declaró Celestial Patrona no sólo del Perú, (pues ya lo era por decreto de Clemente IX) sino de toda la América, Indias y Filipinas. Un año más tarde, después de haberse aprobado por la Sagrada Congregación de Ritos cuatro milagros obrados por su intercesión y debidamente comprobados, resolvió proceder a su canonización. El día 12 de Abril, al lado de Rosa iban a ser elevados al honor máximo que la Iglesia concede a sus hijos, otros cuatro luminares de su Cielo: Cayetano de Tiene, Luis Beltrán, Felipe Benicio y Francisco de Borja.


SANTA ROSA DE LIMA 
Y EL DESPOSORIO MÍSTICO


               La santa limeña fue devotísima de la Virgen del Rosario, quien le enseñaba, consolaba y visitaba junto con su Santísimo Hijo. Su imagen, existente en la iglesia de Santo Domingo, cambiaba de rostro cada vez que le solicitaba algún favor y le significaba los sucesos futuros del reino. Fue a sus plantas que recibió una de las mayores mercedes que obtuvo del Cielo, el Domingo de Ramos de 1615. 

               Los religiosos repartieron todas las palmas que habían bendecido y no alcanzó para Rosa, quien quedó entristecida; pero enseguida, volviéndose a la sagrada imagen, arrepintiéndose de tal sentimiento por cosa de tan poca importancia, pidió perdón y dijo: “Señora mía, no quiero palmas de hombres, espero recibir la que por intercesión vuestra me ha de dar mi Señor Cristo”. Y continuando en oración vio que el rostro de Nuestra Señora estaba alegrísimo y el del Niño más aún, el cual mirándola le dijo: “Rosa de mi Corazón, sé mi esposa”. La santa, humillándose grandemente respondió: “Señor aquí esta vuestra esclava”. Rosa iniciaba, así, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Perú.

               Volvió a casa con este pensamiento y determinó hacer un anillo, señal del desposorio. Confidenciando esto con un hermano suyo, pidió que se grabase un corazón y un Jesús, a lo que su hermano completó: “Y una frase que diga: «ROSA DE MI CORAZÓN, SÉ MI ESPOSA”, lo que la llenó de gozo al ver que éste repetía las mismas palabras del Niño sin haberlas oído. Hecho el anillo, después de hacerlo colocar en el sagrario durante los días de Semana Santa, la mañana de Pascua lo recibió de manos del Padre Maestro Fray Alonso Velásquez.




jueves, 30 de agosto de 2018

SANTA ROSA DE LIMA, Terciaria Dominica, Patrona del Perú


"Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones
 haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima 
obtuvo con su oración y sus mortificaciones".

Papa Clemente IX




BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA


             Santa Rosa de Lima nació en el Virreinato del Perú (Imperio Español) en 1586, siendo la cuarta hija de una prole de trece hermanos. Su padre era arcabucero de origen castellano y su esposa de origen peruano. En el bautizo le pusieron el nombre de Isabel Flores de Oliva, pero su madre, al ver que al paso de los años su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa. El día de su confirmación en el pueblo de Quives, el Arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, la llamó Rosa sin que alguien pudiese darle noticia al arzobispo de este nombre tan particular e íntimo...

                Desde pequeñita Rosa tuvo una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: "Rosa conságrame a mí todo tu amor". Y en adelante se propuso no vivir sino para amar a Jesucristo. Tomó en Santa Catalina de Siena, su ejemplo a imitar y así fue, pues no pudiendo ser monja dominica se conformó con profesar como Terciaria de la Orden de Santo Domingo.

                 Con los años, fue renunciando a los pretendientes y al matrimonio para entregarse por completa a Nuestro Señor y se retiró a la soledad de una pequeña habitación, en donde viviría dedicada a la oración y a la penitencia; tan sólo abandonaba la celda para algún trabajo manual y para asistir a la Santa Misa.

                 En múltiples ocasiones, los mismos familiares la consideraban equivocada en su modo de vivir. Alguna vez le protestó amorosamente a Nuestro Señor Jesucristo por todo esto, diciéndole: "Señor, ¿y a dónde te vas cuando me dejas sola en estas terribles tempestades?". Y oyó que Jesús le decía: "Yo no me he ido lejos. Estaba en tu espíritu dirigiendo todo para que la barquilla de tu alma no sucumbiera en medio de la tempestad".

                 Su ayuno era casi continuo. Y su abstinencia de carnes era perpetua. Comía lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. Aún los días de mayores calores, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase, y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir aguantando su sed, por amor a Dios.

                Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada. Alguna vez que le empezaron a llegar deseos de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: "Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto". Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.

               Desde 1614 ya cada año al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de Agosto, demuestra su gran alegría. Y explica el porqué de este comportamiento: "Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi Redentor Jesucristo". Y así sucedió. El 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía, expiró con la alegría de irse a estar para siempre junto al Amadísimo Salvador. Tenía 31 años.

               El 5 de Abril de 1668 fue beatificada por el Papa Clemente IX, y 11 de Agosto de 1670, su sucesor, Clemente X, declaraba a Santa Rosa, siendo la primera católica del nuevo mundo en llegar a la Gloria de los Altares. El mismo Papa la declaró Celestial Patrona no sólo del Perú, (pues ya lo era por decreto de Clemente IX) sino de toda la América, Indias y Filipinas. Un año más tarde, después de haberse aprobado por la Sagrada Congregación de Ritos cuatro milagros obrados por su intercesión y debidamente comprobados, resolvió proceder a su canonización. El día 12 de Abril, al lado de Rosa iban a ser elevados al honor máximo que la Iglesia concede a sus hijos, otros cuatro luminares de su Cielo: Cayetano de Tiene, Luis Beltrán, Felipe Benicio y Francisco de Borja.