Aquella que fue constituida en el Monte Calvario como Madre de los hombres por voluntad de Nuestro Señor, no abandona a Sus hijos cuando estos comparecen ante el Tribunal de Dios, ni deja de ejercer Su maternal solicitud por quienes, habiendo muerto en Su gracia y amistad, necesitan todavía ser purificados antes de entrar en la Bienaventuranza Eterna.
La Iglesia de Cristo ha contemplado siempre a María Santísima como Madre misericordiosa, Abogada de los pecadores y poderosa Intercesora ante el Trono de Dios. De manera se ha señalado Su maternal solicitud por las Almas del Purgatorio, aquellas almas santas que ya tienen asegurada la salvación, pero que todavía no pueden gozar de la Visión Beatífica.
No se trata de presentar la devoción mariana como un camino alternativo a la Redención de Jesucristo, ni de atribuir a la Santísima Virgen una potestad independiente de Dios: toda gracia procede de Cristo, único Redentor y Mediador necesario; María intercede por los méritos de Su Hijo y por la Voluntad Divina, que ha querido asociarla de manera singular a la Obra de la Salvación.
No debemos olvidar que aquellas almas están salvadas, pertenecientes a Cristo, que esperan la purificación necesaria para entrar en la gloria. Por eso, la Caridad Cristiana no puede permanecer indiferente ante su situación.
La Santa Misa, las oraciones, las limosnas y las obras de penitencia ofrecidas por los difuntos constituyen una expresión eminente de la Comunión de los Santos, una obra de misericordia espiritual que la Iglesia ha recomendado desde sus primeros tiempos.
Para comprender la especial relación de la Santísima Virgen con las Almas del Purgatorio debemos recordar Su Maternidad espiritual: María no es Madre de los hombres por una atribución meramente sentimental, puesto que Su maternidad espiritual está vinculada a su cooperación singularísima en la Obra Redentora de Jesucristo.
El Papa Pío XII, en su encíclica Mystici Corporis Christi expuso solemnemente esta doctrina al hablar de la Virgen al pie de la Cruz: "De tal suerte que la que era Madre corporal de nuestra Cabeza, fuera, por un nuevo título de dolor y de gloria, Madre espiritual de todos sus miembros" (1).
Por tanto, si María es Madre espiritual de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, Su solicitud maternal no puede entenderse como limitada exclusivamente a los Fieles que todavía peregrinan en este mundo, por lo que las Almas del Purgatorio pertenecen también a Cristo, ya que han muerto en Su gracia, permanecen unidas a Él y esperan alcanzar la consumación de su felicidad eterna.
Por consiguiente, resulta plenamente coherente con la Maternidad espiritual de María confiar en Su intercesión por aquellas almas. El mismo Pío XII, al concluir su exposición sobre la Santísima Virgen, escribe que "Ella, pues, Madre Santísima de todos los miembros de Cristo, a cuyo Corazón Inmaculado hemos consagrado confiadamente todos los hombres, la que ahora brilla en el Cielo por la gloria de Su Cuerpo y de su Alma, y reina juntamente con Su Hijo, obtenga de Él, con su apremiante intercesión que de la excelsa Cabeza desciendan sin interrupción -sobre todos los miembros del Cuerpo místico- copiosos raudales de gracias" (2).
San Alfonso María de Ligorio en su conocida obra Las Glorias de María escribe "Muy felices son los devotos de esta Madre clementísima, porque además de socorrerlos en esta vida, los asiste y consuela en el Purgatorio, y aun allí con más amor y misericordia, por la mayor necesidad en que ve aquellas almas, sin poderse aliviar á sí mismas ninguna parte del rigor de sus penas" (3).
San Alfonso desarrolla aquí una consideración profundamente maternal: las Almas del Purgatorio padecen sin poder aplicarse por sí mismas los sufragios que necesitan. La Iglesia Militante, sin embargo, puede socorrerlas mediante sus oraciones y sacrificios, y María, como Madre espiritual, es invocada por los Fieles para que interceda por Ellas.
El Santo Doctor continúa recogiendo testimonios de diversos autores espirituales y tradiciones devocionales relativas a la protección de Nuestra Señora, entre ellos reproduce unas palabras atribuidas a la propia Virgen en las revelaciones de Santa Brígida: "Yo, como Madre, cuido de los que padecen en el Purgatorio, aliviándoles de hora en hora sus penas" (4).
San Alfonso añade una recomendación concreta para quienes desean ejercer la caridad con los difuntos: "Finalmente, por lo que hace a los sufragios, si deseamos aliviarlas, pidamos a Nuestra Señora por Ellas en todas nuestras oraciones, ofreciendo siempre por su alivio y descanso el Santo Rosario, que les sirve grandemente" (5).
La Santísima Virgen es Madre de misericordia, pero también modelo de fidelidad, pureza, humildad y obediencia a la Voluntad Divina. Encomendemos, pues, a Su maternal intercesión a las Benditas Almas del Purgatorio. Pidámosle que alcance para Ellas el alivio de sus penas y la pronta entrada en la Gloria Celestial.
Que jamás olvidemos que la mejor manera de honrar a Nuestra Santa Madre es vivir como verdaderos hijos Suyos, unidos a Su Divino Hijo y perseverando hasta el final en la Gracia.
Nuestra Señora, Madre de Misericordia, ruega por las Benditas Almas del Purgatorio. Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para Ellas la Luz perpetua. Descansen en paz. Amén.
NOTAS
1) Encíclica Mystici Corporis Christi, 29 de Junio de 1943.
2) Idem.
3) Las Glorias de María, primera parte, capítulo VIII: «María alivia á los suyos las penas del purgatorio y los saca de ellas».
4) Santa Brígida de Suecia. Revelaciones, libro IV, capítulo 132. Testimonio reproducido por San Alfonso María de Ligorio en Las Glorias de María, primera parte, capítulo VIII.
5) Las Glorias de María, primera parte, capítulo VIII.























