viernes, 16 de diciembre de 2022

LAS HORAS DE LA PASIÓN, de las Revelaciones de Luisa Piccarreta. VIGÉSIMA CUARTA Y ÚLTIMA HORA: La Sepultura de Jesús

                  

"...quien piensa siempre en Mi Pasión 
forma en su corazón una fuente, 
y por cuanto más piensa tanto más 
esta fuente sea grande, y como las aguas 
que brotan son comunes a todos, 
esta fuente de Mi Pasión que se forma 
en el corazón sirve para el bien del alma, 
para gloria Mía y para bien de las criaturas." 


Revelación de Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, 
el 10 Abril de 1913


Preparación antes de la Meditación 


               Oh Señor mío Jesucristo, postrado ante Tu divina presencia suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. 

               Ah, dame Tu ayuda, Gracia, Amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...(primera, segunda, etc) y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligado dedicarme a mis deberes o a dormir. 

               Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar. 

               Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome todo en Tu Voluntad y en Tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en Tu Corazón empiezo...




DE LAS 4 A LAS 5 DE LA TARDE 

VIGÉSIMA CUARTA Y ÚLTIMA HORA 

La Sepultura de Jesús


                 ¡Oh Jesús mío, Dolorosa Mamá mía, ya veo que te dispones al último sacrificio: tener que dar sepultura a tu Hijo Jesús muerto. Y resignadísima a los Quereres del Cielo, lo acompañas y con tus mismas manos lo depones en el sepulcro... Y mientras recompones esos miembros, tratas de decirle un último adiós, de darle el último beso, y por el dolor te sientes arrancar el corazón del pecho. El amor te deja clavada sobre esos miembros, y por la fuerza del dolor y del amor tu vida está a punto de quedar apagada junto con tu muerto Hijo... Pobre Mamá, ¿cómo harás ya sin Jesús? El es tu vida, tu todo... y sin embargo, es el Querer del Eterno el que así lo quiere. Ahora tendrás que combatir con dos potencias insuperables: el Amor y el Querer Divino... El amor te tiene clavada, de modo que no puedes separarte, pero el Querer Divino se impone y quiere este sacrificio... Pobre Mamá, ¿cómo harás? ¡Cuánto te compadezco! ¡Ah, ángeles del Cielo, venid a ayudarla a separarse del cuerpo muerto de Jesús... pues si no, Ella morirá! 

               Mas, oh prodigio, mientras parecía extinguida juntamente con Jesús, oigo su voz temblorosa e interrumpida por sollozos, que dice: “Hijo, Hijo amado, éste era el único consuelo que me quedaba y que mitiga mis penas: tu Santísima Humanidad, desahogarme sobre estas llagas y adorarlas y besarlas... Pero ahora también se me quita esto, porque el Querer Divino así lo quiere. Y Yo me resigno. Pero sabe, oh Hijo, que lo quiero... y no puedo. Al solo pensamiento de hacerlo, las fuerzas se me desvanecen y la vida me abandona... Ah permíteme, oh Hijo, que para poder recibir fuerza y vida para esta amarga separación, me deje sepultada enteramente en ti, y que para mi vida tome tu vida, tus penas, tus reparaciones y todo lo que Tú eres... Ah, sólo un intercambio de vida entre Tú y Yo puede darme la fuerza de cumplir el sacrificio de separarme de ti.” 

               Afligida Mamá mía, así decidida, veo que de nuevo recorres esos miembros, y poniendo tu cabeza sobre la de Jesús, la besas y en ella encierras tus pensamientos, tomando para ti sus espinas, sus afligidos y ofendidos pensamientos y todo lo que ha sufrido en su sacratísima cabeza... ¡Oh, cómo quisieras animar la inteligencia de Jesús con la tuya para poder darle vida por vida!... Y ya sientes que empiezas a revivir, con haber tomado en tu mente los pensamientos y las espinas de Jesús...

               Dolorosa Mamá, te veo que besas los ojos apagados de Jesús. Y se me parte el corazón al ver que Jesús ya no te mira más... ¡Cuántas veces esos ojos divinos, mirándote, te extasiaban en el Paraíso y te hacían resucitar de la muerte a la vida! Pero ahora, al ver que ya no te miran, te sientes morir... Por eso veo que dejas tus ojos en los de Jesús y que tomas para ti los suyos, sus lágrimas y la amargura de esa mirada que ha sufrido tanto al ver las ofensas de las criaturas y tantos insultos y desprecios. Veo que besas también, oh traspasada Mamá, sus santísimos oídos, y lo llamas y le dices: “Hijo mío, ¿pero es posible que ya no me escuches más? Tú, que me escuchabas y que atendías hasta el más pequeño gesto mío... 

               Y ahora que lloro y que te llamo ¿no me escuchas? ¡Ah, el amor verdadero es el más cruel tirano! Tú eras para Mí más que mi propia vida, ¿y ahora tendré que sobrevivir a tan gran dolor? Por eso, oh Hijo, dejo mis oídos en los tuyos y tomo para Mí todo lo que han sufrido tus santísimos oídos, el eco de todas las ofensas que en ellos resonaban... Sólo esto me puede dar la Vida: tus penas y tus dolores...”. Y mientras esto dices, es tan intenso el dolor y las angustias en tu Corazón, que pierdes la voz y te quedas sin movimiento... ¡Pobre Mamá mía, pobre Mamá mía, cuánto te compadezco! ¡Cuántas muertes crueles estás sufriendo! Pero, Mamá dolorosa, el Querer divino se impone y te da el movimiento, y Tú miras el rostro santísimo de Jesús, lo besas y exclamas: “¡Hijo adorado, cómo estás desfigurado; si el amor no me dijera que eres mi Hijo, mi Vida, mi todo, no sabría reconocerte... tanto has quedado irreconocible! 

               Tu natural belleza se ha convertido en deformidad, tus rosadas mejillas se han hecho violáceas; la luz, la gracia que irradiaba tu hermoso rostro -que mirarte y quedar arrobado era una misma cosa- se ha transformado en la palidez de la muerte, oh Hijo amado... ¡Hijo, a qué has quedado reducido! ¡Qué horrible trabajo ha realizado el pecado en tus santísimos miembros! ¡Oh, cómo quisiera tu inseparable Mamá devolverte tu primitiva belleza! Quiero fundir mi cara en la tuya y tomar para Mí tu rostro, las bofetadas, los salivazos, los desprecios y todo lo que has sufrido en tu rostro adorable... ¡Ah Hijo, si me quieres aún viva, dame tus penas, de lo contrario me muero!”. 

                Y tan grande es el dolor que te sofoca, que te corta las palabras y quedas como extinguida sobre el rostro de Jesús... ¡Pobre Mamá, cuánto te compadezco! Ángeles míos, venid a sostener a mi Mamá, su dolor es inmenso, la inunda, la ahoga, y ya no le quedan más vida ni fuerzas... Pero el Querer Divino, rompiendo estas olas de dolor que la ahogan, le restituye la vida. Y llegas ya a su boca, y al besarla te sientes amargar tus labios por la amargura de la hiel que ha amargado tanto la boca de Jesús, y sollozando continúas: “Hijo mío, dile una última palabra a tu Mamá... ¿Pero es posible que no haya de volver a escuchar nunca más tu voz? Todas las palabras que en vida me dijiste, como otras tantas flechas me hieren el Corazón de dolor y de amor; y ahora, al verte mudo, estas flechas se remueven en mi lacerado Corazón y me dan innumerables muertes, y a viva fuerza parece que quieran arrancarte una última palabra... y no obteniéndola, me desgarran y me dicen: “Así es, ya no más lo escucharás; no volverás a oír más sus dulces acentos, la armonía de su palabra creadora, que en ti creaba tantos paraísos por cuantas palabras decía... 

               ¡Ah, mi paraíso se terminó y no tendré sino amarguras! ¡Ah Hijo, quiero darte mi lengua para reanimar la tuya! Ah, dame lo que has sufrido en tu santísima boca, la amargura de la hiel, tu sed ardiente, tus reparaciones y tus plegarias; y así, oyendo por medio de éstas tu voz, mi dolor podrá ser más soportable... y tu Mamá podrá seguir viviendo en medio de tus penas...”. Mamá destrozada, veo que te apresuras porque los que están contigo quieren ya cerrar el sepulcro, y casi como volando pasas sobre las manos de Jesús... las tomas entre las tuyas, las besas, te las estrechas al Corazón y dejando tus manos en las suyas, tomas para ti los dolores y las heridas que han deshecho esas manos Santísimas... Y llegando a los pies de Jesús y mirando la cruel destrucción que los clavos han hecho en sus pies, pones en ellos los tuyos y tomas para ti esas llagas, entregándote en lugar de Jesús a correr en busca de todos los pecadores para arrancarlos al infierno... Angustiada Mamá, ya veo que le dices el último Adiós al Corazón traspasado de Jesús... 

              Aquí te detienes; es el último asalto que recibe tu Corazón materno, y te lo sientes arrancar del pecho por la vehemencia del amor y del dolor, y por sí mismo se te escapa para ir a encerrarse en el Corazón Santísimo de Jesús; y Tú, viéndote sin Corazón, te apresuras a tomar para ti el Corazón Sacratísimo de Jesús, su amor rechazado por tantas criaturas, tantos deseos suyos ardentísimos, no realizados por la ingratitud de ellas, y los dolores, las heridas que traspasan ese Corazón sagrado y que te tendrán crucificada durante toda tu vida... Y mirando esa ancha herida, la besas y tomas en tus labios su sangre, y sintiéndote la vida de Jesús, sientes las fuerzas para soportar la amarga separación... Y así, lo abrazas y te retiras... y estás a punto de permitir que sea cerrado el sepulcro con la piedra... Pero yo, dolorosa Mamá mía, llorando te suplico que no permitas aún que Jesús nos sea quitado de nuestra mirada; espera que primero me encierre en Jesús para tomar su Vida en mí... Si no puedes vivir sin Jesús Tú, que eres la Sin Mancha, la Santa, la Llena de Gracia, mucho menos podré yo, que soy la debilidad, la miseria, la llena de pecados... ¿Cómo voy a poder vivir sin Jesús? Ah Mamá dolorosa, no me dejes sola, llévame contigo; pero antes deposítame toda en Jesús, vacíame de todo para poner a Jesús por entero en mí, así como lo has puesto en ti... Comienza a cumplir conmigo el oficio de Madre que te dio Jesús estando en la Cruz, y abriendo mi pobreza extrema una brecha en tu Corazón materno, enciérrame toda por completo en Jesús con tus mismas manos maternas. Encierra los pensamientos de Jesús en mi mente, a fin de que no entre en mí ningún otro pensamiento. 

                Encierra los ojos de Jesús en los míos para que nunca pueda escapar yo a su mirada. Pon sus oídos en los míos para que siempre lo escuche y cumpla en todo su Santísimo Querer... Su rostro ponlo en el mío a fin de que contemplando ese Rostro tan desfigurado por amor a mí, lo ame, lo compadezca y repare. Pon su lengua en la mía, para que hable, rece y enseñe con la lengua de Jesús. Pon sus manos en las mías para que cada movimiento que yo haga y cada obra que realice, tomen vida en las obras y movimientos de Jesús. Sus pies ponlos en los míos, a fin de que cada paso que yo dé sea vida, salvación, fuerza y celo para todas las criaturas... Y ahora, afligida Mamá mía, permíteme que bese su Corazón y que beba su Preciosísima Sangre, y encerrando Tú su Corazón en el mío, haz que pueda vivir yo de su amor, de sus deseos y de sus penas... 

                Y ahora toma la mano derecha de Jesús, rígida ya, para que me des con ella su última bendición... Veo que ahora ya permites que la piedra cierre el sepulcro, y Tú, destrozada, la besas y llorando dices tu último Adiós a Jesús... y después te alejas del sepulcro. Pero tu dolor es tanto que quedas petrificada y helada... Traspasada Mamá, contigo le digo Adiós a Jesús y, llorando, quiero compadecerte y hacerte compañía en tu amarga desolación. Quiero ponerme a tu lado para decirte en cada suspiro tuyo, en cada dolor, una palabra de consuelo, para darte una mirada de compasión... Recogeré tus lágrimas, y si te veo desvanecerte, te sostendré en mis brazos. Ahora veo que te ves obligada a volver a Jerusalén por ese mismo camino, por donde viniste... 

               Unos cuantos pasos y te encuentras de nuevo ante la Cruz, sobre la que Jesús ha sufrido tanto y ha muerto, y corres a ella, la abrazas, y viéndola tintada en sangre, en tu Corazón se renuevan uno por uno todos los dolores que Jesús ha sufrido sobre ella... Y no pudiendo contener tu dolor, entre sollozos exclamas: “¡Oh Cruz! ¿Tan cruel habías de ser con mi Hijo? ¡Ah, en nada lo has perdonado! ¿Qué mal te había hecho? No has permitido siquiera a Mí, su dolorosa Mamá, que le diera un sorbo de agua al menos, cuando la pedía, y a su boca abrasada le has dado hiel y vinagre; sentía Yo licuárseme el Corazón traspasado y hubiera querido dar a aquellos labios mi Corazón licuefacto para calmar su sed, pero tuve el dolor de verme rechazada... Oh Cruz, cruel, sí, pero santa, porque has sido divinizada y santificada al contacto de mi Hijo. Esa crueldad que usaste con El, cámbiala en compasión hacia los miserables mortales, y por las penas que El ha sufrido sobre ti, obtén gracia y fortaleza para las almas que sufren, para que ninguna se pierda por causa de cruces y tribulaciones. Mucho me cuestan las almas; me cuestan la vida de un Hijo Dios; y Yo, como Madre y Corredentora, las confío todas a ti, oh Cruz.” 

               Y besándola y volviéndola a besar te alejas... ¡Pobre Mamá, cuánto te compadezco! A cada paso y encuentro surgen nuevos dolores, que haciendo más grande su inmensidad y su amargura, te inundan como oleadas, te ahogan, y a cada momento te sientes morir. Pocos pasos más... y llegas al sitio donde esta mañana lo encontraste bajo el enorme peso de la Cruz, agotado, chorreando sangre, con un manojo de espinas en la cabeza, las cuales, a los golpes de la Cruz penetraban más y más y en cada golpe le procuraban dolores de muerte... 

                La mirada de Jesús, cruzándose con la tuya, buscaba piedad, pero los soldados, para privar de ese consuelo a Jesús y a ti, lo empujaron y lo hicieron caer, haciéndole derramar nueva sangre; y ahora, viendo la tierra empapada, te postras por tierra, y mientras besas esa Sangre te oigo decir: “Ángeles míos, venid a hacer guardia a esta Sangre, para que ninguna gota sea pisoteada y profanada.” Mamá dolorosa, déjame qué te dé la mano para levantarte y sostenerte, porque te veo que agonizas en la Sangre de Jesús... Pero al proseguir tu camino, nuevos dolores encuentras. Por doquier ves huellas de su Sangre y recuerdas el dolor de Jesús... Por eso apresuras tus pasos y te encierras en el Cenáculo. 

                Yo también me encierro en el Cenáculo, pero mi Cenáculo sea el Corazón Santísimo de Jesús; y desde su Corazón quiero venir a tus rodillas maternas para hacerte compañía en esta Hora de amarga desolación... No resiste mi corazón dejarte sola en tanto dolor. Desolada Mamá, mira a esta pequeña hija tuya; soy demasiado pequeña, y sola no puedo ni quiero vivir. Tómame sobre tus rodillas y estréchame entre tus brazos maternos, haz conmigo de Mamá. Tengo necesidad de guía, de ayuda, de sostén... Mira mi miseria y derrama sobre mis llagas una lágrima tuya, y cuando me veas distraída, estréchame a tu Corazón materno, y en mí vuelve a llamar la Vida de Jesús... 

               Pero mientras esto te suplico, me veo obligada a detenerme para poner atención a tus acerbos dolores, y siento que el corazón se me rompe al ver que al mover tu cabeza sientes que te penetran más las espinas que has tomado de Jesús, con las punzadas de todos nuestros pecados de pensamiento, que penetrándote hasta en los ojos, te hacen derramar lágrimas de sangre... Y mientras lloras, teniendo en los ojos la vista de Jesús, desfilan ante tu vista todas las ofensas de las criaturas... ¡Cómo sientes su amargura! 

               ¡Cómo comprendes lo que Jesús ha sufrido, teniendo en ti sus mismas penas! Pero un dolor no espera al otro, y poniendo atención en tus oídos te sientes aturdir por el eco de las voces de las criaturas, y según cada especie de voces ofensivas de las criaturas te los hieren, y Tú repites una vez más: “¡Hijo, cuánto has sufrido!”. 

                Desolada Mamá, ¡cuánto te compadezco! Permíteme que te limpie tu rostro todo bañado en lágrimas y en sangre..., pero me siento retroceder al verlo ahora violáceo, irreconocible y pálido, con una palidez mortal... ¡Ah, comprendo, son los malos tratos que le han dado a Jesús, que has tomado sobre ti y que te hacen tanto sufrir, tanto, que al mover tus labios en tu oración o para dejar escapar suspiros de fuego de tu pecho, siento tu aliento amarguísimo y tus labios abrasados por la sed de Jesús... 

                ¡Pobre Mamá mía, cuánto te compadezco! Tus dolores parece que van creciendo cada vez más, y parecen darse la mano entre ellos... Y tomando tus manos en las mías, las veo traspasadas por clavos... En ellas precisamente sientes el dolor al ver los homicidios, las traiciones, los sacrilegios y todas las obras malas, que repiten los golpes, agrandando las llagas y exacerbándolas cada vez más.

                ¡Cuánto te compadezco! Tú eres la verdadera Madre Crucificada, hasta el punto que ni siquiera tus pies quedan sin clavos; más aún, no sólo te los sientes clavar, sino también como arrancar por tantos pasos inicuos y por las almas que se van al infierno, y Tú corres tras ellas para que no se precipiten en las eternas llamas infernales... Pero no es todavía todo, Crucificada Mamá. Todas tus penas, reuniéndose juntas, resuenan haciendo eco en tu Corazón, y te lo traspasan, no con siete espadas, sino con miles de espadas; y mucho más porque teniendo en ti el Corazón Divino de Jesús, que contiene a todos los corazones y envuelve en su latido los latidos de todos, ese latido divino va diciendo en sus latidos: “Almas, Amor”, y Tú, en ese latido que dice “Almas” te sientes correr en tus latidos todos los pecados, y te sientes dar la muerte por cada uno de ellos; y en ese otro latido que dice “Amor”, te sientes dar la vida; de manera que estás en un acto continuo de muerte y vida. Crucificada Mamá, mirándote, compadezco tus dolores... éstos son inenarrables. 

               Quisiera transformar mi ser en lengua, en voz, para compadecerte, pero ante tantos dolores mis compadecimientos son nada. Por eso llamo a los ángeles, a la Trinidad Sacrosanta, y les ruego que pongan en torno a ti sus armonías, sus contentos, sus bellezas, para que endulcen y compadezcan tus intensos dolores; que te sostengan entre tus brazos y que te devuelvan todas tus penas convertidas en amor. Y ahora, desolada Mamá, gracias en nombre de todos por todo lo que has sufrido, y te ruego, por ésta tan amarga desolación tuya, que me vengas a asistir en la hora de mi muerte, cuando mi pobre alma se encontrará sola, abandonada de todos, en medio de mil angustias y temores; ven Tú entonces a devolverme la compañía que tantas veces te he hecho en mi vida; ven a asistirme, ponte a mi lado y ahuyenta al enemigo; lava mi alma con tus lágrimas, cúbreme con la Sangre de Jesús, revísteme con sus méritos, embelléceme con tus dolores y con todas las penas y las obras de Jesús; y en virtud de sus penas y de sus dolores, haz desaparecer de mí todos mis pecados, dándome el total perdón. 

               Y al expirar mi alma, recíbeme entre tus brazos y ponme bajo tu manto, ocúltame a la mirada del Enemigo, llévame en un vuelo al Cielo y ponme en los brazos de Jesús... ¡Quedemos en este acuerdo, querida Mamá mía! Y ahora te ruego que les hagas la compañía que te he hecho hoy a todos los moribundos presentes y futuros, a todos hazles de Madre; son los momentos extremos y se necesitan grandes auxilios, por eso, a ninguno niegues tu oficio materno... Y por último unas palabras: Mientras te dejo, te ruego que me encierres en el Corazón Sacratísimo de Jesús, y Tú, doliente Mamá mía, hazme de centinela para que Jesús no me tenga que echar fuera de su Corazón, y para que yo, ni aun queriendo, pueda salir jamás... Y ahora, te beso Tu mano materna y Tú dame tu bendición...

               


Ofrecimiento después de Cada Hora

 

                Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de Tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”. Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

               Gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”. 

               Ah Jesús, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de Tus gracias...

               Ah Jesús, estréchame a Tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” Tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti. 

               Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en Tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo. 

               Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que Tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a Tu Corazón, que Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo. Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer... 


LAS HORAS DE LA PASIÓN cuenta con aprobación eclesiástica:
Imprimatur dado en el año 1915 por Mons. Giuseppe María Leo,
Arzobispo de Trani-Barletta-Bisciglie, y con Nihil Obstat 
del Canónigo Aníbal María de Francia





lunes, 12 de diciembre de 2022

MARÍA SANTÍSIMA DE GUADALUPE, Emperatriz de América

  


               Eran los albores del siglo XVI, y la Iglesia en el Viejo Continente estaba acosada por dolorosas heridas. La herejía luterana había roto la unidad de la Fe en los reinos germánicos, arrastrando consigo a numerosos adeptos. Inglaterra capituló ante los deseos de Enrique VIII, quien usurpó el control de la Iglesia, prescindiendo del Papa. Zwingli trajo las ideas luteranas a Suiza. En Francia, Calvino emprendió un intento similar de sedición religiosa... Se estaba dando el primer paso de un largo proceso de disgregación en el Cuerpo Místico de Cristo, y el Concilio de Trento reaccionó, utilizando medios sin precedentes en la vida pastoral y teológica de la Iglesia.

               En el Nuevo Continente al otro lado del mar, los descubrimientos de Colón, fomentados por expediciones marítimas en curso, despertaron en muchos corazones dos sentimientos encontrados: esperanza y perplejidad. Esperanza ante un mundo desconocido y prometedor que se abría al Reino de Dios; perplejidad ante la realidad del tipo humano indígena, típicamente inmerso en un estilo de vida salvaje durante incontables generaciones, y acostumbrado a indecibles atrocidades.

               La idolatría reinaba entre los amerindios, ¡y no cualquier idolatría! El fomento del odio, la venganza y la rivalidad fue inculcado en las mentes y exteriorizado en tótems y en divinidades anhelantes de sacrificios humanos. A esto se sumaba el libertinaje moral, el hurto, las guerras interminables y muchas otras tendencias que hacen preguntarse: ¿quiénes estaban personificados en los ídolos precolombinos? ¿Quién fue el que se benefició de estas aberraciones? Tal red de creencias sangrientas y antropófagas, esparcida por los vastos territorios americanos, podría compararse a un gran cuerpo idólatra que nutrió a sus miembros con excesos pecaminosos.

               La Iglesia no podía permanecer indiferente al bien de las almas. Por lo tanto, comenzó la difícil misión de catequizar a un pueblo salvaje, tan bárbaro que algunos incluso cuestionaron si los amerindios tenían alma... 

               Decenas de misioneros, sobre todo pertenecientes a Órdenes Religiosas, emprendieron una iniciativa más difícil que someter con las armas: conquistar el corazón de los indígenas para Cristo. Sin embargo, no estaban solos...¡la misma Madre de Dios se encargó de esta tarea! Y su primera intervención visible, reconocida por la Iglesia, fue precisamente la Aparición de la Virgen de Guadalupe.

               Cuauhtlatoatzin -hablando águila, en lengua náhuatl- era el nombre de un indio nacido en 1474, en la ciudad de Cuautlitlán, aliado de los españoles en la lucha contra los aztecas y ubicado a veinte kilómetros de la capital. Estuvo casado con una indígena de nombre Malintzin y, en 1524, con el Santo Bautismo, recibió el nombre cristiano de Juan Diego, y ella, María Lucia. Tenía cincuenta y siete años, y ya era viudo, cuando se produjo el gran acontecimiento de su vida, en la madrugada del Sábado 9 de Diciembre de 1531.

               Se dirigía a toda prisa a la Ciudad de México para recibir instrucción en la doctrina católica y asistir a la Santa Misa cuando, al pasar por el Cerro del Tepeyac (que fue una vez el lugar más notorio de sacrificio de niños en la cultura azteca), escuchó el hermoso canto de los pájaros, como preludio de una voz cautivadora que le hacía señas con ternura: "Juanito, Juan Dieguito!" Lejos de sentir miedo o buscar esconderse, sintió que su corazón inocente se desbordaba de alegría y subió a lo alto del montículo para buscar el origen de esa voz .

               Allí se encontró con una Doncella tan resplandeciente como el sol, de pie sobre rocas que brillaban como joyas preciosas. La tierra mostraba los colores del arco iris y el follaje brillaba con tonos de jade, oro y turquesa. Fue la Virgen Madre de Dios quien hizo señas a su humilde servidor, para confiarle la misión de comunicar al Obispo de México su deseo de que se construyera en ese lugar una "casita sagrada", pues ella deseaba erigir una pedestal allí para glorificar a su Hijo amadísimo.

               Juan Diego se presentó ante Fray Juan de Zumárraga, un Sacerdote franciscano que había sido nombrado obispo, pero aún no había recibido la ordenación episcopal, y le explicó todo lo que Nuestra Señora le había revelado. El Prelado no le prestó atención ese día en particular...

                Desolado, volvió al Tepeyac, para expresarle a la Madre celestial su incapacidad para cumplir la misión que le había encomendado. La Santísima Virgen, sin embargo, lo animó a volver al Obispo y repetir la petición del Cielo.


               

               Al día siguiente, Domingo, Juan Diego volvió a transmitir el mensaje a fray Zumárraga. Este último quedó impresionado con su insistencia y con los detalles y la coherencia de su relato de las apariciones, pero no quedó convencido: exigió una señal para confirmar su autenticidad. El mensajero de María asintió sin dudarlo y le preguntó qué señal deseaba. Algo desconcertado por la compostura del indio, Fray Zumárraga lo despidió sumariamente.

               Juan Diego volvió al Tepeyac y transmitió a la Señora la demanda de la Autoridad Eclesiástica. Ella respondió:

               -Muy bien, hijo mío. Regresa mañana a la ciudad para llevar al Obispo la señal solicitada. Te estaré esperando aquí.

               Al regresar a casa, Juan Diego encontró a su tío Juan Bernardino al borde de la muerte, aquejado de una repentina enfermedad, y pasó todo el día cuidando al único familiar que le quedaba, quien lo había cuidado desde niño en lugar de sus difuntos padres. Sin embargo, todos sus esfuerzos por restaurar la salud de su tío resultaron inútiles. El martes por la mañana temprano salió a buscar un Sacerdote para que le administrara los últimos sacramentos.

               Dos misiones muy distintas marcaron el viaje: conseguir la señal celestial de una historia que comenzaba y ayudar a un moribundo en sus últimos momentos. 

               De camino a la ciudad, Juan Diego pasó por alto el sitio donde había visto tres veces a Nuestra Señora, temiendo no tener tiempo para realizar ambas tareas. Tomó un atajo, con la intención de subir al Tepeyac en la tarde. Perturbado por la angustia y la urgencia, ni siquiera pensó en pedirle un milagro…

               Ella, sin embargo, familiarizada con las vicisitudes de la vida humana, apareció en el camino y le preguntó a dónde iba. Juan Diego cayó de rodillas, la saludó cariñosamente y le explicó la angustiosa situación que le impedía cumplir el plan celestial. La amable Señora respondió:

               -Escucha y deja que penetre en tu corazón, el más pequeño de mis hijos: no te turbes ni te cargues de dolor. No temas ninguna enfermedad ni aflicción, ansiedad ni dolor. ¿No estoy aquí que soy vuestra Madre? ¿No estás bajo mi sombra y protección? ¿No soy yo tu fuente de vida? ¿No estás en los pliegues de mi manto? ¿En el cruce de mis brazos? ¿Hay algo más que necesites? No te preocupes por la enfermedad de tu tío, no morirá ahora. No tengáis duda de que ya está curado.

              En ese momento -según supo más tarde-, ella también se apareció a su tío y lo curó. Luego envió a Juan Diego a la cima del cerro para que recogiera las rosas que encontraría allí y se las llevara. Llegando allí, se asombró de ver una gran variedad de fragantes rosas castellanas, fuera de temporada; los recogió apresuradamente y los ató en su tilma rústica y se las llevó a Nuestra Señora. Ella las arregló en el manto del buen indio, quien inmediatamente se dispuso a dárselas al Obispo.



               Tras una larga espera, finalmente fue recibido por Fray Zumárraga. Entonces pudo contar todo lo que había sucedido y darle la señal enviada por la Virgen María. Abrió su tilma de la que cayeron las numerosas rosas y salió a la luz un milagro aún más estupendo: manos invisibles habían impreso en la tilma la imagen de la Santísima Virgen, tal como apareció aquel día en el Cerro del Tepeyac y puede ser venerada hoy en la Basílica de Guadalupe.

               Juan Bernardino, desde su casa, esperaba el regreso de Juan Diego para contarle de la Señora resplandeciente que también se le había aparecido a él, llevándole la anhelada cura y revelándole el nombre con el que deseaba ser venerada: "La perfecta Santísima Virgen María de Guadalupe". 

               Así, se habían obrado dos milagros complementarios ricamente significativos. En ese contexto histórico, la restauración de la salud del venerable anciano representó la curación de la humanidad y un cambio radical en la historia del continente. La imagen milagrosa impresa en la tilma indicaba que María se estaba involucrando por completo en la evangelización de las Américas, de manera mística, lo que llevó a los Papas del siglo XX a proclamarla Emperatriz y Patrona de este Nuevo Continente. 



domingo, 11 de diciembre de 2022

LA APOSTASÍA ACTUAL: LOS OBISPOS Y SACERDOTES CATÓLICOS EN CATACUMBAS, por Monseñor Marco Antonio Pivarunas

 


          Amados en Cristo:

               Su Excelencia, el difunto Monseñor Moisés Carmona, me dio la Consagración Episcopal para contribuir de esta manera a la preservación de nuestra preciosa Fe Católica en estos tiempos de herejía y apostasía.

               Si bien la mayoría de los Fieles recibieron con gran alegría las Consagraciones de los Obispos Católicos Tradicionales, hubo quienes cuestionaron su legitimidad con el argumento de que la letra estricta de la Ley de la Iglesia prohíbe que un Obispo consagre a otro Obispo sin tener orden del Papa, un Mandato Pontificio.

               Es esencial que nuestros Fieles Católicos comprendan los principios teológicos relacionados con este tema para poder responder a aquellos que rechazarían la Misa y los sacramentos administrados por estos obispos y los sacerdotes ordenados por ellos. En esta carta pastoral, resumiremos brevemente este tema y abordaremos los siguientes temas importantes relacionados: el precedente histórico de Consagraciones Episcopales sin Mandato Papal durante el largo interregno (el período entre la muerte de un Papa y la elección del próximo) entre los pontificados del Papa Clemente IV y el Papa Gregorio X; la definición de la Ley, la naturaleza de la Ley y la terminación real de la Ley; subordinación de los derechos de orden inferior a las exigencias de los derechos de orden superior.

               Antes de abordar cada uno de estos temas, es importante darse cuenta de que desde el Concilio Vaticano II hasta el día de hoy estamos frente a la crisis más grave que ha golpeado a la Iglesia Católica. Donde antes se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa en los templos de todo el mundo, ahora su lugar ha sido ocupado por la "Nueva Misa" (Novus Ordo Missae), que no es un sacrificio propiciatorio (reparación por los pecados), sino un memorial protestante de la Última Cena. En esta "Misa Nueva" se cambiaron sustancialmente las palabras del mismo Cristo Nuestro Señor, de la forma sacramental de la Sagrada Eucaristía, que, de acuerdo con el decreto "De defectibus" del Papa San Pío V, "hace inválida la consagración". 

               Desde el advenimiento del Concilio Vaticano II, las falsas doctrinas del ecumenismo y el indiferentismo religioso (condenadas por muchos Papas y Concilios, especialmente por el Papa Pío IX) fueron predicadas por el "Magisterio" ordinario de la jerarquía modernista bajo Pablo VI y Juan Pablo II. En esta enseñanza, se dio reconocimiento oficial no solo a sectas no Católicas (luteranismo, anglicanismo, ortodoxia), sino también a religiones no Cristianas (budismo, hinduismo, islamismo, judaísmo), por nombrar solo algunas. Hoy, la Jerarquía moderna reconoce otras religiones, alienta a sus miembros a orar a sus dioses y trata de promover el "bien" inherente a esas religiones.



               ¿Cómo se puede conciliar la Enseñanza infalible del Magisterio (la Autoridad docente del Papa y los Obispos) de la Iglesia Católica anterior al Concilio Vaticano II con los errores que surgieron de ese Concilio y que han seguido siendo enseñados por la jerarquía modernista durante las últimas décadas?

              La conclusión correcta, la única conclusión que se puede extraer, es que la jerarquía contemporánea de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II no representa el Magisterio de la Iglesia Católica. Porque Cristo Nuestro Señor prometió estar con Sus Apóstoles y sus sucesores "todos los días, hasta el fin del mundo". A sus Apóstoles y a sus sucesores, Nuestro Señor prometió la ayuda del Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que "estará con ellos para siempre".

               Sabemos por la enseñanza del Concilio Vaticano (1870) que la Iglesia Católica es infalible no sólo en sus decretos solemnes (Enseñanza Ex Cathedra y decretos de los Concilios Ecuménicos), sino también en su Enseñanza Universal Ordinaria:

               "Todo debe ser creído por la Fe Divina y Católica (Fide Divina et Catholica ) que está contenida en la Palabra de Dios, escrita o transmitida por la Tradición, y considerada por la Iglesia para ser creída como divinamente revelada, ya sea por un decreto solemne o por una Enseñanza Ordinaria y común".

               Creer lo contrario sería creer que Cristo le ha fallado a Su Iglesia, y que el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad con los Apóstoles y sus sucesores, ha abandonado la Iglesia y ha caído en errores tan evidentes. En estas circunstancias sin precedentes, debemos considerar la actitud de los verdaderos Obispos Católicos. Ante la Gran Apostasía anunciada por San Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses, ¿qué deben hacer? ¿Seguirían ociosos?.

                Quienes se oponen a la Consagración de Obispos en nuestro tiempo responderían afirmativamente. Así, después de la muerte de aquellos Obispos Católicos Tradicionales que permanecieron fieles a la Verdadera Fe, no habría Obispos para reemplazarlos. Y sin Obispos, en última instancia, no habría Sacerdotes, ni Misa, ni Sacramentos. Y, sin embargo, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo prometió a Sus Apóstoles y a sus sucesores que "Él estará con ellos todos los días, hasta el fin del mundo".  Al respecto, el Concilio Vaticano enseña:

               "Por tanto, como envió a los Apóstoles que había escogido del mundo, como él mismo fue enviado por el Padre (Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21), así quiso que en Su Iglesia hubiera Pastores y Maestros “hasta el fin del mundo" (Evangelio de San Mateo, cap. 28, vers.20). 

                Con el fin de preservar la Fe Católica, el Santo Sacerdocio y el Santo Sacrificio de la Misa, estos Obispos tomaron las medidas apropiadas para asegurar el cumplimiento continuo de la promesa de Cristo "que habría pastores y maestros hasta el fin del mundo".

               Estas medidas se tomaron sin intención de negar la Primacía de la Jurisdicción del Papa, la Autoridad suprema del Papa. De hecho, los Obispos y los Sacerdotes ordenados por ellos profesan con toda fuerza la Fe Católica, que incluye la Doctrina de la Primacía de la Jurisdicción y la Infalibilidad del Romano Pontífice. En las circunstancias bajo consideración, el Oficio Papal, que duraría hasta el final de los tiempos, estaba vacante. Por lo tanto, era imposible obtener un Mandato Papal para consagrar Obispos.

                Esto nos lleva a considerar el caso de la Consagración de Obispos durante el interregno (vacante de la Santa Sede) que se encuentra en la Historia de la Iglesia.

               A continuación comparto un extracto de un artículo de la revista "Il Nuovo Osservatore Cattolico" por el Dr. Stephano Filiberto, Doctor en Historia de la Iglesia:

               "El 29 de Noviembre de 1268 murió el Papa Clemente IV y comenzó uno de los períodos más largos de interregno, es decir, de vacancia del Cargo Papal en la Historia de la Iglesia Católica. Surgieron enemistades entre los miembros del Sagrado Colegio, y la perspectiva de cualquier elección comenzó a retroceder. Después de casi tres años, el Alcalde de Viterbo encerró a los Cardenales en Palacio, dándoles raciones exiguas hasta que tomaron una decisión que daría a la Iglesia su Cabeza visible. Finalmente, el 1 de Septiembre de 1271, el Papa Gregorio X fue elegido para la Sede de Pedro.

               Durante este largo período de vacancia de la Santa Sede, también hubo vacantes en muchas Diócesis de todo el mundo. Para que los Sacerdotes y los Fieles no se vieran privados de Pastores, se eligieron y consagraron Obispos para llenar los Obispados vacantes. Veintiuna elecciones y Consagraciones de las que sabemos se hicieron en varios países durante este período. El aspecto más importante de este precedente histórico es que todas fueron ratificadas por el Papa Gregorio X, quien así confirmó la legitimidad de estas Consagraciones".

               Aquí hay algunos ejemplos de Obispos consagrados durante la vacante de la Santa Sede:

     1) Avranches, Francia - Radulfus de Thieville, consagrado en Noviembre de 1269;

     2) Aleria, en Córcega - Nicolaus Forteguerra, consagrado en 1270;

     3) Antivari, en Epiro (noroeste de Grecia) - Caspar Adam, O.P., Consagrado en 1270;

     4) Auxerre, Francia - Erardus de Lesinnes, Consagrado en Enero de 1271;

     5) Cagli, Italia - Jacobus, Consagrado el 8 de Septiembre de 1270;

     6) Le Mans, Francia - Geoffridus d'Asse, Consagrado en 1270;

     7) Cefalu, Sicilia - Petrus Taurs, Consagrado en 1269;

     8) Cervia, Italia - Theodoricus Borgognoni, OP, Consagrado en 1270.

               En este punto, los opositores a la consagración de Obispos Católicos Tradicionales en nuestro tiempo podrían argumentar que el precedente histórico mencionado fue hace 700 años, y que el Papa Pío XII -debido a las consagraciones ilegales de obispos hechas en la iglesia nacional cismática en China- decretó que todos los actos episcopales de Consagración realizados sin Mandato Papal conllevan la pena de excomunión ipso facto para la persona consagrante y la persona consagrada.

                 Para responder a esta objeción, es necesario comprender la naturaleza de la Ley. Es por falta de un buen conocimiento de los principios del Derecho que muchos Católicos Tradicionales caen en el error. Santo Tomás de Aquino define la Ley como cierto ordenamiento razonable promulgado establecido para el bien común por la persona que tiene la custodia de la comunidad. Tenga en cuenta la frase "por el bien común". Bajo el Pontificado del Papa Pío XII, ningún Obispo podía consagrar legalmente a otro Obispo sin Mandato Papal, y era por el bien de la Iglesia. Sin embargo, el Derecho puede -con el paso del tiempo y un cambio radical de las circunstancias- dejar de trabajar para el bien común y, como tal, volverse ineficaz. Una ley puede extinguirse de dos maneras: cesación externa (el legislador revoca la ley) y cesación interna (la ley deja de ser ley).

                Como enseña el Arzobispo Giovanni Cicognani, profesor de Derecho Canónico en el Pontificio Instituto de Derecho Canónico y Civil de Roma, en su comentario: "La ley cesa interiormente cuando cesa su objeto; la ley cesa por sí misma... la ley caduca exteriormente cuando es revocada por el legislador".

               En cuanto al primer método: la cesación (ya sea de su propósito o de su base) de la ley se efectúa en consecuencia cuando cesan todos sus propósitos. Por el contrario, el objeto de la ley se extingue cuando la ley dañina se vuelve injusta o imposible de obedecer.

               Así, en nuestro tiempo, la estricta observancia del Decreto del Papa Pío XII que prohibía la Consagración de Obispos sin Mandato Papal sería perjudicial para la salvación de las almas. Sin Obispos, en última instancia, no habría Sacerdotes, ni Misas, ni Sacramentos.

               ¿Era esta la intención del legislador, el Papa Pío XII? ¿Habría deseado que su Decreto fuera interpretado tan estrictamente que finalmente provocaría el fin de la Sucesión Apostólica? Por supuesto que no.



Para leer una reseña biográfica de Mons. Thuc
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               Con respecto a otro aspecto de la ley, el Arzobispo Cicognani explicó, también en su Comentario sobre el derecho canónico, la naturaleza de la epikeia: "El hombre legislador nunca puede prever todos los casos individuales en los que se aplicará su ley. En consecuencia, la ley, aunque generalmente justa, cuando se la toma literalmente, puede, en ciertas circunstancias imprevistas, conducir a resultados que no son consistentes o con la intención del legislador, ni con la justicia natural, sino que estará en conflicto con ellos. En tales casos, la ley debe explicarse, no según su redacción, sino según la intención del legislador".

               Los trabajos de los siguientes autores nos proporcionan definiciones adicionales de este aspecto de la ley-epikeia: Bouscaren y Ellis: Canon Law (Derecho Canónico), 1953: "Una interpretación que libera a alguien de las disposiciones de la ley, contrariamente a su redacción literal, sin dejar de ser compatible con la intención del legislador".

               Prümmer, Teología Moral (Theologia moralis), 1955: “Una interpretación favorable y justa, no de la ley misma, sino de la intención del legislador, quien, se supone, no pretendió obligar a sus destinatarios en circunstancias extraordinarias, cuando la observancia de la ley pudiera causar daño o imponer una gran carga".

               Besson, Enciclopedia Católica (Enciclopedia Católica), 1909: "Una interpretación favorable de la intención del legislador, que supone que no tuvo la intención de incluir un caso particular dentro del ámbito de su ley".

               Jone y Adelman: Teología Moral, 1951: "Es razonable dar por sentado que el legislador no tuvo la intención de estar obligado por su ley en algún caso particularmente difícil, aunque, por supuesto, la sustancia de la ley cubre ese caso".

                La última consideración respecto al Decreto del Papa Pío XII se encuentra en la propia palabra ley (en latín, jus). Se deriva de las palabras latinas "justitia" (justicia) y "justum" (equitativo), porque se supone que todas las leyes son buenas, justas y equitativas. Esta es la naturaleza de la ley. Y de todas las leyes, la ley suprema es la salvación de las almas, "salus animarum, suprema lex ".

               El 24 de Junio de 1939, en un discurso a los Seminaristas en Roma, el Papa Pío XII dijo: "El Derecho Canónico también se dirige a la salvación de las almas; y el propósito de todas sus normas y reglamentos es que las personas puedan vivir y morir en la Santidad que les ha sido concedida por la gracia de Dios".

               Para sobrevivir espiritualmente hoy, necesitamos las gracias del Sacrificio de la Santa Misa y los sacramentos. Sin embargo, para recibirlos necesitamos sacerdotes, y para tener sacerdotes necesitamos obispos.

               Demos gracias a Dios Todopoderoso, que en su Providencia previó las necesidades espirituales de Su Rebaño y nos dio maestros y pastores que continúan la misión de la Iglesia "para enseñar a todas las naciones todo lo que él ha mandado".


In Christo Jesu et Maria Immaculata


Monseñor Marco Antonio Pivarunas, Obispo

Superior General de la Congregación 
de María Reina Inmaculada
Omaha, Nebraska



jueves, 8 de diciembre de 2022

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA NUESTRA SEÑORA, el Dogma que conquistó España


          Antigua es la piedad de los Fieles Cristianos para con la Santísima Virgen María, que sienten en su alma, que en el primer instante de Su creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los Méritos de Su Hijo Jesucristo, Redentor del género humano, y que, en este sentido, veneran y celebran con solemne ceremonia la Fiesta de Su Concepción... 


Papa Alejandro VII, Encíclica "Sollicitudo Omnium Ecclesiarum", 
8 de Diciembre de 1661




          ...declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los Fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue  preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de Su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los Méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. 


Definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María, 
por el Papa Pío IX, 8 de Diciembre de 1854


EL DOGMA QUE CONQUISTÓ ESPAÑA


               Desde la Orden del Carmen teólogos y escritores defendieron la definición del Dogma Inmaculista, haciendo juramento público de defenderla aun a costa del derramamiento de la propia sangre. La Fiesta de la Inmaculada fue desde muy antiguo celebrada en la Orden del Carmelo, aparece ya en el Ordinal de Siberto de Beka de 1312. Entre los Carmelitas defensores de la Inmaculada Concepción debemos destacar al Padre Juan Baconthorp, inglés del siglo XIII , el italiano Miguel Aiguani y Felipe Ribot, catalán, ambos del siglo XIV, así como el Padre Fray Alonso Sobrino, sevillano, del siglo XVII.

               Este culto llegó a la Península Ibérica a través de Sicilia y el Sur de Italia , siendo la Corona de Aragón el primero de los reinos peninsulares en el que penetró el culto a la Inmaculada, debido a que estaba abierto al Mediterráneo y tenía fuertes contactos con Sicilia y el Sur de Italia . El papel de los Monarcas tanto aragoneses como castellanos, como posteriormente de los Austrias, fue fundamental en la difusión del culto a la Inmaculada Concepción. 

               En el caso de los monarcas aragoneses hay que destacar a Jaime I, que apoyó a San Pedro Nolasco para fundar la Orden de la Merced,- cuyo hábito es blanco en referencia a la pureza inmaculada de la Virgen -, o al Rey Juan I de Aragón, que en el año 1394 publicó su edicto a favor de la Inmaculada. "Así, Nos honramos con un corazón puro el misterio de la bienaventurada y feliz Concepción de la Santísima. Virgen, Madre de Dios; y Nos y todos los miembros de la real casa celebramos cada año la fiesta con toda solemnidad, del mismo modo que la han celebrado nuestros excelsas predecesores...". 

               El Rey Don Martín, hermano de don Juan I, impuso la pena de muerte a los que hablaran contra los créditos y pureza de la Concepción si no salen "en el término de diez días de la ciudad, villa o aldea en que pecaron, y en el de treinta días, a contar desde entonces, se marchen de nuestras tierras sin esperanza alguna de volver a ellas".

               Los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel eran miembros de la Cofradía de la Purísima Concepción de la Preservada Virgen, y lo fueron igualmente su nieto Carlos I de España y V de Alemania.

               El Rey Felipe II impuso ya como obligatorio a las Universidades españolas, por decreto de 24 de Enero de 1604, el hacer voto de defender el Misterio de la Concepción Inmaculada. El mismo voto o juramento hacían los demás estamentos, tanto civiles como militares, de España.

               A fines del siglo XVI e inicios del XVII, en España se produce una campaña a favor del Misterio Inmaculista, que tuvo por epicentro Andalucía, concretamente Granada, Córdoba y Sevilla, patrocinada por el arzobispo don Pedro Vaca de Castro y Quiñones, que primero lo fue de Granada y posteriormente de Sevilla. Esta campaña se plasmó en una serie de fiestas, procesiones y ceremonias que se organizaron a favor del misterio, tanto en Sevilla como en otras ciudades españolas. 

               El 8 de Diciembre de 1585 por aclamación fue nombrada la Inmaculada Concepción Patrona de todos los Tercios de Flandes e Italia, fundándose una Cofradía bajo el título de «Soldados de la Virgen, concebida sin mancha. 

               El fuerte vínculo de los súbditos del Rey de España con la devoción se expresó ya en los debates de la quinta sesión del Concilio de Trento en 1546 dedicada al pecado original. La delegación española, y más particularmente el cardenal Pedro Pacheco de Villena, obispo de Sigüenza, ya intentaron obtener la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Antes, en 1530, la Universidad de Valencia había sido la primera de la Monarquía hispánica en exigir el juramento en defensa de la creencia. Muchas la siguieron, generalmente en el siglo XVII. Entre ellas, las dos más reputadas de España Salamanca y Alcalá de Henares en 1618. También en 1618 se mandó en la universidad de México hacer fórmulas de juramento, finalmente impuestas en 1652. Y en 1619 la Universidad San Marcos de Lima dedicó “unas fiestas triunfales” a la Inmaculada Concepción. 



El Rey Felipe IV jurando defender la Purísima Concepción de María

               Al Rey Felipe III corresponde el mérito de vincular la Monarquía y sus súbditos con el Misterio Concepcionista tras conocer la revelación de Fray Francisco de Santiago en el altar de la Concepción del convento sevillano de la Encarnación en 1614, y escuchar los argumentos de Mateo Vázquez de Leca y Bernardo de Toro, clérigos andaluces enviados a la Corte por Pedro de Castro al año siguiente. A este Rey se debe la fundación de la Real Junta de la Inmaculada Concepción en 1616.

               Su heredero, el Rey Felipe IV,  por Real Decreto del 21 de Abril de 1652,realza la Junta en defensa de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, para pedir el reconocimiento del Misterio Mariano a la Santa Sede. Este enorme movimiento mariano, único en la historia de los Dogmas, se va a incrementar durante los siglos XVII y XVIII con el claro apoyo de los Reyes de España. A partir de 1779 se integra la Junta en la Real Orden de Carlos III. 

               El 23 de Abril de 1662, el mismo Rey Felipe IV emanó un decreto para que en los territorios de su dominio los predicadores, antes de cualquier oración sagrada, recitaran con el pueblo la siguiente jaculatoria: "Sea alabado el Santísimo Sacramento del Altar y la Concepción Inmaculada de la Virgen María, en el primer instante de Su ser".

               En Diciembre de 1695 Carlos II, hijo de Felipe IV y último Rey de la dinastía Austria, se implicó personalmente en el impulso de la definición dogmática. El Monarca escribió al Cardenal Luis Fernández de Portocarrero, presidente de la Junta de la Inmaculada y Arzobispo de Toledo que: “deseando continuar el fervoroso celo que los señores Reyes mi Padre y Abuelo (que están en Gloria) solicitaron el mayor culto de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, para obligar por medio de su auxilio a que su Hijo Santísimo mire con piedad las presentes necesidades de esta Monarquía, ordeno a la Junta de la Concepción me informe del estado que actualmente tiene este Soberano Misterio, y de los medios de que se podrá usar para adelantarle hasta su última definición, esperando que no omitirá reflexión ni diligencia que conduzca a fin tan importante y de mi primera devoción”.

               En 1696 el interés del monarca y las gestiones del Duque de Medinaceli en Roma, obtuvieron nuevos logros. La Congregación de los Ritos aprobó la aplicación del título de “Inmaculada” a la Concepción de la Virgen. En la Corte Pontificia se movilizaron los Cardenales afectos a la Corona española, entre los que destacaba el Cardenal Francesco del Giudice.



               En su testamento, cuya versión definitiva rubricó el 2 de Octubre de 1700, el Rey Carlos II no olvidó la devoción paterna ni propia a la Inmaculada. En la cláusula segunda el Rey mostraba su confianza en la Virgen como Abogada de los pecados y Medianera para obtener favor y gracia de la Divinidad. Carlos II declaraba su devoción: "...el soberano y extraordinario beneficio que recibió de la poderosa mano de Dios, preservándola de toda culpa en su Inmaculada Concepción, por cuya piedad he hecho con la Sede Apostólica todas las diligencias que he podido para que así lo declare, y en mis reinos he deseado y procurado la devoción de este Misterio y en conformidad de lo que ordenó el Rey mi señor, mi padre, la he mandado llevar en mis estandartes reales como empresa; y en mis días no pudiere conseguir de la Sede Apostólica esta decisión ruego muy afectuosamente a los reyes que me sucedieren, que continúen las instancias que en mi nombre se hubieren hecho con grande aprieto hasta que lo alcancen de la Sede Apostólica".

               Pasados los años y ya siendo España gobernada por el Rey Carlos III, accediendo a los deseos manifestados por las Cortes tomó el Rey como universal Patrona de toda la Monarquía a la Santísima Virgen en su Inmaculada Concepción; a instancias de este monarca, el Papa Clemente XIII, por Breve de 8 de Noviembre de 1760 y después mediante la bula "Quantum Ornamenti", de fecha 25 de Diciembre del mismo año, confirmó este Patronato de María en todos los dominios de España; concedió además el Papa una indulgencia plenaria y remisión de todos los pecados a los Fieles que, debidamente dispuestos, visiten aquel día cualquier templo dedicado a Dios en honor de Su Santísima Madre. También, a instancias del mismo Carlos III, concedió el Papa Clemente XIII que en las Letanías de la Virgen se añadiese a continuación de la invocación "Mater intemerata" la de "Mater Immaculata".



sábado, 3 de diciembre de 2022

TEN COMPASIÓN DEL CORAZÓN DE TU SANTÍSIMA MADRE. Primer Sábado

   

               Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María, siguiendo así el URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.



               Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes.

               Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro en tercera persona:

               El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:

               "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas."

               Enseguida dijo la Santísima Virgen:

               "Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas."


¿Por qué Cinco Sábados?


              Después de haber estado Sor Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló la razón de los cinco sábados de reparación: 

               "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de cinco clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

         Primer Sábado: Las blasfemias contra Su Pura e Inmaculada Concepción

         Segundo Sábado: Las blasfemias Contra Su Virginidad

         Tercer Sábado: Las blasfemias contra Su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres

         Cuarto Sábado: Los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada

         Quinto Sábado: Los que la ultrajan directamente en Sus sagradas imágenes.



viernes, 2 de diciembre de 2022

MI DIVINO CORAZÓN SERÁ SU ASILO SEGURO. Primer Viernes

 


              Cristo Nuestro Señor quiso escoger a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), humilde monja visitandina del Monasterio de Paray-le-Monial (Francia), para revelarle los deseos de Su Corazón y para confiarle la tarea de dar a conocer al mundo esta Devoción, que la Providencia ha reservado para los Últimos Tiempos. 

               Según dejó escrito la Santa, entre los años 1673 y 1675, en la intimidad de el alma, Jesús la hace reposar en Su Divino Pecho, donde descubre a Santa Margarita las maravillas de Su Amor y los secretos de Su Corazón. "Mi Divino Corazón -le dice- está tan apasionado de Amor a los hombres, que no pudiendo contener en Él las llamas de Su ardiente Caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con preciosos dones".

               En otra ocasión, volvió Nuestro Señor a manifestarse a la religiosa para hacerle un pedido de Amor y Piedad hacia el Santísimo Sacramento; así lo dejó reflejado Santa Margarita en una misiva: "Un Viernes, en la Sagrada Comunión, me dijo el Señor estas Palabras: 

               Te prometo, en la excesiva Misericordia de Mi Corazón, que Su Amor Omnipotente concederá a todos los que comulguen Nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la Gracia de la penitencia final; no morirán en Mi desgracia y sin haber recibido los Sacramentos; Mi Divino Corazón será su Asilo seguro en el último momento."  (Carta de Santa Margarita a la Madre Saumaise, de Mayo de 1688)



jueves, 1 de diciembre de 2022

ELLOS HAN DE DAR CUENTA DE VUESTRAS ALMAS. Primer Jueves

 

Ellos en verdad 
velan por vosotros,
como quienes han de dar
cuenta de vuestras almas...

Carta de San Pablo a los Hebreos, cap. 13, vers. 17



               Únicamente la Santidad nos hace tales como nos quiere nuestra divina vocación, esto es, hombres que estén crucificados para el mundo y para quienes el mundo mismo esté crucificado, hombres que caminen en una nueva vida y que, como enseña San Pablo, en medio de trabajos, de vigilias, de ayunos, por la castidad, por la ciencia, por la longanimidad, por la suavidad, por el Espíritu Santo, por la caridad no fingida, por la palabra de verdad, se muestren Ministros de Dios, que se dirijan exclusivamente hacia las cosas celestiales y que pongan todo su esfuerzo en llevar también a los demás hacia ellas.


Papa San Pío X

Exhortación Apostólica Haerent animo
sobre la Santidad del Clero, 4 de Agosto de 1908