miércoles, 8 de julio de 2026

EL ABOGADO DE LOS MORIBUNDOS

 


                    Llegó un momento en que José se enfermó y ya no podía trabajar. Estaba muy debilitado y caído de fuerzas. Jesús hacía sus veces en el taller y el pobre José le ayudaba en lo poco que podía. María le preparaba alguna comida especial y él permanecía mucho tiempo en oración y a veces, en éxtasis.

                    Un día se le presentó en sueños el Ángel y le manifestó que debía disponerse y prepararse para ofrecer los sufrimientos de su enfermedad. Tenía fuertes dolores de estómago y sufría desmayos y unos delirios causados, algunos por los dolores, otros por el amor ardiente que sentía hacia Dios. También tenía palpitaciones del corazón. Cuando Jesús se le acercaba y lo tomaba de la mano, José se tranquilizaba y caía fácilmente en éxtasis, no sintiendo durante ese tiempo mal alguno. Pero Dios lo probó con aridez de espíritu, quitándole el gusto interior por las cosas divinas. 

                    Una noche se sintió como abandonado de Dios. Pero Dios no lo abandonaba, solo lo estaba probando para que hiciera más méritos para la Eternidad. Uno de los días le fue revelado que su muerte estaba cercana. También le reveló que Dios lo había escogido y destinado a ser Abogado particular de los moribundos y quería que continuara esta caridad hasta el Fin del Mundo y que desde el Cielo realizase este oficio de asistente de ellos en su agonía.

                    Un día, después de un éxtasis, habló con Jesús y María. Les pidió perdón por todo lo que había faltado. Después Jesús lo tomó de la mano y él iba repitiendo continuamente: "Jesús, María", mientras Jesús le hablaba del Cielo y de Su Padre Celestial. Por fin, llegado su último momento, Jesús recibió su alma en Sus Santísimas manos y la hizo ver a María de modo que se consolara. Murió un Viernes, 19 de marzo, a la edad aproximada de 61 años. 

                    En esos momentos, Jesús tendría unos 30 años, listo para comenzar Su vida pública. Su cadáver fue acompañado por Jesús y María y algunos vecinos y piadosas mujeres del pueblo. También lo acompañaron los Ángeles que asistían a Jesús y María con cánticos de alabanza, aunque no eran vistos ni oídos por los presentes.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora




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