miércoles, 16 de septiembre de 2020

CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA, del Padre Jerónimo de Ripalda. PARTE 15: Acerca de los tres primeros Mandamientos de la Ley de Dios


               "...hay una gracia que vale mucho más que la de poseer milagrosamente estampada en un velo la Santa Faz del Salvador. En el Velo, la representación del Rostro divino fue hecha como en un cuadro. En la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es hecha como en un espejo.

               En sus instituciones, en su Doctrina, en sus Leyes, en su Unidad, en su Universalidad, en su insuperable Catolicidad, la Iglesia es un verdadero espejo en el cual se refleja nuestro Divino Salvador. Más aún, Ella es el propio Cuerpo Místico de Cristo."



Doctor Plinio Corrêa de Oliveira





Sobre el Primer Mandamiento 

P. Decid los Mandamientos. 


          R. Los Mandamientos de la Ley de Dios, etc. 


P. Sobre el primer Mandamiento os pregunto: ¿A qué nos obliga el amor de Dios? 


          R. A adorarle a Él solo como a Dios, con Fe, Esperanza y Caridad. 


P. ¿Cómo se ha de adorar? 


          R. Con reverencia de cuerpo y alma. 


P. Pues siendo Dios espíritu, ¿no bastará la del alma? 


          R. No, padre; que hubimos de Él también el cuerpo. 


P. ¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas? 


          R. Querer antes perderlas que ofenderle. 


P. ¿Quién peca contra la Fe? 


          R. El que cree cosas supersticiosas; ignora, niega y duda las necesarias. 


P. ¿Quién peca contra la Esperanza? 


          R. El que desconfía de la misericordia de Dios, y locamente presume de ella. 


P. ¿Quién peca contra la Caridad? 


          R. El ingrato a sus beneficios, y a su voluntad y ley es desobediente. 


Sobre el Segundo Mandamiento 


P. Sobre el segundo Mandamiento os pregunto: ¿Quién se dice jurar en vano? 


          R. El que jura sin verdad, sin justicia o necesidad. 


P. ¿Quién jura sin verdad que tanto peca? 


          R. Mortalmente, si advierte que jura o sabe que miente. 


P. ¿Y el que jura con duda, peca mortalmente? 


         R. Sí, Padre, por el peligro en que se pone de jurar con mentira. 


P. ¿Quién es el que jura sin justicia? 


          R. Quien jura de hacer algo mal hecho. 


P. ¿Y el que jura esto, qué tanto peca? 


          R. Más o menos gravemente, conforme a lo mal jurado.


P. ¿Por qué se ofende a Dios tanto en estas dos maneras de juramento? 


          R. Por ser gran desacato traerle por testigo de cosas falsas o mal hechas. 


P. ¿Pues quien ha jurado hacer algo mal hecho, que hará? 


          R. Dolerse de haberlo jurado, y no cumplirlo. 


P. ¿Quién jura sin necesidad, qué tanto peca? 


          R. Venialmente a lo menos por la poca reverencia. 


P. ¿Y es también pecado jurar por las criaturas en alguna manera de estas? 


          R. Sí, Padre, porque se jura al Criador en ellas. 


P. ¿Pues como diremos para no pecar? 


          R. Sí, o no, como Cristo nos enseña. 


P. ¿Cuánto a los votos decidme: Cuándo es pecado no cumplir o dilatarlos? 


          R. Cuando no hay razón para ello a juicio de letrados. 


Sobre el Tercer Mandamiento


P. Sobre el tercer Mandamiento os pregunto; ¿Quién es el que santifica las Fiestas? 


          R. Quien oye Misa entera en ellas, y las huelga, y gasta en santas obras. 


P. ¿Será pecado trabajar en pocas cosas necesarias? 


          R. No Padre; más en duda de si lo es, debe preguntar a quien lo sabe. 


P. ¿Quién otro peca contra este Mandamiento? 


          R. El que al templo se desacata, o censura de la Iglesia. 






martes, 15 de septiembre de 2020

NUESTRA SEÑORA DE LOS SIETE DOLORES: "Ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo"


               Cuando María se ofreció a Dios completamente, junto a Su Hijo en el Templo, ya participaba con Él de la dolorosa expiación a favor del género humano. Es, por tanto cierto, que Ella participó en las mismas profundidades de Su Alma con sus más amargos sufrimientos y con sus tormentos. Finalmente fue ante los ojos de María que se consumó el Divino Sacrificio, para el cual había dado a luz y criado a la Víctima.


( Papa León XIII, Encíclica Jucunda semper, 8 de Septiembre de 1894 )






               Ella estuvo en el Calvario por divina disposición. En comunión con Su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte, abdicó Sus derechos de Madre sobre Su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y para apaciguar la Ira Divina, y en cuanto de Ella dependía, inmoló a Su Hijo... Ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo.


( Papa Benedicto XV, Carta Apostólica Inter Sodalicia, 22 de Mayo de 1918 )


               Así pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y los que, como dice el Apóstol, somos miembros de Su Cuerpo, partícipes de Su Carne y de sus Huesos, hemos salido del Vientre de María, como partes del cuerpo que permanece unido a la cabeza. De donde, de un modo ciertamente espiritual y místico, también nosotros nos llamamos Hijos de María y ella es la Madre de todos nosotros. Madre en espíritu… pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo que somos nosotros. En efecto, si la Bienaventurada Virgen es al mismo tiempo Madre de Dios y de los hombres ¿quién es capaz de dudar de que Ella procurará con todas Sus fuerzas que Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, infunda en nosotros, Sus miembros, todos Sus dones, y en primer lugar que le conozcamos y que vivamos por Él?.

               A todo esto hay que añadir, en alabanzas de la Santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de Su Carne con la que se lograría una Hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el papel de custodiar y alimentar esa Hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el Ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la Vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta: mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis años. 

                 Efectivamente cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la Cruz de Jesús, Su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que Su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, Ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció Su Hijo.

               Y por esta comunión de Voluntad y de Dolores entre María y Cristo, Ella mereció convertirse con toda dignidad en Reparadora del orbe perdido, y por tanto en Dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con Su Muerte y con Su Sangre.

               Cierto que no queremos negar que la erogación de estos bienes corresponde por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han originado a partir de Su Muerte y Él por su propio poder es el Mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comunión, de la que ya hemos hablado, de Dolores y Bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen Augusta ser poderosísima Mediadora y Conciliadora de todo el orbe de la tierra ante Su Hijo Unigénito.


               Así pues, la fuente es Cristo y de Su plenitud todos hemos recibido; por quien el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren… va obrando su crecimiento en orden a su conformación en la Caridad. A su vez María, como señala San Bernardo, es el Acueducto; o también el cuello, a través del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza envía al cuerpo la fuerza y las ideas. Pues Ella es el cuello de nuestra Cabeza, a través del cual se transmiten a su cuerpo místico todos los dones espirituales..."


( Papa San Pío X, Carta Encíclica Ad diem illud laetissimum, 2 de Febrero de 1904 )





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de Nuestra Señora




lunes, 14 de septiembre de 2020

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR





               La libertad otorgada a la Santa Iglesia por el Emperador Constantino tras la Victoria del Puente Milvio, fue una verdadera exaltación de la Santa Cruz, lo mismo que el hallazgo del Sagrado Madero por Santa Elena en el año 326. Sin embargo, la Iglesia recuerda también otro hecho.

               Siglos más tarde, el Rey de Persia, Cosroe, declara la guerra al Imperio Romano de Oriente (Imperio Bizantino con sede en Constantinopla) en el año 604. El Senado de la ciudad nombra Emperador a Heraclio, que de entrada busca la paz con los enemigos. Así, el general Ramiozán, de las huestes del rey persa, se apodera de la Ciudad Santa, Jerusalén, comete el sacrilegio de destruir el Santo Sepulcro y roba impunemente el trozo de la Verdadera Cruz de Nuestro Señor que Santa Elena había guardado en un relicario de plata.

               De los testimonios de aquél sacrílego acto de tomar Jerusalén, se dice que "De los prisioneros cristianos que quedaron en poder de los vencedores, unos fueron entregados al furor de los judíos, que los sacrificaron cruelmente, y otros fueron conducidos a Persia en unión del botín y de la Santa Reliquia. Entre los prisioneros se halaba el Patriarca de Jerusalén, Zacarías."

              La noticia conmociona a la Cristiandad, que rápidamente crea un ejército -a modo de Cruzada- para liberar a los hermanos cautivos, al Patriarca y sobre todo, la Sagrada Reliquia de la Cruz de Nuestro Señor. El valiente y creyente ejército se adentró en Persia, tomando las ciudades de Gauzak (donde los persas tenían un templo dedicado al sol), Derkeveh, Urma, Saro...

              El mismo Emperador Heraclio cruza las filas de sus tropas crucifijo en mano, prometiendo a los soldados la victoria sobre los enemigos de Dios y de la Iglesia Católica; promesa que Dios tuvo a bien cumplir, ya que la derrota persa fue completa. Incluso los aliados del rey persa asesinaron a éste, que se negaba a negociar la paz, y pusieron a su hijo en su lugar, el cual capituló y devolvió las ciudades tomadas antes de la guerra, así como liberó a los cristianos cautivos y devolllvió la Sagrada Reliquia de la Cruz.




               Cuando el Emperador Heraclio regresó a Constantinopla con la Santa Cruz, la ciudad la recibió con un júbilo sin parangón. De esa alegría sin par que llenó el alma de miles y miles de cristianos que adoraron la Preciosa Reliquia, quedó establaecida la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz.

              A pesar de lo mucho que había costado recuperarla, Heraclio quiso devolverla a Jerusalén y lo quiso hacer él mismo. Así, otra vez en la Ciudad Santa, decidió cargarla personalmente hasta el Monte Calvario y claro está, para ceremonia tan importante, quiso lucir sus mejores galas. Sin embargo, cuando se disponía a ascender camino del monte donde Nuestro Señor fue crucificado, sus pies quedaron inmóviles, siéndole imposible dar un paso. 

              El Patriarca, le recordó entonces que Cristo había subido al Calvario pobre, con apenas unos arapos y escarnecido por sus enemigos. El Emperador entendió y sin vacilar, se desprendió de sus galas y su corona, cargó de nuevo con la Santa Cruz y esta vez sí pudo ascender hasta llegar al lugar bendito de la Redención, donde el Patriarca de Jerusalén impartió la bendición la Sagrada Reliquia de la Cruz.






domingo, 13 de septiembre de 2020

EXPLICACIÓN DE LA SANTA MISA, por San Juan María Vianney, Cura de Ars. PARTE 5: Del gran provecho espiritual que conseguimos al escuchar la Santa Misa con devoción


               Nos dice Santo Tomás que un día, durante la Santa Misa, vio a Jesucristo con las manos llenas de tesoros, buscando a quién repartirlos, y que, si acertásemos a asistir con frecuencia y devoción a la Santa Misa, alcanzaríamos muchas y mayores gracias que las que poseemos, ya en el orden espiritual ya en el temporal.

               Os he dicho que el buen ladrón nos instruiría acerca de la manera como hemos de portarnos durante los momentos de la Consagración y Elevación de la Sagrada Hostia, momentos en los cuales hemos de ofrecernos a Dios junto con Jesucristo, teniéndonos por participantes de aquel Augusto Misterio.




               Mirad cómo se porta aquel feliz penitente en la hora misma de su ejecución; ¿no veis cómo abre los ojos del alma para reconocer a su libertador?. Pero ved también los progresos que hace durante las tres horas que pasa en compañía del Salvador agonizante. Está amarrado a la Cruz, sólo le quedan libres el corazón y la lengua, y ved con qué diligencia ofrece uno y otro a Jesucristo: le hace entrega de todo lo que tiene, le consagra su corazón por la Fe y la esperanza, le pide humildemente un lugar en el Paraíso, es decir, en Su Reino Eterno. Le consagra su lengua, publicando su inocencia y santidad. A su compañero de suplicio le habla de esta manera: «Es justo que a nosotros se nos castigue: pero Él es inocente» (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 41). En la hora en que los demás se entretienen ultrajando a Jesucristo con las más horribles blasfemias, él se convierte en su panegirista; mientras Sus Discípulos le abandonan, él abraza su partido; y su caridad es tan grande, que no omite esfuerzo alguno por convertir a su compañero. No nos admire el ver tanta virtud en este buen ladrón, puesto que nada hay tan a propósito para mover nuestro corazón como la vista de Jesucristo agonizante; no hay momento en que se nos conceda la gracia con tanta abundancia, y, sin embargo, somos testigos de tal acontecimiento todos los días. 

               ¡Ay!, si en el feliz momento de la Consagración tuviésemos la dicha de estar animados de una viva Fe, una sola Misa bastaría para librarnos de los vicios en que estamos enredados y convertirnos en verdaderos penitentes, es decir, en perfectos Cristianos. ¿De dónde viene, pues, me diréis, que, asistiendo a tantas Misas, continuemos siendo siempre los mismos? Ello proviene de que sólo estamos presentes corporalmente, mas nuestro espíritu está en otra parte, con lo cual no hacemos otra cosa que completar nuestra reprobación a causa de las malas disposiciones con que asistimos a tan Santa Misa. ¡Ay!, ¡cuántas Misas mal oídas, que, en vez de asegurarnos nuestra salvación, nos endurecen más y más! 

              Habiéndose aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo: “Has de saber, hija mía, que los Santos asistirán a la muerte de todos aquellos que habrán oído con devoción la Santa Misa para ayudarlos a morir bien, para defenderlos de las tentaciones del demonio y para presentar sus almas a Mi Padre”. ¡Qué dicha la nuestra, la de ser asistidos, en aquellos temibles instantes, por tantos Santos cuantas sean las Misas que habremos oído bien!...

               No temamos jamás que la Santa Misa nos cause perjuicio en nuestros negocios temporales; antes al contrario, hemos de estar seguros de que todo andará mejor y de que nuestros negocios alcanzarán mejor éxito….. ¿No recordáis, en efecto, lo que nos aconseja Jesucristo en el Evangelio, que busquemos primero el Reino de los Cielos, y lo demás se nos dará por añadidura ?” ….. id a preguntárselo, y Él os enseñará la manera de vivir prósperamente sin trabajar más de lo ordinario, con sólo oír la Santa Misa todos los días”.

               Tal vez esto os extrañe, más a mí no. Esto es lo que vemos todos los días en los hogares donde hay verdadera piedad y devoción: los negocios de los que asisten con frecuencia a la santa Misa prosperan mucho más que los de quienes dejan de asistir por falta de fe o por pensar que no van a tener tiempo. ¡Ay! ¡Cuánto más felices seríamos, si depositáramos en Dios toda nuestra confianza y tuviésemos en nada nuestro trabajo!

               No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa; ahora vais a verlo. Un santo ermitaño llamado Pablo vio a un joven muy bien vestido, entrar en una iglesia acompañado de gran número de demonios; pero, terminada la Santa Misa, lo vio salir acompañado de una multitud de Ángeles que marchaban a su lado.” ¡Oh, Dios mío!, exclamó el Santo, cuán agradable os debe ser la Santa Misa!”

               Nos dice el Santo Concilio de Trento que la Misa aplaca la Cólera de Dios, convierte al pecador, alegra al Cielo, alivia las Almas del Purgatorio, da Gloria a Dios y atrae sobre la tierra toda clase de bendiciones (Sesión XXIII y XXII). ¡Oh!, si llegásemos a comprender la que es el Santo Sacrificio de la Misa, ¿con qué respeto no asistiríamos a ella?...


               El Santo Abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la Santa Misa, veía a una multitud de Ángeles bajando del Cielo para adorar a Jesús sobre el Altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir a Jesucristo presente sobre el Altar.

               ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovecharse de esta Doctrina, sus hijos no serían tan miserables, ni se alejarían tanto de los caminos que al Cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!. 

Continuará...




Si desea colaborar en la difusión de 
la genuina Misa Católica,
 le recomendamos imprimir el Tríptico con la Doctrina 





sábado, 12 de septiembre de 2020

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA.. "que Tu Amor me recuerde que debo llamarte a cada instante..."





               ¡Madre de Dios y Madre mía María! Yo no soy digno de pronunciar Tu Nombre; pero Tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro Tu Santo y Poderoso Nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir.

               ¡Dulce Madre, María! haz que Tu Nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida. No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame. Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar; ¡María!

               Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora, para alabar, siempre en el Cielo Tu Nombre amado: “¡Oh Clementísima, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María!”. ¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en Ti!

               Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este Nombre tan Dulce, tan Amable y Poderoso. Señora, no me contento con sólo pronunciar Tu Nombre; quiero que Tu Amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con San Anselmo:“¡Oh Nombre de la Madre de Dios, Tú eres el Amor mío!”

               Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros Nombres salvadores. Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros Nombres adorados.

              Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concededme entonces la gracia de deciros:

               “Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.


San Alfonso María Ligorio






                      Si de veras quieres ser devoto de la Virgen sólo invócala a diario con la misma oración con la que la saludó el Arcángel San Gabriel: el Avemaría. La llamamos así porque en su fórmula en latín comienza así Ave María gratia plena, Dóminus tecum...

              En esta sencilla súplica acude con el corazón a Nuestra Señora, es especial en los momentos de dolor y haz hincapié cuando pronuncies el "ahora..." porque Ella es presente en tu vida, en ese "ahora" que tienes tal problema de dinero, en ese "ahora" que te falta la salud... La Virgen es Nuestra Madre, pero también es Reina y Señora, por eso cuando reces, cuando a Ella te dirijas, hazlo con amor y confianza, pero también con el respeto que merece el pronunciar Su Dulce Nombre y encomendarnos a Su intercesión poderosa.

               El Avemaría lo puedes saborear mejor si lo rezas con el Ángelus, la salutación que nuestros padres y abuelos dedicaban a la Virgen tres veces al día y que te recomiendo hacer, por lo sencilla que es y por las muchas gracias e indulgencias que puedes obtener.

               "...cuando en la tarde suena el Ave María haced que desde entonces en adelante os arrodilléis, quitándoos la capucha por amor a Ella, rogándole, por último, que nos conceda aquello de que tenemos necesidad. Y digo que le hagáis esta reverencia tanto si estuvierais fuera de casa como si estuvierais en casa. Y lo digo tanto a vosotras mujeres como a los hombres; haced que este nombre de María lo tengáis en reverencia y devoción... 

               Y para que sepas cómo Ella no es ingrata cuando tú la saludas, aunque no le ruegues, Ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con el mismo afecto que las dices; y si tú le ruegas con reverencia y fe ¿qué crees que Ella hace? Astitit Regina a destris tuis. Está la Reina Madre de Dios a tu derecha y ruega por ti."


San Bernardino de Siena, devoto y Apóstol del Dulce Nombre de María



viernes, 11 de septiembre de 2020

"EL ALIMENTO DE JESÚS CONSISTE EN HACER LA VOLUNTAD DEL ETERNO PADRE..."




               Sor Benigna Consolata Ferrero entró en la Historia de la Mística Católica por ser un alma confidente del Divino Corazón de Jesús, gracia muy especial de la que han gozado sólo pocos Santos. Desde el anonimato de la clausura, escribía cuanto le dictaba el Sagrado Corazón de Jesús, como lo hiciera el Señor con Santa Gertrudis, de modo semejante a Santa Margarita María de Alacoque y como volverá a pasar con Sor Josefa Menéndez.



De los Dictados de Jesús 
a Sor Benigna Consolata


               "Un alma que abandona su voluntad a la de Dios goza de gran paz y participa todo cuanto es posible a una criatura, de la inmutabilidad de Dios; y este alma, haciendo siempre la Voluntad de Dios, hace siempre la suya, porque la Voluntad de Dios se cumple siempre...

               Un alma que hace en todo la Voluntad de Dios, y no solo cumple Su Voluntad, sino que también estudia Sus mínimos deseos para cumplirlos, que está, por decirlo así, siempre al acecho, es un alma que está siempre en oración.

               Tú eres María porque has hospedado a Jesús en tu casa; ahora no le dejes solo. Marta le recibió y enseguida le abandonó, cierto que, esto era para prepararle alimento, pero en fin, ella le dejó. María entretanto, gozó de Él. ¿Para qué prepararle una comida? .

              El alimento de Jesús consiste en hacer la Voluntad del Eterno Padre. Permanece atenta aún en medio de la multiplicidad de las cosas, sin dejar la única simplicidad a la cual eres llamada. ¿Sabes cuándo se deja a Jesús?, cuando se deja de escucharle...






jueves, 10 de septiembre de 2020

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, amigo y Protector de las Almas del Purgatorio


INFANCIA Y JUVENTUD 

               San Nicolás de Tolentino nació en San Angelo, pueblo que queda cerca de Fermo, en la Marca de Ancona, Italia, hacia el año 1245. Sus padres, muy pobres pero sumamente cristianos, lo bautizaron con ese nombre en honor a San Nicolás de Bari, al que se había encomendado la madre para quedarse embarazada. Desde niño fue un alma mortificada, que ayunaba tres veces por semana a base de pan y agua, que en no pocas ocasiones compartía con los pobres, por los que sentía especial afecto.

               Siendo muy joven, San Nicolás fue escogido para ayudar en la Iglesia de Nuestro Salvador. Esta ocupación iba en extremo de acuerdo con su inclinación de ocuparse en el servicio a Dios. No obstante, el santo aspiraba a un estado que le permitiera consagrar directamente todo su tiempo y sus pensamientos a Dios, sin interrupciones ni distracciones.




               Con estos deseos de entregarse por entero a Dios, escuchó en cierta ocasión un sermón, de un fraile o ermitaño de la Orden de San Agustín, sobre la vanidad del mundo, el cual lo hizo decidirse a renunciar al mundo de manera absoluta e ingresar en la orden de aquel santo predicador. Esto lo hizo sin pérdida de tiempo, entrando como religioso en el convento del pequeño pueblo de Tolentino.

SACERDOTE EJEMPLAR

               Nicolás hizo su noviciado bajo la dirección del mismo predicador e hizo su profesión religiosa antes de haber cumplido los 18 años de edad. Lo enviaron a varios conventos de su orden en Recanati, Macerata y otros. En todos tuvo mucho éxito en su misión. En 1271 fue ordenado Sacerdote por el Obispo de Osimo en el Convento de Cingole.

               Su aspecto en el Altar era angelical. Las personas devotas se esmeraban por asistir a su Misa todos los días, pues notaban que era un Sacrificio ofrecido por las manos de un Santo. Nicolás parecía disfrutar de una especie de anticipación de los deleites del Cielo, debido a las comunicaciones secretas que se suscitaban entre su alma tan pura y Dios en la contemplación, en particular cuando acababa de estar en el Altar o en el confesionario.

               Durante los últimos treinta años de su vida, Nicolás vivió en Tolentino y su celo por la salvación de las almas produjo abundantes frutos. Predicaba en las calles casi todos los días y sus sermones iban acompañados de grandiosas conversiones. Solía administrar los sacramentos en los ancianatos, hospitales y prisiones; pasaba largas horas en el confesionario. Sus exhortaciones, ya fueran mientras confesaba o cuando daba el catecismo, llegaban siempre al corazón y dejando huellas que perduraban para siempre en quienes lo oían.

               También, con el poder del Señor, realizó innumerables milagros, en los que les pedía a los recipientes: "No digan nada sobre esto. Denle las gracias a Dios, no a mí." Los fieles estaban impresionados de ver sus poderes de persuasión y su espiritualidad tan elevada por lo que tenían gran confianza en su intercesión para aliviar los sufrimientos de las Almas en el Purgatorio. Esta confianza se confirmó muchos años después de su muerte cuando fue nombrado "Patrón de las Almas del Purgatorio".

               Hacia los últimos años de su vida, cuando estaba pasando por una enfermedad prolongada, sus superiores le ordenaron que tomara alimentos más fuertes que las pequeñas raciones que acostumbraba ingerir, pero sin éxito, ya que, a pesar de que el Santo obedeció, su salud continuó igual. 

LOS PANES DE SAN NICOLÁS

               Una noche se le apareció la Virgen María, le dio instrucciones de que pidiera un trozo de pan, lo mojara en agua y luego se lo comiera, prometiéndole que se curaría por su obediencia. Como gesto de gratitud por su inmediata recuperación, Nicolás comenzó a bendecir trozos de pan similares y a distribuirlos entre los enfermos. Esta práctica produjo favores numerosos y grandes  sanaciones.

               En conmemoración de estos milagros, el Santuario del Santo conserva una distribución mundial de los "Panes de San Nicolás" que son bendecidos y continúan concediendo favores y gracias.

MUERTE DEL SANTO

               La última enfermedad del santo duró un año, al cabo de la cual murió el 10 de Septiembre de 1305. Su fiesta litúrgica se conmemora el mismo día. Nicolás fue enterrado en la iglesia de su convento en Tolentino, en una capilla en la que solía celebrar la Santa Misa.

               A los cuarenta años de su muerte, su cuerpo fue hallado incorrupto y fue expuesto a los fieles. Durante esta exhibición los brazos del santo fueron removidos, y así se inició una serie de extraordinarios derramamientos de sangre que fueron presenciados y documentados.

              El santuario no tiene pruebas documentadas respecto a la identidad del individuo que le amputó los brazos al santo, aunque la leyenda se ha apropiado del reporte de que un monje alemán, Teodoro, fue quien lo hizo; pretendiendo llevárselos como reliquias a su país natal. Sin embargo, sí se sabe con certeza que un flujo de sangre fue la señal del hecho y fue lo que provocó su captura. Un siglo después, durante el reconocimiento de las reliquias, encontraron los huesos del santo, pero los brazos amputados se hallaban completamente intactos y empapados en sangre. Estos fueron colocados en hermosas cajas de plata, cada uno se componía de un antebrazo y una mano.

              Nicolás de Tolentino fue canonizado por el Papa Eugenio IV, en el año 1446. Hacia finales del mismo siglo XV, hubo un derramamiento de sangre fresca de los brazos, evento que se repitió veinte veces; el más célebre ocurrió en 1699, cuando el flujo empezó el 29 de Mayo y continuó hasta el 1 de Septiembre. El monasterio agustino y los archivos del Obispo de Camerino (Macerata) poseen muchos documentos en referencia a estos sangramientos.

               San Nicolas fue uno de los Santos (junto a San Juan Bautista y San Agustín), que vinieron del Cielo para llevar a Santa Rita al convento agustino.



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miércoles, 9 de septiembre de 2020

CATECISMO DE LA DOCTRINA CRISTIANA, del Padre Jerónimo de Ripalda. PARTE 14: Las Oraciones


               El Catecismo del Padre Jerónimo Martínez de Ripalda se editó por primera vez en la ciudad de Burgos, en el año 1591; desde entonces se hizo muy popular por la sencillez a la hora de exponer la sana Doctrina Católica, usando el clásico método de preguntas y respuestas. La edición española que compartimos en estos artículos es la del año 1957.





P. ¿Hay otras oraciones además de la del Padre nuestro? 

          R. Sí, Padre, las de la Escritura, Iglesia y Santos

P. ¿Cuál de las oraciones es la mayor? 

          R. La del Padrenuestro, como regla de todas

P. ¿Por qué es regla el Padrenuestro? 

          R. Porque lo compuso Cristo y contiene todo lo que puede desearse

P. ¿Cuáles son las condiciones de la buena oración? 

          R. Piedad, confianza, humildad y perseverancia

P. ¿Y el que de todo esto se siente falto, qué ha de hacer? 

          R. Procurarlo, y perseverar en hacer lo que pudiere

P. ¿Hemos también de hacer oración a los Ángeles y a los Santos? 

          R. Sí, Padre, como a nuestros medianeros

P. ¿Qué cosa son Ángeles? 

          R. Espíritus soberanos, que están a Dios alabando

P. ¿De qué le sirven a más de esto? 

          R. De guardar a los hombres, y traer y llevar a Dios recados suyos. Encomendar a cada uno la devoción y reverencia del Ángel de su guarda

P. ¿Qué oraciones decía a nuestra Señora? 

          R. El Ave María y Salve, de ordinario.





martes, 8 de septiembre de 2020

NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN MARÍA


               La Celebración de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María surgió en la Iglesia alrededor del siglo VII, siendo establecida por el Papa San Sergio I (687-701).

               Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Protoevangelio de Santiago , nos ha transmitido los nombres de los padres de Nuestra Señora, San Joaquín y Santa Ana, que la Iglesia añadió en el Calendario Litúrgico. 

               La Tradición sitúa el lugar del Nacimiento de la Virgen María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la Ciudad Santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada casa de Santa Ana, muy cerca de la piscina Probática. Tal vez por esa piadosa Tradición la Liturgia Católica pone en labios de Madre de Dios aquellas palabras "me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está Mi potestad" (Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 15).





               El Nacimiento de la Madre de Dios que hoy recordamos, marcó el inicio de la Plenitud de los Tiempos, cuando las Promesas de Dios hechas a través de los Profetas del Antiguo Testamento comenzaron a cumplirse según estaba escrito. 

               Así, la Natividad de María Virgen es un suceso especialmente trascendental para los Cristianos, porque la Madre del Hijo de Dios, por esa unión de intereses salvíficos, se convierte en Medianera entre los hombres y Dios mismo, Sagrario viviente que le portó en el seno y lo dio a luz sin mácula en Su virginidad. María nació predestinada por el Altísimo a ser Madre, oficio divino que le fue confirmado por Su mismo Hijo en el momento del Calvario, cuando en la persona del discípulo adolescente, nos legó a María Virgen con aquél "Ahí tienes a Tu Madre" (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 34)



MARÍA 
LA OBRA MÁS GRANDIOSA Y DIGNA


               "Es cierto que el alma de María es la más bella que ha creado Dios después de la del Verbo Encarnado; ésta fue la obra más grandiosa y de por sí la más digna que realizó el Omnipotente en la tierra. “Una obra que sólo es superada por el mismo Dios”, dice San Pedro Damiano. La Gracia de Dios no se dio a María con medida como a los demás Santos, sino “como el rocío que humedece la tierra” (Salmo 71, vers. 6). Fue el Alma de María como lana que absorbió dichosa la gran lluvia de la Gracia sin perder ni una gota. “La Virgen –dice San Basilio– absorbió toda la gracia del Espíritu Santo”. Es decir, como explica San Buenaventura, poseyendo en plenitud todo lo que los demás Santos poseen en parte. San Vicente Ferrer, hablando de la Santidad de María antes de su nacimiento, dice que esa santidad sobrepasó la de todos los Ángeles y Santos juntos.

               Es el común sentir, que la Santa Niña, al recibir la gracia santificante en el seno de Su madre Santa Ana, recibió al mismo tiempo, la gracia de la Ciencia Infusa, que es una luz divina correspondiente a toda la gracia de que fue enriquecida. Así que bien podemos creer que desde el primer instante en que Su Alma se unió a Su Cuerpo, Ella quedó iluminada con todas las luces de la Divina Sabiduría con que conoció la Verdad Eterna, la belleza de la virtud, y sobre todo, la Infinita Bondad de Su Dios y cuánto merecía ser amado de todos, pero especialmente por Ella por razón de los especialísimos privilegios con que el Señor la había dotado, distinguiéndola sobre todas las criaturas, preservándola de la mancha del pecado original, dándole gracias tan inmensas, y destinándola para Madre del Verbo y Reina del Universo..."


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia


HOY ES EL DÍA INDICADO
PARA RENOVAR NUESTRO VOTO DE 
ESCLAVITUD MARIANA


               En su Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María, San Luis Grignión de Montfort enseña que "Antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo".

               Así es, y si no, basta recordar el reclamo del Apóstol San Pablo "¿Acaso no sabéis que no os pertenecéis?" (1 Cor. 6, 19). Y San Luis añade: "Somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda su Sangre".

               Teniendo en cuenta esto, el incansable misionero, San Luis Grignión, explica la diferencia entre el servidor asalariado y el esclavo: "Por la esclavitud, en cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida y debe servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como si fuera uno de sus animales sobre los que tiene derecho de vida y muerte".

               Por naturaleza, todos los seres son esclavos de Dios. Los demonios y los condenados también lo son por constreñimiento, y los justos y santos, por libre voluntad.

               Este tipo de esclavitud, enseña el Santo enamorado de la Virgen, es "la más perfecta y la más gloriosa para Dios, que escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa", porque por esta esclavitud el alma "opta por Dios y por su servicio, sin que importe todo lo demás, aunque no estuviese obligado a ello por naturaleza".

               Al final de su obra, San Luis aconseja algunas "prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección". Éstas consisten en hacer todas las acciones "por María, con María, en María y para María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo". 


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