domingo, 31 de diciembre de 2023

En 2024 se cumple el 170 ANIVERSARIO DEL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA NUESTRA SEÑORA



               ... ¿quién no ha experimentado que no hay un camino más seguro y más expedito para unir a todos con Cristo que el que pasa a través de María, y que por ese camino podemos lograr la perfecta adopción de hijos, hasta llegar a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios? En efecto, si verdaderamente a María le fue dicho: Bienaventurada Tú que has creído, porque se cumplirá todo lo que el Señor te ha dicho, de manera que verdaderamente concibió y parió al Hijo de Dios; si realmente recibió en Su vientre a Aquél que es la Verdad por naturaleza, de manera que engendrado en un nuevo orden, con un nuevo nacimiento se hizo invisible en sus categorías, visible en las nuestras; puesto que el Hijo de Dios hecho hombre es autor y consumador de nuestra Fe, es de todo punto necesario reconocer como partícipe y como Guardiana de los Divinos Misterios a Su Santísima Madre en la cual, como el fundamento más noble después de Cristo, se apoya el edificio de la Fe de todos los siglos.

                ...nadie dudará que a través de la Virgen, y por Ella en grado sumo, se nos da un camino para conocer a Cristo, simplemente con pensar que Ella fue la única con la que Jesús, como conviene a un hijo con su madre, estuvo unido durante treinta años por una relación familiar y un trato íntimo. Los admirables Misterios del nacimiento y la infancia de Cristo, y, sobre todo, el de la asunción de la naturaleza humana que es el inicio y el fundamento de la Fe ¿a quién le fueron más patentes que a la Madre?. La cual ciertamente, no sólo conservaba ponderándolos en Su Corazón los sucesos de Belén y los de Jerusalén en el Templo del Señor, sino que, participando de las decisiones y los misteriosos designios de Cristo, debe decirse que vivió la misma vida que Su Hijo. Así pues, nadie conoció a Cristo tan profundamente como Ella; nadie más apta que ella como Guía y Maestra para conocer a Cristo.

               ¿No es María Madre de Cristo?. Por tanto, también es Madre nuestra. Pues cada uno debe estar convencido de que Jesús, el Verbo que se hizo carne, es también el Salvador del género humano, y en cuanto Dios-Hombre, fue dotado, como todos los hombres, de un cuerpo concreto; en cuanto Restaurador de nuestro linaje, tiene un cuerpo espiritual, al que se llama Místico, que es la Sociedad de quienes creen en Cristo. 

               Así pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y los que, como dice el Apóstol, somos miembros de Su Cuerpo, partícipes de Su carne y de sus huesos, hemos salido del Vientre de María, como partes del cuerpo que permanece unido a la cabeza. De donde, de un modo ciertamente espiritual y místico, también nosotros nos llamamos hijos de María y Ella es la Madre de todos nosotros. Madre en espíritu... pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo que somos nosotros.

              Cristo está sentado a la derecha de la Majestad en los Cielos; María a su vez está como Reina a Su derecha, Refugio segurísimo de todos los que están en peligro y fidelísima Auxiliadora, de modo que nada hay que temer y por nada desesperar con Ella como Guía, bajo Su auspicio, con Ella como Propiciadora y Protectora.

               ...es auténtica la piedad hacia la Madre de Dios cuando nace del alma; y en este punto no tiene valor ni utilidad alguna la acción corporal, si está separada de la actitud del espíritu. Actitud que necesariamente se refiere a la obediencia rendida a los Mandamientos del Hijo Divino de María. Pues si sólo es amor verdadero el que es capaz de unir las voluntades, es conveniente que nuestra voluntad y la de su Santísima Madre se unan en el servicio a Cristo Señor. Lo que la Virgen prudentísima decía a los siervos en las bodas de Caná, eso mismo nos dice a nosotros: "Haced lo que Él os diga", y lo que Cristo dice es: "Si quieres entrar en la vida, guarda los Mandamientos" .

               Por eso, cada uno debe estar persuadido de que, si la piedad que declara hacia la Santísima Virgen no le aparta del pecado o no le estimula a la decisión de enmendar las malas costumbres, su piedad es artificial y falsa, por cuanto carece de su fruto propio y genuino.


Extractos de la Encíclica Ad Diem Illud Laetissimum
del Papa San Pío X, 2 de Febrero de 1904



viernes, 29 de diciembre de 2023

ORACIÓN para obtener gracias por intercesión de Sor Josefa Menéndez

 



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y difusión, sin fines de lucro ni comerciales




CENTENARIO DE SOR JOSEFA MENÉNDEZ, Confidente y Víctima del Sagrado Corazón de Jesús

 


               Josefa Menéndez y del Moral nació en Madrid el 4 de Febrero de 1890, en un hogar modesto pero muy cristiano, bien pronto visitado por el dolor. A la edad de cinco años Josefa recibió la Confirmación, y el Espíritu Santo se apoderó del pequeño Instrumento para hacerlo dócil a la acción divina. Tenía siete años cuando se confesó por primera vez, en un Primer Viernes, día memorable en su vida, del que escribía más tarde: "3 de Octubre de 1897: Mi primera confesión. ¡Si siempre tuviera la misma contrición de aquel día!".

               Cumplidos los once años, por recomendación de su Director Espiritual, Padre José María Rubio (que ingresó más tarde en la Compañía de Jesús), la admitieron las Religiosas de María Reparadora en el grupo de niñas que, por las tardes, se reunían para prepararse a la primera comunión, y los deseos de Josefa se enardecían a la perspectiva de tan dichoso día. Cuando llegó su Primera Comunión escribiría: "Desde hoy, 19 de Marzo de 1901, prometo a mi Jesús, delante del Cielo y de la tierra, poniendo por testigos a mi Madre la Virgen Santísima y a mi Padre y Abogado San José, guardar siempre la preciosa virtud de la virginidad, no teniendo otro deseo que agradar a Jesús, ni otro temor que disgustarle. Enseñadme, ¡Dios mío!, cómo queréis que sea vuestra del modo más perfecto, para siempre amaros y nunca ofenderos. Esto lo quiero y pido hoy, día de mi Primera Comunión. Virgen Santísima, os lo pido hoy, que es la fiesta de vuestro Esposo San José". Josefa conservó preciosamente el testimonio de su primera ofrenda, y la hojita amarillenta, escrita con gruesos caracteres de letra infantil, fue hasta su muerte el tesoro de su fidelidad.

               La muerte del padre, piadosamente asistido por el Reverendo Padre Rubio, dejó a la jovencita como único apoyo de su madre y de dos hermanas, a las que sostenía con su trabajo. Josefa hábil costurera, conoció las privaciones y preocupaciones, el trabajo asiduo y las vigilias prolongadas de la vida obrera, pero su alma enérgica y bien templada vivía ya del amor del Corazón de Jesús, que le atraía a sí irresistiblemente. Su carácter jovial, el ardor que ponía en todo, su intuición para adivinar lo que agradaba a los demás, olvidándose a sí misma, hacían de ella el alma de su hogar en el que todo era dicha y unión y donde las alegrías mejores iban siempre marcadas con el sello de la Fe. Durante mucho tiempo deseó la vida religiosa, sin que le fuese dado romper los lazos que la unían al mundo; su trabajo era necesario a los suyos y su corazón, tan amante y tan tierno, no se resolvía a separarse de su madre, que a su vez creía no poder vivir sin el cariño y el apoyo de su hija mayor.



               Por fin, el 5 de Febrero de 1920, Josefa dejaba a su hermana a su hermana ya en edad al cuidado de su madre y abandonaba su casa y su Patria querida, para seguir más allá de la frontera a Aquél cuyo amor divino y soberano tiene derecho a pedírselo todo. Sola y pobre se presentó en Poitiers, en el convento del Sagrado Corazón de los Feuillants, santificado en otros tiempos por la estancia en él de Santa María Magdalena Sofía Barat. Allí se había reanudado hacía poco la obra de la Santa Fundadora y a su Sombra florecía de nuevo un Noviciado de Hermanas Coadjutoras del Sagrado Corazón. Nadie pido sospechar los designios divinos que ya empezaban a ser realidad. Sencilla y laboriosa, entregada por completo a su trabajo y a su formación religiosa, Josefa en nada se distinguía de las demás, desapareciendo en el conjunto. 

               El 16 de Julio de 1920, Josefa vestía el Santo Hábito. Gracias a la caridad de las Madres del Sagrado Corazón de Madrid, su madre y su hermana Ángela, pudieron acompañarla ese día; para su corazón tierno y amante fue gran consuelo verlas y hacerles compartir su dicha. Volvieron dos años después, el 16 de Julio de 1922, día radiante de sus primeros votos. Ni ellas, ni la familia religiosa de Josefa, pudieron traslucir la misteriosa unión que se realizaba entre el Corazón de Jesús y el de su Esposa.

               El espíritu de mortificación de que estaba animada, la intensa vida interior que practicaba, y una como sobrenatural intuición en cuanto a su vocación se refería, llamaba la atención de algunas personas que la trataron con más intimidad. Pero las gracias de Dios permanecieron ocultas a cuantas la rodeaban, y desde el día de su llegada hasta su muerte, logró pasar desapercibida, en medio de la sencillez de una vida de la más exquisita fidelidad. Y en esta vida oculta, Jesús le descubrió su Corazón. "Quiero —le dijo— que seas el Apóstol de Mi Misericordia. Ama y nada temas. Quiero lo que tú no quieres... pero puedo lo que tú no puedes... A pesar de tu gran indignidad y miseria, me serviré de ti para realizar Mis designios". Desde entonces y hasta poco antes de su muerte, Sor Josefa recibiría numerosas revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús, de la Virgen Santísima y también de algunos Santos; en otras ocasiones sería místicamente trasportada al Purgatorio y hasta el Infierno... todo de cuanto fue confidente y testigo sobrenatural, lo recogió por escrito, siguiendo las indicaciones de su Superiora y de su Confesor. Todos estos dones de Dios permanecieron ocultos a sus propios ojos y a su alrededor, y desde que ingresó en el Convento, hasta la muerte, pasó inadvertida bajo el velo de una vida perfectamente fiel.

               Viéndose objeto de estas predilecciones divinas, y ante el Mensaje que debía transmitir, la humilde Hermanita temblaba y sentía levantarse gran resistencia en su alma. La Santísima Virgen fue entonces para ella la estrella que guía por camino seguro, y encontró en la Obediencia su mejor y único refugio, sobre todo, al sentir los embates del enemigo de todo bien, a quien Dios dejó tanta libertad. Su pobre alma experimentó terribles asaltos del infierno, y en su cuerpo llevó a la tumba las huellas de los combates que tuvo que sostener. Con su vida ordinaria de trabajo callado, generoso v a veces heroico, ocultaba el misterio de gracia y de dolor que lentamente consumía todo su ser. 

               Por su experiencia como costurera fue designada para la hechura de los uniformes del Colegio; en cuanto hizo los Votos le confiaron la dirección del taller, con algunas novicias y postulantes para ayudarla. Sin escatimar trabajo las formaba, distribuyéndoles con discernimiento la labor, remediando sus torpezas con bondad.

               Después de pasar por pruebas misteriosas y que debían completar su corona y consumar su ofrenda, se realizaba para Josefa en la soledad de su último suspiro la palabra del Divino Maestro: "Sufrirás, y abismada en el sufrimiento, morirás... No busques alivio ni descanso: no lo encontrarás, puesto que Yo Soy el que así lo dispongo..." . 



               A principios de Diciembre de 1923, Sor Josefa guardaba cama por un fuerte agotamiento; allí emitiría su Profesión Religiosa al tiempo que recibía la Extremaunción. Obedeciendo a sus Superioras, Josefa tuvo aún fuerzas para escribir una carta de despedida a su madre y a sus hermanas. No pueden leerse sin emoción estos renglones tan sencillos y tan fervorosos. Dice así: "Miren, queridas mías; yo estoy contenta de morir porque sé que es la Voluntad de Aquel que amo. Además, mi alma tiene deseo de poseerle y verle sin velos, como se le ve aquí en la tierra... No lloren, ni estén tristes. Miren que la muerte es el principio de la vida para el alma que ama y espera. Nuestra separación será corta, porque la vida pasa muy pronto y luego estaremos juntas toda la eternidad. No crean que estoy triste. Estos cuatro años de vida religiosa han sido para mí cuatro años de cielo. Lo único que deseo para mis hermanas, es que gocen como he gozado, pues crean que nada da tanta paz como hacer la Voluntad de Dios. No crean que muero de sufrimiento ni de pena, al contrario. ¿Mi muerte?, creo que es más, ¡de amor! Yo no me siento enferma, pero tengo algo que me hace desear el Cielo porque no puedo pasar sin ver e Jesús y a la Virgen...Muero muy feliz, pero nada me da esta felicidad sino el saber que he hecho la Voluntad de Dios. El me ha hecho marchar por caminos muy contrarios a mi gusto y a mis deseos, pero me recompensa en estos últimos días de mi vida que me encuentro envuelta en la paz del Cielo".

               En la consumación del más fiel Amor, Sor Josefa entregaba su alma a Dios un Sábado, 29 de Diciembre 1923, a las ocho de la noche. Al instante, una impresión sobrenatural de gracia y de paz, se esparció por toda la Casa; el Cielo parecía descender a la celda de la Hermana. Rodeada de azucenas, Josefa descansaba... Su rostro reflejaba la estabilidad serena de la eternidad, con una expresión de majestad que impresionaba. Parecía que el Sagrado Corazón de Jesús, resplandeciendo ya a través de los restos mortales de Su pequeño instrumento, oculto hasta entonces de modo tan divino, comenzaba a descubrir a las almas el Llamamiento ardiente de Su Amor.

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martes, 26 de diciembre de 2023

EN LA HERMOSÍSIMA LUZ DE DIOS; "YO EN DIOS O EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo 1, puntos 5-7

 


               5- Si algunos hombres dejaron escrito que eran felices, ciertamente no lo eran, ni aun con una felicidad muy condicionada, muy limitada y por muy breve tiempo; y la felicidad, para serlo, no ha de tener límites ni de inseguridad ni de tiempo. No eran felices ni podían serlo aun cuando por breves instantes fueran acariciados por brisas de bienestar y delicia. Ni los santos fueron felices escogiendo la vida espiritual de recogimiento con Dios, o de apostolado por amor de Dios y del prójimo; ni lo fueron los hombres que escogieron el camino de la gloria y de la fama humana, o el camino del regalo, de la comodidad, de darse gusto en todo y vivir las diversiones de la vida. Deseaban todos y procuraban la felicidad; los unos la procuraban para la vida futura del cielo; los otros, para la vida actual en la tierra; pero ni los unos ni los otros la poseían. El santo la tiene en esperanza de que Dios se la dará, no la tiene en la realidad actual. A ella se refieren cuando alguna vez hablan de que eran felices. Porque no poseían la realidad actual de la felicidad, vemos que deseaban con deseo vehemente salir de esta vida para ir a ver a Dios, y obtener ya la felicidad actual con la visión y posesión de Dios. Porque Dios es la felicidad perfecta e infinita y comunica felicidad y por la visión gloriosa de la esencia de Dios se obtiene la posesión de la felicidad. Ahora, en la tierra, sólo podemos tenerla en esperanza. Nos lo enseña la fe y la experiencia. 

               6- Los Santos buscaban a Dios, y en Dios la felicidad. Por todos es buscada, nos lo dice San Agustín con estas palabras: ¿Y a Ti, Señor, de qué modo te puedo buscar? Porque cuando te busco a Ti, Dios mío, busco la vida bienaventurada. Que te busque yo para que viva mi alma. Porque si mi cuerpo vive de mi alma, mi alma vive de Ti. ¿Cómo, pues, busco la vida bienaventurada —porque no la poseeré hasta que diga «basta» allí donde conviene que lo diga—, cómo la busco, pues?... ¿Acaso no es la vida bienaventurada la que todos apetecen sin que haya ninguno que no la desee? ¿Dónde la vieron para amarla? Ciertamente que tenemos su imagen no sé de qué modo. Mas es diverso el modo de ser feliz: el que lo es por poseer realmente aquélla, y los que son felices en esperanza. Sin duda que éstos la poseen de modo inferior a aquellos que son felices en realidad. Con todo, son mejores que aquellos que ni en realidad ni en esperanza son felices. Pero ni éstos desearan tanto ser felices si no tuvieran una noción de la felicidad del modo que sea. Pero que la desean es ciertísimo (1). Y más adelante el mismo San Agustín da la noción de la felicidad verdadera hablando con Dios: Lejos, Señor, lejos del corazón de tu siervo, que se confiesa a Ti, lejos de mí juzgarme feliz por cualquier gozo que disfrute. Porque hay un gozo que no se da a los impíos, sino a los que generosamente te sirven, y ese gozo eres Tú mismo. Y la misma vida bienaventurada no es otra cosa que gozar de Ti, para Ti y por Ti. Esa es y no otra. Mas los que piensan que es otra, otro es también el gozo que persiguen, aunque no el verdadero. Sin embargo, su voluntad no se aparta de cierta imagen de gozo (2). La vida feliz es, pues, el gozo de la verdad, porque este es un gozo de Ti, que eres la Verdad, ¡oh Dios, luz mía, salud de mi rostro, Dios mío! Todos desean esta vida feliz; todos quieren esta vida, la sola feliz; todos quieren el gozo de la verdad (3). Cuando yo me adhiere a Ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será viva, llena toda de Ti. Mas ahora, como al que Tú llenas lo elevas, me soy carga a mí mismo, porque no estoy lleno de Ti... ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? (4). Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras (5). 

               7- Cuando la atención del alma está fija en la hermosísima luz de Dios, que es la verdadera y única felicidad, todos los contratiempos y dolores y todas las pruebas y persecuciones que se presentan en la vida se ven orlados de alegría y de encanto. Esta es la razón de las expresiones de felicidad relativa, que leemos de muchas almas enamoradas de Dios comunicándose su contento en la prueba y en el dolor. La esperanza y el amor los transforman. 

                Preso estaba en una cárcel de Japón y esperando la hora de ser quemado vivo por predicar a Jesucristo el Beato Francisco de Morales cuando escribe a sus hermanos los religiosos dominicos: «Es Dios Nuestro Padre Señor tan largo en misericordias, que no sólo recibí cuando me llevaban preso el mayor gusto que en toda mi vida había tenido, sino que jamás había entendido que, estando en la tierra, pudiese un hombre tenerlo tan grande como yo lo tenía entonces en mi alma... Si quisiera dar oídos a mi personal inclinación, no cambiaría este lugar, que es para mí un paraíso, por los más deliciosos lugares del mundo... Cuando contemplo a Jesucristo clavado en la cruz con tales dolores y tormentos, la cárcel se me hace un paraíso de delicias» (6). No tenían la felicidad, pero la gracia especial de Dios, el amor y la esperanza, hacían de la cárcel un paraíso; la veían como la antesala de la felicidad del cielo. Es el lleno de felicidad muy relativa que han expresado muchos santos considerando su alma convertida en un paraíso por la presencia amorosa de Dios, y que Santa Teresa de Jesús, como otros muchos místicos, decía del gozo que entonces la comunicaba Dios no podía compararse con ningún gozo de la tierra, y con un solo momento que se tuviese, daba por bien pagados cuantos trabajos y pruebas, exteriores e interiores, hubiera pasado. No se puede dejar de desear con gran deseo la felicidad para la cual hemos sido criados.


NOTAS

1) San Agustín: Confesiones, lib. X, cap. XX, y De la Trinidad, lib. XIII, 5.
2) Id., id, lib. X, cap. XXII. 
3) Id., id., lib. X, cap. XXIII. 
4) Id., id., lib. X, cap. XXVIII. Ver más adelante el capítulo VIII. 
5) Id., id., lib. X, cap. XXIX.
6) Isabel Flores de Lemus: Año Cristiano Ibero Americano, 14 de septiembre.



domingo, 24 de diciembre de 2023

LA GRUTA DE LA NATIVIDAD, según los escritos de la mística María Valtorta

  


                  Veo el interior de este pobre albergue rocoso que María y José comparten con los animales. La pequeña hoguera está a punto de apagarse, como quien la vigila a punto de quedarse dormido. María levanta Su cabeza de la especie de lecho y mira. Ve que José tiene la cabeza inclinada sobre el pecho como si estuviese pensando, y está segura que el cansancio ha vencido su deseo de estar despierto. ¡Qué hermosa sonrisa le aflora por los labios!. Haciendo menos ruido que haría una mariposa al posarse sobre una rosa, se sienta, y luego se arrodilla. Ora. Es una sonrisa de bienaventurada la que llena Su rostro. Ora con los brazos abiertos no en forma de cruz, sino con las palmas hacia arriba y hacia adelante, y parece como si no se cansase con esta posición. Luego se postra contra el heno orando más intensamente. Una larga plegaria.

                  José se despierta. Ve que el fuego casi se ha apagado y que el lugar está casi oscuro. Echa unas cuantas varas. La llama prende. Le echa unas cuantas ramas gruesas, y luego otras más, porque el frío debe ser agudo. Un frío nocturno invernal que penetra por todas las partes de estas ruinas. El pobre José, como está junto a la puerta -llamemos así a la entrada sobre la que su manto hace las veces de puerta- debe estar congelado. Acerca sus manos al fuego. Se quita las sandalias y acerca los pies al fuego. Cuando ve que éste va bien y que alumbra lo suficiente, se da media vuelta. No ve nada, ni siquiera lo blanco del velo de María que formaba antes una línea clara en el heno oscuro. Se pone de pie y despacio se acerca a donde está María.

               «¿No te has dormido?» le pregunta. Y por tres veces lo hace, hasta que Ella se estremece, y responde: «Estoy orando».

               «¿Te hace falta algo?»

               «Nada, José»

               «Trata de dormir un poco. Al menos de descansar»

               «Lo haré. Pero el orar no me cansa»

               «Buenas noches, María»

               «Buenas noches, José»

                  María vuelve a Su antigua posición. José, para no dejarse vencer otra vez del sueño, se pone de rodillas cerca del fuego y ora. Ora con las manos juntas sobre la cara. Las mueve algunas veces para echar más leña al fuego y luego vuelve a su ferviente plegaria. Fuera del rumor de la leña que chisporrotea, y del que produce el borriquillo que algunas veces golpea su pezuña contra el suelo, otra cosa no se oye.

                  Un rayo de luna se cuela por entre una grieta del techo y parece como hilo plateado que buscase a María. Se alarga, conforme la luna se alza en lo alto del Cielo, y finalmente la alcanza. Ahora está sobre Su cabeza que ora. La nimba de su candor.

                  María levanta Su cabeza como si de lo alto alguien la llamase, nuevamente se pone de rodillas. ¡Oh, qué bello es aquí!. Levanta Su cabeza que parece brillar con la luz blanca de la luna, y una sonrisa sobrehumana transforma Su rostro. ¿Qué cosa está viendo? ¿Qué oyendo? ¿Qué cosa experimenta? Sólo Ella puede decir lo que vio, sintió y experimentó en la hora dichosa de Su Maternidad. Yo sólo veo que a Su alrededor la luz aumenta, aumenta, aumenta. Parece como si bajara del Cielo, parece como si manara de las pobres cosas que están a su alrededor, sobre todo parece como si de Ella procediese.

                   Su vestido azul oscuro, ahora parece estar teñido de un suave color de miosotis, Sus manos y Su rostro parecen tomar el azulino de un zafiro intensamente pálido puesto al fuego. Este color, que me recuerda, aunque muy tenue, el que veo en las visiones del Santo Paraíso, y el que vi en la visión de cuando vinieron los Magos, se difunde cada vez más sobre todas las cosas, las viste, purifica, las hace brillantes.

                  La luz emana cada vez con más fuerza del cuerpo de María; absorbe la de la luna, parece como que Ella atrajese hacia Sí la que le pudiese venir de lo alto. Ya es la Depositaria de la Luz. La que será la Luz del mundo. Y esta beatífica, incalculable, inconmensurable, eterna, divina Luz que está para darse, se anuncia con un alba, una alborada, un coro de átomos de luz que aumentan, aumentan cual marea, que suben, que suben cual incienso, que bajan como una avenida, que se esparcen cual un velo...

                  La bóveda, llena de agujeros, telarañas, escombros que por milagro se balancean en el aire y no se caen; la bóveda negra, llena de humo, apestosa, parece la bóveda de una sala real. Cualquier piedra es un macizo de plata, cualquier agujero un brillar de ópalos, cualquier telaraña un preciosismo baldaquín tejido de plata y diamantes. Una lagartija que está entre dos piedras, parece un collar de esmeraldas que alguna reina dejara allí; y unos murciélagos que descansan parecen una hoguera preciosa de ónix. El heno que sale de la parte superior del pesebre, no es más hierba, es hilo de plata y plata pura que se balancea en el aire cual se mece una cabellera suelta.



                  El pesebre es, en su madera negra, un bloque de plata bruñida. Las paredes están cubiertas con un brocado en que el candor de la seda desaparece ante el recamo de perlas en relieve; y el suelo... ¿qué es ahora?. Un cristal encendido con luz blanca; los salientes parecen rosas de luz tiradas como homenaje a él; y los hoyos, copas preciosas de las que broten aromas y perfumes.

                  La luz crece cada vez más. Es irresistible a los ojos. En medio de ella desaparece, como absorbida por un velo de incandescencia, la Virgen... y de ella emerge la Madre.

                  Sí. Cuando soy capaz de ver nuevamente la luz, veo a María con Su Hijo recién nacido entre los brazos. Un Pequeñín, de color rosado y gordito, que gesticula y mueve Sus manitas gorditas como capullo de rosa, y Sus piecitos que podrían estar en la corola de una rosa; que llora con una vocecita trémula, como la de un corderito que acaba de nacer, abriendo Su boquita que parece una fresa selvática y que enseña una lengüita que se mueve contra el paladar rosado; que mueve Su cabecita tan rubia que parece como si no tuviese ni un cabello, una cabecita redonda que la Mamá sostiene en la palma de Su mano, mientras mira a Su Hijito, y lo adora ya sonriendo, ya llorando; se inclina a besarlo no sobre Su cabecita, sino sobre Su pecho, donde palpita Su corazoncito, que palpita por nosotros... allí donde un día recibirá la lanzada. Se la cura de antemano Su Mamita con un beso inmaculado.

                  El buey, que se ha despertado al ver la claridad, se levanta dando fuertes patadas sobre el suelo y muge. El borrico vuelve su cabeza y rebuzna. Es la luz la que lo despierta, pero yo me imagino que quisieron saludar a su Creador, creador de ellos, creador de todos los animales.

                  José que oraba tan profundamente que apenas si caía en la cuenta de lo que le rodeaba, se estremece, y por entre sus dedos que tiene ante la cara, ve que se filtra una luz. Se quita las manos de la cara, levanta la cabeza, se voltea. El buey que está parado no deja ver a María. Ella grita: «José, ven».

                  José corre. Y cuando ve, se detiene, presa de reverencia, y está para caer de rodillas donde se encuentra, si no es que María insiste: «Ven, José», se sostiene con la mano izquierda sobre el heno, mientras que con la derecha aprieta contra Su Corazón al Pequeñín. Se levanta y va a José que camina temeroso, entre el deseo de ir y el temor de ser irreverente.

                       A los pies de la cama de paja ambos esposos se encuentran y se miran con lágrimas llenas de felicidad.

                       «Ven, ofrezcamos a Jesús al Padre» dice María.

                       Y mientras José se arrodilla, Ella de pie entre dos troncos que sostienen la bóveda, levanta a Su Hijo entre los brazos y dice: «Heme aquí. En Su Nombre, ¡oh Dios!. Te digo esto. Heme aquí para hacer Tu Voluntad. Y con Él, Yo, María y José, mi esposo. Aquí están Tus siervos, Señor. Que siempre hagamos a cada momento, en cualquier cosa, Tu Voluntad, para Gloria Tuya y por amor Tuyo». Luego María se inclina y dice: «Tómalo, José» y ofrece al Pequeñín.

                       «¿Yo? ¿ Me toca a mí? ¡Oh, no! ¡No soy digno!» José está terriblemente despavorido, aniquilado ante la idea de tocar a Dios.

                       Pero María sonriente insiste: «Eres digno de ello. Nadie más que tú, y por eso el Altísimo te escogió. Tómalo, José y tenlo mientras voy a buscar los pañales».

                       José, rojo como la púrpura, extiende sus brazos, toma ese montoncito de carne que chilla de frío y cuando lo tiene entre sus brazos no siente más el deseo de tenerlo separado de sí por respeto, se lo estrecha contra el corazón diciendo en medio de un estallido de lágrimas: 

                       «¡Oh, Señor, Dios mío!» y se inclina a besar los piececitos y los siente fríos. Se sienta, lo pone sobre sus rodillas y con su vestido café, con sus manos procura cubrirlo, calentarlo, defenderlo del viento helado de la noche. Quisiera ir al fuego, pero allí la corriente de aire que entra es peor. Es mejor quedarse aquí. No. Mejor ir entre los dos animales que defienden del aire y que despiden calor. Y se va entre el buey y el asno y se está con las espaldas contra la entrada, inclinado sobre el Recién nacido para hacer de su pecho una hornacina cuyas paredes laterales son una cabeza gris de largas orejas, un grande hocico blanco cuya nariz despide vapor y cuyos ojos miran bonachonamente.

                       María abrió ya el cofre, y sacó ya lienzos y fajas. Ha ido a la hoguera a calentarlos. Viene a donde está José, envuelve al Niño en lienzos tibios y luego en Su velo para proteger Su cabecita. «¿Dónde lo pondremos ahora?» pregunta.

                       José mira a su alrededor. Piensa... «Espera» dice. «Vamos a echar más acá a los dos animales y su paja. Tomaremos más de aquella que está allí arriba, y la ponemos aquí dentro. Las tablas del pesebre lo protegerán del aire; el heno le servirá de almohada y el buey con su aliento lo calentará un poco. Mejor el buey. Es más paciente y quieto». Y se pone hacer lo dicho, entre tanto María arrulla a Su Pequeñín apretándoselo contra Su Corazón, y poniendo Sus mejillas sobre la cabecita para darle calor.



                        José vuelve a atizar la hoguera, sin darse descanso, para que se levante una buena llama. Seca el heno y según lo va sintiendo un poco caliente lo mete dentro para que no se enfríe. Cuando tiene suficiente, va al pesebre y lo coloca de modo que sirva para hacer una cunita. 

               «Ya está» dice. « Ahora se necesita una manta, porque el heno espina y para cubrirlo completamente... »

               «Toma Mi manto» dice María.

               «Tendrás frío»

               «¡Oh, no importa! La capa es muy tosca; el manto es delicado y caliente. No tengo frío para nada. Con tal de que no sufra Él»

                  José toma el ancho manto de delicada lana de color azul oscuro, y lo pone doblado sobre el heno, con una punta que pende fuera del pesebre. El primer lecho del Salvador está ya preparado.

                  María, con Su dulce caminar, lo trae, lo coloca, lo cubre con la extremidad del manto; le envuelve la cabecita desnuda que sobresale del heno y la que protege muy flojamente Su velo sutil. Tan sólo Su Rostro pequeñito queda descubierto, gordito como el puño de un hombre, y los dos, inclinados sobre el pesebre, Bienaventurados, lo ven dormir Su primer sueño, porque el calor de los pañales y del heno han calmado Su llanto y han hecho dormir al Dulce Jesús. 


Revelación de Nuestro Señor a la mística italiana María Valtorta, 6 de Junio de 1944




sábado, 23 de diciembre de 2023

LOS SACRIFICIOS DE TU VIDA UNIDOS A MIS MERECIMIENTOS SERÁN CLARIDAD

 


               Después de la Sagrada Comunión, (Jesús Nuestro Señor) me instruyó nuevamente e inundó mi alma con Su claridad divina. Describiré algunas de Sus palabras que me dirigió: 

               "Mi claridad te penetra y te rodea. Tú, por medio de Mí, alumbras en el oscuro adviento a aquellas almas que todavía Me están esperando: los sacrificios de tu vida unidos a Mis Merecimientos, serán claridad para ellos también. Yo dije. ‘Ustedes son la luz del mundo’, a quienes inundo con la Luz especial de Mi gracia. Tú, ustedes tendrán que expandir claridad sobre las manchas oscuras de la Tierra que están bajo la sombra del pecado, para que Mi claridad divina atraiga al verdadero camino las almas que andan a tientas en la sombra del pecado y de la muerte".

               Hoy, todo el día, meditaba sobre las Palabras del Señor Jesús y me quedé pensando especialmente en aquellas… "...los sacrificios de tu vida unidos a Mis Merecimientos serán claridad para ellos también"... ¡Oh, mi adorado Jesús! Yo, ¡pequeño granito de polvo! ¡No es sino la claridad que recibí de Ti lo que resplandece desde mí también! ¡Oh, qué infinitamente Bueno eres y qué inconmensurablemente grande será aquella Luz, que no se apaga desde el principio del mundo hasta su fin, sino ininterrumpidamente se irradia sobre nosotros! 

               Y pensaba que cuando no veía con claridad la llama de esta Luz que ardía hacia mí, hubo apatía y negligencia en mi alma. Te pido suplicante, mi adorado Jesús: perdona mis pecados y mi indiferencia con que yo también Te ofendí y derrama Tu Caridad perdonadora, sobre todos aquellos por quienes hago mis pequeños sacrificios a Tus Méritos infinitos. Y premia el ardiente anhelo de mi alma por la salvación de las almas con el resplandor de Tu Claridad, para que aquellas almas también en quienes todavía no ha penetrado Tu Luz, sientan y vean Tu anhelo. 


Diario Espiritual de Isabel Kindelmann, Terciaria Carmelita, 17 de Diciembre de 1965



viernes, 22 de diciembre de 2023

LAS SÚPLICAS DEL ALMA QUE TODO LO ESPERA DE MÍ. En el Centenario de Sor Josefa Menéndez

     

               Sor Josefa Menéndez fue una humilde religiosa lega, casi analfabeta y que jamás destacó en nada; a su muerte -que ahora celebramos el centenario- el mundo entero conoció las enormes gracias que el Sagrado Corazón de Jesús quiso regalar a esta sencilla mujer, que escribió, por estricta obediencia, todo cuanto el Divino Salvador quiso compartir con ella a través de hermosas e íntimas confidencias; compiladas en un libro titulado "Un Llamamiento al Amor", recibirían no sólo la aprobación de la Iglesia, sino además, la recomendación particular del entonces Cardenal Eugenio Pacelli, luego Papa Pío XII.

                Te animo pues a hacerte con un ejemplar de "UN LLAMAMIENTO AL AMOR"  y que divulgues su lectura, como eficaz apostolado de quienes desean que el Corazón de Jesús sea más conocido y amado. Puedes adquirir (toca AQUÍun resumen del mismo libro en un folleto editado en Barcelona (España), por un precio muy económico, a fin de distribuirlo fácilmente entre otras muchas almas.



               Yo pregunto: ¿es posible amar de veras a quien apenas se conoce?... ¿Se puede hablar íntimamente con aquel de quien vivimos alejados o en quien no confiamos bastante?... Esto es, precisamente, lo que quiero recordar a Mis almas escogidas..., nada nuevo, sin duda, pe ¿no necesitan reanimar la Fe, el Amor, la Confianza? Quiero que Me traten con más intimidad, que me busquen en ellas, dentro de ellas mismas, pues ya saben que el alma en gracia es morada del Espíritu Santo; y, allí, que me vean como Soy, es decir, como Dios, pero Dios de Amor... 

               Que tengan más amor que temor, que sepan que Yo las amo y que no lo duden; pues hay muchas que saben que las escogí porque las amo, pero cuando sus miserias y sus faltas las agobian, se entristecen creyendo no les tengo ya el mismo amor que antes. Estas almas no Me conocen; no han comprendido lo que es Mi Divino Corazón... porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas Mi Bondad. Si reconocen su impotencia y su debilidad, y se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, Me glorifican mucho más que antes de haber caído. Lo mismo sucede cuando Me piden algo para sí o para los demás... si vacilan, si dudan de Mí, no honran a Mi Corazón. 

               Cuando el Centurión vino a pedirme que curase a su criado, Me dijo con gran humildad: "Yo no soy digno de que Vos vengáis a mi casa"; mas, lleno de Fe y de Confianza, añadió: "Pero Señor, decid sólo una palabra y mi criado quedará curado..." Este hombre conocía Mi Corazón, sabía que no puedo resistir a las súplicas del alma que todo lo espera de Mí. Este hombre Me glorificó mucho, porque a la humildad añadió firme y entera confianza. Sí, este hombre conocía Mi Corazón y, sin embargo, no Me había manifestado a él como Me manifiesto a Mis almas escogidas. 

               Por medio de la confianza, obtendrán copiosísimas gracias para sí mismas y para otras almas. Quiero que profundicen esta verdad porque deseo que revelen los caracteres de Mi Corazón a las pobres almas que no Me conocen.


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", 
Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la mística española Sor Josefa Menéndez

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jueves, 21 de diciembre de 2023

VÍCTIMAS DEL REINADO EUCARÍSTICO, de las Revelaciones al Hno. Estanislao José

 


               Sigue escribiendo nuestro Hermano Estanislao José: "Un día se me presentó Jesús con dos cruces, una en cada hombro. Yo le pregunté qué podría hacer para librarle de aquella carga, y Jesús me contestó: "Tómalas tú sobre los hombros". Y le dije: ¡Acepto!, y al instante se pasaron a mis hombros, quedando Jesús resplandeciente. Viéndome cargado con las dos cruces me ofrecí a Él como víctima, pero enseguida noto que son muy pesadas y que me es imposible llevarlas. Jesús quiere quitarme una, mas yo le digo que eso no lo consentía, y Él me dice: "¿Qué vas a hacer…?". "Señor -le respondo- llamaré a otras almas que participen en las mismas ideas para que así nosotros las llevemos y Tú descanses". 

               Inmediatamente se me presentan otras almas que generosamente toman sobre sí, parte del peso que yo llevaba, y con voluntad decidida siguen a Jesús. 

               Jesús me dice: "Precisamente venía en busca de estas almas que tú Me has presentado y que han oído Mi voz aceptando Mi invitación. Esto Me consuela de la tristeza que siente Mi Corazón cuando es ofendido por tantos pecados. Bien sabes tú que Me estoy formando un Ejército de estas almas generosas, Apóstoles de Nuestros Corazones Eucarísticos, los cuales han de conquistar el mundo entero. Y unidos a ellos, otro Ejército de Almas Víctimas que, con sus sacrificios, oraciones y voluntad sometida en todo a Mi Divino Querer, combatirán a brazo partido contra los enemigos de la eterna salvación. Estos Apóstoles y estas almas escondidas que Yo Me estoy escogiendo por medio de Mi Madre quiero que se llamen Víctimas de Nuestro Reinado Eucarístico, pues su fin principal es trabajar, orar y sufrir para establecer en España y en el mundo entero este Reinado"...

               Refiriéndose a estas almas eucarísticas, que llevarán en su pecho las Sagradas Especies de una a otra Comunión, el Hermano Estanislao José dice: "Vosotras estáis escogidas por vuestros amadísimos Soberanos. Para salvar al mundo perdido; no temáis ni al Demonio ni al mundo ni a la carne. Jesús-Hostia vive en vosotros, sed valientes, no temáis las contrariedades, los desprecios y humillaciones y demás trabajos que os han de venir. Si no tenéis consuelos buscadlos en el Sacramentado, ya en vuestro pecho, ya en el Sagrario. Allí debe estar vuestra alegría y vuestro gozo. Si les dais vuestra voluntad, Ellos se os darán todo a vosotros; si de veras les buscáis no estaréis tristes, aunque tengáis penas y contrariedades. Obrad como si tuvieseis el voto de lo más perfecto, siempre con delicadeza de conciencia. Adelante con las calumnias y desprecios, con estas joyas traeremos al mundo a nuestros amadísimos Soberanos los Corazones Eucarísticos de Jesús y María. Ellos han de reinar y pronto, no nos cansemos de trabajar por tan noble causa: busquemos los padecimientos, oremos con fervor y constancia, siempre alegres, siempre con gozo en el alma. Los primeros tronos del Cielo serán para las almas eucarísticas".


"Hermano Estanislao José, un joven heroico desconocido"

Hno. Ginés de María Rodríguez f.s.c.


               Olimpio Fernández Cordero nació el 23 de Septiembre de 1903, por lo que este año recordamos el 120 aniversario de su natalicio; vio la vida en Bustillo de la Vega, una pedanía de la provincia de Palencia (España). Desde muy pequeño dio claras muestras de una sincera piedad y de gran temor de Dios. Cuando estaba próximo a cumplir los 18 años ingresó en el Noviciado de Los Hermanos de La Salle de Bujedo (Burgos). Tornó su nombre por el de Estanislao José; según sus coetáneos siempre se comportó como un perfecto religioso. 

               Nuestro Señor y la Virgen Purísima se manifestarían a este joven consagrado para sumergirlo en una gran realidad sobrenatural: la Presencia de María Virgen en el Santísimo Sacramento del Altar, unida mística y realmente a Su Divino Hijo, desde que lo llevó en Sus entrañas virginales, hasta que los sostuvo entre Sus brazos tras el descendimiento de la Cruz, actuando así como Sagrario, Corredentora y Víctima junto a Nuestro Señor. 

               El Hermano Estanislao José murió en Griñón (Madrid), el 28 de Marzo de 1927, tras haberse ofrecido incesantemente como Víctima por el Reinado Eucarístico de los Sagrados Corazones.




miércoles, 20 de diciembre de 2023

EL CELESTE PATROCINIO DE SAN JOSÉ

 


                    "La Virgen Santísima, por ser la Madre de Jesucristo, es la Madre de todos los Cristianos, a los que engendró en el Calvario entre los tormentos del Redentor, y también porque Jesucristo es el Primogénito de los Cristianos, que son Sus hermanos por adopción y redención. De aquí que el Bienaventurado Patriarca San José, tenga confiada así, por una razón singular, toda la multitud de los Cristianos de que la Iglesia consta, a saber, esta familia innumerable extendida por toda la Tierra sobre la cual goza como de una autoridad paterna, en cuanto Esposo de María y Padre de Jesucristo. Conviene, por consiguiente, que el Bienaventurado José, que en otro tiempo cuidó santamente de la Familia de Nazaret en sus necesidades, así ahora defienda y proteja con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo".


Papa León XIII, Encíclica "Quamquam pluries", 15 de Agosto de 1889



lunes, 18 de diciembre de 2023

LA TIERRA SIEMPRE ES DESTIERRO; "YO EN DIOS O EL CIELO", por el Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo de Las Batuecas, capítulo 1, puntos 1-4

 

CAPÍTULO I 

EL HOMBRE DESEA LA FELICIDAD PERFECTA 


               1- Aún no ha alboreado la razón en el niño y ya inconscientemente y por instinto procura el bienestar y satisfacer su gusto. Cuando no puede conseguirlo lo reclama a su modo: con el llanto. La naturaleza del hombre necesariamente pide, busca y exige la felicidad con esperanza de conseguirla, o al menos el bienestar. Dentro de nosotros, en lo más íntimo de la naturaleza, llevamos la inclinación continua y vehemente de ser felices; lo anhelamos con más vehemencia que la misma vida. Ni tenemos necesidad de maestro alguno que nos enseñe qué es la felicidad, aunque sí le necesitamos para que nos indique el modo de vida que nos conduce a la felicidad verdadera y segura y el que nos impide y aleja de llegar a su posesión. 



               A todos nos ha creado Dios para la felicidad y ha puesto la inclinación, y aun la idea de ella, en nuestra naturaleza. Por esto se manifiesta ya en el niño antes que la razón. No es posible dejar de sentir la atracción del último fin. Todas nuestras actividades van encaminadas a conseguir la felicidad o acercarnos a su calor cuanto nos sea posible. La busca el santo y el penitente en su recogimiento, en su oración, en su sacrificio y penitencia. La busca el disipado y el regalado saboreando sus pasatiempos, sus diversiones y sus delicias. Se antepone la felicidad a la vida. La desea el que cuida con exageración de su salud; la desea el que aborrece su vida de tierra, porque la que vive es desgraciada y quiere dejar de sufrir hundiéndose en el silencio de la muerte. Se busca con ansia en los trabajos, en los negocios, en el bienestar, en el descanso, en los bienes de fortuna, en el regalo, en la diversión, en la fama, en la honra, en los conocimientos de la ciencia, en los juegos y pasatiempos, en la amenidad de los paseos y conversaciones con los amigos, y cree ciertamente la encontrará en el amor correspondido. Espera llegar a vivirla en la posesión de todos esos bienes. 

               El incesante trabajo en la ciencia, en la industria, en el campo, lo mismo que el nervioso y constante movimiento y traslado de los productos, de las cosas y de las personas, y los sorprendentes inventos después de mucho estudio, esfuerzo y constancia, tiene por fin hacer la vida más cómoda, placentera y regalada. Se busca la felicidad. Como se busca en la lectura de las obras de fantasía de la grande literatura y en ver las proyecciones, proporcionándose un recreo imaginario, ya que no pueda tenerse en la realidad. Al menos, soñar felicidad ficticia. El tiempo y la experiencia muestran que tampoco está en eso ni la satisfacción ni la felicidad apetecida, soñada y buscada, pero no encontrada. Y el deseo de la felicidad no desaparece, antes se siente más fuerte y estimulante, renovándose el esfuerzo para realizar nuevas obras y empresas y conseguir, si no la felicidad, al menos el mayor bienestar posible. El hombre y la sociedad se mueven con estas aspiraciones. Ellas impulsan las empresas, las revoluciones sociales y las convulsiones de los pueblos. No tenemos felicidad, pero hablamos de ella, la deseamos vehementemente, la procuramos sin escatimar esfuerzo alguno y nos ponemos a los mayores peligros para obtener la que soñamos o juzgamos nos la proporcionará. Damos la enhorabuena deseando encuentren la prosperidad y la felicidad a los bien amados que empiezan un nuevo modo de vida. ¡Dios mío, que la paz y la concordia y la santa ilusión nunca dejen de alegrar mi mirada! ¿Cuándo me sonreirá el sol de la felicidad?

              2- En ningún estado ni en condición alguna se encuentra la felicidad en la tierra. Ya sé que almas muy veraces y muy santas dijeron alguna vez que eran felices y no faltaron a la verdad ni disminuyeron en santidad; y no solamente no eran felices, sino que expresaron en frases vehementes las incontenibles ansias que tenían de poseer la felicidad y lo terriblemente duro que se les hacía esta vida de destierro mientras llegaba la realidad de ver a Dios en el cielo. Ellos mismos explicaron que eran felices en esperanza solamente y por los atisbos del Cielo que Dios les comunicaba alguna vez en su oración y retiro. La tierra siempre es destierro, no es la Patria. En la tierra no puede sentirse la feliz dicha de la Patria. A lo más podrá percibirse el suave y amoroso eco de la felicidad, como murmullo apenas perceptible y lejano, y que pasó demasiado veloz. Vivir en el destierro es siempre angustioso.

               3- Esperan los hombres encontrar al menos las huellas de la felicidad en el bienestar que les proporcione la obra o empresa que con ilusión preparan. Pero la tierra es el lugar y tiempo de la siembra de la felicidad que se ha de recoger después de esta vida. En la tierra no se gusta fruto tan deseado y delicioso; no se gusta ni en el desenvolvimiento social, ni en el material y menos en el espiritual. Durante muchos años, desde su marcha sobre Roma, dirigió Mussolini su nación con aplauso general y aun con admiración. Su nación alcanzó durante su mandato grandes adelantos industriales, bienes sociales y económicos y largo período de paz y seguridad. Cuando fue derribado, recibió el desprecio de los mismos que le habían aplaudido y nadie pudo, ni se atrevió, a librarle de la muerte que le dieron. Decía después su viuda que nunca había habido tanta paz en su casa como cuando vivía privadamente de su empleo. No dan la felicidad ni los bienes materiales, ni los puestos distinguidos, ni los aplausos, ni la fama. San Juan Crisóstomo se deshace en gozo describiendo la paz que goza el monje en su pobreza y soledad y la zozobra en que vive el rey con su séquito y sus riquezas. Y era frase romana que cerca del Capitolio estaba la roca Tarpeya. De lejos, la grandeza fascina al hombre y la desea juzgándola como fuente de felicidad, y cuando la consigue, experimenta que es fuente de desazón. La felicidad está por encima de esos bienes y de cuantos se pueden soñar.

               4- Desear la felicidad —decía Santo Tomás— no es otra cosa que desear que la voluntad quede completamente saciada. Y nada puede saciar completamente el natural deseo del hombre más que el bien perfecto, y esto es la bienaventuranza o felicidad ( 1 ). Poseer la verdad y gozar la bondad. Mas para la felicidad de esta vida es necesario que también el cuerpo sea feliz ( 2 ). En esta vida de la tierra ni el alma es feliz ni lo es el cuerpo, y aun me atrevo a afirmar que ni pueden serlo. Se desea, se busca la felicidad, pero es imposible poder llegar a obtenerla, aun cuando en un momento de optimismo parezca está ya como al alcance y se perciba su aliento. Muy elegante y acertadamente dijo un poeta que en la tierra la felicidad es 


Sueño que al alma fatiga, 
luz que ante mí se derrama, 
voz que impaciente me llama, 
ansia que a vivir me obliga, 
felicidad que me hostiga, 
y en pos de mí siempre va, 
que a un mismo tiempo le da luz 
y sombra a mi deseo... 
Yo en todas partes la veo 
y no la encuentro en ninguna... 
Vagamente dibujada la encuentra 
el alma indecisa, 
en la luz de una mirada, 
en toda dicha esperada, 
en la que pasó importuna, 
en la gloria, en la fortuna, 
en lo cierto, en lo imposible... 
En todas partes visible 
y no se alcanza en ninguna.
Tras de la sombra mentida, 
que finge tu afán profundo, 
buscándola por el mundo 
vas consumiendo la vida; 
sombra alcanzada o perdida, 
en donde quiera que estés 
por todas partes la ves... 
Mas ¡ay, infeliz de ti! 
¡Si llegas ya no está allí! 
¡Si la alcanzas, ya no es! 
 ¡Felicidad! Suelo vano de un bien 
que no está en la tierra; 
ansia que impaciente encierra 
triste el corazón humano; 
luz de misterioso arcano, 
vaga sombra celestial, 
mezcla de bien y de mal; 
tú eres en mi corazón 
la eterna revelación 
de mi espíritu inmortal (3 )



NOTAS

1) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, I, II, q. V., a. VII y VIII. 
2) Id., id., I, III, q. IV, a. 5.
3) José Selgas: Poesías: la Esperanza.



viernes, 15 de diciembre de 2023

SU VIDA UNA CONTINUA UNIÓN CON LA MÍA. En el Centenario de Sor Josefa Menéndez

  

               Sor Josefa Menéndez fue una humilde religiosa lega, casi analfabeta y que jamás destacó en nada; a su muerte -que ahora celebramos el centenario- el mundo entero conoció las enormes gracias que el Sagrado Corazón de Jesús quiso regalar a esta sencilla mujer, que escribió, por estricta obediencia, todo cuanto el Divino Salvador quiso compartir con ella a través de hermosas e íntimas confidencias; compiladas en un libro titulado "Un Llamamiento al Amor", recibirían no sólo la aprobación de la Iglesia, sino además, la recomendación particular del entonces Cardenal Eugenio Pacelli, luego Papa Pío XII.

                Te animo pues a hacerte con un ejemplar de "UN LLAMAMIENTO AL AMOR"  y que divulgues su lectura, como eficaz apostolado de quienes desean que el Corazón de Jesús sea más conocido y amado. Puedes adquirir (toca AQUÍun resumen del mismo libro en un folleto editado en Barcelona (España), por un precio muy económico, a fin de distribuirlo fácilmente entre otras muchas almas.



               ¡Cuántas almas encontrarán la vida en mis palabras! ¡Cuántas cobrarán ánimo al ver el fruto de sus trabajos! Un actito de generosidad, de paciencia, de pobreza, puede ser un tesoro que gane para mi Corazón gran número de almas. Yo no miro la acción, miro la intención. El acto más pequeño hecho por amor, ¡adquiere tanto mérito y puede darme tanto consuelo!... Mi Corazón da valor divino a esas cosas tan pequeñas. Lo que Yo quiero es amor. No busco más que amor. No pido más que amor. 

               El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la Mía, Me glorifica mucho y trabaja útilmente en bien de las almas. Está por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en Mi Sangre o la une a aquella acción hecha por Mí durante Mi vida mortal, el fruto que logra para las almas es tan grande o mayor quizá que si hubiera predicado al universo entero, y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, barra, cosa o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primera, que esté ordenada por la obediencia o por el deber no por el capricho; segunda, que se haga en íntima unión Conmigo, cubriéndola con Mi Sangre y con gran pureza de intención. ¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto! ¡Que no es la acción lo que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta Gloria a Mi Eterno Padre como cuando prediqué durante Mi vida pública. 

               Hay muchas almas que a los ojos del mundo tienen un cargo elevado, y en él dan grande Gloria a Mi Corazón, es cierto, pero tengo muchas otras que, escondidas y en humildes trabajos, son obreras muy útiles a mi viña, porque es el amor el que las mueve y saben envolver en oro sobrenatural las acciones más pequeñas, empapándolas en mi Sangre. 

               Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de que Mi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de las almas, y van, hora por hora y momento por momento, cumpliendo por amor con su deber, ¡qué tesoros adquieren en un día!... ¡Yo les iré descubriendo más y más Mi Amor!... ¡Es inagotable!... ¡Y es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el Amor!


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", 
Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la mística española Sor Josefa Menéndez

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