La aflicción, compañera inseparable del hombre durante su peregrinación terrenal, es la consecuencia natural de los males que nos sobrevienen, ya sean internos o externos. El duelo, la pérdida de la fortuna, la calumnia, las malas prácticas en nuestra contra, son solo algunas de las causas de la aflicción exterior. La enfermedad, la tentación, las dificultades y, sobre todo, el pensamiento de haber ofendido a Dios con el pecado y el peligro de volver a ofenderlo: estas y otras cosas similares dan origen a sufrimientos interiores.
Los bienes terrenales son insuficientes para consolarnos en medio de tantos males. Quizás alivien nuestra amargura en parte, pero al final, solo dejan un vacío en nuestros corazones y son incapaces de protegernos contra nuevas desgracias.
Como compensación a los males de la vida, la infinita Bondad de Dios nos ha preparado, en la siempre presente ayuda de la Santísima Virgen, una abundante fuente de consuelo, por la cual debemos estar agradecidos. Basta con recurrir a esta Madre de Misericordia para tener la certeza de recibir de Ella un pronto alivio en los dolores de la vida, un bálsamo para el corazón herido, un consuelo en las aflicciones y calamidades que nos abruman.
Así como Jesucristo nos invitó a buscar nuestro consuelo en Él, cuando dijo: «Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo los aliviaré», así también María nos ofrece, en medio de las tristezas de esta vida, el consuelo más reconfortante: «Venid a Mí todos los que Me desean, y sean saciados con Mis frutos».
El Poder de María para consolar a los afligidos proviene principalmente de que Ella, más que nadie, conoció el dolor. Como compañera inseparable de Jesús, durante los treinta y tres años de Su vida mortal, María compartió todos Sus sufrimientos. Con Él sintió la aflicción de la pobreza, experimentando toda clase de privaciones. Los reproches de quienes reprochaban a Jesús recayeron también sobre Ella; y cuando los Discípulos abandonaron a su Divino Maestro uno a uno, María lo siguió fielmente hasta el Calvario, donde bebió con Él hasta la última gota de Su amargo cáliz. Incluso después de que el Salvador terminara Su vida mortal de trabajo y esfuerzo, María continuó viviendo y sufriendo, hasta que Dios quiso llamarla a Su lado.
La fe y la constancia de María, unidas a Su inquebrantable adhesión a las enseñanzas de Su Hijo, son en sí mismas fuente de consuelo. Pues esta Madre Divina nos enseña, con Su ejemplo, a no desesperar jamás de la ayuda divina. Nos anima a perseverar en nuestras buenas obras, cualesquiera que sean las dificultades que se nos presenten. Al obtener para nosotros, mediante Su Mediación, una gran participación en la virtud de la Cruz, transforma nuestras penas en gozosos intensos, como antaño la leña que Dios señaló a Moisés transformó las amargas aguas del desierto en dulces.
Si recurrimos a María en tiempos de aflicción, no solo recibiremos de Ella consuelo en nuestros dolores, sino que también aprenderemos por Su ejemplo a valorar como se merecen las cruces con las que Nuestro Señor se digna visitarnos.
El tiempo de sufrimiento es, sin duda, el más preciado de esta vida; pues es entonces cuando se presenta la oportunidad de practicar las más elevadas virtudes. Estas virtudes son: la Fe en el sabio orden de la Divina Providencia, la Confianza en la ayuda del Cielo y la Caridad, tanto hacia Dios, que permite que seamos afligidos, como hacia nuestro prójimo, que tal vez sea la causa de nuestros sufrimientos. El tiempo de aflicciones es entonces sumamente valioso, aunque, ¡ay!, a menudo lo subestimamos. «Si hubieras sabido, y que en este tu día, las cosas que te traerán paz».
¡Cuidado, alma mía, de murmurar o perder la paciencia!. Soporta todo con paz y alegría, en compañía de Jesús Crucificado y de Su Madre afligida. Recuerda estas palabras reconfortantes de Nuestro Salvador: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
La Beata Bionda Foschi, dueña del antiguo castillo de Verrucchio, era una dama noble y piadosa, dotada de las más preciadas virtudes de la mente y el corazón, y venerada y amada no solo por sus dependientes, sino también por todos aquellos con quienes entraba en contacto.
Siendo aún muy joven, se casó con el Conde Foschi, pero pronto tuvo la desgracia de perderlo. A esta pérdida le siguió otra, pues toda la familia cayó en la pobreza y la indigencia a manos de una facción rival. Sin embargo, Bionda aún conservaba un consuelo: su pequeño hijo, a quien amaba profundamente. Le inculcó con gran esmero la Piedad y el Temor de Dios.
Dio la casualidad de que sus enemigos, no satisfechos con la venganza que habían ejercido sobre el resto de la familia, dirigieron su odio contra este niño inocente, al que finalmente dieron muerte.
¡Qué angustia y desolación sintió Bionda al verse tratada con tanta crueldad después de tantas desgracias!. Pero, ¿qué debía hacer ahora?. ¿Debía sucumbir a la desesperación o vengarse de sus enemigos?. No hizo ninguna de las dos cosas. Dirigió su mirada a Nuestra Señora de los Dolores, a quien siempre había profesado una tierna devoción. Al contemplar a María al pie de la cruz, acompañándola con dolor en la muerte de Su Divino Hijo, Bionda encontró consuelo en su aflicción. Sintió en su alma la calma de la paz celestial y su corazón exhaló un generoso perdón para sus enemigos. Dominando sus sentimientos, perdonó a sus adversarios, y este perdón resultó ser más valioso para su corazón que cualquier venganza.
Este heroico sacrificio de Bionda fue sumamente grato a Dios, quien escudriña los corazones de los hombres. A cambio, le concedió comprender la vacuidad de este mundo y se dignó llamarla a una vida de perfección entre las Siervas de su Santísima Madre. En su nuevo estado, Bionda se consagró por completo al camino de la perfección y, con la ayuda de la Gracia Divina, alcanzó tal grado de santidad que mereció obrar muchos milagros durante su vida y también después de su muerte. El pueblo la invocaba siempre como Bienaventurada.


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