miércoles, 23 de junio de 2021

SAN JOSÉ PARTICIPA DE LAS PRERROGATIVAS DE LA VIRGEN MARÍA (II) por San Juan Eudes

 

              San José, Patrono especial de las almas que aspiran a la perfección. En efecto, llevando estas almas en su corazón la generosa ambición de reproducir la vida y las virtudes de Jesús, o mejor, ser ellos mismos como otros “Jesús” en la tierra, San José quiere, por su parte, ser para ellos todo lo que él fue para Jesús durante su vida mortal. 




             La vigilancia tan afectuosa que junto a él desplegó, la diligencia llena de celo y de enardecimiento que puso en procurarle el alimento necesario para su desarrollo, la solicitud con que le condujo a Egipto para substraerle a sus enemigos…, en resumen, el amor tan puro y tan paternal que le obligó a consagrar su cuerpo y su alma al servicio del divino Niño, lo traslada San José cumplidamente a toda alma que no quiere ser ya ella misma, sino Jesús, y Jesús pobre y laborioso, paciente y perseguido. 

               “¡Hijo mío, el Dios de tu Padre será tu auxiliador, y el Omnipotente te llenará de bendiciones de lo alto, de bendiciones de aguas abundantes de acá abajo, de bendiciones de leche y de fecundidad! Las bendiciones que te da tu padre sobrepujan las bendiciones de sus progenitores; hasta que venga el Deseado de los collados eternos”. 

               Si, según la piadosa creencia de la Iglesia, los Santos del Cielo tienen un poder especial para alcanzar las virtudes en que han sobresalido y las gracias con que fueron favorecidos, ¿cuál no será el poder de San José para obtenernos todas las virtudes que él mismo le elevaron al más alto grado posible en la naturaleza humana, después de María?... Hay, no obstante, cuatro favores particularmente vinculados a su devoción: el amor de Jesús y de María. 

               Si Dios, infinitamente sabio, ha establecido la debida proporción entre las causas y los efectos y entre los medios y el fin, es cosa bien cierta que debió dar a San José un corazón relativamente digno de los que él debía amar, digno de los Corazones Sagrados de Jesús y de María, un corazón más encendido en amor que el del más abrasado serafín. ¿Quién podrá, decir cuánto ha amado José a Jesús y a María y con qué gusto nos oye cuando le pedimos que nos conceda el amarles como él?... 

               Habiendo sido San José el Custodio de la Pureza de la Reina de las Vírgenes, debe y quiere ser el Custodio de la pureza virginal de todas las almas que componen el séquito de María. Confiémosle, pues, este inestimable tesoro tan querido de Jesús. Recurramos a él como una hija a su padre, desde el momento en que sintamos los ataques del enemigo de nuestra salvación; depositemos en sus manos el lirio de nuestra castidad rodeado de nuestras más humildes y fervorosas oraciones, y él nos lo conservará en toda blancura. 

               Poseído por completo del amor de Jesús y de María, José no pensaba más que en Ellos, no hablaba más que con Ellos, o de Ellos, lo cual le daba una vida interior intensa en sumo grado. Vayamos a él, si queremos vivir de esta Vida Divina, la única sola digna de un Cristiano.

               A todos aquellos que le aman y le honrar concede José el morir como él, en el Amor y en los brazos de Jesús y de María, gracia que corona y asegura todas las demás. 




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