domingo, 25 de enero de 2026

LA IMAGEN DEL MILAGROSO NIÑO JESÚS DE PRAGA

  


EL ESCULTOR DE LA IMAGEN DEL NIÑO JESÚS

                   Fray José de la Santa Casa era un humilde fraile lego, de Córdoba. Un estaba barriendo el suelo y de repente se le presenta un hermoso Niño que le dice:

                  -¡Qué bien barres, Fray José, y que brillante dejas el suelo!. ¿Serías capaz de recitar el Ave María?. Pues entonces, dilo.

                   Fray José deja a un lado la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la salutación angélica.

                   Al llegar a las palabras “et benedictus fructus ventris Tui” (y bendito el fruto de Tu vientre), el Niño le interrumpe y le dice:

                  -¡Ese Soy Yo!, y enseguida desaparece.

                   Fray José grita extasiado:

                  -¡Vuelve Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte!.

                   Pero Jesús no vino. Y Fray José, seguía llamándolo día tras día, en la celda, en el huerto, en la cocina…en todas partes.

                   Al fin un día sintió que la voz de Jesús le respondía:

                  “Volveré, pero cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas de Mí una estatua de cera en todo igual a como Soy”.

                   Fray José corrió a contárselo al Padre Prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel.

                   El Superior se lo concedió y Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño que había visto.

                   Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así pasaba el tiempo, esperando que regresase su Amado Jesusito.

                   Y por fin llegó el día en el que rodeado de Ángeles, se le presenta el Niño Jesús. Y Fray José en éxtasis, pero con la mayor naturalidad pone los ojos en el Divino modelo y copia al Niño que tiene delante.

                   Cuando termina y observa que su estatua es igual al Sagrado Modelo, estalla en risas y llantos de alegría. Cae de rodillas delante de ella y posando la cabeza sobre las manos juntas, muere. Y los mismos ángeles que acompañaron a su Niño Jesús, recogieron su espíritu y lo llevaron al Paraíso.

                   Los religiosos enterraron piadosamente el cuerpo del santo lego y con particular devoción colocaron la imagen de cera del Niño Jesús en el oratorio del monasterio.

LA NOBLE FAMILIA DE LOS MANRIQUE DE LARA

                   Aquella misma noche Fray José se apareció en sueños al Padre Prior, comunicándole la siguiente profecía:

                    “Esta estatua, hecha indignamente por mí, no es para el monasterio. Dentro de un año vendrá Doña Isabel Manrique de Lara, a quien se la daréis, quien a su vez se la entregará a su hija como regalo de bodas, quien la llevará a Bohemia y de la capital de aquel reino será llamado Niño Jesús de Praga entre los pueblos y naciones. La gracia, la paz y la misericordia descenderán a la tierra, por Él escogida para habitar en ella, el pueblo de aquel reino será su pueblo, y Él será su PEQUEÑO REY”.

                   Y efectivamente al año en punto, Doña Isabel Manrique de Lara, en un viaje de recreo por la zona, topó con las ruinas del monasterio, y el prior, ya único superviviente le entregó la imagen del Niño Jesús, contándole su fascinante historia.

                   La dama llena de alegría, retornó a su castillo de Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la leyenda deja paso a la Historia… Lo que sí se sabe es que cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la Corona de Bohemia, los enlaces entre las familias nobles españolas y eslovacas se repitieron.

                   Cuando la Emperatriz partió para Praga en 1547, entre sus damas de la corte iba Doña María Maximiliana Manrique de Lara, hija de Don García Manrique de Lara y de doña Isabel de Briceño, de noble familia italiana.

                   Contrajo matrimonio el 14 de Septiembre de 1555, a los diecisiete años de edad, con el noble checo (y futuro canciller del reino de Bohemia) Vratislao de Pernestán (1530-1582), en un momento de la historia en que los nobles checos se desposaban con damas de la Corte españolas como consecuencia de la subida al trono del rey Fernando I, hermano de Carlos V, que había nacido y sido educado en la Corte española.

                   María Maximiliana Manrique de Lara era una mujer devota, y había sido educada por las Carmelitas Descalzas, al igual que su madre Isabel. A la lejana y turbulenta Bohemia se llevó consigo en 1556, además de una firme fe, una singular reliquia familiar: la estatuilla del milagroso Niño Jesús de Praga, que había recibido de su madre Isabel como regalo de bodas, y que, siguiendo la tradición familiar, regalará a su hija Polyxena al casarse ésta con Zdenek Vojtech Popel de Lobkovic, canciller checo y representante de la joven generación de la nobleza católica checa. Esta figura representa una obra maestra del Renacimiento español y fue regalada a los carmelitas por Polyxena de Lobkowitz tras la defunción de su esposo, donde se puede ver hoy en día.




sábado, 24 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Rosa Mística

 

“Yo soy la Madre del Amor Hermoso, 
del temor, del conocimiento 
y de la santa esperanza” 

Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 24


                    La Caridad, reina de todas las virtudes, nos une tan estrechamente a Dios, nuestro Bien Supremo y nuestro fin último, que solo el pecado es capaz de disolver esta unión. El pecado, por tanto, es el único obstáculo a la presencia de la Caridad Divina en nuestras almas.

                    La unión que la Caridad establece entre el alma y Dios está lejos de ser estéril: se manifiesta en actos de amor y, en determinadas ocasiones, inspira generosos sacrificios, en honor de este mismo Dios, que nos ama con un amor que sobrepasa todos los límites y que es Él mismo el objeto principal de la virtud de la Caridad.

                    El título de "Rosa Mística", que la Iglesia otorga a María, expresa bien la presencia de esta preciosa virtud en el Alma Santísima de Nuestra Madre celestial. María era inmaculada, consagrada por completo al Señor, Su Alma exhalaba sin cesar un perfume exquisito, como el de una dulce rosa. Por lo tanto, agradó al Rey de reyes hasta tal punto que le era más querida que todas las demás criaturas juntas.

                    ¿Qué lengua podría describir las flechas de amor que la Santísima Virgen envió hacia el Dios de Su Corazón, las ardientes aspiraciones de Su Alma, al repetir con el Esposo de los Cantares: «Muéstrame, oh tú a quien ama mi alma, dónde yaces al mediodía»?. Este amor de María no fue inactivo; se expandió en actos del más noble y sublime sacrificio. Estos actos alcanzaron su cumbre en el Calvario, cuando la Madre de Jesús ofreció a Dios la Víctima Divina por la salvación de la humanidad.

                    La Santa Caridad abraza con su amor no solo a Dios, sino también al prójimo. Amar a los hombres con verdadero amor, desear su bienestar, socorrerlos en sus necesidades, consolarlos en sus aflicciones, soportar sus defectos: tales son los efectos secundarios de la excelente virtud teologal de la Caridad.

                    Nadie, después de Jesús, practicó la Caridad hacia los hombres mejor que María. De hecho, ¿no ofreció esta amorosa Madre a Dios a Su propio Hijo para la salvación del mundo y, en vista de nuestra redención, se mostró dispuesta a compartir todos los sufrimientos que Él soportaría durante Su vida mortal?. ¿No la impulsó su caridad a acompañar al Calvario a Aquel a quien amaba por encima de sí misma y a ofrecerlo al Padre Eterno por nuestros pecados?. Y ahora que María ha sido coronada en el Cielo como Reina del Universo, no cesa de cobijarnos bajo el Manto de Su Caridad maternal, implorando a Dios consuelo para los afligidos, arrepentimiento para los pecadores y perseverancia final para los justos.

                    ¡Oh María, qué hermosa Te hace esta Caridad a los ojos de Dios y de los hombres!. El brillo plateado de la luna, el dorado sol, son sólo una débil imagen de la incomparable hermosura que esta ardiente Caridad hacia Dios y los hombres Te imparte. En verdad, eres «hermosa como la luna, brillante como el sol».

                    Fue por su inmensa Caridad que Dios amó a María más que a cualquier otra criatura, pues esta virtud divina consiste precisamente en un intercambio del más tierno y sincero amor y buena voluntad entre el amante y el amado. Las siguientes palabras dichas anteriormente sobre la reina Ester son, por lo tanto, perfectamente aplicables a la Madre de Dios: «El rey la amó más que a todas las demás mujeres; y ella contaba con favor y bondad ante él por encima de todos, y él le puso la corona real en la cabeza y la hizo reina en lugar de Vasti».

                    Procura, alma mía, corresponder al amor con que Dios te ama, amándolo con todo tu corazón y procurando crecer cada día en conformidad con Su Santa Voluntad; pues sólo así se manifiesta la Caridad Divina. Pero sobre todo, procura evitar el pecado con sumo cuidado; no solo el pecado mortal, que es un obstáculo insuperable para la posesión de esta santa virtud, sino también el pecado venial, que, al disminuir el fervor de la Caridad, lleva al alma poco a poco a cometer el pecado mortal.

                    El pecado, ah, es en verdad el enemigo de nuestras almas, el mayor mal que nos puede sobrevenir sobre la tierra.

                    Santa Rosa de Lima fue la primera flor de Santidad que floreció en Sudamérica. Recibió el nombre de «Rosa» porque, con tan solo unos meses de vida, su rostro se transfiguró milagrosamente como el de una rosa hermosísima, en señal de su pureza angelical y ardiente caridad.

                    Al alcanzar la edad de la razón y estar ya dotada de bendiciones celestiales, temía envanecerse del nombre que le habían dado, considerándose indigna de llevarlo. Pero Nuestra Señora se le apareció, asegurándole que este nombre era muy querido por Su Divino Hijo; y, además, en señal de su afecto, le pidió que en adelante se llamara Rosa de Santa María.

                    De la contemplación de Dios, su único Bien, Rosa concibió tan poca estima por las cosas de este mundo y un amor tan grande por el sufrimiento, que comenzó a llevar una vida de soledad y austeridad. Su penitencia conmovía a todos los que la conocían. Trataba su cuerpo con tanta dureza que desde la planta de los pies hasta la coronilla no se encontraba en ella salud alguna. En medio de sus más duros sufrimientos, solía exclamar: «Oh, mi Señor Jesucristo, aumenta mis sufrimientos, pero aviva también la llama de Tu Divina Caridad en mi corazón».

                    Como no podía salir de casa, se unió a la Tercera Orden Seglar de Santo Domingo para conformarse cada vez más a su Divino Esposo. Se hizo una pequeña celda en un rincón del jardín de su padre y allí pasaba sus días en continua oración, sin distracciones.

                    Tal unión con Dios mereció favores insignes, como el de escuchar de nuestro bendito Señor estas palabras: «Rosa, amada de mi Corazón, serás mi Esposa». A lo que ella respondió: «Oh Señor, solo soy tu sierva. Las marcas de mi servidumbre no me permitirán ser elevada a la dignidad de tu Esposa». Pero la Santísima Virgen se le apareció con su Hijo, asegurándole que, en verdad, por la caridad que reinaba en su corazón, era digna de ser llamada Esposa de Jesús.

                    Este glorioso nombre no era un simple título honorífico, pues le inspiraba un deseo aún más fuerte de sufrir para complacer mejor al Esposo de su alma. Finalmente, consumida por la penitencia, tras haber repetido dos veces «Jesús, quédate conmigo», murió santamente en el año 1617.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



viernes, 23 de enero de 2026

YO OS ACEPTO POR MI DUEÑO Y SOBERANO

 


                    Salió de nuevo Pilato fuera, y díjoles: Ved aquí al Hombre (Jn 19, 4-5). Después de la flagelación y de la coronación de espinas, Jesús fue llevado de nuevo ante la presencia de Pilato, el cual, al verle tan llagado y desfigurado, creyó que con sólo presentarlo al pueblo se moverían los judíos a compasión. Salió, pues, a un balcón de palacio, llevando consigo a nuestro atormentado Salvador, y dijo: Ved aquí al Hombre. Como si dijera: Habitantes de Jerusalén, ya podéis daros por satisfechos con lo que ha padecido hasta ahora este inocente. Aquí tenéis el hombre; mirad a qué lamentable estado ha quedado reducido el que temíais que se proclamara vuestro rey. ¿Qué temor puede inspiraros cuando está ya para exhalar el postrer suspiro? Dejadle, pues, que se retire a su casa para que muera, ya que le quedan pocas horas de vida.

                    Salió Jesús coronado de espinas y revestido del manto de púrpura (Jn 19 5). Mira, alma mía, a tu Salvador puesto en el balcón maniatado y sujeto a los caprichos de un verdugo. Míralo cómo está casi desnudo, bañado en sangre, cubierto de llagas, con las carnes laceradas, y con aquel pedazo de púrpura, que únicamente le sirve de ludibrio, y con la corona de espinas, que prosigue atormentando su cabeza. Mira a qué extremos se ve reducido el Pastor por haber querido ir en pos de la oveja descarriada. ¡Amadísimo Jesús mío!, ¡cuántos dolores, afrentas y escarnios os hacen pasar los hombres!. Dulcísimo Jesús mío, inspiráis compasión hasta a las mismas fieras; sólo en el corazón de los hombres no halláis ni piedad ni compasión para vuestra desventura.

                    En efecto, al verle tan maltratado, los ministros y los pontífices alzaron el grito diciendo: Crucifícale, crucifícale (Jn. 19, 6). Mas ¿qué dirán, Salvador mío, estos malvados en el día del Juicio Final, cuando os vean sentado como Juez en el Trono de Majestad?. Pero ¡ay, Jesús mío! hubo también un tiempo en que desenfrenadamente me entregaba al pecado, en que yo también gritaba: Crucifícale, crucifícale. Mas ahora me arrepiento de todos mis pecados, yo os amo, Dios mío, con todo mi corazón. Perdonadme por los méritos de vuestra Pasión, para que en aquel día supremo os vea aplacado y no irritado contra mí.

                    Mientras que Pilato, desde el balcón, mostraba a Jesús al pueblo, el Eterno Padre nos presentaba también desde el cielo a su amadísimo Hijo en tan lamentable estado diciendo: Ved aquí al Hombre. Éste que aquí veis tan atormentado y vilipendiado, es Mi Hijo amadísimo, que tanto padece por vuestro amor y por expiar vuestros pecados; miradlo, dadle gracias y amadlo. Dios mío y Padre mío, me decís que mire a vuestro Hijo; también yo os suplico que pongáis en Él vuestros ojos y que por Su Amor tengáis compasión de mí.

                    Adivinando los judíos que Pilato, menospreciando sus clamores, quería libertar a Jesús, le apretaron más, queriéndole obligar a dictar sentencia de muerte contra el Salvador, so pena de tenerle por enemigo del César: Los judíos, dice San Juan, daban voces diciendo: Si sueltas a ése, no eres amigo del César, puesto que cualquiera que se hace rey, se declara contra César. Y les salió bien la cuenta, porque temiendo Pilato perder la gracia del César, sacó a Jesús fuera y sentóse en su tribunal (Jn 19, 12-13) para pronunciar contra Él sentencia de condenación. Pero atormentado todavía por los remordimientos de conciencia, pues sabía que iba a condenar a un inocente, tornó de nuevo a decir a los judíos: Mirad a vuestro Rey (Jn 19, 14-15). ¿Y a vuestro Rey tengo yo de crucificar? Pero los judíos, más irritados que la vez primera, gritaron: «Quita, quítale de en medio, crucifícale. Todavía, Pilato, nos lo presenta como a nuestro Rey; quítalo de delante, apártalo de nuestra vista y hazlo morir crucificado».

                    ¡Oh Verbo encarnado y Señor mío amadísimo! ¡habéis bajado del Cielo a la tierra para conversar con los hombres y salvarlos, y los hombres no pueden tolerar vuestra presencia en medio de ellos, e inventan mil trazas para haceros desaparecer y quitaros la vida!

                    Pilato todavía resiste y torna a replicar: ¿A vuestro Rey lo he yo de crucificar?. Y los pontífices respondieron: No tenemos Rey sino a César.

                    ¡Adorable Jesús mío!, los judíos no quieren reconoceros por su Rey y Señor, y dicen que sólo a César quieren tener por Rey; mas yo os acepto por mi dueño y soberano y declaro que sólo Vos, Redentor mío, seréis el Rey de mi corazón. Hubo un tiempo en que yo, desventurado de mí, me dejé dominar de mis pasiones, destronándoos, Rey mío, del trono de mi corazón; pero ahora mi deseo es que reinéis en él; mandad, y seréis obedecido. Os diré, pues, con Santa Teresa: «¡Oh Amor, que me amas más de lo que yo me puedo amar, ni entiendo!… Proveed Vos… para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo… Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo, y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir: Él viva, y me dé vida; Él reine, y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad». ¡Dichosa el alma que pueda decir: Vos, Jesús mío, sois mi único Rey, mi único bien, mi único amor!.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 22 de enero de 2026

ASOCIARSE A CRISTO, ÚNICO Y ETERNO SACERDOTE

 

«Comprended lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos; 
para que, al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, 
procuréis purificar vuestros miembros de todos los vicios 
y concupiscencias. Sea vuestra Doctrina medicina espiritual 
para el Pueblo de Dios; sea el aroma de vuestra vida 
el preferido de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación 
y con el ejemplo, edifiquéis la casa que es la familia de Dios» 

De la Ordenación Sacerdotal, Pontifical Romano




                    Según las enseñanzas del Divino Maestro, la perfección de la Vida Cristiana tiene su fundamento en el amor a Dios y al prójimo; pero este amor ha de ser férvido, diligente, activo. Y, si así estuviere conformado, en cierto modo encierra ya en sí todas las virtudes; y por ello, con toda razón, puede llamarse «vínculo de perfección». Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.

                    A ello, pues, viene obligado de modo particular el Sacerdote. Porque todos sus actos sacerdotales por su misma naturaleza -esto es, en cuanto que el Sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocación, y para ello ha sido adornado con un divino oficio y con carismas divinos- es necesario que tiendan a ello: pues él mismo tiene que asociar su actividad a la de Cristo, único y Eterno Sacerdote: y necesario es que siga e imite a Aquel que, durante Su vida terrenal, tuvo como fin supremo el manifestar Su ardentísimo Amor al Padre y hacer partícipes a los hombres de los infinitos tesoros de Su Corazón.

                    El principal impulso que debe mover al espíritu sacerdotal es el de unirse íntimamente con el Divino Redentor, el aceptar íntegra y dócilmente los mandatos de la doctrina cristiana, y el de llevarlos a la práctica, en todos los momentos de su vida, con tal diligencia que la fe sea la guía de su conducta y ésta, en cierto modo, refleje el esplendor de la Fe.

                    Guiado por el esplendor de esta virtud, siempre tenga fija su mirada en Cristo; siga con toda diligencia sus mandatos, sus actos y sus ejemplos; y hállese plenamente convencido de que no le basta cumplir aquellos deberes a que vienen obligados los simples fieles, sino que ha de tender cada vez más y más hacia aquella santidad que la excelsa dignidad sacerdotal exige, según manda la Iglesia: «El Clérigo debe llevar vida más santa que los seglares y servir a éstos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras».

                    La Vida Sacerdotal, del mismo modo que se deriva de Cristo, debe toda y siempre dirigirse a Él. Cristo es el Verbo de Dios, que no desdeñó tomar la naturaleza humana, que vivió su vida terrenal para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundió en torno a sí el aroma del lirio, que vivió en la pobreza, «que pasó haciendo el bien y sanando a todos»; que, en fin, se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos. Ante vuestros ojos tenéis, amados hijos, el cuadro de aquella tan admirable vida: empeñaos con todo esfuerzo por reproducirla en vosotros, acordándoos de aquella exhortación: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho».

                    Sacerdotes y amadísimos hijos, en nuestras propias manos tenemos un tesoro grande, una margarita, la más preciosa: esto es, las riquezas inagotables de la sangre del mismo Jesucristo; usemos de ellas con mayor largueza, para que, por medio del sacrificio total de nosotros mismos, ofrecido junto con Cristo al Eterno Padre, en verdad lleguemos a ser mediadores de justicia «en aquellas cosas que tocan a Dios», y así sean aceptadas benignamente nuestras plegarias, logrando impetrar aquella lluvia de gracias tan abundantes que renueven y enriquezcan a la Iglesia y a las almas todas. 


Extracto de la Exhortación Apostólica "Menti Nostrae", 
del Papa Pío XII, 23 de Septiembre de 1950





miércoles, 21 de enero de 2026

SANTA INÉS DE ROMA, Virgen y Mártir: "Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen"

 


                    Santa Inés tuvo un breve paso por la tierra, ya que partió de ella siendo adolescente, sin embargo tuvo el tiempo suficiente -gracias a la intensa y profunda Fe- para convertirse en modelo de fidelidad a su Amado Jesús, por el que entregó sin dudar la vida misma.

                    El nombre de la Mártir Santa Inés es presagio de su vida: Inés significa "pura" en griego y "cordera" en latín, y así, Inés murió pura, imitando a su amado Cristo, el Cordero de Dios.

                    Santa Inés nació alrededor del año 290. Pertenecía a una noble familia romana. La joven recibió muy buena educación cristiana y había consagrado su virginidad al Señor Jesús.

                    Debido a la riquezas familiar y a la hermosura de su rostro y figura, la Santa fue pretendida por varios hombres, incluso por el hijo del alcalde de Roma, que le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Sin embargo, Inés, fiel a su Esposo Jesús, le respondió: "He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta". Ante esta negativa, él la denunció como cristiana al gobernador... y es que en ese tiempo acontecía la cruel persecución del emperador Diocleciano.

                    El gobernador intentaba persuadirla con amenazas, pero ellas no alcanzaron para que la joven desistiera de la Fe Católica: estaba enamorada de Cristo y eso le hacía perseverar y no ceder ante el temor de la tortura.

                    Al no lograr convencerla, el gobernador la envió a una casa de prostitución, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercarse a ella, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la Santa. Ningún hombre pudo profanar ese cuerpo virgen, templo del Señor. El gobernador, enfurecido ante la perseverancia de la joven en su entrega a Cristo, la condenó a ser decapitada. La apresó y la amenazó de muchas maneras pero todo resultó en vano; ante el firme propósito de Inés el gobernador finalmente resuelve condenarla a muerte degollada.

                    En el momento de morir le dice al gobernador, que aún la intentaba persuadir de que renegara de su Fe y entrega a Jesús a cambio de perdonarle la vida: "La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo?. Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer". No quedó lugar sin herida en aquel cuerpo tan pequeño.

                    Llegado el momento del martirio, reza y espera sin temor la llegada de su propia muerte. La Santa Iglesia introdujo su nombre en el Canon de la Misa.



El Papa Pío XII bendice los corderos de Santa Inés

                    Sus restos fueron enterrados en la Vía Nomentana, en las llamadas catacumbas de Santa Inés. Aún hoy, el 21 de Enero de cada año, se bendicen en este lugar dos corderos con cuya lana se teje el Pallium del Papa y de los Arzobispos Metropolitanos: los dos animales son bendecidos por el Abad de la Congregación de Canónigos Regulares de Letrán o por el Cardenal titular de la Basílica de Santa Inés Extramuros. 

                    Tras el Oficio, donde los corderos serán rociados con agua bendita e incensados, los sacerdotes mendicantes recogen los dos corderos y, junto con la delegación capitular, los llevan al Sumo Pontífice, quien los bendice de nuevo y ordena que sean trasladados al monasterio de Santa Cecilia en Trastevere para que las monjas puedan alimentarlos y cuidarlos hasta su esquila en Pascua. 

                    La lana, tratada según procedimientos antiguos e inalterados, se utilizará para tejer los palios. Estos serán llevados a San Pedro en la Natividad del Bautista y colocados sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, donde, en la Vigilia de los Santos Pedro y Pablo, serán bendecidos por el Papa.



martes, 20 de enero de 2026

PAPA SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN, Mártires de Cristo

 


SAN FABIÁN, PAPA

               Fue el vigésimo Papa de la Iglesia católica, ejerciendo entre los años 236 y 250.

                    Elegido Papa durante las persecuciones que contra los cristianos había ordenado el Emperador Decio, las extraordinarias circunstancias de la misma fueron relatadas por el historiador Eusebio de Cesarea, quien en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia relata cómo estando reunidos los electores para seleccionar al sucesor del Papa Antero, una paloma se posó sobre Fabián, un granjero laico que se encontraba en Roma accidentalmente y como simple espectador. El pueblo tomó esto como una señal milagrosa de Dios que escogía a Fabián como su candidato e inmediatamente procedieron a ordenarlo Sacerdote y Obispo.

                    Debido al crecimiento de Roma, San Fabián dividió la ciudad en siete distritos poniendo a cargo de cada uno de ellos a un diácono para su gobierno y administración; el nuevo Papa además consagró a varios Obispos, entre ellos a San Denis de París al que envió a misionar las Galias, y según la Tradición, Fabián instituyó las cuatro órdenes menores (ostiario, lector, exorcista y acólito) previas al Sacerdocio. Estableció que todos los años el Jueves Santo fuese renovado el Santo Crisma y que se quemara el del año anterior. También reguló que el Santo Crisma debería prepararse con aceite mezclado con bálsamo.

                    San Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, bajo la persecución de Decio y fue enterrado en la catacumba de San Calixto.


SAN SEBASTIÁN, MILITAR

               San Sebastián nació alrededor del año 256; al era hijo de familia militar y noble, oriundo de Narbona, Galia (actual Francia), pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera corte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el Emperador Marco Aurelio Valerio Maximiano, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Entró a la vida militar en el 269, para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. En cierta ocasión, un cristiano, futuro mártir, estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio. Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

                    Pero un día lo denunciaron ante el Emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser martirizado. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del Emperador fue atravesado a flechazos. Aunque lo dieron por muerto, Sebastián fue rescatado por sus amigos y cuidado hasta su recuperación por una noble cristiana llamada Irene. A pesar de las advertencias para que huyera, Sebastián decidió permanecer en Roma, desafiando así al emperador Diocleciano y exhortándolo a abandonar el paganismo.

                    La sorprendente supervivencia de Sebastián desconcertó al emperador, quien ordenó su ejecución nuevamente, esta vez por golpes y garrote. Su cuerpo fue arrojado a un pozo, pero fue recuperado por devotos y enterrado con los honores debidos en la Vía Apia, en la catacumba que hoy lleva su nombre. San Sebastián falleció en el año 288.




sábado, 17 de enero de 2026

"MI HIJO SE DEJA CONMOVER". NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA DE PONTMAIN

 



                    A mediados de Enero de 1871 el ejército pruso dominaba dos terceras partes de Francia y estaba a pocas millas de la villa de Pontmain (unos 500 habitantes). En la zona se desató una epidemia El 17 de Enero, a eso de las 12:30, hubo un terremoto en Pontmain. Todo iba mal. La gente escondía sus pertenencias para evitar que cayesen en manos de los prusos. Decían desesperados: "Para qué rezar. Dios no nos oye".

                    El Padre Guerin, que había sido el párroco por 35 años y había reconstruido la iglesia destruida por la Revolución Francesa, pidió a los niños que oren a la Virgen por protección. Entre esos niños había dos hermanos muy piadosos: Eugenio y José Barbadette. El martes 17 de Enero habían comenzado como monaguillos en la Santa Misa, recitando el Rosario y haciendo las estaciones de la cruz por las intenciones del hermano mayor que había sido reclutado por el ejército francés.

                    Esa misma noche uno de los hermanos, Eugenio, de 12 años de edad, salía del establo de su familia cuando vio en el cielo una hermosa señora, en el aire, unos 20 pies por encima de los techos. La señora tenía un vestido azul oscuro cubierto de estrellas doradas, un velo negro y una corona de oro. Sus brazos extendidos como en la medalla milagrosa pero sin los rayos. Eugenio se quedó mirándola con asombro por unos 15 minutos. Cuando su padre y su hermano de 10 años, José, salieron del establo, Eugenio grito: "¡Miren allí! ¡Encima de la casa! ¿Qué ven?" José describió a la Señora tal cual como lo hizo Eugenio. Pero el padre no la vio y les ordenó con severidad que regresen al establo a preparar el alimento de los caballos. Sin embargo, un poco después, el padre les dijo que salgan y miren de nuevo. Otra vez la vieron. José repetía: "¡Qué bella es!, ¡Qué bella es!". La madre de los niños, Victoria Barbadette, vino entonces y le dijo a José que se callara porque estaba llamando la atención de los vecinos. Sabiendo que los niños eran honestos y no mentían, dijo: "Es quizás la Virgen Santísima quien se os aparece. Ya que la ven, recemos cinco padrenuestros y cinco avemarías en su honor".


                    Después de recitar las oraciones en el establo, para no llamar la atención, la Señora Barbadette preguntó a sus hijos si todavía veían a la Señora. Cuando dijeron que sí, ella fue a buscar sus lentes y regresó con su hermana Louise, pero ninguna de las dos vio a la Señora.


                    La Sra. Barbadette llamó a las hermanas religiosas y le advirtió a sus hijos: "Las hermanas son mejores que ustedes. Si ustedes ven, ellas ciertamente también verán." La hermana Vitaline no pudo ver a la Virgen pero ella sabía que los niños eran honestos. Entonces fue a la casa de un vecino y le pidió a dos niñas pequeñas, Francoise Richer (11 años) y Jeanne-Marie Lebosse que fueran con ella. Las niñas vieron a la Virgen y la describieron igual que los niños.
                    Llega entonces la Hermana Marie Edouard y al escuchar lo que decían las niñas, fue a buscar al Padre Guerin y a otro niño, Eugenio Friteau (6 años y medio). Eugenio también vio a la Virgen. Para entonces había unas 50 personas reunidas. Agustín Boitin, un niño de sólo 25 meses quiso alcanzar la Virgen y dijo: "¡El Jesús! ¡El Jesús!" Sólo estos seis niños podían ver a la Virgen. Los adultos no podían ver a la Virgen pero sí las tres estrellas que aparecieron junto a la Virgen.
                    La Virgen se puso triste porque la gente no creía a los niños y estaban discutiendo. Entonces el Padre Guerin les pidió que se callaran y rezaran. Dijo: "Si solo los niños la ven es porque ellos son más dignos que nosotros". La gente se arrodilló y rezaron el Rosario. La expresión de la Virgen demostraba que ella estaba atenta a las oraciones. Gradualmente esto causó que la Virgen apareciera más alta y bella.


                    Gradualmente apareció bajo los pies de la Virgen un mensaje en letras doradas que los niños deletrearon en voz alta: "Pero, recen Mis hijos".


                    La Hermana Marie Edouard entonces dirigió a los presentes en el canto de las letanías de la Santísima Virgen. El mensaje continuó: "Dios pronto os concederá lo que piden" . Llegó la noticia de que el ejército enemigo estaba en Laval, muy cerca de Pontmain. El mensaje del cielo continuó: "Mi Hijo se deja conmover".


                    Cuando los niños anunciaron este mensaje, el Padre Guerin le pidió a todos que cantaran un himno de alabanza. La Hermana Marie Edouard dijo, "¡Madre de Esperanza, tan dulce nombre, protege nuestro país, ruega por nosotros, ruega por nosotros!" Los niños exclamaban: "¡Que bella es!".


                    Al final del himno, el mensaje desapareció. La gente entonces cantó un himno de arrepentimiento y reparación a Jesús. Entonces lo niños exclamaron: "¡Miren, se está poniendo triste otra vez!".


                    Frente a la Virgen apareció un crucifijo color de sangre. Encima de este, una inscripción en letras mayúsculas y rojas con un fondo blanco: "JESUCRISTO". La Virgen miraba a la Cruz y sus labios temblaban de emoción. José recordó ese momento toda su vida y escribió: "Unos meses más tarde vi a mi propia madre sobrecogida de dolor por la muerte de mi padreUno sabe cuanto esa escena puede afectar el corazón de un niño. Sin embargo, recuerdo que pensé que la angustia de mi madre no era nada en comparación con la de la Virgen María."



Imagen auténtica de los principales videntes de la Aparición de Pontmain

                    Mientras rezaban llegó un carretero con la noticia de que los prusos habían tomado la cercana ciudad de Laval. La gente respondió, "Aun si (los prusos) estuviesen a la entrada del pueblo, ya no debemos temer!" A las 8:30 p.m., la gente cantó, "Ave, Maris Stella" y el crucifijo desapareció. Ella de nuevo sonrió y dos pequeñas cruces aparecieron sobre sus hombros. Ella bajó sus manos y un velo blanco la fue cubriendo desde los pies hasta la corona.


                    Alrededor de las 8:45 p.m., los niños dijeron: "ha terminado". Durante el tiempo preciso de la aparición, el general pruso Von Schmidt, que estaba listo para arrasar con el pueblo de Laval en dirección a Pontmain, recibió órdenes del alto mando de no tomar la ciudad. La invasión de la Bretaña nunca se efectuó ya que el 28 de Enero, 11 días después de la aparición, se firmó el armisticio entre Francia y Prusia.


                    La intercesión milagrosa de la Madre Bendita trajo la paz. Los 38 soldados de Pontmain regresaron sin un rasguño. Los dos hermanos videntes de la Virgen María, Eugenio y José, se hicieron sacerdotes; una de las niñas Jean-Mary Lebossé se hizo monja, y la otra, Francisca, maestra. En su vida nunca faltaron agravios por parte de aquellos que no creían en la intervención divina de Nuestra Señora.


                    En la Fiesta de la Purificación, el 2 de Febrero de 1872, el Obispo Wicart de la Diócesis de Laval, publicó una carta pastoral otorgando aprobación canónica a la Aparición. El Papa Pío XI concedió la Misa y el Oficio en honor a Nuestra Señora de la Esperanza de Pontmain. La Virgen fue coronada solemnemente por el Cardenal Verdier, Arzobispo de París el 24 de Julio de 1934.





viernes, 16 de enero de 2026

UN DIOS TAN ENAMORADO DE LOS HOMBRES

 


                    El Amador de las almas, nuestro adorable Redentor, declaró que había bajado del cielo a la tierra para encender en el corazón de los hombres el fuego de Su Santo Amor. Fuego vine a traer a la tierra, dice San Lucas, ¿y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). ¡Ah! ¡Y qué incendios de Caridad no ha levantado en muchas almas, especialmente al patentizar por los dolores de su pasión y muerte el amor inmenso que nos tiene! ¡Cuántos enamorados corazones ha habido que en las llagas de Cristo, como en hogueras de Amor, se han inflamado de tal suerte, que para corresponderle con el Suyo no titubearon en consagrarle sus bienes, su vida y todas sus cosas, superando con gran entereza de ánimo todas las dificultades que les salían al paso para estorbarles el cumplimiento de la Ley Divina, guiados por el Amor de Jesús, que, no obstante ser Dios, quiso padecer tanto por amor nuestro!.

                    ¿Y qué es lo que nos aconseja el Apóstol para correr sin cansarnos por el camino que nos conduce al Cielo?. Pues considerar, nos dice, considerar atentamente a Aquel Señor, que sufrió tal contradicción de los pecadores contra Su misma Persona, a fin de que no desmayéis perdiendo vuestros ánimos (Hb 12, 3).

                    Por esto el enamorado San Agustín, o quien quiera que sea el autor de esta oración, contemplando a Jesús crucificado y cubierto de llagas, exclama: «Graba, Señor, Tus Llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer Tu dolor y Tu Amor; tu dolor, para soportar por Ti toda suerte de dolores; Tu Amor, para menospreciar por el Tuyo todos los demás amores.» Porque teniendo ante mis ojos el retablo de los muchos trabajos que por mí, Dios Santo, has padecido, sufriré con paz y alegría todas las penas que me sobrevengan, y en presencia de las pruebas de infinito Amor que en la Cruz me diste, ya nada amaré ni podré amar fuera de Ti.

Los Santos aprendieron en la Pasión de Cristo a padecer y amar de veras

                    ¿De dónde, decidme, sacaron los Santos valor y entereza para soportar tantos géneros de tormentos, de martirios y de muertes, sino de la Pasión de Jesús Crucificado?. Al ver San José de Leonisa, religioso capuchino, que querían atarle con cuerdas, porque el cirujano tenía que hacerle una dolorosa operación, el Santo, tomando en las manos el Crucifijo, exclamó: «¡Cuerdas!, ¿para qué las quiero yo? Aquí tengo a mi Señor Jesucristo clavado en la Cruz por mi amor, éstas son las cadenas que me atan y me obligan a soportar cualquier tormento por Su Amor.» Y tendido en la mesa, sufrió la operación sin exhalar una queja (Z. Boverio, Anales de los Capuchinos, A. 1612, núm. 155.) pensando en Jesús, que, como profetizó Isaías, guardaba silencio, sin abrir siquiera la boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila (Is 53, 7). ¿Quién podrá decir que padece sin razón al ver a Jesús despedazado por nuestras maldades? (Is 53, 5). ¿Quién rehusará sujetarse a obediencia, so pretexto de que le mortifica, al recordar que Jesús fue obediente hasta morir? (Fil 11, 8). ¿Quién se atreverá a hurtar el cuerpo de la humillación viendo a Jesús tratado como loco, como rey de burlas y como malhechor; al verle abofeteado, escupido y clavado en un patíbulo infame?.

                    Y ¿quién podrá amar a las criaturas y olvidarse del Amor de Jesús al verle morir sumergido en el piélago de dolores y desprecios para ganar nuestro amor?. Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto Amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 

                    Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la Divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: ¡Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habías de impedir para mayor bien?. ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes, sino de Vos?…» Y luego añade: «Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (Vida, cap. 22. Obras, 1, 165-169.).

                    Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo se pierden muchos Cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (Luis de la Puente. Vida, cap. III, 2).

El Crucifijo, Escuela de Santidad

                    «Si quieres, alma devota, crecer siempre de virtud en virtud y de gracia en gracia, procura meditar todos los días de la Pasión de Jesucristo.» Esto es de San Buenaventura, y añade: «No hay ejercicio más a propósito para santificar tu alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo».

                    San Agustín añade «que vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo que hacer una peregrinación a Jerusalén y ayunar a pan y agua durante un año» (Citado por Bernardino de Bustos, O.M. Rosarium Sermonum, p. 11. Sermón 15). En efecto, si nuestro amantísimo Salvador padeció tantos trabajos, fue para que de continuo los recordásemos, porque pensando en ellos es de todo punto imposible que no ardamos en las llamas de Su Santo Amor. La Caridad de Cristo, dice San Pablo, nos hace fuerza (2 Cor 5, 14). Pocos son los que aman a Jesucristo, porque son también pocos los que se detienen a pensar lo mucho que por nosotros padeció; al paso que no puede vivir sin amarle el que con frecuencia medita en Su Dolorosa Pasión, porque la Caridad de Cristo nos fuerza a amarle; de tal modo se sentirá apretado por Su Amor, que no podrá resistir a las caricias de un Dios tan enamorado de los hombres y que tanto ha padecido por ellos.

El Crucifijo, escuela de Divina Sabiduría

                    El apóstol San Pablo decía que sólo ambicionaba saber la ciencia del Crucificado, es decir, el Amor que nos manifestó desde el madero de la Cruz. No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, escribe a los Corintios, que a Jesucristo, y Éste crucificado (1 Cor 2, 2). Y a la verdad, ¿en qué libro podemos aprender la ciencia de los santos, que consiste en amar a Dios, mejor que en Jesús crucificado?. El gran Siervo de Dios Fray Bernardo de Corleón, religioso capuchino, no sabía leer; al ver que sus hermanos de religión le querían enseñar, Bernardo pidió consejo al Crucifijo, y Jesucristo desde la Cruz le respondió: «Te sobran los libros; no te hacen falta lecturas; Yo Soy libro abierto donde puedes leer de continuo el Amor que te he manifestado (Vida de Fray Bernardo de Corleón, por Gabriel de Modigliana, l. 1, cap, XII.). El asunto más grande y más digno de nuestra meditación durante la vida y por toda la Eternidad es la muerte de un Dios por amor del hombre.

                    Visitando cierto día Santo Tomás a San Buenaventura, le preguntó de qué libro había sacado tan excelente y copiosa doctrina como ponía en sus obras. San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé, aquí lo he aprendido» (Wadingo, Anales Minorum, año 1260, n. 20.).



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                    Todos los Santos han aprendido en el libro del Crucifijo el arte de amar a Dios. Fray Juan de Alvernia no podía detener las lágrimas que brotaban de sus ojos con sólo ponerlos en las llagas de Jesús (Wadingo, Anales Minorum, año 1259, n. 7.). Cuando Fray Jacobo de Tuderto oía leer la Pasión del Redentor, no sólo derramaba torrentes de lágrimas, sino que henchía los aires con gritos desgarradores, que daban claro indicio del incendio de amor divino que ardía en su pecho (Wadingo, Anales Minorum, año 1238, n. 38 y 40.).

                    Estudiando San Francisco de Asís los dolores de Jesucristo, llegó a trocarse en Serafín de Amor (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo XIII, n. 3. Obras Vlll, 1898, pág. 542.). Tantas lágrimas derramó meditando las amarguras de Jesucristo, que estuvo a punto de perder la vista (Marcos de Lisboa, Crónica de S. Francisco, p. 1, lib. 1, Cap. 86.). Encontráronle cierto día hechos fuentes los ojos y lamentándose a grandes voces. Cuando le preguntaron qué tenía respondió: «¡Qué he de tener!… Lloro los dolores y las ignominias de mi Señor, y lo que me causa mayor tormento, añadió, es ver la ingratitud de los hombres que no Le aman y viven de Él olvidados (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, p. 1, lib. 1, cap. 86.). Bastábale oír el balido de un cordero para romper en amargas lágrimas y suspiros pensando en la Muerte de Jesucristo, cordero sin mancilla, sacrificado en el Ara de la Cruz por nuestros  pecados (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo VIII, n. 6.), y por esto el Santo enamorado del Divino Crucificado, no se cansaba de exhortar a sus hermanos a que pensasen siempre en la Pasión de Jesús (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, loc. cit.).

                    Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los Santos, debemos leer de continuo, para aprender a aborrecer el pecado, y a inflamarnos en el Amor de un Dios tan amante; porque en las Llagas de Cristo leeremos la malicia del pecado, que Le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia Divina, y las pruebas de Amor que Jesucristo nos ha tenido, sufriendo tantos dolores cabalmente para declararnos lo mucho que nos amaba.

                    Pidamos a María, Madre de Dios, que nos alcance de Su Hijo la gracia de entrar en aquellas hogueras de Amor donde se han inflamado tantos corazones, a fin de que, purificados de todos los afectos terrenos, podamos arder en aquellas felices llamas que santifican a las almas en la tierra y las hacen bienaventuradas en el Cielo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




jueves, 15 de enero de 2026

ASISTIR A TODAS LAS SANTAS MISAS

 


                    Santa Margarita María de Alacoque, la confidente más destacada del Sagrado Corazón de Jesús, amó con todo su alma el Santo Sacrificio de la Misa; desde muy corta edad intuía su importancia, tal vez por eso, siendo apenas una niña, hizo voto de castidad durante una Santa Misa, justo en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia.

                    Siempre que acudía a una iglesia -y luego siendo ya religiosa de la Visitación- buscaba el lugar más cercano al Sagrario, como arrimándose al Corazón de Aquél que era su vida entera. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía:

                    "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a Mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura".

                    Para Santa Margarita María la Misa cotidiana le sabía frente a sus ansias de amar a Jesús Sacramentado, por esa hubiera querido asistir a todas las Santas Misas que se celebraban en el mundo entero. Desde lo más íntimo de su alma se unía en espíritu a todas las Misas del día; ese deseo lo transmitiría a las jóvenes religiosas a las que animaba a emularla en su santo deseo diciéndoles: “Ofrezcan a Dios todas las Misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus Santos Ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

                    La Santa confidente del Sagrado Corazón nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía: “No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en Su Presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”



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miércoles, 14 de enero de 2026

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA BUENA MUERTE

  


                    San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, hasta Su ingreso en el Cielo.

                    San José murió poco antes de comenzar Jesús Su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná -hubiera sido, de no ser así lógica su asistencia-, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz ¡jamás habría abandonado San José a Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús recomienda los cuidados de Su propia Madre a San Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a Su Castísimo Esposo.

                    La Tradición sitúa la muerte de San José entre los 50-55 años, asistido en su última enfermedad por Jesús y María: Jesús, entonces adolescente, le animaría a esperar la Felicidad Eterna, prometida a los que aman al Señor, mientras que Nuestra Señora le consolaría, recordándole su misión como padre adoptivo del Salvador... La muerte de San José fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo, es por eso que la Piedad Católica lo ha considerado Patrón de la Buena Muerte y especial Protector de los agonizantes.

                    Algunos teólogos son de la opinión que el cuerpo de San José, unido a su alma, se encuentra también glorioso en el Cielo, compartiendo con Jesús y María la Eterna Bienaventuranza. Se considera que la plena glorificación del Patriarca San José tuvo lugar probablemente después de la Resurrección de Jesús. Uno de los fundamentos en que se basa esta doctrina, moralmente unánime desde el siglo XVI, es el dato que aporta el Evangelista San Mateo de los sucesos que ocurrieron a la Muerte del Señor "...muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron." (1) Doctores de la Iglesia y teólogos piensan que Jesús, al escoger una escolta de resucitados para afirmar Su propia Resurrección y dar más realce a Su Triunfo sobre la muerte, incluiría en primer lugar a Su padre adoptivo.

                    ¡Cómo sería el nuevo encuentro de Jesús y San José! "El Glorioso Patriarca -afirma San Francisco de Sales- tiene en el Cielo un crédito grandísimo con Aquél que tanto le favoreció, conduciéndole al Cielo en cuerpo y alma (...) ¿Cómo iba a negarle esta gracia a quien toda la vida obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús, le diría: Señor mío, acuérdate de que cuando bajaste del Cielo a la tierra te recibí en mi familia y en mi casa, y cuando apareciste sobre el mundo Te estreché con ternura entre mis brazos. Ahora tómame en los Tuyos y, como Te alimenté y Te conduje durante Tu vida mortal, cuida Tú de conducirme a la Vida Eterna."

                    La excelsitud y el grado de Gloria que recibió el Santo Patriarca José, proporcionalmente a su misión y a los done otorgados, ha de colocarse, después de Santísima Virgen, en el más alto lugar. (2)

                    El Patrocinio de San José, por ser Universal, se extiende a la Iglesia Triunfante (en el Cielo), la Purgante (las Almas retenidas en el Purgatorio) y la Militante, que es aquella que formamos los bautizados que aún permanecemos en este mundo. San José fue el Custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia, por eso, si está unido para siempre con su Hijo y su Esposa, es lógico también que proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia nacida en el Santo Hogar de Nazareth. 



NOTAS ACLARATORIAS


        1- Evangelio de San Mateo, cap. 27, vers. 52 .

        2- La Santa Iglesia Católica tributa a San José el singular culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.