sábado, 27 de junio de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO, la historia de un icono milagroso

  

ORIGEN DEL ICONO


                   Según una piadosa tradición del siglo XVI que ha llegado hasta nuestros días, un mercader de la isla de Creta robó una imagen milagrosa de una de las iglesias de la isla. La escondió entre sus cosas y zarpó hacia occidente. Gracias a la Divina Providencia se salvó de una terrible tempestad llegando a tierra firme. Después de un año, más o menos, llegó a Roma con la imagen robada.

                   En Roma cayó gravemente enfermo y fue en busca de un amigo que pudiera ayudarle. Cuando estaba a punto de morir, reveló al amigo su secreto sobre la imagen sagrada y le suplicó que la colocara en una iglesia. El amigo prometió hacerlo atendiendo sus deseos, pero también él murió sin haber cumplido la promesa.

                   Finalmente, la Bienaventurada Virgen se apareció a la pequeña hija de seis años de una familia romana diciéndole que indicara a su mamá y a su abuela que la imagen de la Virgen María del Perpetuo Socorro debía colocarse en la iglesia de San Mateo Apóstol, situada entre las Basílicas de Santa María Mayor y San Juan de Letrán.





           
                   La tradición cuenta cómo después de muchas dudas y diversas dificultades, "la madre obedeció y, tras consultar con el clero responsable de dicha iglesia, la imagen de la Virgen fue colocada en San Mateo el 27 de Marzo de 1499". Allí fue venerada durante 300 años. Enseguida comenzó la segunda etapa vinculada a la historia del icono. La devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro se extendió por toda Roma.

LA BENDITA IMAGEN QUEDA OLVIDADA

                   En 1798, Roma fue devastada por la guerra, y el monasterio y la iglesia fueron casi totalmente destruidos. Varios Agustinos permanecieron aún allí por algún tiempo pero, al final, también debieron marcharse. Algunos regresaron a Irlanda, otros se dirigieron hacia nuevas fundaciones en América, mientras que la mayor parte se trasladó a algún monasterio cercano. Fue este último grupo el que llevó consigo la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Comienza así la etapa de su historia, el tiempo de los "Años ocultos".

                   En Enero de 1855, los Misioneros Redentoristas (fundados por San Alfonso María de Ligorio) compraron "Villa Caserta", en Roma, convirtiéndola en Casa Generalicia de la Congregación Misionera que ya se había extendido por toda Europa occidental y por América del Norte. En esta misma propiedad, en Via Merulana, se encontraron las ruinas de la iglesia y del monasterio de San Mateo. Sin saberlo en aquel momento, compraron el terreno que, muchos años antes, había elegido la Virgen como santuario suyo, entre Santa María Mayor y San Juan de Letrán.

                   Cuatro meses después se comenzó la construcción de una iglesia en honor del Santísimo Redentor, dedicada a San Alfonso de Ligorio, Fundador de la Congregación. El 24 de Diciembre de 1855, un grupo de jóvenes comenzaba el Noviciado en esta nueva casa. 

                   Los Redentoristas demostraron tener un enorme interés por la historia de la propiedad adquirida; mucho más cuando, el 7 de Febrero de 1863, un famoso predicador jesuita, el Padre Francesco Blosi, hizo referencia en su sermón al tema del icono de María que "estuvo en la iglesia de San Mateo en Via Merulana y que era conocido como "La Virgen de San Mateo" o, más exactamente, como la "Virgen del Perpetuo Socorro".

                   En otra ocasión, el cronista de la Comunidad Redentorista, "examinando algunos autores que escribieron sobre la antigüedad romana, se encontró con referencias a la iglesia de San Mateo. Entre éstas, había una cita en que se hablaba de la iglesia (que había estado situada dentro del perímetro del jardín de la comunidad) y en la que había habido un antiguo icono de la Madre de Dios que gozó de gran veneración y fama debido a sus milagros". Luego, "tras contar todas estas cosas a la comunidad, se abrió un debate sobre cómo encontrar la imagen. El Padre Marchi se acordó de todo lo que le había contado Fray Agustín Orsetti y dijo a sus cohermanos que había visto aquel icono con mucha frecuencia y que sabía dónde se hallaba".




            
SE REANUDA EL CULTO AL ICONO Y COMIENZA SU PROPAGACIÓN

                    Con este nuevo conjunto de informaciones, el interés de los Redentoristas creció y quisieron saber aún más del icono y de cómo conseguirlo para su iglesia. El Superior General, Padre Nicolás Mauron, escribió una carta al Papa Pío IX pidiéndole a la Santa Sede que le concediera el icono del Perpetuo Socorro a fin de colocarlo en la nueva iglesia del Santísimo Redentor y San Alfonso que se había construido cerca del lugar en que se encontraba la antigua iglesia de San Mateo. El Papa accedió a esta petición y en el reverso de la misma solicitud escribió de su puño y letra justamente lo siguiente:


                   "El 11 de Diciembre de 1865: El Cardenal Prefecto de Propaganda debe llamar al Superior de la Comunidad de Santa María en Posterula diciéndole que es Nuestro deseo que la imagen de la Santísima Virgen, de la que se habla en esta petición, sea nuevamente colocada entre San Juan y Santa María Mayor. Los Redentoristas se encargarán de reemplazarla con otra imagen adecuada".

                   Según la tradición, fue entonces cuando el Papa Pío IX dijo al Superior General de los Redentoristas: "Dadla a conocer al mundo entero". En el mes de Enero de 1866, los Padres Michele Marchi y Ernesto Bresciani fueron a Santa María en Posterula para recibir la imagen de manos de los Agustinos.

                   Hubo que proceder a la limpieza y restauración del icono. La tarea se le confió al artista polaco Leopold Nowotny. Finalmente, el 26 de Abril de 1866, la imagen fue expuesta nuevamente a la pública veneración en la iglesia de San Alfonso en Via Merulana.

                   Con este hecho dio comienzo la más esplendorosa etapa de su historia: la difusión del icono por el mundo entero.


ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA
SANTA MARÍA DEL PERPETUO SOCORRO


                    Santísima y siempre Pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del Mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonáis, a ninguno despreciáis ni dejáis desconsolado a quien recurre a Vos con corazón humilde y puro.

                    No me desechéis por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandonéis por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me privéis de Vuestra gracia y de Vuestro amor, pues soy Vuestro hijo.

                    Escuchad a este pecador que confía en Vuestra misericordia y piedad: socorredme, Piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de Vuestro querido Hijo, Omnipotente Dios y Señor Nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de Vuestro amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

                    En los últimos momentos de mi vida, sed mi piadosa Auxiliadora y librad mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquél que por espacio de nueve meses llevasteis en Vuestro purísimo seno y con Vuestras manos reclinasteis en el Pesebre, Vuestro Hijo y Señor Nuestro Jesucristo, que es Bendito por los siglos de los siglos. Amén.





viernes, 26 de junio de 2026

EL REINO DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS, según las revelaciones a la Madre Rafols

 

                    Después de comulgar y dar gracias estaba yo pensando como de costumbre, en los muchos ultrajes que hicieron al Santo Cristo Desamparado (1), y me ofrecí a mi Dulce Jesús con toda mi alma todo lo que Él quiera con tal que mis padecimientos sirvieran para desagraviarle algo de los que recibió entonces y recibe todos los días de tantos pecadores como le ofenden. Y con toda claridad me ha dicho el Corazón de Jesús para que lo consigne: 



                    "Hija Mía, en los tiempos venideros, cuando esta imagen Mía esté a la veneración de los fieles, Me habrán hecho grandes profanaciones en muchas imágenes Mías, de Mi Madre Santísima y de los Santos; pero como amo tanto a los hombres y deseo tanto su salvación, que por solo Mi Misericordia Yo haré resucitar de la tierra esta imagen Mía para que en ella Me desagravien de tantas ofensas y sacrilegios: quiero muchos actos de reparación y Me serán tan agradables estos actos de reparación y desagravios que Me hagan ante esta Imagen, que Yo derramaré grandes gracias a todos los que con verdadera fe y humildad y contrición acudan a Mí. Mi Padre Eterno se complacerá mucho siempre que se le adore y venere haciendo interiormente actos de contrición por sí y por los pobres pecadores". 

                    Me dió a entender también mi Dulce Jesús en este mismo día, que este robo sacrílego lo cometieron en la madrugada de aquella noche tan memorable, o sea el día 14 de Septiembre 1809 y que los Religiosos Dominicos a nadie dieron parte por temor a que hicieran mayores robos y sacrilegios, porque en aquellos años se hacían muchos robos en las iglesias. 

                    Desgraciadamente, también ahora se han hecho y se hacen muchos. Los Religiosos Dominicos sintieron mucho perder dicha imagen, pues la tenían en mucha estima y veneración, por habérsela regalado un personaje gran Siervo de Dios, muy adicto a la Orden de Predicadores. 

                    También quiere mi Jesús que cuando se edifique el templo en Villafranca le dediquen una Capilla a esta imagen, colocándola en el centro sobre una cruz grande, y no han de colocar en ese altar ninguna otra Imagen; pero ha de estar en tal forma que los Fieles puedan verla y adorarla. De tal forma ha de estar hecho el relicario que no lo puedan coger, porque me inspira él Corazón de Jesús que los perseguidores de la Religión, al ver los portentosos milagros que por mediación de esta imagen se obrarán, intentarán robarla nuevamente. De modo que han de procurar que esté bien sujeta y resguardada por medio de un cristal recio. La podrán sacar del relicario o camarín, los días de Viernes Santo, catorce de Septiembre y el día quince de Noviembre, y siempre que el Señor Obispo de Barcelona lo crea de utilidad para el bien de las almas. Como, por ejemplo, en tiempos de ejercicios, peregrinaciones, etc. 

                    Cuando se saque esta veneranda Imagen del relicario para adorarla, que la adoren de rodillas y que esté "Bien custodiada por Sacerdotes. La imagen de la Virgen del Pilar la deben poner también en forma que los Fieles la puedan adorar a semejanza de la de Zaragoza. 

                    Pidan todos y cooperen en lo que esté de su parte para que el Reinado del Corazón de Jesús venga pronto a su amada España; tan pronto como Él lo desea, y después trabajen todos los habitantes de esta nación en cooperar cuanto puedan para que reine también cuanto antes en todo el mundo, pues los que de veras aman a Dios no se contentan con amarle ellos solos, sino que trabajan para que no haya una alma, si fuera posible, que deje de conocerle y amarle, y de esta manera será para todos muy fructuosa la Redención de Nuestro Divino Salvador. 

                    Lo que más desea este Sagrado Corazón es que se Le adore en el Santísimo Sacramento de Su Amor, y para que todos los Fieles lo puedan hacer sería muy conveniente que los días festivos y aún con más frecuencia hubiera en las Parroquias y Comunidades Religiosas, una hora de Exposición del Santísimo, donde deben cantar alguna alabanza todos los Fieles, con lo cual se encenderá en sus almas el fuego del Divino Amor; y antes de reservar darán la bendición a los Fieles. Mucho le agradaría esta práctica al Corazón de Jesús, porque Sus mayores delicias son vivir entre los hombres. 

                    Además, una hora de tiempo se pierde en cualquiera parte, y en cambio para visitar a Jesús Sacramentado, que es donde encontrarían remedio en todas sus necesidades, lo tienen la mayor parte de los hombres casi siempre olvidado y abandonado. 

                    Sólo el Corazón de Jesús sabe la violencia tan grande que he tenido que hacerme para cumplir Sus mandatos y escribir todo lo que me ha dicho, y aún no se acaba este martirio para mí, pues en estos instantes me está diciendo que este tiempo de mi destierro, como podré estar más unida con Él y libre de las terrenas ocupaciones, quiere que en los ratos que me lo permitan mis quehaceres, pues de ordinario estoy enferma, escriba un tratadito pequeño para Religiosas y principalmente para mis Hermanas en Religión. Al recibir estos nuevos mandatos del Corazón de Jesús, que tanto me mortifican, he hecho el propósito de olvidarme del todo de mí misma y hacerme cuenta que soy un instrumento Suyo sin ningún valor, para que haga de mí lo que quiera. Yo sólo deseo Su Divino Amor y que todo sea para Su mayor Gloria.


Extraído de los escritos de la Madre María Rafols,
Fundadora de la Congregación de las Hermanas
de la Caridad de Santa Ana

NOTA 

1) Toca AQUÍ para conocer la milagrosa historia del Santo Cristo Desamparado.




miércoles, 24 de junio de 2026

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA, según la mística María Valtorta

 


                    La luz empieza a penetrar por la puerta entornada. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra mojada de rocío. Se siente un fuerte olor a tierra húmeda, a hierba verde, y se oyen los primeros trinos de los pájaros que se llaman de rama en rama. Zacarías y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela y la luz del alba les pone aún más pálidos. María se pone de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera atenta a ver si oye algo. Nada ha pasado. 

                    María va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber a Zacarías. Luego va a las palomas, regresa y entra en la misma habitación. Tal vez es la cocina. Inspecciona todo. Se le ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños. Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín mientras María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, porque los gritos de la parturienta son más agudos. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. 

                    Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo;  llora el pobre viejo. María se levanta y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de aquel hombre desolado y sobre él derrama sus consuelos. Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pinta de colores el aire matinal. Estando así, llega a sus oídos el feliz anuncio: “¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Es un varoncito! ¡Oh, padre feliz! Un varoncito como una rosa, hermoso como un sol, fuerte y sano como su madre. Alégrate padre a quien el Señor bendijo, para que le ofrezcas en su Templo un hijo. ¡Gloria a Dios que concedió un heredero a esta casa! ¡Bendición a ti y al hijo que nació! Pueda su descendencia perpetuar tu nombre por los siglos de los siglos, durante todas las generaciones, y siempre sea fiel a la alianza del Eterno Señor”. 

                    María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que le bendiga. Zacarías no va donde está Isabel; coge al niño que chilla con todos sus pulmoncitos. Pero no va donde está su mujer. María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre que va tras Ella, se percata de este hecho. “Mujer” dice a Isabel “tu niño se calló tan pronto la tomó Ella. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!”.  

                    María coloca al niñito junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris, y le dice en voz baja: “La rosa ha nacido y tú vives. Zacarías está dichoso”. Isabel pregunta: “¿Habla?”. Virgen: “Todavía no. Pero confía en el Señor. Descansa ahora. Yo estoy contigo”. 

                    Dice la Virgen María: “Si Mi presencia había santificado al Bautista, no canceló a Isabel la condena proveniente de Eva: “Darás a luz a tus hijos con dolor”. Solo Yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial, quedé libre de dar a luz con dolor. La tristeza y el dolor son frutos de la Culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era Corredentora. Pero no experimenté el dolor de dar a luz. No. Este sufrimiento no lo experimenté. Y, no obstante, créeme, hija, no hubo ni habrá un dolor de parturienta semejante al Mío de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho: el de Mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se Me moría. ¿Y qué madre hay que se vea obligada a dar a luz de esa manera? ¿Qué madre hay que se vea obligada a mezclar el suplicio del desgarro de las entrañas, que se rompen al estertor de Su Hijo agonizante, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror del deber de decir: «Os amo. Venid a Mí que Soy vuestra Madre» a los verdugos de ese Hijo nacido del más sublime amor que jamás el Cielo haya visto, del amor de Dios con una Virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz que se hicieron Carne y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios? Dijo Isabel: «¡Cuánto dolor para ser madre!». Mucho. Pero nada con respecto al Mío”.


Extraído de las revelaciones de la mística María Valtorta, 3 de Abril de 1944



martes, 23 de junio de 2026

...NO PODRÁN APAGAR EL AMOR



                    Pone me ut signaculum super Cor Tuum, ut signaculum super brachium Tuum: quia fortis est ut mors dilectio, dura sicut infernus aemulatio; lampades ejus, lampades ignis atque flammarum. 

                    Aquae multae non potuerunt extinguere Caritatem, nec flumina obruent illam: si dederit homo omnem substantiam domus suae pro dilectione, quasi nihil despicient eum. 


Canticum Canticorum 8, 6-7


                    Ponme como un sello sobre Tu Corazón, como una marca sobre Tu brazo; porque fuerte es como la muerte el Amor; duros como el infierno los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. 

                    Las muchas aguas no podrán apagar el Amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este Amor, de cierto lo menospreciarían. 


Cantar de los Cantares, cap. 8, vers. 6-7



domingo, 21 de junio de 2026

SAN LUIS GONZAGA, Patrón de los Jóvenes Católicos

  


              San Luis era el primogénito de los ocho hijos de Ferrante, Marqués de Castiglione delle Stiviere, en Mantua, Italia; nació el 9 de Marzo de 1568. 

             A la edad de ocho años fue enviado a la Corte Ducal de Francisco de Medici, en Florencia, donde permaneció dos años, marchando posteriormente a Mantua. Con tan sólo 10 años y cuando era el paje del gran Duque de Toscana, hizo el voto perpetuo de virginidad delante de una imagen de la Virgen en la ciudad de Florencia. 

               Durante una dolorosa enfermedad renal, de la que sanó tarde y mal, se aficionó a leer libros de Vidas de Santos (como Santa Teresa o San Ignacio) y el famoso “Las cartas de Indias”, que narraban la vida misionera de los jesuitas.

              En Brescia, cuando tenía doce años, pasó a estar bajo la dirección espiritual de San Carlos Borromeo, de quien recibió la Primera Comunión. En 1581 viajó con su padre a España, y tanto él como su hermano fueron hechos pajes del entonces Príncipe de Asturias Don Diego, hijo del Rey Felipe II. Se nutrió de la lectura espiritual de Fray Luis de Granada

               Estando en España, durante su visita a Madrid; el 15 de Agosto de 1583, en la Iglesia de los Jesuitas, oyó claramente una voz que le decía: “Luis, ingresa en la Compañía de Jesús”. Tomó entonces la firme resolución de seguir aquella voz interior e ingresar a la Compañía de Jesús, aunque primero había pensado unirse a los Carmelitas Descalzos. Pronto encontraría la negativa de su familia, que prefería para Luis una vida acorde a sus raíces familiares y así ser el próximo Marqués de Castiglione. 

               Triste regresó a Italia en 1584 luego de la muerte del Príncipe Don Diego y tras diversas dificultades para obtener el consentimiento de su padre, renunció a su herencia en favor de su hermano Rodolfo, el 2 de Noviembre de 1585, proceso que requirió el consentimiento del Emperador, pues Castiglione era un feudo del Sacro Imperio. Después se encaminaría al Santuario de Loreto, donde renovaría ante Nuestra Señora el voto de castidad.

              Se presentó al Padre Claudio Acquaviva, entonces General de la Compañía de Jesús, donde ingresó el 25 de Noviembre de 1585, con apenas 18 años. Cuando entró en el Noviciado de los Jesuitas en Roma, su padre escribió al General de la Compañía lo siguiente: "Hago saber a Vuestra Señoría Reverendísima que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de esta mi casa ..."

                Antes de concluir su tiempo en el Noviciado, superó brillantemente un acto público en Filosofía, habiendo hecho sus estudios matemáticos y filosóficos antes de su ingreso. 

               De hecho, ya se había distinguido en una prueba pública, no sólo en Filosofía, sino también en Teología, realizada en la Universidad de Alcalá de Henares, en España. Realizó sus votos el 25 de Noviembre de 1587. Inmediatamente después, inició sus estudios teológicos. Entre sus profesores estaban los Padres Vázquez y Azor.

              San Luis Gonzaga se caracterizó por su obediencia incondicional, por su pureza de corazón, su amor a los pobres y enfermos y por una gran devoción a la eucaristía, a la vida de santos y a la Virgen. Probablemente, al leer tantas vidas de santos, nació también en su corazón la necesidad de mortificarse, realizando estrictos ayunos y a vivir pobre entre los pobres. Su amor a la pobreza le hizo rechazar cuantos objetos valiosos le hacía llegar su madre; su desasimiento de las cosas terrenales era sincero hasta el punto que, por obediencia a sus Superiores, aceptó dos estampas en papel de sus Santos predilectos: Santo Tomás de Aquino y Santa Catalina de Siena. 

               A pesar de haberse apartado del mundo y de los lujos de su noble familia, San Luis Gonzaga se vio forzado a visitar a los suyos para mediar en un conflicto con el Duque de Mantua; todos quedaron admirados por la Santidad y Sabiduría del joven, que reconcilió a su hermano con sus enemigos. Su propia madre entendió de la gran sabiduría de su hijo Luis, por lo que convenció a sus Superiores para que predicase en Mantua antes de partir; pese a no ser Sacerdote, San Luis predicó y tocó el alma de muchos, tal es así que unas setecientas personas pidieron confesión sacramental como inicio de una nueva vida.

                En 1591, cursando su cuarto año de Teología, sobrevino la hambruna y la peste en Italia. Aunque de salud delicada, se entregó al cuidado de los enfermos, pero el 3 de Marzo cayó enfermo. Sus parientes, el Cardenal Gonzaga y el Cardenal Della Rovere lo visitaron con frecuencia durante la convalecencia; el piadoso Luis empleaba sus pobres fuerzas para sujetar el Crucifijo y alzar los ojos hacia la imagen de la Virgen María que siempre tenía delante. Murió el Jueves 21 de Junio de 1591, cuando contaba 23 años de edad. Fue Beatificado por el Papa Gregorio XV en 1621, y canonizado por Benedicto XIII en 1726.

               Sus venerables restos se encuentran en la Iglesia de San Ignacio, en Roma, en una hermosa urna de lapislázuli, adornada en plata. El altar tiene al centro un relieve hecho de mármol representado al Santo, realizado por Le Gros.

               El 13 de Junio de 1926 el Romano Pontífice Pío XI, declaró a San Luis Gonzaga Patrón de la Juventud Católica.




sábado, 20 de junio de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre Castísima

 

"El Espíritu Santo vendrá sobre Ti,
y el poder del Altísimo Te cubrirá
con su sombra; por eso, el Santo
que nacerá de Ti, será llamado
Hijo de Dios" 


Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 35



                    La Encarnación del Verbo no es solo un Misterio de nuestra Fe, sino también el mayor milagro que el poder de Dios haya realizado jamás.

                    Nada, en efecto, supera más los poderes de la naturaleza que la unión de una Persona divina, increada e infinita, con la naturaleza humana, creada y finita. Pero Dios quiso añadir otro milagro asombroso al primero: la concepción virginal de Jesús en el vientre de María, quien, por un privilegio singular, fue visitada por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra para que concibiera y diera a luz al Verbo de Dios.

                    Así como no puede haber mayor dignidad en una criatura pura que la de cooperar inmediatamente con el Espíritu Santo en la formación del cuerpo de un Dios, no es de extrañar que Dios haya dejado de lado las leyes de la naturaleza para salvaguardar la virginidad de su Madre.

                    ¡Maravilla indescriptible! ¡Qué vívidamente nos revela el amor del Espíritu Santo por su Esposa, y cómo realza ante nuestros ojos la sublime dignidad de la Madre de Dios!

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María, como toda otra obra maravillosa de Dios, debe atribuirse a la acción común de las Tres Personas Divinas, quienes, teniendo la misma naturaleza, se unen en todas sus obras ad extra . Sin embargo, es al Espíritu Santo a quien atribuimos esta concepción virginal, y esto por varias razones.

                    En primer lugar, la Encarnación es una obra de amor, puesto que Dios se hizo hombre por el amor que nos tuvo; ahora bien, el Espíritu Santo es precisamente, en la Santísima Trinidad, el amor consustancial del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre.

                    Además, por su unión con el Verbo, la santísima Humanidad de Jesús se convirtió en la mayor maravilla de la perfección espiritual, habiendo sido elevada, ennoblecida y glorificada por encima de todas las cosas creadas por la luz de la Divinidad: ahora bien, es al Espíritu Santo a quien atribuimos la obra de la gracia y todos los frutos de santificación que de ella emanan.

                    Finalmente, la Encarnación tuvo como fin la redención del género humano, al cual Jesucristo había de admitir a participar de las gracias, de las cuales poseía la plenitud. Ahora bien, esta santificación, que tiene su origen en Jesucristo, es precisamente obra del Espíritu Santo. Por lo tanto, es justo que atribuyamos la realización de este gran misterio a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

                    Por estas razones, María es el templo elegido, el santuario único del Espíritu Santo: un santuario tan hermoso, tan rico en dones divinos, que todos los demás santuarios palidecen en comparación.

                    Alégrate, alma mía, porque tales bendiciones nos han llegado por obra del Espíritu Santo en María. Repite con santa exultación estas palabras con las que el Esposo Celestial se complació en dirigirse a esta Madre incomparable: «Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres una fuente sellada: tus plantas son un paraíso de delicias».

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María no solo pone de relieve la Doctrina de la Maternidad Divina junto con la de la Divinidad de Jesucristo, sino que también es una prueba elocuente de que, más allá del orden natural, existe una vida sobrenatural, que es el fin de todas las cosas creadas.

                    Pues, si Dios quiso que semejante intervención milagrosa del Espíritu Santo tuviera lugar en la concepción del Redentor de la humanidad, podemos deducir de ello que el alcance de la Encarnación trasciende todo lo que el orden natural comprende. De hecho, Jesucristo se hizo hombre para concedernos la gracia en esta vida y la recompensa de la gloria en la venidera.

                    Demos gracias al Espíritu Santo por haber cubierto con su sombra a María y, de este modo, habernos concedido el conocimiento de esta gran verdad: que hemos sido creados para el cielo, y solo para el cielo.

                    Santa Isabel, hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposa de Luis, landgrave de Turingia, fue desde su más tierna juventud sumamente devota de la gloriosa Reina del Cielo. Siempre se complacía en venerarla y en que todos con quienes entraba en contacto la veneraran. Nunca se cansaba de recitar la Salutación Angélica en honor de la Madre de Dios.

                    Entre las virtudes más destacadas de Santa Isabel, se encontraba su amor por la santa pobreza. Esta la aprendió en la escuela de la Santísima Virgen María, pues la Reina del cielo y de la tierra practicó la pobreza durante toda su vida terrenal. Este espíritu de pobreza inspiró en Santa Isabel un profundo desprecio por las posesiones terrenales, al punto de detestar todo lo que no fuera estrictamente necesario, y ni siquiera conservaba lo que correspondía a su dignidad de reina. En una ocasión, en la Fiesta de la Asunción, mientras asistía a la solemne misa, se quitó la corona real ante todos los presentes y, apartando los cojines que le habían preparado, se arrodilló en el suelo, declarando que tales adornos no eran propios de una sierva de Jesucristo, puesto que Él, el Rey del cielo y de la tierra, había vivido siempre con humildad y había muerto coronado de amargas espinas.

                    Tras la muerte de su esposo, Isabel sufrió las más feroces persecuciones. Movida por la envidia y el odio de los grandes nobles, se corrió la voz de que, con sus limosnas, había malgastado el tesoro de la Corona. Por este motivo, fue expulsada de la corte, expuesta a toda clase de insultos y, finalmente, obligada a refugiarse en una pequeña cabaña, donde padeció terriblemente de hambre y de las inclemencias del tiempo. En medio de estas tribulaciones, siempre soportadas con heroica paciencia, recibió la amorosa ayuda de la Santísima Virgen, su dulce patrona, quien incluso se dignó a aparecerse ante ella y hablarle.

                    Finalmente, Santa Isabel recuperó su dignidad original. Pero en lugar de disfrutar plácidamente de los placeres y honores de su rango, renunció a todo lo mundano y pidió vestir el hábito de San Francisco. Durante el resto de su vida, se dedicó incansablemente a la penitencia y la humildad. Finalmente, invitada por su Esposo celestial al banquete nupcial del paraíso, cambió las lágrimas de su exilio por las alegrías del cielo, falleciendo en Marburgo, Alemania, el 19 de Noviembre de 1231.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


miércoles, 17 de junio de 2026

HE BUSCADO AL QUE AMA MI ALMA

  


                    In lectulo meo, per noctes, quaesivi quem diligit anima mea: quaesivi Illum, et non inveni.

                    Surgam, et circuibo civitatem: per vicos et plateas quaeram quem diligit anima mea: quaesivi Illum, et non inveni.

                    Invenerunt me vigiles qui custodiunt civitatem: Num quem diligit anima mea vidistis?.

                    Paululum cum pertransissem eos, inveni quem diligit anima mea: tenui Eum, nec dimittam, donec introducam Illum in domum matris meae, et in cubiculum genetricis meae.

                    (Sponsus) Adjuro vos, filiae Jerusalem, per capreas cervosque camporum, ne suscitetis, neque evigilare faciatis dilectam, donec ipsa velit.


Canticum Canticorum, 3, 1-5


                    En mi lecho, por las noches, he buscado al que ama mi alma; Lo busqué, y no Lo hallé. 

                    Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré al que ama mi alma:Lo busqué, y no lo hallé.

                    Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?.

                    Pasando de ellos un poco, hallé luego al que mi alma ama: me aferré a Él, y no lo dejé, hasta que lo metí en casa de mi madre, y en la cámara de la que me engendró.

                    (El Esposo) Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, por las gacelas o por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera.


Cantar de los Cantares, cap. 3, vers. 1-5



sábado, 13 de junio de 2026

EN ELLA NOS VEÍAMOS COMO SUMERGIDOS EN DIOS...

   


                La Segunda Aparición de Nuestra Señora en la aldea portuguesa de Fátima, tuvo lugar según lo había anunciado la Virgen en Mayo, "...quiero que vengáis aquí los días trece de cada mes...". En esta ocasión, coincidiría con la Fiesta de San Antonio, muy celebrado en Portugal. Los niños videntes, Lucía, Francisco y Jacinta, a pesar de tener conocimiento de las fiestas del pueblo, prefirieron apartarse para ir al encuentro de aquella Señora tan hermosa que les había asegurado que venía del Cielo.  

                Al llegar a la Cova de Iría, los videntes notaron nuevamente un resplandor, al que llamaban relámpago, pero que no era propiamente tal, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Algunos de los espectadores, que en número de cincuenta, aproximadamente, habían acudido al lugar, notaron que la luz del sol se oscureció durante los primeros minutos del coloquio. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un momento antes de que Lucía hablara. Durante el coloquio de Nuestra Señora con los videntes, algunos oyeron un susurro como si fuese el zumbido de una abeja.

              Lucía: ¿Vuestra Merced qué quiere de mí?

              Nuestra Señora: Deseo que vengáis aquí el trece del mes próximo, que recéis el Rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.

              Lucía pidió la curación de una persona enferma.

              Nuestra Señora: Si se convierte, se curará dentro de este año.

              Lucía: Quería pedirle que nos llevara al Cielo.

              Nuestra Señora: Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré pronto; pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la Devoción a Mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por Mí para adornar Su Trono.

              Lucía: ¿Y me quedo sola?

              Nuestra Señora: No, hija. ¿Tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.

              "Al decir estas últimas palabras –cuenta Lucía– abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de Nuestra Señora había un Corazón rodeado de espinas que parecía se le clavaban por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación..."

              Cuando se desvaneció esta Visión, la Señora, envuelta todavía en la luz que Ella irradiaba, se elevó del arbusto sin esfuerzo, suavemente, en dirección al Este, hasta desaparecer del todo. Algunas personas más próximas notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección, como si los vestidos de Nuestra Señora los hubiesen arrastrado. Sólo algunas horas más tarde volvieron a su posición natural.  




GLORIOSO SAN ANTONIO DE PADUA

 



                    Nacido en Lisboa, ciudad principal de Lusitania, de padres cristianos e ilustres por su alcurnia, muchas e indudables señales dieron a entender, ya casi desde la aurora de su vida, que Dios todopoderoso había sembrado en su corazón abundantes semillas de inocencia y sabiduría. Era un adolescente cuando vistió el hábito humilde de los Canónigos Regulares de San Agustín, entre los cuales durante once años se esforzó, con la mayor diligencia, por enriquecer su alma con las virtudes religiosas y colmar su espíritu con los tesoros de las doctrinas celestiales. Elevado, después, a la dignidad sacerdotal por gracia divina, suspiraba por un modo de vida más perfecto, cuando los cinco compañeros Protomártires Franciscanos tiñeron con su sangre, en las santas misiones de Marruecos, los rojos amaneceres de la Orden Seráfica. Antonio, lleno de alegría por el triunfo tan glorioso de la fe cristiana, se inflamó de vivísimos deseos del martirio y se embarcó lleno de gozo rumbo a Marruecos, alcanzando felizmente las lejanas playas africanas.

                   Poco después, afectado de una grave enfermedad, se vio forzado a reembarcar de vuelta a su patria. La fortísima tempestad, que embraveció el mar y sacudió la nave por uno y otro lado con la fuerza del viento y las olas desatadas, lo lanzó finalmente, por voluntad de Dios, a las costas de Italia. Allí era un desconocido para todos y él mismo a nadie conocía, por lo que pensó encaminar sus pasos a la ciudad de Asís, donde entonces se iban a reunir muchos frailes y maestros de su Orden. Llegado allí tuvo la dicha de conocer al Padre san Francisco, cuya dulce presencia le colmó el alma de tanta suavidad que lo enardeció con el soplo ardentísimo del espíritu seráfico.

                   Al extenderse por todas partes la fama de la sabiduría celestial de Antonio y conocedor de ella el Seráfico Patriarca, quiso encomendarle el cargo de enseñar a los frailes, con aquellas palabras suavísimas que le escribió: «Fray Francisco a Fray Antonio, mi obispo: salud. Me agrada que enseñes sagrada teología a los frailes, con tal que, en su estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla». Antonio cumplió fielmente el oficio de su magisterio, siendo constituido como el primer Lector de la Orden. Enseñó en la ciudad de Bolonia, que era entonces sede principal de estudios; después enseñó en Toulouse y, por último, en Montpellier, ambas ciudades famosísimas por sus estudios. Antonio enseñó a los frailes y cosechó frutos abundantes sin menoscabar el espíritu de oración, como el Seráfico Patriarca le había encomendado, antes bien el Santo de Padua instruyó a sus alumnos no sólo con el magisterio de la palabra sino también con el ejemplo de su vida santísima, cultivando y defendiendo el cándido lirio de la pureza.

                   Dios le manifestó con frecuencia cuánto era estimado por el Cordero inmaculado, Jesucristo. Muchas veces, estando Antonio en su celda silenciosa dedicado a la oración, levantados dulcemente los ojos y el corazón al cielo, de repente se le aparecía el mismo Jesús, como niño pequeño, envuelto en una luz de radiantes fulgores, y echándose al cuello del joven franciscano le abrazaba y colmaba de tiernas caricias infantiles al Santo que, extasiado y convertido de hombre en ángel, «se apacentaba entre lirios» (Cant 2,16) en compañía de los ángeles y del Cordero.

                   Como Antonio se sirvió, con frecuencia, de los textos y sentencias tomadas del Evangelio, con toda justicia y derecho merece ser llamado "Doctor evangélico". Efectivamente, de sus escritos no pocos Doctores, Teólogos y Predicadores de la palabra de Dios bebieron, como de una fuente perenne de agua viva, y ampliamente beben aún hoy, precisamente porque consideran a Antonio un maestro y le tienen por Doctor de la Santa Madre Iglesia. Los mismos Romanos Pontífices son los primeros que se han adelantado al pronunciar tal juicio y con su propio ejemplo. En efecto, Sixto IV en su Carta Apostólica Immensa, de 12 de marzo de 1472, escribe: «El Bienaventurado Antonio de Padua, como estrella en lo alto del firmamento, difundió el fulgor de su luz esplendidísima, pues él es quien ilustró, adornó y consolidó nuestra fe ortodoxa y la Iglesia católica con las extensísimas prerrogativas de sus méritos y virtudes, con su profunda sabiduría y doctrina de las cosas divinas, y su predicación fervorosísima». Igualmente, Sixto V, en su Carta Apostólica sellada con su sello de plomo el 14 de enero de 1586, escribió: «El bienaventurado Antonio de Lisboa fue un varón de eximia santidad..., e imbuido, además, de la sabiduría divina».

                   Sobre todo en Italia se hizo famoso el vigor de sus tareas apostólicas, pues aquí llevó adelante tan abrumadoras fatigas. Pero también en muchas provincias de Francia, porque Antonio sin hacer distinción alguna de nación o linaje abarcaba a todos con su dedicación activa, a los portugueses, paisanos suyos, a los africanos, italianos, franceses, a cuantos percibía que estaban necesitados de la verdad católica. En cuanto a los herejes, Albigenses, Cátaros y Patarenos, que pululaban casi por todas partes e intentaban entonces apagar la luz de la verdadera fe en los corazones de los fieles creyentes, con tanto esfuerzo y éxito los combatió que mereció ser llamado "martillo de los herejes"».

                   No podemos omitir aquí, por la magnitud de su peso y su importancia, el grandioso elogio que tributó al Santo de Padua el Papa Gregorio IX después de oír predicar a Antonio y comprobar su admirable comportamiento vital, llamándole "Arca del Testamento" y "Archivo de las Sagradas Escrituras". Es igualmente digno de ser recordado que en el mismo día 30 de mayo de 1232, en el que el taumaturgo paduano fue inscrito en el catálogo de los Santos, casi once meses después de su dichosa muerte, al final del solemne rito pontifical de su Canonización, el mismo Papa Gregorio entonó con su propia voz la antífona propia de los Doctores de la Iglesia: «¡O Doctor optime, Ecclesiae Sanctae lumen, beate Antoni, divinae legis amator, deprecare pro nobis Filium Dei!»(«¡Oh, Doctor excelente, luz de la Iglesia Santa, bienaventurado Antonio, amador de la ley divina, ruega por nosotros al Hijo de Dios!»).


Papa Pío XII, Carta Apostólica del 16 de Enero de 1946
EXULTA, LUSITANIA FELIX, por la que declaraba 
a San Antonio de Padua Doctor de la Iglesia Universal



viernes, 12 de junio de 2026

HE AQUÍ ESTE CORAZÓN QUE TANTO HA AMADO A LOS HOMBRES

  


                    Se me presentó el Corazón Divino como en un trono de llamas, más ardiente que el sol y transparente como un cristal con su adorable llaga. Estaba rodeado de una corona de espinas, que simbolizaba las punzadas que nuestros pecados le inferían; y una cruz encima significaba que, desde los primeros instantes de la Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, fue implantada en Él la cruz.

                    Desde aquellos primeros momentos, se vio lleno de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y desprecio que Su Sagrada Humanidad debía sufrir durante todo el curso de Su Vida y de Su Sagrada Pasión. Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de la perdición, le había hecho formar el designio de manifestar Su Corazón a los hombres con todos los tesoros de Su Amor, de Misericordia, de Gracia, de Santificación y de Salvación que contiene. Pero es preciso honrarle bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que se expusiera y que llevara yo sobre mi corazón. Y dondequiera que esta imagen fuere expuesta para ser honrada, derramaría Sus gracias y bendiciones... 

                    ...Una vez, este Soberano de mi alma me mandó velar todas las noches del Jueves al Viernes durante una hora, postrada en la tierra con Él, diciéndome que me enseñaría lo que deseaba de mí. Esto tenía también por objeto reparar lo que sufrió en aquella hora en que, estando en el Huerto de los Olivos, se quejó diciendo que Sus Apóstoles no habían podido velar con Él una hora... 

                    ...Me mandó comulgar todos los primeros Viernes de cada mes para reparar los ultrajes que durante el mes ha recibido en el Santísimo Sacramento y me decía: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”. 



                    Jesús me dijo: “Hija Mía, tu deseo de recibirme ha penetrado tan dentro de Mi Corazón que, si no hubiese instituido este Sacramento de Amor, lo instituiría ahora para hacerme tu alimento. Me agrada tanto el que deseen recibirme que, todas las veces que el corazón forma este deseo, otras tantas le miro amorosamente para atraerle a Mí”.

                    Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme completamente retirada al interior de mí misma por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, se me presentó Jesucristo, mi Divino Maestro, todo radiante de gloria con Sus cinco llagas que brillaban como cinco soles; y por todas partes salían llamas de Su Sagrada humanidad, especialmente de Su adorable pecho, el cual parecía un horno. Abrióse éste y me descubrió Su amantísimo y amabilísimo Corazón, que era el vivo foco de donde procedían semejantes llamas. Entonces fue cuando me descubrió las maravillas inexplicables de Su Amor puro y el exceso a que le había conducido el amor a los hombres, de los cuales no recibía sino ingratitudes y desprecios. 

                    Y como yo le manifestase mi impotencia, me respondió: “Toma, ahí tienes con qué suplir todo cuanto te falta”. Y al mismo tiempo se abrió aquel Divino Corazón y salió de Él una llama tan ardiente que creí ser consumida, pues quedé toda penetrada por ella y ya no podía soportarla, cuando le rogué que tuviera compasión de mi flaqueza. “Yo seré tu fuerza, me dijo, nada temas, pero has de estar atenta a Mi voz y a cuanto te pido para disponerte al cumplimiento de Mis designios

                    Estando una vez en presencia del Santísimo Sacramento, recibí de Dios gracias excesivas de Su Amor y sintiéndome movida del deseo de corresponderle en algo y rendirle amor por amor, me dijo: “No puedes darme mayor prueba que la de hacer lo que Yo tantas veces te he pedido”. Entonces, descubriendo Su Divino Corazón me dijo: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles Su Amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que Me tratan en este Sacramento del Amor. Pero lo que más Me duele es que sean corazones consagrados a Mí los que así Me tratan. Te pido que sea dedicado el primer Viernes, después de la Octava del Santísimo Sacramento, a una Fiesta particular para honrar Mi Corazón, comulgando ese día y reparando Su Honor por medio de un respetuoso ofrecimiento, a fin de expiar las injurias que he recibido durante el tiempo que he estado expuesto en los altares.

                    Jesús prometió que todos los que se consagren a este Sagrado Corazón no perecerán jamás y que, como es manantial de todas las bendiciones, las derramaría en abundancia en todos los lugares donde estuviera expuesta la imagen de este amable Corazón para ser allí amado y honrado. Que, por este medio, uniría a las familias desunidas y asistiría y protegería a las que se vieran en alguna necesidad


Santa Margarita María Alacoque, "Autobiografía"