viernes, 23 de enero de 2026

YO OS ACEPTO POR MI DUEÑO Y SOBERANO

 


                    Salió de nuevo Pilato fuera, y díjoles: Ved aquí al Hombre (Jn 19, 4-5). Después de la flagelación y de la coronación de espinas, Jesús fue llevado de nuevo ante la presencia de Pilato, el cual, al verle tan llagado y desfigurado, creyó que con sólo presentarlo al pueblo se moverían los judíos a compasión. Salió, pues, a un balcón de palacio, llevando consigo a nuestro atormentado Salvador, y dijo: Ved aquí al Hombre. Como si dijera: Habitantes de Jerusalén, ya podéis daros por satisfechos con lo que ha padecido hasta ahora este inocente. Aquí tenéis el hombre; mirad a qué lamentable estado ha quedado reducido el que temíais que se proclamara vuestro rey. ¿Qué temor puede inspiraros cuando está ya para exhalar el postrer suspiro? Dejadle, pues, que se retire a su casa para que muera, ya que le quedan pocas horas de vida.

                    Salió Jesús coronado de espinas y revestido del manto de púrpura (Jn 19 5). Mira, alma mía, a tu Salvador puesto en el balcón maniatado y sujeto a los caprichos de un verdugo. Míralo cómo está casi desnudo, bañado en sangre, cubierto de llagas, con las carnes laceradas, y con aquel pedazo de púrpura, que únicamente le sirve de ludibrio, y con la corona de espinas, que prosigue atormentando su cabeza. Mira a qué extremos se ve reducido el Pastor por haber querido ir en pos de la oveja descarriada. ¡Amadísimo Jesús mío!, ¡cuántos dolores, afrentas y escarnios os hacen pasar los hombres!. Dulcísimo Jesús mío, inspiráis compasión hasta a las mismas fieras; sólo en el corazón de los hombres no halláis ni piedad ni compasión para vuestra desventura.

                    En efecto, al verle tan maltratado, los ministros y los pontífices alzaron el grito diciendo: Crucifícale, crucifícale (Jn. 19, 6). Mas ¿qué dirán, Salvador mío, estos malvados en el día del Juicio Final, cuando os vean sentado como Juez en el Trono de Majestad?. Pero ¡ay, Jesús mío! hubo también un tiempo en que desenfrenadamente me entregaba al pecado, en que yo también gritaba: Crucifícale, crucifícale. Mas ahora me arrepiento de todos mis pecados, yo os amo, Dios mío, con todo mi corazón. Perdonadme por los méritos de vuestra Pasión, para que en aquel día supremo os vea aplacado y no irritado contra mí.

                    Mientras que Pilato, desde el balcón, mostraba a Jesús al pueblo, el Eterno Padre nos presentaba también desde el cielo a su amadísimo Hijo en tan lamentable estado diciendo: Ved aquí al Hombre. Éste que aquí veis tan atormentado y vilipendiado, es Mi Hijo amadísimo, que tanto padece por vuestro amor y por expiar vuestros pecados; miradlo, dadle gracias y amadlo. Dios mío y Padre mío, me decís que mire a vuestro Hijo; también yo os suplico que pongáis en Él vuestros ojos y que por Su Amor tengáis compasión de mí.

                    Adivinando los judíos que Pilato, menospreciando sus clamores, quería libertar a Jesús, le apretaron más, queriéndole obligar a dictar sentencia de muerte contra el Salvador, so pena de tenerle por enemigo del César: Los judíos, dice San Juan, daban voces diciendo: Si sueltas a ése, no eres amigo del César, puesto que cualquiera que se hace rey, se declara contra César. Y les salió bien la cuenta, porque temiendo Pilato perder la gracia del César, sacó a Jesús fuera y sentóse en su tribunal (Jn 19, 12-13) para pronunciar contra Él sentencia de condenación. Pero atormentado todavía por los remordimientos de conciencia, pues sabía que iba a condenar a un inocente, tornó de nuevo a decir a los judíos: Mirad a vuestro Rey (Jn 19, 14-15). ¿Y a vuestro Rey tengo yo de crucificar? Pero los judíos, más irritados que la vez primera, gritaron: «Quita, quítale de en medio, crucifícale. Todavía, Pilato, nos lo presenta como a nuestro Rey; quítalo de delante, apártalo de nuestra vista y hazlo morir crucificado».

                    ¡Oh Verbo encarnado y Señor mío amadísimo! ¡habéis bajado del Cielo a la tierra para conversar con los hombres y salvarlos, y los hombres no pueden tolerar vuestra presencia en medio de ellos, e inventan mil trazas para haceros desaparecer y quitaros la vida!

                    Pilato todavía resiste y torna a replicar: ¿A vuestro Rey lo he yo de crucificar?. Y los pontífices respondieron: No tenemos Rey sino a César.

                    ¡Adorable Jesús mío!, los judíos no quieren reconoceros por su Rey y Señor, y dicen que sólo a César quieren tener por Rey; mas yo os acepto por mi dueño y soberano y declaro que sólo Vos, Redentor mío, seréis el Rey de mi corazón. Hubo un tiempo en que yo, desventurado de mí, me dejé dominar de mis pasiones, destronándoos, Rey mío, del trono de mi corazón; pero ahora mi deseo es que reinéis en él; mandad, y seréis obedecido. Os diré, pues, con Santa Teresa: «¡Oh Amor, que me amas más de lo que yo me puedo amar, ni entiendo!… Proveed Vos… para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo… Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo, y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir: Él viva, y me dé vida; Él reine, y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad». ¡Dichosa el alma que pueda decir: Vos, Jesús mío, sois mi único Rey, mi único bien, mi único amor!.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 22 de enero de 2026

ASOCIARSE A CRISTO, ÚNICO Y ETERNO SACERDOTE

 

«Comprended lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos; 
para que, al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, 
procuréis purificar vuestros miembros de todos los vicios 
y concupiscencias. Sea vuestra Doctrina medicina espiritual 
para el Pueblo de Dios; sea el aroma de vuestra vida 
el preferido de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación 
y con el ejemplo, edifiquéis la casa que es la familia de Dios» 

De la Ordenación Sacerdotal, Pontifical Romano




                    Según las enseñanzas del Divino Maestro, la perfección de la Vida Cristiana tiene su fundamento en el amor a Dios y al prójimo; pero este amor ha de ser férvido, diligente, activo. Y, si así estuviere conformado, en cierto modo encierra ya en sí todas las virtudes; y por ello, con toda razón, puede llamarse «vínculo de perfección». Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.

                    A ello, pues, viene obligado de modo particular el Sacerdote. Porque todos sus actos sacerdotales por su misma naturaleza -esto es, en cuanto que el Sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocación, y para ello ha sido adornado con un divino oficio y con carismas divinos- es necesario que tiendan a ello: pues él mismo tiene que asociar su actividad a la de Cristo, único y Eterno Sacerdote: y necesario es que siga e imite a Aquel que, durante Su vida terrenal, tuvo como fin supremo el manifestar Su ardentísimo Amor al Padre y hacer partícipes a los hombres de los infinitos tesoros de Su Corazón.

                    El principal impulso que debe mover al espíritu sacerdotal es el de unirse íntimamente con el Divino Redentor, el aceptar íntegra y dócilmente los mandatos de la doctrina cristiana, y el de llevarlos a la práctica, en todos los momentos de su vida, con tal diligencia que la fe sea la guía de su conducta y ésta, en cierto modo, refleje el esplendor de la Fe.

                    Guiado por el esplendor de esta virtud, siempre tenga fija su mirada en Cristo; siga con toda diligencia sus mandatos, sus actos y sus ejemplos; y hállese plenamente convencido de que no le basta cumplir aquellos deberes a que vienen obligados los simples fieles, sino que ha de tender cada vez más y más hacia aquella santidad que la excelsa dignidad sacerdotal exige, según manda la Iglesia: «El Clérigo debe llevar vida más santa que los seglares y servir a éstos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras».

                    La Vida Sacerdotal, del mismo modo que se deriva de Cristo, debe toda y siempre dirigirse a Él. Cristo es el Verbo de Dios, que no desdeñó tomar la naturaleza humana, que vivió su vida terrenal para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundió en torno a sí el aroma del lirio, que vivió en la pobreza, «que pasó haciendo el bien y sanando a todos»; que, en fin, se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos. Ante vuestros ojos tenéis, amados hijos, el cuadro de aquella tan admirable vida: empeñaos con todo esfuerzo por reproducirla en vosotros, acordándoos de aquella exhortación: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho».

                    Sacerdotes y amadísimos hijos, en nuestras propias manos tenemos un tesoro grande, una margarita, la más preciosa: esto es, las riquezas inagotables de la sangre del mismo Jesucristo; usemos de ellas con mayor largueza, para que, por medio del sacrificio total de nosotros mismos, ofrecido junto con Cristo al Eterno Padre, en verdad lleguemos a ser mediadores de justicia «en aquellas cosas que tocan a Dios», y así sean aceptadas benignamente nuestras plegarias, logrando impetrar aquella lluvia de gracias tan abundantes que renueven y enriquezcan a la Iglesia y a las almas todas. 


Extracto de la Exhortación Apostólica "Menti Nostrae", 
del Papa Pío XII, 23 de Septiembre de 1950





miércoles, 21 de enero de 2026

SANTA INÉS DE ROMA, Virgen y Mártir: "Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen"

 


                    Santa Inés tuvo un breve paso por la tierra, ya que partió de ella siendo adolescente, sin embargo tuvo el tiempo suficiente -gracias a la intensa y profunda Fe- para convertirse en modelo de fidelidad a su Amado Jesús, por el que entregó sin dudar la vida misma.

                    El nombre de la Mártir Santa Inés es presagio de su vida: Inés significa "pura" en griego y "cordera" en latín, y así, Inés murió pura, imitando a su amado Cristo, el Cordero de Dios.

                    Santa Inés nació alrededor del año 290. Pertenecía a una noble familia romana. La joven recibió muy buena educación cristiana y había consagrado su virginidad al Señor Jesús.

                    Debido a la riquezas familiar y a la hermosura de su rostro y figura, la Santa fue pretendida por varios hombres, incluso por el hijo del alcalde de Roma, que le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Sin embargo, Inés, fiel a su Esposo Jesús, le respondió: "He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta". Ante esta negativa, él la denunció como cristiana al gobernador... y es que en ese tiempo acontecía la cruel persecución del emperador Diocleciano.

                    El gobernador intentaba persuadirla con amenazas, pero ellas no alcanzaron para que la joven desistiera de la Fe Católica: estaba enamorada de Cristo y eso le hacía perseverar y no ceder ante el temor de la tortura.

                    Al no lograr convencerla, el gobernador la envió a una casa de prostitución, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercarse a ella, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la Santa. Ningún hombre pudo profanar ese cuerpo virgen, templo del Señor. El gobernador, enfurecido ante la perseverancia de la joven en su entrega a Cristo, la condenó a ser decapitada. La apresó y la amenazó de muchas maneras pero todo resultó en vano; ante el firme propósito de Inés el gobernador finalmente resuelve condenarla a muerte degollada.

                    En el momento de morir le dice al gobernador, que aún la intentaba persuadir de que renegara de su Fe y entrega a Jesús a cambio de perdonarle la vida: "La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo?. Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer". No quedó lugar sin herida en aquel cuerpo tan pequeño.

                    Llegado el momento del martirio, reza y espera sin temor la llegada de su propia muerte. La Santa Iglesia introdujo su nombre en el Canon de la Misa.



El Papa Pío XII bendice los corderos de Santa Inés

                    Sus restos fueron enterrados en la Vía Nomentana, en las llamadas catacumbas de Santa Inés. Aún hoy, el 21 de Enero de cada año, se bendicen en este lugar dos corderos con cuya lana se teje el Pallium del Papa y de los Arzobispos Metropolitanos: los dos animales son bendecidos por el Abad de la Congregación de Canónigos Regulares de Letrán o por el Cardenal titular de la Basílica de Santa Inés Extramuros. 

                    Tras el Oficio, donde los corderos serán rociados con agua bendita e incensados, los sacerdotes mendicantes recogen los dos corderos y, junto con la delegación capitular, los llevan al Sumo Pontífice, quien los bendice de nuevo y ordena que sean trasladados al monasterio de Santa Cecilia en Trastevere para que las monjas puedan alimentarlos y cuidarlos hasta su esquila en Pascua. 

                    La lana, tratada según procedimientos antiguos e inalterados, se utilizará para tejer los palios. Estos serán llevados a San Pedro en la Natividad del Bautista y colocados sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, donde, en la Vigilia de los Santos Pedro y Pablo, serán bendecidos por el Papa.



martes, 20 de enero de 2026

PAPA SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN, Mártires de Cristo

 


SAN FABIÁN, PAPA

               Fue el vigésimo Papa de la Iglesia católica, ejerciendo entre los años 236 y 250.

                    Elegido Papa durante las persecuciones que contra los cristianos había ordenado el Emperador Decio, las extraordinarias circunstancias de la misma fueron relatadas por el historiador Eusebio de Cesarea, quien en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia relata cómo estando reunidos los electores para seleccionar al sucesor del Papa Antero, una paloma se posó sobre Fabián, un granjero laico que se encontraba en Roma accidentalmente y como simple espectador. El pueblo tomó esto como una señal milagrosa de Dios que escogía a Fabián como su candidato e inmediatamente procedieron a ordenarlo Sacerdote y Obispo.

                    Debido al crecimiento de Roma, San Fabián dividió la ciudad en siete distritos poniendo a cargo de cada uno de ellos a un diácono para su gobierno y administración; el nuevo Papa además consagró a varios Obispos, entre ellos a San Denis de París al que envió a misionar las Galias, y según la Tradición, Fabián instituyó las cuatro órdenes menores (ostiario, lector, exorcista y acólito) previas al Sacerdocio. Estableció que todos los años el Jueves Santo fuese renovado el Santo Crisma y que se quemara el del año anterior. También reguló que el Santo Crisma debería prepararse con aceite mezclado con bálsamo.

                    San Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, bajo la persecución de Decio y fue enterrado en la catacumba de San Calixto.


SAN SEBASTIÁN, MILITAR

               San Sebastián nació alrededor del año 256; al era hijo de familia militar y noble, oriundo de Narbona, Galia (actual Francia), pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera corte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el Emperador Marco Aurelio Valerio Maximiano, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Entró a la vida militar en el 269, para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. En cierta ocasión, un cristiano, futuro mártir, estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio. Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

                    Pero un día lo denunciaron ante el Emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser martirizado. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del Emperador fue atravesado a flechazos. Aunque lo dieron por muerto, Sebastián fue rescatado por sus amigos y cuidado hasta su recuperación por una noble cristiana llamada Irene. A pesar de las advertencias para que huyera, Sebastián decidió permanecer en Roma, desafiando así al emperador Diocleciano y exhortándolo a abandonar el paganismo.

                    La sorprendente supervivencia de Sebastián desconcertó al emperador, quien ordenó su ejecución nuevamente, esta vez por golpes y garrote. Su cuerpo fue arrojado a un pozo, pero fue recuperado por devotos y enterrado con los honores debidos en la Vía Apia, en la catacumba que hoy lleva su nombre. San Sebastián falleció en el año 288.




sábado, 17 de enero de 2026

"MI HIJO SE DEJA CONMOVER". NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA DE PONTMAIN

 



                    A mediados de Enero de 1871 el ejército pruso dominaba dos terceras partes de Francia y estaba a pocas millas de la villa de Pontmain (unos 500 habitantes). En la zona se desató una epidemia El 17 de Enero, a eso de las 12:30, hubo un terremoto en Pontmain. Todo iba mal. La gente escondía sus pertenencias para evitar que cayesen en manos de los prusos. Decían desesperados: "Para qué rezar. Dios no nos oye".

                    El Padre Guerin, que había sido el párroco por 35 años y había reconstruido la iglesia destruida por la Revolución Francesa, pidió a los niños que oren a la Virgen por protección. Entre esos niños había dos hermanos muy piadosos: Eugenio y José Barbadette. El martes 17 de Enero habían comenzado como monaguillos en la Santa Misa, recitando el Rosario y haciendo las estaciones de la cruz por las intenciones del hermano mayor que había sido reclutado por el ejército francés.

                    Esa misma noche uno de los hermanos, Eugenio, de 12 años de edad, salía del establo de su familia cuando vio en el cielo una hermosa señora, en el aire, unos 20 pies por encima de los techos. La señora tenía un vestido azul oscuro cubierto de estrellas doradas, un velo negro y una corona de oro. Sus brazos extendidos como en la medalla milagrosa pero sin los rayos. Eugenio se quedó mirándola con asombro por unos 15 minutos. Cuando su padre y su hermano de 10 años, José, salieron del establo, Eugenio grito: "¡Miren allí! ¡Encima de la casa! ¿Qué ven?" José describió a la Señora tal cual como lo hizo Eugenio. Pero el padre no la vio y les ordenó con severidad que regresen al establo a preparar el alimento de los caballos. Sin embargo, un poco después, el padre les dijo que salgan y miren de nuevo. Otra vez la vieron. José repetía: "¡Qué bella es!, ¡Qué bella es!". La madre de los niños, Victoria Barbadette, vino entonces y le dijo a José que se callara porque estaba llamando la atención de los vecinos. Sabiendo que los niños eran honestos y no mentían, dijo: "Es quizás la Virgen Santísima quien se os aparece. Ya que la ven, recemos cinco padrenuestros y cinco avemarías en su honor".


                    Después de recitar las oraciones en el establo, para no llamar la atención, la Señora Barbadette preguntó a sus hijos si todavía veían a la Señora. Cuando dijeron que sí, ella fue a buscar sus lentes y regresó con su hermana Louise, pero ninguna de las dos vio a la Señora.


                    La Sra. Barbadette llamó a las hermanas religiosas y le advirtió a sus hijos: "Las hermanas son mejores que ustedes. Si ustedes ven, ellas ciertamente también verán." La hermana Vitaline no pudo ver a la Virgen pero ella sabía que los niños eran honestos. Entonces fue a la casa de un vecino y le pidió a dos niñas pequeñas, Francoise Richer (11 años) y Jeanne-Marie Lebosse que fueran con ella. Las niñas vieron a la Virgen y la describieron igual que los niños.
                    Llega entonces la Hermana Marie Edouard y al escuchar lo que decían las niñas, fue a buscar al Padre Guerin y a otro niño, Eugenio Friteau (6 años y medio). Eugenio también vio a la Virgen. Para entonces había unas 50 personas reunidas. Agustín Boitin, un niño de sólo 25 meses quiso alcanzar la Virgen y dijo: "¡El Jesús! ¡El Jesús!" Sólo estos seis niños podían ver a la Virgen. Los adultos no podían ver a la Virgen pero sí las tres estrellas que aparecieron junto a la Virgen.
                    La Virgen se puso triste porque la gente no creía a los niños y estaban discutiendo. Entonces el Padre Guerin les pidió que se callaran y rezaran. Dijo: "Si solo los niños la ven es porque ellos son más dignos que nosotros". La gente se arrodilló y rezaron el Rosario. La expresión de la Virgen demostraba que ella estaba atenta a las oraciones. Gradualmente esto causó que la Virgen apareciera más alta y bella.


                    Gradualmente apareció bajo los pies de la Virgen un mensaje en letras doradas que los niños deletrearon en voz alta: "Pero, recen Mis hijos".


                    La Hermana Marie Edouard entonces dirigió a los presentes en el canto de las letanías de la Santísima Virgen. El mensaje continuó: "Dios pronto os concederá lo que piden" . Llegó la noticia de que el ejército enemigo estaba en Laval, muy cerca de Pontmain. El mensaje del cielo continuó: "Mi Hijo se deja conmover".


                    Cuando los niños anunciaron este mensaje, el Padre Guerin le pidió a todos que cantaran un himno de alabanza. La Hermana Marie Edouard dijo, "¡Madre de Esperanza, tan dulce nombre, protege nuestro país, ruega por nosotros, ruega por nosotros!" Los niños exclamaban: "¡Que bella es!".


                    Al final del himno, el mensaje desapareció. La gente entonces cantó un himno de arrepentimiento y reparación a Jesús. Entonces lo niños exclamaron: "¡Miren, se está poniendo triste otra vez!".


                    Frente a la Virgen apareció un crucifijo color de sangre. Encima de este, una inscripción en letras mayúsculas y rojas con un fondo blanco: "JESUCRISTO". La Virgen miraba a la Cruz y sus labios temblaban de emoción. José recordó ese momento toda su vida y escribió: "Unos meses más tarde vi a mi propia madre sobrecogida de dolor por la muerte de mi padreUno sabe cuanto esa escena puede afectar el corazón de un niño. Sin embargo, recuerdo que pensé que la angustia de mi madre no era nada en comparación con la de la Virgen María."



Imagen auténtica de los principales videntes de la Aparición de Pontmain

                    Mientras rezaban llegó un carretero con la noticia de que los prusos habían tomado la cercana ciudad de Laval. La gente respondió, "Aun si (los prusos) estuviesen a la entrada del pueblo, ya no debemos temer!" A las 8:30 p.m., la gente cantó, "Ave, Maris Stella" y el crucifijo desapareció. Ella de nuevo sonrió y dos pequeñas cruces aparecieron sobre sus hombros. Ella bajó sus manos y un velo blanco la fue cubriendo desde los pies hasta la corona.


                    Alrededor de las 8:45 p.m., los niños dijeron: "ha terminado". Durante el tiempo preciso de la aparición, el general pruso Von Schmidt, que estaba listo para arrasar con el pueblo de Laval en dirección a Pontmain, recibió órdenes del alto mando de no tomar la ciudad. La invasión de la Bretaña nunca se efectuó ya que el 28 de Enero, 11 días después de la aparición, se firmó el armisticio entre Francia y Prusia.


                    La intercesión milagrosa de la Madre Bendita trajo la paz. Los 38 soldados de Pontmain regresaron sin un rasguño. Los dos hermanos videntes de la Virgen María, Eugenio y José, se hicieron sacerdotes; una de las niñas Jean-Mary Lebossé se hizo monja, y la otra, Francisca, maestra. En su vida nunca faltaron agravios por parte de aquellos que no creían en la intervención divina de Nuestra Señora.


                    En la Fiesta de la Purificación, el 2 de Febrero de 1872, el Obispo Wicart de la Diócesis de Laval, publicó una carta pastoral otorgando aprobación canónica a la Aparición. El Papa Pío XI concedió la Misa y el Oficio en honor a Nuestra Señora de la Esperanza de Pontmain. La Virgen fue coronada solemnemente por el Cardenal Verdier, Arzobispo de París el 24 de Julio de 1934.





viernes, 16 de enero de 2026

UN DIOS TAN ENAMORADO DE LOS HOMBRES

 


                    El Amador de las almas, nuestro adorable Redentor, declaró que había bajado del cielo a la tierra para encender en el corazón de los hombres el fuego de Su Santo Amor. Fuego vine a traer a la tierra, dice San Lucas, ¿y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). ¡Ah! ¡Y qué incendios de Caridad no ha levantado en muchas almas, especialmente al patentizar por los dolores de su pasión y muerte el amor inmenso que nos tiene! ¡Cuántos enamorados corazones ha habido que en las llagas de Cristo, como en hogueras de Amor, se han inflamado de tal suerte, que para corresponderle con el Suyo no titubearon en consagrarle sus bienes, su vida y todas sus cosas, superando con gran entereza de ánimo todas las dificultades que les salían al paso para estorbarles el cumplimiento de la Ley Divina, guiados por el Amor de Jesús, que, no obstante ser Dios, quiso padecer tanto por amor nuestro!.

                    ¿Y qué es lo que nos aconseja el Apóstol para correr sin cansarnos por el camino que nos conduce al Cielo?. Pues considerar, nos dice, considerar atentamente a Aquel Señor, que sufrió tal contradicción de los pecadores contra Su misma Persona, a fin de que no desmayéis perdiendo vuestros ánimos (Hb 12, 3).

                    Por esto el enamorado San Agustín, o quien quiera que sea el autor de esta oración, contemplando a Jesús crucificado y cubierto de llagas, exclama: «Graba, Señor, Tus Llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer Tu dolor y Tu Amor; tu dolor, para soportar por Ti toda suerte de dolores; Tu Amor, para menospreciar por el Tuyo todos los demás amores.» Porque teniendo ante mis ojos el retablo de los muchos trabajos que por mí, Dios Santo, has padecido, sufriré con paz y alegría todas las penas que me sobrevengan, y en presencia de las pruebas de infinito Amor que en la Cruz me diste, ya nada amaré ni podré amar fuera de Ti.

Los Santos aprendieron en la Pasión de Cristo a padecer y amar de veras

                    ¿De dónde, decidme, sacaron los Santos valor y entereza para soportar tantos géneros de tormentos, de martirios y de muertes, sino de la Pasión de Jesús Crucificado?. Al ver San José de Leonisa, religioso capuchino, que querían atarle con cuerdas, porque el cirujano tenía que hacerle una dolorosa operación, el Santo, tomando en las manos el Crucifijo, exclamó: «¡Cuerdas!, ¿para qué las quiero yo? Aquí tengo a mi Señor Jesucristo clavado en la Cruz por mi amor, éstas son las cadenas que me atan y me obligan a soportar cualquier tormento por Su Amor.» Y tendido en la mesa, sufrió la operación sin exhalar una queja (Z. Boverio, Anales de los Capuchinos, A. 1612, núm. 155.) pensando en Jesús, que, como profetizó Isaías, guardaba silencio, sin abrir siquiera la boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila (Is 53, 7). ¿Quién podrá decir que padece sin razón al ver a Jesús despedazado por nuestras maldades? (Is 53, 5). ¿Quién rehusará sujetarse a obediencia, so pretexto de que le mortifica, al recordar que Jesús fue obediente hasta morir? (Fil 11, 8). ¿Quién se atreverá a hurtar el cuerpo de la humillación viendo a Jesús tratado como loco, como rey de burlas y como malhechor; al verle abofeteado, escupido y clavado en un patíbulo infame?.

                    Y ¿quién podrá amar a las criaturas y olvidarse del Amor de Jesús al verle morir sumergido en el piélago de dolores y desprecios para ganar nuestro amor?. Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto Amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 

                    Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la Divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: ¡Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habías de impedir para mayor bien?. ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes, sino de Vos?…» Y luego añade: «Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (Vida, cap. 22. Obras, 1, 165-169.).

                    Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo se pierden muchos Cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (Luis de la Puente. Vida, cap. III, 2).

El Crucifijo, Escuela de Santidad

                    «Si quieres, alma devota, crecer siempre de virtud en virtud y de gracia en gracia, procura meditar todos los días de la Pasión de Jesucristo.» Esto es de San Buenaventura, y añade: «No hay ejercicio más a propósito para santificar tu alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo».

                    San Agustín añade «que vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo que hacer una peregrinación a Jerusalén y ayunar a pan y agua durante un año» (Citado por Bernardino de Bustos, O.M. Rosarium Sermonum, p. 11. Sermón 15). En efecto, si nuestro amantísimo Salvador padeció tantos trabajos, fue para que de continuo los recordásemos, porque pensando en ellos es de todo punto imposible que no ardamos en las llamas de Su Santo Amor. La Caridad de Cristo, dice San Pablo, nos hace fuerza (2 Cor 5, 14). Pocos son los que aman a Jesucristo, porque son también pocos los que se detienen a pensar lo mucho que por nosotros padeció; al paso que no puede vivir sin amarle el que con frecuencia medita en Su Dolorosa Pasión, porque la Caridad de Cristo nos fuerza a amarle; de tal modo se sentirá apretado por Su Amor, que no podrá resistir a las caricias de un Dios tan enamorado de los hombres y que tanto ha padecido por ellos.

El Crucifijo, escuela de Divina Sabiduría

                    El apóstol San Pablo decía que sólo ambicionaba saber la ciencia del Crucificado, es decir, el Amor que nos manifestó desde el madero de la Cruz. No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, escribe a los Corintios, que a Jesucristo, y Éste crucificado (1 Cor 2, 2). Y a la verdad, ¿en qué libro podemos aprender la ciencia de los santos, que consiste en amar a Dios, mejor que en Jesús crucificado?. El gran Siervo de Dios Fray Bernardo de Corleón, religioso capuchino, no sabía leer; al ver que sus hermanos de religión le querían enseñar, Bernardo pidió consejo al Crucifijo, y Jesucristo desde la Cruz le respondió: «Te sobran los libros; no te hacen falta lecturas; Yo Soy libro abierto donde puedes leer de continuo el Amor que te he manifestado (Vida de Fray Bernardo de Corleón, por Gabriel de Modigliana, l. 1, cap, XII.). El asunto más grande y más digno de nuestra meditación durante la vida y por toda la Eternidad es la muerte de un Dios por amor del hombre.

                    Visitando cierto día Santo Tomás a San Buenaventura, le preguntó de qué libro había sacado tan excelente y copiosa doctrina como ponía en sus obras. San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé, aquí lo he aprendido» (Wadingo, Anales Minorum, año 1260, n. 20.).



Díptico diseñado para poder ser impreso a doble cara;
se permite su copia y difusión, sin fines comerciales


                    Todos los Santos han aprendido en el libro del Crucifijo el arte de amar a Dios. Fray Juan de Alvernia no podía detener las lágrimas que brotaban de sus ojos con sólo ponerlos en las llagas de Jesús (Wadingo, Anales Minorum, año 1259, n. 7.). Cuando Fray Jacobo de Tuderto oía leer la Pasión del Redentor, no sólo derramaba torrentes de lágrimas, sino que henchía los aires con gritos desgarradores, que daban claro indicio del incendio de amor divino que ardía en su pecho (Wadingo, Anales Minorum, año 1238, n. 38 y 40.).

                    Estudiando San Francisco de Asís los dolores de Jesucristo, llegó a trocarse en Serafín de Amor (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo XIII, n. 3. Obras Vlll, 1898, pág. 542.). Tantas lágrimas derramó meditando las amarguras de Jesucristo, que estuvo a punto de perder la vista (Marcos de Lisboa, Crónica de S. Francisco, p. 1, lib. 1, Cap. 86.). Encontráronle cierto día hechos fuentes los ojos y lamentándose a grandes voces. Cuando le preguntaron qué tenía respondió: «¡Qué he de tener!… Lloro los dolores y las ignominias de mi Señor, y lo que me causa mayor tormento, añadió, es ver la ingratitud de los hombres que no Le aman y viven de Él olvidados (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, p. 1, lib. 1, cap. 86.). Bastábale oír el balido de un cordero para romper en amargas lágrimas y suspiros pensando en la Muerte de Jesucristo, cordero sin mancilla, sacrificado en el Ara de la Cruz por nuestros  pecados (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo VIII, n. 6.), y por esto el Santo enamorado del Divino Crucificado, no se cansaba de exhortar a sus hermanos a que pensasen siempre en la Pasión de Jesús (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, loc. cit.).

                    Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los Santos, debemos leer de continuo, para aprender a aborrecer el pecado, y a inflamarnos en el Amor de un Dios tan amante; porque en las Llagas de Cristo leeremos la malicia del pecado, que Le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia Divina, y las pruebas de Amor que Jesucristo nos ha tenido, sufriendo tantos dolores cabalmente para declararnos lo mucho que nos amaba.

                    Pidamos a María, Madre de Dios, que nos alcance de Su Hijo la gracia de entrar en aquellas hogueras de Amor donde se han inflamado tantos corazones, a fin de que, purificados de todos los afectos terrenos, podamos arder en aquellas felices llamas que santifican a las almas en la tierra y las hacen bienaventuradas en el Cielo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




jueves, 15 de enero de 2026

ASISTIR A TODAS LAS SANTAS MISAS

 


                    Santa Margarita María de Alacoque, la confidente más destacada del Sagrado Corazón de Jesús, amó con todo su alma el Santo Sacrificio de la Misa; desde muy corta edad intuía su importancia, tal vez por eso, siendo apenas una niña, hizo voto de castidad durante una Santa Misa, justo en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia.

                    Siempre que acudía a una iglesia -y luego siendo ya religiosa de la Visitación- buscaba el lugar más cercano al Sagrario, como arrimándose al Corazón de Aquél que era su vida entera. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía:

                    "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a Mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura".

                    Para Santa Margarita María la Misa cotidiana le sabía frente a sus ansias de amar a Jesús Sacramentado, por esa hubiera querido asistir a todas las Santas Misas que se celebraban en el mundo entero. Desde lo más íntimo de su alma se unía en espíritu a todas las Misas del día; ese deseo lo transmitiría a las jóvenes religiosas a las que animaba a emularla en su santo deseo diciéndoles: “Ofrezcan a Dios todas las Misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus Santos Ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

                    La Santa confidente del Sagrado Corazón nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía: “No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en Su Presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”



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miércoles, 14 de enero de 2026

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA BUENA MUERTE

  


                    San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, hasta Su ingreso en el Cielo.

                    San José murió poco antes de comenzar Jesús Su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná -hubiera sido, de no ser así lógica su asistencia-, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz ¡jamás habría abandonado San José a Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús recomienda los cuidados de Su propia Madre a San Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a Su Castísimo Esposo.

                    La Tradición sitúa la muerte de San José entre los 50-55 años, asistido en su última enfermedad por Jesús y María: Jesús, entonces adolescente, le animaría a esperar la Felicidad Eterna, prometida a los que aman al Señor, mientras que Nuestra Señora le consolaría, recordándole su misión como padre adoptivo del Salvador... La muerte de San José fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo, es por eso que la Piedad Católica lo ha considerado Patrón de la Buena Muerte y especial Protector de los agonizantes.

                    Algunos teólogos son de la opinión que el cuerpo de San José, unido a su alma, se encuentra también glorioso en el Cielo, compartiendo con Jesús y María la Eterna Bienaventuranza. Se considera que la plena glorificación del Patriarca San José tuvo lugar probablemente después de la Resurrección de Jesús. Uno de los fundamentos en que se basa esta doctrina, moralmente unánime desde el siglo XVI, es el dato que aporta el Evangelista San Mateo de los sucesos que ocurrieron a la Muerte del Señor "...muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron." (1) Doctores de la Iglesia y teólogos piensan que Jesús, al escoger una escolta de resucitados para afirmar Su propia Resurrección y dar más realce a Su Triunfo sobre la muerte, incluiría en primer lugar a Su padre adoptivo.

                    ¡Cómo sería el nuevo encuentro de Jesús y San José! "El Glorioso Patriarca -afirma San Francisco de Sales- tiene en el Cielo un crédito grandísimo con Aquél que tanto le favoreció, conduciéndole al Cielo en cuerpo y alma (...) ¿Cómo iba a negarle esta gracia a quien toda la vida obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús, le diría: Señor mío, acuérdate de que cuando bajaste del Cielo a la tierra te recibí en mi familia y en mi casa, y cuando apareciste sobre el mundo Te estreché con ternura entre mis brazos. Ahora tómame en los Tuyos y, como Te alimenté y Te conduje durante Tu vida mortal, cuida Tú de conducirme a la Vida Eterna."

                    La excelsitud y el grado de Gloria que recibió el Santo Patriarca José, proporcionalmente a su misión y a los done otorgados, ha de colocarse, después de Santísima Virgen, en el más alto lugar. (2)

                    El Patrocinio de San José, por ser Universal, se extiende a la Iglesia Triunfante (en el Cielo), la Purgante (las Almas retenidas en el Purgatorio) y la Militante, que es aquella que formamos los bautizados que aún permanecemos en este mundo. San José fue el Custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia, por eso, si está unido para siempre con su Hijo y su Esposa, es lógico también que proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia nacida en el Santo Hogar de Nazareth. 



NOTAS ACLARATORIAS


        1- Evangelio de San Mateo, cap. 27, vers. 52 .

        2- La Santa Iglesia Católica tributa a San José el singular culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.




martes, 13 de enero de 2026

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, según los escritos de la mística María Valtorta. Doctrina tradicional sobre el Santo Bautismo

  


                    ...estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino solo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas. Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu...

                    Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

                    Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud. Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol. Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce, Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. 

                    Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos —es el único parecido— son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, vestido sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); la poca barba, negra y rala, que le cubre casi todo el rostro, no impide que se noten sus carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos vivaces; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados descarnados y dejando al descubierto el costado derecho cuya piel está tostada por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

                    Juan, después de haberle mirado atentamente con su ojo penetrante, exclama: “He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?”. Jesús responde lleno de paz: “Para cumplir el rito de penitencia”. Juan: “Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a Ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?”. Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: “Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el inicio de otro misterio mucho más alto y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo”.  Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica, y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada. Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada. 

                    Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor. Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y solo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. 


Escrito el 3 de Febrero de 1944


LA DOCTRINA TRADICIONAL
SOBRE EL SANTO BAUTISMO


                       "Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…" Concilio de Trento, Sesión 6

                      "Si alguno dijere que el Bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema..." Papa Paulo III, Concilio de Trento

                      "El primer lugar entre los Sacramentos lo ocupa el Santo Bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del Cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos...’ Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Bula "Exultate Deo", Noviembre de 1439

                     "Igualmente profeso, que el Bautismo es necesario para la salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención...” Papa Benedicto XIV, Encíclica "Nuper ad nos", Marzo de 1743

                      "...para entrar en este Reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la Fe y el Bautismo, Sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior..." Papa Pío XI, Encíclica "Quas primas", Diciembre de 1925

                       "Cristo también determinó que por el Bautismo, los que creyeren serían incorporados en el Cuerpo de la Iglesia... entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la Verdadera Fe" Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis", Junio de 1943




EL CATECISMO Y EL BAUTISMO


                 ¿A quién pertenece administrar el Bautismo?  Administrar el Bautismo pertenece por derecho al Obispo y a los párrocos; pero, en caso de necesidad, cualquier persona puede administrarlo, sea hombre o mujer, y aun hereje o infiel, con tal que cumpla el rito del Bautismo y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. 

                 ¿Quién deberá administrar el Bautismo cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes?  Cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes, debe bautizar el sacerdote si lo hay; en su ausencia, un eclesiástico de orden inferior; en ausencia de éste, el varón seglar con preferencia a la mujer, si ya la mayor pericia de la mujer, o la decencia, no demandasen otra cosa. 

                 ¿Qué intención debe tener el que bautiza?  El que bautiza debe tener intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.

                 ¿Cómo se administra el Bautismo?  Se administra el Bautismo derramando agua sobre la cabeza del bautizado o, si no se puede en la cabeza, en otra parte principal del cuerpo, y diciendo al mismo tiempo: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Quedaría bautizada la persona si uno vertiese el agua y otro dijese las palabras? Si uno vertiese el agua y otro pr onunciase las palabras, no quedaría la persona bautizada, porque es preciso que sea el mismo el que vierta el agua y el que pronuncia las palabras. 

                 Cuando se duda si la persona está muerta, ¿hay que dejar de bautizarla?  Cuando se duda si la persona está muerta, hay que bautizarla condicionalmente, diciendo: “Si estás vivo, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Cuándo hay que llevar a los niños a la Iglesia para que los bauticen?  Hay que llevar a los niños lo más pronto posible a la Iglesia para que los bauticen. 

                 ¿Por qué tanta prisa en bautizar a los niños?  Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo. 

                 ¿Pecarán, pues, los padres y las madres que por negligencia dejen morir a sus hijos sin Bautismo o lo dilatan?  Si, señor; los padres y madres que por negligencia dejan morir a los hijos sin Bautismo, pecan gravemente porque les privan de la vida eterna, y pecan también gravemente dilatando mucho el Bautismo, porque los exponen al peligro de morir sin haberlo recibido. 

                 ¿Qué disposiciones ha de tener el adulto que se bautiza?  El adulto que se bautiza ha de tener, además de la fe, intención de bautizarse, dolor a lo menos imperfecto de los pecados mortales que hubiere cometido, y suficiente instrucción religiosa. 

                 ¿Qué recibiría el adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados?  El adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados, recibiría el carácter del Bautismo, más no la remisión de los pecados ni la gracia santificante. Estos efectos quedarían en suspenso hasta que quitase el impedimento con el dolor perfecto o con el sacramento de la Penitencia.

                  ¿Es necesario el Bautismo para salvarse?  El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, habiendo dicho expresamente el Señor: El que no renaciere en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de los Cielos.

                 ¿Puede suplirse de alguna manera la falta del Bautismo?  La falta del Bautismo puede suplirse con el Martirio, que se llama Bautismo de sangre, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición que vaya junto con el deseo al menos implícito del Bautismo, y este se llama Bautismo de deseo. 




CATECISMO MAYOR
Prescrito por San Pío X el 15 de Julio de 1905