martes, 8 de enero de 2019

LOS BESOS DE JUDAS. Necesaria reparación a la Santa Faz




               "Quiero que Mi Faz, que refleja los dolores más íntimos de Mi Alma, el Dolor y el Amor de Mi Corazón, sea más honrada. Quien me contempla, me consuela"

               "Cada vez que se contemple Mi Faz, derramaré el Amor a los corazones y por medio de Mi Santa Faz se obtendrá la salvación de tantas almas"

                "Contemplando Mi Faz, las almas participarán de Mis Dolores y sentirán la necesidad de amar y reparar"

                 "Quiero que Mi Faz sea honrada de forma especial el Martes"

               Fueron estas las primeras Revelaciones privadas que Nuestro Señor quiso confiar a una humilde religiosa italiana, la Madre María Pierina di Micheli. La humilde monja había nacido en Milán, el 11 de Septiembre de 1890; a los 23 años ingresó como religiosa del Instituto de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires. Entre 1920 y 1940, el Señor la agració con diferentes apariciones y fenómenos místicos, entre los cuales destacamos hoy las revelaciones referentes a la Devoción a la Santa Faz de Jesucristo.

                Para reparar la Santa Faz de Nuestro Señor, qué mejor manera que adentrarnos en la intimidad con Jesús, figurarnos junto a Él al final de la Última Cena, cuando se dirigió al Huerto de Getsemaní. Allí podrás asistir a una de las primeras afrentas que recibió el Santo Rostro de Nuestro Señor: el beso de Judas. 

               Nos cuenta la Sagrada Escritura que en el Huerto de los Olivos, cuando aún estaba Jesús hablando, llegó Judas Iscariote y, acercándose a su Maestro, le dijo: -¡Salve, Maestro! Y le dio un beso. Nuestro Señor Jesús no hizo siquiera ademán de retirar Su Divino Rostro; y no sólo soportó con humildad la injuria de aquel beso infame, sino que, en un destello de Su infinita bondad, le dijo a Judas: -Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre!.




                Creo no exagerar al decir que aquél beso tuvo en Nuestro Señor el mismo efecto desgarrador que los latigazos de flagelación; lo humilló más que los insultos de los mercenarios que de Él se burlaron; ese beso pesó más en el Alma Santísima de Jesús que la propia corona de espinas... un beso que lejos de ser señal de amor lo fue de cobardía e interés propio... un interés contado: treinta monedas de plata.  Tú y yo sabemos cuánto duelen esos besos y qué amargura nos traen cuando los recibimos de aquellos que más debieran amarnos.

                Ahora, continua en la intimidad con Jesús y duélete, no por besos traidores que seguro nunca le has querido dar, pero sí de tantos besos como debiste darle con más amor. Bésale por tantos que no lo hacen y ni lo harán nunca; ámale por aquellos que no lo hacen y finalmente, promete a Jesús Nuestro Señor que seguirás consolándolo por todos los que andan apartados de Él.





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