viernes, 22 de marzo de 2024

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES, REPARADORA DEL GÉNERO HUMANO

 


               He aquí el Amor que ya Le hace verlo morir de tristeza en el Huerto, desgarrado por los azotes y coronado de espinas en el Pretorio, finalmente colgado de un árbol de oprobio en el Calvario. ¡Mira, oh Madre, dijo amor, qué Hijo amable e inocente ofreces a tantos dolores, a tan horrible muerte!. ¿Y de qué os servirá quitárselo de las manos a Herodes y luego reservarlo para tan compasivo fin?

               Así María no sólo ofreció a Su Hijo en Su muerte en el templo, sino que lo ofreció en cada momento de Su Vida; desde que reveló a Santa Brígida que este dolor que San Simeón anunció nunca abandonó Su corazón hasta que fue llevada al Cielo... Por eso San Anselmo Le dice: Señora, no puedo creer que Tú, con tanto dolor, hubieras podido vivir un solo momento, si el mismo Dios, que da la vida, no Te hubiera consolado con Su Virtud divina. 

               Pero nos da testimonio San Bernardo, hablando precisamente de la gran angustia que María sintió en este día, que desde entonces Ella vivió muriendo a cada momento, porque a cada momento la asaltaba el dolor de la muerte de Su amado Jesús, que era más cruel que cualquier muerte.

               Por eso la Divina Madre, por el gran mérito que adquirió en este gran sacrificio que ofreció a Dios por la salud del mundo, fue llamada con razón por San Agustín "Reparadora del género humano". De San Epifanio, "la  Redentora de los esclavos". De San Idelfonso "la Reparadora del mundo perdido". De San Germano "el alivio de nuestras miserias". De San Ambrosio, "Madre de todos los Fieles". De San Agustín "la Madre de los vivos. Y de San Andrés Cretense "la Madre de la Vida". 

               En la muerte de Jesús, María unió Su voluntad a la de Su Hijo, tanto es así que ambos vinieron a ofrecer el mismo sacrificio, y por eso el Hijo y la Madre realizaron la Redención humana, obteniendo la salud para los hombres, Jesús al hacer satisfacción por nuestros pecados, María al pedirnos que tal satisfacción nos sea aplicada. 



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               Y por eso el Beato Dionisio Cartujo afirma igualmente que la Divina Madre puede ser llamada  "Salvadora  del mundo", ya que por el dolor sufrido al compadecerse del Hijo -sacrificado voluntariamente por Ella a la Justicia Divina- mereció que se comunicaran a los hombres los Méritos del Redentor.

               Puesto que María fue hecha, por el mérito de Sus sufrimientos y del ofrecimiento de Su Hijo, Madre de todos los redimidos, es justo creer que sólo por Su mano se les da la leche de las gracias divinas, que son frutos de los Méritos de Jesucristo, y los medios para alcanzar la Vida Eterna. Y a lo que alude San Bernardo es a que Dios puso en manos de María todo el precio de nuestra Redención. Con estas palabras el santo nos hace comprender que por intercesión de la Santísima Virgen se aplican a las almas los Méritos del Redentor, mientras que por Su mano se dispensan las gracias que son precisamente el precio de los Méritos de Jesucristo.

              Y si Dios apreció tanto el sacrificio de Abraham por haberle ofrecido a su Isaac, que se obligó como recompensa a multiplicar su descendencia como las estrellas del Cielo, ciertamente debemos creer que el sacrificio más noble que le hizo la gran Madre de Su Jesús fue mucho más agradecido al Señor; y por eso se le ha concedido que a través de Sus oraciones se multiplique el número de los elegidos, y en consecuencia de Sus devotos.


Extraído del "Libro de Oro de María Santísima", 
por San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia



jueves, 21 de marzo de 2024

SAN BENITO DE NURSIA

   

                Según el Calendario Católico Tradicional, conmemoramos hoy a San Benito de Nursia; exponemos esta hermosa del Santo escrita por el Padre Jean Croisset:

               San Benito, tan célebre en todo el Orbe Cristiano, luz del desierto, apóstol del monte Casino, restaurador de la vida monástica en el Occidente, uno de los más ilustres y de los mayores santos de la Iglesia, nació por los años de 480 en las cercanías de Nursia, del ducado de Espoleto. Su nobilísima casa, una de las más distinguidas de Italia, se hacía respetar en toda ella, así por sus enlaces como por su grande riqueza. El padre, que se llamaba Eupropio, se cree que fue de la casa de los Anicios, y su madre, llamada Abundancia, era condesa de Nursia. San Gregorio, que escribió la vida de nuestro Santo, dice que no sin misterio le llamaron Benito, por las grandes bendiciones con que le previno el Señor desde su nacimiento.



               Nada hubo que hacer en inclinarle a la piedad, porque las primeras lecciones que se le dieron hallaron ya un corazón formado para la virtud. Desde luego se descubrió en él un buen ingenio, nobles inclinaciones, un natural tan dócil y tales señales de devoción, que a los siete años de su edad le enviaron sus padres a Roma para que se criase en aquella corte a vista del Papa Félix II, que también se cree haber sido de la misma familia.

               Hizo asombrosos progresos en las ciencias humanas por espacio de siete años que se dedicó a ellas; pero fueron mucho más asombrosos los que hizo en la ciencia de la salvación. Ya desde entonces se miraba como especie de prodigio su frecuente oración, su inclinación al retiro, su circunspección y las penitencias que hacía en una edad que sólo toma gusto a las diversiones y a los entretenimientos.

               Pero sobre todo sobresalía en Benito la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios. Venérase todavía en el oratorio de San Benito de Roma la imagen de la Santísima Virgen, en cuya presencia pasaba muchas horas en oración todos los días; y asegura el Beato Alano que delante de ella recibió del Cielo extraordinarios favores.

            Habiendo observado las licenciosas costumbres de los jóvenes de su edad y de su esfera, y conociendo los grandes peligros a que estaba expuesta su salvación quedándose en el mundo, resolvió buscar seguro asilo a su inocencia en el retiro del desierto, y, lleno del espíritu de Dios que le guiaba, salió de Roma, siendo de solo quince años; llegó cerca de una aldea llamada Afilo, donde, habiendo hecho un milagro con el ama que le había criado y no había querido apartarse de él, halló medio para escaparse secretamente de ella, y por sendas descaminadas se fue á esconder en el desierto de Subiaco, a quince leguas de Roma.

            Todo conspira á inspirar horror en aquella soledad: los peñascos escarpados, cuyas puntas se escondían á la vista; los precipicios espantosos, y un terreno seco, estéril é infecundo; pero el animoso Benito halló en ella dulces atractivos. Habiéndole encontrado cierto monje llamado Romano, le preguntó qué buscaba por aquellos desiertos, y respondióle Benito que un sitio donde sepultarse en vida para no pensar más que en Dios; admirado Romano, le enseñó cierta gruta abierta en una roca, parecida á una sepultura. En ella se enterró Benito, y Romano le trajo de su monasterio un hábito de monje, cuidando también de traerle algunos mendrugos de pan una vez á la semana.

            No se pueden comprender las excesivas penitencias que hizo aquel esforzado joven, héroe de la religión cristiana, desde los primeros pasos de su penosa carrera. Su ayuno era continuo, su oración casi perpetua, y como si no bastase para mortificación de aquel cuerpecito tierno y delicado no tener más cama que la dura peña, ni apenas otro alimento que insípidas y agrestes raíces, se echó á cuestas un áspero cilicio, de que no se desnudó en toda la vida.

               Estremecióse el Infierno al ver tantas virtudes en el joven solitario, y desde luego comenzó el enemigo común a valerse de todo género de artificios para desalentarle. Dio principio a la batalla haciendo pedazos una campanilla pendiente de una cuerda larga, con que Romano prevenía a Benito para que acudiese a recoger los mendrugos de pan que le descolgaba; pero la caridad, que es ingeniosa, halló arbitrio para continuar en su ejercicio. A esto se siguieron ruidos, fantasmas y otras cien estratagemas, que, habiéndolos experimentado igualmente inútiles, acudió por último recurso a la tentación más vehemente, y también más peligrosa.

               Burlábase Benito, lleno de confianza en Jesucristo, de todos los vanos esfuerzos del demonio, cuando la memoria ó la imagen de una doncella que había visto en Roma se le imprimió tan vivamente en la imaginación, le inquietó tanto y le apuró con tal vehemencia, que para librarse de ella se desnudó el santo joven con animoso denuedo, y, corriendo a arrojarse entre una espinosa zarza, en ella se revolcó hasta que el extremo dolor que sentía mitigó del todo los ímpetus del deleite con que el tentador había querido derribarle. Quedó para siempre vencido y avergonzado el espíritu impuro, y premió el Cielo la generosa fidelidad de su siervo concediéndole el singular privilegio de que no volviese a experimentar en adelante semejantes tentaciones.

               Hacía tres años que Benito vivía en el desierto, más como ángel que como hombre, cuando quiso el Señor darle a conocer al mundo. A legua y media de su gruta o de su cisterna habitaba un santo clérigo que en la víspera de Pascua había hecho disponer comida algo más abundante para el día siguiente, en honor de tanta festividad. Aquella noche se le apareció el Señor en sueños, y le dijo que al otro día buscase a su siervo en el desierto y le llevase de comer; hízolo así el buen sacerdote, y quedó atónito cuando se halló con un mancebo tan delicado y vio la espantosa penitencia que hacía; y sin poderse contener, publicó lo que había visto; siendo ésta la ocasión de que comenzase la fama de Benito a divulgarse y hacer ruido en el mundo.

               Murió por este tiempo el abad del monasterio de Vicovarre, entre Subiaco y Tívoli; y habiendo nombrado los monjes a Benito por superior suyo, aunque se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones, no fue oído y le obligaron a encargarse del gobierno del monasterio. Pero apenas comenzó el santo abad a querer enderezarlos por el camino estrecho de su profesión, cuando se arrepintieron de la elección que habían hecho, negáronle la obediencia y aun intentaron quitarle la vida con veneno que le echaron en la bebida; mas, al tiempo de sentarse el Santo a la mesa, echó la bendición como acostumbraba, y al punto se hizo pedazos el vaso que contenía el veneno.

               Conociendo Benito la perversa intención de aquellos monjes, y pidiendo á Dios los perdonase, renunció la abadía y se volvió a retirar a su amada soledad, aunque no estuvo solo mucho tiempo; porque á la fama de su rara santidad, concurrió de todas partes tan prodigioso número de gente con deseo de entregarse a su dirección y gobierno, que sólo en el desierto de Sublago fundó doce monasterios, dándoles la regla que acababa de componer, dictada, digámoslo así, por el Espíritu Santo.

               Creciendo cada día la reputación de su virtud, venían a verle y a consultarle los más autorizados senadores de Roma, entre los cuales Tertulo trajo consigo a su hijo primogénito Plácido, de edad de siete años, y Equicio á Mauro, que tenía doce, rogando a Benito que se encargase de educarlos. Aplicóse a ello con tanto cuidado, que en poco tiempo, de aquellos dos queridos discípulos suyos, hizo dos grandes santos, habiendo Plácido derramado su sangre por Jesucristo, y siendo Mauro como el segundo fundador de la religión benedictina en el reino de Francia.

               No hay virtud sin persecución. Gobernaba la parroquia inmediata al desierto de Subiaco un mal sacerdote llamado Florencio, que, no pudiendo sufrir tan heroicos ejemplos de virtud, como muda reprensión de los desórdenes secretos de su estragada vida, no contento con desacreditar cuanto podía el nuevo instituto, ni con perseguir al padre y a los hijos, intentó con diabólicos artificios armar infames lazos a la pureza de los monjes. Juzgó el Santo que dictaba la prudencia ceder a la tempestad; y desamparando el desierto de Subiaco se fue al Monte Casino, donde el Cielo le tenía prevenida una mies más abundante y donde, a título de fundador de una orden religiosa tan célebre entre todas las que ilustran a la Iglesia del Señor, había de añadir el de apóstol.

              Habíanse como atrincherado entre las inaccesibles montañas del Casino algunas miserables reliquias de paganismo, adorando impune y públicamente al dios Apolo, en cuyo honor se conservaba un templo y algunos bosques sagrados a vista de la misma Roma cristiana. Encendido Benito de aquel espíritu que anima y forma los héroes del Evangelio, ataca a la idolatría en sus mismas trincheras, derriba el templo, hace pedazos el ídolo, abrasa los bosques consagrados a las mentidas deidades, levanta sobre las mismas ruinas del templo y del altar dos capillas, una en honra de San Juan Bautista y otra en la de San Martín, y en pocos días convierte a la fe a todos aquellos pueblos.

               Armóse, dice San Gregorio, todo el Infierno junto para detener las rápidas conquistas de nuestro Santo. Espectros horribles, aullidos espantosos, terremotos, amenazas, incendio, granizo, piedra, de todo se valió el enemigo de la salvación; pero de todo inútilmente. Sobre la eminencia de aquella montaña fundó Benito el famoso monasterio de Monte Casino, venerado siempre como solar y centro de aquella célebre religión que brilla tanto en la Iglesia de Dios más ha de mil doscientos años, habiendo dado a los altares más de tres mil santos, a las diócesis un número casi infinito de insignes prelados, al Sacro Colegio más de doscientos cardenales, a la Silla Apostólica cuarenta Sumos Pontífices, donde hasta el día de hoy se admiran y se veneran en las célebres Congregaciones de Cluni, de Monte Casino, de San Mauro, de San Vanes, de San Columbano (sin que a ninguno ceda la de España e Inglaterra), tan grandes ejemplos de virtud y escritores tan hábiles y tan sobresalientes en todo género de letras.




               Aún no se había acabado el nuevo monasterio, cuando fue menester levantar otros muchos, siendo éste el tiempo en que San Benito, compuso, ó a lo menos perfeccionó aquella Santa Regla, cuya prudencia, sabiduría y perfección alaba tanto San Gregorio, habiendo merecido no sólo la aprobación, sino el respeto de toda la Iglesia.

               Movida Santa Escolástica, hermana de San Benito, así de los grandes ejemplos de virtud como de las maravillas que obraba el Señor por medio de su santo hermano, determinó dejar el mundo; y encerrándose con otras doncellas en un monasterio distante algunas leguas de Monte Casino, fue también, con la dirección de nuestro Santo, fundadora de la vida monacal en el Occidente, respecto de las mujeres.

               No es fácil referir todo lo que hizo Benito los trece ó catorce años que vivió en Monte Casino, ni todos los prodigios que se dignó Dios obrar por su ministerio. No sólo poseía el don de milagros, sino que lo comunicaba a sus monjes, como lo experimentó Mauro, que se metió por una laguna, sin hundirse en ella, a sacar a San Plácido por orden de su maestro.

               De todas partes concurrían tropas de gente a venerarle. Y deseando Totila, rey de los godos en Italia, conocer a un hombre de quien publicaba la fama tantas maravillas, vino a verle; pero al mismo tiempo, para probar si estaba dotado del don de profecía que tanto se celebraba, mandó a un caballerizo suyo que se vistiese de los adornos reales y de todas las insignias de la majestad; mas luego que Benito le vio con aquel equipaje, le dijo con dulzura: Deja, hijo mío, esas insignias que no te convienen, y no te finjas el que no eres. Asombrado Totila de la maravilla, corrió a arrojarse a los pies del Santo, a los que estuvo postrado hasta que Benito le levantó; y habiéndole reprendido respetuosamente los horribles estragos que había hecho en Italia, le pronosticó cuanto le había de suceder por espacio de nueve años, exhortándole á convertirse, y diciéndole que al décimo iría a dar cuenta a Dios de toda su vida. Verificó el suceso toda la profecía del Santo, y, procediendo Totila en adelante con mayor moderación y humanidad, no cesaba de publicar la virtud del Siervo de Dios.

               Siendo San Benito la admiración de todo el mundo, y respetándole los sumos pontífices, los emperadores y los reyes como el asombro de su siglo, vivía en el monasterio como si fuera el último de los monjes. Sólo se valía de su autoridad para ejercitarse en los oficios más humildes, y para exceder en mucho la austeridad de la regla. No obstante que el Señor parece había puesto debajo de su dominio á todo el Infierno, y que la misma muerte le obedecía, era, con todo eso, humildísimo, teniéndose por el más mínimo de todos los monjes, y acreditando con su proceder que así lo creía. Pronosticó el día de su muerte, y se dispuso para ella con nuevo fervor y ejercicios de penitencia. Seis días antes mandó abrir la sepultura; y, en fin, el sábado antes de la Dominica de Pasión, a los 21 de Marzo del año 543, siendo de solos sesenta y tres años no cumplidos, pero consumido de los trabajos y mortificaciones; lleno de méritos, y logrando el consuelo de ver extendida su orden religiosa en Sicilia por San Plácido, en Francia por San Mauro, y en España, Portugal, Alemania y hasta en el mismo Oriente por otros discípulos suyos, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador, en la misma iglesia de Monte Casino, donde se había hecho conducir para recibir el Santo Viático.

               En el mismo punto que expiró, dos monjes que vivían en dos monasterios muy distantes vieron un camino muy resplandeciente que daba principio en Monte Casino y terminaba en el Cielo, y al mismo tiempo oyeron una voz que decía: Este es el camino por donde Benito, Siervo amado de Dios, subió a la Gloria. El cuerpo del Santo estuvo por algunos días expuesto a la veneración de sus hijos y de todo el pueblo, y después fue enterrado en la sepultura que él mismo había mandado abrir, donde se conservó hasta el año 580, en que fue destruido el Monasterio de Monte Casino por los lombardos, como lo había profetizado el mismo Santo, quedando sepultadas entre sus ruinas aquellas preciosas reliquias. Dícese que el año 660, habiendo pasado a visitar el Monte Casino San Algulfo por orden de San Momol, segundo Abad del Monasterio de Fleuri, llamado hoy San Benito sobre el Loyva, tuvo la dicha de desenterrar aquel tesoro, y, trayéndole a Francia, le colocó en su Monasterio, donde se tiene con singular veneración, honrando el Señor las sagradas reliquias con los innumerables milagros que hace cada día.




La Medalla de San Benito
es una auténtica confesión de Fe 
y de Amor a Cristo, 
y una renuncia al diablo


               Las investigaciones históricas sobre el origen de la Cruz-Medalla de San Benito han determinado que su difusión comenzó probablemente en la región de Baviera hacia el año 1647. En esa época, durante el proceso judicial seguido a unas hechiceras, éstas declararon que no habían podido dañar a la cercana Abadía de Metten, porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz. En dicho monasterio se hallaron pinturas con representaciones de la Cruz junto con las iniciales que acompañan hoy a la Medalla. Pero las misteriosas letras no pudieron ser interpretadas hasta que en un manuscrito de la biblioteca se encontró la imagen de San Benito y la oración compuesta por las iniciales. En realidad, un manuscrito anterior (siglo XIV), que aún se conserva, procedente de Austria, parece haber sido el origen de la imagen y de la oración. En el siglo XVII un importante autor la tuvo por supersticiosa, debido justamente a los enigmáticos caracteres que acompañan a la imagen. Pero, en el año 1742 el Papa Benedicto XIV decidió aprobar el uso de la Cruz-Medalla de San Benito, y mandó que la oración usada para bendecirla se incorporase al Ritual Romano.

EL DISEÑO DE LA MEDALLA

               En el siglo XIX se dió un renovado fervor por la Medalla de San Benito. En los trabajos escritos de Dom Prosper Guéranger, abad de Solesmes, y de Dom Zelli Iacobuzzi, de la Abadía de San Pablo Extramuros (Roma), se estudia detenidamente el origen y la historia de la Medalla. Desde este último monasterio, convertido en verdadero foco de irradiación benedictina en aquella época, se difundió también la devoción a la Medalla. La representación más popular de la misma es la llamada "Medalla del Jubileo", diseñada en la Abadía de Beuron (Alemania), y acuñada especialmente para el Jubileo Benedictino del año 1880, conmemoración del XIV Centenario del Nacimiento de San Benito. Los Abades benedictinos de todo el mundo se reunieron para aquella ocasión en la Abadía de Montecasino, y desde allí la Medalla se diseminó por todo el mundo.

INDULGENCIAS DE LA MEDALLA

               El 12 de Marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la Medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa.  Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito. 

               Número de indulgencias parciales: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

               Quienes lleven la Medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

¿DÓNDE LLEVARLA?

              La Medalla de San Benito se puede llevar colgando del cuello por una cadena, sujeta a la ropa interior, prendida en el Rosario. También es recomendable colocarla en el interior de las puertas, de manera que al salir, nos encomendemos con el corazón a la intercesión de San Benito. Se puede colocar también a mascotas o animales domésticos. ES NECESARIO que esté bendecida por un Sacerdote y según el Ritual Romano. 



miércoles, 20 de marzo de 2024

FRANCISCO DE JESÚS MARÍA Y JOSÉ, PADRE PALAU Y QUER, Carmelita Descalzo, místico y eremita

 


               Francisco Palau y Quer nació en Aitona, Lérida, el 29 de Diciembre de 1811, en una familia tan humilde como Cristiana. Pasó por el Seminario Diocesano de Lérida, para luego unirse a la Orden de los Carmelitas Descalzos, donde recibió el Santo Hábito en 1832. Sin embargo, en el contexto de los motines anticlericales de 1835, tuvo que exiliarse de España, después que su convento fuese incendiado; pasó entonces 11 largos años de exilio en Francia.

               A su vuelta a España, se dedicó a dar clases de catequesis a obreros en la Parroquia de San Agustín de Barcelona. Sin embargo, esto no gustó a algunas autoridades ni a algunos sectores de la iglesia, que veían en las acciones del Padre Palau el hostigamiento de la revolución obrera. Clausurada la Parroquia al Padre Palau se le desterró a Ibiza, donde permaneció seis años. 

               Encontró un islote cerca de Ibiza, Es Vedrá, donde se retiraba temporadas para orar más intensamente y discernir la Voluntad de Dios sobre su vida. 

               En 1860-1861 reorganizó a los ermitaños de San Honorato de Randa en Mallorca e inició la fundación de una nueva familia Carmelitana: la Congregación de Hermanos y Hermanas Terciarios Carmelitas. También en esta época comenzó a escribir "Mis Relaciones con la Iglesia", una especie de diario autobiográfico en cuyas páginas transmitió su experiencia sobre el Misterio de la Iglesia, concebida como Dios y los prójimos.

               En 1867 se le concedió autorización y nombramiento como Fundador y Director de los Carmelitas Terciarios de España. Un año después, en 1868, inició en Barcelona la publicación semanal "El Ermitaño". También ejerció como exorcista, llegando a concebir el proyecto de crear una Orden de exorcistas y presentó al Concilio Vaticano I un amplio escrito sobre este tema, entregando un ejemplar a cada uno de los Padres Conciliares de lengua española.

               El 10 de Marzo de 1872, procedente del pueblo de Calasanz donde atendió a los epidémicos, llegó a Tarragona y de inmediato fue atendido por sus dirigidas hasta su fallecimiento, el Miércoles 20 de Marzo de 1872. Fue asistido en su último trance por sus religiosas, por el hermano José de Santa Teresa Padró Canudas y por el carmelita descalzo Juan de Santo Tomás de Aquino Nogués, que fue su sucesor en la Dirección de la Congregación por nombramiento de los Superiores de la Orden.



               "Cuando hice mi Profesión Religiosa la Revolución tenía ya en su mano la tea incendiaria para abrasar todos los establecimientos religiosos y el temible puñal para asesinar a los individuos refugiados en ellos. No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía, ni las reglas de previsión para sustraerme a él; me comprometí, sin embargo, con votos solemnes a un estado, cuyas Reglas creía poder de practicar hasta la muerte, independiente de todo humano acontecimiento. 

               Para vivir en el Carmen sólo necesitaba de una cosa que es la vocación; muy persuadido estaba de ello, como lo estoy también todavía, de que para vivir como anacoreta, solitario o ermitaño, no necesitaba de edificios que presto iban a desplomarse; ni me eran indispensables las montañas de España, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ellas mi morada. 

               De ningún modo temía que las revueltas políticas de la sociedad me hubieran podido ser obstáculo para el cumplimiento de mis votos, ni por otra parte podía dudar tampoco de que el estado religioso dejara de ser reconocido por la Iglesia Universal y por consiguiente por todos sus miembros. 

               Con estas consideraciones ni un momento vacilé en contraer obligaciones que estaba bien persuadido podría cumplir fielmente hasta la muerte; si por un instante hubiera yo dudado sobre un punto tan esencial para abrazar mi estado, oh, ¡no! ¡Ciertamente! no sería ahora yo religioso, pues hubiera seguido otro género de vida; y hasta cuando mis Superiores me anunciaron que debía ordenarme, jamás me parece aceptara el Sacerdocio si me hubieran asegurado que en caso de verme obligado a salir del Convento debería vivir como Sacerdote secular, pues a mi parecer nunca sentí esta vocación, y si consentí en ser Sacerdote fue bajo la firme persuasión de que esta dignidad en modo alguno no me alejaría de mi Profesión Religiosa. 

               Cuando los revolucionarios españoles vinieron puñal en mano para asesinarnos en nuestros mismos conventos, no por eso me asusté; y una vez salvado por la protectora Mano de la Providencia me conformé lo mejor que pude con las Reglas de mi Profesión Religiosa.

               Habiéndome la Iglesia por Ministerio de uno de sus Pastores impuesto las manos sobre mi cabeza, el Espíritu del Señor, que vivifica ese cuerpo moral, me mudó en otro hombre, a saber en uno de Sus Ministros, en uno de Sus representantes sobre el Altar, en Sacerdote del Altísimo. 

               Cuando con el incensario en la mano por vez primera subí las gradas del Altar, para ofrecer a Dios el perfume de las plegarias del pueblo, mi patria era un cementerio cubierto de esqueletos. Por mi Ministerio estaba yo, como Ministro del Altar, como Sacerdote, comprometido a luchar con el Ángel vengador que había manchado su espada con la sangre de mis conciudadanos y de mis hermanos los Ministros del Santuario.

               No podía yo presentarme en el campo de batalla sin armas, pero las de hierro y acero me eran completamente inútiles, ya que mi combate iba dirigido no contra la carne y la sangre sino contra las Potestades, los Príncipes y Directores de las Tinieblas de este mundo; tomé, pues, del arsenal del Templo del Señor una armadura del todo espiritual, como son la Cruz, el saco y el cilicio, la penitencia y la pobreza, juntamente con la plegaria y la predicación del Evangelio. 

               En esta lucha me limitaba al principio a sostener la causa de mis conciudadanos y de mis cohermanos, pero vomitado por la Revolución al otro lado de Los Pirineos, y habiéndome apercibido en mi destierro de que esta misma espada, que tan espantosa carnicería hacía en España, amenazaba igualmente a las demás naciones en que se profesaba la Religión Católica, decidíme desde entonces a fijar mi residencia en los más desiertos, salvajes y solitarios lugares, para contemplar con menos ocasión de distracciones los designios de la Divina Providencia sobre la Sociedad y sobre la Iglesia.

               Al modo que una parroquia necesita un Sacerdote que la represente en el Altar, de modo semejante la masa enorme de la sociedad humana que existe sobre la tierra, no siendo ante Dios más que un reducido pueblo, necesita de un Sacerdote que le represente ante Su Trono. Bajo esta consideración, como Sacerdote de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, como uno de sus representantes delante del Altar y como uno de sus enviados ante el Trono de Nuestro Señor Jesucristo y de Su Padre, la defensa de su causa ha sido y todavía es el solo objeto que he tenido ante mis ojos en la soledad. 

               No habiéndome este objeto permitido tomar parte alguna en los particulares intereses de una nación sino en cuanto que estaban vinculados con los de la Iglesia Universal por otra parte, el lugar de mi destierro me ha librado de caer en esta tentación peligrosa. No me avergüenzo, por tanto, de confesar a todos los que atacan mi género de vida como una escandalosa execración, que he entrado en las grutas y cavernas de las peñas, y en las grietas de los peñascos, para buscar el profundo silencio que reina en las entrañas de la tierra, pues, sepultando mi vida en esos lúgubres lugares hallaba mi espíritu menos ocasión de distraerse que viviendo sobre la faz de la tierra. 

               Dentro de esos lúgubres y tristes cavernas no percibía el fragor del trueno amenazando y derribando el orgullo de los cedros, ni la impetuosidad de los vientos azotando las cordilleras de las montañas, como tampoco llegaba ahí el murmullo de las aguas precipitándose sobre las rocas, pues que hasta el canto de los pájaros igual que el aullido de las bestias de la selva y los silbidos de los pastores, todo quedaba ahogado en el umbral de mi absoluto retiro. 

               Alejado de las poblaciones ni el ruido de los vehículos, ni los gritos de los muchachos llamando a sus compañeros para sus juegos y diversiones, ni el sonido de las campanas, ni el clamor de los vendedores y compradores, ni el ajetreo de los artesanos, nada de todo esto cautivaba mi atención. He preferido esta mi espantosa soledad a todo otro lugar para mis ejercicios y he ahí los motivos..."


"La Vida Solitaria"
por el Padre Francisco Palau y Quer



               El islote de Es Vedrà se encuentra a poco más de una milla de la costa de Ibiza; tiene 385 metros de altura y forma parte, junto al vecino islote de Es Vedranell, del Parque Natural de Cala d’Hort.

               La cueva que habitó el Padre Palau está orientada al mediodía, ocupa el mismo centro y lo más alto del anfiteatro que forman, como las jorobas de un camello, las dos crestas del islote. 

               En una mínima terraza, encontramos la boca de la gruta, una hendidura triangular en la piedra de 11 metros de altura y 3 metros de vano en su base, que penetra la montaña 4 metros por un estrecho pasaje hasta un desnivel que desemboca en el reducido habitáculo que fue celda y que, al fondo, tiene una pequeña recámara de techo bajo que pudo servirle para descansar. 



martes, 19 de marzo de 2024

SAN JOSÉ, PADRE VIRGINAL DE JESÚS

 


               Del mismo modo que Dios designó al Patriarca José, hijo de Jacob, gobernador de todo Egipto para asegurar al pueblo el trigo necesario, así, cuando se cumplió el tiempo en que el Eterno había de enviar a la tierra a Su Hijo único para rescatar al mundo, escogió a otro José del que el primero era figura. Lo estableció señor y príncipe de su casa y de sus bienes; le confió sus más grandes tesoros. 

               En efecto, José tomó como esposa a María, la Virgen inmaculada, de la que había de nacer, por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, quien pasó ante los ojos de todos como hijo de José y le fue sumiso en todo. Aquel que tantos profetas y reyes deseaban ver José no sólo lo vio sino que conversaba con él, lo abrazaba con ternura paternal y lo cubría de besos; con un cuidado y solicitud sin igual alimentaba a Aquel que se haría para los Fieles Pan de Vida Eterna.

               A causa de esta dignidad sublime que Dios confiere a su servidor fiel y solícito, la Iglesia siempre ha honrado y exaltado a José con un culto excepcional, aunque inferior al de la Madre de Dios. Siempre, en horas críticas, la Iglesia ha implorado su ayuda... Por esto, declaramos solemnemente a San José Patrón de la Iglesia Católica.


Papa Pío IX, Decreto “Urbi et Orbi” 
8 de Diciembre 1870


               San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, hasta Su ingreso en el Cielo. Nuestro Señor fue llamado "Hijo de José", (San Juan,cap. 1, vers. 45; cap. 6, vers. 42; San Lucas, cap. 4, vers. 22). 

               Según los evangelios de San Mateo y de San Marcos, San José era un "tekton" (San Mateo, cap. 13, vers. 55; San Marcos, cap. 6, vers. 3), que bien se puede traducir como "carpintero" o "albañil". San Justino lo confirma, y la Tradición ha aceptado esta interpretación.

               Piadosamente se cree que San José murió poco antes de que Jesús Nuestro Señor iniciase Su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz... ¡jamás habría abandonado San José a Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús recomienda los cuidados de Su propia Madre a San Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a Su Castísimo Esposo.

               La Tradición sitúa la muerte de San José entre los 50-55 años, asistido en su última enfermedad por Jesús y María: Jesús mismo le animaría a esperar la Felicidad Eterna, prometida a los que aman al Señor, mientras que Nuestra Señora le consolaría, recordándole su misión como padre adoptivo del Salvador... La muerte de San José fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo, es por eso que la Piedad Católica lo ha considerado Patrón de la Buena Muerte y especial Protector de los agonizantes.

               Algunos teólogos son de la opinión que el cuerpo de San José, unido a su alma, se encuentra también glorioso en el Cielo, compartiendo con Jesús y María la Eterna Bienaventuranza. Se considera que la plena glorificación del Patriarca San José tuvo lugar probablemente después de la Resurrección de Jesús. Uno de los fundamentos en que se basa esta doctrina, moralmente unánime desde el siglo XVI, es el dato que aporta el Evangelista San Mateo de los sucesos que ocurrieron a la Muerte del Señor "...muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron." (1) Doctores de la Iglesia y teólogos piensan que Jesús, al escoger una escolta de resucitados para afirmar Su propia Resurrección y dar más realce a Su Triunfo sobre la muerte, incluiría en primer lugar a Su padre adoptivo.

                El amor sublime que lo ligaba a Jesús y a María en la tierra, ¡en qué maravilla se habrá transformado en el Cielo!. ¿Pueden su Hijo y su Esposa negarse a sus peticiones?. ¡Cómo sería el nuevo encuentro de Jesús y San José!.




               "El Glorioso Patriarca -afirma San Francisco de Sales- tiene en el Cielo un crédito grandísimo con Aquél que tanto le favoreció, conduciéndole al Cielo en cuerpo y alma (...) ¿Cómo iba a negarle esta gracia a quien toda la vida obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús, le diría: Señor mío, acuérdate de que cuando bajaste del Cielo a la tierra te recibí en mi familia y en mi casa, y cuando apareciste sobre el mundo Te estreché con ternura entre mis brazos. Ahora tómame en los Tuyos y, como Te alimenté y Te conduje durante Tu vida mortal, cuida Tú de conducirme a la Vida Eterna."

               La excelsitud y el grado de Gloria que recibió el Santo Patriarca José, proporcionalmente a su misión y a los done otorgados, ha de colocarse, después de Santísima Virgen, en el más alto lugar. (2)

               El Patrocinio de San José, por ser Universal, se extiende a la Iglesia Triunfante (en el Cielo), la Purgante (las Almas retenidas en el Purgatorio) y la Militante, que es aquella que formamos los bautizados que aún permanecemos en este mundo. San José fue el Custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia, por eso, si está unido para siempre con su Hijo y su Esposa, es lógico también que proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia nacida en el Santo Hogar de Nazareth. 


NOTAS ACLARATORIAS

     1- Evangelio de San Mateo, cap. 27, vers. 52 .

     2- La Santa Iglesia Católica tributa a San José el singular culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.


      * La imagen que ilustra esta publicación es obra del escultor alicantino Don Ramón Cuenca Santos; la hermosa talla se venera en la iglesia arciprestal de San Agustín, en Fuente Álamo, Murcia. 


Para conocer más 
sobre la figura y espiritualidad de San José 
te animo a leer los artículos "Vida de San José
del Padre Francisco de Paula García.
(Haz clic AQUÍ)




domingo, 17 de marzo de 2024

AL CABO DE TRES DÍAS LO HALLARON EN EL TEMPLO. Los Siete Domingos de San José. Séptimo y último Domingo

      

               En este tradicional septenario dedicado a Nuestro Padre y Señor San José, recordaremos sus principales siete Dolores y Gozos; en este año, 2024, comenzamos el pasado Domingo 4 de Febrero y concluiremos hoy. 

                El Papa Pío IX se dignó conceder el 1 de Febrero de 1847, una Indulgencia Plenaria para cada uno de los Siete Domingos de San José, si se observan las condiciones de Confesión, Comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades del Sumo Pontífice y/o de la Santa Iglesia. No hay época señalada para practicar la devoción de los Siete Domingos, pero sí se exige que sean seguidos, sin interrupción.



PREPARACIÓN

               Este ejercicio piadoso en honra del Glorioso San José apenas te llevará unos minutos; procura hacerlo teniendo cerca una imagen suya, que bien puede ser la que acompaña este artículo. Luego, recogido de las preocupaciones cotidianas, intenta adentrarte en espíritu en la casa de Nazareth, y situado en medio de la Sagrada Familia, contempla la figura paternal de San José, que cuida al Niño, lo besa, lo educa, lo mima... ¿qué podrá negar Jesús Nuestro Señor al que así lo acunó en Su Santa Infancia?


Al cabo de tres días 
lo hallaron en el Templo... 



INICIO

               Por la señal + de la Santa Cruz, etc.

               En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén

               Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, (se golpea el pecho 2 veces) a mí me pesa, pésame, Señor, de todo corazón haberos ofendido; yo os propongo firmemente la enmienda de nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta.

              Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como os lo suplico, así confío en Vuestra Divina Bondad y Misericordia infinita, me los perdonaréis, por los merecimientos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.


OFRECIMIENTO

               Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros Siete Dolores y Gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y Su Madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo. 


DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

          - Séptimo Dolorcuando sin culpa pierde a Jesús y lo busca por tres días.

"Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca." . (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 44-45).

          - Séptima Alegríaal encontrarlo entre los doctores del templo.

"Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas". (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 46)



ORACIÓN

               Oh modelo de toda santidad, Glorioso San José, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores.

                Por este dolor y este gozo, os suplicamos con palabras salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor para que jamás nos suceda perder a Jesús por algún pecado grave. Mas, si por desgracia le perdiéramos, haced que le busquemos con tal dolor que no hallemos sosiego hasta encontrarle benigno sobre todo en nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el Cielo y cantar eternamente con Vos sus divinas misericordias..

         Ahora, reza con piedad un Padrenuestro, un Avemaría, el Ave de San José y un Gloria, para terminar diciendo

         Jaculatoria: San José, Modelo y Patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

        Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.



sábado, 16 de marzo de 2024

TRADICIONAL SABATINA a la Santísima Virgen del Carmen

 

               LA SABATINA es como piadosamente se llama a las oraciones que se dedican a Nuestra Señora del Carmen los Sábados, por la Promesa que Ella misma pronunciara, asegurando la liberación del Purgatorio de los devotos de Su Escapulario en ese mismo día tras su muerte. (1)



               Virgen del Carmen, llevamos sobre nuestro pecho Vuestro Santo Escapulario, signo de nuestra consagración a Vuestro Corazón Inmaculado. Madre querida, somos Vuestros hijos, unos hijos de Vuestra entera pertenencia.

               Nuestra consagración, Señora, nos exige una entrega sin reservas a Vuestra Sagrada persona, una dedicación generosa a Vuestro servicio, una fidelidad inquebrantable a Vuestro amor y una solicita imitación de Vuestras virtudes. Queremos vivir, conforme al viejo ideal carmelitano: en Vos, con Vos, por Vos y para Vos. 

               Gracias a Vuestro Bendito Escapulario, Virgen del Carmelo, somos miembros de Vuestro cuerpo místico del Carmelo y participamos de la consagración comunitaria de la Orden a Vos, que Sois su cabeza. Nuestra consagración se une pues, a la Orden de toda la Familia Carmelitana y acrecienta así su valor y eficacia. 

               Santa María, Abogada y Mediadora de los hombres, no podríamos vivir nuestra consagración con olvido de quienes son Vuestros hijos y nuestros hermanos. Por eso, nos atrevemos a consagraros la Iglesia y el mundo, nuestras familias y nuestra amada Patria.

               Os consagramos especialmente los que sufren en el alma o en el cuerpo: los pecadores, los tentados, los perseguidos, los marginados, los presos, los desterrados, los enfermos, los hambrientos…. 

               Madre y Reina del Carmelo, por nuestra consagración somos del todo Vuestros ahora en el tiempo; que los sigamos siendo también un día en la Eternidad. Así sea.




ANGELICAL SALUTACIÓN
a Nuestra Señora del Carmen

              . Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Ángeles, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque me habéis dado Vuestro Bendito Escapulario.

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.

               Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Arcángeles, y los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me habéis hecho especialísimo hijo Vuestro. 

   Dios te salve, María, etc.

                Madre mía, Madre de mi corazón y Reina de mi amor, os doy mi alma, mi vida, mi corazón, y quiero que os alaben las Virtudes y todas las criaturas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me habéis infundido la esperanza de que os veré en el Cielo.

   Dios te salve, María, etc.

                . Madre mía del Carmen, bendita seáis una y mil veces; las Dominaciones, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me defendéis de las tentaciones del enemigo. 

   Dios te salve, María, etc.

               Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Tronos, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me protegéis contra todos los peligros. 

   Dios te salve, María, etc.

               Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Serafines, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario Sois salud de mi alma. 

   Dios te salve, María, etc.

               Madre mía del Carmen y Reina de mi corazón, bendita seáis; los Querubines, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Escapulario Sois la paz y la alegría de mi alma. 

   Dios te salve, María, etc.


Oración

              Señor Dios Nuestro, que habéis honrado a la Orden del Carmen con la advocación especial de la Bienaventurada y siempre Virgen María, Madre de Vuestro Hijo; conceded a cuantos hoy celebramos su recuerdo que, guiados por Su ejemplo y protección, lleguemos hasta la cima del monte de la perfección que es Cristo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


NOTA

              1) La "BULA SABATINA", confirmación del Privilegio de ser liberado del Purgatorio si en vida se ha usado el Escapulario del Carmen y se ha observado la Santa Ley de Dios y los preceptos de la Iglesia Católica:

                "...a mí estando suplicando arrodillado se mostró la Virgen carmelita diciéndome el siguiente discurso: Juan, Juan, Vicario de Mi amado Hijo, como Yo te libraré de tu adversario, te hago Papa Vicario con la ayuda de mis súplicas dirigidas a Mi dulcísimo Hijo, lo que yo obtuve graciosamente: tú debes conceder la gracia y la confirmación amplia para Mi Santa y devota Orden de los Carmelitas comenzado por Elías y Eliseo en el monte Carmelo... Y el día en que tales partan de este mundo y vayan al Purgatorio, Yo, como Madre, descenderé graciosamente el Sábado después de su muerte y los que encuentre en el Purgatorio los libraré y los llevaré al Monte Santo de la Vida Eterna..." (De la Bula Sabatina, del Papa Juan XXII, 3 de Marzo de 1322)



viernes, 15 de marzo de 2024

PARA REHACER LA HUMANIDAD DE LAS CRIATURAS, de las revelaciones de Luisa Piccarreta sobre la Pasión de Nuestro Señor


Porque llevo en mi cuerpo 
las Llagas de Jesús

San Pablo a los Gálatas, cap. 6, vers. 17




"Hija Mía, cuánto amo a las almas, mira: la naturaleza humana estaba corrompida, humillada, sin esperanza de Gloria y de resurgimiento, y Yo quise sufrir todas las humillaciones en Mi Humanidad, especialmente quise ser desnudado, flagelado y que a pedazos cayeran Mis carnes bajo los azotes, casi deshaciendo Mi Humanidad para rehacer la humanidad de las criaturas, y hacerla resurgir llena de Vida, de Honor y de Gloria a la Vida Eterna. ¿Qué otra cosa podía hacer y que no haya hecho?". 


Revelación de Nuestro Señor a Luisa Piccarreta,
el 24 de Marzo de 1913 



jueves, 14 de marzo de 2024

ELEVAR AL CIELO LA OFRENDA PURA

 

               El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: "Así como el Padre Me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros", prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, "Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".




               En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la Última Cena instituyó el Sacrificio y el Sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el Ara de la Cruz para obrar en ella la Eterna Redención, pero como no se había de acabar Su Sacerdocio con la muerte, a fin de dejar a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la Cruz, y que perpetuase Su Memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase Sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la Última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado, declarándose estar constituido Sacerdote Eterno según el Orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: "Haced esto en memoria Mía".

               Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías, por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el Fin del Mundo.

               Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el Don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.


               La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: "Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse".


              Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del Sacerdote Católico que tiene potestad sobre el Cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros Altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como Víctima infinitamente agradable a la Divina Majestad. Admirables cosas son éstas -exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.


               Además de este poder que ejerce sobre el Cuerpo Real de Cristo, el Sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo Místico. El Sacerdote está constituido dispensador de los Misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo, como es, Ministro Ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la Gracia del Redentor. 


                El Cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al Sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta Gracia, que es la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el Sacerdote lo purifica y renueva en la fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un Sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el Sacramento de la Confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el Sacerdote se lo da, como Alimento vivo y vivificante bajado del Cielo; caído, el Sacerdote lo levanta en Nombre de Dios y lo reconforta por medio del Sacramento de la Penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los Fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el Cielo, allí está el Sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor...

               ...y cuando el Cristiano, llegado a los umbrales de la Eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el Tribunal del Divino Juez, el Sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le perdona y le fortalece con el Sagrado Crisma de la Extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al Cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del Cielo, el Sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de las Puertas de la Eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el Cielo, el Sacerdote está al lado de los Fieles, como guía, aliento, Ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones...


Carta Encíclica "Ad Catholici Sacerdotii
del Papa Pío XI, 20 de Diciembre de 1935