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jueves, 27 de febrero de 2025

CREDO MARIANO, compuesto por San Gabriel de la Dolorosa

 

               Con la intención de propagar el culto a Nuestra Señora de los Dolores, San Gabriel Dolorosa decidió, con el visto bueno de su Director, realizar un voto especial a la Virgen. Inmediatamente después de emitir este voto, el Santo procedió a redactar el texto, probablemente a fines de 1861.

               "Había compuesto para sí un símbolo que llama Símbolo de la Virgen, símbolo que bien guardado, lo llevaba pendiente del cuello con protestas de devoción a su querida Reina y Señora. Si mal no recuerdo, cuando lo compuso y trataba de copiarlo para colgárselo al cuello, me suplicó e importunó para que le permitiese escribirlo con su propia sangre. No le concedí el permiso, por eso lo escribió con tinta..." Padre Norberto de Santa María, Director Espiritual de San Gabriel de la Dolorosa.




               Creo que sois la Madre de todos los hombres, a los que recibisteis como hijos, en la persona de Juan, según el deseo de Jesús.

               Creo que sois, como declarasteis a Santa Brígida, la Madre de los pecadores que quieren corregirse, y que intercedéis por toda alma pecadora ante el Trono de Dios, diciendo: Tened compasión de mí.

               Creo que sois nuestra Vida, y uniéndome a San Agustín, os aclamaré como única esperanza de los pecadores después de Dios.

               Creo que estáis, como os veía Santa Gertrudis, con el manto abierto, y que bajo él se refugian muchas fieras: leones, osos, tigres, etc. Y que Vos, en lugar de espantarlas, las acogéis con piedad y ternura.

               Creo que por Vos recibimos nosotros el Don de la Perseverancia: si os sigo, no me descarriaré; si acudo a Vos, no me desesperaré; si Vos me sostenéis, no caeré; si Vos me protegéis, no temeré; si os sigo a Vos, no me cansaré; si os alcanzo, me recibiréis con amor.

              Creo que Vos sois el soplo vivificante de los Cristianos, su ayuda y su refugio, en especial a la hora de la muerte, según dijisteis a Santa Brígida, pues no es vuestra costumbre abandonar a vuestros devotos en la hora de la muerte, como asegurasteis a San Juan de Dios.

               Creo que Vos sois la esperanza de todos, máxime de los pecadores; Vos sois la ciudad de refugio, en particular de quienes carecen de toda ayuda y socorro.

              Creo que sois la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados, y como oyó Santa Brígida que Jesús os decía, hasta para el mismo demonio obtendríais misericordia, si humildemente os la pidiera. Vos no rechazáis a ningún pecador, por cargado de culpas que se halle, si recurre a vuestra misericordia. Vos con vuestra mano maternal lo sacaríais del abismo de la desesperación, como dice San Bernardo.

               Creo que Vos ayudáis a cuantos os invocan y que más solicita sois para alcanzarnos Gracias, que nosotros para pedíroslas.

               Creo que, como dijisteis a Santa Gertrudis, acogéis bajo Vuestro manto a cuantos acuden a Vos, y que los Ángeles defienden a Vuestros devotos contra los ataques del infierno. Vos salís al encuentro de quien os busca y también, sin ser rogada, dispensáis muchas veces vuestra ayuda y creo que serán salvados los que vos queráis que se salven.

               Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, los demonios huyen, al oír vuestro Nombre, dejando en paz al alma. Me asocio a San Jerónimo, Epifanio, Antonino y otros, para afirmar que vuestro Nombre bajó del Cielo, y os fue impuesto por orden de Dios.

               Declaro que siento con San Antonio de Padua las mismas dulzuras al pronunciar vuestro Nombre que las que San Bernardo sentía al pronunciar el de vuestro Hijo. Vuestro Nombre. ¡Oh María!, es melodías para el oído, miel para el paladar, júbilo para el corazón.

               Creo que no hay otro nombre, fuera del de Jesús, tan rebosante de Gracia, esperanza y suavidad para los que lo invocan. Estoy convencido con San Buenaventura de que Vuestro Nombre no se puede pronunciar sin algún fruto espiritual. Tengo por cierto que, como revelasteis a Santa Brígida, no hay en el mundo alma tan fría en su amor, ni tan alejada de Dios, que no se vea libre del demonio si invoca vuestro Santo Nombre.

               Creo que Vuestra intercesión es moralmente necesaria para salvarnos, y que todas las Gracias que Dios dispensa a los hombres pasan por vuestras manos, y que todas las Misericordias Divinas se obran por mediación vuestra, y que nadie puede entrar en el Cielo sin pasar por Vos, que sois la Puerta. Creo que Vuestra intercesión es, no solo útil, sino moralmente necesaria.

              Creo que Vos sois la Cooperadora de nuestra Justificación; la Reparadora de los hombres, Corredentora de todo el mundo. Creo que cuantos no se acojan con Vos, como Arca de Salvación, perecerán en el tempestuoso mar de este mundo. Nadie se salvará sin vuestra ayuda.

               Creo que Dios ha establecido no conceder Gracia alguna sino es por vuestro conducto; que nuestra Salvación está en vuestras manos y que quien pretende obtener Gracia de Dios sin recurrir a Vos, pretende volar sin alas. Creo que quien no es socorrido de Vos, recurre en vano a los demás Santos: lo que ellos pueden con Vos, Vos lo podéis sin ellos; si Vos calláis, ningún Santo intercederá; si Vos intercedéis, todos los Santos se unirán a Vos. Os proclamo con Santo Tomás como la única esperanza de mi vida, y creo con San Agustín que Vos sola sois solícita por nuestra eterna Salvación.

               Creo que sois la Tesorera de Jesús y que ninguno recibe nada de Dios, sino por Vuestra mediación: hallándoos a Vos se encuentra todo bien. Creo que uno de vuestros suspiros vale más que todos los ruegos de los Santos, y que sois capaz de salvar a todos los hombres. Creo que sois Abogada tan piadosa, que no rechazáis defender a los más infelices. Confieso con San Andrés cretense que sois la Reconciliadora Celestial de los hombres.

              Creo que sois la Pacificadora entre Dios y los hombres y que sois el Señuelo Divino para atraer a los pecadores al arrepentimiento, como Dios mismo reveló a Santa Catalina de Siena. Como el imán atrae el hierro, así atraéis Vos a los pecadores, según asegurasteis a Santa Brígida. Vos sois toda  ojos, y toda corazón para ver nuestras miserias, compadecemos y socorremos. Os llamaré pues, con San Epifanio: «La llena de ojos». Y esto confirma aquella visión de Santa Brígida, en la que Jesús os dijo: «Pedidme, Madre, lo que queráis». Y Vos le respondisteis: «Pido misericordia para los pecadores».

               Creo que la Misericordia Divina que tuvisteis con los hombres cuando vivíais en la tierra, innata en Vos, ahora en el Cielo se os ha aumentado en la misma proporción de que el sol es mayor que la luna, como opina San Buenaventura. Y que, así como no hay en el firmamento y en la tierra cuerpo que no reciba alguna luz del sol, tampoco hay en el Cielo ni en la tierra alma que no participe de vuestra Misericordia. Creo también con San Buenaventura, que no sólo os ofenden los que os injurian, sino también los que no os piden Gracias. Quien os obsequia, no se perderá, por pecador que sea, al contrario, como asegura San Buenaventura, quien no es devoto vuestro, perecerá inevitablemente. Vuestra Devoción es el billete del Cielo, diré con Efrén.

               Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, sois la Madre de las Almas del Purgatorio, y que sus penas son mitigadas por Vuestras oraciones. Por tanto afirmo con San Alfonso que son muy afortunados Vuestros devotos y con San Bernardino que Vos libráis a Vuestros devotos de las llamas del Purgatorio. Creo que Vos, cuando subíais al Cielo, pedisteis, y lo obtuvisteis sin ninguna duda, llevar con Vos al Cielo todas las Almas que entonces se hallaban en el Purgatorio.

                Creo también que, como prometisteis al Papa Juan XXII, libráis del Purgatorio el Sábado siguiente a su muerte a cuantos lleven vuestro Escapulario del Carmen. Pero Vuestro Poder introduciendo en el Cielo a cuantos queráis. Por Vos se llena el Cielo y queda vacío el Infierno.

               Creo que los que se apoyan en Vos no caerán en pecado, que quienes os honran alcanzarán la Vida Eterna. Vos sois el Piloto Celestial, que conducís al puerto de la Gloria a vuestro devotos en la barquilla de Vuestra Protección, como dijisteis a Santa María Magdalena de Pazzis. Afirmo lo que asegura San Bernardo: el profesaros devoción es señal cierta de predestinación, y también lo del Abad Guerrico: Quien os tiene un amor sincero, puede estar tan cierto de ir al Cielo, como si ya estuviese en él.

               Creo con San Antonio, que no hay Santo tan compasivo como Vos: dais más de lo que se os pide; vais en busca del necesitado, buscáis a quien salvar: Muchas veces salváis a los mismos que la Justicia de vuestro Hijo está a punto de condenar, como enseña el Abad de Celles. Por tanto, estoy convencido de la Verdad que se contiene en la visión que tuvo Santa Brígida: Jesús os decía «Si no se interpusieran vuestras oraciones, no habría en este caso ni esperanza, ni misericordia». Opino también con San Fulgencio, que si no hubiera sido por Vos, la tierra y el Cielo habrían sido destruidos por Dios.

               Creo, como revelasteis a Santa Matilde, que erais tan humilde que, a pesar de veros enriquecida de Dones y Gracias celestiales sin número, no os preferirías a nadie. Y que, como dijisteis a Santa Isabel, benedictina, os juzgabais vilísima Sierva de Dios e indigna de Su Gracia.

               Creo que por vuestra humildad, ocultasteis a San José vuestra Maternidad, aunque aparentemente pareciera necesario manifestárselo, y que servisteis a Santa Isabel y que en la tierra buscasteis siempre el último puesto. Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, tuvisteis tan bajo concepto de Vos misma porque sabíais que todo lo habíais recibido de Dios, por ello en nada buscasteis Vuestra Gloria, sino la de Dios únicamente. Creo con San Bernardo que ninguna criatura del mundo es comparable con Vos en la humildad.

               Creo que el fuego del amor, que ardía en vuestro Corazón para con Dios, era de tantas calorías, que al instante hubiera encendido y consumido el cielo y la tierra, y que en comparación de vuestro Amor, el de los Santos era frío. Creo que cumplisteis a la perfección el Precepto del Señor «Ama a Dios», y que desde el primer instante de vuestra existencia, vuestro Amor a Dios fue superior al de todos los Ángeles y Serafines. Creo que debido a este intenso Amor vuestro a Dios, jamás fuisteis tentada, y que nunca tuvisteis un pensamiento que no fuera para Dios, ni dijisteis palabra que no fuera dirigida a Dios.

               Creo con Suárez, Ruperto, San Bernardino y San Ambrosio, que vuestro Corazón amaba a Dios, aun cuando vuestro cuerpo reposaba, de manera que se os puede aplicar lo que dice la Sagrada Escritura: «yo duermo, pero Mi Corazón vela», y que mientras vivíais en la tierra, vuestro Amor a Dios nunca fue interrumpido.

               Creo que amasteis al prójimo con tal perfección, que no habrá quien lo haya amado más, exceptuando vuestro Hijo. Y que aunque se reuniera el amor de todas las madres para con sus hijos, de los esposos y esposas entre sí, de todos los Santos y Ángeles del Cielo, sería este Amor inferior al que Vos profesáis a una sola alma.

              Creo que tuvisteis, como dice Suárez, más Fe que todos lo Ángeles y Santos juntos: aun cuando dudaron los Apóstoles, Vos no vacilasteis. Os llamaré pues, con San Cirilo «Centro de la Fe ortodoxa».

              Creo que sois la Madre de la Santa Esperanza y modelo perfecto de confianza en Dios. Que fuisteis mortificadísima, tanto que, como dicen San Epifanio y San Juan Damasceno, tuvisteis siempre los ojos bajos, sin fijarlos jamás en persona alguna.

              Creo lo que dijisteis a Santa Isabel, benedictina: que no tuvisteis ninguna Virtud sin haber trabajado para poseerla, y con Santa Brígida creo que todas vuestras cosas dábais entre los pobres, sin reservaros para Vos más que lo estrictamente necesario. Creo despreciabais las riquezas mundanas. Creo que hicisteis voto de pobreza.

               Creo que vuestra dignidad es superior a todos los Ángeles y Santos y que es tanta vuestra perfección, que solo Dios puede conocerla. Creo que después de Dios, es ser Madre de Dios, y que por tanto no pudisteis estar más unida a Dios sin ser el mismo Dios, como decía San Alberto.

               Creo que la Dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto. Dios pudo haber creado un mundo mayor, pero no pudo haber formado criatura más perfecta que Vos.

               Creo que Dios os ha enriquecido con todas las Gracias y Dones generales y particulares que ha conferido a todas las demás criaturas juntas. Creo que vuestra belleza sobrepasa a la de todos los hombres y los Ángeles, como reveló el Señor a Santa Brígida. Creo que vuestra belleza ahuyentaba todo movimiento de impureza e inspiraba pensamientos castos.

               Creo que fuisteis Niña, pero de Niña sólo tuvisteis la inocencia, no los defectos de la niñez. Creo que fuisteis Virgen antes del parto, en el parto y después del parto; fuisteis Madre sin la esterilidad de la virgen, sin dejar por ello de ser Virgen, trabajabais, pero sin que la acción distrajera; orabais, pero sin descuidar vuestras ocupaciones. Moristeis, pero sin angustia, ni dolor ni corrupción de vuestro cuerpo.

               Creo que, como enseña San Alberto, fuisteis la primera en ofrecer, sin consejo de nadie, vuestra virginidad, dando ejemplo a todas las vírgenes, que os han imitado, y que Vos, delante de todas, lleváis el estandarte de esta Virtud. Por Vos se mantuvo virgen vuestro castísimo esposo San José. Creo también que estabais resuelta a renunciar a la dignidad de Madre de Dios, antes que perder vuestra virginidad.


Toca sobre el siguiente título para leer una biografía corta 
de San Gabriel de la Dolorosa



miércoles, 28 de febrero de 2024

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

 

               En la ciudad italiana de Spoleto, en Perugia, por la octava de la Asunción de María, el 22 de Agosto, se celebraba con júbilo la fiesta de su Patrona, agradeciéndole muy especialmente haber sido librados de la peste que había asolado la región en los últimos años.

               Un hermoso cuadro de la Madre de Dios, conocido como la Madonna del Duomo (Virgen de la Catedral) o la Sacra Icona (Sagrada Imagen), había sido retirado de su relicario para ser llevado por las calles, en solemne procesión. Era un icono de estilo bizantino donado a la ciudad por el Emperador Federico Barbarroja, en 1155, en señal de reconciliación y de paz.



               Según cuenta la Tradición, había sido pintado por San Lucas y se conservaba en la Catedral de Constantinopla hasta la época de las persecuciones iconoclastas. No había, en aquellas animadas calles, quien no cayese de rodillas al ver desfilar con gran pompa a la milagrosa imagen de la Reina del Cielo. Todos esperaban recibir de Ella una anhelada gracia, un consuelo, una bendición particular.

               Entre la multitud de los fieles, esperando que pasara el venerado icono, se destacaba, aquel día, un joven aristócrata, de porte distinguido y jovial. Cuando la Sagrada Imagen de la Santísima Virgen pasó por delante de él y miró fijamente a los ojos arrebatadores de la imagen, oyó claramente en su interior estas inolvidables palabras: “Francisco, ¿qué estás haciendo en el mundo?. Tú no estás hecho para el mundo. Sigue tu vocación”.

               En ese momento, dando libre curso a abundantes lágrimas de agradecimiento y compunción, tomó la firme resolución que desde hacía tiempo venía postergando: “¡Oh, en qué abismo hubiera seguramente caído, si María —benigna hasta con los que no la invocan— no hubiese acudido amorosamente en mi ayuda en aquella octava de su Asunción!”, exclamaría un tiempo después. Este conmovedor episodio fue el punto decisivo de inflexión en la corta vida, pero gloriosa, de uno de los grandes Santos del siglo XIX: San Gabriel de la Virgen Dolorosa, conocido como “el santo de los jóvenes, de los milagros y de la sonrisa”.

               Nació el 1 de Marzo de 1838 en Asís y fue bautizado ese mismo día con el nombre de Francisco, en honor al Poverello; era el undécimo hijo de una familia de trece hermanos. Su padre, el abogado Sante Possenti, ejercía en aquel tiempo el cargo de alcalde. Su madre, Angese Frisciotti, pertenecía a una familia de noble ascendencia, y murió cuando el muchacho tenía tan sólo cuatro años.

               A pesar de poseer un corazón propenso a la generosidad y simpatía, en el espíritu de aquel tierno niño imperaba un temperamento indómito que, cuando era contrariado, se exteriorizaba incontables veces en arrebatos de ira, durante los cuales sus ojos oscuros se volvían brillantes y golpeaba el suelo con los pies enérgicamente.

               Cuando contaba con tres años de edad, su familia se mudó a Spoleto, donde transcurrieron su infancia y adolescencia. Allí, Francisco se distinguió por su carácter vivaz, lleno de afecto, amable, de palabra fácil y repleta de gracia, voz sonora y mirada penetrante. Su director espiritual, el P. Norberto Cassinelli, así lo describe: “Reunía tantos dotes que difícilmente podíamos encontrarlos en una sola persona. Era verdaderamente bello de alma y de cuerpo”.

               Este temperamento afable y privilegiado no excluía el amor al riesgo, tan propio de la adolescencia. El comandante de la guarnición militar de Spoleto, gran amigo de su padre, enseñaba al jovencito a manejar con certera puntería la pistola y el fusil. Como la caza era su distracción favorita, recibió al año, como regalo de Navidad, una bonita escopeta… que no dejaría de ocasionarle sobresaltos y preocupaciones a su progenitor.

               A los 13 años empezó a ir al Colegio de los Jesuitas, donde destacaba sobre todos sus compañeros. “Era el preferido para declamar en las veladas académicas. […] Todos le quieren, todo le sonríe, todo resulta a medida de sus deseos… Su mayor gusto era lucirse en los saraos, veladas y teatros”.

               El baile también constituía un gran motivo de atracción para él. Bailaba con tal habilidad que se hizo conocido con el apodo de “il ballerino”, y como tal animaba los salones más cotizados de la ciudad.

               Esos momentos transcurridos en frívolas distracciones atormentarían más tarde su conciencia, llevándole a exclamar con frecuencia: “¡Oh vanidad de diversiones!… ¡Qué ceguera la mía!… ¡Sólo vivía por un poco de humo!”.

               Sin embargo, el joven Francisco profesaba en su interior una fe pura y sincera. “No se acercaba nunca a los Sacramentos sin mostrar los sentimientos de fe y de religioso respeto de los cuales estaba lleno”, declaró uno de sus más íntimos amigos de esa época. “¡Cuántas veces no le he visto con las manos juntas, los ojos húmedos por las lágrimas y como sumido en profundos pensamientos!”.

                Sobre todo, nadie podía imaginarse que aquel joven aplaudido y aprobado por todos llevaba, bajo sus elegantes y lujosas ropas, un rudo cilicio de cuero claveteado con agudas puntas de hierro. En el vaivén superficial de los acontecimientos, el anhelo de seguir algún día el camino de la vida religiosa comenzaba a despuntar en su alma. Le faltaban aún algunos lances decisivos para dar el último adiós al mundo.

               Tras la muerte de su madre, su hermana mayor, María Luisa, fue para él uno de sus principales apoyos. Era muy hermosa y encontrándose ella en la flor de la vida irrumpió en Spoleto una asoladora epidemia de cólera, de la que fue la primera víctima… La muerte de la joven, ocurrida en el año 1855, causó en Francisco el impacto de un rayo.

               De eso se sirvió la Providencia para abrirle los ojos sobre su vocación. Poco después de su fallecimiento, le expuso a su padre la resolución de ingresar en un convento. Sin embargo, éste recusó su autorización, temiendo que tal deseo fuera el fruto efímero de un momento de dolor. Recelo, en apariencia, confirmado con el transcurrir del tiempo, pues las atracciones del mundo empezaron a ahogar de nuevo aquel anhelo interior… “¿Podía yo —escribía a uno de sus amigos— disfrutar de más placeres y diversiones? ¿Y qué queda ahora de ello? Nada más que penas, temores y turbaciones”.

               En esta situación fue cuando vino a darse el crucial encuentro con la Sacra Icona , gracias a la cual el obstinado joven decidió abrazar para siempre la vida religiosa.

               Pocos días después de este episodio, el 5 de Septiembre, la más selecta sociedad de Spoleto se reunía en el salón de actos del Liceo de los Jesuitas para asistir a la distribución de los premios de fin de curso. Como presidente de la Academia Literaria, Francisco ocupaba en el salón un lugar destacado.

               Cuando llegó la hora de subir al escenario, los presentes prorrumpieron en exclamaciones de entusiasmo al ver a un adolescente de dieciocho años presentarse con tanta elegancia y distinción. “Aquel timbre de voz, aquella sonoridad, aquella vocalización y, sobre todo, aquella gracia de expresión y de gesto, electrizaba y sacudía los corazones más apáticos”. Concluido el discurso, todos deseaban felicitarle, aclamarle, saludarle, y él respondía con su habitual sonrisa.

              La decisión, no obstante, ya estaba tomada. Al día siguiente, partiría para un cambio de vida definitivo. Con tan sólo 18 años cambió un brillante porvenir por una vida de renuncia y recogimiento. Es verdad que daba un paso arduo, pero con el corazón inundado de alegría.

               A la mañana siguiente, Francisco salió contento de Spoleto camino a Loreto, donde estuvo algunos días estrechando lazos de amor y devoción a María Santísima, en el célebre santuario.

               De allí se dirigió a Morrovalle para comenzar el noviciado pasionista. “Él, el elegante bailarín, el brillante animador de los salones de Spoleto, escogió entrar en el austero Instituto de los pasionistas, fundado en 1720 por San Pablo de la Cruz, con la misión de anunciar, a través de la vida contemplativa y el apostolado, el amor de Dios revelado en la Pasión de Cristo”.

               El cambio de nombre a Gabriel de la Virgen Dolorosa marcó la muerte de la vida pasada y el inicio de la caminata en las vías de la perfección. Cuando, conversando con sus compañeros de convento, el tema recaía sobre los acontecimientos del mundo, interrumpía con una serena sonrisa: “¿Por qué hablamos de aquello que hemos de dejar para siempre?… Dejad que los muertos entierren a los muertos”.

               Sin embargo, no pensemos que la adaptación a la austera vida religiosa fue fácil para aquel joven de vida acomodada. Acostumbrado a la buena comida, “los toscos alimentos del pobre convento pasionista le causaban una repugnancia invencible. A pesar de las protestas de su naturaleza insistía en comer, hasta que los superiores, compadecidos, le permitieron temporalmente algún alivio”. Lo mismo pasaba con otros aspectos de observancia de la disciplina, pero él hacía hincapié en cumplir eximiamente los horarios y obligaciones del noviciado, por mucho esfuerzo que eso le supusiera, dada su delicada complexión.

               Durante su vida de religioso, sobresalía en él, sin duda, un arraigado amor a la Pasión del Señor. Sentía tal veneración por los sufrimientos de Jesús que nunca se separaba del Crucifijo: “Cuando conversaba, lo tenía disimuladamente en las manos y lo apretaba cariñosamente; cuando dormía, lo colocaba sobre su pecho; cuando estudiaba, lo ponía junto al libro, y de vez en cuando lo miraba y lo besaba con tanto afecto y fervor, que el metal de que estaba hecha la imagen se fue gastando hasta quedar borradas todas las facciones”.

               A esta devoción característica de la Congregación en la que había ingresado, no obstante, se unía un amor “entusiasta, ingenioso, encendido a la Santísima Virgen”. Su famoso Credo Mariano (1) nos revela el encanto de esta alma apasionada por la Madre de Dios.

              En la mente del novicio Gabriel no había sitio para ningún pensamiento que no fuese Jesús y María. Y sentía una tan entrañada necesidad de llevar hasta las últimas consecuencias su entrega a Dios y a la Santísima Virgen que, en cierta ocasión, al oír los pasos de su Director Espiritual, abrió la puerta de su celda y, arrodillándose a sus pies, le suplicó: “¡Padre!, si encuentra en mi corazón alguna cosa, por pequeña que sea, que no agrade a Dios, yo, con su ayuda, quiero arrancarla a toda costa”. El Sacerdote le respondió que, de momento, no veía nada, pero no dejaría de avisarle en cuanto percibiera algún signo. Con esta garantía, el dócil religioso, se calmó completamente.

               Su corta existencia estuvo marcada de actos admirables, pues todo lo practicaba con espíritu de entera elevación y sublimidad: “Nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer bien lo ordinario”, acostumbra a decir.

               Después de un año y medio de noviciado, en Febrero de 1858 Gabriel inició sus estudios para el Sacerdocio, pasando a residir finalmente en el Convento de Isola del Gran Sasso, donde vendría a fallecer. El 25 de Mayo de 1861, recibió las Órdenes Menores en la Catedral de Penne. Sin embargo, por los misteriosos designios de la Providencia, no llegaría a hacerse Presbítero.

               Al final de ese mismo año enfermó de tuberculosis. Ahora bien, lejos de impedirle el avance en las vías de la virtud, la fatal dolencia le sirvió para escalar con más rapidez los pináculos de la Santidad. Dios dispuso que fuese siendo consumido por la enfermedad poco a poco, para aumentarle los méritos y dar a los demás la oportunidad de edificarse con su ejemplo.

               En el lecho de muerte le quedaba aún por enfrentar el peor drama de su vida: los últimos asaltos del Demonio y la terrible probación de la “noche oscura del alma”. No obstante, también de esta última prueba salió vencedor. El Sacerdote que le asistía en la hora suprema le oyó repetir tres veces, en cortos intervalos de tiempo, esta frase de San Bernardo, por la que reconocía ante Dios su propia flaqueza: “Vulnera tua, merita mea. ¡Tus Llagas son mis méritos!”.

                La mañana del 27 de Febrero de 1862, con el corazón desbordante de alegría, las manos cruzadas sobre el pecho, apretando el crucifijo y la imagen de la Virgen Dolorosa, Gabriel sonrió por última vez, extasiado, al contemplar con los ojos del alma a Aquella a quien había servido en la Tierra con tanta dulzura... tenía tan sólo 24 años de edad. 

                Una de sus principales devotas sería Santa Gema Galgani, que sentía su protección en todo momento (2). San Gabriel fue canonizado por el Papa Benedicto XV en 1920. Declarado Copatrón de la Juventud Católica Italiana en 1926. También sería declarado Patrón principal de Abruzo desde 1959.

               San Gabriel de la Virgen Dolorosa continúa siendo, para la juventud actual, un inapreciable ejemplo de renuncia intransigente al pecado, de amor entusiasmado a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y de devoción entrañable a María Santísima.


NOTAS

          1) Toca AQUÍ para leer el Credo Mariano compuesto por San Gabriel de la Dolorosa. 

          2) En su lecho de dolor leyó la Vida del Venerable Gabriel de la Dolorosa (en aquel entonces aún no había sido canonizado); pronto en su alma, comenzó a crecer una sincera devoción al joven pasionista. Ella misma escribiría: "Creció mi admiración de sus virtudes y sus maneras. Mi devoción hacia él se incrementó. En la noche no dormía sin tener su retrato bajo mi almohada, y después comencé a verlo cerca de mí. No sé cómo explicar esto, pero sentía su presencia. Todo el tiempo y en toda acción, el hermano Gabriel venía a mi mente".



lunes, 27 de febrero de 2023

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

  


               El 1 de Marzo de 1838 nació en el pueblecito de Asís (Italia) un niño llamado Francisco que, como el famoso Fundador de los Franciscanos, llegó a ser santo. Era el undécimo de trece hermanos de una familia aristocrática; quedó huérfano de madre a los cuatro años.

               Francisco tenía un "temperamento suave, jovial, insinuante, decidido y generoso, poseía también un corazón sensible y lleno de afectividad... Era de palabra fácil apropiada, inteligente, amena y llena de una gracia que sorprendía...".

               De estatura más bien alta para aquella época (medía 1,70 metros), tenía "buena voz, era ágil y bien formado".

               Con su familia se trasladó a Spoleto donde, como el otro Francisco, era un líder de los jóvenes. Allí fue a la escuela de los hermanos de las Escuelas Cristianas, y al liceo clásico con los jesuitas. Le agradaba mucho el canto, y consiguió premios en poesía latina y en las veladas teatrales. Era un joven dinámico, con una gran pasión por su Fe Cristiana. En su habitación había colocado una escultura de la Piedad para su veneración íntima .

               Cuando iba al teatro Meliso con su padre, muchas veces salía a escondidas para ir a rezar bajo el pórtico de la catedral, que estaba muy cerca; después regresaba antes de que concluyera la función para salir con los demás espectadores. Algunas veces usaba cilicio y se sabe que en una ocasión rechazó las proposiciones deshonestas de un libertino, amenazándole con una navaja. Devotísimo de la Madre de Dios su libro de cabecera era "Las Glorias de María".

               El 22 de Agosto de 1856 estaba asistiendo a la procesión de la "Santa Icone", una imagen mariana venerada en Spoleto, cuando la Virgen María le habló al corazón para invitarle con apremio: "Tú no estás llamado a seguir en el mundo. ¿Qué haces, pues, en él? Entra en la vida religiosa". El 10 de Septiembre de 1856 entró en el Noviciado Pasionista de Morrovalle (Macerata) y tomó el nombre religioso de Gabriel de la Dolorosa. Tenía sólo 18 años. Su entrega fue con todo su corazón y en la vida religiosa encontró su felicidad: "La alegría y el gozo que disfruto dentro de estas paredes son indecibles". Sus mayores amores eran Jesús Crucificado, la Eucaristía y la Virgen María.

               En el convento de Isola, cuando los primeros rayos del sol entraban por la ventana de su celda en la mañana del 27 de Febrero de 1862, Gabriel, que aún no tenía los 25 años, sufre aquejado de tuberculosis... sumido en éxtasis de amor y rodeado por los religiosos que lloraban junto a su lecho, abandonó esta tierra par ir eternamente al Cielo, de la mano de la Virgen María.



              Treinta años más tarde, el 17 de Octubre de 1892, se iniciaron lo trámites para inscribirlo entre los Santos ya que la devoción de los fieles y los milagros que realizaba eran muchos.

               Fue canonizado por el Papa Benedicto XV en 1920. Declarado Copatrón de la Juventud Católica Italiana en 1926. También sería declarado Patrón principal de Abruzo desde 1959.

              Santa Gemma Galgani, al leer la vida de San Gabriel de la Dolorosa quedó profundamente vinculada espiritualmente con él y este se le apareció en muchas ocasiones para guiarla y consolarla.


Te aconsejo leer también
compuesto por San Gabriel de la Dolorosa
(toca sobre el título para acceder)



miércoles, 27 de febrero de 2019

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA, "Los ojos de Dios siempre me están mirando"


                 San Gabriel de la Dolorosa nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre trece hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

                A los cuatro años quedó huérfano de madre. Su padre, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.

                Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades religiosos: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.

                 El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda. Y sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar , lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban "el enamoradizo". Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel". Dulces por fuera y dolorosos en el alma.




               En una de las cuarenta cartas que de él se conservan, le escribe a un antiguo amigo, cuando ya se ha entrado de religioso: "Mi buen colega; si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí".

                Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se iría de religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.

                Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete irse de religioso, y al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho, se queda dormido y cuando despierta está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

               Estalla la peste del cólera en Italia. Miles y miles de personas van muriendo... Y el día menos pensado muere la hermana que él más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se vaya de religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

              Asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Se va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo, y recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

              Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa: el que lleva mensajes de Dios. Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

              Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos y ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.




             Gabriel lo que hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba, y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

               Su vida religiosa fue breve. Apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: "Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años".

               Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentí ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

               Al empezar los estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, y fueron escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes:"Los que se preparan para ser predicadores o catequistas, piensen mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: por favor: prepárense bien, para que logren llevarnos a nosotros a la eterna salvación".  Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

               Cuando ya Gabriel está bastante cerca de llegar al sacerdocio le llega la terrible enfermedad de la tuberculosis. Tiene que recluirse en la enfermería, y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: "Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura, que se cumpla en mí Tu Santa voluntad".

               La Comunidad de los Pasionistas tiene como principal devoción el meditar en la Santísima Pasión de Jesús. Y al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, y en la Flagelación y Coronación de espinas, y en la Subida al Calvario con la Cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la Cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente, que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad impresionantes.




               Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a Nuestra Señora, la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era "Las Glorias de María", escrito por San Alfonso María de Ligorio, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles, y que aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo e impresionante. La devoción a Nuestra Señora llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

               A un religioso le aconsejaba: "No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones". A otro le decía: "Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por Él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua".

               Y el 27 de Febrero de 1862, enfermo de tuberculosis, después de recibir los Santos Sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y de sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

               Poco después empezaron a conseguirse milagros por su intercesión y en 1920 el Sumo Pontífice Benedicto XV, lo declaró Santo y lo nombró Patrono de los Jóvenes laicos que se dedican al Apostolado.