sábado, 22 de octubre de 2022

TODAS LAS GRACIAS QUE NOS VIENEN DE DIOS PASAN SIEMPRE POR LAS MANOS DE MARÍA, por Plinio Corrêa de Oliveira

  

               En esta época de confusión, de aflicciones y de peligros nues­tras oraciones irremediablemente se tornan más apremiantes.

               Y, con esto, se vuelve más importante tam­bién el que sepamos rezar bien. Y pocas verdades de la Fe concurren de un modo tan poderoso para valorizar nuestras ora­ciones, cuanto la Mediación Universal de María, si la estudiamos seriamente y hace­mos que cale a fondo en nuestra vida de piedad.



               ¿En qué consiste esa verdad? La Teología enseña que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan siempre por las manos de María, de tal manera que nada obtendremos de Él, si María no se asocia a nuestra ora­ción, y todas las gracias que recibimos las debemos siempre a la intercesión de María. Así, la Madre de Dios es el canal de todas las oraciones que llegan hasta su Divino Hijo y el camino de todas las gracias que Este otorga a los hombres.

               Evidentemente, esta verdad supone que en todas las oraciones que hagamos, pida­mos explícitamente a Nuestra Señora que nos apoye. Esta práctica sería sumamente loable. Pero, aunque no invoquemos decla­radamente la intercesión de Nuestra Señora podemos estar seguros de que seremos aten­didos porque Ella reza con nosotros, y por nosotros.

               De ahí se saca una conclusión sumamente consoladora. Si tuviésemos que confiar so­lamente en nuestros méritos, ¿cómo podría­mos confiar en la eficacia de nuestra ora­ción? Se cuenta que cierta vez, Nuestro Señor se apareció a Santa Teresa trayendo en las manos unas uvas maravillosas. Pre­guntó la santa al Divino Maestro qué signi­ficaban las uvas, y El respondió que eran una imagen del alma de ella. Miró entonces la santa detenidamente a las frutas y en la medida en que las examinaba, su primera impresión, que fue magnífica, se deshacía, y daba lugar a una impresión cada vez más triste. Llenas de manchas y de defectos, las uvas acabaron por parecer repugnantes a la gran santa. Ella comprendió entonces el alto significado de la visión. Incluso las almas más perfectas tienen manchas, cuando son atentamente examinadas. Y ¿cuáles son las manchas que pueden pasar desapercibidas a la mirada penetrante de Dios? Por eso tenía mucha razón el Salmista cuanto exclamaba: «Señor si atendieses a nuestras iniquidades, ¿quién se sustentará en vuestra presencia?»

               Y, si no hay nadie que no presente man­chas a los ojos de Dios, ¿quién puede esperar con plena seguridad ser atendido en sus ora­ciones?

               Por otro lado, Dios quiere que nuestras oraciones sean confiantes. No desea que nos presentemos ante su trono como esclavos que se aproximan con miedo de un temible señor, sino como hijos que se acercan a un padre infinitamente generoso y bueno. Esa confianza es incluso una de las condiciones de la eficacia de nuestras oraciones. Pero, ¿cómo tendremos confianza, si, mirando en nuestro interior, sentimos que nos faltan las razones para confiar? Y si no tenemos con­fianza, ¿cómo esperamos ser atendidos?

               De las tristezas de esta reflexión nos saca, triunfalmente, la doctrina de la Mediación Universal de María.

               De hecho, nuestros méritos son mínimos, y nuestras culpas grandes. Pero, lo que por nosotros mismos no podemos alcanzarlo, te­nemos el derecho de esperar que las ora­ciones de Nuestra Señora lo alcance.

               Y jamás debemos dudar de que Ella se asocia a nuestras oraciones cuando son con­venientes a la mayor gloria de Dios y a nues­tra santificación. De hecho, Nuestra Señora nos tiene un amor que sólo de modo imper­fecto puede ser comparado al amor que nos tienen nuestras madres terrenas. San Luis María Grignión de Monfort dice que Nuestra Señora tiene al más despreciable y miserable de los hombres un amor superior al que resultaría de la suma del amor de todas las madres del mundo a un hijo único. Nuestra Madre auténtica en el orden de la gracia nos engendró para la vida eterna. Y a Ella se aplica fielmente la frase que el Espíritu Santo esculpió en la Escritura: «Aunque tu padre y tu madre te abandonasen, Yo no me olvidaría de ti». Es más fácil ser abandonados por nuestros padres según la naturaleza, que por Nuestra Madre según la gracia.

               Nuestra Señora es la Medianera de todas las gracias. Querer rezar sin su intercesión es lo mismo que pretender volar sin alas, dice Dante. Si deseamos que nuestros actos de amor, de alabanza, de acción de gracias y de reparación lleguen hasta el Trono de Dios, debemos depositarlos en las manos de María Santísima. Sería ridículo imaginar que Nuestra Señora constituye un desvío, y que alcanzamos más directamente a Dios si no nos dirigimos a Ella. Lo contrario es verdadero. Sólo por medio de Ella es que llegamos a Dios.



viernes, 21 de octubre de 2022

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO. "Jamás Mis Misericordias se apartan de ellos"

  


              ...no puede Mi Amor ser más benéfico para con los hombres. Ellos se olvidan de Mí y retiran las Misericordias; y por esto, a esta Imagen le darás el título misterioso del Olvido, para darles a entender que Me han olvidado; pero Yo, que soy  vuestra tierna y amorosa Madre, quiero poner a vista de todos los mortales en esta imagen Mía que jamás Mis Misericordias se apartan de ellos...


Revelación de Nuestra Señora a la Madre Patrocinio



LAS HORAS DE LA PASIÓN, de las Revelaciones de Luisa Piccarreta. VIGÉSIMA TERCERA HORA:

                

"...quien piensa siempre en Mi Pasión 
forma en su corazón una fuente, 
y por cuanto más piensa tanto más 
esta fuente sea grande, y como las aguas 
que brotan son comunes a todos, 
esta fuente de Mi Pasión que se forma 
en el corazón sirve para el bien del alma, 
para gloria Mía y para bien de las criaturas." 


Revelación de Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, 
el 10 Abril de 1913


Preparación antes de la Meditación 


               Oh Señor mío Jesucristo, postrado ante Tu divina presencia suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. 

               Ah, dame Tu ayuda, Gracia, Amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...(primera, segunda, etc) y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligado dedicarme a mis deberes o a dormir. 

               Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar. 

               Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome todo en Tu Voluntad y en Tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en Tu Corazón empiezo...




DE LAS 2 A LAS 3 DE LA TARDE 

VIGÉSIMA TERCERA HORA 

Jesús muerto, traspasado por la lanza. 
El Descendimiento de la Cruz


                 ¡Oh Jesús mío, ya estás muerto! Y yo, estando en Tu Corazón, empiezo a gozar ya de los copiosos frutos de la Redención. Aún los más incrédulos se doblegan reverentes ante Ti, golpeándose el pecho; lo que no hicieron ante Tu cuerpo viviente, lo hacen ahora ante Tu cuerpo ya muerto... La naturaleza se estremece, el sol se eclipsa, la tierra tiembla, los elementos se conmueven y parecen tomar parte en Tu dolorosísima muerte. Los Ángeles, sobrecogidos de admiración y de amor, descienden del Cielo a millares, te adoran y te rinden homenajes de reconocimiento, confesándote como nuestro Verdadero Dios. 

               Oh Jesús mío, yo también uno mis adoraciones a las suyas y te ofrezco mi gratitud y todo el amor de mi pobre corazón. Pero veo que Tu Amor no está aún satisfecho, y para darnos una última muestra, permites que un soldado se acerque a Ti y con una lanzada te abra el Corazón, haciéndote derramar las últimas gotas de Sangre y agua, contenidas aún en Él. Oh, ¿No quisieras Tú permitir, Jesús mío, que esta lanza hiera también mi corazón? ¡Ah sí, que esta lanza sea la que hiera mis deseos, mis pensamientos, mis latidos y mi voluntad, y que me de Tu Querer, tus pensamientos y toda tu vida de amor y de inmolación! 

               Corazón de mi Jesús herido por esta lanza, ah, prepara a todas las almas a un baño, un refugio a todos los corazones, un descanso a todos los atribulados. De esta herida es de donde haces brotar a Tu amada Esposa, la Iglesia; de ahí haces salir los Sacramentos y la Vida de las almas; y yo, junto con Tu Madre Santísima, cruelmente herida en Su Corazón, quiero reparar por las ofensas, abusos y profanaciones que se le hacen a la Iglesia, y por los méritos de esta herida y de María Santísima, nuestra dulcísima Madre, te suplico que encierres a todos en Tu amantísimo Corazón, y que protejas, defiendas e ilumines a quienes rigen la Iglesia. Oh Jesús mío, después de Tu dolorosísima muerte, parece que yo no debería tener más vida propia, pero en este Tu Corazón herido encontraré mi vida, de modo que cualquier cosa que esté por hacer, la tomaré siempre de este Corazón Divino. No volveré a dar vida a mis pensamientos, pero si quisieran vida, la tomaré de Tus pensamientos. Mi querer no volverá a tener vida, pero si vida quisiera, la tomaré de Tu Santísima Voluntad. No volverá a tener vida mi amor, pero si quisiera amor, tomaré la vida de Tu amor. Oh Jesús mío, toda Tu Voluntad sea mía, pues ésta es Tu Voluntad, y ésta es también la mía. 

               Jesús mío, nos has dado la última prueba de Tu Amor: Tu Corazón traspasado. Ya no te queda más qué hacer por nosotros; pero he aquí que ya se preparan a descenderte de la Cruz; y yo, después de haber puesto todo en Ti, con Tus amados discípulos quiero quitar los clavos de Tus sacratísimos pies y de Tus sagradas manos, y mientras te desclavo, Tú clávame toda en Ti. Jesús mío, la primera en recibirte en su regazo, bajado de la Cruz, es Tu Madre Dolorosa; y entre sus brazos, Tu cabeza traspasada, dulcemente reposa... Oh dulce Mamá, no desdeñes tenerme en Tu compañía, y haz que también yo, junto Contigo, pueda prestar los últimos servicios a mi amado Jesús... 

               Madre mía dulcísima, es verdad que Tú me superas en el amor y en la delicadeza al tocar a mi Jesús, pero yo trataré de imitarte en el mejor modo posible para complacer en todo al adorado Jesús. Por eso juntamente con Tus manos pongo las mías y quito todas las espinas que rodean Su adorable cabeza, con la intención de unir a Tus profundas adoraciones las mías. Celestial Mamá, ya llegan Tus manos a los ojos de mi Jesús y se disponen a remover la sangre coagulada de esos ojos que un día daban luz a todo el mundo y que ahora están oscurecidos y apagados... Oh Mamá, me uno a Ti, besémoslos juntas y adorémoslos profundamente... 

               Veo los oídos de mi Jesús llenos de sangre, macerados por los golpes, heridos por las espinas... Hagamos penetrar, oh Madre, nuestras adoraciones en esos oídos que ya no oyen y que también han sufrido tanto por llamar a tantas almas obstinadas y sordas a las voces de la Gracia... Oh dulce Mamá, veo Tu rostro bañado en lágrimas, y a Ti toda llena de dolor al ver el rostro adorable de Jesús. Uno mi dolor al Tuyo, y juntas limpiemos el fango y los salivazos que tanto lo han ensuciado; adoremos ese Rostro de majestad divina que enamoraba al Cielo y a la tierra y que ahora ya no da señal alguna de vida... Besemos juntas Su boca, dulce Mamá, esa boca divina que con la suavidad de Su Palabra ha atraído a tantas almas a Su Corazón... Oh Madre, quiero con Tu misma boca besar esos labios lívidos y ensangrentados... y profundamente los adoro. Oh dulce Mamá, junto Contigo quiero besar y volver a besar el cuerpo adorable de Jesús, hecho toda una llaga; juntamente Contigo pongo mis manos para unir esos jirones de carne que en Él aún quedan, y adorémoslo profundamente... 

               Besemos, oh Madre, esas manos creadoras, que han obrado por nosotros tantos prodigios... Esas manos taladradas, que ya están frías y con la rigidez de la muerte. Oh dulce Mamá, encerremos en esas sacrosantas heridas a todas las almas, para que Jesús, al resucitar, las encuentre a todas en Él, depositadas por Ti, y así no se pierda ninguna. 

               Oh Mamá, adoremos juntas estas profundas heridas en nombre de todos y con todos...Oh Celestial Mamá, veo que te acercas a besar los pies de Jesús... ¡Cuán desgarradoras son estas heridas! Los clavos se han llevado gran parte de la carne y de la piel, y el peso de Su Santísimo Cuerpo los ha herido horriblemente... Besémoslos juntas, adorémoslos profundamente y encerremos en estas heridas todos los pasos de los pecadores, para que cuando caminen sientan los pasos de Jesús, que de cerca los sigue, y no se atrevan a ofenderlo... 

               Veo, oh dulce Mamá, que Tu mirada se detiene en el Corazón del adorado Jesús... ¿Qué haremos en este Corazón? Tú me lo mostrarás, Mamá y en Él me sepultarás, lo cerrarás con la piedra y lo sellarás; y aquí adentro, depositando en Él mi corazón y mi vida, me quedaré encerrada hasta la eternidad... ¡Dame Tu amor, oh Mamá, para que con él ame a Jesús, y dame Tu dolor para interceder con él por todos y para reparar toda ofensa que se le haga a este Corazón! 

               Acuérdate, oh Mamá, que al sepultar a Jesús, quiero con Tus mismas manos ser también yo sepultada, para que después de haber sido sepultada con Él, pueda resucitar con Él y con todo lo que es Suyo. Y ahora unas palabras a Ti, oh dulce Mamá: ¡Cuánto te compadezco! Con toda la efusión de mi pobre corazón quiero reunir todos los latidos, todos los deseos y todas las vidas de las criaturas y postrarlos ante Ti en un acto del más ferviente amor y compasión. 

               Te compadezco en el extremo dolor que has sufrido al ver a Jesús muerto, coronado de espinas, destrozado por los azotes y por los clavos..., al ver esos ojos que ya no te miran, esos oídos que no escuchan más Tu voz, esa boca que ya no te habla, esas manos que ya no te abrazan, esos pies que nunca te dejaban y que aun desde lejos seguían Tus pasos... Quiero ofrecerte el Corazón mismo de Jesús, rebosante de amor, para compadecerte como mereces y para dar un consuelo a Tus amarguísimos dolores. 

               


Ofrecimiento después de Cada Hora

 

                Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de Tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”. Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

               Gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”. 

               Ah Jesús, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de Tus gracias...

               Ah Jesús, estréchame a Tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” Tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti. 

               Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en Tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo. 

               Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que Tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a Tu Corazón, que Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo. Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer... 


LAS HORAS DE LA PASIÓN cuenta con aprobación eclesiástica:
Imprimatur dado en el año 1915 por Mons. Giuseppe María Leo,
Arzobispo de Trani-Barletta-Bisciglie, y con Nihil Obstat 
del Canónigo Aníbal María de Francia





jueves, 20 de octubre de 2022

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO. "Se santificarán por este medio"

  


               Madre de Dios y también Madre Nuestra, Abogada y Mediadora Nuestra, Tesorera y Dispensadora de las Gracias de Dios: alcánzanos pronto el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con la Divina Majestad. Ruega por nosotros, pecadores: pues tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni rechazas a los pecadores, sin los cuales no serías la Madre del Salvador. Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece el momento presente. Ahora, cuando somos acometidos y estamos rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos. 


San Luis María Grignión de Montfort
“El Secreto del Rosario”



JESÚS REY DE AMOR, por el Padre Mateo Crawley-Boevey. Parte IV

 

Jesús Rey de Amor 
un tiempo de intimidad con el Corazón 
que lo ha dado todo por nosotros




Aprended lo que significa: 
Misericordia quiero, y no sacrificio. 
Porque no he venido a llamar a justos, 
sino a pecadores, al arrepentimiento.

Evangelio de San Mateo, cap. 9, vers.13



               Leyendo con detención el Evangelio, se llega a creer que Jesús vivía hambriento de las misericordias humanas... Leamos meditando las páginas relativas al Buen Pastor y al Samaritano, las escenas de Magdalena y la mujer adúltera, las comidas con los publicanos, y dondequiera encontramos las palpitaciones violentas del Corazón Misericordioso de Jesús. Y esos publicanos no fueron, siguen siendo, somos nosotros, y Jesús se afana en buscarnos, cabalmente porque somos publicanos. 

               Comprendamos, pues, una vez por todas, que la única manera de pagar al Médico divino es, darle el corazón, henchido de confianza. ¡Jamás la tendremos bastante grande, decía Teresita, jamás!. Cuántos han hecho del Corazón de Jesús una novedad y una devocioncilla poética, nacida en Paray-le-Monial. No, esto no es verdad. Yo encuentro el Corazón de Jesús auténtico entero, maravilloso, sustancia doctrinal, Vida y Misericordia, Centro de corazones, en el Evangelio. Creo, por supuesto, en las grandes revelaciones hechas a Santa Margarita María, pero cabalmente, lo que más me conmueven en ellas, y lo que más me convence (después de la Autoridad de la Iglesia), es el encontrar tan perfectamente concordes el Evangelio y los manuscritos de Margarita María. 

               Pero ni ésta ni nadie me es indispensable para conocer aquel Corazón que se nos reveló en forma estupenda en Belén, en Nazaret, en el Calvario, y que sigue revelándoseme en el Sagrario. Paray ha arrojado, ¡oh, sí!, una luz, una gran luz, y es de veras una revelación, y las peticiones y promesas son un marco divino que dan relieve a la Doctrina. Pero ésta se encuentra en cada línea del Evangelio, ésta es la suprema y definitiva revelación del Corazón de Jesús. 

               El hecho de Paray reviste más bien otra importancia, capital por cierto. El Salvador regresa a esa tierra santa para condenar, con la afirmación de lo que había dicho ya en Palestina, la herejía horrenda, fatídica del jansenismo. En resumen: lo dicho por Jesús en Paray se condensa en esta frase: "Creed en Mi Amor, no temáis, Soy Jesús...; amadme, dándome el corazón, y hacedme amar, porque Soy Jesús". 

                Esto no era ninguna novedad, pero en los labios de Jesús y después en la pluma de la Iglesia, constituía el anatema de muerte contra el hipócrita jansenismo, herejía de esa época. Como los fariseos de Jerusalén, estos otros, no menos repugnantes y venenosos, no aceptaban que un Maestro en Israel, que un enviado del Altísimo, que un nuevo Profeta de buena ley, manifestase, como lo hacía Jesús, esas preferencias, esas flaquezas de ternura por los que ellos desdeñaban como la escoria moral. Y cabalmente, Jesús venía a recoger, con manos divinas, "esa escoria" para convertirla en tesoros de gloria eterna, enviado por el Padre para salvar. 

              ¡Qué hermoso y elocuente escándalo éste, que las criaturas y los que se llaman justos y conductores de almas, y conocedores de las Escrituras, no conciban un Dios, un Jesús que, siendo quien es, coma y converse con pecadores y que, por ellos, haya dejado a los Ángeles! 

               Jansenistas fueron ya, desde entonces, esa turba de fariseos soberbios e hipócritas..., y fariseos son todavía los mismos orgullosos, los 'mismos sepulcros blanqueados que no aceptan como auténtica y divina la Doctrina del Corazón de Jesús: "Quiero Misericordia", Misericordiam volo (Evangelio de San Mateo, cap.9, vers. 13). 

               Con qué vehemencia del alma maldigo ese jansenismo, que parece haberse cebado especialmente en las almas más ricas y generosas, herejía que, como un vampiro, les ha sorbido la sangre de nobleza y de generosidad, les ha disecado el corazón, los ha paralizado, convirtiendo en momias de terror y de aparente austeridad almas gigantes, que si hubieran amado, si hubieran desplegado las alas, si hubieran tenido por horizonte, más que sus miserias a Jesús, y mucho más que la obsesión del Infierno, el Amor, hubieran sido maravillas de Santidad. 

               ¡Oh!, jansenismo malvado, infecto, que se atrevió a convertir al Señor de toda Caridad y Misericordia en un Moloch feroz, en un Júpiter tonante, cruel y espantable. ¡Cuántas y cuántas víctimas de ese sistema sin luz, sin esperanza, sin amor he encontrado en mi camino! Pero, a Dios gracias, esos miasmas parecen ceder, después de un combate rudo, y hoy a la escuela jansenista, sin entrañas, sin piedad, sin Eucaristía, sucede ya, en el gobierno de las almas, la Escuela del Corazón de Jesús, radiante de hermosura, rica de Doctrina, entusiasta de Eucaristía, saturada de confianza evangélica. ¡Estamos ahora haciendo temblar, sí, pero de inmenso amor!. ¡Ah! No olvidaré jamás lo que me decía un jansenista, gran abogado, y que se creía un católico perfecto: "¡No me hable, Padre, de misericordia...; lo que es yo, pido y quiero que se me haga justicia a secas!" Infeliz de él. Si el Sagrado Corazón no hubiera sido mil veces más compasivo que riguroso, ya sabría a estas horas lo que es justicia inexorable, eterna. ¡Pero Jesús se venga... a lo Jesús! Y el tal jansenista murió abrazando con pasión de amor una imagen del Sagrado Corazón y pidiendo misericordia. ¿No se parece este estilo al de los Apóstoles, antes de ser instruidos y educados, cuando decían: "Señor, ¿queréis que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore?" (Evangelio de San Lucas, cap. 9, vers. 54). Todavía no habían ellos penetrado en el espíritu y en el Corazón del Maestro... Cuando el Espíritu Santo les abrió los ojos, y se dilataron sus almas, repararon dicha exclamación, mandando bajar fuego de Caridad para incendiar almas y pueblos en el amor de Jesucristo; ése fue su apostolado. 

               Los hay de aquellos para quienes se diría que no hay sino un solo atributo en Dios: el de una justicia siempre tremenda. Evidentemente, Dios, porque es Dios, ha de ser infinitamente justo... Pero precisamente porque lo es debe ser, mientras recorremos este camino escabroso de viadores, y conociendo el barro de que nos formó, mucho más bueno que riguroso, mucho más Salvador y Padre que Juez inexorable. Él vino, se ha quedado en la Eucaristía y en la Iglesia para salvar... Nosotros lo forzamos, por desgracia, a condenar, lo obligamos a ser Juez severísimo. Si no hubiese sino justicia, o si hubiese más justicia que misericordia, o... si hubiese tanta justicia como misericordia, en el gobierno providencial de las almas, ¿para qué, entonces, el Confesonario, el Sacerdocio, la Eucaristía y todo el sistema, mil y mil veces prodigioso, de Redención Misericordiosa?.

               Para quien tenga un poquitín la experiencia de las almas, la aplicación práctica y diaria de ese sistema redentor constituye el milagro de los milagros y milagro permanente. Cabalmente porque es justo, el Señor debe ser mucho más Padre y Madre que no Juez tremendo; cabalmente porque sabe quién soy, porque sabe dónde termina mi malicia y dónde comienza mi debilidad y mi ignorancia. De ahí lo que decía Teresita: "Yo me confío tanto a la Justicia de Dios, y espero tanto de ella como de su Misericordia". Y esto es eminentemente teológico. 

               Yo creo tanto más en la misericordia que predico cuanto creo más firmemente en la Justicia y equidad del Rey de la gloria. Porque justicia no quiere decir siempre, ni menos exclusivamente, (rigor y castigo), sino equidad. Es decir, que Dios, porque es justo,  debe darme a veces ternura y compasión, y otras castigo. Pero de hecho, por aquel orden establecido por un Dios Crucificado, Él es en este destierro mucho más Padre y compasivo que Juez inclemente. ¿Queréis una prueba sencilla y elocuente de esto? Si el lector de estas líneas ha cometido, supongo, un solo pecado mortal en su vida —y si acá abajo Dios fuera inexorablemente severo y riguroso—, ¿por qué esa alma no está ya en el Infierno, tan justamente merecido?... ¿Por qué está todavía saboreando el pan de miel, el pan de fortaleza de esta doctrina salvadora, por qué? 

               ¡Ah! Otra cosa será cuando, cerrando los ojos, caigamos del otro lado de la ribera eterna, ante el Tribunal Supremo... Allá arriba, consumada la obra de misericordia, se nos hará justicia a secas; pero entre tanto, "cuanto más abundó el pecado, tanto más ha sobreabundado la gracia y la misericordia".  (San Pablo a los Romanos, cap. 5, vers. 20)



miércoles, 19 de octubre de 2022

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO. "Sagrario del Espíritu Santo"

  



               ¡Oh María, María, María, Virgen Santísima, Madre de Dios, Reina del Cielo, Señora del mundo, Sagrario del Espíritu Santo, Lirio de pureza, Rosa de paciencia, Paraíso de deleites, Espejo de Castidad, Dechado de inocencia! Ruega por este pobre desterrado y peregrino, y parte con él de las sobras de tu abundantísima caridad. 


San Pedro de Alcántara



SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Maestro de la Vida Interior, Reformador y Penitente



               Nació en 1499 en  Alcántara, provincia de Cáceres, España y se le bautizó con el nombre de Juan. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos. Ambos se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano.

            Estando estudiando en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se entusiasmó por la vida de los Franciscanos y pidió ser admitido en la Orden, para irse a vivir al convento donde estaban los religiosos más observantes y estrictos de esa comunidad. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre por el Fray Pedro.

            En el Noviciado de los Franciscanos lo pusieron de portero, hortelano, barrendero y cocinero. Pero en este último oficio sufría frecuentes regaños por ser bastante distraído.

             Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.

             Fue nombrado Superior de varios conventos y siempre era un modelo para todos sus hermanos religiosos en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla de la Comunidad. Pero el trabajo en el cual más éxitos obtenía era el de la predicación. Dios le había dado la gracia de conmover a los oyentes, y muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos empezaran a dejar su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre, porque le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.

            En Diciembre de 1532 pidió a sus superiores que lo enviaran al convento más solitario que tuviera la comunidad. Lo mandaron al convento de San Onofre de La Lapa, en Badajoz, en terrenos deshabitados. Allí escribió "Tratado de la oración y la meditación", inspirado en Fray Luis de Granada, un hermoso libro acerca de la oración.

            En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la Corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el Santo, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo.

            Deseando San Pedro de Alcántara que los religiosos franciscanos fueran más mortificados y se dedicaran por más tiempo a la oración y la meditación, fundó una nueva rama de franciscanos, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Papa Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantos ataques, su nueva comunidad progresó notablemente. Su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, le valió numerosas adhesiones a la causa de los frailes alcantarinos por parte de la Nobleza española.

            En 1560, San Pedro Alcántara se encontró con Santa Teresa de Jesús, la cual estaba muy angustiada porque algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, San Pedro entendió perfectamente el caso de la Santa y le dijo que sus visiones venían de Dios y habló en favor de ella con otros sacerdotes que la dirigían. Santa Teresa en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella. Dice así:

        "Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo lo conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien"... 



           Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Hermanas Carmelitas que ella había fundado, y dicen que buena parte de los éxitos que la santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de la comunidad de las Carmelitas.

            Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".

            En Arenas de San Pedro, provincia de Ávila, entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Que alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.

            Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios".

            Fue canonizado por el Papa Clemente IX en 1669; en 1674 es nombrado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria.



martes, 18 de octubre de 2022

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO. "En la mano derecha el crucifijo, el rosario en la izquierda"



               Llevarán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios; sobre sus hombros, el estandarte ensangrentado de la Cruz; en la mano derecha, el crucifijo; el rosario en la izquierda; los Sagrados Nombres de Jesús y de María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.


 San Luis María Grignión de Montfort



QUÉ DISPOSICIÓN SE DEBE TENER, Y CÓMO SE DEBE ORAR CUANDO SE DESEA OBTENER ALGUNA COSA, por Tomás de Kempis.

 

               Cristo: Hijo mío, pide así en toda ocasión: “Señor, que se haga esto, así, si es de Tu agrado. Señor, que en Tu Nombre se haga esto, si ha de ser para Tu Honra. Señor, si ves que esto me conviene, y sabes que me será provechoso, dámelo para hacer uso de ello en Tu Honor. Pero quítame este deseo, si conoces que lo que quiero no me ayudará a salvarme, y sí me dañará.”




               Porque no todos los deseos vienen del Espíritu Santo, aunque le parezcan al hombre razonables y buenos.

               Difícil es discernir con certeza si es el espíritu bueno o un espíritu extraño quien te impele a desear las cosas; o si quien te mueve es tu propio espíritu.

               Muchos se engañaron al fin, los cuáles al principio parecían guiados del espíritu bueno.

               Por eso, con temor de Dios y humildad de corazón se debe desear y pedir lo que se presente a la voluntad como deseable; y más que todo, se me deben encomendar todas las cosas, renunciando a la voluntad propia, orando de esta manera: “Señor, Tú sabes cuál de estas dos cosas es la mejor. Hágase la una o la otra, como Tú quieras. Dame lo que sabes que es lo mejor, lo que más te agrade y sea para Tu mayor Honra. Ponme donde quieras, y en todo haz de mí lo que quieras. Estoy en Tus manos: dame vueltas y revueltas como quieras. Soy Tu siervo, y estoy dispuesto a todo. No quiero vivir para mí, sino para Ti. ¡Ojalá viva con la Santidad que debo!”

               El discípulo: Concédeme, Jesús Misericordioso, que me visite Tu gracia, conmigo coopere y hasta morir me acompañe.

              Concédeme querer siempre y desear siempre lo que más te agrade, lo que más conforme sea con Tu Voluntad.

               Que Tu Voluntad sea la mía, que siempre siga la Tuya, y con ella se conforme perfectamente. Que Tu querer y no querer sean también mí querer y no querer. Que yo no pueda querer o no querer sino lo que Tú quieras o no quieras.

               Concédeme morir a todo lo del mundo y amar por Ti los desprecios y la obscuridad en esta vida.

               Concédeme descansar en Ti sobre todo bien, y hallar la paz de mi corazón en Ti.

               Porque Tú eres la paz verdadera del corazón y su único descanso. Fuera de Ti, todo es inquietud y amargura.

               En esta paz, esto es, en Ti, Bien sumo y eterno, descansaré y dormiré para siempre. Así sea.



lunes, 17 de octubre de 2022

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO. "El dolor que he asumido por vosotros"

 


               La desobediencia y el pasar por alto los Mandamientos de Dios son las cosas que hacen que la mano de Mi Hijo sea más pesada... Si quiero que Mi Hijo no os abandone, estoy encargada de rogarle sin cesar por vosotros, y vosotros no hacéis caso. Por más que recéis, por más que hagáis, jamás podréis recompensar el dolor que he asumido por vosotros...


Nuestra Señora en Su Aparición en La Salette