Juan de Garavito y Vilela de Sanabria nació en 1499 en Alcántara, provincia de Cáceres, España. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos que se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano. A los pocos días de nacer, el futuro reformador franciscano recibió el Bautismo en la Iglesia de Santa María de Almocóvar.
Mientras estudiaba en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se enamoró de la vida de los Frailes Franciscanos y pidió ser admitido en el convento de San Francisco de los Majarretes, donde estaban los religiosos más observantes y estrictos. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre de pila por el de "Fray Pedro"; sería destinado a distintas labores: portero, hortelano, barrendero y cocinero.
Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.
Tras ser ordenado Sacerdote en 1524 ejercería como superior de varios conventos, en los que siempre resultó ser un modelo a seguir en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla Franciscana. Dios le concedería la gracia de conmover a los oyentes en la predicación de la Verdades de Fe; muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos dejasen su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre ya que al Santo le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.
En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el San Pedro de Alcántara, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo.
A mediados de la década de 1550 conoció la obra "Libro de la oración y meditación", del dominico Fray Luis de Granada; vio en aquel texto un tesoro espiritual enorme, pero demasiado denso para el pueblo llano, por lo que decidió hacer un compendio y reelaboración adaptado a su propia experiencia mística; redactó entonces el "Tratado de la oración y meditación", una cuidada y práctica síntesis de la obra del fraile dominico.
En 1556, con el bendito deseo de que los religiosos franciscanos fueran más apegados al espíritu de su Fundador, particularmente en la mortificación y en la oración, fundó en el eremitorio de El Pedroso (Sevilla) una nueva rama de a Orden, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Sumo Pontífice Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantas incomprensiones su nueva comunidad floreció notablemente, en gran medida por su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, que le valió numerosas adhesiones de la Nobleza española a la causa de los frailes alcantarinos.
En 1560, San Pedro Alcántara conoció a Santa Teresa de Jesús en la casa de Doña Guiomar de Ulloa, una noble amiga común de ambos; la reformadora del Carmelo vivía entonces muy angustiada: algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del Demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, Pedro de Alcántara entendió perfectamente el caso de la Santa y la tranquilizó, asegurándole que sus visiones venían de Dios. Santa Teresa, en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella:
"Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo le conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).
Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Carmelitas Descalzas, y dicen que buena parte de los éxitos que la Santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de las Carmelitas Descalzas.
Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".
En Arenas, provincia de Ávila (hoy día llamada Arenas de San Pedro) entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.
Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).
San Pedro de Alcántara sería beatificado en 1622 por el Papa Gregorio XV y canonizado en 1669 por el Papa Clemente IX; el 23 de Diciembre de 1675 fue declarado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria por el Papa Clemente X.


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