jueves, 28 de marzo de 2019

EL DON DE TU SANTÍSIMA PRESENCIA...


              La Piedad Católica dedica los Jueves a contemplar el Misterio Eucarístico, donde Jesucristo Nuestro Señor se hace presente en la Santa Misa, mediante las palabras de la Consagración que pronuncia el sacerdote en el Altar, donde presta su ser entero a Cristo y con Él y en Él, se ofrece como una sola y misma Víctima. De ahí que el Jueves sea también el día elegido para rezar por la santidad de los sacerdotes, pues fue Jesús mismo, quien instituyó a Sus Apóstoles como verdaderos sacerdotes en la noche del Jueves Santo, durante la Última Cena, y a los que encomendó celebrar la Santa Misa hasta la consumación de los Tiempos.

               
               Quédate conmigo, Señor, porque es necesario tenerte presente para no olvidarte. Tú sabes con cuánta facilidad te abandono. 

               Quédate conmigo, Señor, porque soy débil y tengo necesidad de Tu fortaleza para no caer tantas veces.

               Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida y sin Ti disminuye mi fervor. 

               Quédate conmigo, Señor, para mostrarme Tu Voluntad. 

               Quédate, Señor, conmigo, para que oiga Tu voz y la siga. 

               Quédate, Señor, conmigo, porque deseo amarte mucho y estar en Tu compañía. 

               Quédate, conmigo, Señor, si quieres que te sea fiel.





               Quédate conmigo, Señor, porque aunque mi alma sea tan pobre, desea ser para Ti un lugar de descanso, un nido de amor…

               Quédate, Jesús conmigo, porque se hace tarde y el día declina… Esto es, se acerca la muerte, el Juicio, la Eternidad… 

               Quédate conmigo; necesito redoblar mis fuerzas a fin de no desfallecer en el camino y para esto tengo necesidad de Ti. Se hace tarde y viene la muerte. Me inquietan las tinieblas, las tentaciones, las arideces, las cruces, las penas… 

               ¡Cuánta necesidad tengo de Ti! Haz que te conozca, como Tus Discípulos, al partir el pan. Esto es: que la Unión Eucarística sea la luz que disipe las tinieblas, la fuerza que me sostenga y la única alegría de mi corazón.

               Quédate, Señor, conmigo, porque cuando llegue la muerte quiero estar unido a Ti, si no realmente por la Santa Comunión, al menos por la Gracia y el Amor. 

               ¡Quédate, Jesús, conmigo! No te pido Tu divina consolación, porque no la merezco, pero el don de Tu Santísima Presencia… ¡eso sí, te lo pido! ¡Quédate, Señor, conmigo! A Ti solo busco: Tu Amor, Tu gracia, Tu voluntad, Tu Corazón, Tu Espíritu, porque te amo y no quiero otra recompensa que amar. 

               Quiero un amor ferviente y profundo. Quiero amarte con todo mi corazón, aquí en la tierra, para seguir amándote con perfección por toda la Eternidad. Así sea.



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