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miércoles, 20 de mayo de 2026

SAN BERNARDINO DE SIENA, Misionero Franciscano, Apóstol del Santo Nombre de Jesús

 


                  Nació cerca de Siena, en Italia en el año 1380. Su padre era gobernador. El niño quedó huérfano de padre y madre a los siete años. Dos tías se encargaron de su educación y lograron formarlo lo mejor posible en ciencias religiosas y darle una educación muy completa. Sus estudios de bachillerato los hizo con tal dedicación que obtuvo las mejores notas.

                  De joven se afilió a una asociación piadosa llamada "Devotos de Nuestra Señora" que se dedicaba a hacer obras de caridad con los más necesitados. Y sucedió que en el año 1400 estalló en Siena la epidemia de tifo negro. Cada día morían centenares de personas y ya nadie se atrevía a atender los enfermos ni a sepultar a los muertos, por temor a contagiarse. Entonces Bernardino y sus compañeros de la asociación se dedicaron a atender a los apestados. Trabajaban de día y de noche. Bernardino preparaba muy bien a los que ya se iban a morir, para que murieran en paz con Dios y bien arrepentidos de sus pecados. Y como por milagro, este grupo de jóvenes se libró del contagio de la peste del tifo. Pero cuando pasó la enfermedad, Bernardino estaba tan débil y sin alientos, que estuvo por varios meses postrado en cama, con alta fiebre. Esto le disminuyó mucho las fuerzas de su cuerpo, pero le sirvió enormemente para aumentar la santidad de su alma.

                  Cuando ya recobró otra vez su salud, de vez en cuando se alejaba de casa y a quienes le preguntaba a dónde se dirigía les respondía: "Voy a visitar a una personita de la cual estoy enamorado". La gente creía que era que se iba a casar, pero un día sus tías le siguieron los pasos y se dieron cuenta de que se iba a una ermita donde había una estatua de la Virgen Santísima y allí le rezaba con gran fervor.

                  En el año 1402 entró de religioso franciscano. Lo recibieron en un convento cercano a su familia, pero como allí iban muchos amigos a visitarlo pidió que lo enviaran a otro más alejado y donde la disciplina era muy rígida, y así en el silencio, la oración y la mortificación se fue santificando.

                  Nuestro Santo había nació el día de la Natividad de la Santísima Virgen, el 8 de Septiembre, y en esa misma fecha recibió el Santo Bautismo. Sería también un 8 de Septiembre cuando recibiría el hábito de los hijos de San Francisco y en ese gran día de la Natividad de Nuestra Señora recibió la ordenación sacerdotal en 1404. Fue pues siempre para él muy grata y muy significativa esta santa fecha.

                  Los primeros 12 años de sacerdocio los pasó San Bernardino casi sin ser conocido de nadie. Vivía retirado, dedicado al estudio y la oración. Dios lo estaba preparando para su futura misión.

                  Ni la voz ni las cualidades oratorias le ayudaban a San Bernardino para tener éxito en la predicación. Entonces se dedicó a pedir a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que lo capacitaran para dedicarse a evangelizar con éxito y de pronto Dios le envió a predicar. Y esto sucedió de un modo bien singular. Durante tres días seguidos, estando rezando todos los religiosos por la mañana, de pronto un joven novicio, sin poder contenerse, interrumpió la oración y le dijo: "Hermano Bernardino: no ocultes más las cualidades que Dios te ha dado. Vete a Milán a predicar". Iguales palabras le fueron dichas cada uno de los tres días. Todos consideraron que esto era una manifestación de la Voluntad de Dios y le aconsejaron que se fuera a la gran ciudad a predicar la Cuaresma. Y los éxitos fueron impresionantes. Las multitudes empezaron a asistir en inmensas cantidades a sus sermones. Al principio le costaba mucho hacerse oír a lo lejos pero le pidió con toda fe a la Virgen Santísima y Ella le concedió una voz potente y muy sonora (en vez de la voz débil y desagradable que antes tenía).

                    Desde 1418 hasta su muerte, San Bernardino recorre pueblos, ciudades y campos durante veintiséis años, predicando de una manera que antes la gente no había escuchado.

                   Se levantaba a las 4 de la mañana y durante horas y horas preparaba sus sermones. Y el efecto de cada predicación era un entusiasmarse todos por Jesucristo y una gran conversión de pecadores. Muchísimos terminaban llorando de arrepentimiento al escuchar sus palabras. Cuando su voz potentísima gritaba en medio de la silenciosa multitud: "Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a ofender a su Creador", a la gente le parecía que el piso se movía debajo de sus pies y empezaban a llorar con gran arrepentimiento. Casi siempre tenía que predicar en las plazas y campos porque en los templos no cabía la gente que deseaba escucharle.

                  Recorrió toda Italia a pie, predicando. Cada día predicaba bastantes horas y varios sermones. A todos y siempre les recomendaba que se arrepintieran de sus pecados y que hicieran penitencia por su vida mala pasada. Atacaba sin compasión los vicios y las malas costumbres e invitaba con gran vehemencia a tener un intenso amor a Jesucristo y la Virgen María.

                  Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres letras que formaban el Santo Nombre de Jesús: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir un gran cariño por el nombre de Jesús. Donde quiera que San Bernardino predicaba, quedaban muchos estandartes en palacios y casas con sus tres letras: JHS.

                  En Polonia predicó contra los juegos de azar y las gentes quemaron todos los juegos de azar que tenían. Un fabricante de naipes se quejó con el santo diciéndole que lo había dejado en la ruina, y él aconsejó: "Ahora dedíquese a imprimir estampas de Jesús". Así lo hizo y consiguió más dinero que el que había logrado conseguir imprimiendo cartas de naipe.

                  Los envidiosos lo acusaron ante el Papa diciendo que San Bernardino recomendaba supersticiones. El Papa le prohibió predicar, pero luego lo invitó a Roma y lo examinó delante de los Cardenales y quedó tan conmovido el Sumo Pontífice al oírle sus predicaciones, que le dio orden para que pudiera predicar por todas partes.

                  El Papa quiso nombrarlo Arzobispo, pero el Santo no se atrevió a aceptar. Entonces lo nombraron Superior de los Franciscanos, porque era el que más vocaciones había conseguido para esa Comunidad: cuando San Bernardino entró en la comunidad de franciscanos observantes, solamente había en Italia trescientos de estos religiosos. Cuando él murió ya había más de cuatro mil.

                  Los grandes sacrificios que tenía que hacer para predicar tantas veces y en tan distintos sitios sumado a los muchos ayunos y penitencias que hacía, lo fueron debilitando notoriamente. En su rostro se notaba que era un verdadero penitente, pero esta misma apariencia de austero y mortificado, le atraía más la admiración de las gentes. El único lujo que aceptó en sus últimos años, fue el de un borriquillo, para no tener que hacer a pie todos sus largos viajes.

                   Su deseo de progresar en el arte de la elocuencia y del buen predicar era tal, que donde quiera que sabía que había un buen predicador, se iba a escucharlo y aún ya lleno de años, se sentaba como simple discípulo para escuchar las clases de los maestros afamados que enseñaban cómo hablar bien en público.

                  En su ciudad natal, Siena, había muchas divisiones y peleas. Se fue allá y predicó 45 sermones que devolvieron la paz a toda esa región. Uno de los oyentes logró copiar esos sermones y se conservan como una verdadera joya de la elocuencia sagrada, donde se combinan la teología con los consejos prácticos y la agradabilidad con la profundidad. 

                  Mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al convento de los franciscanos en Aquila, murió santamente el 20 de Mayo de 1444, cuando contaba 64 años. Su cuerpo, expuesto durante tres días, obró varios milagros documentados para el proceso de Canonización.

                  Ante la petición de todo el pueblo el Papa Nicolás V, lo canonizó en 1450, tan sólo a seis años de haber muerto. San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos.




Díptico diseñado para el Apostolado; se permite
su copia y difusión, sin fines de lucro




sábado, 20 de mayo de 2023

SAN BERNARDINO DE SIENA

  

               La Santa Iglesia Católica y la Familia Franciscana en particular, hacen hoy memoria de San Bernardino de Siena, Apóstol de Nuestra Señora y gran difusor de la Devoción al Santo Nombre de Jesús; fue gracias a los esfuerzos de San Bernardino que se extendió en Italia la costumbre de añadir el Nombre de Jesús al Ave María, y de ahí, a la Iglesia Universal. 

               Su amor por la Madre de Dios le hizo tener como divisa y jaculatoria predilecta "Todo para María".




               A Ella se encomendaba en todo momento, pero de manera especial antes de predicar al pueblo fiel sobre las Virtudes de esta Reina y Señora, a quien confiaba su prédica con esta oración:

              "Dame, oh Gloriosa Virgen, el poder y sabiduría necesarias para anunciar las glorias de Tu Nombre a los Fieles y a Tus devotos. Yo no espero ser capaz de decir todo lo que debe ser dicho; Te ruego que solamente me hagas capaz de decir nada más que un poco en Tu Honor, para satisfacer mi devoción y para el consuelo de quienes oigan mis palabras y lean estas líneas..."

               San Bernardino llevaba por todas partes un estandarte con tres letras que formaban el Santo Nombre de Jesús: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir un gran cariño por este Santísimo Nombre. Donde quiera que San Bernardino predicaba, quedaban como recuerdo de su misión, muchos estandartes en palacios y casas con sus tres letras: JHS.

               Nuestro Santo había nacido el día de la Natividad de la Santísima Virgen, el 8 de Septiembre de 1380, y ése mismo día recibió el Santo Bautismo. Sería también un 8 de Septiembre cuando vestiría por vez primera el hábito de los hijos de San Francisco y en ese mismo gran día de la Natividad de Nuestra Señora, recibió la Ordenación Sacerdotal, en 1404. Fue pues siempre para él muy grata y muy significativa esta santa fecha.

               Los primeros 12 años de Sacerdocio los pasó San Bernardino casi sin ser conocido de nadie. Vivía retirado, dedicado al estudio y la oración. Dios lo estaba preparando para su futura misión.

               Ni la voz ni las cualidades oratorias le ayudaban a San Bernardino para tener éxito en la predicación. Entonces se dedicó a pedir a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que lo capacitaran para dedicarse a evangelizar con éxito y de pronto Dios le envió a predicar. Y esto sucedió de un modo bien singular. Durante tres días seguidos, estando rezando todos los religiosos por la mañana, de pronto un joven novicio, sin poder contenerse, interrumpió la oración y le dijo: "Hermano Bernardino: no ocultes más las cualidades que Dios te ha dado. Vete a Milán a predicar". Iguales palabras le fueron dichas cada uno de los tres días. Todos consideraron que esto era una manifestación de la Voluntad de Dios y le aconsejaron que se fuera a la gran ciudad a predicar la Cuaresma. Y los éxitos fueron impresionantes. Las multitudes empezaron a asistir en inmensas cantidades a sus sermones. Al principio le costaba mucho hacerse oír a lo lejos pero le pidió con toda fe a la Virgen Santísima y Ella le concedió una voz potente y muy sonora (en vez de la voz débil y desagradable que antes tenía).

                Desde el año 1418 hasta su muerte, San Bernardino recorrió pueblos, ciudades y campos durante veintiséis años, predicando de una manera que antes la gente no había escuchado.

                Se levantaba a las 4 de la mañana y durante horas y horas preparaba sus sermones. Y el efecto de cada predicación era un entusiasmarse todos por Jesucristo y una gran conversión de pecadores. Muchísimos terminaban llorando de arrepentimiento al escuchar sus palabras. Cuando su voz potentísima gritaba en medio de la silenciosa multitud: "Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a ofender a su Creador", a la gente le parecía que el piso se movía debajo de sus pies y empezaban a llorar con gran arrepentimiento. Casi siempre tenía que predicar en las plazas y campos porque en los templos no cabía la gente que deseaba escucharle.

               A todos y siempre les recomendaba que se arrepintieran de sus pecados y que hicieran penitencia por su vida mala pasada. Atacaba sin compasión los vicios y las malas costumbres e invitaba con gran vehemencia a tener un intenso amor a Jesucristo y la Virgen María.

               Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres letras que formaban el Nombre de Jesús: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir un gran cariño por el Santísimo Nombre de Jesús. Donde quiera que San Bernardino predicaba, quedaban muchos estandartes en palacios y casas con sus tres letras, JHS.

               En Polonia predicó contra los juegos de azar y las gentes quemaron todos los juegos de azar que tenían. Un fabricante de naipes se quejó con el santo diciéndole que lo había dejado en la ruina, y él aconsejó: "Ahora dedíquese a imprimir estampas de Jesús". Así lo hizo y consiguió más dinero que el que había logrado conseguir imprimiendo cartas de naipe.

               Los envidiosos lo acusaron ante el Papa diciendo que San Bernardino recomendaba supersticiones. El Papa le prohibió predicar, pero luego lo invitó a Roma y lo examinó delante de los Cardenales y quedó tan conmovido el Sumo Pontífice al oírle sus predicaciones, que le dio orden para que pudiera predicar por todas partes.

               El Papa quiso nombrarlo Arzobispo, pero el Santo no se atrevió a aceptar. Entonces lo nombraron Superior de los Franciscanos, porque era el que más vocaciones había conseguido para esa Comunidad: cuando San Bernardino entró en la comunidad de franciscanos observantes, solamente había en Italia trescientos de estos religiosos. Cuando él murió ya había más de cuatro mil.

               Los grandes sacrificios que tenía que hacer para predicar tantas veces y en tan distintos sitios sumado a los muchos ayunos y penitencias que hacía, lo fueron debilitando notoriamente. En su rostro se notaba que era un verdadero penitente, pero esta misma apariencia de austero y mortificado, le atraía más la admiración de las gentes. El único lujo que aceptó en sus últimos años, fue el de un borriquillo, para no tener que hacer a pie todos sus largos viajes.

                Su deseo de progresar en el arte de la elocuencia y del buen predicar era tal, que donde quiera que sabía que había un buen predicador, se iba a escucharlo y aún ya lleno de años, se sentaba como simple discípulo para escuchar las clases de los maestros afamados que enseñaban cómo hablar bien en público.



               En su ciudad natal, Siena, había muchas divisiones y peleas. Se fue allá y predicó 45 sermones que devolvieron la paz a toda esa región. Uno de los oyentes logró copiar esos sermones y se conservan como una verdadera joya de la elocuencia sagrada, donde se combinan la teología con los consejos prácticos y la agradabilidad con la profundidad. 

               Mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al convento de los Franciscanos en Aquila, murió santamente el 20 de Mayo de 1444, cuando contaba 64 años. Su cuerpo, expuesto durante tres días, obró varios milagros documentados para el proceso de Canonización.

               Ante la petición de todo el pueblo el Papa Nicolás V, lo canonizó en 1450, tan sólo a seis años de haber muerto. San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes Santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del Espíritu Franciscano de todos los tiempos.



Que a ejemplo de San Bernardino
nunca nos cansemos de invocar los
Sagrados Nombres de Jesús y de María


               Tantas veces como invoquemos el Nombre de Jesús y de María podremos ganar una indulgencia de 300 días, según Decreto del Papa San Pío X, del 10 de Octubre de 1904. Es también necesario, para ganar la Indulgencia "in articulo mortis", en el momento de la muerte, pronunciar, aunque sea mentalmente, el Santísimo Nombre de Jesús.



lunes, 12 de septiembre de 2022

EL DULCE Y SANTO NOMBRE DE MARÍA

   


               Así como después de Navidad se celebra la Fiesta del Santo Nombre de Jesús, tras celebrar la Natividad de Nuestra Señora, es muy conveniente que honremos ahora el Santísimo Nombre de María, que parece significar "la Amada de Dios", tanto por su destino como Madre del Altísimo como por sus grandes y perfectas virtudes.

               San Bernardo fue uno de los más grandes propagadores de la Devoción al Dulce Nombre de María; para él no podía la Madre de Dios tener un nombre más propio, ni que significase mejor Su excelencia, Sus grandezas y Su alta dignidad, que el Nombre de María. 

               También otros Santos como Santa Brígida, San Bernardino de Siena, San Antonio de Padua, alababan y bendecían las glorias del Nombre de María y se constituyeron en resueltos propagadores de esta hermosa Devoción.

               La primera celebración litúrgica del Nombre de María tuvo lugar en España, en 1513, en la ciudad de Cuenca, después de que el Papa León X, concediera a la Catedral de la ciudad dedicar una Capilla con ese título. Debido a la promulgación del Misal de San Pío V en 1570, se hizo necesaria una nueva petición. Por esta razón, el Canónigo Juan del Pozo Palomino, pidió y obtuvo del Papa Sixto V, el 17 de Enero de 1587, poder seguir celebrando dicha Fiesta del Dulce Nombre de María en la Catedral, como Fiesta de la Octava de la Natividad de María y en 1588, logró que se le concediera a toda la Diócesis de Cuenca. El Papa Inocencio XI decretó el 25 de Noviembre del año 1683, que toda la Iglesia Católica celebrara solemnemente la fiesta del Nombre de María Nuestra Señora.



               Si de veras quieres ser devoto de la Virgen sólo invócala a diario con la misma oración con la que la saludó el Arcángel San Gabriel: el Avemaría. La llamamos así porque en su fórmula en latín comienza así Ave María gratia plena, Dóminus tecum...

              En esta sencilla súplica acude con el corazón a Nuestra Señora, es especial en los momentos de dolor y haz hincapié cuando pronuncies el "ahora..." porque Ella es presente en tu vida, en ese "ahora" que tienes tal problema de dinero, en ese "ahora" que te falta la salud... La Virgen es Nuestra Madre, pero también es Reina y Señora, por eso cuando reces, cuando a Ella te dirijas, hazlo con amor y confianza, pero también con el respeto que merece el pronunciar Su Dulce Nombre y encomendarnos a Su intercesión poderosa.

               El Avemaría lo puedes saborear mejor si lo rezas con el Ángelus, la salutación que nuestros padres y abuelos dedicaban a la Virgen tres veces al día y que te recomiendo hacer, por lo sencilla que es y por las muchas gracias e indulgencias que puedes obtener.

               "...cuando en la tarde suena el Ave María haced que desde entonces en adelante os arrodilléis, quitándoos la capucha por amor a Ella, rogándole, por último, que nos conceda aquello de que tenemos necesidad. Y digo que le hagáis esta reverencia tanto si estuvierais fuera de casa como si estuvierais en casa. Y lo digo tanto a vosotras mujeres como a los hombres; haced que este nombre de María lo tengáis en reverencia y devoción... 

               Y para que sepas cómo Ella no es ingrata cuando tú la saludas, aunque no le ruegues, Ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con el mismo afecto que las dices; y si tú le ruegas con reverencia y fe ¿qué crees que Ella hace? Astitit Regina a destris tuis. "Está la Reina Madre de Dios a tu derecha y ruega por ti."


San Bernardino de Siena



sábado, 12 de septiembre de 2020

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA.. "que Tu Amor me recuerde que debo llamarte a cada instante..."





               ¡Madre de Dios y Madre mía María! Yo no soy digno de pronunciar Tu Nombre; pero Tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro Tu Santo y Poderoso Nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir.

               ¡Dulce Madre, María! haz que Tu Nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida. No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame. Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar; ¡María!

               Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora, para alabar, siempre en el Cielo Tu Nombre amado: “¡Oh Clementísima, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María!”. ¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en Ti!

               Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este Nombre tan Dulce, tan Amable y Poderoso. Señora, no me contento con sólo pronunciar Tu Nombre; quiero que Tu Amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con San Anselmo:“¡Oh Nombre de la Madre de Dios, Tú eres el Amor mío!”

               Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros Nombres salvadores. Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros Nombres adorados.

              Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concededme entonces la gracia de deciros:

               “Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.


San Alfonso María Ligorio






                      Si de veras quieres ser devoto de la Virgen sólo invócala a diario con la misma oración con la que la saludó el Arcángel San Gabriel: el Avemaría. La llamamos así porque en su fórmula en latín comienza así Ave María gratia plena, Dóminus tecum...

              En esta sencilla súplica acude con el corazón a Nuestra Señora, es especial en los momentos de dolor y haz hincapié cuando pronuncies el "ahora..." porque Ella es presente en tu vida, en ese "ahora" que tienes tal problema de dinero, en ese "ahora" que te falta la salud... La Virgen es Nuestra Madre, pero también es Reina y Señora, por eso cuando reces, cuando a Ella te dirijas, hazlo con amor y confianza, pero también con el respeto que merece el pronunciar Su Dulce Nombre y encomendarnos a Su intercesión poderosa.

               El Avemaría lo puedes saborear mejor si lo rezas con el Ángelus, la salutación que nuestros padres y abuelos dedicaban a la Virgen tres veces al día y que te recomiendo hacer, por lo sencilla que es y por las muchas gracias e indulgencias que puedes obtener.

               "...cuando en la tarde suena el Ave María haced que desde entonces en adelante os arrodilléis, quitándoos la capucha por amor a Ella, rogándole, por último, que nos conceda aquello de que tenemos necesidad. Y digo que le hagáis esta reverencia tanto si estuvierais fuera de casa como si estuvierais en casa. Y lo digo tanto a vosotras mujeres como a los hombres; haced que este nombre de María lo tengáis en reverencia y devoción... 

               Y para que sepas cómo Ella no es ingrata cuando tú la saludas, aunque no le ruegues, Ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con el mismo afecto que las dices; y si tú le ruegas con reverencia y fe ¿qué crees que Ella hace? Astitit Regina a destris tuis. Está la Reina Madre de Dios a tu derecha y ruega por ti."


San Bernardino de Siena, devoto y Apóstol del Dulce Nombre de María