Mostrando entradas con la etiqueta San Juan Mª Vianney. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Juan Mª Vianney. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 5: Del gran provecho espiritual que conseguimos al escuchar la Santa Misa con devoción


               Nos dice Santo Tomás que un día, durante la Santa Misa, vio a Jesucristo con las manos llenas de tesoros, buscando a quién repartirlos, y que, si acertásemos a asistir con frecuencia y devoción a la Santa Misa, alcanzaríamos muchas y mayores gracias que las que poseemos, ya en el orden espiritual ya en el temporal.

               Os he dicho que el buen ladrón nos instruiría acerca de la manera como hemos de portarnos durante los momentos de la Consagración y Elevación de la Sagrada Hostia, momentos en los cuales hemos de ofrecernos a Dios junto con Jesucristo, teniéndonos por participantes de aquel Augusto Misterio.




               Mirad cómo se porta aquel feliz penitente en la hora misma de su ejecución; ¿no veis cómo abre los ojos del alma para reconocer a su libertador?. Pero ved también los progresos que hace durante las tres horas que pasa en compañía del Salvador agonizante. Está amarrado a la Cruz, sólo le quedan libres el corazón y la lengua, y ved con qué diligencia ofrece uno y otro a Jesucristo: le hace entrega de todo lo que tiene, le consagra su corazón por la Fe y la esperanza, le pide humildemente un lugar en el Paraíso, es decir, en Su Reino Eterno. Le consagra su lengua, publicando su inocencia y santidad. A su compañero de suplicio le habla de esta manera: «Es justo que a nosotros se nos castigue: pero Él es inocente» (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 41). En la hora en que los demás se entretienen ultrajando a Jesucristo con las más horribles blasfemias, él se convierte en su panegirista; mientras Sus Discípulos le abandonan, él abraza su partido; y su caridad es tan grande, que no omite esfuerzo alguno por convertir a su compañero. No nos admire el ver tanta virtud en este buen ladrón, puesto que nada hay tan a propósito para mover nuestro corazón como la vista de Jesucristo agonizante; no hay momento en que se nos conceda la gracia con tanta abundancia, y, sin embargo, somos testigos de tal acontecimiento todos los días. 

               ¡Ay!, si en el feliz momento de la Consagración tuviésemos la dicha de estar animados de una viva Fe, una sola Misa bastaría para librarnos de los vicios en que estamos enredados y convertirnos en verdaderos penitentes, es decir, en perfectos Cristianos. ¿De dónde viene, pues, me diréis, que, asistiendo a tantas Misas, continuemos siendo siempre los mismos? Ello proviene de que sólo estamos presentes corporalmente, mas nuestro espíritu está en otra parte, con lo cual no hacemos otra cosa que completar nuestra reprobación a causa de las malas disposiciones con que asistimos a tan Santa Misa. ¡Ay!, ¡cuántas Misas mal oídas, que, en vez de asegurarnos nuestra salvación, nos endurecen más y más! 

              Habiéndose aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo: “Has de saber, hija mía, que los Santos asistirán a la muerte de todos aquellos que habrán oído con devoción la Santa Misa para ayudarlos a morir bien, para defenderlos de las tentaciones del demonio y para presentar sus almas a Mi Padre”. ¡Qué dicha la nuestra, la de ser asistidos, en aquellos temibles instantes, por tantos Santos cuantas sean las Misas que habremos oído bien!...

               No temamos jamás que la Santa Misa nos cause perjuicio en nuestros negocios temporales; antes al contrario, hemos de estar seguros de que todo andará mejor y de que nuestros negocios alcanzarán mejor éxito….. ¿No recordáis, en efecto, lo que nos aconseja Jesucristo en el Evangelio, que busquemos primero el Reino de los Cielos, y lo demás se nos dará por añadidura ?” ….. id a preguntárselo, y Él os enseñará la manera de vivir prósperamente sin trabajar más de lo ordinario, con sólo oír la Santa Misa todos los días”.

               Tal vez esto os extrañe, más a mí no. Esto es lo que vemos todos los días en los hogares donde hay verdadera piedad y devoción: los negocios de los que asisten con frecuencia a la santa Misa prosperan mucho más que los de quienes dejan de asistir por falta de fe o por pensar que no van a tener tiempo. ¡Ay! ¡Cuánto más felices seríamos, si depositáramos en Dios toda nuestra confianza y tuviésemos en nada nuestro trabajo!

               No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa; ahora vais a verlo. Un santo ermitaño llamado Pablo vio a un joven muy bien vestido, entrar en una iglesia acompañado de gran número de demonios; pero, terminada la Santa Misa, lo vio salir acompañado de una multitud de Ángeles que marchaban a su lado.” ¡Oh, Dios mío!, exclamó el Santo, cuán agradable os debe ser la Santa Misa!”

               Nos dice el Santo Concilio de Trento que la Misa aplaca la Cólera de Dios, convierte al pecador, alegra al Cielo, alivia las Almas del Purgatorio, da Gloria a Dios y atrae sobre la tierra toda clase de bendiciones (Sesión XXIII y XXII). ¡Oh!, si llegásemos a comprender la que es el Santo Sacrificio de la Misa, ¿con qué respeto no asistiríamos a ella?...


               El Santo Abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la Santa Misa, veía a una multitud de Ángeles bajando del Cielo para adorar a Jesús sobre el Altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir a Jesucristo presente sobre el Altar.

               ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovecharse de esta Doctrina, sus hijos no serían tan miserables, ni se alejarían tanto de los caminos que al Cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!. 

Continuará...




Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 





domingo, 6 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 4: Los sentimientos de humildad nos predisponen al Sacrificio de la Misa


               Al entrar en el templo, penetraos de la gran dicha que os cabe, mediante un acto de la más viva Fe, y por un acto de contrición y arrepentimiento de vuestros pecados, los cuales os hacen indignos de acercaros a un Dios tan santo y excelso. En aquel momento, pensad en las disposiciones del publicano cuando entró en el templo para ofrecer a Dios el sacrificio de su oración. 

               Escuchad lo que nos dice San Lucas: “El publicano, se mantenía a la entrada del templo; con la mirada fija en el suelo, sin atreverse a dirigirla al altar, golpeándose el pecho y diciendo a Dios: Señor, tened piedad de mí, que soy un gran pecador” (Evangelio de San Lucas, cap. 18, vers 13). Ya veis, pues, que no entró con un aire arrogante y altanero, como lo hacen muchos cristianos; “los cuales parece, según dice el Profeta Isaías, que quieren acercarse a Dios cual si fuesen personas que nada tienen en su conciencia que pueda humillarlos delante de su Criador” (Profeta Isaías, cap. 58, vers. 2). 




                En efecto, fijaos en la manera de entrar de esos Cristianos, los cuales tienen quizá más pecados en la conciencia que cabellos en la cabeza; los veréis entrar con un aire altanero, o mejor, con una actitud que casi es de desprecio para la presencia de Dios. Toman el agua bendita de la misma manera que tomarían agua para lavarse al volver del trabajo; lo hacen sin devoción y, la mayor parte, sin pensar que el agua bendita, tomada con reverencia, nos borra los pecados veniales y nos dispone a oír bien la Santa Misa. 

               Mirad ahora al publicano: teniéndose por indigno de entrar en el templo, va a colocarse en el rincón más obscuro de su recinto; tan confuso se halla bajo el peso de sus pecados, que ni tan sólo se atreve a levantar al cielo sus ojos. Cuán diferente, pues, de aquellos cristianos de nombre, que nunca se hallan bastante cómodos, que únicamente sobre el asiento se arrodillan, que apenas inclinan la cabeza a la Elevación, que se sientan sin muestra alguna de corrección, y frecuentemente con las piernas cruzadas. 

                Y nada digo de aquellas personas que deberían venir a la iglesia, para llorar sus pecados, y se presentan aquí sólo para insultar con sus ostentaciones vanidosas a un Dios humillado y despreciado, sin pensar más que en atraer las miradas de la gente, o bien para avivar el fuego de sus criminales pasiones. 

               ¡Oh, Dios mío!, ¿quién se atreverá a asistir a la Misa con semejantes disposiciones? Mas nuestro publicano, nos dice San Agustín, golpea su pecho, para manifestar a Dios el pesar que experimenta de haberle ofendido» (Homilía sobre el evangelio de la dominica X. después de Pentecostés.). ¡Cuántas gracias, cuántos bienes alcanzaríamos los cristianos, si procurásemos asistir a la Misa con las disposiciones del publicano! ¡Regresaríamos tan cargados de riquezas celestes, como las abejas van cargadas de néctar al volver de un florido vergel! 

                Si el Señor nos hiciese la gracia de que al comenzar la Misa estuviésemos bien penetrados de la grandeza de Jesucristo ante quien estamos, y del peso de nuestros pecados, ¡cuán pronto alcanzaríamos el perdón y la gracia de perseverar!

                Sobre todo, debemos excitar en nosotros durante la Santa Misa grandes sentimientos de humildad, esto es lo que debe sugerirnos el ver al Sacerdote bajando del Altar para rezar el Confíteor, profundamente inclinado, él, que ocupando el lugar de Jesucristo, parece recibir sobre sus hombros todos los pecados de sus feligreses. ¡Ay!, si el Señor nos hiciese comprender de una vez lo que es la santa Misa, ¡cuántas gracias poseeríamos, de que ahora carecemos! ¡De cuántos peligros quedaríamos exentos si tuviésemos gran devoción al oír la Santa Misa...!


Continuará...




Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 


domingo, 30 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 3: El necesario recogimiento para aprovechar la Santa Misa



               Hemos dicho que la Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, el cual no se ofrece a los Ángeles ni a los Santos, sino solamente a Dios. Sabéis ya que el Santo Sacrificio de la Misa fue instituido el Jueves Santo, al tomar Jesús el pan y transformarlo en Su Cuerpo y al tornar el vino y convertirlo en Su Sangre. Fue entonces cuando dio a los Apóstoles y a todos sus sucesores el poder de hacer lo mismo; a lo cual llamamos nosotros Sacramento del Orden. La Santa Misa se compendia en las palabras de la Consagración; y sabéis ya que los Ministros de la misma son los Sacerdotes.

              En el Santo Sacrificio de la Misa, Jesucristo es el Sumo Sacerdote y el Ministro principal. El Celebrante es verdaderamente Sacerdote y Ministro del Sacrificio. A este fin fue llamado y ordenado; de Jesucristo ha recibido la potestad. Es el Ministro de Jesucristo y ocupa el lugar del Salvador. Ofrece, pues, el Sacrificio por la acción y el ministerio ajenos a su persona. Lo ofrece sin que tenga verdadera necesidad de los asistentes.




LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES

               Los fieles no son estrictamente los ministros del Sacrificio. Si alguna vez se los llama ministros oferentes del Sacrificio, es hablando en sentido lato, ya que no lo ofrecen por sí mismos, sino por el Ministerio del Sacerdote, si unen su intención con la del Celebrante; de lo cual concluyo, que la mejor manera de oír la Santa Misa es unirse al Sacerdote en todo lo que él reza, y seguirle, en cuanto sea posible, en todas sus acciones, y procurar encenderse en los más vivos sentimientos de amor y agradecimiento: éste es el método más recomendable.

               En el Santo Sacrificio de la Misa podemos distinguir tres partes: la primera comprende desde el principio hasta el Ofertorio; la segunda, desde el Ofertorio hasta la Consagración; la tercera, desde la Consagración hasta el fin. Debo advertiros que, si nos distrajésemos voluntariamente durante una de estas tres partes, pecaríamos mortalmente; lo cual debe inducirnos a tomar la precaución de evitar que nuestro espíritu divague fijándose en cosas ajenas al Santo Sacrificio de la Misa. 

               Digo que, desde el comienzo hasta el Ofertorio, hemos de portarnos como penitentes penetrados del más vivo dolor de los pecados. Desde el Ofertorio hasta la Consagración debemos de portarnos como ministros que van a ofrecer Jesucristo a Dios Padre, y sacrificarle todo cuanto somos: esto es, ofrecerle nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestros bienes, nuestra vida y hasta nuestra eternidad. Desde la Consagración, hemos de considerarnos como personas que han de participar del Cuerpo adorable y de la Sangre Preciosa de Jesucristo y, por consiguiente, hemos de poner todo nuestro esfuerzo en hacernos dignos de tanta dicha.

               Para que lo comprendáis mejor, voy a proponeros tres ejemplos sacados de la Sagrada Escritura, los cuales os mostrarán la manera cómo habéis de oír la Santa Misa: es decir, en qué cosas debéis ocuparos en aquellos momentos tan preciosos para quien acierta a comprender todo su valor. El primero es el del publicano, y en el cual aprenderéis lo que debéis hacer al principio de la Santa Misa. El segundo es el del buen ladrón, que os enseñará cómo debéis portaros durante la Consagración. El tercero es el del centurión, que os dará la norma para el tiempo de la Comunión.

               Hemos dicho, primeramente, que el publicano nos enseña el comportamiento que hemos de observar al comienzo de la Santa Misa, acto tan agradable a Dios y tan poderoso para conseguir toda suerte de gracias. No hemos de esperar, pues, para prepararnos, haber entrado ya en la iglesia. Un buen Cristiano comienza ya a prepararse al abandonar el lecho, haciendo que su espíritu no se ocupe en otra cosa que en lo que se relaciona con tan alta ceremonia. Hemos de representarnos a Jesucristo en el Huerto de los Olivos, prosternado, con la Faz en tierra, preparándose al sangriento Sacrificio, del cual va a ser Víctima en el Calvario; así como hemos de tener también presente la grandeza de su caridad, que llegó hasta a decidirle a aceptar para sí el castigo que debíamos nosotros sufrir por toda una eternidad. En los primeros tiempos de la Iglesia, todos los Cristianos iban a Misa en ayunas (porque acostumbraban a comulgar en la Misa). 

               Conviene que, durante la madrugada, impidáis que vuestro espíritu se ocupe en negocios temporales, teniendo presente que, después de haber trabajado toda la semana para vuestro cuerpo, es muy justo que concedáis este día a los negocios del alma y a pedir a Dios la remisión de vuestros pecados. Al ir a la iglesia, procurad no conversar con nadie; pensad que seguís a Jesucristo llevando la Cruz hacia el Calvario, donde va a morir para salvarnos. Antes de la Santa Misa, debemos destinar unos instantes al recogimiento, a llorar nuestros pecados y a pedir a Dios perdón de ellos, a examinar las gracias de que estamos más necesitados, a fin de pedírselas durante la Misa...


Continuará...



Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 



domingo, 23 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 2: La Grandeza infinita del Santo Sacrificio de la Misa


In omni loco sacrificatur et ofiertur 
Nomini Meo Oblatio Munda 

"En todas partes, es sacrificada y ofrecida 
en Mi Nombre una Oblación Pura" 


(Profeta Malaquías, cap. 1, vers.11)


Continuación del Domingo 16 de Agosto...


LA PARTE INICIAL DE LA SANTA MISA

                    El Introito representa el ardiente deseo que los Patriarcas tenían de la Venida del Mesías, y por esto se repite dos veces. Cuando el Sacerdote reza el Confíteor, se nos representa a Jesucristo cargando con nuestros pecados a fin de satisfacer a la Justicia de Dios Padre. El Kirie eleison que quiere decir: «Señor, tened piedad de nosotros», representa el miserable estado en que nos hallábamos antes de la Venida de Jesucristo. 

                    La Epístola significa la doctrina del Antiguo Testamento; el Gradual significa la penitencia que hicieron los judíos después de la predicación del Bautista; el Aleluya nos representa la alegría de un alma que ha alcanzado la gracia; el Evangelio nos recuerda la Doctrina de Jesucristo. Los diferentes signos de la Cruz que se hacen sobre el cáliz y sobre la hostia, nos recuerdan todos los sufrimientos que Jesucristo hubo de experimentar durante el curso de Su Pasión.

                     Antes de mostraros la manera cómo debéis oír la Santa Misa, he de deciros dos palabras sobre lo que se entiende por Santo Sacrificio de la Misa. 




LA GRANDEZA INFINITA DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA

                    Sabéis ya que el Santo Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz que fue ofrecido allá en el Calvario el Viernes Santo. Toda la diferencia está en que, cuando Jesucristo se inmoló sobre el Calvario, aquel Sacrificio era visible, es decir, se presenciaba con los ojos del cuerpo; Jesucristo fue inmolado a Su Padre, por manos de Sus verdugos, y derramó Su Sangre; por esto se le llama Sacrificio Cruento: lo cual quiere decir que la Sangre manaba de sus venas y se la veía correr hasta el suelo. Más, en la Santa Misa, Jesucristo se ofrece a Su Padre de una manera invisible; es decir, tal Inmolación la vemos con los ojos del alma pero no con los del cuerpo. Ved, en resumen, lo que es el Santo Sacrificio de la Misa. 

                    Mas, para daros una idea de la grandeza y excelsitud del mérito de la Santa Misa, me bastará deciros, con San Juan Crisóstomo, que la Santa Misa alegra toda la Corte Celestial, alivia a las pobres Almas del Purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, da más Gloria a Dios que todos los sufrimientos de los Mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos. 

                    Si me pedís la razón de esto, ella no puede ser más clara: todos estos actos son realizados por pecadores más o menos culpables; mientras que en el Santo Sacrificio de la Misa es el Hombre - Dios, igual al Padre, quien le ofrece los Méritos de Su Pasión y Muerte. Ya veis, pues, según esto, que la Santa Misa es de un valor infinito. Por eso hallamos en el Evangelio que, en el momento de la Muerte del Salvador, se obraron muchas conversiones: el buen ladrón recibió allí la seguridad de entrar en el Paraíso, muchos judíos se convirtieron y los gentiles golpeábanse el pecho reconociéndolo por Verdadero Hijo de Dios. Resucitaron los muertos, se abrieran las peñas y la tierra tembló.

LA SANTA MISA, EL MEJOR MEDIO DE VENCER AL DEMONIO

                    Si acertásemos a asistir a la Santa Misa con toda suerte de buenas disposiciones, aunque tuviésemos la desgracia de ser tan obstinados como los judíos, más ciegos que los gentiles, más duros que las rocas que se abrieron, es certísimo que alcanzaríamos nuestra conversión. En efecto, nos dice San Juan Crisóstomo que no hay momentos tan preciosos para tratar con Dios de la salvación de nuestra alma, como aquellos instantes en que se celebra la Santa Misa, en la que el mismo Jesucristo se ofrece en Sacrificio a Dios Padre, para obtenernos toda suerte de gracias y bendiciones. «¿Estamos afligidos, dice aquel gran Santo, pues hallaremos en la Misa toda suerte de consuelos. ¿Nos agobian las tentaciones? vayamos a oír la Santa Misa, y allí hallaremos la manera de vencer al demonio.» Y, de paso, voy a citaros un ejemplo. 

EL CABALLERO QUE SE SALVÓ POR LA SANTA MISA

                    Refiere el Papa Pío II que un Caballero de la provincia de Ostia estaba continuamente atormentado por una tentación de desesperación que le inducía a ahorcarse, lo cual había intentado ya varias veces. Habiendo ido a entrevistarse con un santo religioso para exponerle el estado de su alma y pedirle consejo, el Siervo de Dios, después de haberle consolado y fortalecido lo mejor que pudo, aconséjole, que tuviese en su casa un Sacerdote que celebrase allí todos los días la Santa Misa. Díjole el Caballero que lo haría gustosamente. Al mismo tiempo fue a recluirse en un castillo de su propiedad; allí un Sacerdote celebraba lodos los días la Santa Misa, que el Caballero oía con la mayor devoción. Después de haber permanecido allí por algún tiempo con gran tranquilidad de espíritu un día el Sacerdote le pidió permiso para ir a decir la Misa en una iglesia vecina en la que se celebraba una festividad extraordinaria; el Caballero no tuvo en ello inconveniente, pues se proponía ir también allí a oír la Santa Misa. Mas una ocupación imprevista le retuvo, sin que de ello se diese cuenta, hasta el mediodía. Entonces, lleno de espanto por haber perdido la Santa Misa, cosa que no le acontecía nunca, y sintiéndose otra vez atormentado por su antigua tentación, salió de su casa, y encontrose con un lugareño que le preguntó donde iba. “Voy, dijo el Caballero, a oír la Santa Misa.” “Es ya demasiado tarde, respondió aquel hombre, pues están todas celebradas.” Fue aquélla una noticia muy cruel para el Caballero, quien se puso a dar voces, diciendo: “¡Ay!, estoy perdido, pues se me escapó la Santa Misa”. Él lugareño, que era amigo del dinero, al verle en aquel estado, le dijo: “Si queréis, os venderé la Misa que he oído y todo el fruto que de ella he sacado”. El otro, sin reflexionar siquiera, lleno de pesar como estaba por haber faltado a la Santa Misa contestó: “Pues sí, aquí tenéis mi capa”. Aquel hombre no podía venderle la Santa Misa sin cometer un grave pecado. Al separarse, el Caballero no dejó, sin embargo, de proseguir su camino hacia la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al volverse a su casa, después de sus prácticas piadosas, halló a aquel pobre paisano colgado de un árbol en el mismo lugar donde le había aceptado su capa. Nuestro Señor, en castigo de su avaricia, permitió que la tentación del Caballero pasase al avaro. Movido por un tal espectáculo, aquel caballero dio gracias a Dios durante toda su vida, por haberle librado de un tan grande castigo, y no dejó nunca de asistir a la Santa Misa a fin de agradecer a Dios tantas bondades. A la hora de la muerte confesó que desde que asistía diariamente a la Santa Misa el demonio había dejado de inducirle a la desesperación.

                    Pues bien, ¿tiene razón San Juan Crisóstomo al decirnos que, si somos tentados, procuremos oír devotamente la Santa Misa, con la cual alcanzaremos la seguridad de que Dios nos librará de la tentación? Si tuviésemos la debida Fe, la Santa Misa sería para nosotros un remedio para cuantos males nos pudiesen agobiar durante nuestra vida. ¿No es, en efecto, Jesucristo, nuestro Médico de cuerpo y alma ?...



Continuará...



Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 





domingo, 16 de agosto de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 1: El Sacrificio debido a Dios y los Ornamentos Sacerdotales


In omni loco sacrificatur et ofiertur 
Nomini Meo Oblatio Munda 

"En todas partes, es sacrificada y ofrecida 
en Mi Nombre una Oblación Pura" 

(Profeta Malaquías, cap. 1, vers.11)



EL SACRIFICIO DEBIDO A DIOS

               Es innegable que el hombre, como criatura, debe a Dios el homenaje de todo su ser, y, como pecador, le debe una víctima de expiación; por esto en la Antigua Ley todos los días, en el Templo, era ofrecida a Dios tanta multitud de víctimas. Mas aquellas víctimas no podían satisfacer enteramente por nuestras deudas delante de Dios; era necesaria otra víctima más santa y más pura, la cual había de continuar sacrificándose hasta el fin del mundo, víctima que había de ser capaz de pagar lo que nosotros debemos a Dios: Esta Santa Víctima es el mismo Jesucristo, Dios como su Padre y hombre como nosotros. 





               Todos los días se ofrece en nuestros Altares, como se ofreció en el Calvario y, por esta oblación pura y sin mancha, rinde a Dios los honores que le son debidos, y satisface, por el hombre, todo lo que éste debe a su Criador; se inmola cada día, a fin de reconocer el Soberano Dominio que Dios tiene sobre Sus criaturas, quedando así plenamente reparado el ultraje que el pecado infiere a Dios Nuestro Señor. 

               
Ejerciendo Jesucristo de Mediador entre Dios y los hombres, nos alcanza, por este Sacrificio, cuantas gracias nos son necesarias; y habiéndose hecho al mismo tiempo Víctima de acción de gracias, tributa a Dios por los hombres todo el reconocimiento que ellos le deben. Mas, para hacernos participantes de todas estas ventajas, es preciso que pongamos algo de nuestra parte. Con el fin de haceros sentir mejor todo esto, intentaré ahora exponeros lo más claramente posible: 1º. La gran dicha de que somos participantes al asistir a la santa Misa; 2.° Las disposiciones con que a la misma hemos de asistir; 3.° Como asisten a ella la mayor parte de los cristianos.

LOS ORNAMENTOS SACERDOTALES

               No quiero detenerme en la explicación de lo que significan los ornamentos con que el sacerdote se reviste; creo que todos, o la mayor parte de vosotros, lo sabéis. Cuando el sacerdote se dirige a la sacristía para revestirse, representa a Jesucristo bajando del Cielo para encarnarse en el Seno de la Santísima Virgen, tomando un cuerpo como el nuestro, para sacrificarlo a Su Padre por nuestros pecados. 

               Al tomar el amito, que es aquella tela blanca que se pone sobre sus hombros, se nos representa el momento en que los Judíos vendaron a Jesús los ojos, dándole golpes y diciéndole: «Adivina quién te ha pegado». 

              El alba recuerda la vestidura blanca que por burla le mandó poner Herodes al devolverlo a Pilatos. 

              El cíngulo representa las cuerdas con que le ataron en el Huerto de los Olivos y los azotes con que desgarraron Sus carnes. 

              El manípulo, que lleva el sacerdote en el brazo izquierdo, nos representa las cuerdas con que fue atado Jesús en la columna al ser azotado; se pone el manípulo en el brazo izquierdo por ser el más cercano al corazón, lo cual nos muestra el exceso del Amor de Jesús, a impulsos del cual sufrió, por nuestros pecados, aquella cruel flagelación. 

               La estola nos recuerda la soga que le echaron al cuello al cargarle la Cruz a cuestas. 

               La casulla representa el vestido de púrpura, y la túnica sin costuras sobre la cual echaron suertes...




Continuará...


Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 




martes, 11 de agosto de 2020

SANTA FILOMENA, Virgen y Mártir por Cristo



               Santa Filomena, fue una joven Mártir de la Iglesia primitiva, que durmió en el olvido de la Historia hasta el providencial hallazgo de sus reliquias el 24 de Mayo de 1802, día de María Auxiliadora, durante una de las excavaciones que se hacen constantemente en Roma. La encontraron en la Catacumba de Santa Priscilla, en la Vía Salaria.

               En una tumba habían tres losas juntas que cerraban la entrada y en ellas había una inscripción que estaba rodeada de símbolos que aludían al martirio y a la virginidad de la persona ahí enterrada. Los símbolos eran: ancla, tres flechas, una palma y una flor.





               La inscripción decía: LUMENA PAXTE CUM FI

              Con toda seguridad las losas se colocaron de forma incorrecta, debido a la prisa o al poco conocimiento del latín del obrero. Por lo tanto, la inscripción se leería así: PAX TECUM FILUMENA en español: ¡La Paz sea contigo Filomena!

               Al abrir la tumba descubrieron su esqueleto que era de huesos pequeños y notaron a la vez, que su cuerpo había sido traspasado por flechas. Al examinar los restos los cirujanos atestiguaron la clase de heridas que la joven Mártir recibió y los expertos coincidieron en calcular que la niña fue martirizada entre la edad de 12 o 13 años.

               Por el entusiasmo que causaba en los primeros cristianos la valentía de los que morían por la Fe, acostumbraban a marcar la losa con el signo de la palma, y ponían al lado un pequeño frasco que contenía la sangre del Mártir.

               Cuando los científicos estaban transfiriendo la sangre seca a un nuevo frasco transparente, ante todos los que estaban presentes, se sucedió un hecho extraordinario. Para su asombro vieron que las pequeñas partículas de la sangre seca cuando caían en el nuevo frasco, brillaban como oro, diamantes y piedras preciosas y resplandecían en todos los colores del arco iris. (Hasta hoy en día se puede observar en algunos momentos de gracia, que estas partículas cambian de color)

               Los huesos, cráneo y cenizas junto con el frasco que contenía la sangre fueron depositados en un ataúd, el cual fue cerrado y triplemente sellado. Bajo guardia de honor, la caja de ébano fue llevada a la custodia del Cardenal Vicario de Roma, a una capilla donde se guardan los cuerpos de Santos.

               El 10 de Agosto de 1805, las reliquias de la Santa fueron trasladadas a Mugnano, a la casa del Padre Francesco di Lucia. Continuos milagros de toda clase acompañaban el traslado. El día antes de la llegada, por las oraciones de los habitantes, una lluvia abundante refrescó los campos y prados de Mugnano, después de una larga temporada de sequía. El Señor Michael Ulpicella, un abogado, que no había podido salir de su cuarto por seis semanas, fue llevado a donde estaban las reliquias y regresó sanado.

               El Santuario de Santa Filomena fue escena de prodigiosos milagros. Entre ellos se encuentra la sanación de Pauline Jaricot, que aparece unas líneas más abajo.




PAPAS QUE FUERON DEVOTOS 
DE SANTA FILOMENA


               El Papa León XII declaró a Santa Filomena "la Gran Taumaturga" en el siglo XIX.

               El Papa Gregorio XVI autorizó el Culto Público a Santa Filomena y la declaró Patrona del Rosario Viviente; este Pontifice fue además testigo del milagro que la Santa obró en Pauline Marie Jaricot. Como prenda de su devoción por Santa Filomena envió a su Santuario de Mugnano una hermosa lámpara de oro y plata.

               El Papa Pío IX, devoto de la Santa, recibió a través de ella muchas gracias espirituales. Fue tal vez el Pontífice que más luchó por extender la devoción a Santa Filomena, a la que concedió textos litúrgicos para su propia Misa y Oficio Divino en 1855.

              Antes de ser elegido Papa con el nombre de León XIII, el Cardenal Pecci peregrinó al Santuario de Santa Filomena en Mugnano y después de ser elevado al Solio Pontificio, regaló al mismo Santuario una cruz pectoral de gran valor.

               El Papa San Pío X elevó de categoría a la Cofradía de Santa Filomena, extendiéndola por toda la Iglesia Católica.




Toque sobre la imagen para verla en su tamaño original


ALGUNOS SANTOS Y OTRAS PERSONAS INSIGNES 
que admiraron a Santa Filomena


               San Juan María Vianney, Patrón y Modelo de los Sacerdotes, fue con diferencia, el mayor propagador del culto a Santa Filomena, a la que eligió como su especial Patrona Celestial y se comprometió a ella por voto. Siempre hablaba de la Santa, le pedía todo tipo de favores, y decía de ella que era “el milagro próximo” por los extraordinarios prodigios que ella obraba. Santa Filomena solucionó sus problemas financieros, ella convirtió pecadores; curó enfermedades gravísimas; y obró innumerables milagros en respuesta a sus simples oraciones. Muchos de ellos están registrados en la biografía del Santo Cura de Ars, pero los milagros no registrados, estos solos, podrían llenar un volumen. 

               San Juan María Vianney recomendaba que le hicieran Novenas por incontables intenciones de todo tipo que las personas le referían. Advertía seriamente a los enfermos que rezaran a Santa Filomena y los bendecía e instruía para que rezaran la Novena y siempre se impresionaba por todas las curaciones de esta gran Santa, a la cual, después de Dios, le estaba totalmente agradecido. Miles de personas vinieron a la primera Capilla dedicada en suelo francés a Santa Filomena, en piadosas peregrinaciones, con el propósito de invocar el auxilio de Santa Filomena en sus necesidades y pruebas. Evidencias tangibles de favores obtenidos, los milagros obrados, las conversiones realizadas, las oraciones escuchadas son la respuesta de Santa Filomena. El Santo Cura de Ars ideó además el Cordón de Santa Filomena.

               Santa María Magdalena Sofía Barat, Fundadora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, fue testigo de un milagro obrado en una novicia por intercesión de Santa Filomena en Septiembre de 1866.

               Fray Andresito (Chile) confiaba su apostolado en las calles de Santiago a la Virgen Mártir.

               San Pedro Chanel siempre tenía en su breviario una estampa de la Santa, a ella se encomendaba a diario y la llamaba "mi Auxiliar".

               Santa Francisca Cabrini, la primera canonizada de los Estados Unidos de América, gran devota de Santa Filomena, cargaba frecuentemente en sus apostolados una imagen de la Santa.

               Beato Pedro Julián de Eymard, Fundador de los Sacramentinos, fue curado milagrosamente tras recitar una Novena a Santa Filomena en 1854.

               El Padre Pío de Pietrelcina, también fue muy devoto de Santa Filomena, desde su niñez; al enterarse que Juan XXIII había eliminado del Santoral a la Santa dijo a unos peregrinos irlandeses que "Santa Filomena está en el Paraíso, todo esto es obra de Satanás".

               Ana María Taigi curó los ojos de su suegra usando aceite de Santa Filomena, a la que diario invocaba y empleaba como intercesora ante los muchos problemas que le presentaban almas piadosas que buscaban su consejo.



EL GRAN MILAGRO DE SANTA FILOMENA: 
la curación de Pauline Jaricot


               Pauline Jaricot era la hija predilecta de unos aristocráticos franceses. Nació el 22 de Julio de 1799, en medio de muchas comodidades pero de ferviente educación cristiana. Pauline era muy bella y tenía una personalidad atrayente. No obstante todos los placeres y sus halagadores admiradores, el corazón de la joven Pauline se movía más hacia las cosas del espíritu que las cosas del mundo, aunque la lucha entre las cosas de Dios y las del mundo le resultó muy dura. La Gracia triunfó y Pauline será recordada por como la Fundadora de la Sociedad para la Propagación de la Fe y el Rosario Viviente.

               Aunque Pauline había sufrido anteriormente de la enfermedad que fue la causa de su cura, fue en Marzo de 1835, que la enfermedad enseñó signos de gravedad. Esta enfermedad afectaba su corazón, en la proporción en que incrementaba, las palpitaciones se volvían tan violentas que se podían oír a cierta distancia. Un pequeño movimiento o cambio de posición era suficiente para que la sangre corriera violentamente a su corazón, que casi se sofocaba. Su respiración parecía parar y su pulso se volvía imperceptible. Drásticos remedios se le tenían que aplicar para restaurarla.

               Durante varios años de tortura, solo tenía pequeños intervalos de alivio. Uno de ellos ocurrió después de hacer una novena a Santa Filomena, después de saber de su gran poder con Dios. Tan solo de mencionar el nombre de la santa, ella experimentaba un gozo y un deseo de visitarla en su Santuario. Pero eso parecía un imposible ya que este quedaba a una gran distancia de Francia.

               Actuando bajo una inspiración, y después de saber de su médico la gravedad de su estado, que nada importaba, de una forma o otra, ella intentó un viaje al Santuario del Corazón de Jesús en Paray le Monial. Sobrevivió la jornada y se dijo a si misma: "Si no me mató este viaje, iré a Roma a obtener la bendición del Santo Padre", lo cual era la ambición de su vida.

               Ir a Roma significaba viajar a través de los Alpes, a través de caminos abandonados; largo y peligroso viaje, aun para las personas en buen estado de salud. Pero Pauline se puso en camino. El dolor que soportó era intolerable. En Chambery, su valor se acababa y casi se resigna a morir lejos de su casa y del Vicario de Cristo. Estuvo inconsciente durante dos días. Los alumnos de la escuela del convento de su pueblo hicieron una Novena a Santa Filomena por su recuperación y al final de la misma pudo seguir su viaje.

               Pauline sufrió una recaída en Loreto, Italia. Después de unos días continuó su viaje. Llegó a Roma casi inconsciente. Las Hermanas del Sagrado Corazón la recibieron con gran amabilidad, su estado era tal que le era imposible dejar el Convento. Parecía que después de tanta dificultad no iba a poder ver al Santo Padre.

               Pero la Santa Madre de Dios y Santa Filomena no la abandonaron. Su llegada a Roma fue informada al Santo Padre, el Papa Gregorio XVI, que al saber de su estado decidió ir en persona a ver a esta joven mujer que tanto había hecho por la Santa Iglesia. Esto era un honor y una consolación para Pauline. El Santo Padre fue amable y le agradeció repetidamente su trabajo a favor de la Iglesia Católica, y la bendijo una y otra vez. Le pidió que orara por él cuando llegará al cielo y esta se lo prometió. Entonces ella le preguntó: -¿Santo Padre, si yo vuelvo bien de mi visita a Mugnano, y voy a pie al Vaticano, usted su Santidad se dignaría en proceder sin demoras con la investigación final en la Causa de Santa Filomena?-

               -Sí hija mía- replicó el Papa -porque eso sería un milagro de primera clase. Nadie entonces creía que Pauline volvería... bastaba contemplarla en tal mal estado de salud.




Detalle de un cuadro ex-voto a Santa Filomena

              Era en Agosto y el clima estaba extremadamente caliente. Viajaban de noche para evitar el gran calor del día. Llegaron a Mugnano un día antes de la Fiesta de Santa Filomena: multitudes de fieles devotos de la Virgen Mártir se habían reunido para celebrar su día.

               La mañana siguiente, Pauline recibió a Jesús en la Santa Comunión, cerca de las Reliquias. Sufría unos dolores inmensos en todo su cuerpo y su corazón latía tan violentamente que se desmayó. Las personas pensaron que se había muerto; trataron de sacarla de la iglesia, pero al momento recobró el conocimiento e hizo una señal de que la dejaran cerca de las Reliquias de Santa Filomena. Sus ojos se volvieron un torrente de lágrimas, el color volvió a sus mejillas, un brillo saludable sobrevino a sus entumecidos miembros. Su alma estaba llena de un gozo celestial, y pensó que dejaba este mundo para irse al Cielo. Pero no era la muerte. Santa Filomena la había sanado. Todavía iba a vivir muchos años para Dios y de su Iglesia.

               Pauline cuando estuvo segura de su sanación, permaneció en silencio por un tiempo. Pero la Superiora del Convento al ver lo que estaba pasando, ordenó que sonaran las campanas para anunciar el milagro. El pueblo lleno de gozo gritaba "¡Viva Santa Filomena!".

               En acción de gracias, Pauline se quedó unos días más. Cuando se fue, llevaba consigo una reliquia grande de Santa Filomena, cubierta en una estatua de la Santa.

               Pauline no le había informado al Santo Padre de su sanación. Todos en el Vaticano al oír de su milagrosa cura, quedaron sorprendidos, sobre todo el Papa, cuando la vio ante él, gozando de perfecta salud. A la petición de Pauline, el Papa le concedió el privilegio de construir una Capilla en honor de Santa Filomena.


Para conocer más sobre Santa Filomena 
solo tiene que tocar AQUÍ




viernes, 27 de septiembre de 2019

LA COMUNIÓN ESPIRITUAL, amoroso abrazo a Jesús Sacramentado


La Comunión Espiritual
consiste en el deseo 
de recibir a Jesús Sacramentado
y en darle un amoroso abrazo,
como si ya lo hubiéramos recibido

(San Alfonso María de Ligorio)


               La Comunión Espiritual se puede hacer en cualquier momento del día y en cualquier lugar, aunque lo más apropiado es realizarla en la Visita a Jesús Sacramentado

               La Comunión Espiritual NO sustituye la Comunión Sacramental que recibimos en la Santa Misa, sino que es como un anticipo de la misma, un deseo sincero de comulgar, de recibir a Jesús Sacramentado en nuestro corazón, por eso, y al igual que ocurre con la Comunión Eucarística, debemos tener preparación previa:

               Estar en gracia de Dios -no tener conciencia de pecado mortal- , hacer un acto de Fe en la Presencia Real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento -donde Jesús se encuentra con Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma y Su Divinidad. A continuación, formulamos el deseo de comulgar espiritualmente, mediante un deseo sencillo o bien usando de alguna de las oraciones que los Santos nos han legado para tal caso, como por ejemplo la de la imagen que acompaña estas líneas. 





               Después de un momento de intimidad con Jesús, al que albergamos en nuestro pecho después de comulgar, concluiremos haciendo una sincera acción de gracias, por cuantos beneficios va a causar recibir a Nuestro Señor por este medio de la Comunión Espiritual.

               Si alguna vez asistimos a la Santa Misa y por desgracia estuviésemos en estado de pecado mortal o tal vez por otra causa grave no pudiésemos comulgar, el formular una Comunión Espiritual hará que aprovechemos algunas de las gracias que hubiésemos obtenido de haber comulgado sacramentalmente; si estamos en pecado mortal -y hasta que podamos confesar- es preferible realizar comuniones espirituales antes que cometer el sacrilegio de ir a comulgar en Misa sin la debida preparación.

              La Comunión Espiritual es la manera más rápida de unirnos a Jesús Sacramentado; por eso te animo a que al poco de despertar, después de rezar tus oraciones básicas, continúes arrodillado y así, en presencia de Dios y de Nuestra Santa Madre, te representes por un momento ante el Sagrario: adora a Jesús, Prisionero del Tabernáculo, dale gracias por estar noche y día preso por tu amor y el mío; luego, formula la Comunión Espiritual y toma así el alimento que te sostendrá durante la jornada. 

               Sería ideal que a partir de hoy te propongas hacer muchas comuniones espirituales a lo largo del día, no sólo por tu propio provecho sino como un acto de amor y reparación al Corazón Eucarístico de Jesús, herido por cuantas almas comulgan fríamente, sin la debida preparación o por aquellas desgraciadas que lo hacen sacrílegamente... tu Comunión Espiritual, por la mañana, y todas las que puedas hacer después, en medio del transcurso de tus obligaciones, procura que sean preparadas, fervorosas y agradecidas; así repararás por otras muchas comuniones mal hechas y por todas aquellas que se han dejado de hacer.





Los Santos y su amor 
por la Comunión Espiritual


               "Si sufrimos penas y disgustos, Él nos alivia y nos consuela. Si caemos enfermos, o bien será nuestro remedio, o bien nos dará fuerzas para sufrir… Si nos hacen la guerra el demonio y las pasiones, nos dará armas para luchar, para resistir y para alcanzar la victoria. Si somos pobres, nos enriquecerá  con toda suerte de bienes en el tiempo y en la eternidad". (San Juan María Vianney)

               "Cuando no puedo asistir a la Santa Misa, adoro el Cuerpo de Cristo con los ojos del espíritu en la oración, lo mismo que le adoro cuando le veo en la Misa." (San Francisco de Asís)

               Santa Catalina de Siena, durante un éxtasis, vio a Jesús Nuestro Señor con dos cálices, y le dijo: "En este cáliz de oro pongo tus Comuniones Sacramentales y, en éste de plata, tus Comuniones Espirituales. Los dos cálices me son agradables".

               Santa Teresa de Jesús enseña que "Cuando no podáis comulgar ni oír Misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho".

               San Juan María Vianney, el Cura de Ars, predicaba que “Una Comunión Espiritual actúa en el alma como un soplo de viento en una brasa que está a punto de extinguirse. Cada vez que sientas que tu amor por Dios se está enfriando, rápidamente haz una Comunión Espiritual”.

               San Antonio María Claret tenía siempre este propósito: "Tendré una capilla fabricada en medio de mi corazón y en ella, día y noche, adoraré a Dios con un culto espiritual".

               "A veces, la Comunión Espiritual puede traer las mismas gracias que la sacramental" (Padre Maximiliano Kolbe)


Tal vez le interese leer también