domingo, 11 de enero de 2026

FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA

 

Según el Calendario Tradicional, 
el siguiente Domingo a la Epifanía, 
la Santa Iglesia Católica celebra la 
Fiesta de la Sagrada Familia: 
Jesús Infante, María Santísima 
y el Patriarca San José




                    Esta Fiesta de la Sagrada Familia no es tan antigua, pues fue el Papa León XIII quien en 1893 la concedió para ciertas diócesis y finalmente, en 1921, el Papa Benedicto XV la extendió a la Iglesia Universal, y busca la Iglesia con esta Fiesta casi al final de la contemplación de los Misterios alrededor del Nacimiento del Señor y los comienzos de Su Vida Pública, que oficialmente cerraremos con la conmemoración del Bautismo del Señor (la reforma litúrgica de Pío XII en 1955 fijó dicha celebración en el 13 de Enero). 

                    Es muy necesario recordar todos los años este gran modelo de la Sagrada Familia, en el que nunca han dejado de inspirarse las familias cristianas, ya que Jesús, María y José, en la humilde casa de Nazareth, son ejemplo de la Santidad más grande en medio de las condiciones de vida más sencillas.

                    Comienza el Introito de la Misa de este día con las bellas palabras del libro de los Probervios (23, 24-25): Exsúltat gáudio Pater Justi, gáudeat Pater tuus et Mater tua, et exsúltet quae genuit te. (Salte de júbilo el Padre del Justo, alégrense tu padre y tu madre, y regocíjese la que te dio a luz). Y lo corona bellísimamente con las palabras del Salmo 83,: Quam dilécta tabernácula Tua, Dómine virtútum! Concupíscit et déficit ánima mea in átria Dómini (¡Cuán deseables son Tus moradas, Dios de los ejércitos! Suspira y desfallece mi alma por morar en los atrios del Señor.)

                    La Epístola de San Pablo a los Colosenses (3, 12-17) busca recordarnos que la atmósfera de una vida profundamente cristiana especialmente en el ámbito familiar se debe componer de bondad, caridad, comprensión mutua, oración, acción de gracias y alegría en el Espíritu Santo.

                    El verso del Aleluya, tomado del Profeta Isaías (45,15) "Verdaderamente eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador", sirve muy propicio de antesala a la lectura del Evangelio de San Lucas (2, 42-52) que nos narra el pasaje de la subida a Jerusalén de la Sagrada Familia cuando Jesús tenía 12 años, en que sobresale el hecho que Jesús consciente y fiel cumplidor de la misión que le había encomendado su Padre, no deja de someterse humildemente a Nuestra Señora la Virgen María y San José.



                    Dice el Gradual de la Misa: "Una sola cosa pido al Señor y deseo ardientemente: morar en la casa del Señor todos los días de mi vida" (Salmo 26,4). Quiera Dios concedernos este deseo; pero ¿cómo? Pues se me ocurre que podríamos hacer todo lo que esté de nuestra parte para que en nuestro hogar se vivan todos estos sentimientos que la liturgia ha presentado como ideal de vida cristiana, de los que nos sirven de ejemplo los Miembros de la Sagrada Familia, de ese modo nuestras casas, también con todo derecho podrían llamarse Casa del Señor y podríamos con toda confianza repetir: Felices Señor, los que habitan en tu casa; por los siglos de los siglos te alabarán” (Salmo 83,5).

                    Pidamos estas gracias con las palabras de la colecta de la Misa:

                    "Señor Nuestro Jesucristo, que sujeto a María y a José, consagraste la vida de familia con inefables virtudes; haz, que, con el auxilio de ambos, nos instruyamos con los ejemplos de Tu Sagrada Familia y alcancemos Tu eterna compañía. Tú que vives y reinas con Dios Padre, en Unidad del Espíritu Santo y eres Dios por todos los siglos de los siglos. Amén."

                    Feliz Domingo y Fiesta de la Sagrada Familia.



sábado, 10 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de las vírgenes

 

"¡Oh, qué hermosa es la casta generación con gloria! 
¡Pues su memoria es inmortal! Llegó a ser conocida 
tanto por Dios como por los hombres" 

Libro de la Sabiduría, cap. 4, vers. 1


                    La Iglesia nos enseña que la vida cristiana es una penitencia perpetua a la que todos debemos someternos para expiar nuestros pecados. Nuestro divino Redentor mismo nos inculcó esta gran verdad cuando dijo: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente».

                    El objetivo de la penitencia es, en primer lugar, llevarnos a abstenernos, en la medida que la razón y la fe lo exijan, del deseo desmesurado de placer sensual, al que tiende nuestra naturaleza caída. Tan fuerte es esta inclinación, que siempre corremos el peligro de caer en el abismo del vicio. ¡Cuántos cristianos, por desgracia, al dejarse llevar por su imaginación desenfrenada, pierden el alma y el cuerpo a la vez!

                    Por lo tanto, la Santa Iglesia nos impone la obligación del ayuno, recordándonos las ventajas que se derivan de esta saludable práctica. El ayuno, en efecto, «reprime los vicios, eleva nuestros pensamientos al cielo, facilita la práctica de la virtud y es una fuente constante de mérito».

                    Procuremos apreciar como es debido la mortificación cristiana, que nos procura tantas y tan grandes ventajas para el tiempo y la eternidad.

                    Como María no estaba manchada por el pecado original, no experimentó en sí misma esta inclinación desordenada a los placeres de los sentidos, nefasta consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. Llena de gracia, mantuvo siempre el justo equilibrio de las facultades de su alma. Ejecutó todas sus acciones con facilidad y deleite, sin necesidad de recurrir a la violencia consigo misma para preservar el equilibrio de sus facultades que exigen la razón y la ley de Dios.

                    Sin embargo, María se sometió voluntariamente a la ley de la penitencia y la mortificación, negándose aquellos placeres que otros suelen buscar con un anhelo insaciable. Su vida fue una larga serie de privaciones y abnegaciones. Su ayuno y abstinencia fueron continuos. Solo se permitía lo necesario para mantenerse con vida y nada más. Mortificaba todos sus sentidos, de modo que sería difícil decir en qué tipo de mortificación en particular sobresalía: en la modestia de la mirada, en la humildad de su semblante, en la parsimonia de sus palabras o en la dignidad de sus gestos.

                    Era natural, entonces, que su Esposo Celestial encontrara en ella todo su deleite. Y como fruto de esta templanza, María adquirió una extraordinaria facilidad para conversar familiarmente con su Bienamado, una alegría celestial que se reflejaba en su rostro, una belleza virginal que irradiaba de toda su presencia, algo tan indescriptiblemente dulce y majestuoso, que le daba un aspecto más divino que humano: "¡Qué hermosa eres, mi amor, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son como ojos de paloma, sin importar lo que escondes en tu interior!"

                    La virtud de la templanza es necesaria para el cristiano que quiere vivir conforme a la ley de Dios. Cuando esta virtud falta, el espíritu se vuelve esclavo de la carne. Ya no puede disfrutar de las cosas divinas; pues, dice San Pablo, «el hombre sensual no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios».

                    De hecho, la glotonería y la vida descuidada tienden naturalmente a oscurecer el intelecto y a apagar la luz espiritual. Es vano, por lo tanto, buscar sabiduría entre quienes viven en el lujo y la abundancia: «La sabiduría no se encuentra en la tierra de los que viven en deleite». Además, la intemperancia, al provocar una alegría desenfrenada, a menudo provoca disputas y disensiones, y es un hecho conocido que la glotonería cobra más vidas humanas que la enfermedad. Pero lo que es aún peor, la intemperancia despierta en el hombre toda clase de pensamientos impuros, que se expresan en palabras, gestos y acciones contrarios a la santa modestia; endurece el corazón y prepara el camino a la perdición eterna.

                    Ejemplo en la vida de la Beata Isabel de Picenardi. Esta ilustre Sierva de María nació en Mantua en el año 1428. En su infancia, prefirió la oración y el recogimiento a los pasatiempos infantiles, presintiendo así la gran santidad que un día alcanzaría. Animada por una viva devoción a Nuestra Señora, se retiró, tras la muerte de su madre, a casa de su hermana y rogó que le dieran el hábito de la Tercera Orden de las Siervas de María. Desde entonces, toda su vida fue un continuo ejercicio de las más sublimes virtudes. Meditaba continuamente sobre la pasión de Jesús y los dolores de María, y no dejaba pasar un día sin purificar su alma en el sacramento de la Penitencia, para poder recibir la Sagrada Eucaristía con mayor fruto espiritual. Ayunaba con frecuencia y siempre llevaba una cadena de hierro sobre la piel. Diariamente rezaba el Oficio Divino con gran fervor y devoción, esforzándose por comprender el significado místico y sublime de las oraciones litúrgicas y bíblicas.

                    Su santidad y ejemplo atrajeron a muchas damas nobles al servicio de Dios. Bajo su sabia dirección, estas personas alcanzaron un alto grado de perfección. Muchos conventos de las Hermanas Servitas o Manteladas fueron fundados con la ayuda de la Beata Isabel.

                    María, de quien era hija predilecta, se dignó visitarla muchas veces en su pobre celda, conversando con ella familiarmente. Tan grande era su poder de intercesión que bastaba con que cualquiera se encomendara a sus oraciones para obtener de María todas las gracias que deseaba. Por eso era conocida como la «Mediadora con la Madre de Dios».

                    Su humildad era tan profunda que se consideraba la más miserable de las criaturas, y Dios, a cambio, le concedió muchos favores. Generalmente se cree que la Beata Isabel nunca perdió su inocencia bautismal. Además, poseía un notable don de profecía, y entre otras cosas, predijo el día de su muerte, ocurrida en el año 1468, a sus cuarenta y un años. Tuvo entonces el privilegio de contemplar al Niño Jesús y a su Santísima Madre, quienes estaban presentes para ayudarla en su paso del tiempo a la eternidad.

                    El cuerpo de la Beata Isabel reposa en Mantua, en la Iglesia de San Bernardo. Esta gran Sierva de María obtiene continuamente de Dios numerosas gracias y favores para todos los que acuden a ella con confianza. El Soberano Pontífice Pío VII la incorporó al altar de los beatos el 20 de noviembre de 1804.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



jueves, 8 de enero de 2026

SAN PEDRO TOMÁS, Carmelita y Obispo

 


                        Nació por el año 1305 de una familia muy pobre en el Périgord, en la Diócesis de Sarlat, Francia. Muerto su hermano, para no agravar más aún la miseria familiar abandonó a sus padres y hermanita y, siendo aún muy joven, se retiró a Monpazier donde se puso al servicio de una familia y a la vez asistía a la escuela. Vivía de limosna y a la vez enseñaba a los más pequeños.

                        Así vivió hasta la edad de veinte años en que lo descubrió el Prior de los Carmelitas de aquella villa y se lo llevó al convento donde estudió en un colegio que ellos tenían allí. Poco después el Prior de Bergerac se lo llevó a su convento donde Pedro Tomás tomó el hábito de carmelita y después de varios años de estudio de Filosofía y Teología se ordenó Sacerdote.

                        La Virgen María le socorrió en su extrema pobreza y pasó a estudiar y a enseñar a uno y otro convento como los de Burdeos, Albi, Agen y París donde unos años después consiguió, con gran brillantez, el Bachillerato en Teología.

                        Estando de Lector en el convento de Cahors y predicando durante unas rogativas obtuvo "una lluvia milagrosa".

                        El 15 de Mayo de 1345 fue elegido Procurador General de la Orden y fue enviado a la Curia Pontificia a Aviñón. A pesar de ser bastante deforme de cuerpo -tanto que a su Padre General le daba apuro presentarlo a los cardenales- pronto empezó a llamar la atención por su inteligencia, por su equilibrio en tratar las cuestiones, y sobre todo, por su gran virtud. Obtuvo el Magisterio en Teología y empezó a recibir distinciones de parte de la Curia Pontificia, siendo la primera el presidir el cortejo papal que trasladaba los restos mortales del Papa Clemente VI a la abadía de Chaise Dieu, predicando en las doce paradas que se hicieron durante el trayecto.

                        Desde este momento parece casi imposible la vertiginosa carrera que le esperaba a Pedro Tomás y las diferentes e importantes misiones que le fueron encomendadas. Sobre todo parece que tenía cualidades especiales para pacificar a los Príncipes y la Santa Sede o a aquellos entre sí. Muchas y muy delicadas misiones de este tipo le fueron encomendadas que sería largo enumerar y en todas ellas salió airoso y la Iglesia aumentó en su crédito ante los poderes seculares.

                        El 17 Noviembre de 1354 fue consagrado Obispo y nombrado Legado para Oriente y Patriarca de Constantinopla. Naciones enemistadas, diócesis con litigios, reyes y Papas que no se entendían... Allí acudía el Patriarca Pedro Tomás y la paz venía a llenar aquellos recelos, tiranteces y con frecuencia guerras mortales. Una cosa no toleraba nuestro santo: la herejía. Era intransigente con los herejes, y para darles ejemplo de que sería muy duro con ellos, hizo quemar públicamente en Creta los huesos de un hereje.

                        Fue el santo de la unión de los cristianos de su tiempo. Luchó con todas sus fuerzas por esta unión entre Católicos y "Ortodoxos" de Oriente en muy diversas misiones y consiguió frutos copiosos.

                        Siendo Procurador General de la Orden del Carmen, el día de Pentecostés de 1351, según la Tradición, consiguió de la Santísima Virgen la Promesa de que "su Orden del Carmen duraría para siempre". Fue siempre ésta, su devoción a la Virgen María, su nota peculiar y la extendía por todas sus correrías y apostolados.

                        Después de haber regentado el Patriarcado de Constantinopla con gran fruto para la Iglesia y deteriorado físicamente por su mucha penitencia y por su celo apostólico, murió santamente en Famagusta (Chipre) la noche de la Epifanía, 6 de Enero de 1366. Ese mismo año empezaba el Proceso de su Beatificación. En 1609, la Santa Sede autorizó la festividad de Pedro Tomás entre los Carmelitas, que fue confirmada por el Papa Urbano VIII en 1628.



LOS SACERDOTES, TROPA ESCOGIDA PARA LA BATALLA ENTRE LA VERDAD Y EL ERROR

 


                      El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros» (1), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (2).

                       Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado (3), declarándose estar constituido Sacerdote eterno según el Orden de Melquisedec (4), ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía» (5).

                       Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (6), por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

                       Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

                       La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»...

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del Buen Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo Yo recoger» (7), y ver «los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse» (8), sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable?. 

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de Cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin Pastor, que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al Corazón del Hijo de Dios?. 

                       Nos referimos al Sacerdote que sabe que en sus labios tiene la Palabra de Vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del Sacerdote Católico; contemplamos y vemos a nuestros Obispos y los Sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el Reino de Dios y el reino de Satanás.


Papa Pío XI 
Extractos de "Ad Catholici Sacerdotii", del 20 de Diciembre de 1935


NOTAS

1) Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21
2) Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14
3) 1 Corintios, cap. 11, vers. 23 y ss.
4) Salmo 109, vers. 4
5) Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 19; 1 Corintios, cap. 11, vers. 24
6) Profeta San Malaquías, cap. 1, vers. 11
7) Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 16
8) Evangelio de San Juan, cap. 4, vers. 35



martes, 6 de enero de 2026

LA EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO; La adoración de los Reyes Magos según las visiones de la Mística Ana Catalina Emmerich

 

                    Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo, sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto. En esto José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con simplicidad que habían venido para adorar al Rey de los Judíos recién Nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con otros pastores allí presentes.



                    Los Reyes se dispusieron para una ceremonia solemne. Les vi revestirse de mantos muy amplios y blancos, con una cola que tocaba el suelo. Brillaban con reflejos, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban en torno de sus personas. Eran las vestiduras para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban bolsas y cajas de oro colgadas de cadenillas, y cubríanlo todo con sus grandes mantos. Cada uno de los Reyes iba seguido por cuatro personas de su familia, además, de algunos criados de Mensor que llevaban una pequeña mesa, una carpeta con flecos y otros objetos.

                    Los Reyes siguieron a José, y al llegar bajo el alero, delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos ponía sobre ella las cajitas de oro y los recipientes que desprendían de su cintura. Así ofrecieron los presentes comunes a los tres. Mensor y los demás se quitaron las sandalias y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le precedían, tendieron una alfombra sobre el piso de la gruta, retirándose después hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra. Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda humildad y respeto.

                    Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos, cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manecitas juntas sobre el pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!

                    Viendo esto decía entre mí: "Sus corazones son puros y sin mancha; están llenos de ternura y de inocencia como los corazones de los niños inocentes y piadosos. No se ve en ellos nada de violento, a pesar de estar llenos del fuego del amor". Yo pensaba: "Estoy muerta; no soy más que un espíritu: de otro modo no podría ver estas cosas que ya no existen, y que, sin embargo, existen en este momento. Pero esto no existe en el tiempo, porque en Dios no hay tiempo: en Dios todo es presente. Yo debo estar muerta; no debo ser más que un espíritu". Mientras pensaba estas cosas, oí una voz que me dijo: "¿Qué puede importarte todo esto que piensas?... Contempla y alaba a Dios, que es Eterno, y en Quien todo es eterno".

                    Vi que el rey Mensor sacaba de una bolsa, colgada de la cintura, un puñado de barritas compactas del tamaño de un dedo, pesadas, afiladas en la extremidad, que brillaban como oro. Era su obsequio. Lo colocó humildemente sobre las rodillas de María, al lado del Niño Jesús. María tomó el regalo con un agradecimiento lleno de sencillez y de gracia, y lo cubrió con el extremo de su manto. Mensor ofrecía las pequeñas barras de oro virgen, porque era sincero y caritativo, buscando la verdad con ardor constante e inquebrantable.

                    Después se retiró, retrocediendo, con sus cuatro acompañantes; mientras Sair, el rey cetrino, se adelantaba con los suyos y se arrodillaba con profunda humildad, ofreciendo su presente con expresiones muy conmovedoras. Era un recipiente de incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verde, que puso sobre la mesa, delante del Niño Jesús. Sair ofreció incienso porque era un hombre que se conformaba respetuosamente con la Voluntad de Dios, de todo corazón y seguía esta voluntad con amor. Se quedó largo rato arrodillado, con gran fervor.

                    Se retiró y se adelantó Teokeno, el mayor de los tres, ya de mucha edad. Sus miembros algo endurecidos no le permitían arrodillarse: permaneció de pie, profundamente inclinado, y puso sobre la mesa un vaso de oro que tenía una hermosa planta verde. Era un arbusto precioso, de tallo recto, con pequeñas ramitas crespas coronadas de hermosas flores blancas: la planta de la mirra. Ofreció la mirra por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este excelente hombre había sostenido lucha constante contra la idolatría, la poligamia y las costumbres estragadas de sus compatriotas. Lleno de emoción estuvo largo tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús.
     
                    Yo tenía lástima por los demás que estaban fuera de la gruta esperando turno para ver al Niño. Las frases que decían los Reyes y sus acompañantes estaban llenas de simplicidad y fervor. En el momento de hincarse y ofrecer sus dones decían más o menos lo siguiente: "Hemos visto su estrella; sabemos que Él es el Rey de los Reyes; venimos a adorarle, a ofrecerle nuestros homenajes y nuestros regalos". Estaban como fuera de sí, y en sus simples e inocentes plegarias encomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, el país, los bienes y todo lo que tenía para ellos algún valor sobre la tierra. Le ofrecían sus corazones, sus almas, sus pensamientos y todas sus acciones. Pedían inteligencia clara, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban llenos de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se sentían plenamente felices. Habían llegado hasta aquella estrella, hacia la cual desde miles de años sus antepasados habían dirigido sus miradas y sus ansias, con un deseo tan constante. Había en ellos toda la alegría de la Promesa realizada después de tan largos siglos de espera.

                    María aceptó los presentes con actitud de humilde acción de gracias. Al principio no decía nada: sólo expresaba su reconocimiento con un simple movimiento de cabeza, bajo el velo. El cuerpecito del Niño brillaba bajo los pliegues del manto de María. Después la Virgen dijo palabras humildes y llenas de gracia a cada uno de los Reyes, y echó su velo un tanto hacia atrás.

                    Aquí recibí una lección muy útil. Yo pensaba: "¡Con qué dulce y amable gratitud recibe María cada regalo! Ella, que no tiene necesidad de nada, que tiene a Jesús, recibe los dones con humildad. Yo también recibiré con gratitud todos los regalos que me hagan en lo futuro". ¡Cuánta bondad hay en María y en José! No guardaban casi nada para ellos, todo lo distribuían entre los pobres.




domingo, 4 de enero de 2026

EL SANTO NOMBRE DE JESÚS

   


               Jesús, bendito sea Tu Nombre. Jesús, eternamente yo Te ame. Jesús, a todas horas yo Te nombre. Jesús, en mis conflictos a Ti clame. Jesús, mi Verdadero Dios y Hombre. Jesús, mi corazón siempre Te llame. Jesús, medite en Ti mi entendimiento. Jesús, viva yo en Ti todo momento.

               Jesús, que cuando enfermo me visitas. Jesús, que cuando caigo me levantas. Jesús, que mi remedio solicitas. Jesús, que al enemigo de mí espantas. Jesús de mis entrañas, yo Te ame y óyeme, Jesús cuando Te llame. 


               Jesús, que al bien obrar siempre me incitas. Jesús, que en Tu gracia me adelantas. Jesús, por mí en la Cruz crucificado. Jesús, no viva yo ni muera en el pecado.


               En amarte, Jesús, siempre me emplee. Mi Jesús, de adorarte nunca acabe. Jesús, siempre en nombrarte me recree. Jesús, toda criatura a Ti te alabe. Jesús, sólo gozarte a Ti desee.


               Jesús, ¿qué puede haber tan dulce y suave como decir Jesús de noche y día, y con Jesús, nombrarte a Ti, María?


               Dulce Jesús, si lenguas mil tuviera, Jesús, sólo con ellas pronunciara; Jesús, Jesús, Jesús, siempre dijera, dulcísimo Jesús, y no me hartara. 


               Tantas veces, Jesús nombrando, hiciera que a, Ti toda rodilla se doblara, y que nadie, Jesús, Tu Nombre oyese, sin que en Tu Amor su pecho se encendiese.


               Mi lengua a Ti, Jesús, siempre Te nombre; siempre mi corazón en Ti se emplee; arda en amor, Jesús, al oír Tu Nombre; verte, amado Jesús, sólo desee.


               Te adore mi Fe como Dios y hombre. Sólo en Ti mi esperanza se recree. Tengo yo mis potencias y sentidos en Tu Amor, oh Jesús, siempre encendidos.


               Jesús, que cuando eliges para Madre a María, nos la das por Protectora; Jesús, que, si a San José llamas de Padre, es porque nos ampare en esta hora.


               Jesús, que a Tu Piedad nada hay que cuadre, más que aquel que a Tu Padre fiel implora. ¡Oh si en mi corazón, Jesús Bendito, Jesús, María y José tuviera escrito!


               Jesús me ampare, Jesús me defienda ahora, en la hora de mi muerte y en todas mis necesidades. En Tus manos, ¡oh Dulcísimo Jesús!, encomiendo mi espíritu. Amén.



"Breve Manual Cristiano", escrito por el Obispo 

Fray Manuel María de Sanlúcar Díaz de Bedoya, Capuchino




sábado, 3 de enero de 2026

LA COMUNIÓN REPARADORA DE LOS PRIMEROS SÁBADOS

 


"Yo he venido a pedir la Consagración del mundo
a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora
en los Primeros Sábados de mes..."



(Palabras de Nuestra Señora en Fátima, el 13 de Julio de 1917)




                       Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María no por un capricho humano sino por un URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.


                       Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes. 


                       Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro con la Virgen en tercera persona:

                       El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:

                       ‘Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.’

                       Enseguida dijo la Santísima Virgen:

                       ‘Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.’




                Ha transcurrido ya un siglo desde que la Virgen Santa quiso ofrecernos este camino de salvación que es la Comunión de los Primeros Sábados, pero aún son pocos los devotos que viven y comparten esta necesaria práctica de amor a Jesús y a María... por eso te invito a leer y difundir el presente artículo, a fin de que sean muchas más las almas que se acojan al refugio seguro del Purísimo Corazón.


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jueves, 1 de enero de 2026

LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR, EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS



               La Fiesta litúrgica de la Circuncisión se remonta al siglo VI, si bien no se universalizó hasta el siglo IX.

               Recordemos que el nombre que le fue puesto a Nuestro Señor a los ocho días de su nacimiento encierra la sustancia de su misión en la tierra: Él es el Salvador, “Él salvará a Su pueblo de sus pecados” había anunciado el Ángel. Supliquemos pues en este primer día del año que los efectos de Su Obra Salvadora se hagan eficaces en nuestra vida, en nuestras familias, en la pobre sociedad sin Dios en que vivimos, y claro, también en nuestra amada Iglesia en estos días tan humillada, atacada y perseguida desde fuera, pero más gravemente desde dentro. 

              La circuncisión es el símbolo de la Alianza entre Yahveh y el pueblo judío, el predilecto de Dios hasta la muerte en Cruz de Nuestro Señor, que abolió dicha Alianza. 

            "Dijo Dios a Abraham: [...] ‘todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio y eso será la señal de la alianza entre Yo y vosotros" (Libro del Génesis, cap. 17).

            Y el momento de realizarla, un momento muy concreto y preciso que determina con toda exactitud el Libro del Génesis:

            "A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón" (Libro del Génesis, cap. 17, vers. 12).

              La Virgen María y su casto esposo San José, obedientes a la Ley de Dios, llevaron al Niño Jesús al Templo para cumplir con el precepto del Brit Milá, como es conocido en el mundo hebreo; allí según la costumbre judía, se circundaría al Niño mientras que los invitados preguntaban el nombre de la criatura, que era pronunciado por vez  primera y en voz alta por sus padres.

            "Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 21)





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martes, 30 de diciembre de 2025

OFRECE MI ROSTRO POR LA SALVACIÓN DE TU PAÍS


                    "Ofrece incesantemente Mi Rostro a Mi Padre por la salvación de tu país. El tesoro de Mi Divino Rostro en sí mismo posee un valor tan extraordinario que por medio de Él todos los asuntos de Mi Casa se arreglan rápidamente. Si supieras cuánto complace a Mi Padre ver Mi Rostro. Regocíjate, hija Mía, porque se acerca la hora en que nacerá la Obra más bella bajo el sol". 


Revelación de Nuestro Señor a la mística carmelita Sor María de San Pedro



                    Ese Rostro, venerado por los Patriarcas, deseo de los Ángeles, delicia del Cielo, fue profanado por escupitajos de bocas viles, golpeado por los inhumanos, y como para aumentar la mofa, fue cubierto por un velo por los sacrílegos.

                    El Rostro del Señor de toda la creación fue golpeado como si fuese un esclavo. Y Él, con semblante sereno, hablando suavemente, gentilmente amonestó a uno de los sirvientes del Alto Sacerdote que le había golpeado: "Si he dicho mal, dime dónde he errado; si en cambio he dicho bien, ¿por qué me golpeas?"dice: “Mira el Rostro de tu Cristo, oh! alma cristiana, y no levantes tus ojos sin lágrimas por Sus tormentos, ni eleves tu corazón contrito sin compasión y mira cuánta aflicción Él soporta para buscarte, para encontrarte. 

                    Abre bien tus ojos y mira el Rostro de Jesús. 

                    ¡Escúchalo atentamente! Si en medio del inexpresable sufrimiento, Él pronuncia una palabra, escóndela como el más preciado tesoro en un cofre de tu corazón". 


San Buenaventura



lunes, 29 de diciembre de 2025

SOR JOSEFA MENÉNDEZ, Confidente y Víctima del Sagrado Corazón de Jesús

 


                           Josefa Menéndez y del Moral nació en el barrio madrileño de Lavapiés, el 4 de Febrero de 1890. Segunda hija de un matrimonio muy cristiano: su padre, Leonardo, también madrileño, fue un reconocido militar de artillería, educado en los Padres Escolapios; la madre de Josefa se llamaba Lucía, era natural del pueblo de Loeches, caracterizada por ser una mujer fuerte y piadosa, entregada de lleno a sus labores de esposa y de madre. Los padres procuraron el Bautismo de Josefa tan solo cinco días después del nacimiento de la niña: sería acristianada el 9 de Febrero en la Iglesia de San Lorenzo, "la Parroquia de las Chinches", conocida así por lo pobre y ruinoso que era el templo.

                        El modesto hogar fue duramente golpeado por la muerte de Francisco, el primogénito de la prole, que situaría a Josefa en dicho lugar. A la edad de cinco años Josefa recibió la Confirmación, y el Espíritu Santo se apoderó del pequeño Instrumento para hacerlo dócil a la acción divina. Tenía siete años cuando se confesó por primera vez, en un Primer Viernes, día memorable en su vida, del que escribía más tarde: "3 de Octubre de 1897: Mi primera confesión. ¡Si siempre tuviera la misma contrición de aquel día!". Su Confesor y Director fue el afamado Padre José María Rubio, que admirando las aptitudes sobrenaturales de la niña, la inició a una vida interior proporcionada a su edad. Le enseñó a sembrar de jaculatorias los días y las horas y, poco a poco, Josefa se acostumbró a conversar con el Huésped Divino de su alma, en cuya Presencia vivía. Para formarla en la oración mental el Padre Rubio le dio el libro "El Cuarto de Hora de oración".

                       Cumplidos los once años, por recomendación de su Director Espiritual, Padre José María Rubio, la admitieron las Religiosas de María Reparadora en el grupo de niñas que, por las tardes, se reunían para prepararse a la Primera Comunión, y los deseos de Josefa se enardecían a la perspectiva de tan dichoso día. Cuando llegó su Primera Comunión escribiría: "Desde hoy, 19 de Marzo de 1901, prometo a mi Jesús, delante del Cielo y de la tierra, poniendo por testigos a mi Madre la Virgen Santísima y a mi Padre y Abogado San José, guardar siempre la preciosa virtud de la virginidad, no teniendo otro deseo que agradar a Jesús, ni otro temor que desagradarle...". Josefa conservó preciosamente el testimonio de su primera ofrenda, la repetiría cada vez que comulgaba y la hojita amarillenta, escrita con gruesos caracteres de letra infantil, fue hasta su muerte el tesoro de su fidelidad. La Sagrada Comunión era la felicidad de Josefa, y desarrollaba en su corazón los inicios de las virtudes sólidas que ya se revelaban en ella.

                        A los trece años sus padres la envían al "Taller del Fomento del Arte", mientras que sus hermanas estudiarían en el Colegio del Sagrado Corazón en la Calle de Leganitos, donde educaban las Religiosas a las que Josefa se uniría más adelante. En el interior de la familia reinaba el bienestar y la felicidad; la mayor recompensa de las niñas era, por aquel tiempo, un pequeño viaje al pueblo de Loeches, para visitar a su tía materna, la Madre Priora del Carmelo. Cuando las pequeñas regresaban a casa jugaban "a los conventos": rezaban el oficio en coro, imitaban, con más o menos realismo, las penitencias del claustro. "Pepa" -como llamaban en casa a Josefa- participaba también, pensando interiormente que para ella todo aquello era más que un juego. 

                        Para complacer a sus padres, Josefa comenzó a trabajar en el taller de una conocida modista de Madrid; allí la joven conocería y sufriría la frivolidad del mundo, un ambiente que en nada era comparable al de su hogar, donde rezaban en familia y tenían a Dios como único y soberano Bien. El sufrimiento, que debía imprimir su huella en toda la vida de Josefa, pronto penetró en la familia: en 1907 moría su hermana Carmen a los doce años de edad. Poco después, la abuela materna siguió a la niña al sepulcro. La muerte de la pequeña dejaría a los padres sumidos en una pena que les tocó para siempre, y Josefa se convirtió entonces en la enfermera de sus padres y en el sostén económico de su familia.

                       La última enfermedad y muerte del padre de Josefa, en Abril de 1910, fue piadosamente asistida por el Reverendo Padre Rubio, dejando a la jovencita como único apoyo de su madre y de dos hermanas, a las que sostenía con su trabajo. Josefa hábil costurera, conoció las privaciones y preocupaciones, el trabajo asiduo y las vigilias prolongadas de la vida obrera, pero su alma enérgica y bien templada vivía ya del amor del Corazón de Jesús, que le atraía a sí irresistiblemente. Su carácter jovial, el ardor que ponía en todo, su intuición para adivinar lo que agradaba a los demás, olvidándose a sí misma, hacían de ella el alma de su hogar en el que todo era dicha y unión y donde las alegrías mejores iban siempre marcadas con el sello de la Fe. Durante mucho tiempo deseó la vida religiosa, sin que le fuese dado romper los lazos que la unían al mundo; su trabajo era necesario a los suyos y su corazón, tan amante y tan tierno, no se resolvía a separarse de su madre, que a su vez creía no poder vivir sin el cariño y el apoyo de su hija mayor. Un profundo dolor la hirió cuando su hermana Mercedes obtuvo el consentimiento materno en 1911, y la precedió como religiosa en la Sociedad del Sagrado Corazón en el Noviciado de Chamartín, en Madrid.

                       Por fin, el 5 de Febrero de 1920, Josefa dejaba a otra hermana, Ángela, ya en edad al cuidado de su madre y abandonaba su casa y su Patria querida, para seguir más allá de la frontera a Aquél cuyo amor divino y soberano tiene derecho a pedírselo todo. Sola y pobre se presentó en Poitiers, en el convento del Sagrado Corazón de los Feuillants, santificado en otros tiempos por la estancia en él de Santa María Magdalena Sofía Barat. Allí se había reanudado hacía poco la obra de la Santa Fundadora y a su Sombra florecía de nuevo un Noviciado de Hermanas Coadjutoras del Sagrado Corazón. Nadie pido sospechar los designios divinos que ya empezaban a ser realidad. Sencilla y laboriosa, entregada por completo a su trabajo y a su formación religiosa, Josefa en nada se distinguía de las demás, desapareciendo en el conjunto. 

                        A finales de Junio de 1920 Sor Josefa sería agraciada con la experiencia mística de adentrarse en la Herida del Sagrado Corazón: "Vi cómo se habría aquella hendidura, por la que antes no podía pasar y me ha dado entender la felicidad que me esperaba si soy fiel a todas las gracias que Él me tiene preparadas... Yo no veía el término de este abismo, porque es como un espacio inmenso, lleno de luz... así he pasado la oración y parte de la Misa. Pero poco antes de la Elevación, mis ojos, ¡estos pobres ojos míos! han visto a mi amado Jesús... al único deseo de mi alma... a mi Dios y Señor... Su Corazón en medio de aquella gran hoguera... ni puedo decir lo que he sentido, porque es imposible... Pero quisiera que el mundo entero conociera el secreto de ser feliz: todo consiste en amar y abandonarse, Jesús se encarga de lo demás. Estando así anonada en presencia de tanta hermosura, de tanta luz me ha dicho estas palabras, con voz muy grave, aunque dulcísima: Así como Yo Me inmolo Víctima de Amor, quiero que tú también seas víctima: el Amor nada rehúsa".

                       El 16 de Julio de 1920, Josefa vestía el Santo Hábito. Gracias a la caridad de las Madres del Sagrado Corazón de Madrid, su madre y su hermana Ángela, pudieron acompañarla ese día; para su corazón tierno y amante fue gran consuelo verlas y hacerles compartir su dicha. Volvieron dos años después, el 16 de Julio de 1922, día radiante de sus primeros votos. Ni ellas, ni la familia religiosa de Josefa, pudieron traslucir la misteriosa unión que se realizaba entre el Corazón de Jesús y el de Su Esposa.


Sor Josefa recibía arrodillada las Confidencias del
Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Santa Madre,
en el silencio y recogimiento de su celda de Poitiers


                       El espíritu de mortificación de que estaba animada, la intensa vida interior que practicaba, y una como sobrenatural intuición en cuanto a su vocación se refería, llamaba la atención de algunas personas que la trataron con más intimidad. Pero las gracias de Dios permanecieron ocultas a cuantas la rodeaban, y desde el día de su llegada hasta su muerte, logró pasar desapercibida, en medio de la sencillez de una vida de la más exquisita fidelidad. Y en esta vida oculta, Jesús le descubrió su Corazón. "Quiero -le dijo- que seas el Apóstol de Mi Misericordia. Ama y nada temas. Quiero lo que tú no quieres... pero puedo lo que tú no puedes... A pesar de tu gran indignidad y miseria, me serviré de ti para realizar Mis designios". Desde entonces y hasta poco antes de su muerte, Sor Josefa recibiría numerosas revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús, de la Virgen Santísima y también de algunos Santos; en otras ocasiones sería místicamente transportada al Purgatorio y hasta el Infierno... todo de cuanto fue confidente y testigo sobrenatural, lo recogió por escrito, siguiendo las indicaciones de su Superiora y de su Confesor. Todos estos dones de Dios permanecieron ocultos a sus propios ojos y a su alrededor, y desde que ingresó en el Convento, hasta la muerte, pasó inadvertida bajo el velo de una vida perfectamente fiel.

                       Viéndose objeto de estas predilecciones divinas, y ante el Mensaje que debía transmitir, la humilde Hermanita temblaba y sentía levantarse gran resistencia en su alma. La Santísima Virgen fue entonces para ella la estrella que guía por camino seguro, y encontró en la Obediencia su mejor y único refugio, sobre todo, al sentir los embates del enemigo de todo bien, a quien Dios dejó tanta libertad. Su pobre alma experimentó terribles asaltos del infierno, y en su cuerpo llevó a la tumba las huellas de los combates que tuvo que sostener. Con su vida ordinaria de trabajo callado, generoso v a veces heroico, ocultaba el misterio de gracia y de dolor que lentamente consumía todo su ser. 

                       Por su experiencia como costurera fue designada para la hechura de los uniformes del Colegio; en cuanto hizo los Votos le confiaron la dirección del taller, con algunas novicias y postulantes para ayudarla. Sin escatimar trabajo las formaba, distribuyéndoles con discernimiento la labor, remediando sus torpezas con bondad.

                       Después de pasar por pruebas misteriosas y que debían completar su corona y consumar su ofrenda, se realizaba para Josefa en la soledad de su último suspiro la palabra del Divino Maestro: "Sufrirás, y abismada en el sufrimiento, morirás... No busques alivio ni descanso: no lo encontrarás, puesto que Yo Soy el que así lo dispongo..." . 

                       A principios de Diciembre de 1923, Sor Josefa guardaba cama por un fuerte agotamiento; allí emitiría su Profesión Religiosa al tiempo que recibía la Extremaunción. Obedeciendo a sus Superioras, Josefa tuvo aún fuerzas para escribir una carta de despedida a su madre y a sus hermanas. No pueden leerse sin emoción estos renglones tan sencillos y tan fervorosos. Dice así: "Miren, queridas mías; yo estoy contenta de morir porque sé que es la Voluntad de Aquel que amo. Además, mi alma tiene deseo de poseerle y verle sin velos, como se le ve aquí en la tierra... No lloren, ni estén tristes. Miren que la muerte es el principio de la vida para el alma que ama y espera. Nuestra separación será corta, porque la vida pasa muy pronto y luego estaremos juntas toda la eternidad. No crean que estoy triste. Estos cuatro años de vida religiosa han sido para mí cuatro años de Cielo. Lo único que deseo para mis hermanas, es que gocen como he gozado, pues crean que nada da tanta paz como hacer la Voluntad de Dios. No crean que muero de sufrimiento ni de pena, al contrario. ¿Mi muerte?, creo que es más, ¡de Amor! Yo no me siento enferma, pero tengo algo que me hace desear el Cielo porque no puedo pasar sin ver a Jesús y a la Virgen... Muero muy feliz, pero nada me da esta felicidad sino el saber que he hecho la Voluntad de Dios. Él me ha hecho marchar por caminos muy contrarios a mi gusto y a mis deseos, pero me recompensa en estos últimos días de mi vida que me encuentro envuelta en la paz del Cielo".

                       En la consumación del más fiel Amor, Sor Josefa entregaba su alma a Dios un Sábado, 29 de Diciembre 1923, a las ocho de la noche, consumida por la ardiente sed de las almas que le había comunicado el Corazón de Jesús; tiempo atrás el Señor le había advertido "Déjame escoger el día y la hora". En sus últimos minutos de vida, al oír el toque del Angelus, Josefa insistió a su enfermera que marchase al refectorio, asegurándole que se encontraba bien y que no necesitaba nada. Y en esta soledad, en este aparente abandono, dispuesto por Dios, pasa el Dueño y Señor de las almas y se la lleva, imprimiendo en ella esta última semejanza con Su agonía y su Muerte en la Cruz, completamente privado de todo auxilio humano. Cuando pocos momentos después vuelve la enfermera, Josefa ha dejado de existir para este mundo. La encuentra tendida en la cama, un poco echada la cabeza hacia atrás, semicerrados los ojos y una expresión dolorosa en su semblante: todo en ella recuerda a Jesús crucificado y muerto. Se ha cumplido al pie de la letra la revelación que en su día recibiera del Sagrado Corazón: "Sufrirás y, abismada en el sufrimiento, morirás"

                        Al instante, una impresión sobrenatural de gracia y de paz, se esparció por toda la Casa; el Cielo parecía descender a la celda de la Hermana. Rodeada de azucenas, Josefa descansaba... Su rostro reflejaba la estabilidad serena de la eternidad, con una expresión de majestad que impresionaba. Parecía que el Sagrado Corazón de Jesús, resplandeciendo ya a través de los restos mortales de Su pequeño instrumento, oculto hasta entonces de modo tan divino, comenzaba a descubrir a las almas el Llamamiento ardiente de Su Amor. Sor Josefa Menéndez sería inhumada en el Cementerio de Poitiers el 1 de Enero de 1923; sus honras fúnebres serían presididas por Monseñor Olivier de Durfort de Civrac, Obispo de Poitiers.



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