sábado, 17 de enero de 2026

"MI HIJO SE DEJA CONMOVER". NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA DE PONTMAIN

 



                    A mediados de Enero de 1871 el ejército pruso dominaba dos terceras partes de Francia y estaba a pocas millas de la villa de Pontmain (unos 500 habitantes). En la zona se desató una epidemia El 17 de Enero, a eso de las 12:30, hubo un terremoto en Pontmain. Todo iba mal. La gente escondía sus pertenencias para evitar que cayesen en manos de los prusos. Decían desesperados: "Para qué rezar. Dios no nos oye".

                    El Padre Guerin, que había sido el párroco por 35 años y había reconstruido la iglesia destruida por la Revolución Francesa, pidió a los niños que oren a la Virgen por protección. Entre esos niños había dos hermanos muy piadosos: Eugenio y José Barbadette. El martes 17 de Enero habían comenzado como monaguillos en la Santa Misa, recitando el Rosario y haciendo las estaciones de la cruz por las intenciones del hermano mayor que había sido reclutado por el ejército francés.

                    Esa misma noche uno de los hermanos, Eugenio, de 12 años de edad, salía del establo de su familia cuando vio en el cielo una hermosa señora, en el aire, unos 20 pies por encima de los techos. La señora tenía un vestido azul oscuro cubierto de estrellas doradas, un velo negro y una corona de oro. Sus brazos extendidos como en la medalla milagrosa pero sin los rayos. Eugenio se quedó mirándola con asombro por unos 15 minutos. Cuando su padre y su hermano de 10 años, José, salieron del establo, Eugenio grito: "¡Miren allí! ¡Encima de la casa! ¿Qué ven?" José describió a la Señora tal cual como lo hizo Eugenio. Pero el padre no la vio y les ordenó con severidad que regresen al establo a preparar el alimento de los caballos. Sin embargo, un poco después, el padre les dijo que salgan y miren de nuevo. Otra vez la vieron. José repetía: "¡Qué bella es!, ¡Qué bella es!". La madre de los niños, Victoria Barbadette, vino entonces y le dijo a José que se callara porque estaba llamando la atención de los vecinos. Sabiendo que los niños eran honestos y no mentían, dijo: "Es quizás la Virgen Santísima quien se os aparece. Ya que la ven, recemos cinco padrenuestros y cinco avemarías en su honor".


                    Después de recitar las oraciones en el establo, para no llamar la atención, la Señora Barbadette preguntó a sus hijos si todavía veían a la Señora. Cuando dijeron que sí, ella fue a buscar sus lentes y regresó con su hermana Louise, pero ninguna de las dos vio a la Señora.


                    La Sra. Barbadette llamó a las hermanas religiosas y le advirtió a sus hijos: "Las hermanas son mejores que ustedes. Si ustedes ven, ellas ciertamente también verán." La hermana Vitaline no pudo ver a la Virgen pero ella sabía que los niños eran honestos. Entonces fue a la casa de un vecino y le pidió a dos niñas pequeñas, Francoise Richer (11 años) y Jeanne-Marie Lebosse que fueran con ella. Las niñas vieron a la Virgen y la describieron igual que los niños.
                    Llega entonces la Hermana Marie Edouard y al escuchar lo que decían las niñas, fue a buscar al Padre Guerin y a otro niño, Eugenio Friteau (6 años y medio). Eugenio también vio a la Virgen. Para entonces había unas 50 personas reunidas. Agustín Boitin, un niño de sólo 25 meses quiso alcanzar la Virgen y dijo: "¡El Jesús! ¡El Jesús!" Sólo estos seis niños podían ver a la Virgen. Los adultos no podían ver a la Virgen pero sí las tres estrellas que aparecieron junto a la Virgen.
                    La Virgen se puso triste porque la gente no creía a los niños y estaban discutiendo. Entonces el Padre Guerin les pidió que se callaran y rezaran. Dijo: "Si solo los niños la ven es porque ellos son más dignos que nosotros". La gente se arrodilló y rezaron el Rosario. La expresión de la Virgen demostraba que ella estaba atenta a las oraciones. Gradualmente esto causó que la Virgen apareciera más alta y bella.


                    Gradualmente apareció bajo los pies de la Virgen un mensaje en letras doradas que los niños deletrearon en voz alta: "Pero, recen Mis hijos".


                    La Hermana Marie Edouard entonces dirigió a los presentes en el canto de las letanías de la Santísima Virgen. El mensaje continuó: "Dios pronto os concederá lo que piden" . Llegó la noticia de que el ejército enemigo estaba en Laval, muy cerca de Pontmain. El mensaje del cielo continuó: "Mi Hijo se deja conmover".


                    Cuando los niños anunciaron este mensaje, el Padre Guerin le pidió a todos que cantaran un himno de alabanza. La Hermana Marie Edouard dijo, "¡Madre de Esperanza, tan dulce nombre, protege nuestro país, ruega por nosotros, ruega por nosotros!" Los niños exclamaban: "¡Que bella es!".


                    Al final del himno, el mensaje desapareció. La gente entonces cantó un himno de arrepentimiento y reparación a Jesús. Entonces lo niños exclamaron: "¡Miren, se está poniendo triste otra vez!".


                    Frente a la Virgen apareció un crucifijo color de sangre. Encima de este, una inscripción en letras mayúsculas y rojas con un fondo blanco: "JESUCRISTO". La Virgen miraba a la Cruz y sus labios temblaban de emoción. José recordó ese momento toda su vida y escribió: "Unos meses más tarde vi a mi propia madre sobrecogida de dolor por la muerte de mi padreUno sabe cuanto esa escena puede afectar el corazón de un niño. Sin embargo, recuerdo que pensé que la angustia de mi madre no era nada en comparación con la de la Virgen María."



Imagen auténtica de los principales videntes de la Aparición de Pontmain

                    Mientras rezaban llegó un carretero con la noticia de que los prusos habían tomado la cercana ciudad de Laval. La gente respondió, "Aun si (los prusos) estuviesen a la entrada del pueblo, ya no debemos temer!" A las 8:30 p.m., la gente cantó, "Ave, Maris Stella" y el crucifijo desapareció. Ella de nuevo sonrió y dos pequeñas cruces aparecieron sobre sus hombros. Ella bajó sus manos y un velo blanco la fue cubriendo desde los pies hasta la corona.


                    Alrededor de las 8:45 p.m., los niños dijeron: "ha terminado". Durante el tiempo preciso de la aparición, el general pruso Von Schmidt, que estaba listo para arrasar con el pueblo de Laval en dirección a Pontmain, recibió órdenes del alto mando de no tomar la ciudad. La invasión de la Bretaña nunca se efectuó ya que el 28 de Enero, 11 días después de la aparición, se firmó el armisticio entre Francia y Prusia.


                    La intercesión milagrosa de la Madre Bendita trajo la paz. Los 38 soldados de Pontmain regresaron sin un rasguño. Los dos hermanos videntes de la Virgen María, Eugenio y José, se hicieron sacerdotes; una de las niñas Jean-Mary Lebossé se hizo monja, y la otra, Francisca, maestra. En su vida nunca faltaron agravios por parte de aquellos que no creían en la intervención divina de Nuestra Señora.


                    En la Fiesta de la Purificación, el 2 de Febrero de 1872, el Obispo Wicart de la Diócesis de Laval, publicó una carta pastoral otorgando aprobación canónica a la Aparición. El Papa Pío XI concedió la Misa y el Oficio en honor a Nuestra Señora de la Esperanza de Pontmain. La Virgen fue coronada solemnemente por el Cardenal Verdier, Arzobispo de París el 24 de Julio de 1934.





viernes, 16 de enero de 2026

UN DIOS TAN ENAMORADO DE LOS HOMBRES

 


                    El Amador de las almas, nuestro adorable Redentor, declaró que había bajado del cielo a la tierra para encender en el corazón de los hombres el fuego de Su Santo Amor. Fuego vine a traer a la tierra, dice San Lucas, ¿y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). ¡Ah! ¡Y qué incendios de Caridad no ha levantado en muchas almas, especialmente al patentizar por los dolores de su pasión y muerte el amor inmenso que nos tiene! ¡Cuántos enamorados corazones ha habido que en las llagas de Cristo, como en hogueras de Amor, se han inflamado de tal suerte, que para corresponderle con el Suyo no titubearon en consagrarle sus bienes, su vida y todas sus cosas, superando con gran entereza de ánimo todas las dificultades que les salían al paso para estorbarles el cumplimiento de la Ley Divina, guiados por el Amor de Jesús, que, no obstante ser Dios, quiso padecer tanto por amor nuestro!.

                    ¿Y qué es lo que nos aconseja el Apóstol para correr sin cansarnos por el camino que nos conduce al Cielo?. Pues considerar, nos dice, considerar atentamente a Aquel Señor, que sufrió tal contradicción de los pecadores contra Su misma Persona, a fin de que no desmayéis perdiendo vuestros ánimos (Hb 12, 3).

                    Por esto el enamorado San Agustín, o quien quiera que sea el autor de esta oración, contemplando a Jesús crucificado y cubierto de llagas, exclama: «Graba, Señor, Tus Llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer Tu dolor y Tu Amor; tu dolor, para soportar por Ti toda suerte de dolores; Tu Amor, para menospreciar por el Tuyo todos los demás amores.» Porque teniendo ante mis ojos el retablo de los muchos trabajos que por mí, Dios Santo, has padecido, sufriré con paz y alegría todas las penas que me sobrevengan, y en presencia de las pruebas de infinito Amor que en la Cruz me diste, ya nada amaré ni podré amar fuera de Ti.

Los Santos aprendieron en la Pasión de Cristo a padecer y amar de veras

                    ¿De dónde, decidme, sacaron los Santos valor y entereza para soportar tantos géneros de tormentos, de martirios y de muertes, sino de la Pasión de Jesús Crucificado?. Al ver San José de Leonisa, religioso capuchino, que querían atarle con cuerdas, porque el cirujano tenía que hacerle una dolorosa operación, el Santo, tomando en las manos el Crucifijo, exclamó: «¡Cuerdas!, ¿para qué las quiero yo? Aquí tengo a mi Señor Jesucristo clavado en la Cruz por mi amor, éstas son las cadenas que me atan y me obligan a soportar cualquier tormento por Su Amor.» Y tendido en la mesa, sufrió la operación sin exhalar una queja (Z. Boverio, Anales de los Capuchinos, A. 1612, núm. 155.) pensando en Jesús, que, como profetizó Isaías, guardaba silencio, sin abrir siquiera la boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila (Is 53, 7). ¿Quién podrá decir que padece sin razón al ver a Jesús despedazado por nuestras maldades? (Is 53, 5). ¿Quién rehusará sujetarse a obediencia, so pretexto de que le mortifica, al recordar que Jesús fue obediente hasta morir? (Fil 11, 8). ¿Quién se atreverá a hurtar el cuerpo de la humillación viendo a Jesús tratado como loco, como rey de burlas y como malhechor; al verle abofeteado, escupido y clavado en un patíbulo infame?.

                    Y ¿quién podrá amar a las criaturas y olvidarse del Amor de Jesús al verle morir sumergido en el piélago de dolores y desprecios para ganar nuestro amor?. Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto Amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 

                    Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la Divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: ¡Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habías de impedir para mayor bien?. ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes, sino de Vos?…» Y luego añade: «Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (Vida, cap. 22. Obras, 1, 165-169.).

                    Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo se pierden muchos Cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (Luis de la Puente. Vida, cap. III, 2).

El Crucifijo, Escuela de Santidad

                    «Si quieres, alma devota, crecer siempre de virtud en virtud y de gracia en gracia, procura meditar todos los días de la Pasión de Jesucristo.» Esto es de San Buenaventura, y añade: «No hay ejercicio más a propósito para santificar tu alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo».

                    San Agustín añade «que vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo que hacer una peregrinación a Jerusalén y ayunar a pan y agua durante un año» (Citado por Bernardino de Bustos, O.M. Rosarium Sermonum, p. 11. Sermón 15). En efecto, si nuestro amantísimo Salvador padeció tantos trabajos, fue para que de continuo los recordásemos, porque pensando en ellos es de todo punto imposible que no ardamos en las llamas de Su Santo Amor. La Caridad de Cristo, dice San Pablo, nos hace fuerza (2 Cor 5, 14). Pocos son los que aman a Jesucristo, porque son también pocos los que se detienen a pensar lo mucho que por nosotros padeció; al paso que no puede vivir sin amarle el que con frecuencia medita en Su Dolorosa Pasión, porque la Caridad de Cristo nos fuerza a amarle; de tal modo se sentirá apretado por Su Amor, que no podrá resistir a las caricias de un Dios tan enamorado de los hombres y que tanto ha padecido por ellos.

El Crucifijo, escuela de Divina Sabiduría

                    El apóstol San Pablo decía que sólo ambicionaba saber la ciencia del Crucificado, es decir, el Amor que nos manifestó desde el madero de la Cruz. No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, escribe a los Corintios, que a Jesucristo, y Éste crucificado (1 Cor 2, 2). Y a la verdad, ¿en qué libro podemos aprender la ciencia de los santos, que consiste en amar a Dios, mejor que en Jesús crucificado?. El gran Siervo de Dios Fray Bernardo de Corleón, religioso capuchino, no sabía leer; al ver que sus hermanos de religión le querían enseñar, Bernardo pidió consejo al Crucifijo, y Jesucristo desde la Cruz le respondió: «Te sobran los libros; no te hacen falta lecturas; Yo Soy libro abierto donde puedes leer de continuo el Amor que te he manifestado (Vida de Fray Bernardo de Corleón, por Gabriel de Modigliana, l. 1, cap, XII.). El asunto más grande y más digno de nuestra meditación durante la vida y por toda la Eternidad es la muerte de un Dios por amor del hombre.

                    Visitando cierto día Santo Tomás a San Buenaventura, le preguntó de qué libro había sacado tan excelente y copiosa doctrina como ponía en sus obras. San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé, aquí lo he aprendido» (Wadingo, Anales Minorum, año 1260, n. 20.).



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                    Todos los Santos han aprendido en el libro del Crucifijo el arte de amar a Dios. Fray Juan de Alvernia no podía detener las lágrimas que brotaban de sus ojos con sólo ponerlos en las llagas de Jesús (Wadingo, Anales Minorum, año 1259, n. 7.). Cuando Fray Jacobo de Tuderto oía leer la Pasión del Redentor, no sólo derramaba torrentes de lágrimas, sino que henchía los aires con gritos desgarradores, que daban claro indicio del incendio de amor divino que ardía en su pecho (Wadingo, Anales Minorum, año 1238, n. 38 y 40.).

                    Estudiando San Francisco de Asís los dolores de Jesucristo, llegó a trocarse en Serafín de Amor (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo XIII, n. 3. Obras Vlll, 1898, pág. 542.). Tantas lágrimas derramó meditando las amarguras de Jesucristo, que estuvo a punto de perder la vista (Marcos de Lisboa, Crónica de S. Francisco, p. 1, lib. 1, Cap. 86.). Encontráronle cierto día hechos fuentes los ojos y lamentándose a grandes voces. Cuando le preguntaron qué tenía respondió: «¡Qué he de tener!… Lloro los dolores y las ignominias de mi Señor, y lo que me causa mayor tormento, añadió, es ver la ingratitud de los hombres que no Le aman y viven de Él olvidados (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, p. 1, lib. 1, cap. 86.). Bastábale oír el balido de un cordero para romper en amargas lágrimas y suspiros pensando en la Muerte de Jesucristo, cordero sin mancilla, sacrificado en el Ara de la Cruz por nuestros  pecados (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo VIII, n. 6.), y por esto el Santo enamorado del Divino Crucificado, no se cansaba de exhortar a sus hermanos a que pensasen siempre en la Pasión de Jesús (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, loc. cit.).

                    Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los Santos, debemos leer de continuo, para aprender a aborrecer el pecado, y a inflamarnos en el Amor de un Dios tan amante; porque en las Llagas de Cristo leeremos la malicia del pecado, que Le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia Divina, y las pruebas de Amor que Jesucristo nos ha tenido, sufriendo tantos dolores cabalmente para declararnos lo mucho que nos amaba.

                    Pidamos a María, Madre de Dios, que nos alcance de Su Hijo la gracia de entrar en aquellas hogueras de Amor donde se han inflamado tantos corazones, a fin de que, purificados de todos los afectos terrenos, podamos arder en aquellas felices llamas que santifican a las almas en la tierra y las hacen bienaventuradas en el Cielo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




jueves, 15 de enero de 2026

ASISTIR A TODAS LAS SANTAS MISAS

 


                    Santa Margarita María de Alacoque, la confidente más destacada del Sagrado Corazón de Jesús, amó con todo su alma el Santo Sacrificio de la Misa; desde muy corta edad intuía su importancia, tal vez por eso, siendo apenas una niña, hizo voto de castidad durante una Santa Misa, justo en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia.

                    Siempre que acudía a una iglesia -y luego siendo ya religiosa de la Visitación- buscaba el lugar más cercano al Sagrario, como arrimándose al Corazón de Aquél que era su vida entera. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía:

                    "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a Mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura".

                    Para Santa Margarita María la Misa cotidiana le sabía frente a sus ansias de amar a Jesús Sacramentado, por esa hubiera querido asistir a todas las Santas Misas que se celebraban en el mundo entero. Desde lo más íntimo de su alma se unía en espíritu a todas las Misas del día; ese deseo lo transmitiría a las jóvenes religiosas a las que animaba a emularla en su santo deseo diciéndoles: “Ofrezcan a Dios todas las Misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus Santos Ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

                    La Santa confidente del Sagrado Corazón nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía: “No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en Su Presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”



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miércoles, 14 de enero de 2026

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA BUENA MUERTE

  


                    San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, hasta Su ingreso en el Cielo.

                    San José murió poco antes de comenzar Jesús Su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná -hubiera sido, de no ser así lógica su asistencia-, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz ¡jamás habría abandonado San José a Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús recomienda los cuidados de Su propia Madre a San Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a Su Castísimo Esposo.

                    La Tradición sitúa la muerte de San José entre los 50-55 años, asistido en su última enfermedad por Jesús y María: Jesús, entonces adolescente, le animaría a esperar la Felicidad Eterna, prometida a los que aman al Señor, mientras que Nuestra Señora le consolaría, recordándole su misión como padre adoptivo del Salvador... La muerte de San José fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo, es por eso que la Piedad Católica lo ha considerado Patrón de la Buena Muerte y especial Protector de los agonizantes.

                    Algunos teólogos son de la opinión que el cuerpo de San José, unido a su alma, se encuentra también glorioso en el Cielo, compartiendo con Jesús y María la Eterna Bienaventuranza. Se considera que la plena glorificación del Patriarca San José tuvo lugar probablemente después de la Resurrección de Jesús. Uno de los fundamentos en que se basa esta doctrina, moralmente unánime desde el siglo XVI, es el dato que aporta el Evangelista San Mateo de los sucesos que ocurrieron a la Muerte del Señor "...muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron." (1) Doctores de la Iglesia y teólogos piensan que Jesús, al escoger una escolta de resucitados para afirmar Su propia Resurrección y dar más realce a Su Triunfo sobre la muerte, incluiría en primer lugar a Su padre adoptivo.

                    ¡Cómo sería el nuevo encuentro de Jesús y San José! "El Glorioso Patriarca -afirma San Francisco de Sales- tiene en el Cielo un crédito grandísimo con Aquél que tanto le favoreció, conduciéndole al Cielo en cuerpo y alma (...) ¿Cómo iba a negarle esta gracia a quien toda la vida obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús, le diría: Señor mío, acuérdate de que cuando bajaste del Cielo a la tierra te recibí en mi familia y en mi casa, y cuando apareciste sobre el mundo Te estreché con ternura entre mis brazos. Ahora tómame en los Tuyos y, como Te alimenté y Te conduje durante Tu vida mortal, cuida Tú de conducirme a la Vida Eterna."

                    La excelsitud y el grado de Gloria que recibió el Santo Patriarca José, proporcionalmente a su misión y a los done otorgados, ha de colocarse, después de Santísima Virgen, en el más alto lugar. (2)

                    El Patrocinio de San José, por ser Universal, se extiende a la Iglesia Triunfante (en el Cielo), la Purgante (las Almas retenidas en el Purgatorio) y la Militante, que es aquella que formamos los bautizados que aún permanecemos en este mundo. San José fue el Custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia, por eso, si está unido para siempre con su Hijo y su Esposa, es lógico también que proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia nacida en el Santo Hogar de Nazareth. 



NOTAS ACLARATORIAS


        1- Evangelio de San Mateo, cap. 27, vers. 52 .

        2- La Santa Iglesia Católica tributa a San José el singular culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.




martes, 13 de enero de 2026

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, según los escritos de la mística María Valtorta. Doctrina tradicional sobre el Santo Bautismo

  


                    ...estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino solo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas. Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu...

                    Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

                    Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud. Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol. Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce, Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. 

                    Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos —es el único parecido— son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, vestido sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); la poca barba, negra y rala, que le cubre casi todo el rostro, no impide que se noten sus carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos vivaces; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados descarnados y dejando al descubierto el costado derecho cuya piel está tostada por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

                    Juan, después de haberle mirado atentamente con su ojo penetrante, exclama: “He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?”. Jesús responde lleno de paz: “Para cumplir el rito de penitencia”. Juan: “Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a Ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?”. Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: “Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el inicio de otro misterio mucho más alto y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo”.  Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica, y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada. Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada. 

                    Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor. Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y solo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. 


Escrito el 3 de Febrero de 1944


LA DOCTRINA TRADICIONAL
SOBRE EL SANTO BAUTISMO


                       "Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…" Concilio de Trento, Sesión 6

                      "Si alguno dijere que el Bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema..." Papa Paulo III, Concilio de Trento

                      "El primer lugar entre los Sacramentos lo ocupa el Santo Bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del Cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos...’ Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Bula "Exultate Deo", Noviembre de 1439

                     "Igualmente profeso, que el Bautismo es necesario para la salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención...” Papa Benedicto XIV, Encíclica "Nuper ad nos", Marzo de 1743

                      "...para entrar en este Reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la Fe y el Bautismo, Sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior..." Papa Pío XI, Encíclica "Quas primas", Diciembre de 1925

                       "Cristo también determinó que por el Bautismo, los que creyeren serían incorporados en el Cuerpo de la Iglesia... entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la Verdadera Fe" Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis", Junio de 1943




EL CATECISMO Y EL BAUTISMO


                 ¿A quién pertenece administrar el Bautismo?  Administrar el Bautismo pertenece por derecho al Obispo y a los párrocos; pero, en caso de necesidad, cualquier persona puede administrarlo, sea hombre o mujer, y aun hereje o infiel, con tal que cumpla el rito del Bautismo y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. 

                 ¿Quién deberá administrar el Bautismo cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes?  Cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes, debe bautizar el sacerdote si lo hay; en su ausencia, un eclesiástico de orden inferior; en ausencia de éste, el varón seglar con preferencia a la mujer, si ya la mayor pericia de la mujer, o la decencia, no demandasen otra cosa. 

                 ¿Qué intención debe tener el que bautiza?  El que bautiza debe tener intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.

                 ¿Cómo se administra el Bautismo?  Se administra el Bautismo derramando agua sobre la cabeza del bautizado o, si no se puede en la cabeza, en otra parte principal del cuerpo, y diciendo al mismo tiempo: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Quedaría bautizada la persona si uno vertiese el agua y otro dijese las palabras? Si uno vertiese el agua y otro pr onunciase las palabras, no quedaría la persona bautizada, porque es preciso que sea el mismo el que vierta el agua y el que pronuncia las palabras. 

                 Cuando se duda si la persona está muerta, ¿hay que dejar de bautizarla?  Cuando se duda si la persona está muerta, hay que bautizarla condicionalmente, diciendo: “Si estás vivo, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Cuándo hay que llevar a los niños a la Iglesia para que los bauticen?  Hay que llevar a los niños lo más pronto posible a la Iglesia para que los bauticen. 

                 ¿Por qué tanta prisa en bautizar a los niños?  Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo. 

                 ¿Pecarán, pues, los padres y las madres que por negligencia dejen morir a sus hijos sin Bautismo o lo dilatan?  Si, señor; los padres y madres que por negligencia dejan morir a los hijos sin Bautismo, pecan gravemente porque les privan de la vida eterna, y pecan también gravemente dilatando mucho el Bautismo, porque los exponen al peligro de morir sin haberlo recibido. 

                 ¿Qué disposiciones ha de tener el adulto que se bautiza?  El adulto que se bautiza ha de tener, además de la fe, intención de bautizarse, dolor a lo menos imperfecto de los pecados mortales que hubiere cometido, y suficiente instrucción religiosa. 

                 ¿Qué recibiría el adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados?  El adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados, recibiría el carácter del Bautismo, más no la remisión de los pecados ni la gracia santificante. Estos efectos quedarían en suspenso hasta que quitase el impedimento con el dolor perfecto o con el sacramento de la Penitencia.

                  ¿Es necesario el Bautismo para salvarse?  El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, habiendo dicho expresamente el Señor: El que no renaciere en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de los Cielos.

                 ¿Puede suplirse de alguna manera la falta del Bautismo?  La falta del Bautismo puede suplirse con el Martirio, que se llama Bautismo de sangre, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición que vaya junto con el deseo al menos implícito del Bautismo, y este se llama Bautismo de deseo. 




CATECISMO MAYOR
Prescrito por San Pío X el 15 de Julio de 1905

domingo, 11 de enero de 2026

FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA

 

Según el Calendario Tradicional, 
el siguiente Domingo a la Epifanía, 
la Santa Iglesia Católica celebra la 
Fiesta de la Sagrada Familia: 
Jesús Infante, María Santísima 
y el Patriarca San José




                    Esta Fiesta de la Sagrada Familia no es tan antigua, pues fue el Papa León XIII quien en 1893 la concedió para ciertas diócesis y finalmente, en 1921, el Papa Benedicto XV la extendió a la Iglesia Universal, y busca la Iglesia con esta Fiesta casi al final de la contemplación de los Misterios alrededor del Nacimiento del Señor y los comienzos de Su Vida Pública, que oficialmente cerraremos con la conmemoración del Bautismo del Señor (la reforma litúrgica de Pío XII en 1955 fijó dicha celebración en el 13 de Enero). 

                    Es muy necesario recordar todos los años este gran modelo de la Sagrada Familia, en el que nunca han dejado de inspirarse las familias cristianas, ya que Jesús, María y José, en la humilde casa de Nazareth, son ejemplo de la Santidad más grande en medio de las condiciones de vida más sencillas.

                    Comienza el Introito de la Misa de este día con las bellas palabras del libro de los Probervios (23, 24-25): Exsúltat gáudio Pater Justi, gáudeat Pater tuus et Mater tua, et exsúltet quae genuit te. (Salte de júbilo el Padre del Justo, alégrense tu padre y tu madre, y regocíjese la que te dio a luz). Y lo corona bellísimamente con las palabras del Salmo 83,: Quam dilécta tabernácula Tua, Dómine virtútum! Concupíscit et déficit ánima mea in átria Dómini (¡Cuán deseables son Tus moradas, Dios de los ejércitos! Suspira y desfallece mi alma por morar en los atrios del Señor.)

                    La Epístola de San Pablo a los Colosenses (3, 12-17) busca recordarnos que la atmósfera de una vida profundamente cristiana especialmente en el ámbito familiar se debe componer de bondad, caridad, comprensión mutua, oración, acción de gracias y alegría en el Espíritu Santo.

                    El verso del Aleluya, tomado del Profeta Isaías (45,15) "Verdaderamente eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador", sirve muy propicio de antesala a la lectura del Evangelio de San Lucas (2, 42-52) que nos narra el pasaje de la subida a Jerusalén de la Sagrada Familia cuando Jesús tenía 12 años, en que sobresale el hecho que Jesús consciente y fiel cumplidor de la misión que le había encomendado su Padre, no deja de someterse humildemente a Nuestra Señora la Virgen María y San José.



                    Dice el Gradual de la Misa: "Una sola cosa pido al Señor y deseo ardientemente: morar en la casa del Señor todos los días de mi vida" (Salmo 26,4). Quiera Dios concedernos este deseo; pero ¿cómo? Pues se me ocurre que podríamos hacer todo lo que esté de nuestra parte para que en nuestro hogar se vivan todos estos sentimientos que la liturgia ha presentado como ideal de vida cristiana, de los que nos sirven de ejemplo los Miembros de la Sagrada Familia, de ese modo nuestras casas, también con todo derecho podrían llamarse Casa del Señor y podríamos con toda confianza repetir: Felices Señor, los que habitan en tu casa; por los siglos de los siglos te alabarán” (Salmo 83,5).

                    Pidamos estas gracias con las palabras de la colecta de la Misa:

                    "Señor Nuestro Jesucristo, que sujeto a María y a José, consagraste la vida de familia con inefables virtudes; haz, que, con el auxilio de ambos, nos instruyamos con los ejemplos de Tu Sagrada Familia y alcancemos Tu eterna compañía. Tú que vives y reinas con Dios Padre, en Unidad del Espíritu Santo y eres Dios por todos los siglos de los siglos. Amén."

                    Feliz Domingo y Fiesta de la Sagrada Familia.



sábado, 10 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de las vírgenes

 

"¡Oh, qué hermosa es la casta generación con gloria! 
¡Pues su memoria es inmortal! Llegó a ser conocida 
tanto por Dios como por los hombres" 

Libro de la Sabiduría, cap. 4, vers. 1


                    La Iglesia nos enseña que la vida cristiana es una penitencia perpetua a la que todos debemos someternos para expiar nuestros pecados. Nuestro divino Redentor mismo nos inculcó esta gran verdad cuando dijo: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente».

                    El objetivo de la penitencia es, en primer lugar, llevarnos a abstenernos, en la medida que la razón y la fe lo exijan, del deseo desmesurado de placer sensual, al que tiende nuestra naturaleza caída. Tan fuerte es esta inclinación, que siempre corremos el peligro de caer en el abismo del vicio. ¡Cuántos cristianos, por desgracia, al dejarse llevar por su imaginación desenfrenada, pierden el alma y el cuerpo a la vez!

                    Por lo tanto, la Santa Iglesia nos impone la obligación del ayuno, recordándonos las ventajas que se derivan de esta saludable práctica. El ayuno, en efecto, «reprime los vicios, eleva nuestros pensamientos al cielo, facilita la práctica de la virtud y es una fuente constante de mérito».

                    Procuremos apreciar como es debido la mortificación cristiana, que nos procura tantas y tan grandes ventajas para el tiempo y la eternidad.

                    Como María no estaba manchada por el pecado original, no experimentó en sí misma esta inclinación desordenada a los placeres de los sentidos, nefasta consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. Llena de gracia, mantuvo siempre el justo equilibrio de las facultades de su alma. Ejecutó todas sus acciones con facilidad y deleite, sin necesidad de recurrir a la violencia consigo misma para preservar el equilibrio de sus facultades que exigen la razón y la ley de Dios.

                    Sin embargo, María se sometió voluntariamente a la ley de la penitencia y la mortificación, negándose aquellos placeres que otros suelen buscar con un anhelo insaciable. Su vida fue una larga serie de privaciones y abnegaciones. Su ayuno y abstinencia fueron continuos. Solo se permitía lo necesario para mantenerse con vida y nada más. Mortificaba todos sus sentidos, de modo que sería difícil decir en qué tipo de mortificación en particular sobresalía: en la modestia de la mirada, en la humildad de su semblante, en la parsimonia de sus palabras o en la dignidad de sus gestos.

                    Era natural, entonces, que su Esposo Celestial encontrara en ella todo su deleite. Y como fruto de esta templanza, María adquirió una extraordinaria facilidad para conversar familiarmente con su Bienamado, una alegría celestial que se reflejaba en su rostro, una belleza virginal que irradiaba de toda su presencia, algo tan indescriptiblemente dulce y majestuoso, que le daba un aspecto más divino que humano: "¡Qué hermosa eres, mi amor, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son como ojos de paloma, sin importar lo que escondes en tu interior!"

                    La virtud de la templanza es necesaria para el cristiano que quiere vivir conforme a la ley de Dios. Cuando esta virtud falta, el espíritu se vuelve esclavo de la carne. Ya no puede disfrutar de las cosas divinas; pues, dice San Pablo, «el hombre sensual no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios».

                    De hecho, la glotonería y la vida descuidada tienden naturalmente a oscurecer el intelecto y a apagar la luz espiritual. Es vano, por lo tanto, buscar sabiduría entre quienes viven en el lujo y la abundancia: «La sabiduría no se encuentra en la tierra de los que viven en deleite». Además, la intemperancia, al provocar una alegría desenfrenada, a menudo provoca disputas y disensiones, y es un hecho conocido que la glotonería cobra más vidas humanas que la enfermedad. Pero lo que es aún peor, la intemperancia despierta en el hombre toda clase de pensamientos impuros, que se expresan en palabras, gestos y acciones contrarios a la santa modestia; endurece el corazón y prepara el camino a la perdición eterna.

                    Ejemplo en la vida de la Beata Isabel de Picenardi. Esta ilustre Sierva de María nació en Mantua en el año 1428. En su infancia, prefirió la oración y el recogimiento a los pasatiempos infantiles, presintiendo así la gran santidad que un día alcanzaría. Animada por una viva devoción a Nuestra Señora, se retiró, tras la muerte de su madre, a casa de su hermana y rogó que le dieran el hábito de la Tercera Orden de las Siervas de María. Desde entonces, toda su vida fue un continuo ejercicio de las más sublimes virtudes. Meditaba continuamente sobre la pasión de Jesús y los dolores de María, y no dejaba pasar un día sin purificar su alma en el sacramento de la Penitencia, para poder recibir la Sagrada Eucaristía con mayor fruto espiritual. Ayunaba con frecuencia y siempre llevaba una cadena de hierro sobre la piel. Diariamente rezaba el Oficio Divino con gran fervor y devoción, esforzándose por comprender el significado místico y sublime de las oraciones litúrgicas y bíblicas.

                    Su santidad y ejemplo atrajeron a muchas damas nobles al servicio de Dios. Bajo su sabia dirección, estas personas alcanzaron un alto grado de perfección. Muchos conventos de las Hermanas Servitas o Manteladas fueron fundados con la ayuda de la Beata Isabel.

                    María, de quien era hija predilecta, se dignó visitarla muchas veces en su pobre celda, conversando con ella familiarmente. Tan grande era su poder de intercesión que bastaba con que cualquiera se encomendara a sus oraciones para obtener de María todas las gracias que deseaba. Por eso era conocida como la «Mediadora con la Madre de Dios».

                    Su humildad era tan profunda que se consideraba la más miserable de las criaturas, y Dios, a cambio, le concedió muchos favores. Generalmente se cree que la Beata Isabel nunca perdió su inocencia bautismal. Además, poseía un notable don de profecía, y entre otras cosas, predijo el día de su muerte, ocurrida en el año 1468, a sus cuarenta y un años. Tuvo entonces el privilegio de contemplar al Niño Jesús y a su Santísima Madre, quienes estaban presentes para ayudarla en su paso del tiempo a la eternidad.

                    El cuerpo de la Beata Isabel reposa en Mantua, en la Iglesia de San Bernardo. Esta gran Sierva de María obtiene continuamente de Dios numerosas gracias y favores para todos los que acuden a ella con confianza. El Soberano Pontífice Pío VII la incorporó al altar de los beatos el 20 de noviembre de 1804.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



jueves, 8 de enero de 2026

SAN PEDRO TOMÁS, Carmelita y Obispo

 


                        Nació por el año 1305 de una familia muy pobre en el Périgord, en la Diócesis de Sarlat, Francia. Muerto su hermano, para no agravar más aún la miseria familiar abandonó a sus padres y hermanita y, siendo aún muy joven, se retiró a Monpazier donde se puso al servicio de una familia y a la vez asistía a la escuela. Vivía de limosna y a la vez enseñaba a los más pequeños.

                        Así vivió hasta la edad de veinte años en que lo descubrió el Prior de los Carmelitas de aquella villa y se lo llevó al convento donde estudió en un colegio que ellos tenían allí. Poco después el Prior de Bergerac se lo llevó a su convento donde Pedro Tomás tomó el hábito de carmelita y después de varios años de estudio de Filosofía y Teología se ordenó Sacerdote.

                        La Virgen María le socorrió en su extrema pobreza y pasó a estudiar y a enseñar a uno y otro convento como los de Burdeos, Albi, Agen y París donde unos años después consiguió, con gran brillantez, el Bachillerato en Teología.

                        Estando de Lector en el convento de Cahors y predicando durante unas rogativas obtuvo "una lluvia milagrosa".

                        El 15 de Mayo de 1345 fue elegido Procurador General de la Orden y fue enviado a la Curia Pontificia a Aviñón. A pesar de ser bastante deforme de cuerpo -tanto que a su Padre General le daba apuro presentarlo a los cardenales- pronto empezó a llamar la atención por su inteligencia, por su equilibrio en tratar las cuestiones, y sobre todo, por su gran virtud. Obtuvo el Magisterio en Teología y empezó a recibir distinciones de parte de la Curia Pontificia, siendo la primera el presidir el cortejo papal que trasladaba los restos mortales del Papa Clemente VI a la abadía de Chaise Dieu, predicando en las doce paradas que se hicieron durante el trayecto.

                        Desde este momento parece casi imposible la vertiginosa carrera que le esperaba a Pedro Tomás y las diferentes e importantes misiones que le fueron encomendadas. Sobre todo parece que tenía cualidades especiales para pacificar a los Príncipes y la Santa Sede o a aquellos entre sí. Muchas y muy delicadas misiones de este tipo le fueron encomendadas que sería largo enumerar y en todas ellas salió airoso y la Iglesia aumentó en su crédito ante los poderes seculares.

                        El 17 Noviembre de 1354 fue consagrado Obispo y nombrado Legado para Oriente y Patriarca de Constantinopla. Naciones enemistadas, diócesis con litigios, reyes y Papas que no se entendían... Allí acudía el Patriarca Pedro Tomás y la paz venía a llenar aquellos recelos, tiranteces y con frecuencia guerras mortales. Una cosa no toleraba nuestro santo: la herejía. Era intransigente con los herejes, y para darles ejemplo de que sería muy duro con ellos, hizo quemar públicamente en Creta los huesos de un hereje.

                        Fue el santo de la unión de los cristianos de su tiempo. Luchó con todas sus fuerzas por esta unión entre Católicos y "Ortodoxos" de Oriente en muy diversas misiones y consiguió frutos copiosos.

                        Siendo Procurador General de la Orden del Carmen, el día de Pentecostés de 1351, según la Tradición, consiguió de la Santísima Virgen la Promesa de que "su Orden del Carmen duraría para siempre". Fue siempre ésta, su devoción a la Virgen María, su nota peculiar y la extendía por todas sus correrías y apostolados.

                        Después de haber regentado el Patriarcado de Constantinopla con gran fruto para la Iglesia y deteriorado físicamente por su mucha penitencia y por su celo apostólico, murió santamente en Famagusta (Chipre) la noche de la Epifanía, 6 de Enero de 1366. Ese mismo año empezaba el Proceso de su Beatificación. En 1609, la Santa Sede autorizó la festividad de Pedro Tomás entre los Carmelitas, que fue confirmada por el Papa Urbano VIII en 1628.



LOS SACERDOTES, TROPA ESCOGIDA PARA LA BATALLA ENTRE LA VERDAD Y EL ERROR

 


                      El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros» (1), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (2).

                       Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado (3), declarándose estar constituido Sacerdote eterno según el Orden de Melquisedec (4), ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía» (5).

                       Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (6), por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

                       Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

                       La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»...

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del Buen Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo Yo recoger» (7), y ver «los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse» (8), sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable?. 

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de Cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin Pastor, que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al Corazón del Hijo de Dios?. 

                       Nos referimos al Sacerdote que sabe que en sus labios tiene la Palabra de Vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del Sacerdote Católico; contemplamos y vemos a nuestros Obispos y los Sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el Reino de Dios y el reino de Satanás.


Papa Pío XI 
Extractos de "Ad Catholici Sacerdotii", del 20 de Diciembre de 1935


NOTAS

1) Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21
2) Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14
3) 1 Corintios, cap. 11, vers. 23 y ss.
4) Salmo 109, vers. 4
5) Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 19; 1 Corintios, cap. 11, vers. 24
6) Profeta San Malaquías, cap. 1, vers. 11
7) Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 16
8) Evangelio de San Juan, cap. 4, vers. 35