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jueves, 7 de mayo de 2026

EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO EN EL SACERDOTE, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    Hoy, en este mundo moderno, son muchos los que quieren se suprima toda mortificación, la mínima incluso; toda penitencia o reparación; en otras palabras, quieren suprimir la cruz y el espíritu de sacrificio, a los que se opone el espíritu de pseudo libertad o licencia y de placer sin ningún límite. Todos ellos resultan estériles. Nada grande, en efecto, se logra sin espíritu de sacrificio. El espíritu de placer sin limitación algun a lleva evidentemente a la perdición, según se comprueba por las dos últimas guerras, que no han traído la paz verdadera , porque los hombres no quisieron entender que se trataba de un a vida verdaderamente honesta y cristiana. 

                    Por contraposición, el Espíritu Santo suscita en muchas almas el espíritu de reparación verdadera y fecunda. Son muchos hoy los que, viendo esta esterilidad, se preguntan: ¿Es preciso repensar de nuevo qué deben ser la vida sacerdotal y la vida religiosa para adaptarse a las exigencias del mundo moderno?. Queriendo repensar qué debe ser la vida religiosa, han animado que «es preciso disminuir su austeridad, inconciliable con las exigencias de hoy; ha de disminuirse el tiempo consagrado a la oración;, para poder entregarse de lleno a las obras externas». 

                    Otros que han meditado qué debe ser la vida sacerdotal según la concepción moderna se expresan así: «Acaso sea más conveniente que el Sacerdote no use ya un vestido distinto, ni la tonsura, signo externo de su vida sacerdotal; ni siquiera la recitación del Breviario. Acaso, acaso no convenga hoy el celibato», y otras cosas por el estilo. 

                    Ciertamente los protestantes dijeron esto mismo, y Lutero, al separarse de la Iglesia, renunció inmediatamente a los tres votos religiosos. Por el contrario, lo que se ha de afirmar es que «la esterilidad del apostolado nace de que muchos Sacerdotes y Religiosos no tienen una Fe sobrenatural suficientemente intensa, viva, penetrante e irradiadora. No pueden, en consecuencia, comunicarla al Pueblo Cristiano, agitado por tan gravísimos errores. 

                    La esterilidad proviene de que muchos Sacerdotes no tienen una esperanza bastante firme en el Auxilio Divino, y Caridad ardiente, alma del apostolado. ¿Por qué falta el celo por la Gloria de Dios y la salvación de las almas?. Porque falta espíritu de sacrificio; porque el Sacerdote ignora que debe ser Hostia con Cristo, que debe salvar las almas por los mismos medios que Cristo. 

                    Sólo el espíritu de sacrificio arranca del alma sacerdotal y religiosa todo el desorden, haciendo que en ella prevalezca la Caridad, de la que nacen la paz y el gozo. Si se quita toda mortificación desaparece con ella el gozo, porque la vida afectiva de nuestro corazón, si se apega a lo sensible, se vuelve incapaz de elevarse hasta Dios. 

                    Fuera, pues, los intentos de repensar cuál debe ser la esencia de la vida religiosa y sacerdotal; es el mismo intento de los modernistas queriendo descubrir de nuevo qué es un dogma. Lo que se ha de hacer es meditar, no histórica ni especulativamente, sino práctica y vitalmente, qué hicieron e intentaron los verdaderos Santos, sean Fundadores de Órdenes o pertenecientes simplemente al clero diocesano. Ver qué es lo que han pensado en todos los tiempos la Iglesia y los Romanos Pontífices sobre la vida sacerdotal y religiosa. 

                    En especial, Pío X ha hablado del espíritu de sacrificio en las Exhortaciones al Clero Católico. Decía: «No desempeñamos el Ministerio Sacerdotal en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo. Así, pues, júzguenos el hombre, ha dicho el Apóstol, como Ministros de Cristo y dispensadores de los Misterios de Dios. Somos legados de Cristo. Por eso Cristo nos cuenta no en el número de los siervos, sino en el de los amigos: «Ya no os llamaré siervos. A vosotros os he llamado amigos porque todas las cosas que oí al Padre os las he dado a conocer...; os he elegido y colocado para que vayáis y consigáis mucho frutos. Por consiguiente, hemos de representar la persona de Cristo y desempeñar la legación por Él encomendada, de tal suerte que lo que Él ha intentado lo consigamos nosotros. Y puesto que una estrecha amistad pide querer las mismas cosas y rechazar otras de común acuerdo, nosotros, como amigos de Cristo, estamos obligados a sentir en nosotros lo que siente Cristo-Jesús, el cual es Santo, Inocente, Inmaculado. 

                    Como legados Suyos debemos conciliar la Fe de los hombres con Su Ley y Sus Doctrinas, guardándolas nosotros escrupulosamente; como partícipes de Su Poder es preciso que luchemos por librar las almas de los lazos de la culpa, no sea que nosotros nos veamos implicados en ellos. Y principalmente como Ministros Suyos en el Sacrificio preciosísimo de la Misa, que se renueva para la vida del mundo con perenne virtud, debemos configurar nuestro ánimo con aquella disposición que Él tuvo al ofrecerse en la Cruz como Hostia inmaculada».


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 16 de abril de 2026

TE DEBE DOLER SOBRE TODO DOLOR EL ABANDONO QUE PADEZCO EN EL SAGRARIO, por el Obispo Manuel González

 


                    Dejad que el Cura aquel os vuelva a contar las cosas que decía al Amo de su Sagrario en las horas que ante Él se pasaba: llenar mi Parroquia, Señor, cuánto lo ansiol ¡qué alegría verla con las puertas abiertas de par en par, para que los Fieles que no caben dentro rebosen hacia fuera y todo el pórtico tenga que convertirse en Iglesia!. ¡Mi iglesia llena, Señor!. 

                    Y parece que le respondían desde allá dentro: ¿Llena?. ¡Cuando tú quieras!. Mira yo no me pago de la grandeza del número de los hombres, sino de grandeza de sus virtudes, y de sus obras buenas, Yo no vine a levantar ejércitos que asustaran a los hombres, sino a sembrar y fecundar virtudes, obras buenas que purificaran la tierra y embalsamaran el Cielo. 

                    Yo no me siento acompañado con número sino con la calidad. Muchas veces veo Mis Iglesias llenas de pueblo y Me siento sólo y tan abandonado como en el Huerto... despreocúpate tú de la sugestión del número y preocúpate más de la calidad. Más que llenarme de gente Mis Iglesias, preocúpate en llenármela de buen olor de Comuniones fervorosas, de Adoraciones rendidas, de suspiros de amor, de aspiraciones de esperanza, de inspiraciones de Fe, de oraciones bien rezadas, de lágrimas de pecadores, de propósitos eficaces de enmienda, de vida intensamente eucarística. Déjame a Mí multiplicar la gente cuando tú con Mi Gracia multipliques la alegría que en Mí y en ti ha de producir el olor de esas cosas buenas. 

                    Llena Mi templo de olor de cosas buenas y Yo te prometo que ese olor se extenderá por las calles y las casas de tu feligresía y verás como la Iglesia tuya será pequeña y tendrás que levantar más Iglesias para los que han de venir. Pero sabe que no puede haber cosas buenas con Mi Sagrario cerrado. Mira que hombres y obras que no pasen por el Sagrario abierto no pueden oler bien y al fin y a la postre olerán a muerto. Mira que si te duelen las injusticias que padecen los pobres, las penas de los enfermos, los escándalos de los niños... te debe doler sobre todo dolor el abandono que padezco en el Sagrario, que es la injusticia de más urgente y trascendental reparación y la pena que más escarnece y el escándalo que más ruinas trae a las almas. 

                    Mira que un Sagrario abandonado es para Mi Corazón la más cruel de todas las contrariedades, y para sus vecinos la fuente de todas sus desdichas. Sí, dedica tu celo y tu industria a buscarme un grupo de almas, tres, dos, una siquiera que se pongan de verdad a amarme y acompañarme en Mi Sagrario... que se vuelvan locas de amor... un loco hace cientos... ¡Que se abran muchas veces las puertas de Mi Sagrario y verás lo que sale por ellas!.


Manuel González, Obispo de Palencia
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938



jueves, 12 de marzo de 2026

EL CORAZÓN DE JESÚS TRAS LA PUERTA DEL SAGRARIO, por el Obispo Manuel González

 


                    Yo no sé que nuestra Religión tenga un estímulo más poderoso de gratitud, un principio más eficaz de amor, un móvil más fuerte de acción que un rato de oración ante un Sagrario abandonado. 

                    Quizás una fe superficial saque escándalo y tibieza de ese abandono; pero una fe que medite y sobrе todo un corazón que ahonde un poco debajo de la corteza de las cosas, descubrirá en ese Jesús abandonado que se deja acompañar de telarañas у sabandijas, que se pasa los días y las noches solo durante años y años y a pesar de todo eso no se va de aquél Sagrario, ni deja de mandar sol desde la mañana a la noche y agua para la sed y pan para el hambre y salud y descanso y fuerzas beneficiosas en cada segundo y a cada uno de los que le maltratan; ese Corazón, repito, no tiene más remedio que ver en ese modo de abandonar de los hombres y en esa manera de corresponder de Jesucristo, el Evangelio vivo, pero con una vida tan brillante, tan fecunda, tan activa, tan en ebullición de Amor de Cielo, que no hay más remedio que entregarse a discreción y sin reserva, diciendo con San Pedro: Aunque todos Te abandonen, yo no te abandonaré... ¡Este Amor no se parece a ningún otro amor!.

                    De mí sé deciros que aquella tarde en aquel rato de Sagrario yo entreví para mi Sacerdocio una ocupación en la que antes no había ni soñado y para mis entusiasmos otra poesía que antes me era desconocida. Creo que allí se desvanecieron mis ilusiones de Cura de pueblo, de costumbres patriarcales y sencillas... Ser Cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo, emplear mi Sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que Su Vida de Sagrario le ha creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud, proporcionar desahogos a Su Corazón con mis Santos Sacrificios, servirle de pies para llevarlo a donde lo desean, de manos para dar limosna en Su Nombre aun a los que no lo quieren, de boca para hablar de Él y consolar por Él y gritar a favor de Él cuando se empeñen en no oirlo..... hasta que lo oigan y lo sigan..... ¡qué hermoso Sacerdocio!. 

                    Y ¿si se obstinan en no quererlo?. Y ¿si no quieren ni mi amistad, porque los lleva a Él, ni mi dinero porque en Su Nombre lo doy y me cierran todas las puertas?. ¡No importa!. Siempre a Jesús y a mí nos quedará el consuelo de tener una por lo menos abierta: Él la de mi corazón y yo la del Suyo...


Manuel González, Obispo de Palencia
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938


jueves, 5 de marzo de 2026

RETIRAR EL SAGRARIO: EL PEOR MAL DE LA VIDA CRISTIANA, por el Obispo Manuel González

 


                    A mi corazón de Sacerdote le basta saber que tuve una Parroquia de 20.000 almas a mi cargo, que por la salvación de esas almas, no regateé sacrificios ni industrias de celo, y que sin embargo, mi Parroquia no acabó de llenarse de hijos suyos, ni aun los Domingos. Ese era el gran problema de mi vida sacerdotal, el bocado amargo que siempre estaba probando, mi pesadilla cuando dormía y mi preocupación despierto, era lo que ponía mis días tristes y lo que nublaba todas mis alegrías, mi gran contrariedad, lo que me hacía sentir despiadadamente el peso de mis pecados, y la ausencia de la Santidad a que estoy llamado, eso es lo que hasta me sacaba los colores de la vergüenza a la cara: ¡mi Parroquia desierta muchas veces, casi desierta otras, y llena nunca, y las tabernas y los casinos de mi Parroquia rebosando gente! 

                    Y como yo sé que esa es también la gran pena, la gran contrariedad, el gran problema de la mayoría de mis hermanos los Sacerdotes, yo os invitaría a que os vinierais conmigo en espíritu al Sagrario de aquella mi Parroquia y, si vuestra paciencia no lo llevara a mal, escucharíais lo que el Cura de aquella Parroquia le decía al Amo suyo y de todas sus cosas. En una conversación que poco más o menos versa sobre estos tres puntos: ¡Que по vienen! ¿por qué no vendrán? ¿cómo vendrían?. 

                    Sigue preguntándose y preguntando al Huésped de su Sagrario el Cura aquel. Y después de hacer un recuento de obras de atracción realizadas por él o por otros, de estudiar sobre el terreno con todo el desapasionamiento posible las causas de esa aversión, antipatía o desgano de Iglesia que caracteriza a las gentes de nuestro tiempo, el Cura de mi Sagrario sacaba esta consecuencia: los hombres han perdido el apetito espiritual. ¿Por qué?. Porque se les ha hecho pasar mucha hambre y el hambre cuando es excesiva trae la inapetencia y hasta la repulsión de los alimentos. ¡Hambre de qué!. Hambre de Vida intensamente Cristianа.

                    Nos hemos extasiado muchas veces ante nuestros templos rebosando gentes, nuestras procesiones recibiendo homenajes y aclamaciones populares; nos hemos recreado quizás demasiado en el título de Católica de nuestra España, en el carácter de oficial de nuestra Religión en España, en las gloriosas acciones de nuestra Católica Historia, en nuestros Católicos Antepasados y, mientras nuestro espíritu se entretenía en esos arrobamientos y nuestras manos en aplaudir nuestra Fe Tradicional y nuestra boca en alabarla, no echábamos de ver que ese pueblo cuya Fe tanto aplaudíamos estaba casi а cuarta ración de alimento espiritual. 

                    Como que el espíritu de ese pueblo no recibía más alimento que un sermón de cuando en cuando, quizás más aplaudido y elocuente que entendido y practicado, una Misa de doce, quizás más elegante que devota, unas funciones con más luces y flores que unción y recogimiento, una Caridad de más apariencia que fondo y con más filantropía laica que virtud cristiana. Más aún a ese pueblo ha oído poco o casi nada el Evangelio, y ha tenido como un misterio (revelable sólo los iniciados) el conocimiento y la práctica de la Piedad, ese pueblo ha olvidado o no ha aprendido el Catecismo, ha pasado a sus niños por las escuelas seis o siete años sin que se les diera de comulgar más que una sola vez y eso cuando la aparición de las picardías del niño anunciaba el uso de razón...

                    A ese pueblo, sobre todo, y la pena más amarga anuda mi garganta al tocar este punto, a ese pueblo se le dejó perder el hábito del Sagrario. El Sagrario dejó de ser el Nido de Amores, el Alcázar de la Dicha, la Sala del Festín, la Casa Solariega de los Cristianos, y se fue trocando poco а poco en casa, muy respetable es verdad, pero tan aislada como respetable y tan inaccesible como aislada. Yo no sé el que se haya hecho jamás más daño a la Vida Cristiana como con este retirar de su circulación Sagrario. 

                    El Cristianismo es el Sagrario, y, aunque ésta no sea la ocasión de demostrarlo, vosotros afirmaréis conmigo que el Sagrario en nuestra Religión no es un remate más o menos airoso de sus cimas, ni un broche de oro que lo cierra, ni una de las instituciones que lo embellecen, sino que la Eucaristía, el Sagrario es todo el Cristianismo, es el Principio, Fin y Razón de ser de sus Dogmas y su Moral, de sus sacrificios y de sus virtudes, de sus bellezas y de sus milagros... 

                    Yo no puedo pensar qué sería un Cristianismo sin Eucaristía, porque Su Fundador no quiso que lo hubiera; pero sí digo que el actual Cristianismo todo es con, por y para la Eucaristía, y sin Ella, no titubeo en decirlo, el Cristianismo es nada, de tal modo que puede formularse esta regla cierta; a más frecuencia de Sagrario más Cristianismo: a menos Sagrario menos Cristianismo. 

                    Pues bien, el pueblo aquel que llenaba nuestros templos y dejó de frecuentar el Sagrario, llegó olvidar prácticamente que el Sagrario era sobre todo la grande e insustituible Casa de Comida de las Almas y a persuadirse de que era sólo lugar de recreo o tribunal para premiar a los Santos o Trono altísimo de la Majestad de Dios y terminó por dejar solo el Sagrario para los Santos o para los que quisieran andar por caminos más estrechos. Nuestro pueblo llegó a creerse, prácticamente menos, que podía conservarse en un Cristianismo regular y de modestas pretensiones sin Sagrario, sin mucho Sagrario. ¡Qué error!. Como si se pudiera vivir sin comer!.


Manuel González, Obispo de Palencia
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938



jueves, 26 de febrero de 2026

CRISTO FUE HOSTIA EN SU CUERPO Y EN SU ALMA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    El Sacerdocio de Cristo es también perfectísimo por razón de la unión con la perfectísima Hostia ofrecida. Él mismo es simultáneamente Sacerdote y Víctima. Ninguna otra hostia sería digna de Su Sacerdocio. Cristo, además, fue Hostia no sólo en Su Cuerpo, sino también en Su Alma, que llegó a sentir ansias de muerte. El sacrificio externo y el interno no podían unificarse más. Ni la Hostia podía ser más pura, más digna, más consumida.  El Sacrificio del Calvario fue un holocausto perfectísimo: se cumplieron las palabras de San Juan Bautista: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo» (Evangelio de San Juan, cap. 1, vers. 29). 

                    El Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por la unión de Cristo con el Pueblo Cristiano, con la Humanidad completa de todos los tiempos y razas, que formó y debe formar Su Cuerpo Místico. Cristo, en efecto, ha muerto por todos los hombres, sin excepción alguna. El pueblo por el que se ofrece el Sacrificio de la Cruz no puede ser más numeroso, espacial y temporalmente; tampoco la unión, por parte de Cristo, puede ser más íntima. 

                    Cristo, pues, influyó moralmente en Su Cuerpo Místico por vía de mérito y satisfacción durante su vida terrestre; actualmente influye moralmente todavía por la oración de intercesión y físicamente, como instrumento en cuanto nos comunica todas las gracias que recibimos.

                    Por tanto, el Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por un triple motivo: Por la unión de Cristo-Hombre con Dios, con la Hostia ofrecida y con el Pueblo inmenso por el que Se ofrece. Ya no puede concebirse unión mayor del Sacerdote con Dios. Así se confirma la sentencia que sostiene que el Sacerdocio de Cristo se constituye formalmente, no por la gracia habitual capital, que puede, por la virtud infinita de Dios, aumentar lo mismo que la Caridad, sino por la gracia increada de Unión, que es la misma Persona del Verbo en cuanto termina, posee y santifica la Humanidad de Cristo y funda el valor infinito del Sacrificio de la Cruz y, por ende, el de la Misa. 

                    Se desprende que el Sacerdocio de Cristo es tan perfecto que no puede pensarse otro mayor: porque la unión del Sacerdote con Dios no puede ser más íntima que la hipostática. Porque el Sacerdote no puede unificarse más con la Hostia. Cristo es a la vez Sacerdote y Hostia. Y fue Víctima, no sólo en el Cuerpo, sino también en el Alma, que sufrió la tristeza hasta el punto de muerte. Porque el Sacerdote no puede unirse más al Pueblo ni éste ser más extenso: Cristo es Cabeza de todos los hombres y por todos ofrece Su Sacrificio. 


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTIMA DEL FUEGO DE LA CARIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    En orden a la vida espiritual, se ha de insistir en la dignidad del Sacerdocio de Cristo, la que se manifiesta inmediata y concretamente considerando que fue y es siempre y al mismo tiempo Sacerdote y Hostia. Se lee en la Epístola a los de Éfeso (v, 2): «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave». 

                    ¿Por qué fue y será siempre Sacerdote y Hostia al mismo tiempo?. Porque ninguna otra hostia era digna de Su Sacerdocio. Fue una Hostia perfectísima de infinito valor, como la Oblación del Sacrificio de la Cruz era subjetivamente de valor infinito por parte de la persona del Verbo. Aún más: fue Hostia en un triple aspecto: Hostia por el pecado para la remisión de los pecados, Hostia pacífica para la conservación de la Gracia, Hostia de Holocausto para redimir las almas y unirlas perfectamente con Dios en la Gloria... 

                    Cristo, es cierto, no se dio muerte a Sí mismo; consintió voluntariamente el ataque de sus enemigos, pudiendo rechazarlos fácilmente, como acaeció al derribarlos en tierra en el Huerto de Getsemaní. Él había dicho: «Nadie Me quita la vida; Soy Yo quien la doy de Mí mismo» (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 18). 

                    Dice Santo Tomás que el fuego que abrasó esta Víctima fue el ardor de la Caridad, cuyo origen era el Cielo; poco después se manifestó sensiblemente -por la gloriosa Ascensión y Resurrección- que Dios Padre aceptaba la Víctima ofrecida. Ha de notarse que la muerte voluntaria de Cristo difiere de la de los Mártires, en cuanto que fue un sacrificio verdadero en su sentido propio. Cierto que la muerte de los Mártires es voluntaria, pero causada por heridas mortales, no tienen libertad de dar o retener la vida; Cristo, por el contrario, podía, por un milagro, no morir, aunque las heridas fueran mortales; podría haberlo querido si el Querer del Padre no le señalase morir por nosotros. Además, que no todos los Mártires son Sacerdotes. Por tanto, su sacrificio no es un sacrificio propiamente tal, ofrecido por un Sacerdote. Cristo, pues, se ofreció como Víctima primero en la Cena, incruentamente, bajo las especies de pan y de vino, luego en la Cruz en Su propio Cuerpo, cruentamente. 

                    Pero, aun cuando no se hubiera celebrado la Cena, Su Muerte voluntaria en la Cruz sería un Verdadero y Perfecto Sacrificio, y no una parte sólo del sacrificio. En la crucifixión hubo no sólo inmolación cruenta, sino incluso oblación interna y externamente manifestada, principalmente en aquellas últimas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo Mi Espíritu»; «todo se ha cumplido» (Evangelio de Lucas, cap. 23, vers. 46). El efecto de este sacrificio es la expiación de nuestros pecados: «Tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Profeta Isaías, cap. 53, vers. 4).


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



jueves, 5 de febrero de 2026

TODO SACERDOTE SANTO ES UNA RED QUE ARRASTRA ALMAS HACIA DIOS

 


                    ...Por lo general, Dios ilumina siempre al Sacerdote. Digo "por lo general". Es iluminado cuando es un verdadero Sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero Sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo Mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero Sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.

                    ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos Caridad sobrenatural, orar por ellos.

                    Y Mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta Redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos Sacerdotes.

                    Descansa en la Palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo. Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

                    Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.

                    Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos?.

                    Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque -eso sí- igualmente dolorosa.

                    La obediencia salva siempre, recuérdalo; "y el respeto al Sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay -y Jesús lo ha dicho- ay de los Sacerdotes que pierden su llama apostólica!.

                    Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan Verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

                    Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo Sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un Sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

                    Vete en paz.


Palabras de Nuestra Santa Madre a María Valtorta, 
escrito el  8  de Junio de 1944



jueves, 29 de enero de 2026

CRISTO ES SACERDOTE Y HOSTIA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.

 


                    Es de Fe que Cristo, Nuestro Salvador, es Sacerdote, el Sumo Sacerdote, y que Su Sacerdocio es eterno. «Tenemos un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios» (1) ; «Es Sacerdote para siempre» (2) ; «Vive siempre para interceder por nosotros» (3) . Lo mismo enseñan el Concilio de Efeso (4) y el Tridentino (5) . 

                    Cristo es Sacerdote como hombre, pues el oficio propio del Sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo; dar cosas sagradas al pueblo: dar la Doctrina Sagrada, la Gracia -mediación descendente-, y ofrecer a Dios las oraciones y el sacrificio del pueblo -mediación ascendente-. 

                    Todo esto le compete de un modo singular a Cristo en cuanto hombre, en cuanto que Su Humanidad, situada en un orden inferior a Su naturaleza divina, está unida personal o hipostáticamente al Verbo, y recibe además, como Cabeza de la Iglesia, la plenitud de la Gracia. En esto mismo se patentiza, ya que Su Sacerdocio se ordena a manifestar el amor de Dios para con nosotros. 

                    De ahí que Santo Tomás, preguntando (6) si convenía que. Cristo fuera sacerdote, cita estas palabras de San Pedro (7) : «Nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza». Así cumplió Su oficio de donar cosas santas: dio la Gracia, semilla de la Gloria o Vida eterna. En el mismo lugar Santo Tomás cita la Epístola a los colosenses (8) «Plugo al Padre que en Él -Cristo- habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas». Es, pues, Sacerdote y Mediador como hombre, siendo en este aspecto inferior a Dios. 

                    Mas aun como hombre es superior a los Ángeles, no por razón de la naturaleza, sino por la unión hipostática y por la plenitud de la Gracia y de la Gloria, ¿por qué se dice que Su Sacerdocio es eterno? 

                    Santo Tomás enseña (9)  que se dice eterno por un triple motivo: 

            1) Por razón de la unción imperecedera, es decir, por razón de la unión hipostática, a la que sigue la plenitud inadmisible de la gracia y de la gloria. 

            2) Se dice también eterno en cuanto no tuvo sucesor, sino que vive siempre para interceder por nosotros. 

            3) Por la consumación de Su Sacrificio, o sea por la perpetua unión de los hombres redimidos con Dios visto cara a cara. Este es el fruto eterno del Sacrificio del Salvador, la vida eterna. Por la cual se afirma en la Epístola a los hebreos (IX, 11) que Cristo «fue constituido Pontífice de los bienes futuros». 

                    Cristo es, finalmente, Sacerdote y Hostia, al mismo tiempo, en cuanto que Él mismo se ofreció por nosotros a Dios Padre, sufriendo la muerte. Esto es de Fe; está en la Sagrada Escritura (Eph., v, 2): «Se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave»; y en el Concilio Tridentino (Dz., 938): «Se ofreció a Sí mismo al Padre una vez en el Ara de la Cruz, sufriendo la muerte para alcanzarnos la Redención eterna (10). 

¿Cuál es el constitutivo formal del Sacerdocio de Cristo? 

                    El Sacerdocio de Cristo se constituye, según muchos teólogos, cada vez en mayor número, por la gracia de la unión hipostática. Se fundan en una triple razón: 

            - Por razón de la unión hipostática ofreció un Sacrificio de valor infinito, satisfaciendo y mereciéndonos la Vida eterna. 

            - Cristo, además, como hombre, es Sacerdote en cuanto ungido por Dios. Ahora bien: Su unción primordial es la gracia de unión. 

            - Cristo es por una misma gracia Santo y Santificador; como Santo lo es, en primer lugar, por la gracia, de unión, por la misma gracia ha de ser Santificador y Sacerdote.


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


REFERENCIAS

1 Hebr., iv, 14. 

2 Ib., VII, 3. 

3 Ib., VII, 25. 

4  Dezinger 122. 

5  Dezinger 938. 

6 III, 22, 1. 

7 II Petr., i, 4. 

8 Col., i, 19

9 III, 22, 5

10 Véase el Concilio Tridentino, Dz., 940: «Porque una misma es la Hostia (en el Sacrificio de la Cruz y en el de la Misa), uno mismo es hoy el oferente por el Ministerio de los Sacerdotes, que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, diversa únicamente la manera de ofrecerse», en cuanto que hoy la inmolación no es cruenta ni meritoria, sino aplicativa de los méritos conseguidos por su Pasión. 



jueves, 22 de enero de 2026

ASOCIARSE A CRISTO, ÚNICO Y ETERNO SACERDOTE

 

«Comprended lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos; 
para que, al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, 
procuréis purificar vuestros miembros de todos los vicios 
y concupiscencias. Sea vuestra Doctrina medicina espiritual 
para el Pueblo de Dios; sea el aroma de vuestra vida 
el preferido de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación 
y con el ejemplo, edifiquéis la casa que es la familia de Dios» 

De la Ordenación Sacerdotal, Pontifical Romano




                    Según las enseñanzas del Divino Maestro, la perfección de la Vida Cristiana tiene su fundamento en el amor a Dios y al prójimo; pero este amor ha de ser férvido, diligente, activo. Y, si así estuviere conformado, en cierto modo encierra ya en sí todas las virtudes; y por ello, con toda razón, puede llamarse «vínculo de perfección». Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.

                    A ello, pues, viene obligado de modo particular el Sacerdote. Porque todos sus actos sacerdotales por su misma naturaleza -esto es, en cuanto que el Sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocación, y para ello ha sido adornado con un divino oficio y con carismas divinos- es necesario que tiendan a ello: pues él mismo tiene que asociar su actividad a la de Cristo, único y Eterno Sacerdote: y necesario es que siga e imite a Aquel que, durante Su vida terrenal, tuvo como fin supremo el manifestar Su ardentísimo Amor al Padre y hacer partícipes a los hombres de los infinitos tesoros de Su Corazón.

                    El principal impulso que debe mover al espíritu sacerdotal es el de unirse íntimamente con el Divino Redentor, el aceptar íntegra y dócilmente los mandatos de la doctrina cristiana, y el de llevarlos a la práctica, en todos los momentos de su vida, con tal diligencia que la fe sea la guía de su conducta y ésta, en cierto modo, refleje el esplendor de la Fe.

                    Guiado por el esplendor de esta virtud, siempre tenga fija su mirada en Cristo; siga con toda diligencia sus mandatos, sus actos y sus ejemplos; y hállese plenamente convencido de que no le basta cumplir aquellos deberes a que vienen obligados los simples fieles, sino que ha de tender cada vez más y más hacia aquella santidad que la excelsa dignidad sacerdotal exige, según manda la Iglesia: «El Clérigo debe llevar vida más santa que los seglares y servir a éstos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras».

                    La Vida Sacerdotal, del mismo modo que se deriva de Cristo, debe toda y siempre dirigirse a Él. Cristo es el Verbo de Dios, que no desdeñó tomar la naturaleza humana, que vivió su vida terrenal para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundió en torno a sí el aroma del lirio, que vivió en la pobreza, «que pasó haciendo el bien y sanando a todos»; que, en fin, se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos. Ante vuestros ojos tenéis, amados hijos, el cuadro de aquella tan admirable vida: empeñaos con todo esfuerzo por reproducirla en vosotros, acordándoos de aquella exhortación: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho».

                    Sacerdotes y amadísimos hijos, en nuestras propias manos tenemos un tesoro grande, una margarita, la más preciosa: esto es, las riquezas inagotables de la sangre del mismo Jesucristo; usemos de ellas con mayor largueza, para que, por medio del sacrificio total de nosotros mismos, ofrecido junto con Cristo al Eterno Padre, en verdad lleguemos a ser mediadores de justicia «en aquellas cosas que tocan a Dios», y así sean aceptadas benignamente nuestras plegarias, logrando impetrar aquella lluvia de gracias tan abundantes que renueven y enriquezcan a la Iglesia y a las almas todas. 


Extracto de la Exhortación Apostólica "Menti Nostrae", 
del Papa Pío XII, 23 de Septiembre de 1950





jueves, 15 de enero de 2026

ASISTIR A TODAS LAS SANTAS MISAS

 


                    Santa Margarita María de Alacoque, la confidente más destacada del Sagrado Corazón de Jesús, amó con todo su alma el Santo Sacrificio de la Misa; desde muy corta edad intuía su importancia, tal vez por eso, siendo apenas una niña, hizo voto de castidad durante una Santa Misa, justo en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia.

                    Siempre que acudía a una iglesia -y luego siendo ya religiosa de la Visitación- buscaba el lugar más cercano al Sagrario, como arrimándose al Corazón de Aquél que era su vida entera. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía:

                    "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a Mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura".

                    Para Santa Margarita María la Misa cotidiana le sabía frente a sus ansias de amar a Jesús Sacramentado, por esa hubiera querido asistir a todas las Santas Misas que se celebraban en el mundo entero. Desde lo más íntimo de su alma se unía en espíritu a todas las Misas del día; ese deseo lo transmitiría a las jóvenes religiosas a las que animaba a emularla en su santo deseo diciéndoles: “Ofrezcan a Dios todas las Misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus Santos Ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

                    La Santa confidente del Sagrado Corazón nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía: “No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en Su Presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”



Estampa preparada para ser impresa a doble cara.
Se permite su copia y difusión, sin fines comerciales.



jueves, 20 de noviembre de 2025

AMEMOS DE CORAZÓN A LOS SACERDOTES

 


                    Hoy Jueves, siguiendo LA SEMANA DEL BUEN CRISTIANO, recordaremos de manera especial a los Sagrados Ministros de Dios; fue el Jueves Santo el día elegido por Nuestro Señor Jesucristo para instituir el Sacerdocio, y con él y por él, la Sagrada Eucaristía, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, que se renueva por todo el orbe cada día, sin cesar. El Jueves es por tanto, el día indicado para pedir a Dios Nuestro Señor por los Sacerdotes y Religiosos, así como por las vocaciones, para que Él envíe operarios a Su mies y que ellos extiendan Su Reino en el mundo entero.

                    El Sacerdote tiene un carácter indeleble, que lo hace ontológicamente Hombre-Sacerdote: su Ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “Sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El Sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia, y aún será Sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.


RECEMOS de forma especial por los Sacerdotes,
que entendamos la gran misión que les ha sido
confiada y por tanto:


   - AMEMOS de corazón a los Sacerdotes, amor traducido en obras: hagamos sentir al Sacerdote parte de nuestra familia, que lo acompañemos en sus soledades e incomprensiones, que los sostengamos espiritualmente con nuestras oraciones y humanamente con nuestra cercanía y ayuda material.

   - VENEREMOS a Cristo besando la mano del Sacerdote, pues es el Sacerdote un hombre consagrado al que debemos respetar; que evitemos exceso de confianza con los hombres sagrados, tratándoles con cariño sincero pero con veneración por el poder divino del que están investidos. Como personas sagradas que son, a los Sacerdotes no hay que besarles en el rostro; tampoco es conveniente tutearles o hacerles mofa por sus limitaciones humanas. Miremos al Sacerdote como si viésemos en él a Nuestro Redentor.

   - SEAMOS MANSOS y obedientes a la Voz de Dios que nos habla por medio de los verdaderos Sacerdotes... particularmente en las exhortaciones que nos dan en el Sacramento de la Confesión.



jueves, 6 de noviembre de 2025

PRIMER JUEVES. EL SACERDOTE, INSTRUMENTO PARA CONTINUAR SU OBRA REDENTORA

 

Iam non dicam vos servos: quia servus nescit 
quid faciat Dominus ejus. Vos autem dixi amicos: quia 
omnia quaecumque audivi a Patre Meo, nota feci vobis.


Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe 
lo que hace su Señor; pero os he llamado amigos, porque 
todas las cosas que oí de Mi Padre os las he dado a conocer.


Evangelio de San Juan, cap. 15, vers. 15



               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros», prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía».

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas —exclama con razón San Juan Crisóstomo—, admirables y que nos llenan de estupor


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 




                El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor; y cuando el cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...



Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935



jueves, 4 de septiembre de 2025

DINA BÉLANGER de la Música a la Mística

 

                    "…Mis Sacerdotes… ¡oh, cuánto los amo!… Los llamo a ser otros Cristos. A ser réplicas de Mí […] Ofrezcan a Mi Padre, por Mis Sacerdotes, el espíritu de oración de Mi Corazón, Mi espíritu de oración, la perfecta unión de Mi Corazón con Él. Esto es lo que les falta a la mayoría de Mis Sacerdotes: el espíritu de oración, de intensa vida interior. […] Demasiadas almas religiosas y sacerdotales no comprenden que los sacrificios que les pido son llamas de amor que emanan de Mi Divino Corazón para atraer y santificar su corazón humano".

                    "Ninguna invocación responde mejor al inmenso deseo de Mi Corazón Eucarístico de reinar en las almas que: Corazón Eucarístico de Jesús, venga Tu Reino por el Inmaculado Corazón de María; y a Mi no menos infinito deseo de comunicar Mis gracias a las almas que: Corazón Eucarístico de Jesús, ardiendo de amor por nosotros, inflama nuestros corazones de amor por Ti".


De las Revelaciones de Nuestro Señor a Sor María de Santa Cecilia de Roma 
de la Congregación de Jesús-María (en el siglo Dina Bélanger)



                    Dina Bélanger nació el 30 de Abril de 1897, en la ciudad de Quebec, Canadá. Sus padres se llamaban Octavio Bélanger y Serafina Matte. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento en la iglesia de San Roque, con los nombres de María, Margarita, Dina, Adelaida. Hizo su Primera Comunión y recibió el Sacramento de la Confirmación el 2 de Mayo de 1907.

                    De su autobiografía extraemos: "Desde el comienzo de mi vida, la Virgen me ha protegido de un modo especial. Mis ojos vieron la luz del día cuando comenzaba el mes dedicado a Ella. Ese mismo día recibí el Bautismo. Dios tomó posesión de mi alma para que fuese toda de Él. ¡Qué dicha tan grande ser hija de Dios y de María, mi dulce Madre!".

                    Asistió al Colegio Jacques Cartier, recibiendo desde pequeña clases de piano; a los once años obtuvo su primer diploma. A los trece años fue admitida en el colegio en la Asociación de las Hijas de María.

Amor por Jesús Eucarística....

                    En la autobiografía de Dina Bélanger leemos: "Jesús fue mi Maestro de oración enseñándome a comunicarme con Él. Un día, ante el Sagrario, leí estas palabras en un libro de oración: “Señor, Dios mío”. Ya no leí más. Sumergida en el silencio, en la paz y en la soledad, sentía estar con Él saboreando estas palabras. Olvidé el tiempo... Otra vez, ante el Santísimo expuesto, fijos los ojos en la Sagrada Forma, le pedía verle con los ojos del cuerpo: ¡Deseo tanto veros!. El Señor respondió a mis ingenuidades con un aumento de fe en Su Presencia Eucarística".

                    A lo largo de toda su vida Dina Belanger practicó y fomentó la devoción de La Hora Santa; un Jueves, antes de que iniciara este momento de oración íntima, Jesús Nuestro Señor le mostró una multitud de almas al borde del Infierno; concluída La Hora Santa, Jesús le mostró las mismas almas en las manos de Dios: le reveló entonces que mediante las Horas Santas de oración, multitud de almas van al Cielo, quienes de otro modo habrían ido al Infierno, ya que una persona puede contribuir a lo que falta en la vida de otros, al obtener gracias preciosas y eficaces para su salvación.

Entrega a la Virgen Purísima

                    De nuevo leemos en la autobiografía de Dina: "Me entregué totalmente a la Virgen por la práctica de la devoción perfecta, según el espíritu del Beato Luis de Montfort. Este abandono total de mí misma y de mis cosas a la Reina del Cielo me atrajo muchas consolaciones. Sólo en el Cielo comprenderé las ventajas de abandonarme a su sabia guía. Quisiera consagrarle toda la humanidad. Hay que dejarla vivir en nosotras para que Cristo se sustituya en nuestra pequeñez. Ella es el camino más seguro, más corto, más idóneo para elevarnos hasta el Infinito, para unirnos al Amor increado hasta perdernos en Él, abismarnos en la fuente de la felicidad eterna".

                    En 1911, comenzó a asistir al internado de Bellevue. En ese mismo año hizo voto privado de castidad y le pidió al Señor la gracia del martirio, el día primero de Octubre. Concluidos los estudios en 1913 regresó a la casa de sus padres; se involucró entonces en la Parroquia, ayudando con los ornamentos litúrgicos y participando del Apostolado de la Oración. En 1914 Dina habla a sus padres del deseo que tiene de ser religiosa, pero éstos no le concedieron el permiso, alegando que con 17 años aún era demasiado joven.

                    Pese a la oposición paterna, Dina se consagró al Señor de alguna manera, como dejó escrito en su autobiografía:"El primer Viernes de Octubre estando con las demás alumnas en la capilla para la visita al Santísimo, me sentí impulsada a consagrar al Señor mi virginidad. Y así lo hice añadiendo: si esta Consagración es de Tu agrado. Y debió agradarle porque me sentí más Suya, con una pertenencia más profunda, y mi sed de entrega total a Su Amor en la vida religiosa, más colmada. Ardía en deseos de ser Mártir y decía: Jesús, Tú has muerto por mí. Pues bien, mi amor no quedará satisfecho si no muero Mártir por Ti"

Por fin Esposa de Cristo

                    Dina también profesó sincero amor al Padre putativo de Cristo, en el que confiaba las necesidades materiales: "En mi vida interior me ha ayudado siempre el bendito San José. Lo quiero mucho, y sobre todo en su fiesta, le obsequiaba con pequeños sacrificios". En la contemplación de la vida de entrega y sacrificio de San José, Dina encontraría el ánimo para continuar luchando por la vocación religiosa.

                    Desde 1916 hasta 1918 residió en Nueva York, donde completaría sus estudios de piano y música en la Residencia Nuestra Señora de la Paz, que estaba dirigida por la orden de las Religiosas de Jesús-María. De regreso a su ciudad natal se inscribió en la Tercera Orden de Santo Domingo, y una vez obtenido el permiso de sus padres, ingresó en la Congregación de Jesús-María situada en Québec. Según la costumbre, cambió su nombre de pila por uno religioso: Sor María de Santa Cecilia de Roma. Emitió sus votos temporales el día 15 de Agosto de 1923, Solemnidad de la Asunción de María; los votos perpetuos los emitiría el 15 de Agosto de 1928, un año antes de su muerte.

                    Esos días de entrega gozosa al Divino Esposo los dejaría reflejados en pocas y sentidas palabras: "Al fin ya llevaba el hábito religioso; lo besaba con piedad y amor pero no en vano se dice que ‘el hábito no hace al monje’ y tenía que trabajar por hacerme menos indigna de él... Ya era por fin Religiosa de Jesús-María. Recibí la Cruz y el Rosario. Ya pertenecía a la Congregación que tanto amaba. La Mano Divina allí me había conducido. Qué deuda de gratitud hacia mi Congregación Religiosa. Modela Señor mi alma según su espíritu de caridad y de humildad, de obediencia y de alabanza, que no es otro que el espíritu de Tu Amor. Obra en mí junto con María, para que alabe por siempre vuestros benditos nombres".

Gracias del Señor en su alma

                    El amor que Dina sentía por Jesús en la Sagrada Eucaristía sería premiado con iluminaciones y revelaciones celestiales, que ella guardaría para sí misma entonces, pero que por obediencia recogió fielmente en la autobiografía: "Un día recibí esta luz que me consoló mucho: el Cielo es la posesión de Dios; Dios vive en mí, yo lo poseo, luego gozo del Cielo en la tierra. Desde este dichoso momento, me escondía por más tiempo en el Corazón de Cristo y en Él encontraba las delicias de la Bienaventuranza, con el privilegio añadido de ser capaz de sufrir por Él. Si los Ángeles pudiesen tener algún deseo, creo que, además de la Eucaristía, envidiarían este don del sufrimiento por amor".

                    Entre las diferentes revelaciones privadas que recibió Dina Bélanger, destacamos la hermosa visión que tuvo en acerca de la unión entre los Sagrados Corazones de Jesús y de María y Su Presencia en el Santísimo Sacramento: "...Nuestro Señor, Hombre-Dios, me ha hecho ver Su Corazón en la Sagrada Hostia. Yo no miraba Su Santo Rostro; me cautivaban Su Corazón y la Hostia. Los dos estaban perfectamente unidos, de tal manera el uno en la otra, que no puedo explicar cómo me fue posible distinguirlos. De la Hostia se difundían innumerables rayos de luz; de Su Corazón salía una inmensidad de llamas que corrían como torrentes impetuosos. La Santísima Virgen estaba allí, tan cerca del Señor que parecía estar como absorbida por Él. Todos los rayos luminosos de la Hostia y todas las llamas del Corazón de Jesús pasaban a través del Corazón Inmaculado de María".



                    A través de la pluma de Dina, Jesús Nuestro Señor se muestra a una humanidad que ha olvidado Su Amor: "Mi Corazón tiene tantas gracias para conceder y la mayoría de las almas ni siquiera piensa en aceptarlas"... "Mi Corazón Eucarístico se complace mucho en hacer confidencias a las almas pero encuentro pocas almas puras que lo comprendan"... "Mi Corazón desea unir constantemente a Sí todos los corazones por medio de la Eucaristía, como Él mismo está unido a Mi Padre por el Amor, en la unidad y caridad perfecta".

                    "Mi Corazón rebosa de gracias para las almas. Tráelas a Mi Corazón Eucarístico"... "Las almas solo son infelices en la medida en que se alejan de Dios. El gran deseo de Mi Padre, y el Mío, sería ver felices a todas las almas, incluso en la tierra".

                    Desde la Profesión Religiosa Dina Bélanger sufriría graves enfermedades; convaleciente, desde la cama solía hacer traducciones y despachaba correspondencia. Tuvo una tuberculosis pulmonar que se agravó el 30 de Abril de 1929, a tal punto que tuvo que ser trasladada a la enfermería. Murió el 4 de Septiembre de 1929, a las 4 de la tarde.