En la rica nómina de los soberanos que supieron ceñir la corona terrena sin perder de vista la Gloria del Cielo, destaca con luz propia la figura de San Wenceslao, Duque de Bohemia y Perpetuo Protector de la nación checa. Su vida, tan breve en años como fecunda en virtudes, constituye un testimonio altísimo de cómo el poder temporal puede ser santificado cuando se pone al servicio del Reinado de Cristo.
Nacido hacia el año 907, Wenceslao fue hijo del Duque Vratislao I y de la Duquesa Drahomíra. Si bien su madre permanecía aferrada a las supersticiones y costumbres del paganismo ancestral, la Providencia Divina dispuso que la educación del niño quedase en manos de su piadosa abuela, Santa Ludmila. Bajo su atenta tutela, el pequeño Wenceslao no solo aprendió las letras latinas y eslavas, sino que impregnó su tierno corazón de una devoción ferviente hacia los Sagrados Misterios y las Sagradas Escrituras.
El año 921 marcó el inicio de sus pruebas: tras la muerte de su padre, su abuela Ludmila fue estrangulada por instigación de la impía Drahomíra, quien asumió la regencia e intentó extirpar la incipiente Fe Cristiana del Ducado. Sin embargo, en 924, al alcanzar Wenceslao la mayoría de edad (apenas 17 años), asumió el gobierno del Ducado de Bohemia y restituyó de inmediato el Orden Cristiano.
Lejos de entregarse a los fastos del trono, el gobierno de San Wenceslao se distinguió por una caridad heroica. Las crónicas de la época recuerdan cómo el Duque visitaba de noche las cárceles para consolar a los presos, pagaba las deudas de las viudas y huérfanos y recorría los caminos descalzo, incluso en el rigor del invierno.
Wenceslao se destacó por su profunda vida eucarística; él mismo cultivaba el trigo y vendimiaba las uvas con las que se elaboraban las hostias y el vino para el Santo Sacrificio de la Misa. Asimismo, bajo su mandato mandó erigir en el castillo de Praga una basílica en honor a San Vito, germen de la actual Catedral Primada.
En el terreno político, buscando evitar el derramamiento de sangre de su pueblo, firmó en 929 un tratado de pacificación y tributo con el rey germano Enrique I, asegurando la estabilidad del Ducado pero despertando la incomprensión y el rencor de la nobleza pagana local.
La envidia y la ambición política fraguaron una conspiración encabezada por su propio hermano menor, Boleslao, apodado "el Cruel". Boleslao invitó a Wenceslao a la localidad de Stará Boleslav con el pretexto de celebrar la Festividad de San Cosme y San Damián.
En la mañana del 28 de Septiembre de 935, cuando el Santo Duque se dirigía solitario a la iglesia para oír la Santa Misa, fue abordado por su hermano. Tras una breve discusión en la que Wenceslao desarmó a Boleslao pero rehusó herir a su propio hermano de sangre, los secuaces del conspirador se abalanzaron con sus espadas sobre el joven Duque, arrebatándole la vida a las puertas del templo mientras éste encomendaba su alma a Dios... tenía tan solo 28 años de edad.
La entrega de esta sangre martirial convirtió de inmediato su sepulcro en lugar de milagros y peregrinación. El propio Boleslao, arrepentido de su horrendo crimen, mandó trasladar años más tarde las reliquias de San Wenceslao a la Catedral de San Vito en Praga.
Convertido en el primer Santo de la estirpe eslava, San Wenceslao fue proclamado "Rex Justus" (Rey Justo) y Patrón Celeste de Bohemia. Su figura sigue siendo recordada como el paradigma del gobernante cristiano que prefirió la Corona del Martirio a las componendas del mundo.


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