La Santa Iglesia Católica tributa a San José un culto singular, diferente y por encima del que se tributa al resto de Santos y Bienaventurados, el culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.
Dice San Francisco de Sales que José y María eran como dos purísimos espejos, puestos el uno enfrente del otro, y que los rayos de Santidad que el Sol de Justicia, Cristo Jesús, enviaba a María, Ella con perfecta reverberación los comunicaba a San José; de manera que las virtudes de San José y de la Santa Virgen parecía iguales y las mismas.
Si la Virgen Inmaculada, por Su angelical pureza, fue proclamada Reina de las vírgenes, San José fue el primero de los hombres que con voto consagró al Señor su virginidad. Si la celestial belleza de María engendraba castidad en los que la miraban, San José con su ejemplar modestia inflamaba en amor de esta santa virtud. Si en el Corazón de María no hubo nunca ni el hálito de imperfección, el corazón de San José no experimentó jamás el ímpetu de la concupiscencia. Si la Santa Virgen fue más santa y perfecta que todos los Ángeles y Santos, San José es justísimo en grado inferior a María, pero superior a todos los demás Bienaventurados.



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