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lunes, 13 de julio de 2026

SI HACEN LO QUE OS DIGA SE SALVARÁN MUCHAS ALMAS

 

                    Durante la Tercera Aparición de María Santísima en Fátima, el 13 de Julio de 1917, Nuestra Señora mostró el Infierno a los tres pastorcitos que lo narran de la siguiente manera:

                    "...vimos como un gran mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados -semejante al caer de las chispas en los grandes incendios- sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa”.

                    Asustados, y como pidiendo socorro, los videntes levantaron los ojos hacia Nuestra Señora, que les dijo con bondad y tristeza:

                    “Visteis el Infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la Devoción  a Mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que Yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de ofender a Dios, vendrá otra peor”.




                    Y la Virgen continuó:

                    “Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.

                    Les enseñó además una jaculatoria para ser rezada al final de cada Misterio del Rosario:

                    “Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del Infierno, lleva todas las almas al Cielo, especialmente a las más necesitadas”.


CONSAGRARSE AL CORAZÓN DE MARÍA
nos evitará terminar en el Infierno


                   Es necesario notar que sabemos por la Fe -para que tengamos una idea de lo que es ese fuego del infierno- que se trata de un verdadero fuego. Es forzoso, por lo tanto, excluir la idea modernista de que el fuego del infierno es una expresión simbólica, que retrata los sufrimientos de carácter moral. Existe en el infierno el sufrimiento de carácter moral y ese sufrimiento es terrible. Es la privación de Dios, es la desesperación eterna, en la que la persona se siente colocada completamente fuera de su propia naturaleza, colocada en un pavoroso conflicto consigo misma. Pero junto con ese sufrimiento moral, existe un sufrimiento de orden físico que se ejerce sobre el alma. Hay un fuego verdadero en el infierno, que es realmente fuego y ese fuego quema el alma.

                   Alguien podrá decir: “pero no puedo comprender cómo siendo el alma espiritual pueda ser quemada por el fuego”. Es muy fácil de comprender: el alma espiritual ¿no está ligada al cuerpo? Ella no está atada, por lo tanto, a algo de carácter material? Si ella está ligada a la materia, ¿por qué entonces no puede ser quemada por algo material? ¡Es evidente!

                   San Alfonso de Ligorio dice que ese fuego es tan terrible, que la peor llama de la tierra quema tan poco en comparación con ese fuego, como una llamada pintada “quema”, en comparación con una llamada real de la tierra. Ustedes comprenden, por lo tanto, que los peores fuegos que aquí se ven, no son tan terribles cuanto el del infierno.

                  Llamó la atención para el hecho de que Nuestra Señora haya dado énfasis especial a Su Inmaculado Corazón... Se ve entonces que es una de esas maravillas de la gracia que Nuestra Señora reservó para este tiempo de aflicción. Ella especialmente indica que debemos tener devoción al Inmaculado Corazón de Ella para salvarnos de nuestros pecados y especialmente del pecado de la Revolución, y principalmente de las raíces del pecado de la Revolución, que son el orgullo y la impureza.

                  Si alguien quiere vencer al demonio del orgullo, al demonio de la impureza, conságrese al Inmaculado Corazón de María y haga una jaculatoria, por ejemplo, análoga a la que se hace al Sagrado Corazón de Jesús. Existe esa jaculatoria muy bonita: “Oh Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al Vuestro”.

                   Podemos decir esto a Nuestra Señora: “Oh María, mansa y humilde de corazón, haced nuestro corazón contrarrevolucionario y humilde semejante al Vuestro”.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira, 15 de Julio de 1967



domingo, 5 de abril de 2026

LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: EL ARGUMENTO SUPREMO DE NUESTRA FE

 


                    La Resurrección representa el Triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de Sus adversarios y el argumento supremo de nuestra Fe. San Pablo afirma que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra Fe sería vana. Es en el espíritu sobrenatural de la Resurrección donde se fundamenta toda la estructura de nuestras creencias. 

                    Mucho se ha dicho… y se ha soñado con la resistencia de Santo Tomás a admitir la Resurrección. Quizás haya algo de exageración en esto. Lo que está claro es que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. De hecho, Santo Tomás dijo que necesitaba tocar a Nuestro Señor con sus manos para creer. Pero, cuando lo vio, creyó inmediatamente, antes de tocarlo. San Agustín ve en esta dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial: el Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero está suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad al aceptar las razones para creer, sirve como garantía a todas las almas temerosas de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, que no es fruto de imaginaciones desbordadas.

                    Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía con la Santa Iglesia Católica. En la Historia de la Iglesia vemos a menudo que, cuando parecía irremediablemente perdida y todos los síntomas de una catástrofe inminente apuntaban a la debilidad de su organismo, siempre ocurrían acontecimientos que la mantenían viva contra todo pronóstico.

                    Resulta curioso que a veces no sean los amigos de la Santa Iglesia quienes acuden en su ayuda, sino sus propios enemigos. En una época muy delicada para el Catolicismo, como lo fue durante el reinado de Napoleón, se contó mil veces el curioso episodio en el Cónclave para elegir al Papa Pío VII, que tuvo lugar bajo la protección de tropas de los rusos, cismáticos, lideradas por un soberano cismático. En Rusia, la práctica de la Religión Católica se veía obstaculizada de mil maneras, sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un Pontífice Soberano, precisamente en el momento en que la vacante de la Sede de Pedro había provocado la indignación de aquellos que -humanamente hablando- quizás nunca resucitarían.

                    Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que tiene el gobierno supremo de todas las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia deba su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria o a las tropas rusas: aun cuando parezca completamente abandonada, e incluso cuando parezca faltar el medio más indispensable para la victoria en el orden natural, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia -aparente, enfatizamos, porque la muerte de la Iglesia jamás será real-, más gloriosa será la victoria.

                    En estos años turbulentos y tristes que vivimos, confiemos. Pero no confiemos en tal o cual poder, en tal o cual hombre, en tal o cual corriente ideológica, para que obre la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino que debemos confiar en la Divina Providencia, que volverá a abrir los mares, moverá montañas y sacudirá la tierra entera si es necesario, para el cumplimiento de la divina promesa: "Las puertas del Infierno prevalecerán contra ella". 


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



sábado, 28 de marzo de 2026

ÉL AMÓ MI SER, CREADO POR ÉL, Y SE INMOLÓ EN UN ACTO DE AMOR

 


                    La Semana Santa se está aproximando y es el momento de hacer una reflexión al respecto. Cada uno debe colocarse a solas frente al Crucifijo, frente a la imagen de la Dolorosa, y olvidarse del mundo entero. Ante Dios, hacerse esta pregunta: ¿soy consciente de lo que costó mi salvación?, ¿tengo idea siquiera de los dolores que costaron todas las gracias que he recibido?, ¿tenía idea de que en lo alto de la Cruz Nuestro Señor Jesucristo pensó nominalmente en cada hombre, desde el comienzo hasta el Fin del Mundo?. Por lo tanto, ¿que yo pasé por Su Mente Divina, con un pensamiento de Misericordia, de Bondad y de Salvación?.

                    Él vio mi alma, vio mi persona. Él amó mi ser, creado por Él, y se inmoló en un Acto de Amor, porque quiso mi salvación. ¿Tenía idea de que mi salvación costó todo eso?, ¿he pensado en el modo por el cual yo he correspondido a ello?, ¿he pensado en lo que ha sido mi ingratitud?. ¡Cuántas faltas cometidas, muchas veces por imprudencia, simplemente porque no quise evitar una ocasión de pecado, porque no quise hacer una pequeña mortificación!. Al pecar, cogí la Sangre de Cristo y la arrojé en una zanja. Sangre Preciosísima derramada por mí; y, a pesar de ello, yo me expongo a la perdición. Y Dios aún me tolera en esta vida, me soporta y me espera con nuevas gracias, aún mayores que aquellas gracias que yo había recibido.

                    Una vez más, estamos ahora en la proximidad de la Semana Santa, una ocasión de gracias. El Costado de Nuestro Señor Jesucristo está abierto, derramando Misericordia para mí y llamándome a la contrición, a la penitencia, a la reconciliación magnífica con Dios. Hay una efusión de bondad y de cariño, como yo jamás podría imaginar. En Semana Santa mi primera preocupación debe ser la de pensar en mi alma. Pensar sin temor, sin pánico, porque Dios es Padre de Misericordia y la Santísima Virgen es Madre y el Canal de todas las Misericordias. Pensar con seriedad, pensar a fondo. Colocarme ante la Sangre de Cristo que corre y evaluar qué hice con esa Sangre.


“¿Qué utilidad tuvo Mi Sangre?”


                    Nuestro Señor se hizo esta pregunta y fue uno de Sus mayores sufrimientos: Quae utilitas in Sanguine Meo? (Sal. 29, 10). En último análisis, "¿de qué sirvió Mi Sangre?". Él pensó en tantas almas que habrían de pisotear Su Sangre. Livianamente, estúpidamente, por una niñería, por una bagatela. Por la carcajada de una criada, como en el caso de San Pedro. Por treinta monedas, como Judas. Por pereza, por ganas de dormir, como los otros Apóstoles. ¡Por miedo, por oportunismo, por sensualidad, por cuántas cosas las almas habrían de negarlo!.

                    Nuestro Señor tuvo en vista nuestra época y la Santísima Virgen también. Tuvo en vista todas las traiciones de nuestros tiempos, todos los abandonos, todo cuanto las almas sacerdotales le hicieron sufrir. Si el pecado de cualquier hombre hizo sufrir tanto a Nuestro Señor, ¿cuánto lo haría sufrir el pecado de los propios miembros de la Santa Iglesia?.

                    David, en el Libro de los Salmos, tiene esta queja con relación a uno que le hizo mal: “Si fuera mi enemigo el que me agravia, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí, me ocultaría de él. ¡Pero eres tú, un hombre de mi condición, mi amigo y confidente, con quien vivía en dulce intimidad: juntos íbamos entre la multitud a la casa del Señor!” (Sal. 54, 13-15).

                    Toda nuestra época fue vista por Él, pero vista también con Amor. Por el fruto de esa Sangre infinitamente Preciosa, habría de brotar una gracia especial para algunos que son tan malos como otros -y a veces peores que otros, pero que, por esa gracia especial, fueron llamados para ser fieles en esa hora de infidelidad- para ser de aquellos que están junto a la Cruz, como San Juan Evangelista, junto a la Ortodoxia, junto a la Verdadera Doctrina, en una hora en que todo el mundo la abandona. Son aquellos que comprenden el Martirio de la Iglesia, la tragedia de la Iglesia corroída internamente por el Progresismo y entregada a sus peores adversarios. Ésos fueron llamados para luchar por Ella, para comprender su dolor, meditar sobre ese dolor y vivir ese dolor: el dolor de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana en nuestros días.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



viernes, 27 de marzo de 2026

EN LA SUPREMA AMARGURA, CONSERVABA LA PAZ. NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

 


                    Se equivoca quien piensa que la Santísima Virgen tuvo durante su vida apenas un episodio de dolor, en el supremo momento de la Pasión de su Divino Hijo. No fue ése un momento único, aunque haya sido el mayor dolor que jamás se haya sentido en el Universo, por debajo del dolor insondable de Nuestro Señor Jesucristo en su Humanidad Santísima. Fue un dolor tan grande, que recapituló todos los dolores del Universo y todo cuanto los hombres sufrieron desde la caída de Adán y sufrirán hasta el último momento en que haya hombres sobre la tierra.

                    Jesucristo fue llamado por el Profeta Isaías de Vir Dolorum, “Varón de Dolores” (Isaías, cap. 53, vers. 3). La Pasión de Cristo no fue un hecho aislado en su vida, sino el ápice de una secuencia enorme de dolores, que comenzaron desde el primer instante de su Ser y fueron hasta el momento en que, en medio de un diluvio de dolores, exhaló el terrible Consummatum est — “Todo está consumado” (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30).

                    La Santísima Virgen, siendo un espejo de la Sabiduría y de la Justicia, refleja en sí todo cuanto es de Nuestro Señor Jesucristo. Así, se puede afirmar que Ella fue la Mulier Dolorum, la Dama de los Dolores. Su vida entera fue invadida por el dolor. Fue sin embargo un dolor proporcional a las fuerzas incalculables que la Gracia le daba.

                    Como un dolor impuesto por la Providencia, por más lancinante que haya sido, no era de aquellos dolores que todo lo ponen en turbulencia, en probación y que devastan el alma. Eran dolores inmensos, pero muy arquitectónicos, sabios, y que fueron recibidos con una serenidad de alma admirable. En la suprema amargura, conservaba la paz. Así, también de la Virgen María se puede decir que estaba en paz en medio de una suprema amargura.

                    En medio de un océano de dolores, todo era equilibrado, raciocinado, cargado con amor y un equilibrio de alma incomparable, sin super emociones, aunque con una casi infinidad de sentimientos. Sin excitación, sin pánico, pero con mucho miedo, mucha angustia; y, en los debidos momentos, con un peso de dolor que llegaba casi a despedazar.

                    Durante la vida entera, Nuestra Señora fue una gran sufridora, pero a lo largo de ella tuvo también alegrías. Todas las alegrías del mundo —desde el primer instante en que el hombre nació en el paraíso terrenal hasta el último momento en que haya hombres sobre la tierra, todas ellas sumadas— no se comparan con las grandes alegrías de la Santísima Virgen. Esos dolores y alegrías se entrelazaron continuamente. Ella vivía soportando el fardo de los más tremendos dolores y al mismo tiempo aliviada por las más admirables alegrías.

                    ¿Cuáles fueron los Dolores de Nuestra Señora?Fundamentalmente, Ella comenzó a sufrir antes de saber que sería la Madre de Dios. Al haber sido concebida sin pecado original, pensaba y tenía un profundo conocimiento de todo lo que pasaba. Además, tenía tal celo por la gloria de Dios, que daría mil veces su vida para evitar un pecado mortal. Sin embargo pasaba por el tremendo dolor de ver a la humanidad entera inerte en el pecado. Aún más, Ella vio los pecados que se cometerían por ocasión de la Venida del Mesías y los que vendrían después del Mesías hasta el Fin del Mundo. Y esos pecados le causaban un tormento del cual simplemente no tenemos idea. San Ignacio de Loyola dijo que, si él tuviera que pasar una vida entera de sufrimientos simplemente para evitar que se cometiera un sólo pecado mortal, daría por bien empleados todos los sufrimientos de su existencia, de tal manera el pecado mortal es un mal insondable.

                    Pero si este Santo pensaba así, ¿qué no pensaría la Santísima Virgen, ante la cual el mayor santo es menos que una gota de agua comparada a todos los mares?. La Santidad de Nuestra Señora no tiene proporción con nada. No podemos calcular la desproporción entre la Santidad de María Santísima y la de todos los Ángeles y Santos reunidos. Entonces, ¿qué tormentos serían para Ella?.

                    Luego recibió la magnífica noticia de que sería la Madre del Verbo Encarnado. Imaginen la alegría que Ella sintió al adorar al Dios encarnado, en el primer momento en que fue concebido por Obra del Divino Espíritu Santo. Pero imaginen también el dolor, pensando en los sufrimientos inenarrables que su Divino Hijo padecería.

                    Imaginen la alegría que Ella sintió al adorar al Dios encarnado, en el primer momento en que fue concebido por Obra del Divino Espíritu Santo. Pero imaginen también el dolor, pensando en los sufrimientos inenarrables que su Divino Hijo padecería.

                    La Santísima Virgen pasó por los dolores de la Infancia del Niño Jesús, y en seguida por el dolor de su separación. Más tarde comienza a operar milagros, comienzan sus victorias, es el momento de la alegría. Pero, poco después, comienza la ingratitud de los hombres. Se comienza a preparar la tempestad de las injusticias que llevaron a Nuestro Señor hasta la Crucifixión. Ella fue sufriendo todo esto. Por ejemplo, al considerar la ingratitud de la que Él era víctima en todas partes.

                    En el momento de la Pasión, Ella contempla todo lo que Nuestro Señor en cada trance sufrió, y lo sufrió junto a Él. Si hay Santos que se desmayaron al recibir la revelación de lo que Nuestro Señor sufrió durante la Pasión, ¿cómo valorar lo que significaría para Nuestra Señora el menor episodio de la Pasión?.

                    Al final, viendo a su Hijo en lo alto de la Cruz, los Dolores de la Santísima Virgen alcanzan lo inenarrable. Ella está ante esta alternativa: por un lado, desear que Él muera pronto, para disminuir sus dolores; por otro lado, desear que su vida aún se prolongue, porque toda madre desea prolongar la vida de su hijo; pero también debido a la idea de que así Él sufriría más, y ello sería mejor para la remisión de los pobres pecadores. Ella se une a la Pasión, acepta la prolongación de ese sufrimiento, y mantiene el propósito de admitir que Nuestro Señor sea inmolado.



Estampa devocional, diseñada para uso privado o para hacer apostolado;
se puede imprimir y distribuir, sin fines lucrativos o comerciales

                    La Santísima Virgen deseaba tanto la salvación de nuestras almas, que aceptó que su Hijo pasara por todo aquello, por el bien del alma de cada uno de nosotros. Nuestra Señora ama tanto el alma de cada uno individualmente, que aunque hubiese uno solo que salvar a costa de aquel período de dolores, Ella aceptaría que su Hijo pasara por aquellos tormentos para salvar esa alma.

                    Imagínense a la Virgen María contemplando todos los tormentos. Por ejemplo, la corona de espinas penetrando en la frente de Nuestro Señor y produciéndole lesiones nerviosas, haciendo que todo su cuerpo se estremezca en medio de todos aquellos dolores; la corona de espinas que llega a alcanzar sus sagrados ojos; en la Cruz, sus brazos semi separados de los hombros; la sed tremenda; la sangre que escurría por todas partes; la fiebre altísima; los estertores de todo su cuerpo contorsionado por el dolor.

                    Ella sabía de esto, medía esto, sin embargo lo aceptaba todo. Deseaba que fuera así. Era como que un sacrificador, un sacerdote que inmola la Víctima Divina en lo alto del Calvario. Ella quería que aquello fuera así, pues si éste era el precio para salvar un alma, Ella quería que su Hijo sufriera lo que estaba sufriendo.

                    Aquí está la grandeza de la Santísima Virgen. No tanto por la enormidad de dolores que sufrió, sino por haber deseado sufrir lo que sufrió. Ella quiso que su Hijo hiciera ese sacrificio tremendo y admirable por amor a cada uno de nosotros, porque Dios quiso sacrificar por amor a nosotros a su Hijo Unigénito.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



jueves, 19 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, COLABORADOR EN EL PLAN DIVINO DE LA REDENCIÓN



                    La Redención de la Humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el surgimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una Civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del Estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso.

                    La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores. 

                    El Estado pagano, transformado desde sus fundamentos por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos. 

                    El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano. 

                    La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la Civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del Comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas. 

                    Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la Gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el Plan Divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la Gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó. 

                    Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la Santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral. 

                    Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la Fiesta de San José nos deja. 

                    Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in Eo qui me confortat - “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filp. 4, 13)


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



San José, 
Corredentor perfectísimo


                    José conoció y vivió anticipadamente el drama de la Pasión desde los primeros misterios de la Infancia de Jesús. Y acepta la parte que le corresponde en él, que fue precisamente sufrido en su corazón, a la vez que preparaba la Víctima y compadecía a nuestra Madre Dolorosa. El no asistir a él fue quizá uno de sus grandes dolores. Pero aceptó siempre los Planes Divinos de la Providencia. Y cuando Dios dio por cumplida su misión en la tierra, salió silenciosamente, inmolando su vida por la regeneración del mundo.

                    Con toda justicia el Cardenal Lépicier, verdadero y profundo teólogo entre los escritores de San José, le llama «Corredentor perfectísimo». Dios le dio un conocimiento especial de este misterio, valorando a la luz del mismo el ministerio para el que era elegido, pues le correspondía preparar y custodiar la Víctima, participando en grado eminentísimo en los frutos de Su Sacrificio y cooperando en la misma forma para el bien del género humano.

                    San José no solo coopera -como todos estamos llamados a hacerlo- a la redención subjetiva del género humano, que es la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo a cada uno de los hombres, sino también a la redención objetiva o adquisitiva, a la Obra Redentora en general y desde Nazaret hasta su consumación en el holocausto del Calvario. También San José, a semejanza de María prestó su libre consentimiento a los planes divinos. Cuando el Ángel le revela el Misterio obrado en su esposa por obra del Espíritu Santo, la acoge inmediatamente en su casa y se entrega con su mayor solicitud al ministerio que se le pide, el cual comprende su colaboración a la Obra Salvadora de Jesús, ya que el Ángel le dice: «Dará a luz un Hijo, a quién pondrás por Nombre Jesús, porque salvará a Su pueblo de sus pecados». (Mt. 1, 23). José entrega todo su ser en manos de Dios y acepta los sufrimientos que le deben corresponder en el Plan Salvífico Divino, ofreciéndolos en unión del sacrificio de Cristo Redentor. Su sacrificio, aún sin presenciar en vida mortal el drama sangriento de la Pasión, fue perfecto. El Santo se inmola a sí mismo silenciosamente, viviendo anticipadamente en su corazón la crucifixión dolorosísima de Cristo, las amarguras indecibles de su Santa esposa. 

                    Puede afirmarse -con el Cardenal Lépicier- que San José participó más que ningún otro, después de la Santísima Virgen, en la Pasión de Cristo, cuyos dolores, en conjunto, fueron los mayores que pudo padecer ninguna criatura por su inseparable e íntima unión con Jesús y con María. El mar de amargura de ambos se refleja en el corazón de San José. Y en proporción a la unión está, por otro lado, el mayor conocimiento de este tremendo Misterio del Dolor que tuvo el Santo ya por la revelación del Ángel y la profecía de Simeón, ya también por las confidencias íntimas de Jesús y por los presentimientos que en su alma ponía el Espíritu Santo. 

                    Por su voluntaria aceptación de su vocación de Padre y Señor de Familia predestinada a ser instrumento de salvación del mundo entero ("causa salutis", Heb 5, 9) y generoso ofrecimiento a participar en la Cruz del Señor, para satisfacer más abundantemente, por todos los hombres, la cooperación dolorosa de San José es la mayor después de la de María -y como ella única y singular en cuanto participante con el Redentor en la redención objetiva, no solo aplicativa-, e incomparablemente mayor que la que puede atribuirse a otros Santos.


Padre Bonifacio Llamera O.P.
"Teología de San José", BAC, Madrid, 1953


Nuestro Padre y Señor San José
en las revelaciones que recibiera la mística Sor María de Jesús de Ágreda


                    En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con Ella lo que era necesario al Misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado... Y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su Divina Esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por Ella y para Ella y los de antes de ser Su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos Ella granjeado y merecido..." 

                    Aunque trabajaba de sus manos, y también la Divina Esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar ; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que deprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa..."

                    El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad ; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal...

                    Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de Ella la hincaba la rodilla con grande reverencia. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el Santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos..."

                    Según el concepto que yo tengo, si en el mundo hubiera otro hombre más perfecto y de mejores condiciones, ése diera el Señor por esposo a Su misma Madre, y pues le dio al Patriarca San José, él sería sin contradicción el mejor que Dios tenía en la tierra...

               Palabras de Nuestra Señora: "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.

               Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.

               Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.

                Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión.


Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, 
Extraído de su obra "Mística Ciudad de Dios" 



jueves, 25 de diciembre de 2025

EL REINO DE DIOS EN NOSOTROS, LA GRACIA ÚNICA QUE PEDIMOS EN NAVIDAD

 


                       El día de Navidad fue el primer día de vida de la Civilización Cristiana. Vida aún germinativa e incipiente, como las primeras claridades del sol que nace, pero vida que ya contenía en sí todos los elementos incomparablemente ricos de la espléndida madurez a la que estaba destinada.

                       En efecto, si es cierto que la civilización es un hecho social, que para existir como tal ni siquiera puede contentarse con influenciar un pequeño puñado de personas sino que debe irradiarse sobre una colectividad entera, no puede decirse que la atmósfera sobrenatural que emanaba del Pesebre de Belén sobre los circunstantes, ya estaba formando una Civilización.

                       Pero si, por otro lado, consideramos que todas las riquezas de la Civilización Cristiana se contienen en Nuestro Señor Jesucristo como en su fuente única, infinitamente perfecta, ya que la luz que comenzó a brillar sobre los hombres en Belén habría de extender cada vez más sus claridades hasta difundirse por el mundo entero transformando las mentalidades, aboliendo e instituyendo costumbres, infundiendo un espíritu nuevo en todas las culturas, uniendo y elevando a un nivel superior todas las civilizaciones, se puede decir que el primer día de Cristo en la tierra fue desde luego el primer día de una era histórica.

                       ¿Quién lo hubiese dicho? No hay ser humano más débil que un niño. No hay habitación más pobre que una gruta. No hay cuna más rudimentaria que un pesebre. Sin embargo, este Niño, en aquella gruta, en aquel pesebre, habría de transformar el curso de la Historia.

                       ¡Y qué transformación!. La más difícil de todas, pues se trataba de orientar a los hombres en el camino más opuesto a sus inclinaciones: la vía de la austeridad, del sacrificio, de la Cruz. Se trataba de convidar para la Fe a un mundo descompuesto por las supersticiones, por el sincretismo religioso y por el escepticismo completo. Se trataba de convidar para la justicia a una humanidad inclinada a todas las iniquidades. Se trataba de convidar al desapego a un mundo que adoraba el placer bajo todas sus formas. Se trataba de atraer hacia la pureza a un mundo en que todas las depravaciones eran conocidas, practicadas, aprobadas. Tarea evidentemente inviable, pero que el Divino Niño comenzó a realizar desde el primer instante en esta tierra, y que ni la fuerza del odio, ni la fuerza del poder, ni la fuerza de las pasiones humanas podría contener.

                       Dos mil años después del Nacimiento de Cristo, parecemos haber vuelto al punto inicial. La adoración del dinero, la divinización de las masas, la exasperación del gusto de los placeres más vanos, el dominio despótico de la fuerza bruta, las supersticiones, el sincretismo religioso, el escepticismo, en fin, el neo-paganismo en todos sus aspectos invadieron nuevamente la tierra. Y de la gran luz sobrenatural que comenzó a resplandecer en Belén muy pocos rayos brillan aún sobre las leyes, las costumbres, las instituciones y la cultura. Mientras tanto crece sorprendentemente el número de los que se rehúsan con obstinación a oír la Palabra de Dios, de los que por las ideas que profesan, por las costumbres que practican, están precisamente en el polo opuesto a la Iglesia.

                       Asombra que muchos pregunten cuál es la causa de la crisis titánica en que el mundo se debate. Basta imaginar que la humanidad cumpliese la Ley de Dios, que ipso facto la crisis dejaría de existir. El problema, pues, está en nosotros. Está en nuestro libre arbitrio. Está en nuestra inteligencia que se cierra a la verdad, en nuestra voluntad que, solicitada por las pasiones, se rehúsa al bien. La reforma del hombre es la reforma esencial e indispensable. Con ella, todo estará hecho. Sin ella, todo cuanto se hiciere será nada.

                       Y no terminemos sin descubrir una enseñanza más, suave como un panal de miel. Sí, hemos pecado. Sí, inmensas son las dificultades que nos deparan para volver atrás, para subir. Sí, nuestros crímenes y nuestras infidelidades atrajeron merecidamente sobre nosotros la Cólera de Dios. Pero, junto al pesebre, está la Medianera clementísima, que no es jueza sino Abogada, que tiene hacia nosotros toda la compasión, toda la ternura, toda la indulgencia de la más perfecta de las madres.

                       Puestos los ojos en María, unidos a Ella, por medio de Ella, pidamos en esta Navidad la gracia única, que realmente importa: el Reino de Dios en nosotros y en torno de nosotros. Todo lo demás nos será dado por añadidura. 


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



lunes, 8 de diciembre de 2025

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE NUESTRA SEÑORA, BANDERA DE LA SANTA INTRANSIGENCIA


"Tú y Tu Madre sois los únicos 
que en todo aspecto 
sois perfectamente hermosos; 
pues en Ti, Señor, no hay mancilla, 
ni mácula en Tu Madre" 


(San Efrén, Doctor de la Iglesia)




                    En la vida de la Iglesia, la Piedad es el asunto clave. Piedad bien entendida, que no sea la repetición rutinaria y estéril de fórmulas y actos de culto, sino la Verdadera Piedad, que es un don bajado del Cielo, capaz de, por la correspondencia del hombre, regenerar y llevar a Dios las almas, las familias, los pueblos y las civilizaciones.

                    Ahora bien, en la Piedad Católica el asunto clave es, a su vez, la devoción a Nuestra Señora. Pues si es Ella el canal por medio del cual nos vienen todas las gracias, y es por Ella que nuestras oraciones llegan hasta Dios, el gran secreto del triunfo en la Vida Espiritual consiste en estar íntimamente unido a María.

                    El vocabulario humano no es suficiente para expresar la Santidad de Nuestra Señora. En el orden natural, los Santos, los Doctores de la Iglesia la comparan al Sol. Pero si hubiese algún astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el Sol, es a ese astro que la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daría de Ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente.

                    En el orden moral, afirman que Ella transcendió ampliamente todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino -lo que es inmensamente más- de todos los Santos de la Iglesia Católica. Imagínese una criatura que tenga todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: no llegaría a los pies de Nuestra Señora. A esta criatura dilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios le confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.

               En virtud del pecado original, la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.

               ...por el privilegio de Su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de Su Ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto a error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. 

               La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en Sí ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.

               Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquélla enriquecidas y super-enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O, mejor dicho, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de formarse una idea de lo que la Virgen era. 

                Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en Sus días. Y con ello sufrió amargamente. Pues cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.

                Ahora bien, María Santísima tenía en Sí abismos de amor a la virtud, y, por lo tanto, sentía forzosamente en Sí abismos de odio al mal. María era pues enemiga del mundo, al cual vivió ajena, segregada, sin ninguna mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.

               El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María. Pues no consta que le hubiese tributado admiración proporcionada a Su hermosura castísima, a Su gracia nobilísima, a Su trato dulcísimo, a Su Caridad siempre compasiva, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.

               ¿Y cómo no habría de ser así?. ¿Qué comprensión podría haber entre Aquella que era toda del Cielo y aquellos que vivían sólo para la tierra?. ¿Aquella que era toda Fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todos idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad?. ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido perfecto de todas las cosas, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todos exceso, extravagancia, desequilibrio, sentido equivocado, cacofónico, contradictorio, hiriente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo?. ¿Aquella que era la Fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias?. ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones, en que todas las verdades se mezclaban y se corrompían en la monstruosa interpenetración con todos los errores que les son contrarios?.

               Inmaculada significa etimológicamente la ausencia de mácula, y pues de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la Fe y en la Virtud. Es por lo tanto la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible, la aversión completa, profunda, diametral a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien es la Ortodoxia, la pureza, al estar en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida al mal, odió sin medida a Satanás, a sus pompas y sus obras, al Demonio, al mundo y a la carne.

               Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y según tan razonablemente se cree, Ella pedía el Advenimiento del Mesías y la gracia de ser una Sierva de aquella que fuese escogida para ser Madre de Dios.

               Pedía al Mesías, para que viniese Aquel que podría hacer brillar nuevamente la Justicia sobre la faz de la Tierra, para que se levantase el Sol Divino de todas las virtudes, golpeando por todo el mundo a las tinieblas de la impiedad y del vicio.

               Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los Justos que vivían en la Tierra encontrasen en la Venida del Mesías la realización de sus deseos y de sus esperanzas, que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los países, de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo a las más altas cumbres de la Santidad. Pues éstas son por excelencia las Victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del Demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.

               La Virgen quería la Gloria de Dios por esa Justicia, que es la realización en la Tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la Venida del Mesías, Ella no ignoraba que Él sería la piedra de escándalo, por la que muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador empedernido, este aniquilamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. “Ut inimicus Sanctae Ecclesiae humiliare digneris; te rogamus, audi nos” [Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia; te rogamos, óyenos], canta la Liturgia. Y antes que la Liturgia, por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles. Admirable ejemplo de verdadero Amor, de verdadero odio. 

               Dios quiere las obras. Él fundó la Iglesia para el Apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.

               Reina de todos los Apóstoles, Nuestra Señora es sin embargo principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en Sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en Sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior un cortaviento a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia. Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de Su Hijo infinitamente inocente y Santo?. ¿Quién hizo más por los hombres que Aquella que consiguió que se realizase en Sus días la promesa del Salvador?.



               Pero, confiando sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de Apostolado, haciendo de una y otra Su principal instrumento de acción?. 

                Tanto valen a los ojos de Dios las almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero Amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer al mundo las gracias divinas.

               Estamos en una época parecida con la de la Venida de Jesucristo a la Tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que el espectáculo de las desgracias contemporáneas "es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora" (Encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8 de Mayo de 1928).

               Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer?. Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes que nada, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

                El ejemplo de Nuestra Señora, sólo se puede imitar con el Auxilio de Ella. Y el Auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, ¿qué mejor forma de devoción a María Santísima puede haber que pedirle, no sólo el Amor de Dios y el odio al Demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en Su Inmaculada Concepción?.


ORACIÓN PARA PEDIR LA VIRTUD DE LA PUREZA


                    Oh Santísima Madre de Dios y mi Madre, Fortaleza de los débiles y Refugio de los pecadores, llegará el momento en que tendré que pasar por las circunstancias por donde el Demonio más me tienta.

                    Tengo horror a la impureza, porque sé cuánto es opuesta a vuestro Espíritu y contraria a la esclavitud a Vos, en la cual deseo ser perfecto.

                    Ayudadme -os lo pido- por intercesión de San Luis Gonzaga, modelo admirable de pureza, a no ofenderte en esta ocasión, para que yo pueda desde ahora ofrecerte mi resistencia a la tentación: resistencia que deseo oponer al enemigo infernal, ahora y para siempre.

                    Yo os imploro que todos los días de mi vida, transcurran en la práctica eximia de la virtud angélica de la pureza. Así sea.


Extraído del artículo "La santa intransigencia, 
un aspecto de la Inmaculada Concepción"por el 
Doctor Plinio Corrêa de Oliveira

Revista “Catolicismo”, Septiembre de 1954

lunes, 29 de septiembre de 2025

ARCÁNGEL SAN MIGUEL, vencedor del Demonio

 

Enemigo de la mentira y del orgullo, 
San Miguel venció al Demonio cuando éste, 
a pesar de ser un espíritu elevadísimo, 
se reveló contra Dios. Tal lucha se perpetúa 
y, por tanto, esa parte de su misión 
es permanentemente actual

Doctor Plinio Correa de Oliveira




San Miguel, Modelo de humildad

                    La Santa Iglesia venera a San Miguel Arcángel, principalmente, como modelo de la humildad cristiana. Lucifer rechazó el homenaje que el Altísimo le exigía. San Miguel, acompañado de los ángeles que permanecieron fieles, prestó ese homenaje. Mientras que Lucifer personifica a la Revolución, San Miguel personifica el espíritu de jerarquía y de disciplina que es la quintaesencia de la humildad cristiana. 

                    En una época profundamente socavada por el espíritu de la revolución, cuando todos los poderes legítimos, sea en el orden espiritual, sea en lo político, social, económico o familiar, son objeto de un odio y de una desconfianza generalizada, es especialmente difícil para un católico conservar intacto el espíritu de jerarquía que, en todos los campos de la actividad, es la nota distintiva de un verdadero cristiano. Sin embargo, la alternativa es inexorable. O tenemos el espíritu de jerarquía que caracterizó a San Miguel, o nuestro espíritu es el de Lucifer. El patronazgo de San Miguel es, pues, singularmente precioso para quienes quieren permanecer fieles a la Ortodoxia, a la genuina Doctrina de la Iglesia Católica, en todos los puntos atacados por el espíritu de revuelta.

San Miguel, Modelo de combatividad

                    San Miguel es asimismo el modelo del guerrero cristiano, por la fortaleza que demostró al arrojar al Infierno a las legiones de espíritus malditos. Es el Guerrero de Dios, que no tolera que la Majestad Divina sea contestada u ofendida en su presencia, y que está dispuesto en todo momento a empuñar la espada para aplastar a los enemigos del Altísimo. Él nos enseña que al católico no le basta con hacer el bien: también tiene el deber de combatir el mal. Y no solo un mal abstracto, sino el mal tal y como existe en los impíos y pecadores. 

                    Pues San Miguel no arrojó al Infierno el mal como un principio, una mera concepción de la inteligencia, ni los principios y concepciones meramente intelectuales son susceptibles de ser quemados por el fuego eterno. Fue a Lucifer y a sus secuaces a quienes arrojó al Infierno, pues odiaba el mal como existente en ellos, amado por ellos. 

                    Vivimos en una época de profundo liberalismo religioso. Pocos son los cristianos que tienen la idea de pertenecer a una Iglesia Militante, tan militante en la tierra como lo fueron San Miguel y los Ángeles fieles en el Cielo. También nosotros debemos saber aplastar la insolencia de la impiedad. También nosotros debemos oponer al adversario una resistencia tenaz, atacarlo en sus posiciones, expulsarlo y reducirlo a la impotencia. San Miguel, en esta lucha, no debe ser solamente nuestro modelo, sino nuestro auxilio. La lucha entre San Miguel y Lucifer no ha cesado, sino que se extiende a lo largo de los siglos. Él ayuda a todos los Cristianos en los combates que emprenden contra el poder de las tinieblas.

San Miguel, Protector de la Santa Iglesia

                    No es de extrañar, por lo tanto, que San Miguel haya sido considerado patrono de la antigua Sinagoga. Esta fue una prefigura de la Iglesia Católica. Y a ese título era la organización militante de todos los hijos de Dios. Por ello, los que luchan por la Iglesia hoy en día pueden venerar a San Miguel como su Patrono, al igual que lo hacían los antiguos judíos. 

                    Este patrocinio es especialmente sensible en un punto. Es en la lucha contra la Masonería. En efecto, la Masonería no es más que la anti-Iglesia, constituida por el poder de las tinieblas para socavar y destruir la Civilización Cristiana, como medio para reducir al mínimo la influencia de la Iglesia y perder el mayor número de almas. Está bien visto que la Masonería es satánica en su espíritu, su programa, sus métodos. Y así, San Miguel es por excelencia el Patrono de los que luchan contra esta secta infernal.

San Miguel, Protector de los moribundos

                    Se admite generalmente que el Demonio, deseoso de perder las almas, descarga contra ellas tremendas tentaciones en el momento de la muerte. Por eso, en la oración por los agonizantes, la Santa Iglesia incluye una invocación a San Miguel, pidiéndole que abra las puertas del Cielo para el moribundo. Así pues, San Miguel Arcángel debe ser invocado a este título, y muy asiduamente, por todos los fieles, y en especial por aquellos que tienen algún motivo más particular para sentir que su vida está en peligro.

San Miguel, Modelo de los adoradores eucarísticos

                    En nuestros días, la piedad eucarística ha alcanzado un grado de desarrollo admirable (1). Las asociaciones destinadas a promover la adoración al Santísimo Sacramento se multiplican por doquier. En varias ciudades existe la obra de la Adoración Perpetua, organizada por los beneméritos Padres Sacramentinos. De este modo, se presta a Dios un culto que le es sumamente grato y, al mismo tiempo, se repara la inmensa cantidad de pecados y de ultrajes que se cometen constantemente contra la Majestad Divina. 

                    Ahora bien, aún a este título San Miguel Arcángel tiene una relación especial con la Piedad de nuestro tiempo. En efecto, es el modelo de los adoradores eucarísticos. Conocemos por la Sagrada Escritura que San Miguel asiste perpetuamente junto al Trono de Dios, presidiendo el culto de adoración que se le tributa al Altísimo y ofreciéndole las oraciones de los Santos, simbolizadas por el incienso cuyo humo asciende a los cielos. Por lo tanto, es muy justo ver en él al Modelo de los adoradores eucarísticos.

San Miguel, Patrono de la lucha contra el Comunismo

                    Estos comentarios sobre la devoción a San Miguel Arcángel serían incompletos si no contuvieran una referencia a la magnífica oración en alabanza suya, que León XIII quiso que se recitara en todo el Orbe Católico, después de la Misa, por el celebrante arrodillado a los pies del Altar. 

                    Es sabido que el propósito de esta oración era obtener una solución a la cuestión romana, que mantenía en litigio a la Santa Sede y a Italia desde la conquista de Roma por las tropas garibaldinas. Lo que parecía imposible para la sabiduría humana fue obtenido gracias a las oraciones de toda la Iglesia. El Tratado de Letrán (1929) puso término a la espinosa cuestión. 



Como ocurre con muchas imágenes de este blog, la presente estampa se puede
imprimir a doble cara, para uso personal o hacer apostolado, gratuito, sin fines de lucro


                    Después de esto, Pío XI dispuso que esta oración se rezara por la conversión de Rusia y la derrota mundial del Comunismo. El Comunismo constituye, en nuestros días, un tremendo peligro que pone en sobresalto a todas las naciones de la tierra. Por su ateísmo radical, por el espíritu de revuelta que preside toda su concepción de la sociedad, de la cultura, de la economía y de la vida en general, es nítidamente diabólico. Por ello, San Miguel Arcángel es el Patrono naturalmente indicado para la lucha contra el comunismo.

                    Así debemos hacer nuestro el propósito expresado en el himno que la Sagrada Liturgia canta en alabanza a San Miguel en su Fiesta: “Contra ducem superbiae sequamur hunc nos Principem, ut detur ex Agni Throno nobis corona Gloriae”: en la lucha contra el jefe del orgullo, sigamos al Príncipe San Miguel, para que del Trono del Cordero nos llegue la corona de Gloria.


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira, 
revista "Catolicismo", nº. 9, Septiembre de 1951


NOTA

                    1) Debe tener en cuenta el lector que el Doctor Plinio escribió este artículo cuando empezaba la década de 1950, los últimos años de gloria de la Iglesia Romana, hoy tomada por el Modernismo; esa época, otrora cargada de Piedad y Temor de Dios ya pasó: los católicos íntegros permanecemos en catacumbas, muy lejos de la "Iglesia del Concilio" que desterró para siempre todo aquello que santificara a nuestros abuelos.